Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
18. Siempre Tú
Se había quedado dormida. Naruto la contempló en aquella penumbra ambarina de la celda y no supo si lo que acababa de suceder había sido un sueño. Tuvo deseos de despertarla para repetir, pues su piel la había deseado tanto, con tanta intensidad, que el fuego que lo consumía aún no se había extinguido. Admiró aquel cuerpo pequeño y perfecto, delicioso, que le había demostrado estar lleno de la misma pasión que se desbordaba por los ojos grises de Hin. De súbito, tuvo miedo de abandonar esa celda y volver a la realidad. ¿Y si el duende mutaba de nuevo a muchacho?.
Acarició uno de sus pechos despacio, complacido al notar que, aún dormida, aquella criatura reaccionaba a su contacto. El rosado pezón se endureció y su cuerpo se movió buscando su cercanía. Entonces decidió que no le importaría. Que lo mantendría junto a él adoptase la forma que adoptase, aunque rezaba por que, al menos, por las noches, pudiera transformarse en la hermosa mujer que tenía delante. Se moría por volver a hacerla suya, puesto que nunca, en su vida, se había sentido más completo que estando dentro de ella.
Con un suspiro resignado, se incorporó y se vistió. Ella gimió y se acurrucó sobre sí misma, añorando su calor. Naruto la envolvió en la gruesa piel de oso y la cogió en brazos para sacarla de aquella apestosa celda, donde se juró no volver a encerrarla jamás. Abandonó las mazmorras y se dirigió a sus propios aposentos, aprovechando que la mayoría de los habitantes del castillo dormían y no tendría que dar explicaciones a nadie.
Se equivocó. Porque unos ojos curiosos, que estaban donde no debían, fueron testigos de cómo el laird cargaba con uno de sus sirvientes, un muchacho además, y lo llevaba a su alcoba para pasar el resto de la noche.
La luz del alba despertó a Hinata. Se encontraba a gusto, un agradable calor la envolvía y notaba bajo su cuerpo un colchón mullido en lugar del duro suelo de la celda. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Naruto, relajado en su sueño. Recordó todo lo que había sucedido la noche anterior y el rubor cubrió sus mejillas. ¡No sabía que yacer con un hombre era tan placentero! Había dolido, eso era cierto, y aún sentía molestias en sus partes íntimas. Pero el dolor no había durado mucho y, en compensación, las sensaciones habían resultado indescriptibles. Incluso ahora, en esos momentos, la incomodidad que sentía entre las piernas no hacía sino evocar en ella la impresión de estar llena de aquel hombre.
Levantó una mano para acariciar su cara, fascinada por su mentón rasposo por la incipiente barba. Naruto abrió los ojos en cuanto sus dedos lo tocaron y se quedaron mirando, muy cerca el uno del otro, estudiándose las almas.
—Buenos días —dijo ella al fin, con una tímida sonrisa.
A la luz del día todo parecía distinto. Los ojos azules de Naruto la observaron durante unos segundos más y, de pronto, frunció el ceño. Se incorporó con cierta brusquedad y lanzó la manta que los cubría hacia atrás, dejando al descubierto sus cuerpos desnudos.
—Eres una mujer.
Hinata no supo descifrar su tono.
—Bueno, creo que eso quedó muy claro anoche, ¿o no?
El guerrero se llevó las manos a los ojos y se los frotó, como si así pudiera despejarse del todo.
—Anoche me hechizaste, es lo único que sé. Confundiste mi mente, me lanzaste algún conjuro, no sé, no sé muy bien lo que ocurrió. Eras un muchacho y, de pronto, una hermosa mujer.
Hinata se indignó. ¿De qué fantasías hablaba?
—Escúchame —le dijo, apartando sus manos para que pudiera mirarla a los ojos—, nunca he sido un muchacho. ¿Lo oyes? Nunca. Tuve que disfrazarme para escapar, Natsu cortó mi larga melena y me aplastó los pechos para que nadie pudiera reconocerme. Soy una mujer. No soy un duende, ni una criatura fantástica y, por supuesto, no puedo cambiar de forma a mi antojo. Ojalá pudiera, porque entonces te garantizo que no me hubiera transformado en un mozuelo insignificante. Si pudiera, me convertiría en un guerrero grande y fuerte, como mis hermanos, como tú, Naruto Namikaze, y nadie me separaría jamás de mi gente, te lo aseguro.
Las palabras fueron calando en la abotargada mente del laird hasta que este, de pronto, la aferró por las muñecas.
—¿Eres una mujer?
Hinata puso los ojos en blanco, incapaz de lidiar con aquella mente tan obtusa.
—¡Por Dios! —exclamó Hinata—. ¿Qué más pruebas necesitas?
—El muchacho que llegó con los St. Haruno, el que yo mandé a las porquerizas, el que yo entrené sin piedad, al que casi obligo a encamarse con una prostituta... ¿siempre ha sido una mujer?
—Aún me cuesta creer que no os dierais cuenta, mi señor. —Hinata volvió a la fórmula de cortesía con la que siempre se había dirigido a él para que comprendiera que sí, en efecto, era la misma persona—. Vuestro tío Minato se percató desde el primer momento.
Naruto la repasó como si la mirara por primera vez, bastante horrorizado. La obligó a tumbarse sobre la cama y le separó los muslos. Cuando vio los rastros de sangre entre ellos, cerró los ojos, asumiendo por fin el engaño al que había sido sometido. Lo invadió una furia ciega. Se sintió un completo estúpido por no haberse percatado, por creer que las criaturas de las fábulas realmente podían existir.
—Quédate ahí quieta —le ordenó.
Se levantó de la cama y fue hasta el aguamanil de su alcoba. Vertió agua fresca de la jarra que su ama de llaves, Jane, siempre mantenía llena, y mojó un paño limpio. Regresó y se sentó al lado de la chica. Miró una vez más las manchas resecas de sangre mezclada con su propia esencia en los muslos femeninos y suspiró. La lavó con cuidado, con mimo, sin mirarla a la cara.
—¿Te hice mucho daño?
—Sí, mi señor.
Naruto ocultó una sonrisa ante la sinceridad descarnada de la joven. A pesar de todo, notó que ella no era inmune a sus atenciones y que se estremecía ante su contacto.
—Perdona por mi torpeza. Jamás te hubiera desvirgado de una manera tan salvaje si hubiera sabido... —Volvió a suspirar, derrotado por su propia impericia—. Perdóname, Hin.
—Os dije que no sabía nada de estas cosas, ¿recordáis? En la cabaña de Iona, cuando queríais que aprendiera.
—Es cierto. Lo olvidé. La verdad es que anoche estaba enloquecido... Cuando te vi convertida en mujer, apenas podía creerlo. Era como si un sueño se hiciera realidad. Temía... temía que en cualquier momento pudieras volver a transformarte en hombre.
—¿Quién os ha contado tantos cuentos de hadas, mi señor?
Naruto por fin la miró. Sus ojos azules buscaron el gris de los suyos antes de contestar.
—Mi madre.
Hinata asintió, comprensiva. Sabía, por Minato, lo importante que había sido su madre y lo culpable que se sentía por su muerte.
—A mí también me contaban historias de pequeña. La mujer que me crió, Natsu, conocía muchas leyendas. Pero nunca pensé que yo podría convertirme en la protagonista de una de ellas.
El guerrero volvió a arrugar la frente.
—Eso no habría sucedido si no me hubieras engañado de este modo. ¿Te haces una idea del infierno que me has hecho pasar? —la acusó.
—Para mí tampoco ha sido un camino de rosas, mi señor.
Naruto se fijó en la altivez de su pequeño mentón al hablar. Había podido intuirlo por el modo en que había respondido a sus caricias, pero ahora lo corroboraba con su actitud. Hin era una fiera de cuidado. No había podido doblegar su voluntad ni su ánimo cuando fingía ser un muchacho, y mucho se temía que, como mujer, aquel problema iba a agravarse de modo alarmante. Había demasiado orgullo y altanería en aquel cuerpo tan menudo.
Se inclinó sobre ella para imponerle su estatura y tratar de amedrentarla.
—¿Quién eres?
—Ya os lo he dicho. Mi nombre es Hinata... Hinata Hyuga.
Los ojos de Naruto sondearon los suyos como si quisiera leerle la mente.
—No lo entiendo. Puedo comprender que escaparas del ataque a Byakugan tal y como confesaste, y que Kizashi y Mebuki te trajeran hasta aquí, pero ¿por qué el disfraz?
Ahora era cuando ella tenía que decirle el motivo por el que había regresado. Debía confesar quién era, quién había creído que era él y que, una vez aclarado que no había asesinado a su hermano, necesitaba de su protección. Sin embargo, la miraba con tanta intensidad, que tuvo miedo.
—Pensé que estaría más segura si todo el mundo pensaba que era un muchacho.
—¿Por qué? —insistió él—. A mi juicio, te pusiste en una situación mucho más peligrosa al fingir algo que no eras. Cada vez que pienso en cómo te traté, en cómo te hice entrenar con el resto de mis hombres... ¡Cielo Santo, Hin! Les ordené que te atacaran, que te golpearan con todas sus fuerzas y te di solo un escudo para protegerte. Y aquella horrible noche, cuando te encontré con Reed MacNab... ¿Sabes lo que te habría ocurrido si no hubiese llegado a tiempo de sacarte de su alcoba?
Ella se incorporó y le arrebató el paño húmedo de la mano para que dejara de toquetearla. La estaba volviendo loca.
—Supongo que me habría hecho cosas horribles. Máxime al descubrir que yo no era el muchacho del que se había encaprichado. —Se abrazó las rodillas y se cubrió los pechos, avergonzada de pronto al darse cuenta de que ambos estaban desnudos. Era curioso que llevaran conversando varios minutos y no se hubiera sentido violenta por ese motivo—. Sí. Si no fuera por ti, me habría hecho mucho daño.
Naruto se dio cuenta de que temblaba.
—Y después de librarte de sus garras, caes en las mías y te lastimo igualmente.
Ella buscó su mirada y ladeó la cabeza, sorprendida.
—¿Te comparas con Reed MacNab?
—Tú misma lo has dicho antes: te hice daño. Fui un completo animal.
—Sí. Y también me hiciste tocar el cielo —susurró, ruborizándose.
Los ojos de Naruto ardieron con aquella confesión. Alargó un brazo para acariciar la cara de su duende con infinita ternura.
—Si pudiera, volvería a llevarte a las alturas.
Hinata cerró los ojos, disfrutando de la caricia. Cuando él la tocaba, todos los pensamientos coherentes desaparecían de su mente.
—¿Qué te lo impide?
—Tú. ¿No estás molesta ahí abajo? Temo volver a lastimarte si me dejo llevar por la lujuria que me quema por dentro. Puede que no seas un duende, pero me has embrujado, Hin.
—Hinata.
—Para mí siempre serás Hin —le confesó.
Y era cierto.
Lo había deseado desde el primer momento, aunque se negara a sí mismo ese sentimiento. Había caído en su embrujo desde el primer día, se había sentido cautivado por su manera de mirarlo, por su valentía, por su carácter indómito. Había deseado a la persona, a Hin, sin importarle lo que fuera.
Que fuera una mujer le facilitaba mucho las cosas, por supuesto, y le hacía tan feliz que el corazón le iba a reventar de dicha; pero si hubiera sido un chico, si jamás hubiera podido satisfacer sus instintos más primarios por ser algo contrario a su naturaleza, él seguiría encandilado con sus ojos, con sus labios, con esa rebeldía con la que le hacía frente a pesar de llevar todas las de perder. Hin siempre sería Hin para él. La persona a la que se había acostumbrado a ver cada día, la que sus ojos buscaban cuando entraba en cualquier sala de la fortaleza, cuya presencia se había vuelto tan indispensable que, estando lejos de ella, le costaba hasta respirar.
Hin se había convertido en la única persona en el mundo que no soportaría ver morir, sin la cual ya no concebía su existencia.
—Estoy... estoy un poco molesta —musitó ella, contestando a su anterior pregunta —. Pero ayer pude comprobar lo hábiles que son tus dedos prodigando caricias. Estoy convencida de que lograrás que el malestar se me pase pronto.
Ante esas atrevidas palabras, Naruto solo pudo gruñir.
Se abalanzó sobre su boca y la aferró de su corta melena para que no pudiera escapar tras su provocación. En cuanto sus lenguas entraron en contacto, la llama del deseo creció entre sus cuerpos sin remedio, obligándoles a reducir el espacio que los separaba. Naruto tiró de ella y la colocó sentada a horcajadas en su regazo, sin dejar de besarla, sin abandonar su dulce boca.
—Y dime, pequeño duende, ¿te conformarás con mis dedos, o necesitas algo más de mí? —al decirlo, le mordió suavemente el labio inferior y tiró de él, logrando que ella se estremeciera.
—Lo quiero todo de ti —respondió, perdida en ese mundo de sensaciones recién descubiertas.
Él la estrechó más contra su cuerpo, acariciándole la espalda, los muslos, las caderas... Su mano se detuvo en el punto entre sus piernas y Hinata jadeó. Se separó un poco para poder mirarlo, pues quería ver su cara mientras la tocaba. Adoraba mirar a ese hombre a los ojos. Ardían con una intensidad que la traspasaba.
—¿Te duele? —preguntó Naruto, en un susurro. Ella negó con la cabeza—. ¿Y si hago esto?
Antes de que Hinata se diera cuenta, el guerrero introdujo un dedo en su interior. Ella abrió los ojos un segundo, impresionada, y luego los cerró, arqueándose hacia atrás. Él aprovechó para capturar uno de sus pechos entre los labios y saborearlo a placer.
—Mi señor... —murmuró la joven, apenas sin voz—, esto no me lo hiciste anoche.
Naruto esbozó una sonrisa contra su piel.
—¡Ah, pequeña! Hay muchas cosas que aún no te he hecho —pasó su lengua al otro pecho y le complació escucharla gemir—. Pero tranquila, poco a poco, te prometo que te las mostraré todas.
Hinata se aferró a su pelo y lo olvidó todo... excepto sentir. Aquel guerrero la tocaba de una forma que jamás podría haberse imaginado, conseguía que se creyera especial y adorada. La inundaba con su esencia, su tacto, su olor, su calor... y ella no podía pensar en nada que no fuera él. Llenaba por completo su mundo, no había nada más en la habitación. Naruto y ella, y aun así no era suficiente.
—Mi señor... —gimió, cuando el calor la sofocó.
—Lo sé. Ven aquí.
La elevó por las caderas y se colocó para penetrarla despacio, contenido, saboreando cada instante. Sus ojos, prendidos en los de Hinata, se maravillaban por la emoción del momento en que sus cuerpos se completaban.
—¡Ah, mi amor, dime que esto es tan bueno para ti como para mí!
Hinata no podía hablar. Tenerlo dentro era indescriptible. Se sentía colmada, eufórica, feliz. En aquel instante, podría haber gritado al viento que era la mujer más dichosa de la faz de la tierra.
—Acércate —le pidió él, en un jadeo—, dame tus labios.
Ella se entregó gustosa. Naruto comenzó a moverse, a entrar y salir de su cuerpo con una cadencia lenta, enloquecedora, mientras la besaba con ardor. Las enormes manos masculinas se deslizaban por toda su piel, dejando un rastro de fuego a su paso, despertando en ella sensaciones embriagadoras.
La tensión iba aumentando. Hinata notaba cómo se acercaba al abismo, cómo su corazón latía cada vez más aprisa y le faltaba el aire. Jadeaba entre beso y beso, sin poder contener dentro de su garganta sonidos que jamás había emitido. Naruto acrecentó el ritmo. Los dedos masculinos se anclaron en sus caderas y la guiaron, marcando un compás cada vez más rápido, más apremiante.
—Hin... Oh, Dios, di mi nombre...
—Sí, Naruto, sí...
Estaba enfebrecido, no tenía bastante de ella. La ciñó por la cintura con fuerza y lamió sus pechos sin dejar de moverse, rápido, hambriento, ansioso por alcanzar el placer sublime que sabía que se escondía en el interior de aquella mujer. Cuando lo sintió, cuando las sensaciones le sacudieron entero y le atravesaron el cuerpo de parte a parte, se derramó dentro de ella, abrazado a ese cuerpo pequeño y delicioso que, ya lo tenía decidido, sería suyo para siempre.
Hinata se dejó arrastrar por el placer del hombre que la tomaba y se apropió de su orgasmo, lo hizo suyo, lo compartió con él. Echó la cabeza hacia atrás y gritó de puro goce, notando que su corazón explotaba en miles de pedacitos que le bailaron en el pecho antes de volver a recomponerse.
Se quedaron abrazados, las respiraciones agitadas, los cuerpos temblorosos.
—Soy un necio —murmuró Naruto, contra la piel de su hombro—. ¿Cómo es posible que no viera todo ese fuego que tienes dentro? ¿Cómo me pude dejar engañar por tu disfraz?
Ella le agarró de los cabellos y tiró para obligarlo a que la mirara.
—Yo creo que sí lo viste. ¿Por qué, si no, me besaste aquella vez, después de acabar con el grupo de MacNab?
Naruto se sumergió en el gris brillante de aquella mirada que lo tenía subyugado. Abrió la boca para contestar, pero unos golpes en la puerta contuvieron su lengua.
Aquella interrupción era un verdadero fastidio. Se quedaron en silencio, a la expectativa, y los golpes se repitieron con más apremio. El laird supo que no podía desoír la llamada.
—Espérame aquí.
Se separó de ella y la dejó con cuidado sobre la cama. Después se tapó con el manto que lucía sus colores mientras se dirigía hacia la puerta. Abrió lo justo para preguntar por qué demonios lo molestaban a esas horas y con tal premura.
—¿Qué sucede?
Al otro lado, la cara circunspecta de su lugarteniente, Shikamaru, no presagiaba nada bueno.
—Son Danzo y Mitokado, laird, te reclaman.
—¡Al diablo con ellos! ¿Es que no respetan mi descanso?
—Naruto, alguien ha formulado una acusación contra ti. Han convocado un consejo urgente, alegan que no eres digno de ocupar el cargo.
—¿Qué excusa han encontrado en esta ocasión para atacarme?
—Alguien te vio anoche con el muchacho. El testigo ha confesado que habéis pasado la noche juntos... —El lugarteniente guardó silencio unos segundos mientras estudiaba su reacción—. ¿Es verdad? —preguntó al final.
Naruto tensó la mandíbula y sus ojos se oscurecieron.
—Es verdad —admitió—. Dame unos minutos para que pueda vestirme. Dile a esos dos viejos buitres que enseguida compareceré.
—Naruto, escucha...
Shikamaru no tuvo tiempo de decir nada más, porque el laird le cerró la puerta en las narices. Cuando se giró, encontró la mirada asustada de Hinata, que estaba sentada en la cama cubriéndose con una manta.
—Mi señor, no debes temer nada. Confesaré, les diré a todos quién soy, no perderás el liderazgo del clan por mi culpa.
Naruto bufó. Caminó decidido hasta donde había tirado sus ropas la noche anterior y las rescató para lanzárselas.
—No harás nada de eso —espetó, furioso—. Nadie va a decirme con quién debo o no debo yacer. Nadie se valdrá de tan sucia artimaña para robar lo que es mío por derecho. Ponte tu ropa de siempre, Hin, y cubre bien esos hermosos pechos para que nadie los note. No abrirás la boca.
Hinata miró las prendas de sirviente con aprensión, sin decidirse a obedecer.
—No lo entiendo.
—No hay nada que entender —masculló Naruto mientras terminaba de vestirse con sus mejores calzas y su camisa más elegante—. Cuando bajemos al salón, tú serás Hin, el muchacho que has sido desde que llegaste a Innis Rasengan, el hijo de Kizashi y Mebuki.
—Pero no lo soy.
Naruto se acercó y se inclinó sobre ella, apoyando las manos una a cada lado de su cuerpo. Sus ojos se fundieron y parte de la furia del laird se desvaneció ante el gris de su mirada.
—Para mí siempre serás Hin. Me enamoré de Hin y no me avergüenzo. He tardado en comprenderlo, pero ahora sé lo que mi corazón ha deseado desde que te vi por primera vez. Nadie va a utilizar en mi contra lo que siento por ti. Te lo prometo.
Dicho lo cual, selló aquella promesa con un tierno beso.
Continuará...
