Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


19. Soy su Laird


Cuando entraron en el salón, gran parte de los guerreros del laird ya estaban presentes. Fuera quien fuera el que los había convocado, se había dado mucha prisa, pues casi todos ellos vivían en la aldea, al otro lado del lago. Solo acudían a Innis Rasengan para los entrenamientos y las celebraciones. Y cuando eran requeridos con urgencia, como era el caso.

Los consejeros Danzo y Mitokado ocupaban la mesa principal y su butaca, la silla del jefe del clan, estaba girada de espaldas. Eso significaba que su propia gente no le consideraba digno de ocupar aquel cargo.

Naruto barrió la sala con la mirada, tomando nota mental de todos los presentes, de sus caras, de la postura de sus cuerpos. Estaba claro que había dos bandos bien diferenciados. Los que se encontraban más cerca de la mesa principal y que parecían custodiar a los consejeros lo miraban en actitud desafiante. Eran más de la mitad de sus hombres y parte del servicio, y aquello le dolió.

Por otro lado, al fondo de la sala se encontraban el resto de su tropa, con Shikamaru a la cabeza, y algunos de los sirvientes, entre los cuales se encontraban su ama de llaves, Jane, y los leales Kizashi y Mebuki con su hija Sakura. Cuando los St. Haruno vieron a Hin, dieron un paso hacia él y le hicieron gestos con las manos para que se acercara. En sus rostros, la preocupación por aquella situación se entremezclaba con el alivio de tenerlo de vuelta con ellos.

Naruto se colocó en el centro del salón. Llevaba colgada del cinto su enorme espada y sobre la camisa blanca, cruzándole el pecho, el manto colocado sobre el hombro con los colores de los Namikaze. Dejó que su mano descansara sobre la empuñadura de su espada y mantuvo su postura firme y altiva, con las piernas separadas y la cabeza erguida.

—Una acusación pesa sobre mi persona —habló, con voz alta y firme—. Quiero saber de qué se trata, y quién la ha proferido.

—Una sirvienta os vio anoche llevando en brazos al que, si no me equivoco, es vuestro sirviente personal. Os siguió, preocupada tal vez por si el muchacho estaba enfermo, y descubrió que, en lugar de llevarlo con su familia como hubiera sido menester, lo llevasteis a vuestra alcoba. Y de allí ya no salió nadie en toda la noche. — Danzo hizo una pausa y lo miró con desdén—. Suiren, acércate.

La joven salió del grupo de sirvientes que se había posicionado contra el laird. Naruto la taladró con la mirada, y en su mente el alivio más esperado relajó lo que debía ser un ceño asesino. Ella. De nuevo aquella chica, de cara dulce, de ojos huidizos y turbios, de lengua viperina. Había echado a su mejor amigo de Innis Rasengan por su culpa, y ahora lo veía claro: Suiren no había sido violada. Lo primero que haría, en cuanto pusiera orden en aquella farsa, sería ir en busca de Sasuke.

—Repite ante todo el mundo lo que viste anoche.

Suiren, al igual que hiciera el día del juicio contra su lugarteniente, interpretó muy bien su papel. Si había alguien entre sus detractores que aún no lo tuviera muy claro, después de la afligida confesión de la muchacha se terminaría de convencer.

Hinata, que observaba la escena con el corazón en un puño, odió con todo su ser a la criada. Le había creado problemas desde su llegada, pero nunca había tenido tantas ganas de arrancarle la lengua como en ese momento.

—¿Negáis estos hechos? —preguntó Danzo, cuando ella terminó su alegato.

—No.

Un murmullo escandalizado recorrió la sala, añadiendo más tensión a la atmósfera que ya se respiraba. Hinata apretó la mano de Mebuki, debatiéndose entre cumplir los deseos de Naruto y permanecer callada, o salir en su defensa.

—¿Habéis... habéis dormido con un muchacho?

—Eso, señor, no es de la incumbencia de nadie.

—¡Lo es! —El estallido de Mitokado sorprendió a todos, porque, además, había golpeado la mesa con una mano furiosa—. ¡Lo es si pretendéis ser nuestro líder!

El rostro de Naruto se ensombreció. Por fin, ahí lo tenía. Tantos días de censura soterrada habían dado su fruto. Aquellas dos aves carroñeras habían encontrado un motivo, o lo que ellos creían que era un motivo válido, para desacreditarle delante de su gente.

—Debéis ser más claro, señor —habló con el tono arrastrado, contenido—. Debéis exponerme por qué el hecho de haber pasado la noche en la misma alcoba que mi sirviente me incapacita para el liderazgo.

Mitokado se levantó de su silla, temblando de puro enojo. Tal vez pensaba que Naruto se iba a mostrar más contrito, más avergonzado, y que cedería sin más.

—A los ojos de Dios es un pecado y os hace débil. Y no podemos permitirnos tener un laird débil...

—Tu padre jamás habría consentido tal comportamiento, Naruto, lo sabes —habló de nuevo Danzo, abandonando el trato formal que requería aquel consejo al ver que su compañero de intrigas perdía el dominio de sí mismo.

—Mi padre no está —Naruto fue tajante—. No obstante, no quiero que mi propia gente dude de mis capacidades. Habéis puesto en entredicho mi valía cómo líder, con el único pretexto de mi supuesta debilidad. ¿A quién proponéis para que me suceda en el cargo? ¿Tal vez a tu hijo, Mitokado? ¿O al tuyo, Danzo? Reto a cualquiera de ellos a un combate por el mandato del clan. A los dos a la vez, si lo estimáis más oportuno...

Los dos aludidos se removieron inquietos. Cada uno de ellos se hallaba de pie, detrás de su respectivo padre, como si les estuvieran guardando las espaldas. Como si estuvieran esperando que Naruto, abochornado por la acusación, depusiera su espada al momento para que la recogiera cualquiera de ellos.

—No será así como se resuelva esta cuestión. Estás siendo juzgado, por lo tanto, habrás de acatar lo que este consejo decida. ―Por su tono, era evidente que a Mitokado le costaba mantener las formas.

Naruto negó con la cabeza muy lentamente.

—Habéis dicho que mi pecado me hace débil. Os demostraré que no es así. ¿Piensas que voy a dejar que me arrebatéis mi sitio? ¿Con qué autoridad moral me cuestionas en asuntos de la fe cristiana? ¿No debería ser el padre Iruka el que presidiera este consejo, en el que se me juzga por cometer pecado carnal?

—¡Es antinatural! —gritó Mitokado, golpeando de nuevo la mesa con saña—. No necesitamos al párroco para que nos ilumine al respecto. Dios creó al hombre y a la mujer por algo, lo dicen las sagradas escrituras.

Naruto le sostuvo la mirada sin inmutarse. Esos dos viejos metomentodo no adujeron nada de todo aquello cuando cobijaban bajo su techo a Reed MacNab, a pesar de que era conocida por todos su preferencia por los muchachos imberbes. Si a Mitokado le preocupaban las sagradas escrituras, él era un asno con arreos.

De reojo, vio que Hinata daba un paso al frente y levantó una mano para detenerla. No estaba dispuesto a dejar que lo ningunearan, porque estaba claro que la atracción que sentía por Hin era una mera excusa para conseguir lo que esos dos habían perseguido desde que su padre muriera: hacerse con el poder.

—Hin, ven aquí —le llamó Mebuki en un susurro—. No intervengas, será peor. Ella se volvió con los ojos cargados de angustia.

—Pero es que yo...

—Shhh, ven —agarró su mano y tiró de ella para que regresara a su sitio—. Tranquilízate, los que son fieles al laird no van a permitir este ultraje. No sabemos por qué el señor te sacó de las mazmorras para llevarte a su alcoba, pero alguna razón tendrá. Confiamos en él.

Hinata se dio cuenta de que la última frase de la mujer no había sonado tan convincente como el resto. Mebuki era una mujer muy religiosa, incapaz de creer las acusaciones de aquel consejo.

—Cuando esto acabe, ya le ajustaré yo las cuentas a esa malcriada de Suiren — escuchó decir en un murmullo a Jane, el ama de llaves.

—Callad, mujeres —siseó Kizashi, al ver que los consejeros habían unido sus cabezas para cuchichear algo antes de volver a hablar.

—Muy bien —anunció Danzo—. Nos parece justa tu petición. Esperaremos a que el padre Iruka regrese de su viaje para volver a convocar esta asamblea y juzgarte frente a un hombre de Dios.

—Mientras tanto —habló Mitokado, que pretendía decir siempre la última palabra—, esperarás en las mazmorras.

Nada más escuchar aquello, Naruto desenvainó su espada. Shikamaru y el resto de los hombres que le eran leales avanzaron y se posicionaron a su lado, con actitud desafiante. Los rostros de los ancianos se crisparon ante aquella osadía.

—¿Pretendes que libremos una batalla aquí, en el salón de los Namikaze? ¿No estás dispuesto a aceptar la decisión de este consejo? ¡Siempre se ha respetado nuestra opinión! ¡Te debes a tu clan, y si tu gente te considera indigno, debes asumir sus consecuencias!

—No toda su gente piensa como vosotros, Danzo —intervino entonces Shikamaru—. Naruto Namikaze es nuestro líder por derecho y no aceptaremos que nadie lo encierre en unas mazmorras.

—Si fuera un jefe digno, acataría la decisión de los que hemos estado velando por la supervivencia de este clan desde antes de que él naciera. ¿Dónde está su honor? — rebatió Mitokado.

Naruto se adelantó entonces, más enfurecido de lo que jamás creía haber estado.

—Mi honor está justo aquí —le dijo, mostrándole el filo de su espada—. Y dos viejos que han estado amargándome la existencia desde que tomé posesión de mi cargo no me van a dar lecciones de lealtad hacia mi gente. De hecho —añadió, mirándolos fijamente—, quedáis relevados del cargo de consejeros en este mismo momento. A mi padre tal vez pudisteis engañarlo... ¿creéis que no sé que le manejabais a vuestro antojo? Duncan Namikaze era un buen guerrero, un maestro implacable que entrenó a los mejores hombres que conozco. Pero no era bueno dirigiendo los asuntos del clan. Por eso delegaba en vosotros... Y ahora le pagáis así, queriendo quitar a su hijo de en medio para seguir haciendo lo que siempre habéis hecho: gobernar a vuestro antojo.

Por primera vez desde que había entrado en el gran salón, Naruto vio una sombra de duda y miedo en los ojos de los ancianos. Pero no iba a ser tan fácil, por supuesto. Y él tampoco quería derramar la sangre de los suyos, así que volvió a ofrecerles una salida digna.

—Reitero mi ofrecimiento. Un juicio por combate, vuestros hijos contra mí. Dos contra uno... Ya que consideráis que después de esta noche junto a Hin soy más débil, deberíais aceptar mi propuesta. Si pierdo, prometo que os cederé el mandato sin oponer resistencia.

Tras sus palabras, se hizo el silencio en la sala. Danzo se toco el menton y Mitokado lo taladró con los ojos sin piedad. Naruto confiaba en que ellos tampoco quisieran derramar sangre Namikaze sin necesidad. Una guerra interna en el clan, con Indra llamando a sus puertas para reclamar guerreros que lucharan contra los ingleses, no era buena idea.

—De acuerdo —concedió al final Mitokado, el más reticente.

—Preparaos —les dijo Danzo a los que iban a ser los contrincantes del laird—. En una hora se decidirá el liderazgo del clan por combate, en el patio de armas.

Naruto envainó su espada y les hizo un gesto con la cabeza a los ancianos antes de darse la vuelta y salir del salón, acompañado por sus hombres.

En cuanto la asamblea se disolvió, los St. Haruno rodearon a Hinata. La primera en abrazarla fue Mebuki, que la apretó contra su pecho como si fuera su verdadera madre.

—Criatura, creíamos que no te volveríamos a ver.

—Hin, qué alegría que hayas vuelto —le dijo Sakura, apretando su mano de manera más comedida.

—Sí, muchacho. Estábamos preocupados por ti. —Kizashi le dio una palmada en la espalda.

—Yo también os he añorado... —confesó ella. Los miró con todo el amor que sentía por esa familia y supo que no podía postergar más el momento de decir la verdad —. Ahora que he regresado, necesito hablar con vosotros.

—Por supuesto —susurró Mebuki.

—Pero no aquí. Vamos a nuestra cabaña, por favor.

—Sí, pero antes... espera un momento. —Mebuki se fijó en que Jane se dirigía como una flecha hacia donde se encontraba Suiren y fue tras ella. Tenía las mismas ganas o más que el ama de llaves de reprender a esa insensata.

Hinata las observó desde la distancia, porque sabía que, si se acercaba a la joven, le arrancaría los ojos y la lengua. Las dos mujeronas la avasallaron sin tregua y Suiren bajó la cabeza, con las orejas ardiendo de humillación. O eso parecía. Cuando terminaron de amonestarla y se alejaron, Hinata se fijó en que la chica les dirigía una mirada tan cargada de odio que le puso la piel de gallina.

No lo pudo soportar.

Se dirigió hacia ella ciega de furia y cuando estuvo a su lado, le cruzó a cara de una bofetada. La muchacha se llevó la mano a la mejilla, horrorizada, y Hinata se sintió insatisfecha. Aquel no era castigo suficiente y deseaba con toda su alma que Suiren se revolviera para poder seguir atacándola. Sin embargo, Kizashi se plantó a su lado en un visto y no visto, interponiéndose entre las dos. Hinata no entendía por qué el grandullón parecía tan enojado con ella.

—¡No vuelvas a hacer nada semejante! No me importa lo que haya hecho esta arpía, ningún hombre en mi presencia levantará la mano contra una mujer, ¿me has entendido? ¡Vamos, aléjate de ella!

—¡Hin, ven aquí! —Mebuki la agarró del brazo y la sacó del salón a toda prisa.

La familia se dirigió hacia su cabaña y, cuando por fin estuvieron solos, Kizashi volvió a reprenderla.

—Me avergüenza tu comportamiento, Hin. No imaginaba que pudieras hacer algo semejante.

Hinata ya no tenía muy claro si lo que le ofendía era que hubiera golpeado a Suiren, o tal vez la propia acusación vertida por sus labios envenenados. A pesar de que la habían recibido con cariño, notaba que en sus ojos había una sombra de duda por todo lo que se había dicho en aquel salón.

—Perdóname, Kizashi. Tal vez, cuando te cuente lo que quiero confesaros, me entiendas mejor.

Mebuki la miraba tan fijamente que Hinata se puso nerviosa. Por suerte, la mujer no era de las que se andaban por las ramas y abordó el tema que les preocupaba sin más demora.

—¿Por qué te llevó el laird a su alcoba anoche?

—Antes de contestar, debo deciros algo. —Hinata se retorció las manos, sin saber cómo confesar a verdad. No podría soportar que aquella gente le diera la espalda... Ahora eran su familia—. No soy quien vosotros creéis que soy.

Silencio.

Los tres la miraban con los ojos redondos de expectación, hasta que Sakura preguntó:

—¿Y quién eres?

—Mi nombre no es Hin, sino Hinata Hyuga. Soy...

—¿Una mujer? —la interrumpió Kizashi, atónito al escuchar su tono ya libre del disfraz.

Mebuki contuvo una exclamación tapándose la boca con una mano. Sakura negaba con la cabeza, como si no pudiera dar crédito.

—Sí, soy una mujer. Pero, además, yo...

—¿Cómo es posible que no nos diéramos cuenta? —volvió a interrumpirla Mebuki.

Se acercó a ella y la palpó, tocándole los brazos, las mejillas, pasándole las manos por su corta melena oscura.

—¿Cómo es posible? —repitió Sakura, acercándose también, como si al contemplarla desde una distancia más corta la verdad fuera más evidente.

—Es posible porque sois buena gente, y confiáis en los demás sin poner en duda su palabra, sin juzgar, aceptando las debilidades de cada uno y aceptándolos tal y como son. Hin tenía muchos fallos, eso no podéis negarlo. Mebuki, estoy segura de que tú notabas que había algo diferente en mí.

La mujer asintió con una sonrisa y lágrimas asomando a sus ojos.

—Noté que eras bastante afeminado, Hin... Hinata. Pero muchos muchachos jóvenes parecen muy blandos y luego ensanchan, se convierten en hombres. Supongo que yo tenía la esperanza de que algo así ocurriera contigo.

—Habéis sido tan buenos conmigo, tan generosos, que mi bochorno es mayor por haberos ocultado algo así. Lo lamento y os pido que me perdonéis.

Mebuki la abrazó.

—Lo único que me duele es que no confiaras en nosotros. Jamás te habríamos delatado, si ese era tu miedo. —Se separó de ella y sujetó su cara entre las manos para mirarla con cariño, con los ojos dulces de una madre—. Somos tu familia, con todas las consecuencias. Te hubiéramos protegido de aquello de lo que huías...

—De eso precisamente quería hablaros. No solo soy una mujer, también soy...

Un golpe en la puerta la interrumpió. Jane, el ama de llaves, entró tras esa llamada con muchas prisas.

—Hin, el señor te reclama. Ahora.

—Entonces ve... Ve con él, criatura, ya habrá tiempo de hablar y de aclarar todo este lío —la apremió Mebuki.

Hinata asintió y salió en dirección al patio de armas, donde seguramente el laird se preparaba para su combate.

Tenía miedo.

Sabía que Naruto era un guerrero consumado, que era el más diestro con la espada. Lo había visto en acción y no dudaba ni de su fuerza ni de su habilidad. A fe suya que su espada era una prolongación de la férrea voluntad que demostraba en todo lo que se proponía. Y en esta ocasión estaba empeñado en demostrar su valía a toda la gente de su clan. Hinata confiaba en que el laird se saldría con la suya como era habitual en él... Aun así, temía por su vida.

Sus pasos se volvieron más apremiantes según se acercaba al patio, deseosa de ver de nuevo el rostro que se había aprendido de memoria y que adoraba con todo su ser. No podía confesarle a Naruto su inquietud, porque una mera insinuación de sus dudas le ofendería. Ya había demostrado que era capaz de enfrentarse a muchos y salir victorioso, y no había razón para subestimarlo. Pero eso no evitaba que su corazón latiera desaforado pensando en lo que, por infortunio del destino, podría ocurrirle si perdía esa lid.

Al llegar al patio se encontró con que el laird ya se había deshecho de la camisa y lucía su increíble torso desnudo, que era puro músculo surcado de cicatrices. Vestía tan solo con sus calzas y sus botas negras. Balanceaba la espada para ejercitar el brazo, bajo la atenta mirada de sus hombres y de los que se habían posicionado en el otro bando. A Hinata no le pasaron desapercibidos los rostros circunspectos de los contrincantes de Naruto. Sin duda, eran hombres fuertes, de brazos poderosos que, para colmo, habían sido entrenados por el propio laird. Pero tenían miedo en los ojos... A pesar de ser dos contra uno, temían aquel enfrentamiento.

—¡Hin!

Naruto acudió a su encuentro en cuanto la vio. Se detuvo a un par de pasos, devorando su rostro con la mirada, sin atreverse a acercarse más.

—¿Me has hecho llamar, mi señor?

—Sí, solo quería verte antes de empezar.

—No tienes por qué combatir —le susurró. Se moría por apretarse contra su pecho y sentir sus fuertes brazos alrededor.

—Cuando todo esto acabe, voy a besarte hasta que te duelan los labios.

Hinata no lo dudaba. El mismo anhelo que brillaba en los ojos azules de Naruto le estaba perforando a ella el alma.

—Por favor, detén esta locura. Si me descubro, este juicio por combate no tendrá razón de ser. No has cometido ningún pecado, no pueden acusarte de nada.

—Si no lucho hoy, mañana encontrarán cualquier otra excusa para difamarme.

—Pero al menos tu hombría no quedará en entredicho.

—Jamás he estado tan seguro de mi hombría. —Naruto se acercó un paso, apretando los puños a ambos lados de su cuerpo para evitar la tentación de tocarla—. No tengo que dar explicaciones a nadie, ni siquiera a mí mismo. Hin me robó la cordura desde la primera vez que le puse los ojos encima, y no me arrepiento. No soy menos hombre por ello.

Ella sonrió y deseó abrazarlo más que nunca.

—Pero Hin no existe.

—Claro que sí. Está ahí dentro, detrás de esos ojos perlados que me han quitado el sueño.

El corazón de Hinata latió más deprisa con aquella afirmación. Lo miró con adoración, dejando traslucir una vez más el inmenso deseo que sentía por ese hombre.

Él la apuntó con un dedo.

—Deja de mirarme así, sabes que eso ha sido siempre mi perdición.

Nada más decirlo, Naruto caminó varios pasos hacia atrás, correspondiéndole con los ojos, confesándole sin hablar que él sentía lo mismo. Después, se dio la vuelta y se dirigió hacia el grupo de hombres que lo esperaban para comenzar el combate.

Poco a poco, todos los habitantes de Innis Rasengan se congregaron en el patio para ser testigos de la lucha por el mandato del clan. Los St. Haruno se reunieron con Hinata y ella notó sus miradas interrogantes, su desconcierto ante el hecho de que no desvelara la verdad para impedir la injusticia.

—El laird lo prefiere así —fue lo único que les dijo, antes de volver su atención a los combatientes que ya se preparaban en el centro del corro de curiosos.

—Muy bien —escucharon todos que decía Naruto, en voz alta y enérgica—. Veamos de parte de quién está la razón. Si he cometido pecado, tal y como se me acusa, estos dos hombres me vencerán sin problemas. Pero si soy inocente, no volveréis a dudar de mi liderazgo, ni os opondréis a él. Mitokado y Danzo, si salgo victorioso, no serán nunca más parte del consejo de los Namikaze.

Los murmullos de los presentes eran dispares en opiniones. Los hijos de los dos ancianos se miraron y asintieron antes de ponerse en guardia y Hinata temió que su fuerza y su implacable entrenamiento fueran demasiado para un hombre solo, a pesar de que ese hombre fuera Naruto.

Los tres guerreros empezaron a moverse, tanteándose, estudiándose, muy concentrados. El laird fue el primero en atacar, lanzándose contra el que tenía más cerca. El golpe de su acero contra la espada del enemigo sonó brutal, y los sucesivos envites fueron rápidos y contundentes. El otro adversario levantó también su espada y lanzó una estocada larga que estuvo a punto de alcanzar el costado de Naruto.

Hinata contuvo el aliento y buscó la mano de Sakura, que estaba a su lado, para apretar el miedo contra su palma. El laird esquivó aquel ataque y se revolvió para devolver el golpe, con tanta fiereza que hizo perder el equilibrio al otro guerrero. Hubiera podido rematarlo, pero el segundo adversario se interpuso y detuvo el mandoble, empujando a Naruto hacia atrás. Los ojos del laird estaban en llamas y regresó al ataque con voluntad de hierro, dejándose el alma en cada golpe.

Así estuvieron largos minutos. Hinata temblaba tanto que Sakura le pasó un brazo por los hombros. Nadie hablaba, todos estaban absortos en aquella cruenta batalla que ya se había cobrado varios cortes, muchos golpes y la resistencia de los poderosos brazos, que se resentían a medida que el tiempo pasaba sin un claro vencedor. Al final, la superioridad del laird fue imponiéndose y, a pesar de que sus adversarios habían conseguido herirlo en un par de ocasiones, un golpe en la cara a uno lo dejó fuera de combate y el otro terminó, tras varias estocadas seguidas e infernales, tirado en el suelo con la espada de Naruto apuntándole al cuello.

Shikamaru y algunos hombres se adelantaron cuando esto sucedió, para desarmar a los perdedores y flanquear a su líder, que se volvió hacia los ancianos, casi sin aliento.

—¿Alguien más duda de mi valía? —preguntó. El silencio flotó como una brisa helada entre los presentes—. Muy bien. Pues no quiero volver a discutir este tema nunca más.

Danzo y Mitokado lo contemplaron con soberbia. Por el gesto de sus rostros, Naruto tuvo claro que había ganado la batalla, pero no la guerra. Sin embargo, para bien o para mal, había otra lucha mucho más importante en ciernes y no podía permitirse el lujo de perder el tiempo defendiendo su posición. Ahora tocaba luchar por Indra, por su rey, y salvaguardar los intereses de Escocia frente a los ingleses. Y si, para cuando todo acabara, él había salido vivo de todas las batallas que le quedaban por delante, confiaba en que el monarca supiera recompensarlo con su apoyo incondicional para seguir al frente del clan Namikaze.

—No quiero más disputas internas —añadió, antes de dar por concluido aquel asunto—. Es necesario que empecemos a pertrecharnos para marchar. El rey Indra ha solicitado que nuestra guarnición se reúna con su ejército en Stirling, no podemos demorarlo más.

Ante la mención del monarca, los ancianos por fin parecieron reaccionar. Asintieron levemente con la cabeza y empezaron a dar órdenes a diestro y siniestro. Naruto se abstuvo de recordarles que ya no eran parte del consejo y que sus privilegios habían quedado reducidos, porque lo cierto era que su ayuda no le venía mal. Ellos habían luchado ya en otras guerras y valían más por su experiencia que por su buena voluntad.

Dejó que todos volvieran poco a poco a sus tareas y se giró para buscar a Hin entre los sirvientes. Era el momento de hablar con ella, tenía muchas cosas que aclarar. Y esperaba poder hacerlo. La noche anterior, y esa misma mañana, el hambre que tenía de su boca, de su aliento, de su piel, le había impedido pensar con claridad. Quería saber muchas cosas de ella... En realidad, quería saberlo todo. Y, de paso, también quería reprenderla por su estupidez. Ahora que estaba más sereno, veía con más claridad lo peligroso que había resultado su disfraz. Su insensatez podía haberle costado la vida y quería saber por qué se había visto obligada a ocultarse bajo las ropas de un muchacho.

Caminó hacia ella con el ceño más pronunciado de lo normal, aunque Hinata, que lo esperaba en el mismo sitio desde donde había visto el combate, no pareció asustada. Esa era otra de las cosas que desde el principio le había sorprendido de Hin: que siempre lo retara con la mirada, que jamás se amilanara, a pesar de que hubo veces en las que realmente debía estar rota por dentro.

—¡Señor! —uno de sus hombres lo interceptó antes de que pudiera llegar hasta ella —. Bors acaba de cruzar el lago y trae dos acompañantes.

Por la cara de su soldado, Naruto supo que el asunto era grave.

—¿Y quiénes son?

—Se trata... Se trata de Sasuke, laird.

El nombre de su amigo retumbó en sus oídos un momento. Pero ahí no acababa la cosa.

—Y viene con vuestro tío Minato.

Naruto se giró hacia Hinata con los ojos abiertos por la sorpresa.

—Sí —reconoció ella—. Fueron ellos los que me acompañaron de regreso.

—¡No pueden entrar aquí! —exclamó Danzo, que lo había escuchado todo y se acercaba a ellos con paso decidido.

Mitokado, que le seguía a la zaga, le secundó.

—Por supuesto que no. Minato Namikaze fue condenado al destierro por el antiguo laird, y Sasuke es un violador de mujeres...

—¡Basta! Por lo que a mí respecta, Suiren me ha demostrado no ser de fiar y pienso retomar el tema de esa supuesta violación, no te quepa duda. Me dijisteis una vez que no había obrado bien en aquel juicio y ahora reconozco que teníais razón. Pero no porque fuera demasiado blando con mi amigo, sino por no haber prestado más atención a las dos partes. Solo se escuchó una versión y mucho me temo, para mi vergüenza y dolor, que no fui justo con el mejor de mis guerreros. —Naruto los silenció a todos con aquel discurso. Pero no había terminado—. Y mi tío... Sí, fue condenado por tratar de ayudar, por intentar solucionar un conflicto con los Hyuga mediante el diálogo, en lugar de usar la espada.

—¡Se enfrentó al laird, se rebeló contra él! —explotó Mitokado, congestionado por la ira.

Naruto sonrió de forma siniestra tras su estallido. Y luego habló muy despacio, arrastrando las palabras.

—Sí, justo lo mismo que habéis hecho vosotros dos en el día de hoy. Si fuerais consecuentes con vuestros propios juicios de valor, aceptaríais que en este mismo momento yo os condenase al destierro, al igual que mi padre hizo con mi tío, ¿no es así?

Los dos viejos dieron un paso atrás ante la amenaza. Hinata, que observaba la escena, jamás se había sentido más orgullosa del laird de los Namikaze.

—Tranquilos. Aunque os lo mereceríais, no pienso expulsaros de Innis Rasengan. El clan os necesita; más ahora, que yo he de partir al frente. Pero valoraréis mi generosidad y aceptaréis de buen grado el regreso de mi tío... ¿ha quedado claro?

Nadie replicó, acatando con su silencio la voluntad del laird.

Por la puerta principal apareció entonces Bors, seguido de los dos guerreros que caminaban confiados y sin ningún temor hacia el líder de los Namikaze. Hinata se fijó en que muchos de los hombres saludaban a Sasuke con alegría al verlo de regreso. Y casi todos mostraban un respeto casi reverencial por Minato. A pesar de haber sido expulsado por el anterior laird, los habitantes de Innis Rasengan lo admiraban por lo que había sido y por lo que aún era. Viendo su envergadura y su porte altivo, y conociendo la generosidad de su corazón, Hinata pensó que no era para menos.

—Me alegra estar de nuevo en casa —anunció, con una sonrisa.

Naruto lo miró con todo el aprecio que sentía por ese hombre, que había significado más que su propio padre en algunas ocasiones.

—Y yo soy feliz de verte de nuevo, —replicó, dando un paso al frente para abrazarlo de manera ruda.

—¿Llegamos en mal momento? —preguntó Minato, mirándolo de arriba abajo—. Estás herido.

—Son solo un par de rasguños. Un precio muy bajo que he pagado gustoso por conservar lo que es mío —explicó Naruto.

Su tío lo observó con más atención y asintió, orgulloso de él. Ya averiguaría más tarde a qué se estaba refiriendo.

El laird se volvió después hacia Sasuke y se acercó a él. Sus miradas se encontraron por primera vez desde que lo desterrara, y a Hinata, que observaba la escena conteniendo el aliento, se le encogió el estómago.

—Perdóname —dijo de pronto Naruto, rompiendo la tensión que parecía flotar en el aire.

—No hay nada que perdonar —respondió Sasuke—. Eres mi laird, siempre acataré tus decisiones.

—¿Aunque sean equivocadas?

Sasuke dejó ver entonces una sonrisa atravesada y le ofreció el antebrazo a su amigo.

—La próxima vez que te equivoques, te obedeceré. Pero antes, no te quepa duda, te romperé de un cabezazo esa elegante nariz que luces en tu fea cara.

Naruto soltó una carcajada ante la amenaza. Le estrechó el brazo, feliz, sabiendo que había recuperado a su lugarteniente.

—Bienvenido —le dijo—. Y ahora, ponte manos a la obra y ayúdame con estos hombres... No quiero que cuando nos presentemos ante Indra parezcan un puñado de borregos desentrenados.

—Antes —les interrumpió Minato—, tenemos algo más importante que resolver.

El guerrero buscó entre los presentes hasta que halló a Hinata a poca distancia de donde se encontraban. La chica le dedicó una sonrisa y se acercó a ellos.

—Veo que has sobrevivido al temperamento de mi sobrino. Estaba preocupado por ti.

—No es tan terrible —lo defendió ella.

—¿Hablas del mismo Naruto que yo conozco? —preguntó Sasuke con sorna.

Hinata le sonrió con la complicidad que se había creado entre ellos durante esos días. Al laird no le pasó desapercibido aquel cruce de miradas y un escozor hasta entonces desconocido le perforó el estómago. Deseó apartar a Hin y ponerla a su espalda, ocultarla del mundo, de Sasuke, para que nadie más que él pudiera disfrutar de sus hermosos ojos grises.

—¿Qué es ese asunto tan importante? —preguntó, con un carraspeo molesto.

—Un buen grupo de Hyuga te espera en la aldea —anunció Minato sin ambages —, y vienen acompañados de algunos de sus aliados. He hablado con ellos, quieren una reunión contigo.

—¿Hyuga? —susurró Hinata.

Su rostro se iluminó al tiempo que todas las alarmas interiores de Naruto saltaban.

—¿Qué han venido a hacer aquí? ¿Qué desean? —preguntó, con la mandíbula tensa.

Minato miró a Hinata y notó que su corazón estaba acelerado con la noticia. También supo, por el desconcierto de su sobrino, que la chica no le había revelado su verdadero origen. Desconocía también si al final había sido capaz de confesarle que no era un muchacho, pero no había tiempo de deshacer aquel entuerto en esos momentos, con la tropa de los Hyuga y sus aliados acampados al otro lado del lago.

—Te recomiendo que no les hagas esperar y salgas a averiguarlo. Me han dado su palabra de que no quieren enfrentamientos, solo quieren dialogar —explicó.

—Yo te acompañaré —anunció Sasuke.

—Y yo —se ofreció también Shikamaru—. En cuanto crucemos, reagruparé a nuestros hombres en la aldea, por si acaso.

—Nosotros también iremos —proclamó Danzo, acercándose junto a Mitokado—. Si hay diálogo, será mejor que estemos presentes. El consejo Namikaze no puede quedarse al margen, porque supongo que vienen a pedir explicaciones acerca del ataque... El asunto es grave.

—No iréis —decidió Naruto—. Ya os lo he dicho, ya no sois mis consejeros. Ahora ese cargo lo ocupa mi tío Minato; será él quien me acompañe.

—¡Pero...! ¡No puedes hacernos esto! Esos sucios Hyuga ya nos crearon dificultades en el pasado, cuando tu padre gobernaba el clan. Nosotros estábamos allí, sabemos cómo manejarlos.

—¿Sucios Hyuga? —siseó Hinata, aborreciendo con toda su alma a ese viejo entrometido.

—Hin, esto no te concierne —le advirtió Naruto.

—¿Que no me concierne?

Los ojos azules del laird la miraron como si quisieran clavarla en el sitio para que no se moviera de donde estaba.

—No. Ahora eres un Namikaze, ya te lo dije. No te entrometas en esto.

Hinata se enfureció. Su gente, su clan, sus hombres, estaban al otro lado del lago. Por fin podría escapar de la incertidumbre que ensombrecía su alma desde que abandonó su hogar, ¿y aquel guerrero testarudo pretendía que permaneciese al margen?

—Quiero ver a los Hyuga, mi señor.

Naruto se dio cuenta de que volvía a dirigirse a él con la misma rebeldía que cuando fingía ser solo un muchacho.

—Pues no los verás —sentenció él—. Te quedarás aquí hasta que averigüe lo que quieren.

—¿Por qué?

—Porque soy tu laird, y me obedecerás.

No esperó a que le replicara. Se dio la vuelta y fue a por la camisa que se había quitado para el combate. Mientras se vestía para salir al encuentro de sus visitantes, repartió instrucciones a sus hombres. A Kizashi, en concreto, le ordenó vigilar a Hin para que no se le ocurriera abandonar Innis Rasengan. Solo de pensar que los Hyuga pudieran reclamarla, sentía las tripas revueltas.

Sabía que era una estupidez y una exageración, ¿por qué iban a reclamar a una sirvienta? Sobre todo, a una que había escapado de Byakugan y que, a buen seguro, ellos ignoraban hasta que existiera. Sin embargo, no se fiaba del carácter posesivo de los clanes de las Highlands. Si se enteraban de que uno de los suyos se había escondido entre los muros de su fortaleza, podrían exigir que regresara a su propio hogar. Y él jamás lo permitiría. Hin... Hinata, era suya. Si alguna vez había sido una Hyuga, ya no lo era. Eso no admitía discusión.

Cuando estuvo listo, se encaminó junto con el resto de la comitiva hacia los botes para cruzar el lago. Antes de salir por el portón principal, sin embargo, miró una vez más hacia atrás. Hinata lo atravesaba con sus ojos grises cargados de furia. No le importaba. Prefería tener que vérselas con ella más tarde, en su alcoba, a correr el riesgo de perderla para siempre.

Continuará...