Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
23. Nos Pertenecemos
—¿Te has vuelto loco?
El padre Iruka lo miraba como si de verdad hubiera perdido la razón y necesitara que dos de sus mejores hombres lo atasen con cuerdas.
—En absoluto. Creo que, dadas las circunstancias, es lo más sensato y honrado por mi parte.
Naruto vio como los ojos del religioso se agrandaban hasta casi salírsele de las órbitas y se apresuró a servirle un poco de esa agua de fuego que guardaba con tanto celo en el mueble de su salita. El hombre agradeció el gesto y lo tomó todo de un solo trago, para asombro de su laird.
—Si llego a saber esto, hubiera alargado más mi viaje —confesó. Miró hacia el techo, como si buscase un ente divino en las alturas—. Podías haberme mandado una señal, Señor. Dos días más, solo dos días más alejado de este lugar, y no me vería en esta tesitura.
Para Naruto, el regreso del religioso a Innis Rasengan había sido providencial. Le habían comunicado su llegada después de que Hinata desapareciera rumbo a las cocinas, y la solución a su problema se le manifestó tan clara y tan lógica, que no supo por qué no lo había pensado antes. Acudió al hogar del padre Iruka para comunicarle su decisión sin más demora. El tiempo corría en su contra y debía actuar cuanto antes si no quería perder a su duende.
—¿Qué problema hay? —le preguntó, sin entender su reticencia—. Ella ha reconocido que su corazón es mío. Para mí, eso es suficiente. Hinata ya es mía, padre, solo quiero que lo haga oficial.
El religioso lo miró con la boca abierta.
—¡A escondidas de su hermano! ¿Cómo puedes pedirme que os case en secreto?
—No se lo ocultaré por mucho tiempo. Mañana por la mañana todos lo sabrán, y ya no podrán hacer nada por evitarlo.
El padre Iruka se llevó las manos a la cabeza.
—¿Sabes el problema en el que te meterás? ¡Te enemistarás con la familia de tu esposa! ¿Crees que esa es una buena forma de empezar un matrimonio?
—¡Oh, padre! ¡No es como si la raptara para casarme con ella!
—¿Estás seguro? ¿Cómo sabes que ella quiere lo mismo que tú? ¿Se lo has propuesto, te ha dicho que sí?
—No hace falta. Ya os lo he dicho, ella me ha entregado su corazón. Eso significa que me ama, no necesitamos su conformidad explícita.
El padre Iruka dejó el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco, mostrando así su enfado por la intransigencia del joven e impulsivo laird.
—Yo sí la necesito. No te casaré con ella a no ser que me diga, a la cara y sin ningún tipo de coacción, que eso es lo que realmente desea. Y aun así, sigo pensando que no es sensato en absoluto.
Naruto se levantó de la butaca que ocupaba y asintió con la cabeza, conforme con aquella propuesta.
—Muy bien. ¿Quiere oírlo de sus labios? Se la traeré aquí para que ella misma se lo diga.
El padre Iruka lo observó marchar sintiendo que el corazón le rebotaba en las costillas de indignación y asombro. Algunas veces aquel muchacho se mostraba testarudo como una mula, y mucho se temía que en aquella ocasión su obcecación podía acarrearle un serio disgusto.
Volvió a coger el vaso y acudió al mueble para rellenarlo con más agua de fuego. Lo bebió de un solo trago, otra vez, pero ni el ardor de aquel licor destensó el nudo que se le había formado en el estómago.
Hinata no podía dormir. Había abandonado el lecho, cansada de dar vueltas, y se había sentado en una butaca frente al fuego del hogar. Miraba el baile de las llamas con una maraña de sentimientos encontrados en su interior. ¿Qué iba a pasar ahora? Estaba feliz de haberse reencontrado con Neji, eso era irrefutable. Pero no era menos cierto que necesitaba estar cerca del laird de los Namikaze. Acababa de descubrir que ese hombre gobernaba a capricho sobre sus sentimientos... y todo aquel día había sido una auténtica tortura para ella.
No había tenido tiempo de asimilar que, esa misma mañana, sus cuerpos habían estado juntos, desnudos, prodigándose caricias que ahora, al recordarlas, le aceleraban el corazón a pesar de sentirlas tan lejanas. Apenas había descubierto la pasión y necesitaba volver a experimentar todas esas emociones para cerciorarse de que eran ciertas. Había echado de menos a Naruto cada minuto de cada hora de aquel largo día. Añoraba que volviera a estrecharla entre sus brazos y que la besara con el ardor que recordaba...
Su hermano iba a matarla. Si se enteraba de que se había entregado por propia voluntad a ese guerrero, la repudiaría. No era para menos. Había deshonrado a toda su familia, aquel no era el comportamiento que se esperaba de una dama. Claro que ella había dejado de serlo el mismo día en que huyó de Byakugan. Al menos, así lo sentía. ¿Cómo se había metido en ese lío?
Su corazón se debatía en esos momentos entre la lealtad que le debía a su hermano, a su gente, y lo que empezaba a sentir por Naruto. ¿Así era el amor? Nunca se había enamorado, pero si ese sentimiento implicaba tener la cabeza y los ojos llenos de su imagen, de su fuerza y su espíritu a todas horas, entonces estaba enamorada. Si amar significaba desear con toda el alma, tener impulsos continuos de tocarlo, de besarlo, de sentir piel con piel, entonces ya lo amaba.
Sin embargo, todo lo que su corazón albergaba respecto a ese hombre no podía imponerse al hecho de que jamás desobedecería a su hermano. Lo tenía tan claro que se estremeció de miedo y ausencia prematura solo con pensarlo.
—¿Hin? —La voz grave y susurrada llegó desde un lugar en la pared, cerca de la cama.
Hinata se sobresaltó y se puso de pie al momento, escudriñando entre las sombras para distinguir a su interlocutor.
Naruto apareció de la nada, al parecer, atravesando una puerta que comunicaba su alcoba con la del propio laird.
—Perdona si te he asustado. Tu hermano ha apostado un guardia en la entrada de tu habitación, así que he tenido que recurrir a este pequeño secreto que solo conocían mis padres. Cada uno ocupaba su dormitorio, pero por las noches se visitaban a través de esta puerta escondida en la pared.
Hinata se llenó los ojos con su imagen. Lo único que deseaba era lanzarse a sus brazos y dejarse envolver por su calor. Pero recordó las palabras de Neji y se mantuvo firme en el sitio, abrazándose el cuerpo por el pudor de que la viera en ropa de cama.
—No deberías estar aquí —susurró, sin convicción.
Naruto dio un paso hacia ella, con el ceño fruncido.
—He venido a ver a Hin. Necesito hablar con ella, no con Hinata Hyuga.
—Pues tendrás que acostumbrarte a no encontrarla más, porque yo soy quien soy. Y no puedo cambiarlo.
Él continuó acercándose, ignorando el temblor que de pronto se había adueñado del cuerpo femenino. Era un placer para la vista, allí de pie de espaldas al fuego, cuya luz silueteaba su figura a través de la fina tela de su camisón. Naruto sintió el tirón en las entrañas por el deseo que esa criatura siempre despertaba en él... ¿Cómo era posible? ¿Por qué no se cansaba nunca de mirarla? Se detuvo a unas pulgadas de su rostro y respiró su aroma, cerrando los ojos para disfrutarlo. Cuando volvió a abrirlos, la mirada gris de Hinata reflejaba la verdad que se empeñaba en ocultar a toda costa.
—Aquí estás, pequeño duende. Por unos segundos, creí que te había perdido.
Las fuertes manos del guerrero subieron por su cuello hasta acariciarle las mejillas. Hinata se estremeció de placer ante el contacto y se pegó más a su cuerpo. Naruto se inclinó y atrapó sus labios con delicadeza, casi como si la reverenciara. La sangre en sus venas ya ardía por esa mujer... y olvidó por unos momentos el motivo por el que había ido a buscarla a esas horas de la noche. La estrechó entre sus brazos, aumentando la intensidad del beso, exigiendo que su Hin emergiera de aquel cuerpo vestido con un distinguido camisón para entregarse a él sin ningún tipo de inhibición.
La joven respondió a la pasión del laird, como siempre había hecho, y sus pequeñas manos se enredaron en su pelo para atraerlo aún más. Parecía que quisiera fundirse con su enorme cuerpo y Naruto gruñó de satisfacción, deseando lo mismo.
Y ese era el problema, siempre querría más de ella. Por eso estaba allí, por eso había burlado al guardia que su hermano había apostado en su puerta, arriesgándose a ser descubierto.
—Me robas la cordura... cuando empiezo a tocarte, ya no puedo parar.
—Yo no te he pedido que pares —respondió ella, sin aliento.
Naruto puso fin al beso y se separó para poder pensar con claridad. Los ojos de Hinata, velados de deseo, parecían confundidos con su alejamiento.
—Eres una tentación, pequeño duende. Jamás me has rechazado, aun cuando debieras haberlo hecho. Esto no está bien.
—Lo sé. Pero solo nos queda esta noche... y quiero pasarla junto a ti.
El laird negó con la cabeza a pesar de que su sinceridad, como siempre, le desarmaba. La tomó de las manos con ceremonia, como si lo que fuera a decir fuese muy importante para él.
—Y yo quiero pasar contigo el resto de mis noches. Y todos mis días. Y compartirlo todo contigo. Hinata Hyuga, cásate conmigo.
La joven parpadeó, sin saber si le había entendido bien.
—Pero... mañana me marcho con mi hermano. ¿Casarnos? Es muy precipitado, Neji no lo entenderá. Se supone que tú me creías un muchacho hasta ayer, ¿cómo va a aceptar que de la noche a la mañana quieras casarte conmigo?
—No tiene que aceptarlo él —espetó Naruto, molesto porque ella no se mostrara ilusionada con su proposición de matrimonio—. Tienes que aceptarlo tú. Cásate conmigo, ahora, esta noche. El padre Iruka nos está esperando. Mañana cuando Neji se entere, ya no podrá hacer nada.
Hinata suspiró y le dejó ver una sonrisa triste.
—Oh, sí. Claro que podrá hacer algo... Te matará.
Naruto la soltó, frustrado, y anduvo por la habitación como si estuviera enjaulado.
—¿Crees que yo le dejaría? Me subestimas, mujer. Tu hermano es sin duda poderoso, pero puedo hacerle frente.
Le tocó el turno a ella de enfurecerse.
—¡Oh, sí, por supuesto! El laird de los Namikaze es un gran guerrero y no se le puede cuestionar, ¿verdad? Pues lo siento, pero sí lo cuestiono. He visto luchar a mi hermano y puede hacerte mucho daño. Sin embargo, lo que más me preocupa es que tú quieras hacerle daño a él. Sé que también podrías hacérselo, y eso jamás lo consentiré. Ya he perdido a Tokuma, no pienso perder a Neji —Hinata bajó el tono para añadir —. Lo siento, Naruto, pero no puedo casarme contigo. No seré la culpable de una disputa entre nuestras familias.
Naruto le dirigió una mirada cargada de anhelo y furia posesiva.
—Eres mía. Te vuelvo a repetir lo que te dije esta tarde, ¿crees que voy a permitir que abandones Innis Rasengan?
—Claro que lo harás, insufrible déspota. Que me haya entregado a ti no significa que sea tuya, ¿me oyes? No soy de nadie. ¿Qué vas a hacer, secuestrarme?
—Estoy contemplando esa posibilidad, sí.
—Te has vuelto completamente loco.
Él se abalanzó entonces sobre ella y la encerró entre sus brazos. Hinata notaba el poder de aquel cuerpo que se imponía al suyo sin esfuerzo, pero no sintió temor. Ya no tenía miedo de aquel hombre, porque por muy ceñuda que fuera su expresión, sabía que no le haría ningún daño.
—Tú me has vuelto loco —la corrigió él, bajando el rostro para besarla una vez más.
Ella se rindió a sus labios sin presentar batalla. Le gustaba saberse deseada, le gustaban sus besos. Pero era igual de cabezota que él y, por muchos besos que le diera, no lograría que cambiara de opinión.
—¿Lo ves? Eres mía. Lo has sido desde que me miraste por primera vez con esos ojos de duende que me tienen hechizado. Tu corazón es mío, tú misma lo has confesado, así que vamos a casarnos.
Ella le acarició el mentón con esa sonrisa apenada que no presagiaba nada bueno.
—Si en lugar de Neji hubiera sido Tokuma, tendríamos una oportunidad. Tokuma me conocía mejor que nadie, Tokuma tenía el corazón más sensible. Nos hubiera entendido... o eso quiero creer. Pero Neji no lo entenderá. Neji te matará, y yo no quiero que eso ocurra. Tampoco quiero perderlo, amo a mi hermano y ahora solo estamos él y yo. No puedo hacerle esto...
Cuando pronunció la última frase, sus ojos se llenaron de lágrimas. Con cada palabra, el dolor en el rostro de Naruto se hacía más evidente. Lo estaba rechazando y a ella misma se le partía el corazón.
—Me queda muy claro de qué lado está tu lealtad —le dijo, con el tono helado, soltándola.
—Ojalá todo fuera distinto, como dijiste. —Hinata se giró hacia el fuego y se frotó los brazos. De repente, tenía mucho frío.
—No. Lo que yo dije fue que ojalá solo fueras Hin —replicó Naruto con dureza—. Entonces nadie te alejaría de mí.
No supo cómo llegó ese pensamiento a su cabeza, pero Hinata se encontró de pronto ante una idea inquietante. Lo miró antes de preguntar.
—¿Te hubieras casado con Hin?
—¿Qué quieres decir?
—Si yo no fuera una dama, si yo no tuviera una familia poderosa, ¿te habrías casado conmigo? ¿O te habrías limitado a conservarme como amante?
Naruto tardó más de la cuenta en contestar, y ese fue su error.
—Supongo que sí. Al final me habría casado contigo.
—¿Al final? ¿Al final de qué?
—Todavía me estoy acostumbrando a verte como mujer. No puedo decirte lo que hubiera pasado si solo fueras Hin, una sirvienta. Sin embargo, tengo muy claro que no te hubiera dejado marchar...
—¡Por supuesto que no! —estalló ella—. A Hin podías someterla, encerrarla en tu mazmorra, hacer con ella lo que te viniera en gana. Porque eres el laird de los Namikaze y siempre ha de hacerse tu voluntad. Me has tenido a tu servicio personal todo este tiempo y ahora no admites que yo no obedezca tus requerimientos.
Naruto se mostró abatido tras sus duras palabras.
—Pensé que en este tiempo habías llegado a conocerme mejor.
Ella lo miró con ojos dolidos.
—Oh, sí. Te conozco. Me has hecho la vida imposible solo porque pensabas que no era lo que se suponía que debía ser. No cumplía tus reglas mezquinas e intransigentes y fui debidamente castigada por ello.
—¿Esa es la opinión que te merezco?
No. Hinata también pensaba que era el hombre más increíble que había conocido. Pero no se lo diría. Confesarle que se había enamorado de él solo empeoraría las cosas. Y ella tenía que partir al día siguiente, con Neji, y alejarse de Innis Rasengan sin ningún tipo de vacilación.
Su silencio hirió a Naruto en lo más profundo de su ser. Reconocía que no la había tratado bien y que las cosas hubieran sido muy distintas de haber sabido él su verdadera identidad. Pero ella estaba pasando por alto el calvario que había sufrido por ese mismo motivo y también que, una vez descubierta la verdad, no había tenido ocasión de demostrarle nada.
No habían tenido tiempo, esa era la cuestión, y si ella se marchaba al día siguiente, ya nunca lo tendrían.
—Muy bien —dijo, dirigiéndose a la puerta secreta para volver a su propia alcoba —, no insistiré más. Pensé que Hin sería más valiente, que sería capaz de romper las normas y luchar por lo que deseaba. Yo rompí esas reglas por ti, desoyendo los dictados de mi moral, de mi estricta educación; acepté mis sentimientos, me expuse a la censura de todo mi clan por ti. Te has metido en mi sangre, en mi cabeza, en mi corazón. Lo hubiera arriesgado todo por ti, aunque únicamente fueras Hin. Que seas hija del laird Hyuga solo acelera la toma de decisiones porque es la única manera de tenerte. Pero si tú no piensas desobedecer a tu hermano, si vas a acatar lo que él ordene sin vacilar... que así sea.
Desapareció antes de que Hinata encontrara las palabras que necesitaba decirle. Cuando se vio sola en la habitación, se dejó caer de rodillas al suelo, abrazándose el cuerpo, y dejó que todo el dolor que sentía en el corazón se desbordara por sus ojos en forma de llanto silencioso
{...}
No había dormido bien. ¿Cómo dormir, con esa angustia que le oprimía el pecho? Hinata se levantó muy temprano y se vistió sin ayuda de ninguna doncella. En su vida anterior tal vez hubiera esperado a que alguien fuera a despertarla, remoloneando en la cama, para dejarse luego aconsejar acerca del peinado que debía llevar o la ropa que podía lucir ese día. Pero ya no. Llevaba demasiado tiempo valiéndose por sí misma como para recurrir a sirvientes que hicieran lo que ella podía hacer sola.
Cuando se estaba peinando su corto cabello, Sakura entró sin llamar y se dirigió a ella casi sin aliento.
—¡Por todos los cielos, Sakura! ¿Qué ocurre?
La joven pelirosa cogió aire, con una mano en el pecho, antes de hablar.
—Lo va a matar, Hin. Tienes que venir conmigo, deprisa.
El corazón de Hinata se disparó ante su tono de alarma.
—¿A quién van a matar?
—Tu hermano... el laird...
A Sakura le costaba explicarse. Hinata no esperó a entenderlo, cogió su mano y salieron juntas de la habitación a toda prisa. ¿Qué había sucedido? ¿Quién iba a matar a quién? De cualquier modo, el miedo apretó la garganta de la joven hasta dolerle.
Sakura la guió hasta el patio de armas, donde había un círculo de personas que se arremolinaban en torno a la pelea que estaba teniendo lugar. Hinata se abrió paso a codazos y cuando al fin pudo ver lo que estaba ocurriendo, el corazón casi se le paró.
Neji estaba moliendo a puñetazos a un Naruto que no se defendía. El laird de los Namikaze dejaba que la lluvia de golpes cayera sobre él sin hacer tan siquiera el amago de devolverlos. El rostro de Neji estaba crispado por la furia y la rabia; el de Naruto, ensangrentado y aturdido.
—¿Por qué nadie hace nada? —preguntó, desesperada, al notar que tanto los guerreros Namikaze como los Hyuga presenciaban aquel abuso sin tratar de detenerlos.
—Naruto lo ha querido así —le respondió Sasuke, acudiendo a su lado—. Creo que tú eres la única que puede parar esta locura.
Hinata, horrorizada, se adelantó para intentar traspasar la nube de cólera que parecía cegar a su hermano.
—¡Neji, detente! ¿Me oyes? ¡Para de una vez, vas a matarlo!
Mas el Hyuga no pareció escucharla. El siguiente puñetazo logró tirar al suelo al poderoso Naruto Namikaze, y ella aprovechó el momento para correr a su lado e interponerse entre ambos. Enfrentó a su hermano con valentía, levantando una mano para que detuviera un nuevo ataque.
—¿Te has vuelto loco? —le preguntó—. ¿A qué viene esto?
Neji por fin se percató de su presencia. Sus ojos enfocaron y la miró, dejando salir toda su decepción y su enfado.
—¿De verdad me lo preguntas? —Se acercó a ella y Hinata dio un paso atrás, sobrecogida por la furia que llameaba en los ojos de su hermano—. Menos mal que padre no está aquí, porque él lo habría matado. ¿No ibas a contármelo? Sé que no soy Tokuma, pero no puedo creer que no me confiaras algo así.
—¿De qué estás hablando? —preguntó ella, en un susurro. ¿Qué diantres le había dicho Naruto para que le propinara semejante paliza?
—Hablo de lo que te ha hecho. Te ha deshonrado, ha abusado de ti... y lo ha confesado sin ningún pudor, delante de todos. ¿Acaso lo niegas?
Hinata enrojeció, avergonzada. Sin embargo, mantuvo la vista fija en los ojos de su hermano.
—No. No lo niego.
Neji respiró hondo y cerró los ojos, como traspasado por un dolor lacerante. Cuando los abrió de nuevo, su orden fue categórica.
—Lo quiera o no, se va a casar contigo. Hoy mismo. Voy a hablar con el padre Iruka.
Se dio la vuelta y se marchó con pasos airados. Hinata se fijó en que abría y cerraba sus manos, intentando aliviar el dolor que debía tener en sus ensangrentados nudillos. Sin duda, se había despachado a placer con Naruto, no se había contenido a la hora de descargar toda su furia sobre el cuerpo de su oponente.
La joven se agachó junto al cuerpo caído del laird, que intentaba levantarse sin conseguirlo. Su cara era un poema. Le sangraba la nariz, sus pómulos y cejas estaban abiertos, y tenía los labios hinchados.
—¿Qué has hecho? —le preguntó, notando que las lágrimas acudían a sus ojos al verlo en ese estado lamentable. Se había quedado quieto soportando el castigo que Neji le infligía. Conociéndolo, aquello tenía que haber sido una auténtica tortura, y no solo por la fuerza de los golpes. Contenerse le tenía que haber costado un mundo.
—Te dije que no iba a permitir que te marcharas.
—¿Qué le has dicho?
—Nada que no supieran ya todos los Namikaze: que pasaste la otra noche en mi alcoba, cuando todavía no sabía que eras una dama. Tarde o temprano se hubiera enterado, de todas maneras.
—Podría haberte matado... —susurró ella, acariciándole la cabeza.
Naruto se incorporó con un gesto de dolor y puso una mano sobre su mejilla.
—Y ni siquiera le he llegado a confesar que te quité la virginidad en una mazmorra maloliente... —le susurró, de modo que nadie más los escuchara—. Cielo santo, prométeme que jamás se lo dirás, no quiero volver a pasar por esto nunca más. ¿De qué están hechas sus manos, por todos los infiernos? ¿De hierro?
Hinata sonrió entré lágrimas. Le ayudó a levantarse y, antes de darse cuenta, Naruto la estaba abrazando, enterrando la cara en su cuello.
—Perdóname por obligarte a esta boda. Me dijiste que solo obedecerías a tu hermano, no me dejaste opción. —Posó las manos en sus mejillas y profundizó en sus ojos—. No podía dejar que te marcharas, pequeño duende. No puedo vivir sin ti.
La besó tras sus palabras. Muy despacio, conteniendo el aliento por el dolor que debía sentir en los labios. Hinata reprimió sus ganas de aplastar la boca contra la del hombre, así que se limitó a dejarse acariciar, feliz por cómo se había resuelto su problema y, al mismo tiempo, triste por el disgusto que había causado a su gente. Sobre todo a Neji.
Hablaría con él después de la boda. Le explicaría que lo ocurrido había sido cosa de dos, algo que no podían haber evitado aunque lo hubiesen querido, porque se amaban... Ninguno de los dos lo había pronunciado en voz alta, pero Hinata sabía que era así. Y Neji tenía que entenderlo y perdonarla. Solo así su felicidad sería completa.
La ceremonia se llevó a cabo esa misma tarde. El padre Iruka no puso ningún inconveniente y menos después de ver la furibunda expresión del Hyuga. Él mismo apadrinó a la novia en ausencia de su padre, y la expresión asesina de su rostro no desapareció hasta bien avanzada la celebración.
El malestar que se manifestaba claro en cada uno de sus ademanes se extendía por igual a todos y cada uno de los Hyuga allí presentes. Los Namikaze, sin embargo, estaban divididos. Algunos, como Minato, Sasuke, Shikamaru y la mayoría de los sirvientes, entre los que se encontraban los St. Haruno, se mostraban felices y complacidos con esa unión. Mebuki no dejó de llorar, emocionada, mientras Kizashi le pasaba la mano por la espalda para consolarla.
El resto de los Namikaze estaban aturdidos. Las tropas del laird, los mismos que tantas veces habían vilipendiado al muchacho llamado Hin, veían ahora cómo este se convertía en la esposa de su jefe. Cuando menos, era un circunstancia extraña y desconcertante.
El ambiente se relajó bastante durante la cena que tuvo lugar después. No fue una celebración fastuosa, no habían tenido tiempo para eso y, además, el día anterior habían consumido el mejor cordero y sus reservas de salmón. Pero no faltaron el vino y la cerveza, y algún brindis especial para los novios y familiares más cercanos con el licor favorito del padre Iruka, lo que consiguió templar los nervios de ambos clanes. A Neji se le fue pasando el disgusto con cada jarra de cerveza que ingería, y al final, acabó poniéndose en pie para dedicar unas palabras a su hermana y a su esposo.
—Hinata, quiero desearte, aquí delante de todos nuestros amigos, toda la felicidad del mundo. No era la boda que tu familia deseaba para ti, pero si tú amas a este hombre, no hay más que hablar. Ojalá nuestro padre estuviera aquí. Te diría que no ha visto nunca una novia tan bonita como tú. Ojalá... —Neji cogió aire, tragando el nudo que tenía en la garganta—, ojalá Tokuma pudiera verte en estos momentos.
Se le trabó la voz y Hinata tuvo que limpiarse las lágrimas que habían acudido a sus ojos al escuchar el nombre de su otro hermano.
—Yo sé que me está viendo, Neji. Lo siento aquí —susurró, tocándose el pecho a la altura del corazón.
El Hyuga asintió, complacido por su comentario, antes de proseguir su pequeño discurso.
—Y a ti, Naruto Namikaze, te deseo que sepas hacer feliz a mi hermana. Te quedas con la joya de Byakugan, te quedas con parte de nuestros corazones. Si ella te ha elegido, no dudo de que harás lo posible por merecerla. Y si no lo haces —lo miró con tanta intensidad que Naruto notó el calor de esa mirada en cada una de sus heridas—, terminaré lo que he empezado hoy. Te mataré.
Hubo un tenso silencio tras esa última amenaza, hasta que Angus, el lugarteniente de Neji se levantó con su jarra en alto y exclamó en voz alta.
—¡Por Hinata y Naruto, a su salud!
El resto de los presentes brindaron también por ellos y la celebración continuó sin más incidentes. Hubo música y danzas, y la nueva esposa del laird bailó con todo aquel que se lo pidió. Hasta Bors le solicitó un baile y ella aceptó sin rencores, disfrutando de las atenciones que recibía de su nueva familia.
Naruto la contemplaba desde su asiento, incapaz de seguir el ritmo de la fiesta debido a las magulladuras de su cuerpo. Si no hubiera sido porque la novia se encontraba radiante, ganándose los corazones de todos los presentes, se habría retirado a sus aposentos nada más terminar la cena. Estaba destrozado, ese Hyuga se había ensañado con él y tardaría varios días en recuperarse y en respirar sin que le dolieran las costillas.
Pero ver la sonrisa de Hinata, su esposa, mientras danzaba sin tregua con unos y otros, merecía el esfuerzo de aguantar un poco más. En esos momentos se dio cuenta de lo poco que la había visto sonreír... Y reír, nunca. A partir de aquel día esperaba ver esas muestras de felicidad a diario. Su rostro se transformaba con la sonrisa. Se volvía más luminoso, más bello si cabía... No veía el momento de que la fiesta terminase para poder disfrutar de ella a solas, sin tener que compartirla con los demás.
Al finalizar una de las danzas, Hinata se acercó hasta él y se sentó sobre su regazo con descaro, juntando la frente con la suya.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó, casi sin aliento por el baile.
—Si pretendes que baile contigo, ya puedes irte por donde has venido, esposa.
Hinata se puso seria tras ese comentario. Naruto había usado un tono juguetón, acorde al ánimo que ella exhibía, y no se esperaba que reaccionara así.
—¿Qué te ocurre? —quiso saber.
—Es que... me has llamado esposa.
—¿No quieres que te llame así?
—Sí, claro. No me molesta, todo lo contrario. Pero acabo de darme cuenta de que estamos casados. Casados de verdad.
Naruto le mostró una sonrisa que podría haber sido radiante, si sus labios no hubieran estado tan magullados. Adoraba a esa mujer.
—¿Acabas de darte cuenta? ¿Dónde has estado durante la ceremonia y la posterior celebración?
—Creía que aquí, a tu lado. Es evidente que la euforia me ha despistado y no he sido consciente hasta ahora de lo que esto significa.
—¿Y qué significa?
Ella le rodeó el cuello con sus brazos y se apretó contra su cuerpo. Se inclinó sobre su oído para susurrarle la respuesta.
—Que vamos a pasar juntos el resto de nuestras vidas.
—Podemos empezar por esta noche. ¿Te importa si te privo del resto de los bailes y te llevo a nuestra alcoba sin más demora?
Hinata lo miró a los ojos y él pudo ver, una vez más, cuánto lo deseaba. No podía creerse la suerte que había tenido de encontrarla.
—Llévame adonde quieras, Naruto. Tú tenías razón, soy toda tuya.
Y el laird de los Namikaze premió esa confesión con un tierno beso delante de sus invitados, que jalearon entusiasmados al descubrir que el amor que se profesaban los novios era real y apasionado.
—Hoy te has ganado el corazón de todos los Namikaze —le dijo Naruto cuando por fin se quedaron solos en su alcoba—. Y el de Bors, en concreto, no era nada fácil de conquistar.
—Se ha mostrado arrepentido por haberme insultado tantas veces, pero no creo que haya sido porque lo haya conquistado. Tengo la sospecha de que mi hermano ha tenido mucho que ver en su cambio de actitud. Bors ha visto lo que te ha hecho a ti y, si Neji llegara a enterarse de cómo me ha tratado él, quién sabe cómo reaccionaría.
Naruto se llevó una mano al costado con gesto de dolor.
—¿Quién sabe? Yo lo sé. Tu hermano es un auténtico salvaje.
—Ya te lo dije, pero no me hiciste caso. Hubiera sido más sensato no decir nada... de momento. Me hubiera marchado con él y yo se lo habría contado más adelante. Con más calma y cuando estuviera lejos de ti. Habrías estado a salvo.
Naruto cogió el brazo de su esposa para atraerla hacia él y besar sus labios muy despacio.
—Nunca estaré a salvo si estoy lejos de ti. ¿No lo entiendes?
—Lo entiendo. Pero me parece excesivo el precio que has tenido que pagar — replicó ella, besando cada moratón de su maltratado rostro.
—Pasaría por esa tortura mil veces con tal de no perderte...
—Te amo, Naruto —le confesó ella, abrazándolo con fuerza.
El hombre siseó de dolor y la apartó con cuidado.
—Perdóname, pequeño duende. Creo que no vas a poder disfrutar de una noche de bodas como Dios manda. No puedo más... necesito tumbarme.
Hinata le ayudó a llegar al lecho y Naruto se sentó, bufando por no poder complacer a su mujer como merecía.
—Ya disfrutaremos de nuestra noche de bodas en otro momento, esposo. Hoy me conformo con que duermas a mi lado, envolviéndome con tu calor. Ven, te ayudaré a desnudarte.
Si el laird de los Namikaze creía que padecer los golpes de Neji Hyuga era la peor tortura a la que podían someterlo, se equivocaba. Sentir las pequeñas manos de su adorable mujer desvistiéndolo, rozando sus brazos, su pecho, sus piernas... era más de lo que podía soportar. A pesar de que su cuerpo no estaba en condiciones, notó que respondía con voluntad propia a las atenciones de su esposa. Y también fue consciente de que ella escondía una sonrisa al darse cuenta de cómo reaccionaba a su contacto.
—¿Por qué tengo la sensación de que me estás provocando adrede? ¿Eres consciente de que vas a matarme?
—De ningún modo. Mi señor, no va a suceder nada esta noche entre tú y yo. Quiero que te repongas de tus heridas cuanto antes.
—¿Estás segura?
—Completamente. No va a suceder nada... excepto que vamos a dormir muy juntos, abrazados... y desnudos.
Naruto se tensó al escuchar esas palabras de su boca. Las imágenes que evocaban en su mente eran más sugerentes si cabía que la propia realidad. Una sacudida de deseo lo estremeció de pies a cabeza y enredó sus manos en el corto cabello de Hinata para buscar su boca.
—Shhh, nada de eso —lo reprendió ella, apartándose lentamente para ponerse lejos de su alcance.
Se situó frente a él y comenzó a quitarse la ropa sin ningún complejo. Ya lo había hecho antes y disfrutaba con la mirada encendida de Naruto, con sus labios entreabiertos que jadeaban de pasión por el mero hecho de contemplarla. Se deshizo lentamente del sencillo vestido color crema que había usado para la boda, imprimiendo a sus movimientos un aire tan sensual que al guerrero se le secó la boca y se le disparó el pulso.
—Quiero sentir tu piel —le susurró, cuando estuvo desnuda, acudiendo de nuevo a su lado.
Le ayudó a tumbarse y ella se acurrucó contra su cuerpo, exhalando un suspiro satisfecho. Era evidente que su esposo estaba muy tenso y excitado, pero también era consciente de las magulladuras que cubrían su torso y la dificultad que tenía al respirar. Le acarició despacio el pecho, resiguiendo las líneas de sus cicatrices, con la intención de conseguir que se relajara. Tras unos minutos, la mano de Naruto atrapó la suya para que se mantuviera quieta.
—Detente o no respondo. ¿Sabes lo que me haces? Esto es mucho peor que la paliza de tu hermano. Eres un duende malvado...
—¿Prefieres que me ponga el camisón? —murmuró ella, mimosa, apretándose contra él.
—No vas a volver a usarlo conmigo. Dormirás siempre así, desnuda, a mi lado.
—Menos cuando duerma en mi propia alcoba.
—No tendrás tu propia alcoba, esposa. Al menos para dormir. Que mis padres usaran esa fórmula no significa que yo también tenga que aplicarla. Te quiero conmigo, siempre que sea posible.
Hinata sonrió con la mejilla apoyada en su pecho. No podía sentirse más feliz.
—Duérmete, esposo. Prometo ser buena. No te tocaré más por esta noche, te dejaré descansar.
El gruñido del laird reverberó en aquel amplio pecho que le servía de almohada.
—Eso es muy fácil de decir... Esta mañana pensé que tu hermano iba a matarme. Qué equivocado estaba, vas a matarme tú.
Continuará...
