Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


20. Reencuentro


Minato miró a Naruto de reojo. No entendía por qué no había querido llevar a Hinata con ellos y él no deseaba arrebatar autoridad a su sobrino delante de su gente, por lo que no había interferido... en ese momento. Sin embargo, sabía que la presencia de la muchacha iba a ser fundamental en su encuentro con los Hyuga, así que, antes de salir de la fortaleza, había dado instrucciones muy concretas a Karashi al respecto.

—¿Cuándo han llegado? —preguntó Naruto, antes de que la barca alcanzara la otra orilla.

—Esta mañana, al alba. Sasuke y yo escuchamos la algarabía de sus tropas y salimos a su encuentro. Y menos mal, porque tus hombres ya se estaban preparando para el enfrentamiento, pero logramos que todos mantuvieran la calma.

—¿Qué es lo que quieren? ¿Qué buscan?

—No me lo dijeron. Neji Hyuga no quería hablar con nadie más que contigo. Supongo que se trata del ataque a su fortaleza y del asesinato de su hermano. —Minato miró a su sobrino con seriedad—. Siento decírtelo, pero no has obrado con inteligencia en este asunto. ¿En qué estabas pensando? Ser temido no es la mejor manera de ganarse el respeto de los demás. No debes cargar sobre tus hombros los crímenes de otros solo por parecer más fuerte.

Naruto bajó la cabeza, abatido. Su tío era una de las pocas personas en las que depositaba una fe ciega, y sus reprimendas lo afectaban, porque sabía que estaba en lo cierto.

—Ahora lo sé. El padre Iruka ya me lo advirtió y le prometí que iba a poner remedio. Pero con todo el asunto de Hin... mi cabeza no estaba donde debía haber estado.

Minato pudo intuir su desconcierto. Naruto había estado muy perdido.

—Bueno, pues esta es tu oportunidad de aclarar las cosas. El tema debe quedar zanjado sin más dilación, para que cuando te reúnas con el rey nadie pueda verter ninguna acusación sobre tu persona.

Naruto asintió y se quedó pensativo, con la mirada perdida en el agua.

—¿Os dijo ella que era una mujer? —soltó de pronto.

—No. Me di cuenta antes de que se despertara. —Minato dejó escapar una risa entre dientes—. No sé cómo no te percataste... Me gustaría haber visto tu cara cuando al fin lo confesó.

—No tiene gracia, —protestó Naruto ante su divertimento—. Casi pierdo la cordura por su culpa.

Minato siguió riendo y le palmeó la nuca con cariño. —La poca cordura que tienes, querrás decir...

—Atentos, llegamos —les anunció Sasuke, tras ellos.

Todos los ocupantes del bote miraron hacia la orilla, donde los esperaba una comitiva Hyuga. Además de ellos, pudieron ver a unos cuantos MacNab, entre los que se encontraba su odioso laird, Darui. Naruto buscó entre los guerreros y distinguió con rapidez al que debía ser Neji por su postura y el ceño de su mirada que, a juzgar por su fiereza, bien podría partir un tronco por la mitad con los ojos. Era un hombre bastante alto, con una envergadura temible y un aspecto intimidatorio. Su cabello castaño lucía largo hasta los hombros. Al acercarse, ambos hombres se reconocieron como los respectivos líderes de sus clanes y no dejaron de estudiarse en ningún momento.

—Buen día, señores —saludó Naruto cuando estuvieron a su altura—. ¿Qué trae al hijo del laird Hyuga hasta las tierras de los Namikaze? —preguntó sin rodeos, haciendo gala de su falta de tacto habitual.

Minato carraspeó a su lado, dándole a entender que era un bruto.

—¿Acaso no somos bienvenidos? —inquirió Neji, cuya mano reposaba como al azar sobre la empuñadura de su espada.

—Por supuesto que lo sois. Mi sobrino carece de modales, pero es un hombre generoso y hospitalario, os lo puedo asegurar —terció Minato para limar asperezas.

—¿Y bien? —insistió Naruto, obviando todos los esfuerzos de su tío por hacer que aquel encuentro fuera pacífico.

—Hemos tenido que regresar del frente para resolver cuestiones del clan —explicó Neji—. Me consta que sois conocedores del ataque que sufrió Byakugan. En esa incursión asesinaron a mi hermano... y nos robaron algo que era nuestro.

Naruto recordó de pronto la misteriosa joya que todo el mundo andaba buscando. ¿Cómo había podido olvidar eso también? Hin había trastocado su mente de tal manera, que había pasado por alto todas las cuestiones que podían haber resuelto aquel enigma.

—Como ya le dije a Darui MacNab cuando estuvo aquí, preguntando por vuestra joya, los Namikaze no la tienen. —Naruto miró directamente al hombre al hablar.

—Eso me dijiste, pero no me lo creí —espetó el aludido con saña—. Fue bastante sospechoso que, después de preguntarte por la joya, desaparecieras de tu hogar al día siguiente. Envié a mi hombre de confianza a buscarte..., pero nunca regresó. Encontramos su cuerpo, junto con los del resto de su grupo, asesinados en mitad del bosque. ¿No sabrás tú acaso qué les ocurrió?

Muy bien. No solo tenía que dar explicaciones a los Hyuga, también debía responder por las muertes de los MacNab. Naruto notó que su pulso se aceleraba y respiró hondo, tratando de calmarse.

—Yo los maté.

La afirmación crispó el rostro de Darui, que se llevó una mano a la empuñadura de su espada con un gruñido furioso. Neji le colocó una mano en el pecho para que se tranquilizara.

—Antes, quiero escuchar lo que tiene que decir —dijo, taladrando a Naruto con la mirada.

Él hizo un gesto de asentimiento, agradecido por la intervención. No temía enfrentarse a Darui, de hecho, lo estaba deseando, pero no quería enzarzarse en una lucha contra aquellos hombres. Era necesario que los Hyuga supieran de su inocencia.

—Yo los maté —volvió a decir—, porque ellos me atacaron primero. Me asaltaron en el bosque, cinco contra uno... No, miento, cinco contra dos, porque me acompañaba mi sirviente. De hecho, creo que él fue la causa de aquella emboscada. Al parecer, Reed se había encaprichado con el muchacho y estaba dispuesto a todo con tal de salirse con la suya. Fue en defensa propia, Darui, no hay delito alguno en defenderse.

—Pero sí lo hay en atacar una fortaleza al amparo de la noche cuando el grueso de sus soldados está luchando en el frente junto a nuestro rey —saltó Neji, con el tono encendido. Avanzó un paso para añadir—. Sí es delito robar lo que no te pertenece...

Naruto levantó las manos para pedir calma.

—No fueron los Namikaze los que llevaron a cabo esa incursión. Yo no robé nada... yo no maté a tu hermano.

—¿Y ya está? ¿Debemos creer en tu palabra sin más? —inquirió Neji.

—Yo fui amigo de tu padre —intervino entonces Minato—. Lo tenía en tanta estima que me enemisté con mi propio hermano, el antiguo laird, al interceder por él en el pasado y tratar de evitar el enfrentamiento que han mantenido nuestras familias estos últimos años. Fui desterrado por mi propio clan... Y eso sí debe bastarte para creer en mi palabra. Y te juro, por mi honor, que los Namikaze no atacaron Byakugan. Naruto no es culpable de los crímenes que le imputan y está dispuesto a demostrártelo encontrando al verdadero artífice de este engaño.

Neji meditó sus palabras. Observó a uno y otro hombre decidiendo si debía confiar o no en aquel argumento.

—Tengo un vago recuerdo de ti —admitió al fin—, de cuando venías a Byakugan siendo mi hermano y yo unos niños. Mi padre se ha referido a tu valor y tu lealtad en contadas ocasiones, y aunque no me fiara de tu palabra, debo fiarme de la de mi padre. Estoy dispuesto a creer... y a aceptar la ayuda del laird de los Namikaze.

Naruto soltó el aire que retenía en los pulmones.

—Me alegra oírte decir eso —dijo Minato, con una sonrisa.

—Hallaremos al culpable de la muerte de tu hermano —le prometió Naruto.

—Mi prioridad en estos momentos es encontrar la joya... Es lo que me quita el sueño. —Neji miró a Minato con intención, hablándole con los ojos de algo que no se atrevía a pronunciar en voz alta por miedo a empeorar la situación.

Y Minato entendió... La luz se encendió en su cabeza porque, de todos los presentes, era el único que podía saber a qué se refería. Porque, aunque desconocía que aquel era el apodo por el que se la conocía entre su gente, él estaba presente cuando la joya nació. Entendió la desesperación de Neji y dio gracias por haber sido precavido y haberse adelantado a los acontecimientos.

Había supuesto que a los Hyuga les complacería saber que Hinata estaba allí, sana y salva, y se había arriesgado a desobedecer la orden de Naruto pidiéndole a Karashi que la condujera hasta allí. Pero nunca imaginó que la estuvieran buscando con tanto ahínco... La muchacha jamás mencionó que su familia desconociera su paradero y él supuso que su disfraz y su escondite habían sido idea de los propios Hyuga para mantenerla a salvo. Aquello sin duda era un golpe de suerte; serviría para demostrarle a Neji su buena voluntad: habían cuidado de su hermana todo aquel tiempo.

—Me parece que vuestra búsqueda ha terminado —le dijo, con gesto conciliador—. Tienes que perdonarme, ignoraba la importancia de esa joya y no até cabos... Naruto no es culpable de mentirte, porque él tampoco sabe a qué te refieres, pero sí, él la tiene. La ha tenido todo este tiempo.

Naruto le miró de hito en hito.

—¿De qué estás hablando, tío? Jamás he visto esa joya de los Hyuga.

Minato se acercó a él, le puso una mano en el hombro y le miró a los ojos.

—Sí la has visto.

La profundidad de aquella afirmación caló en la mente de Naruto, al que se le desencajó el rostro al comprender. No podía ser, no podían estar hablando de...

—¡Neji!

El grito desgarrado llegó desde la orilla, donde uno de los botes de Innis Rasengan acababa de atracar. Todos miraron y vieron cómo aquella criatura de pelo corto, vestida con ropas masculinas demasiado grandes, salía corriendo en dirección a los Hyuga seguida por Karashi, que intentaba retenerla sin éxito. Pasó como una exhalación entre las caras perplejas de los Namikaze, sin fijarse en nada que no fuera su objetivo.

Neji estaba petrificado, sin poder quitar sus ojos de la criatura que avanzaba como una flecha hacia su posición. Cuando la tuvo encima y se lanzó a sus brazos, él los abrió por instinto, y porque el corazón le decía que por fin había encontrado lo que buscaba.

—¡Neji! ¡Pensé que jamás volvería a verte!

Al escuchar aquella voz, las rodillas del guerrero temblaron y sus manos apretaron con fuerza el cuerpo suave que se escondía en los harapos.

—Hinata...

Ella se separó para poder mirar aquel rostro amado y sus ojos se llenaron de lágrimas. Le acarició la cara con reverencia y su hermano supo que estaba pensando también en Tokuma, y que jamás volvería a verlo. Neji también la contempló, feliz y al tiempo azorado por su aspecto.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó, pasándole los dedos por los cortos mechones de pelo—. Estás... estás tan cambiada... ¿Qué te han hecho?

Ella negó con la cabeza, con la cara surcada de lágrimas y la garganta estrangulada de emoción, incapaz de pronunciar una palabra. Volvió a estrecharse con fuerza contra su cuerpo, buscando el calor y el olor familiar de su hermano, con el corazón henchido de felicidad y melancolía.

Frente a ellos, Naruto asistía al reencuentro sin salir de su estupor. Su duende, esa criatura maravillosa que había descubierto la noche anterior bajo el disfraz de muchacho, se abrazaba con una confianza y un amor incondicional a Neji Hyuga. Y a él le ardían las entrañas de celos y de ganas de arrancar de los brazos de su oponente a la mujer que consideraba suya... y de nadie más.

Dio un paso hacia ellos, con el rostro crispado y los puños apretados a ambos lados del cuerpo. Minato le puso una mano en el pecho y Naruto gruñó por lo bajo.

—Es mía...

—No. Ahora ya no.

—¿No lo entiendes? —Naruto giró la cara hacia su tío y le habló en voz tan queda que Minato apenas lo escuchó—. Se entregó a mí, ahora me pertenece. No consentiré que ningún otro hombre me la arrebate, y me da igual que estuvieran prometidos o que se quisieran con locura antes de que ella llegara hasta mí. Estoy seguro de que los sentimientos de Hinata han cambiado, ella no puede amarlo...

Minato se quedó tan sorprendido por sus palabras que no le salió la voz para contestarle. ¿La muchacha se había entregado a él? ¿Cuándo? ¡Por los cuernos de Satán, aquello complicaba las cosas! Y el colmo era que creyera estar presenciando un reencuentro entre dos amantes... Debía aclarárselo antes de que hiciera el mayor ridículo de su vida. Cuando Naruto dio otro paso en dirección a los Hyuga, lo retuvo sujetándolo del brazo.

—Hinata sí lo ama, mucho más de lo que piensas.

—Imposible.

—Escucha, Naruto...

—No.

Se zafó del brazo de su tío y avanzó un poco más.

—Es su hermano —dijo al fin Minato, poniéndole de nuevo la mano en el hombro.

La implicación de esas palabras caló en la conciencia de Naruto muy despacio, como una rama hundiéndose en un lodazal.

Hermana de Neji Hyuga. Por lo tanto, hija de Hiashi Hyuga, un gran señor de las Highlands, el laird de su clan. No era la hija de unos sirvientes, no estaba sola. Tenía todo un clan que la respaldaría si lo necesitara, tenía un padre y un hermano poderosos.

Y él la había tratado de manera despreciable desde que la conoció. Le había hecho la vida imposible, ¡se la había llevado a la cabaña de una prostituta! Y, para colmo, no contento con todo eso, la había deshonrado y desvirgado en una mugrienta y maloliente mazmorra...

Continuará...