Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


21. La Hija de un Laird


Estaba con los suyos, estaba con Neji. Quiso que aquellos instantes duraran para siempre. Sentir los fuertes brazos de su hermano apretándola con tanto amor le devolvía la paz interior que ya creía haber perdido sin remedio.

—Pensé que no volvería a verte —le confesó, contra su hombro.

—Y yo, pequeña —respondió el guerrero, estrechándola contra su pecho. Ambos eran conscientes de que, a partir de aquel momento solo serían dos y siempre les faltaría algo. Pero tal vez, por eso mismo, aquel reencuentro les había unido más.

Hinata se separó despacio y se limpió la cara con las mangas de su camisa. Miró al resto de los hombres Hyuga y su corazón volvió a acelerarse al reconocer tantas caras. Era reconfortante saber que aquellos soldados no escupirían a su paso y no le volverían la cara. Todo lo contrario.

—¡Angus! —exclamó, al ver al gigantón guardando las espaldas a su hermano, como siempre. Se acercó a él y este hincó la rodilla en tierra, le cogió la mano y se la besó con cariño. Hinata sonrió, feliz—. Levanta, Angus, y dame un abrazo como es debido. ¡Por San Mungo! ¿Son lágrimas eso que brilla en el fondo de tus ojos?

—Ya pensábamos que también te habíamos perdido a ti —le dijo, con la voz enronquecida.

Se levantó y la abrazó, y el resto de los hombres hicieron corro en torno a ellos para saludar a su señora, emocionados. Hinata apretaba manos y repartía sonrisas que se mezclaban con lágrimas de felicidad... ¡estaba en casa! Por fin estaba con los suyos.

—Hinata, ven... —Neji reclamó su atención cogiéndola del brazo—. Necesito saber, ¿por qué vas así vestida? ¿Qué le ha pasado a tu pelo? ¿Por qué estás aquí, con los Namikaze?

La joven notó cómo el tono de su hermano se crispaba a medida que preguntaba. Miró de reojo a Naruto y al resto de sus guerreros, que contemplaban la escena expectantes, algo apartados. Sabía que a Neji no le haría gracia enterarse de sus desventuras entre los Namikaze, por lo que intentó justificar su presencia allí explicando el detonante de aquella extraña situación.

—Fue por Natsu... —comenzó—. Ella cumplía órdenes de Tokuma aquella horrible noche, y me dijo que tenía que huir, que tenía que disfrazarme y ponerme a salvo. Los Namikaze no me raptaron, no fueron ellos los que atacaron Byakugan. Me fui yo, me escondí aquí todo este tiempo y ellos...

—Yo te diré lo que hacía en la fortaleza de los Namikaze —la interrumpió Darui MacNab, con una mueca maligna, adelantándose—. Era el criado personal del laird. Le servía la comida, le limpiaba las botas y le ensillaba el caballo.

El corazón de Hinata se saltó un latido al escucharlo y su rostro se encendió. Hasta que no lo escuchó en boca de aquel miserable, no sintió en su piel el bochorno de que su hermano y toda su gente conociera aquella historia. La cara de Neji también estaba roja, pero de ira contenida.

—¿Qué acabas de decir? —siseó.

—Neji, no. No es lo que piensas... Nadie sabía quién era yo, llegué a Innis Rasengan con una familia que me acogió, y que casualmente iban a trabajar como sirvientes en la fortaleza. Pensé... pensé que lo mejor era mantener el disfraz, te lo juro. Ellos no sabían nada, Naruto desconocía mi verdadera identidad.

El aludido se acercó a ellos, con la mirada acerada y expresión circunspecta. Apoyaba su mano en el pomo de su espada, con aire precavido.

—Dice la verdad. No sabía quién era hasta este momento. —Buscó los ojos de la chica antes de añadir—. Si lo hubiera sabido, jamás se le habría dado el trato que le hemos dispensado todos los habitantes de Innis Rasengan. Ni siquiera me enteré de que era una mujer hasta ayer. Siempre pensé que era un muchacho flaco y enclenque... Tu hermana sabe guardar muy bien los secretos.

Esto último lo dijo dolido, y Hinata se dio cuenta de lo enfadado que estaba Naruto por su engaño. No había tenido tiempo de explicárselo...

—Eso no me consuela, Namikaze —habló de nuevo Neji. Cogió a su hermana del brazo y la apartó de Naruto, empujándola hacia atrás, hacia donde se encontraba el grueso de las tropas Hyuga. El gesto hablaba por sí solo—. Mi hermana es una dama y me ofende encontrarla en estas circunstancias.

—Te entiendo —musitó el laird—. Yo también estoy avergonzado. Si Hin...

—Hinata —lo corrigió su hermano con fiereza.

—Hinata —aceptó Naruto, con un gesto de disculpa—. Si Hinata me hubiera revelado su identidad, te juro por mi honor que la hubiera protegido. Te ruego que aceptes mis más sinceras disculpas.

—Sí, Neji —intervino entonces Minato, acercándose—. Por favor, acepta también nuestra hospitalidad. Debéis estar agotados después de vuestra búsqueda, sed bienvenidos a Innis Rasengan. Será un placer que hagáis un alto en vuestro camino y compartáis mesa con nosotros. Hay muchas cosas de las que hablar, mucho que aclarar.

—Yo no aceptaré la hospitalidad de los Namikaze —saltó Darui MacNab, que seguía la conversación sin perderse detalle—. Naruto mató a mis hombres, y aunque él jura que fue en defensa propia, no puedo confiar en su palabra.

—Sin embargo, dice la verdad —lo defendió Hinata—. Yo estaba con él en el momento en que los MacNab nos atacaron a traición.

Neji apoyó las manos en los hombros de Hinata y la miró a los ojos.

—¿Qué estás diciendo? Este hombre afirma que iba acompañado por su sirviente, y que el motivo de aquella emboscada fue que Reed estaba encaprichado con el muchacho...

Hinata le sostuvo la mirada a su hermano sin pestañear.

—El muchacho era yo. Y si Naruto no me hubiera protegido, posiblemente ahora estaría muerta... o algo mucho peor —susurró.

Neji se volvió hacia el MacNab, encolerizado. Darui levantó las manos, con el ceño fruncido ante el giro de los acontecimientos.

—¿Cómo sabemos que ella dice la verdad? Ha convivido con los Namikaze, es evidente que siente por ellos un aprecio que...

—¡Darui! —rugió Neji—. Jamás, nunca, te atrevas a insinuar que mi hermana es una mentirosa. Y da gracias de que Naruto la defendiera en aquel momento, porque si le hubiera pasado algo a Hinata, si alguno de tus hombres le hubiera hecho algún daño, todo tu clan lo hubiera pagado, no te quepa duda.

El rostro del MacNab se encendió por la indignación. Había llegado hasta allí como aliado de los Hyuga, dispuesto a enfrentar a los Namikaze para resolver los crímenes que pesaban sobre aquel clan: el ataque a Byakugan, la masacre de sus hombres en el bosque. Sin embargo, en cuestión de minutos, las lealtades de los allí presentes habían cambiado por culpa de aquella muchacha.

—No estoy dispuesto a permanecer más tiempo aquí, escuchando infamias acerca de mi lugarteniente asesinado. Ya veo que mi palabra no vale nada contra la del Namikaze...

—No es su palabra la que estoy escuchando, sino la de mi hermana —le cortó Neji.

Darui apretó los labios en una fina línea de irritación.

—No me enzarzaré en una disputa contra vuestros clanes, porque el rey nos necesita a todos. Pero que os quede muy claro que, por lo que a mí respecta, nuestra alianza acaba aquí y ahora.

Nada más decirlo, el hombre se giró y ordenó a sus soldados que se dispusieran a abandonar el lugar.

—Lamento todo esto —dijo Naruto, cuando los MacNab ya montaban sobre sus caballos para partir. Sin embargo, no se arrepentía de lo ocurrido y no intentó detenerlos. Era un alivio que se marcharan.

—Señores —intervino Minato para suavizar la tensión del ambiente—, vamos a la fortaleza. Allí los Hyuga podrán asearse y descansar de tanto sobresalto.

—Sí, y podremos pensar también en la manera de hallar al culpable de la muerte de tu hermano —le propuso Naruto a Neji.

—De nuestro hermano, querrás decir —espetó Hinata, para sorpresa de los dos guerreros—. Te olvidas de que Tokuma también era mi hermano, no me excluyas de esto.

Naruto contempló aquellos ojos grises anegados de tristeza y entendió muchas cosas. El odio que le profesó desde el principio cobraba ahora sentido. Si ella pensaba que él era el asesino de su hermano, era lógico que deseara matarlo con sus propias manos. Era incapaz de imaginar todo lo que tenía que haber sufrido durante el tiempo que había pasado simulando ser Hin.

A pesar de que estaba muy enfadado con ella, tuvo ganas de abrazarla y de consolar todo ese dolor que se reflejaba en su dulce rostro.

—Aceptaré vuestra hospitalidad —anunció Neji—. Tras escuchar a mi hermana, no puedo culparte de todo lo que le ha ocurrido, ni del trato que se le ha dispensado a causa de su disfraz. La conozco muy bien, y si ella se propuso pasar desapercibida, no dudo de que lo logró. Cuando algo se le mete en la cabeza, es complicado hacerle cambiar de opinión.

Naruto no le confesó que, precisamente, para él no había pasado en absoluto desapercibida. No creía que a Neji le gustara enterarse del obsesivo interés que había sentido por Hin.

—Entonces —volvió a hablar Minato—, si a mi sobrino le parece bien, me adelantaré para informar de que esta noche celebraremos una cena especial... Los Hyuga han recuperado su joya; como amigo del laird Hiashi Hyuga, no puedo sentirme más feliz.

—Por supuesto, tío. Informa a Jane para que lo prepare todo para esta noche.

—Hinata, ven conmigo —le pidió Minato a la joven, ofreciéndole la mano—. Sé que no quieres separarte de los tuyos, ahora que por fin los has encontrado, pero, por la memoria de tu madre, a la que adoraba, me veo en la obligación de volver a convertirte en lo que eres... una dama. No temas, Neji, cuando la vuelvas a ver, será de nuevo la Hinata que tú conoces.

La muchacha miró a su hermano, indecisa. No quería dejarlo, un miedo primitivo se instaló en su corazón al darse cuenta de que no quería volver a quedarse sola.

—Ve con Minato, yo me reuniré contigo enseguida —le prometió Neji, acariciándole la mejilla—. No me iré de aquí sin ti.

Para Naruto, aquella afirmación fue como un flechazo inesperado en el pecho. Y cuando vio que la joven asentía, feliz, con lágrimas en los ojos, su corazón se partió en mil pedazos. Él ni siquiera era una opción para ella... Su hermano había regresado y ahora para Hinata no parecía existir nada más.

La joven cogió la mano de Minato y se dejó llevar. Cuando pasó al lado de Naruto, se detuvo y le tocó el brazo con suavidad.

—Perdóname por no haberte dicho quién era —musitó, con voz queda.

Él sintió cómo aquella caricia atravesaba la tela de su camisa y le ardía en la piel. Su voz, ronca y tierna, hizo que deseara cargársela al hombro y llevársela lejos de allí. ¿Cómo no había escuchado aquel timbre tan femenino antes? ¿Cómo era posible que lo hubiera mantenido engañado tanto tiempo?

No le contestó. Tampoco la miró. Dejó que Minato la apartara de su lado, sabiendo que debía poner orden en el caos de sentimientos que bullía en su interior. Demasiado para asimilar en tan poco tiempo, demasiadas revelaciones, demasiados frentes abiertos. Naruto estaba agotado y aún le quedaba todo el día por delante. Miró a los Hyuga e intentó concentrarse en la tarea que tenían por delante, descubrir quién estaba detrás de todas aquellas intrigas que habían perjudicado a sus respectivos clanes.

Cuando Jane vio llegar a Minato, su rostro se iluminó. Años atrás, aquel hombre había sido uno de los pilares de Innis Rasengan y el ama de llaves había notado su falta en el día a día de la fortaleza. Lo apreciaba de verdad.

—¡Jane!

—Mi señor, qué alegría. ¿Habéis vuelto para quedaros?

—Esta vez sí, mi querida Jane. Mi sobrino me necesita y nada conseguirá que abandone de nuevo a mi gente.

La mujer le mostró una sonrisa complacida.

—Estoy segura de que a todos los Namikaze les agradará saber que habéis regresado.

—Sí. Hay mucho que celebrar, Jane. Y, precisamente, te estaba buscando para darte instrucciones: vamos a organizar una gran cena. Tenemos invitados, los Hyuga, así que esta noche todo tiene que resultar perfecto.

—Por supuesto. —Jane se fijó en el muchacho que había llegado acompañando a Minato—. Hin, vas a tener que echarnos una mano, tenemos poco tiempo para preparar todo lo que...

—No —la interrumpió Minato—. Hin tiene otra tarea por delante. Y nadie mejor que tú para ayudarla.

—¿Ayudarla? —preguntó el ama de llaves, confusa—. ¿A quién?

—A Hinata Hyuga, hija del laird del clan Hyuga. —Al decirlo, Minato empujó con suavidad a la joven que había enrojecido ante la mirada estupefacta de Jane —. Su hermano es uno de nuestros invitados y quiero que Hinata esta noche luzca como la dama que siempre ha sido, a pesar de que se haya escondido tras estas modestas ropas de sirviente todo este tiempo. Conociéndote, supongo que aún tienes los vestidos de la señora guardados, por lo que te rogaría que rescataras alguno de su baúl para engalanarla.

El ama de llaves era incapaz de hablar. Se había quedado muda de asombro, mirando el rostro del que, hasta el momento, creía un muchacho... un sirviente.

—¿Jane? —inquirió Minato, llamando su atención.

La mujer parpadeó y sus ojos se despegaron por fin del rostro de Hin para volverlos hacia el guerrero.

—Sí, he guardado los vestidos de la señora. Seguro que podré arreglarle alguno a tiempo para la cena.

Hinata se acercó a ella al notar su desconcierto y se tomó la libertad de coger sus manos con todo el cariño que sentía por el ama de llaves de Innis Rasengan.

—Jane, perdona por mentirte... por mentiros a todos. Tenía que esconderme hasta que los míos viniesen a buscarme, y así ha sido. Te agradeceré que me ayudes a volver a ser yo misma, porque lo cierto es que llevo tanto tiempo bajo esta enorme camisa, que ya no sé ni quién soy. —Acompañó sus palabras con una cariñosa sonrisa que se ganó el corazón de Jane al instante.

—Mi señora... No hay nada que perdonar. Habréis pasado un suplicio después de que vuestro hogar fuera atacado, viéndoos obligada a servir al laird de otro clan para sobrevivir. No todas las damas se hubieran rebajado a tales menesteres para salir adelante... os admiro.

—Gracias, Jane.

—Acompañadme, vamos a la alcoba de la que fue la señora de esta fortaleza. Lo primero es quitaros toda esa mugre que os ha servido de disfraz y que ya no necesitaréis. Y cuando os hayáis dado un buen baño, elegiremos entre las dos el vestido que mejor os siente...

Minato sonrió, satisfecho por la buena acogida de Jane a las nuevas circunstancias de Hinata.

—Yo iré a las cocinas para informar a Edith de la celebración de esta noche —se ofreció, para que el ama de llaves pudiera dedicarse a la joven—. Estará encantada de ponerse al mando por un día.

Jane miró al cielo y puso los ojos en blanco. Ella también estaba convencida de que a la cocinera le alegraría saber que, ocupada el ama de llaves en otros asuntos, tenía la oportunidad de ponerse al frente de los sirvientes para repartir todas las tareas. Solo esperaba que el liderazgo no se le subiera demasiado a la cabeza.

—Tranquila, Jane —le susurró Hinata, leyéndole la mente. Ella también conocía el carácter de la enorme mujerona que se ocupaba de los fogones—. Tienes a Mebuki para equilibrar un poco la balanza. Entre las dos conseguirán preparar una cena memorable.

Era cierto. Minato se marchó rumbo a las cocinas y ellas se encaminaron a la antigua habitación de la anterior señora Namikaze.

El corazón de Hinata se aceleró ante la idea de volver a recuperar su vida, algo que estaba deseando... y temiendo a la vez. Porque cuando volviera a ser una Hyuga, tanto en espíritu como en cuerpo, ¿cómo reaccionaría Naruto? Había aprendido a tratar con el Namikaze, con su intransigencia, con su dureza, siendo Hin. Pero ¿cómo le haría frente siendo Hinata? Él no podría tratarla igual, y menos delante de su hermano. Eso, sin contar con el enfado que había visto en sus ojos cuando se enteró de quién era ella. No le había dirigido ni una sola mirada ante su súplica de perdón, no había dicho nada.

Y aquel silencio y aquellos ojos que la rehuían le habían dolido en lo más profundo del alma.

Cuando entraron en la alcoba de Kushina, Jane fue derecha al hogar para encender el fuego. La habitación era muy acogedora y estaba limpia, algo que era mérito del ama de llaves ya que, a pesar del tiempo transcurrido, no había podido olvidar a su señora y mantenía sus aposentos como cuando estaba viva. En cuanto prendió la chimenea, arrastró la tina de madera para ponerla cerca del calor, demostrando una fuerza que sorprendió a Hinata. Después, dio orden de que subieran agua para el baño.

Mientras esperaban, Jane abrió el baúl donde guardaba los vestidos de la madre de Naruto y los sacó para estirarlos sobre la cama. Hinata comprobó que Kushina debió de ser una mujer elegante pero sencilla, porque no eran demasiado recargados. Pensó que, de haber seguido con vida, seguramente hubiera hecho buenas migas con la señora de los Namikaze. Pasó las manos por las diferentes telas, recreándose en su suavidad. Comparada con la basta camisa que vestía y que, a veces, le enrojecía la piel por el picor, era toda una delicia.

—¿Cuál prefieres? —preguntó Jane. Enseguida, se dio cuenta del tratamiento que le había dado y se disculpó—. Perdonadme, mi señora. Estoy acostumbrada a hablar con Hin y no me he dado cuenta...

—Jane, tranquila. Lo prefiero así. A mí también me resulta raro que me trates de vos, porque me aleja de todos los que me habéis acogido como a una más y me habéis hecho sentir parte de vuestro hogar. Llámame Hinata.

El ama de llaves negó rotundamente con la cabeza.

—No sería apropiado, no... Ni hablar. Sois la hija de un laird y no me sentiría cómoda.

La joven suspiró, con una sonrisa resignada.

—Como quieras.

Mientras continuaba examinando los vestidos, la puerta se abrió y Sakura entró cargada con un par de cubos de agua. La muchacha se quedó paralizada en la puerta, mirando a Hinata con cara de sorpresa.

—Pasa, Sakura. Llena la tina —le ordenó Jane.

—Sí, señora.

Hinata contempló el rostro de la que, durante todo aquel tiempo, había sido como su hermana. Sakura tenía las mejillas arreboladas y sus ojos la esquivaban. Se sentía mal por el azoramiento que debía de estar sintiendo... La chica siempre mostró un interés por Hin que no tenía nada que ver con el hecho de ser hermanos, y averiguar que no era un hombre había sido un duro golpe.

—¿Querrás ayudar a la señora en su baño mientras yo le ajusto uno de estos vestidos?

—¿Qué? —preguntó Sakura, escandalizada.

La mirada que le dedicó a Hinata era una mezcla de horror y de sorpresa.

—Debes perdonarme, Sakura. Y Kizashi, y Mebuki, porque no solo os mentí al no deciros que era una mujer. Soy... soy la hija del laird Hiashi Hyuga.

—Así que, después de todo, sí tenías una familia —le echó en cara, con un susurro —. Mis padres y yo te acogimos, y todo este tiempo te has estado riendo de nosotros.

—¡Sakura! —la reprendió Jane. No debía hablarle así a una dama.

—No, déjala. Tiene motivos para estar enfadada. Yo, sin embargo, solo siento agradecimiento hacia ella y hacia sus padres —Hinata se acercó a la joven y buscó sus ojos, tratando de congraciarse con la que todavía consideraba su hermana—. Si no hubiera sido por vosotros, tal vez yo no hubiera sobrevivido. Os debo mi vida y jamás podré olvidarlo. No quiero que tú, o tus padres, me veáis como alguien a quien servir. Sois mi familia... el cariño que siento hacia vosotros no puede desaparecer solo por cambiarme de vestido.

—Hin...

A Sakura se le quebró la voz y bajó la cabeza, avergonzada. No sabía cómo enfrentarse a ella, cómo debía tratarla, cómo debía mirar a Hinata en su nueva y distinguida condición femenina.

—¿Me haces un favor? —le pidió, cogiendo su mano para llevarla hacia la cama—. Ayúdame a elegir vestido, Sakura. Hace mucho que llevo ropa de hombre y no me veo capaz de tomar yo sola esta decisión.

Le sonrió con dulzura esperando que la joven comprendiera que la confianza que se había forjado entre las dos cuando era Hin se mantenía intacta. Y pareció funcionar. El rostro de Sakura se relajó y le devolvió la sonrisa, al tiempo que apretaba su mano con cariño. Sus ojos se posaron sobre los vestidos estirados en la cama y se iluminaron de emoción ante la tarea que tenían por delante.

—Vamos a ponerte muy guapa, Hinata Hyuga. Mi hermana se va a presentar delante de su gente y del laird Namikaze como una auténtica dama. Quiero ver cómo todos esos que te han gritado, que te han hecho de menos por ser un muchacho pusilánime, se quedan con la boca abierta cuando te vean.

La carcajada de Jane las sorprendió a ambas.

—No había caído en eso —confesó, divertida, olvidando de nuevo el tratamiento que le debía a la señora. Era difícil acostumbrarse—. Va a ser muy interesante ver la reacción de todos esos brutos que te tiraban de culo en los entrenamientos cuando aparezcas en el gran salón y te sientes al lado de tu hermano. Venga, métete en la tina, que vamos a frotarte hasta que te dejemos la piel reluciente...

Durante las horas que Hinata estuvo desaparecida, Naruto tuvo tiempo de conocer un poco mejor a su hermano. Enseguida comprendió que Neji Hyuga era un hombre con el que podría entablar amistad, llegado el caso. Era terco como una mula, sincero y directo, igual que él.

Tenían otras cosas en común, como, por ejemplo, su preocupación por esclarecer lo ocurrido en Byakugan y quién era el culpable del ataque. Sin embargo, ambos coincidieron en que era mejor que Hinata estuviera presente cuando analizaran todos los datos que habían recabado, ya que sin duda ella podría verter algo de luz en algunos puntos de la historia.

Así las cosas, pasaron todo el día con sus respectivas tropas. Naruto preguntando a Neji todo lo relacionado con la lucha que mantenía Indra en el frente, y Neji examinando con ojo crítico los avances de Naruto con los soldados que preparaba para cuando se uniera con el rey en Stirling. No pudo encontrarles ninguna pega. Eran guerreros bien adiestrados y muy disciplinados; serían bien recibidos por el resto del ejército escocés para la batalla que pondría fin al sitio del castillo.

En todo ese tiempo, Hinata no se reunió con ellos. Minato les advirtió que, probablemente, ya no la verían hasta la fiesta que preparaban, pues Jane estaba decidida a transformar por completo al muchacho que todos conocían como Hin, en la dama que en verdad era. Neji asintió satisfecho ante aquella información, porque deseaba volver a encontrarse con su hermana, la que él conocía y a la que había echado de menos cada día.

Naruto, sin embargo, se mostró inquieto e impaciente.

Anhelaba volver a ver a la joven, no había podido hablar con ella desde aquella mañana y necesitaba aclarar demasiadas cosas. Ahora, con su hermano bajo el mismo techo, vigilándola como un perro guardián, presentía que encontrar un momento a solas iba a resultar casi imposible...

Cuando llegó la hora de la cena, Naruto ocupó su sitio en la mesa del gran salón, rodeado de su nuevo consejo. Los invitados se habían sentado en el ala derecha de la mesa, de modo que podían verse bien las caras para conversar a sus anchas. Era la primera vez que el laird se sentía a gusto ocupando su sillón, con su tío Minato, Sasuke y Shikamaru cerca de él, apoyándolo como jamás lo habían apoyado los dos viejos que había heredado de su padre.

Una única preocupación enturbiaba su ánimo: Hinata. ¿Qué iba a pasar ahora con ella? No estaba preparado para dejarla en manos de su hermano, no estaba preparado para verla partir con su gente. ¿Cómo iba a soportar no tenerla cada día, no besarla, no perderse de nuevo en su calidez?

No había terminado de formular esa pregunta en su mente, cuando la joven hizo acto de presencia en el salón. Al verla, su corazón comenzó a latir muy deprisa. Apenas la reconocía bajo su nuevo aspecto y, sin embargo, su cuerpo reaccionó a su proximidad como por encanto.

Llevaba un vestido en tono plateado claro que destacaba aún más sus enormes ojos. La parte superior se ceñía alrededor de su busto y la falda caía, amplia y elegante, hasta el suelo. Las mangas ocultaban unos brazos que él sabía suaves y delicados, abriéndose a la altura del codo en forma acampanada hasta sus manos. Se había peinado con cuidado, colocando sus cortos mechones de manera ordenada y atractiva, adornando su cabeza con una diadema de pequeñas flores blancas que le quedaba mejor que una corona a una reina.

Hinata caminó por el salón con un andar regio y decidido. Todas las miradas se volvieron hacia ella y las conversaciones quedaron suspendidas en el aire. Naruto comprobó cómo muchos de sus hombres la contemplaban con la mandíbula desencajada; los más sensatos, incluso, tuvieron la decencia de parecer avergonzados ante la visión de aquella dama. La gran mayoría se había burlado de ella sin compasión cuando era Hin... ¡habían escupido a su paso! Ahora, Naruto estaba convencido de que todos pensaban en la mejor manera de abordarla para pedirle excusas por su comportamiento. Si algo bueno tenían aquellos guerreros, además de su valentía y arrojo, era que sabían reconocer sus errores.

El primero en hacerlo, para su sorpresa, fue Bors, el barquero. Se levantó de su silla y la interceptó a medio camino, colocándose frente a ella.

—Mi señora —le dijo, inclinando la cabeza a modo de saludo cortés—. El laird nos ha dicho quién sois vos en realidad. Lamento... lamento haberos tratado como a un gusano pusilánime.

Hinata enarcó ambas cejas, sorprendida por la elección de aquellas palabras. A pesar de todo, le hizo gracia que aquel pedazo de bruto conservara su esencia, por mucho que su vestido lo hubiese impresionado. No se hubiera sentido cómoda con una actitud exagerada de galantería mal disimulada. Los Namikaze no eran así, y ella había aprendido a apreciarlos con sus ariscas y crudas maneras.

—Acepto tus disculpas, Bors. Me hubiera gustado oírlas cuando todavía era Hin, ya que opino que nadie se merece que escupan a su paso solo por no saber sujetar una espada, pero agradezco tu arrepentimiento. Y ahora, si me permites, mi hermano me está esperando.

Era cierto. Neji se había puesto en pie y los miraba con fijeza y el ceño fruncido. Lo último que Hinata deseaba era que su hermano averiguase de golpe todo lo que había tenido que soportar mientras vivía entre los Namikaze...

—Mi señora —volvió a hablar Bors, impresionado por su contestación—, consideradme vuestro leal servidor. No deseo que tengáis ese concepto de mí. Admiro vuestra valentía, y la del antiguo Hin, ya que hablamos del tema. Ahora que habéis desvelado vuestra identidad, con más motivo. Cualquier otro muchacho no hubiera aguantado ni un día nuestros insultos durante los entrenamientos, se hubiera rendido a la primera. Pero vos no lo hicisteis...

—Tendremos esta conversación en otro momento, Bors —le cortó ella, viendo que su hermano había perdido la paciencia y se acercaba a ellos con paso firme.

—Hinata, te acompañaré a tu sitio. —Neji le puso una mano en la espalda de manera posesiva para guiarla hacia la mesa principal. De camino, la mirada que el guerrero les dedicó a los soldados Namikaze fue demoledora. Dejaba claro que partiría en dos con sus propias manos a aquel que osara molestar o importunar a su hermana.

Naruto no se perdió detalle de aquella escena, sintiendo unos celos corrosivos en las entrañas al ver cómo el Hyuga cuidaba de Hinata y extendía su protección alrededor de su persona. Como si ella fuera un auténtico tesoro... La joya de Byakugan.

Miró a sus propios hombres, incómodos con la nueva situación, arrepentidos, al igual que él mismo, por haberse equivocado tanto con Hin. Y después miró a los soldados Hyuga, solo para ver cómo esa criatura que lo tenía fascinado se deshacía en sonrisas con ellos y se dejaba agasajar, feliz de que por fin alguien supiera tratarla como merecía. Era fácil suponer lo mucho que la joven tenía que haber echado de menos a su gente...

Cuando al fin tomó asiento, lejos de él, flanqueada por Neji y el enorme cuerpo de su lugarteniente, Angus, los ojos de Hinata buscaron los suyos. El impacto de encontrarse los dejó a ambos aturdidos unos segundos. Naruto la encontraba arrebatadora en su nueva condición femenina, pero hubiera dado cualquier cosa por acercarse a ella, arrancarle ese elegante vestido e introducir los dedos entre los oscuros mechones de su corto cabello para alborotar su peinado y encontrar, bajo aquel impresionante aspecto, a su Hin.

—Te la estás comiendo con la mirada —le advirtió Minato, cerca de su oído—. Y no creo que a su hermano le haga ninguna gracia.

—¿Cómo ha podido pasar esto? —preguntó, desesperado—. Ayer era mía... Iba a ser mía para siempre. Ahora es como si ese vestido hubiera levantado una barrera entre los dos. Es como si Hin se hubiera esfumado.

Naruto cogió su copa de vino y bebió con ganas para intentar aplacar su angustia.

—No se ha esfumado. Sigue ahí, detrás de esos ojos grises... ¿No lo ves? ¿No te das cuenta de cómo te mira ella?

—Hinata Hyuga ya ha elegido, tío. Y no ha dudado, además. Está pletórica junto a su gente, junto a su hermano. En cuanto él apareció, yo dejé de ser una opción para ella.

—Te rindes muy fácilmente.

—Sí —le secundó Sasuke, metiéndose en la conversación—. ¿Desde cuándo te has vuelto un llorica y un cobarde? Cuánto mal te hizo mi marcha, amigo —le dijo.

Naruto volvió a beber. Ellos no lo entendían... Lo que le había hecho a Hinata no tenía nombre. Cuando su hermano se enterase, iba a arrancarle la cabeza... o tal vez alguna otra parte de su cuerpo más concreta, y no lo culpaba. Para colmo, Neji era uno de los pocos hombres que Naruto podía considerar un digno rival.

Llegado el caso, vencer a ese hombre en un combate singular iba a resultar casi imposible. Claro, que, eso no debía ocurrir jamás. Era el amado hermano de Hin, no podía ir contra él de ninguna de las maneras. Se pasó una mano por la cara, desesperado. No sabía cómo iba a solucionar ese embrollo...

Las bandejas con comida empezaron a llegar y el ambiente se relajó un tanto. Los Hyuga demostraron tener buen apetito y Edith, la cocinera, había organizado un banquete digno de reyes a pesar de los pocos recursos de los que disponían en esos días. Sirvieron grandes bandejas de cordero, pichones de paloma y salmón. Había también gruesas rebanadas de queso, panes morenos de crujientes cortezas, tortas azucaradas y tartas repletas de jugosas moras en su interior. Era una ocasión especial y querían agasajar a sus invitados como merecían.

Hinata estuvo muy bien atendida, tanto su hermano como Angus no dejaron de llenarle el plato, a pesar de que tenía el estómago cerrado. Observaba en silencio a todos los sirvientes ir y venir, consciente de que, hasta el día anterior, había compartido esas tareas con ellos. Se sentía desubicada, fuera de lugar. Buscó a Mebuki con la mirada y la vio cerca de los soldados Namikaze, llevándoles jarras de vino y cerveza. La mujer pareció notar que la observaban, porque levantó los ojos y la contempló desde la distancia.

El corazón de Hinata se paró unos segundos, pendiente de la reacción de su madre adoptiva. Estaba convencida de que Sakura ya la había puesto al día y deseaba acercarse a ella para que la abrazara y le dijera que nada había cambiado, que seguía queriéndola como cuando era Hin. Mebuki por fin esbozó una sonrisa cariñosa y Hinata pudo respirar tranquila. En cuanto acabase la cena, tenía que buscarla, tanto a ella como a Kizashi, y aclarar las cosas con ambos.

—No estás comiendo nada —la voz de Neji la sobresaltó.

—No tengo mucha hambre. Demasiadas emociones.

—Me he dado cuenta de que el laird te mira sin disimulos.

Hinata, que acababa de meterse un bocado de carne en la boca, casi se atragantó.

—Ten en cuenta que, hasta ayer, yo era su sirviente personal. Ignoraba mi verdadera identidad, debe de estar estupefacto —intentó justificarlo.

—No parece estupefacto —intervino Angus, al otro lado—. Te mira como si quisiera cargarte en su hombro para sacarte de aquí. Has debido impresionarlo mucho vestida de mujer.

—¿Cómo reaccionó cuando descubrió que no eras un muchacho? —inquirió Neji, sin darle tregua.

—Se molestó... él... él se enfadó bastante.

—No me extraña. ¿Por qué no le confesaste quién eras cuando viste que aquí estabas a salvo?

Hinata miró a Naruto con el gesto arrepentido.

—Creía que era el asesino de Tokuma. Estaba convencida de que era el culpable de todos mis males y quería vengarme de él.

Neji se giró hacia ella, boquiabierto.

—¡Dios Todopoderoso, Hinata! ¿Qué pensabas hacer? Míralo, si hubieras intentado cualquier ataque contra él, ahora estarías muerta. No puedo creer que hayas sido tan inconsciente.

—Pero aquí sigo, a pesar de todo —le respondió ella, empezando a enfadarse. ¿Por qué se empeñaban todos en recordarle una y otra vez que no obraba con buen juicio?

Aquellas palabras afectaron a su hermano, que la abrazó de improviso y delante de todos los presentes. Le susurró, muy cerca del oído.

—Perdona. No te puedes hacer una idea de lo feliz que estoy de que sigas aquí, y de haberte encontrado por fin. A ti no puedo perderte... A ti no. No puedo pasar por eso otra vez.

Hinata sintió el nudo en la garganta ante su sentida confesión. Así solía ser Tokuma, espontáneo y sincero. Neji siempre había sido más reservado y, tal vez por eso, sus palabras la sorprendieron y la emocionaron hasta las lágrimas. Ella tampoco quería volver a pasar por eso. Su corazón ya estaba incompleto y lo estaría hasta el día de su muerte, pero seguía latiendo, y Neji era indispensable para no volver a perder el ritmo de sus latidos. Lo miró, con los ojos empañados, y acarició su menton con cariño.

—No me perderás.

Al otro lado de la mesa, Naruto tampoco probaba bocado.

Al ser testigo del gesto de amor de los hermanos, algo se encendió en su interior. Tenía celos de Neji porque la abrazaba; de Angus, que se sentaba al lado de Hinata y le servía la comida. Tenía celos de todos y cada uno de los soldados Hyuga, que hablaban con su señora y la conocían desde siempre. Deseaba romper todos los lazos que la unían a su clan, porque en el fondo de su corazón, deseaba que Hin fuera Namikaze para poder atarla por siempre a él.

Sin pensar muy bien lo que hacía, se levantó de su sitio y acudió hasta las sillas de sus invitados. Neji le miró intrigado y los que había alrededor guardaron silencio.

—Necesito hablar con Hinata. A solas.

—¿Por qué? —preguntó el Hyuga, cogiendo la mano de su hermana por encima de la mesa, como si con el gesto la pudiera mantener a salvo del laird de los Namikaze.

—No nos ha dado tiempo a aclarar ciertos temas que tenemos pendientes. Todo ha ido muy rápido, ha sido muy precipitado. Ayer era mi sirviente, hoy es una preciosa dama, hija de un señor de las Highlands.

—¿Qué asuntos pueden haber dejado inconclusos un laird con su criado? —Neji se levantó para plantarle cara—. ¿Acaso no te ha limpiado bien las botas?

—¡Neji! —Hinata se levantó también y sujetó el brazo de su hermano—. No seas grosero. Te lo explicaré todo... a su debido momento. Pero necesito que ahora confíes en mí, y que me dejes ir con él. Es verdad que tenemos asuntos de los que hablar. Sé que no te gusta, pero debes permitirme un momento a solas con él. A pesar de las circunstancias, si no fuera por Naruto, tal vez yo no hubiera sobrevivido. Me acogió en su casa junto con los St. Haruno. Se lo debes.

El Hyuga inspiró con fuerza y clavó una inquisitiva mirada en el rostro de la joven. Estaba claro que la idea de una entrevista entre los dos le disgustaba sobremanera. No quería perderla de vista y no se terminaba de fiar del Namikaze.

—Por favor... —insistió Hinata, acariciándole en antebrazo.

—Está bien —concedió—. Pero espero que vuestra reunión no se alargue mucho, no quiero que te alejes demasiado.

—Te lo prometo —le dijo, alzándose de puntillas para depositar un suave beso en su mejilla.

Después se retiró y acompañó a Naruto, que se dirigió hacia las escaleras para subir a la planta de los dormitorios.

Durante el trayecto, el laird apenas la miró, y Hinata se puso nerviosa. Observó de reojo su perfil, serio y distante, y su corazón se aceleró. Imágenes de la noche pasada con él inundaron su mente y un estremecimiento recorrió su cuerpo, haciéndola temblar. ¿Dónde había ido a parar la complicidad que habían compartido? Todo parecía haberse detenido en el momento de reencontrarse con su hermano, su relación había quedado en suspenso y ella empezaba a notar las consecuencias.

Lo echaba de menos. Mucho. Apenas había pasado un día, pero Hinata ya notaba su falta en la piel... y en su alma. No lo soportaría si Naruto continuaba enfadado con ella, si esa barrera que se había levantado entre los dos una vez descubierta su identidad era demasiado alta como para franquearla.

Entraron en la alcoba del laird y este cerró la puerta tras de sí. Apoyó la espalda en ella y se cruzó de brazos, mirándola con la misma intensidad que la primera vez que la tuvo ante sus ojos. Hinata empequeñeció ante su imponente aspecto y su gesto fiero, y los temblores regresaron. Solo tenía miedo de una cosa: que Naruto jamás volviera a estrecharla entre sus brazos.

O a besarla.

Continuará...