Disclaimers: Todos los personajes le pertenecen a Suzanne Collins.
CAPÍTULO 1: RELACIÓN SECRETA
POV CORIOLANUS
Lucy no está en el salón, pero al verme una de sus primas, me ha mira de reojo desde la mesa que está atendiendo. Luego se acerca al mostrador donde estamos con Sejanus, y me entrega disimuladamente la cartilla del menú a mí.
-¿Lo de siempre, muchachos?
Sejanus responde que sí, mientras yo abro la cartilla sabiendo que encontraré algo ahí. Cuando Lucy y yo queremos informarnos de algo sin que nadie se dé cuenta ese es nuestro método.
"Estaré abajo si quieres verme."
No está firmado, pero es su letra. Tomo el papel y lo hago un bollo en mi puño disimuladamente y lo guardo en el bolsillo de mi pantalón.
─Creo que pediré algo diferente hoy –contesto. Y entre todo lo que tienen pido lo que toma más tiempo preparar. Y ella nos guía hasta el pequeño salón privado como siempre que no otros Agentes de Paz aquí.
─Hoy te pediré que me cubras –le pido, él entiende sin mucha explicación y asiente.
─Tenemos tres horas de descanso.
─Lo sé.
─Está bien. En un rato vendrá mi novia. Pero tú y yo saldremos de aquí juntos.
Él ha decidido ir lento con la chica, incluso cuando llevan un año como novios, debido a toda esta situación, no han tenido tiempo de conocerse de una forma normal, ni pasar demasiado tiempo juntos.
Sejanus mira hacia la biblioteca empotrada en la pared, que no es más el acceso a una puerta secreta que lleva un subsuelo. Pero eso los clientes normales no lo saben, solo el personal y nosotros dos.
─Te ayudo.
Se pone de pie y ambos corremos de la forma más silenciosa posible la misma y un pequeño pasillo y una puerta con el cartel "SOLO PERSONAL", aparece frente a nuestros ojos. Ese lugar sigue siendo su lugar de ensayo y también funciona como depósito.
─Nos vemos en un rato –se despide dejándome el paso libre.
Cuando camino hacia la puerta escucho que vuelve a ubicar la biblioteca en su lugar, dejándome a oscuras unos instantes antes de abrir la puerta que me separa de Lucy
A medida que desciendo las escaleras, escucho su voz y el rasgueo de la guitarra. Está sentada en la punta de una vieja mesa de madera y sobre la misma hay varias cajas con ropa que utilizan para sus presentaciones. Ella tiende a elegir los lugares más discretos para practicar y aquí, este es su escondite.
Tratando de mantenerme fuera de su vista, me limito a escucharla. Me pregunto porque ni siquiera me escuchó entrar hasta que veo que lleva puestos los auriculares y tiene el pequeño dispositivo reproductor de música, regalo de Tigris.
Aunque me cueste el mundo y me duela la piel,
Aunque todo esté en mi contra,
Aunque no haya más que sombras,
Hasta el último instante estaré,
Con mi amor a tu lado,
siempre cuidándote.
Porque haré hasta lo imposible
Lo inhumano, lo increíble
Por hacerte reír otra vez
Porque puedas levantarte.
Porque vuelvas a creer.
Aquí te doy la vida.
Sin dudado ni un segundo, sin mentiras,
Porque amores tan profundos nos obligan,
A entregarnos con el alma y con la piel.
Aquí te doy la vida.
Juro al cielo que no me guardaré nada,
Todo es tuyo desde el día de tu llegada.
Dando todo es que yo todo lo encontré,
Desde que te amé.
En ti encuentro sentido, dirección y lugar
Si te pasa, a mí me pasa,
Tus abrazos son mi casa.
Pienso en ti cuando vuelvo a pensar.
Porque nada me consuela cuando te miro llorar.
Aquí te doy la vida.
Sin dudado ni un segundo, sin mentiras,
Porque amores tan profundos nos obligan,
A entregarnos con el alma y con la piel.
Aquí te doy la vida.
Juro al cielo que no me guardaré nada,
Todo es tuyo desde el día de tu llegada.
Dando todo es que yo todo lo encontré,
Desde que te amé.
Se abrió un espacio en mi interior que es infinito.
Y desde entonces más que a ti no necesito.
Te doy mi vida, yo no sé qué más hacer.
Aquí te doy la vida.
Sin dudado ni un segundo, sin mentiras,
Porque amores tan profundos nos obligan,
A entregarnos con el alma y con la piel.
Aquí te doy la vida.
Juro al cielo que no me guardaré nada,
Todo es tuyo desde el día de tu llegada.
Dando todo es que yo todo lo encontré,
Desde que te amé.
Cuando termina la canción, sonrío, cerrando los ojos y apoyo mi cabeza en el pasamanos, escuchándola cantar unas tres canciones más. Luego de largos y duros días lidiando con mi trabajo y todo lo que implica, incluso el hecho de solo poder verla y escucharla me relaja, me mantiene cuerdo y me hace sentir menos miserable. Pero pronto deja de cantar y después de tocar.
─¿Quién está ahí? –pregunta asustada, yo abro los ojos y la veo acercarse a las escaleras.
─Tu novio –respondo. –Perdón por asustarte, no quise molestarte.
Me pongo de pie y bajo los últimos escalones, ella ahora está esperándome a los pies de la misma.
─Coryo.
─Leí tu nota –explico.
─Eso imaginé, hoy no me sentí bien en la mañana, por eso me enviaron a descansar. Decidí aprovechar el tiempo para practicar.
─¿Te sientes mejor ahora?
─Oh, sí –me tranquiliza. –No fue nada. Ya sabes, las mujeres tenemos nuestros días buenos y malos. Me alegra que estés aquí –toma mi mano y me guía hasta el sofá cama completamente aplanado con unos almohadones y una sabana.
─¿Estuviste durmiendo?
─Un rato, eso me ayudó. Luego me levanté para lo que viste.
Parece que no quiere decirme algo para no preocuparme, pero lo dejó pasar.
─Nunca te he escuchado cantar esas canciones.
─No sé qué escuchaste. ¿Desde cuándo estabas aquí?
Escuché las últimas cuatro canciones, perdí la noción del tiempo realmente.
─¡No! –grita. –No debías escuchar esa aún, se supone que era sorpresa.
─¿Cuál?
Esa que creo que escuchaste apenas entraste. Ni siquiera estoy segura dejarla tal cual o modificarla.
─Tarde –bromeo. –Pero si quieres fingiré que no recuerdo nada de la canción y no te haré ningún comentario sobre la misma, hasta que decidas cantarla en público.
─¿Lo harías?
─Lo prometo –le digo.
Ni siquiera le diré que me gustó y conmovió por ahora.
─Pero a cambio, ya que estamos aquí solos... –acaricio su rostro y sus labios.
─¿Me estás sobornando? –me mira con cara seria.
─Tal vez.
─¿Y tu trabajo?
─Hoy nos dieron tres horas de descanso y arriba estará Sejanus con esa chica comerciante en una cita. Me temo que estamos atrapados aquí.
Atrapo su rostro entre mis manos y acerco mis labios a los suyos sin dejar de mirarla a los ojos.
─Pensé que viniste a almorzar.
─Ni siquiera tengo apetito, pedí algo, pero seguro acabarán comiéndolo nuestros amigos. Pero si tienes algo más para ofrecerme, lo aceptaré.
─¿Algo como qué? –pregunta mientras rodea mi cuello, la necesidad que reflejan sus ojos ámbar y su rostro me dicen que quiere lo mismo, las oportunidades que hemos tenido completamente solos han sido tan escasas que no las hemos desaprovechado.
─Algo como tú.
─Estoy disponible, pero espera.
Lucy se aleja de mí y busca rebusca en unas cajas y saca unas pequeñas bolsitas cuadradas metalizadas.
-¿Desde cuando tienes esas cosas acá?
─No son mías, al parecer otro integrante del Covey consiguió novia o novio y lo ha traído a escondidas aquí. Todavía estoy tratando de descubrir quién es, pero nadie habla. No creo que les importe que tomemos algunos de estos prestados.
─Estos niños de hoy –casi todos son menores de edad aún.
─Solo ruego que no sean mis primitas.
─Eres muy sobreprotectora con ellas.
─No te pases, tú lo eres conmigo.
─Cierto, pero tengo mis razones y tú sigues siendo menor que yo. Me siento en la obligación de cuidarte.
Lanza las bolsitas al colchón al acercarse y luego se sienta en mi regazo con las piernas hacia ambos costados y yo rodeo mi espalda con sus brazos
─Eso es tierno, pero no quiero que me cuides ahora. Solo ámame.
Sonrío de lado.
─Esperaba que dijeras esas palabras.
─Te he echado de menos –confiesa.
─Yo también, cariño. Pero seré completamente tuyo por las siguientes horas. Aunque no es tanto como desearíamos
─Tres horas suena perfecto para mí, mientras no te borres definitivamente, acepto el tiempo que puedas ofrecerme.
─Nunca te dejaré ir –prometo.
Y no esperamos más, nuestros labios se encuentran, nuestras manos exploran el cuerpo del otro y poco a poco el fuego invade cada rincón de nuestros cuerpos, haciéndonos olvidar del mundo y sus problemas. Nos dejamos caer sobre el sofá y continuamos con lo único que realmente deseamos hacer en este momento. Después de todo, no sé cuándo volveremos a tener otra oportunidad como esta y este fin de semana, no podré estar con ella. Debo encontrar una forma de decírselo, porque hicimos planes anteriormente, aunque no será aquí, ni en este momento.
─Sabes que odio que debas ser Agente de Paz, porque es una barrera para nosotros. Pero admito que te ves muy atractivo con ese uniforme.
Mis labios se detienen en su cuello y murmuro.
─Me alegra que yo te guste así normalmente. Pero, en este momento, el uniforme no es más que un estorbo.
─Podemos solucionarlo.
Sus manos se dirigen al cierre de la chaqueta para bajarlo y posteriormente desabrochar la camisa blanca que llevo debajo.
─Retiro lo dicho, te ves mejor sin el uniforme.
Y vuelven sus labios a los míos reclamando insistentemente por más besos, más caricias, más amor. Y yo no soy quien para negarle algo que desea o necesita. Lucy Gray es como una droga a la que me he vuelto adicto, no importa que intenté convencerme de que lo mejor es dejarla por el bien de ambos, simplemente no puedo.
Hubo un tiempo donde temí tanto por ella que decidí apartarme, pero esa separación no duró más de unas pocas semanas cuando ya me encontraba desesperado por verla y fui a su casa, para arreglar las cosas y explicarles mis motivos. Ese día ella me dijo que no le importaba lo que le pasará y que siempre estaría conmigo; me hizo jurar que nunca la vuelva a dejar, a no ser que la razón fuera que mis sentimientos por ella cambiarán irremediablemente y no su seguridad.
Desde entonces, no tuvimos discusiones sobre el tema; tratamos de encontrar soluciones y diferentes maneras de mantenernos en contacto, también inventando nuestros propios códigos y señales para actuar y comunicarnos en público.
Todos tenemos un punto débil y Lucy Gray es el mío. Probablemente fue así desde el comienzo, antes de siquiera el valor de reconocerlo. Ella es la única persona capaz de conmoverme, debilitarme o darme fortaleza cuando lo necesito. Y ahora mismo estoy bajo su merced, haría cualquier cosa que me pidiera o quisiera solo por hacerla feliz por unos instantes o de forma permanente. Por verla sonreír.
Nos limitamos a expresar cuanto nos amamos de la forma más sincera y real que conocemos, en este escondite, solo ella y yo solos y a salvo de las miradas acusatorias y del peligro.
