Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


17. En el Cielo


Era increíble. Volvía a estar allí metida, sin ninguna explicación, sin ningún motivo aparente. ¿Qué crimen había cometido? Según Karashi, el laird no había vetado su entrada en el castillo, pero era evidente que su presencia le molestaba sobremanera. ¿Qué tenía pensado hacer con ella? Se paseó nerviosa por la celda, iluminada apenas con la luz de una tea que ardía al otro lado de la puerta de madera y que se colaba por los barrotes del ventanuco superior. Aquello era una locura. Se detuvo e intentó razonar con el hombre que habían dejado custodiando las mazmorras.

—Necesito hablar con el laird... es importante.

—Ya te he dicho que no quiere hablar contigo.

—Al menos exijo saber de qué se me acusa. ¿Por qué estoy aquí?

—Ni lo sé, ni me importa. El laird quiere que estés, no hay más que decir.

Era como hablar con una piedra. De buena gana le hubiera dicho que, lo que él suponía un mocoso imberbe que le daba la tabarra, era en realidad una mujer. De ese modo, seguro que correría escaleras arriba para avisar a su todopoderoso laird y ella conseguiría su audiencia.

Pero no. Le prometió a Minato que se lo diría primero a Naruto y pensaba respetar esa decisión. De cualquier modo, era lo más sensato. Quién podía imaginar de lo que eran capaces esos bárbaros Namikaze cuando se enteraran de que los había estado engañando fingiendo que quería ser uno de ellos, un guerrero como los demás.

Las horas pasaron y le trajeron la comida. Y, varias horas después, la cena. Nadie excepto su guardia entró o salió de las mazmorras. Ni siquiera Kizashi o Mebuki... ¿se habrían enterado de que estaba de vuelta? Lo dudaba. Bors había ido a buscarla después de comunicarle al laird su llegada, y la había llevado derecha a las mazmorras sin darle opción a ver a nadie más. Cuando ya tuvo claro que ese día no recibiría ninguna visita, se echó sobre la piel de oso que continuaba allí desde la vez primera que la encerraron y se dispuso a dormir, algo harto imposible en aquel tétrico y apestoso lugar.

El silencio se hizo pesado por momentos. Le aplastaba el pecho, le zumbaba en los oídos y le impedía respirar con normalidad. Los pensamientos la asolaban, llenándole la mente de recuerdos dolorosos. No quería acordarse de su hermano Tokuma, porque se ahogaba. No quería pensar en Natsu y en lo que habría sido de ella. Se había preguntado muchas veces si su querida nodriza habría sobrevivido al ataque... Rezaba para que así fuera, porque, simplemente, era demasiado doloroso suponer lo contrario. Tampoco quería pensar en su padre y en Neji, tan lejanos, porque entonces comenzaría a preocuparse por si los volvería a ver, si aún se encontrarían con vida, si aún se acordarían de ella o si estarían locos de preocupación al desconocer la suerte que había corrido.

Así que, indefectiblemente, su mente regresó al punto que alcanzaba cada noche: los momentos vividos con Naruto. Se concentró en su rostro, de facciones duras, casi siempre serio. Se dejó envolver por el recuerdo de cada profunda mirada que le había dedicado. Sabía que debía sentirse molesta con él por mantenerla en ese desconcertante encierro. No se merecía que le dedicara ni uno solo de sus pensamientos. Pero en aquella soledad tan absoluta, sepultada en un silencio tan abrumador, no tuvo fuerzas para rechazar las imágenes que volvían una y otra vez a su cabeza: Naruto desnudo en el lago, Naruto dormido en su lecho, Naruto galopando sobre su increíble semental, Naruto con la espada en alto protegiéndola de los MacNab, Naruto mirándola, acariciándola, besándola...

—¿Dónde estás, Naruto? Tengo que decirte que ya no te odio... —murmuró, antes de sumirse en un inquieto sopor.

Despertó horas después, con la extraña sensación de que la observaban. Cuando abrió los ojos, descubrió que alguien había colocado una tea dentro de la propia celda y la luz ambarina creaba claros y sombras en aquel agujero. Miró el techo, con miedo hasta de moverse, porque sentía una presencia real cerca de ella y creyó intuir de quién se trataba. Se incorporó despacio y enseguida localizó la figura agachada, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Tenía la cara hundida entre los brazos y no la miraba, aunque le habló en cuanto ella se incorporó.

—Perdona, no quería asustarte.

La voz rompió aquel silencio y a Hinata casi se le salió el corazón por la garganta. Aquel tono grave y rasgado tocaba una fibra muy íntima en su ser, todo su cuerpo reaccionó ante aquel sonido.

—¿Mi señor? —preguntó, aún aturdida.

—¿Por qué has vuelto? ¿Por qué no te has quedado con mi tío? ¿Acaso echabas de menos a tu familia?

—Les he echado de menos, sí —reconoció—. Ellos... ¿se encuentran bien?

—Sí. Y también te han añorado. He tenido que soportar las reprimendas de Mebuki casi a diario por dejarte allí abandonado, así que sería más cortés por tu parte preguntarme si yo estoy bien.

Hinata no sabía si aquello era una broma. Por su entonación parecía que sí, pero su voz seguía sonando extrañamente desolada. Fue instintivo, no se lo pensó dos veces antes de preguntar.

—¿Vos estáis bien, mi señor?

Fue apenas un susurro, pero bastó para que Naruto por fin levantara la cara hacia ella. Cuando sus ojos se encontraron, el impacto los dejó a ambos aturdidos. Hinata había olvidado la fuerza de su atractivo, pero no fue eso lo que la dejó sin aliento. Fue su expresión. Su mirada salvaje atravesándola con algo muy parecido a la desesperación, colmada de anhelo. El deseo de saltar de la manta y correr hacia sus brazos resultó abrumador y tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por contenerse. ¿De dónde brotaban aquellas emociones tan descontroladas? Se notaba temblar, jamás había sentido nada parecido en su presencia. Deseaba acercarse, deseaba tocarlo, deseaba decirle tantas cosas...

Naruto, por su parte, estaba hechizado. El rostro de Hin le seguía fascinando, a pesar del tizne que lo cubría, sus enormes ojos claros, sus labios suaves... Si aquel chico no era una criatura fantástica salida de los bosques, Naruto no sabía qué otra cosa podía ser. Y él era un hombre condenado al infierno, definitivamente, porque la tentación era tan grande que no podría evitarla.

No quería evitarla.

Le entregaría su alma a Satanás encantado a cambio de volver a probar esos labios. Solo una vez más, se dijo, obnubilado por esa cara que había invadido sus sueños cada noche.

Se incorporó y se acercó hasta la manta donde yacía, notando que el delgado cuerpo de Hin temblaba de pies a cabeza. Se dijo a sí mismo que no lo había planeado así, que la magia del joven era tan poderosa que podría hechizar al guerrero con más hombría de toda Escocia...

Y se engañaba. Porque desde que supo que él había regresado, aquella misma mañana, no había tenido otra idea en la cabeza más que llegar hasta esos labios que ahora, entreabiertos, lo tentaban de manera dolorosa.

Aterrado por la fuerza de sus propias emociones, se arrodilló a su lado y levantó la mano para acariciar la mejilla de Hin. La suavidad de su rostro era insultante para un hombre. La longitud de sus pestañas, la forma de la boca, la punta de su nariz respingona... Todo era una ofensa para su virilidad. Porque, destrozado, Naruto admitió que adoraba a esa criatura frágil que se estremecía ante su contacto. Le daba igual que fuera un hombre. Le daba igual que fuera un duende, un ángel del cielo o un demonio del averno venido al mundo para corromperlo. Lo deseaba. Y supo que no podría marchar a la guerra para la que se preparaba, en busca de una muerte que recibiría gustoso, sin haber saboreado una vez más sus tiernos labios y sin haber sentido las pequeñas manos de Hin acariciándolo.

—Ya sé que no está bien —le susurró junto al oído, acercándose—, pero no puedo evitarlo.

Las palabras cosquillearon en la piel de Hinata, que buscó sus ojos para cerciorarse de que el laird realmente estaba a punto de hacer lo que ella creía.

Y lo hizo.

La besó.

Igual que en sus sueños... Mejor que en sus sueños.

Esta vez, su boca la tocó muy despacio, casi como si pidiera permiso, y poco a poco, los labios de Naruto se volvieron exigentes. Los dedos del hombre se enredaron en su corto cabello para apretarla más contra él y el beso se tornó posesivo, ansioso, desesperado. Hinata se sintió desbordada, no sabía cómo responder. Lo único que tenía claro era que no quería que él se detuviera.

Abrió la boca para recibir su lengua y Naruto gimió de placer. Aquel sonido espoleó los sentidos de Hinata, que alzó las manos para acariciar el cuello y los hombros del guerrero. Deseaba tocarlo... siempre lo había deseado, reconoció para sí misma. Y ahora que él se prestaba a ello, no iba a desaprovechar la oportunidad.

Naruto estaba completamente perdido. Su cuerpo le pedía mucho más que un tórrido beso con aquel muchacho. ¿Cómo podía aliviar la dolorosa erección que le apretaba las calzas? Se negaba a practicar con Hin lo que había oído hablar a otros hombres. Tal vez, si le pedía al muchacho que lo acariciara con sus manos...

Se apartó con brusquedad.

—¡No!

—Mi señor... —jadeó Hinata, mortificada por si había hecho algo mal. Al separarse, Naruto le había dejado un vacío helado en el pecho que la asustó.

—Esto no puede ser... —parecía desesperado, muy atormentado—. ¿Por qué me has devuelto el beso, maldita sea? ¿No ves que esto no puede ser? Soy el laird de los Namikaze, mi padre se estará revolviendo en su tumba por lo que acaba de suceder aquí.

Naruto se llevó las manos a la cabeza y le dio la espalda. Su pecho subía y bajaba, todo su cuerpo estaba en tensión.

Hinata parpadeó para poder despejarse y comprendió que había ocurrido lo mismo que el día de la refriega con los MacNab. Por mucho que Naruto Namikaze lo deseara, su ego, su hombría, le impediría convertir a un joven como Hin en su amante.

Pero ella no era un chico.

Se levantó, dispuesta a proporcionarle el alivio que tanto parecía necesitar. Para eso había regresado, de todas maneras. No lo había planeado así, por supuesto, pero las cosas habían llegado a un extremo que requerían de una aclaración inmediata. Ahora entendía Hinata por qué Naruto la había abandonado en la cabaña de Minato. Ahora entendía que no quisiera verla esa mañana, cuando Bors anunció su llegada. Naruto Namikaze se hallaba en una encrucijada de emociones que no sabía cómo manejar, porque la atracción que sentía por Hin era contraria a su naturaleza y no sabía cómo hacerle frente.

—Mi señor... —le dijo, tocándole el hombro con su mano.

—Apártate de mí, Hin. Por favor, aléjate.

No se daría la vuelta. No la miraría de nuevo para no caer en la tentación. Hinata lo supo, así que respiró hondo, tomando una decisión. No quedaba más remedio...

—Naruto, mírame.

La voz fue distinta. El laird lo notó de inmediato; tal vez por su tono, su confianza o el modo en que pronunció su nombre...

—Naruto, por favor.

Otra vez. Imposible resistirse a esa súplica. Se giró despacio, temeroso por primera vez de lo que podía encontrar en los ojos de aquel demonio. Porque ya lo había decidido, era un fascinante diablo creado solo para atormentarlo.

Cuando lo tuvo de frente, Hinata suspiró con fuerza antes de hablar.

—Para esto he regresado. Tenía que decírtelo, tenía que pedirte perdón por mentirte.

Volvió a respirar profundo y, con un movimiento lento, se quitó la capa que la abrigaba y se sacó la camisola de muchacho por la cabeza.

Naruto agrandó los ojos.

No podía ser...

Pero era, porque al frío, aquellos pezones rosados respondieron endureciéndose como frambuesas maduras. Hin tenía pechos de mujer. Unos pechos increíbles, generosos y perfectos en su forma. Se sintió mareado. Como si la tierra se hubiera abierto a sus pies y él cayera y cayera...

—¿Eres una mujer? —lo preguntó como si aún no pudiera creerlo, a pesar de la evidencia.

Hinata enrojeció. Pensaba que él se alegraría, pero en lugar de eso, la miraba como si fuera una especie de monstruo. Se tapó con la camisa y la desilusión hizo que el enfado brotara de su boca.

—Por supuesto que lo soy. Lo que me extraña es que vos no os hayáis dado cuenta en todo este tiempo, mi señor. Mi nombre no es Hin, sino Hinata.

Él se acercó despacio, casi como si temiera que aquella visión se desvaneciera en el aire.

—¿Eres una mujer? —volvió a preguntar, esta vez con un tono más bajo, más íntimo.

Hinata solo pudo asentir, cohibida con su cercanía, con esa nueva forma de mirarla. Naruto extendió su mano y agarró la tela con la que se cubría para hacerla a un lado. Quedó de nuevo expuesta y el laird la devoró con la mirada sin ningún disimulo. Notaba que la piel le ardía allá donde él ponía sus ojos y sus pezones se endurecieron más, como si respondieran a otra voluntad que no era la suya.

—Mi señor...

—Naruto. Llámame Naruto otra vez. Di mi nombre, pequeño duende.

Hinata tragó saliva. Aquella forma de hablarle era completamente nueva y desconocida. Casi susurraba y su voz se colaba por cada poro de su piel, logrando que un anhelo desconocido se le instalara en la boca del estómago... y más abajo.

—Naruto, tengo que decirte... yo soy...

—Shh, no, no quiero saberlo —le puso los dedos en los labios para que no hablara —. Ahora comprendo que eres en verdad una criatura fantástica, salida de algún bosque o de algún lago, y que cambias de forma a capricho para enloquecerme. Así que debo aprovechar este momento, antes de que vuelvas a mutar en muchacho. No perdamos el tiempo hablando, déjame contemplarte entera...

La mano del hombre contra su boca quemaba. Luego la deslizó despacio, descendiendo por la garganta, por el hombro, hasta llegar a su pecho. Lo acarició muy suave y Hinata gimió, mordiéndose el labio inferior.

—Te gusta, ¿verdad? Eres tan trasparente... Tus ojos siempre me han hablado, me gritaban tu deseo incluso cuando eras un chico, y eso me estaba matando.

Naruto tomó el otro pecho en el hueco de la palma de su mano y apretó, encendiendo en el cuerpo de Hinata cada rincón que pudiera estar dormido. Sus dedos continuaron explorando aquella piel nueva, se movieron hacia abajo, rozando sus costillas, pasando de largo su cintura. Ella cerró los ojos cuando él maniobró con la cuerda que sujetaba sus calzas y estas cayeron al suelo, dejándola completamente desnuda delante de él. Naruto dio un paso atrás para contemplarla a su antojo.

—Mi señor...

Temblaba y no se atrevía a mirarlo. Se sentía más vulnerable que en toda su vida y, al mismo tiempo, quería que él volviera a acercarse. Necesitaba sentir su calor sobre la piel.

—Eres un sueño, pequeño duende; un sueño del que no quiero despertar. Abre los ojos, déjame ver cuánto deseas esto.

Inspiró con fuerza y los abrió.

Naruto estaba frente a ella, con la mirada encendida de pasión y locura. Por un momento, Hinata dudó de que en verdad el laird fuera plenamente consciente de lo que estaba pasando, de la realidad que ella trataba de mostrarle y que él confundía con magia feérica de los bosques.

—Eso es. No me ocultes nada... y yo tampoco lo haré. —Al decirlo, Naruto también se quitó su camisa, dejando su pecho enorme y lleno de cicatrices al descubierto—. Haces que mi cabeza no funcione como es debido, pierdo el dominio de mí mismo cada vez que te tengo delante. Tal vez debí hacer caso a mi instinto desde el principio, ya que yo estaba cegado. —Se aproximó y agarró una de las manos de Hinata para colocarla sobre su pecho—. Debí haber hecho caso a mi piel, se equivoca menos que yo.

Ella acarició una de las cicatrices, resiguiendo su trayectoria con los dedos, y detuvo la palma sobre la zona del corazón, donde este latía con tanta fuerza y tan deprisa como el suyo propio. Alzó los ojos y los enlazó con los del guerrero, que eran puro deseo y entrega.

—Sí, debí hacer caso a mi corazón —susurró él, inclinándose hacia su boca—. Es mucho más sabio que yo —le dijo, antes de volver a besarla.

Hinata se perdió en aquella boca dura que se entregaba y, al tiempo, le exigía pleitesía. El laird invadió su intimidad con la lengua y todo su ser respondió, pegándose más a su cuerpo. Cualquier pensamiento coherente desapareció en cuanto sus pieles entraron en contacto y una extraña fiebre pareció consumirles a ambos. Era como si pretendieran devorarse el uno al otro y las manos no tuvieran bastante, buscando, tocando, conociendo... dándose placer.

—Cielo Santo, pequeño duende, eres una delicia —murmuró Naruto con voz espesa, ente beso y beso.

—Naruto...

—Sí, di mi nombre.

Hinata no supo en qué momento el laird consiguió que ella yaciera sobre la piel de oso, ni cómo lo hizo. Solo se percató de que habían cambiado de postura cuando las enormes manos del guerrero, que parecían estar en todas partes, se anclaron en su trasero y apretaron la carne con demasiado ímpetu. Si no hubiera estado tan sumida en las nuevas sensaciones que la despojaban de su voluntad, aquella caricia excesiva hubiera resultado dolorosa. Pero Hinata estaba igual de enloquecida que el laird, y no se daba cuenta de que ella arañaba, apretaba y mordía con la misma fiereza que el hombre.

Lo único que sabía era que necesitaba saborearlo, tocarlo, hacerlo suyo... Desde el principio se había sentido fascinada por aquel guerrero y ahora tenía la oportunidad de experimentar en su propia piel lo que debió sentir Thonia el día que el laird quiso mostrarle cómo se amaba a una mujer. Las sensaciones que habían burbujeado en su interior en aquella cabaña mientras miraba a la pareja regresaron con fuerza, multiplicadas por mil, enardecidas por el delicioso peso del cuerpo masculino sobre el suyo.

No sabía lo que iba a pasar a continuación, porque no se había quedado para ver el desenlace cuando el laird yació con Thonia. Pero no tenía miedo, porque lo que aquel hombre le hacía era tan bueno, tan placentero, que no podía hacerle daño.

Naruto, por su parte, estaba consumido por el delirio. La situación se le escapaba de las manos por momentos, acelerada por su deseo desmedido y también, no se engañaba, por la pasión de aquella criatura que lo había cautivado. Era una auténtica fiera, parecía no tener ningún reparo y le tocaba a su antojo. Sus pequeñas manos no descansaban en un lugar fijo mucho tiempo. Las tenía en la espalda, en el pecho, entre sus cabellos, en el cuello, acariciando sus brazos... todo al mismo tiempo.

Al igual que su boca y su lengua tibia, que parecía decidida a aprenderse su sabor en una sola noche. A ese ritmo no iba a aguantar mucho más. En algún recoveco de su mente saltó una pequeña alarma. Un pensamiento insidioso que le recordó que no estaba siendo considerado con la femineidad de aquel delicioso ser que se retorcía bajo su cuerpo... Sin embargo, lo desplazó a un lugar oculto en su mente y se dejó llevar solo por sus más bajos instintos. Lo único que le preocupaba era hundirse en su calidez y saciarse de ella hasta aplacar el deseo que lo había estado desgarrando desde que la conoció.

Se colocó entre los suaves muslos de su duende y devoró su boca con avaricia, sin tener suficiente, ansiándolo todo de ella. Notaba el fuego en las entrañas, exigente por momentos, tirano y despiadado. Bajó sus calzas lo bastante como para liberarse y, sin pensarlo, guió su miembro con la mano para penetrarla de un solo movimiento.

El grito de Hinata reverberó contra las paredes de roca de la mazmorra.

Naruto se quedó completamente quieto, paralizado de estupor ante aquel gemido de dolor. Miró el rostro de la criatura que ahora lo contemplaba con los ojos espantados y la respiración agitada. Las pequeñas manos se aferraban crispadas a sus hombros, mientras todo su ser temblaba bajo su cuerpo.

—Hin, ¿qué te pasa? —preguntó con la voz enronquecida.

—Me has atravesado. Me has... me has hecho daño. Nunca creí que fueras capaz de hacerme daño.

Los ojos de Naruto destellaron con el brillo de la culpa al comprender. Se había dejado llevar por sus impulsos más primarios y había pasado por alto un detalle esencial. Al parecer, su duende, su criatura fantástica, era virgen como una doncella cualquiera. Intentó no moverse para no lastimarla más, aunque solo el cielo sabía lo que le costaba contenerse. Estar dentro de ella, a pesar de todo, era embriagador.

—Perdóname. —Acunó su rostro entre las manos y la besó con ternura—. No sabía que te haría daño, no pensé... Es que, me enajenas, contigo me pierdo, me convierto en un auténtico salvaje.

Hinata lo seguía mirando con ojos asustados, con un reproche real en sus ojos.

—Dame tu boca —volvió a susurrarle Naruto—. Haré que te sientas mejor, te lo prometo.

Ella asintió despacio y obedeció. El guerrero tomó sus labios muy despacio, saboreándolos, deleitándose con su forma y suavidad. Profundizó en el beso poco a poco, calentándola, incitándola, queriendo llevarla de nuevo al punto de locura en el que él se balanceaba peligrosamente. Cuando notó que ella se relajaba, se movió despacio, retirándose con cuidado.

Hinata siseó de dolor y clavó las uñas en sus hombros.

—Tranquila... Déjame intentar algo —jadeó él contra su boca—. Si no funciona, prometo que me detendré y no tendrás que pasar por esto.

Su mano buscó el punto donde sus cuerpos estaban unidos y la acarició con los dedos.

Hinata ignoraba que un hombre pudiera tocar de una manera tan íntima a una mujer. Aquel contacto era más que agradable. Su cuerpo se rindió muy rápido a las nuevas sensaciones y el placer se fue haciendo hueco, desplazando el dolor que había sentido con su repentina invasión. Una necesidad extraña creció al ritmo de aquellas caricias que, unidas a los besos profundos de Naruto, erradicaron el miedo y el malestar que la invadían momentos antes.

Cuando al fin el hombre escuchó el gemido escapando de su garganta, se atrevió a moverse de nuevo. Intentó salir de ella despacio, apretando los dientes para no perder el poco control que le quedaba. ¡Dios, cómo deseaba abandonarse y gozar entre sus piernas!

—¡No! —exclamó Hinata, abrazándolo para pegarlo a su cuerpo—. No me dejes, quédate dentro.

Naruto cerró los ojos y respiró soltando el aire muy despacio.

—¿Estás segura?

—Sí. Continúa con lo que estabas haciendo, por favor, tócame...

Naruto no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción. ¡Oh, sin duda su duende era apasionado y atrevido!

—Te tocaré hasta que alcances el cielo. Después, lo alcanzaremos juntos. —Rozó su garganta con los dientes, mordisqueando, enviando ramalazos de placer al punto que ella deseaba que volviera a acariciar—. Te lo prometo.

Y así fue. Los dedos de Naruto obraron maravillas en su intimidad, al tiempo que él se balanceaba muy lento entre sus piernas. El roce era increíble, la sensación de sentirse llena de aquel hombre la superaba. La tensión que se acumulaba entre sus cuerpos creció y creció hasta que Hinata, gritando de nuevo a las paredes, se retorció de placer entre deliciosos espasmos.

Naruto no le permitió relajarse. En cuanto sintió que se deshacía entre sus brazos, se retiró para embestirla con fuerza al tiempo que robaba de sus labios el último aliento del orgasmo que aún la mantenía en una nube. Ella, que había cerrado los ojos, transida de placer, volvió a abrirlos.

—Naruto... —susurró, desbordada por aquel fuego que él avivaba una vez más en su interior.

—Lo sé, pequeño duende. Lo sé.

Continuó moviéndose, besándola, adorándola con sus manos, con el cuerpo entero. Tal y como él había predicho, consiguió elevarla a las nubes por segunda vez, pero en esa ocasión, a juzgar por el gruñido satisfecho que escapó de la garganta masculina, Naruto también alcanzó el mismo cielo.

Continuará...