Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


24. Regresa a Mi


Los hombres Hyuga estaban listos para partir. El día había amanecido muy nublado, hacía frío y un aire molesto se colaba por cada rincón de Innis Rasengan. Neji se acercó a su hermana, que tiritaba envuelta en su capa junto al portón de salida de la fortaleza.

—Vuelve dentro. Estás temblando de frío —le dijo, apoyando las fuertes manos en sus hombros.

—No es por el frío —habló ella—. Tengo miedo. ¿Cuándo volveré a verte? Me quedo sola otra vez...

—Ya no estás sola. Ahora eres la señora de este castillo y hay mucha gente que te arropará y te hará compañía. Ahora tienes un esposo.

—Sí, que se marchará también dentro de poco.

Respecto a eso Neji no podía consolarla. La abrazó, tratando de trasmitirle con ese gesto todo lo que era incapaz de expresarle con palabras. Ella enterró la cara en su pecho y le devolvió el abrazo, presa de un temblor que no podía controlar.

—Dile a padre que lo echo de menos, y que lo tengo siempre presente en mi corazón. Dile también que me perdone. Sé que no era la boda que tenía pensada para mí, pero también sé que Naruto le parecerá un yerno más que aceptable.

Neji suspiró y besó su coronilla.

—A pesar de que sigo detestando a ese miserable por lo que te hizo, reconozco que es un laird fuerte. Sus hombres y su gente lo respetan y lo admiran. Y te ama, o de lo contrario, no se explica que no me devolviera ni uno solo de los golpes que le di. Eso ha de bastarme para considerarlo digno de ti y estoy convencido de que padre no le pondrá ninguna pega.

A Hinata le agradó escucharle decir eso. Se separó y miró el rostro de su hermano con avidez, tratando de memorizar cada uno de sus rasgos y el brillo de sus ojos grises.

—Quiero que vuelvas sano y salvo, ¿me oyes? Y, por favor, trae a nuestro padre también de vuelta. Necesito que me dé su bendición...

Neji secó con su pulgar la lágrima que se había escapado de los ojos de su hermana. Sabía lo duro que había sido para ella que su padre no estuviera el día de su boda. Esa maldita guerra les estaba robando muchas cosas... Más valía ganarla de una vez para que todos pudieran volver a sus vidas.

—Tranquila —le susurró—. A nuestra vuelta, organizaremos una celebración como Dios manda. Llevarás un vestido de novia de verdad. Y estarán todas las personas que amas y que no han podido estar en esta ocasión: padre, el tío Hagoromo, tu gente...

Hinata asintió, sorbiendo sus lágrimas. Sí, deseaba con todo su corazón que ese día llegase. No por el acontecimiento en sí, sino porque eso significaría que todos estaban bien, que habían salido airosos de las miserias del tiempo que les había tocado vivir. La guerra habría terminado y podrían vivir en paz, sin sufrir más ausencias, sin padecer más muertes innecesarias como la de Tokuma.

—Hinata, no quería marcharme sin hablarte de esto —Neji llamó su atención con seriedad y la apartó de los oídos curiosos que merodeaban por la zona—. He cogido la carta que le enviaron a Tokuma, se la llevaré a padre. Tú sigues en peligro, al menos hasta que demos con el traidor. Creo que aquí estarás a salvo, los Namikaze han demostrado ser de fiar y cuidarán de ti. Por si acaso, extrema las precauciones y advierte a Naruto de que deje una guarnición en la fortaleza. Si averiguo algo, te lo haré saber a la mayor brevedad.

Hinata asintió y no pudo evitar sentir cierto alivio al cederle a su hermano parte de la carga que había llevado desde el día del ataque. No estaba sola en esa lucha, Neji se encargaría de indagar hasta dar con el asesino de Tokuma, no le cabía ninguna duda. Lo abrazó, apretándolo todo lo fuerte que pudo para poder sentir su corazón latiendo en su pecho, para que sus ropas y sus manos se impregnaran con el particular olor de su familia.

—Tengo que marcharme ya, mis hombres esperan —le dijo él con el tono enronquecido por la emoción.

—No dejes que te maten, por favor.

—Yo le cuidaré, pequeña, no temas —dijo una voz a su espalda.

Hinata soltó a Neji y se giró para ver a Angus, preparado ya para partir. El enorme guerrero la contemplaba con cariño y ella se lanzó también a sus brazos para despedirse.

—¿Lo prometes? —le susurró al oído.

—No pude estar al lado de Tokuma para protegerlo. Nadie hará daño a tu otro hermano si yo puedo evitarlo —aseguró el hombretón, devolviéndole el abrazo con torpeza.

Hinata notó un doloroso nudo en la garganta cuando los vio marchar. Odiaba esa maldita guerra, y rezó con toda su alma para que todos aquellos a los que veía partir regresaran pronto, sanos y salvos.

Naruto se encontraba mucho mejor. Estaba convencido de que la suavidad de la piel de su duende y su calor corporal eran curativos, porque no se explicaba que con la paliza que había recibido ya pudiera levantarse sin dificultad de la cama. Llevaba una semana casado con Hinata, y no dejaba de sorprenderlo. Todo había pasado tan rápido que aún no se había hecho a la idea... Era como si aquello le hubiera sucedido a otro y él fuera un mero espectador de su propia vida.

A veces, cuando contemplaba a la que ahora por derecho era su mujer, seguía viendo al muchacho que había fingido ser. Poco a poco, su cabello volvería a crecer y su apariencia cambiaría para erradicar la imagen de duende que a él lo había conquistado. Estaba convencido de que él seguiría encontrándola hermosa, porque había algo en ella, algo mucho más profundo que una melena recortada y unos ojos como perlas brillantes, que lo cautivaba.

Por otro lado, la mujer que descubría cada noche, cuando se desnudaba frente a él sin tapujos, lo embrujaba. Era una continua fuente de motivación y nuevas sensaciones. Jamás le había ocurrido algo así con nadie. Hin era tan de verdad, tan sincera, tan natural, que él no comprendía cómo no había descubierto antes su disfraz.

No parecía tenerle miedo, no demostraba el pudor que podría esperarse en una recién casada ante el ímpetu apasionado de su esposo. Y esa cualidad lo enardecía aún más. Cada noche, lo ayudaba a desnudarse para ir a dormir. Sus finos dedos no titubeaban y la muy descarada le acariciaba a placer, dejando patente que su enorme cuerpo de guerrero la fascinaba. Y él deseaba que no le dolieran tanto las costillas al respirar, para atraparla entre sus brazos y demostrarle lo que podía encontrar si persistía en aquella actitud provocativa.

Luego, cuando Naruto ya estaba tumbado en el lecho, se desnudaba ella. Era un auténtico tormento. Hin era suave, pequeña, perfecta. Su piel, iluminada por el fuego que mantenían prendido en el hogar, adquiría tonos cálidos y dorados que lo hipnotizaban. Sus movimientos eran deliberadamente lentos y el guerrero se preguntaba si ella era consciente de lo que hacía, de lo febril que resultaba su extraño ritual. La deliciosa boca de su duende se mantenía entreabierta en el proceso. Algunas veces, su pequeña lengua asomaba para humedecer sus labios y Naruto tenía que cerrar los ojos, convencido de que enloquecería de deseo por esa criatura.

Al final, la joven se reunía con él en el lecho y los arropaba a ambos con una manta para acurrucarse después contra su cuerpo, como ella quería, piel con piel, notando cada uno la respiración del otro, su calor, los estremecimientos que los sacudían por el mero hecho de estar tan juntos.

A Naruto le costaba conciliar el sueño en esas condiciones. Estaba convencido de que su esposa, en su escasa experiencia, ignoraba hasta qué punto lo perturbaba con su desinhibida actitud. Y si hubiera confesado que así no podía descansar en condiciones, no dudaba de que ella se habría marchado a la habitación de su madre para poner distancia entre los dos, por su bien.

Eso no debía suceder jamás.

Él aguantaría aquella tortura con los dientes apretados. Él esperaría... sabría esperar. Y solo de ese modo lograba al fin evadirse al sueño reparador: imaginando su venganza. Imaginando cómo se cobraría cada una de las caricias que su duende le había prodigado sin que él pudiera corresponderle, recreando en su mente cómo serían los besos que devorarían aquella boca provocativa, fantaseando con el momento en que pudiera hundirse de nuevo en ella y arrancarle los gemidos de placer que a él lo volvían loco...

Se levantó de la cama sacudiendo la cabeza, tratando de calmar sus ardorosos pensamientos. Esa mujer suya, definitivamente, iba a conseguir que perdiera la razón.

Miró a su alrededor, algo desorientado, para descubrir que ya hacía rato que había amanecido y que los Hyuga habrían abandonado a esas horas Innis Rasengan. Lamentaba no haber podido ir a despedirlos, pero Hinata también había resultado ser una mandona y le había prohibido hacer cualquier esfuerzo innecesario.

—Quiero que te recuperes cuanto antes —le había dicho, dándole un beso rápido en los labios que lo dejó con ganas de más.

Se había marchado dejando un vacío perturbador en su lecho. Naruto supuso que regresaría pronto, en cuanto se hubiera despedido de su gente. Pero no fue así. La esperó en vano y, al final, decidió que iría a buscarla él mismo. Se encontró arrugando la frente cuando cayó en la cuenta de que tal vez la joven había decidido marcharse con los Hyuga, después de todo.

—No. Ella no haría eso —dijo en voz alta.

Por si acaso, se apresuró a vestirse con lo primero que encontró. Cuando estaba poniéndose las botas, no sin dificultad, la puerta se abrió y el alivio lo inundó, disolviendo el nudo de pánico que se le había formado en la boca del estómago.

—¿Qué haces levantado? —le preguntó Hinata.

Traía en sus manos una bandeja con un tazón de caldo, algo de carne, fruta y bebida.

—Iba a buscarte —reconoció él—. Tardabas demasiado.

—He ido a las cocinas para traerte el desayuno. Perdona, tal vez me he entretenido más de la cuenta. ¿Tanta hambre tienes?

Naruto cerró los ojos y suspiró. Ella malentendía su impaciencia.

—Sí tengo hambre. Pero no se trata de eso.

La joven dejó la bandeja sobre la mesa que él usaba como escritorio y lo miró extrañada. Su gesto intenso y la manera de contemplarla fueron más reveladores que las palabras.

—¿Creías que me había ido con Neji?

—Bueno. Ya me quedó claro a quién le debes lealtad. Era una posibilidad.

Hinata acudió a su lado y se acuclilló a los pies de la cama, donde él estaba sentado. Puso las pequeñas manos sobre sus rodillas y buscó sus ojos.

—Después de lo que hiciste, después de exponerte delante de todos y dejar que Neji te destrozara a puñetazos, ¿crees que te abandonaría?

—¿Solo te has quedado por lástima? —preguntó él a su vez.

Ella abrió los ojos, sorprendida de que se le hubiera pasado esa idea por la cabeza.

—Naruto Namikaze, tú no puedes inspirar lástima a nadie. ¿No te has visto? ¿No te das cuenta de cómo te miran todos? Eres un guerrero imponente, un hombre notable. Los que no te temen, que son muchos, te admiran.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Me temes... o me admiras?

Hinata se incorporó y se sentó a horcajadas sobre sus rodillas, levantándose las faldas para poder acomodarse mejor. Le rodeó el cuello con los brazos y fundió sus ojos con su mirada atormentada. Se enterneció al ver que su respuesta era de vital importancia para él.

—Yo te amo, Naruto Namikaze. Temo que tú no sientas lo mismo por mí. Temo el momento en que tenga que dejarte marchar. Temo tener que dormir en esta cama sin que tú estés en ella. Y admiro todo lo que has hecho por mí, el hombre que eres, tu valentía, tu confianza, tu lado más salvaje, el brillo de tus ojos cuando me miras y solo ves a Hin, sin más adornos que el halo de misterio y magia que te has empeñado en otorgarme.

—No lo dudes, pequeño duende. Ese brillo que te fascina en mis ojos es amor.

Ella se apretó contra el cuerpo grande y cálido de su esposo.

—Entonces he hecho bien en quedarme, porque así podrás demostrármelo. Tienes toda la mañana para convencerme...

—¿Qué hay de mi convalecencia? —susurró Naruto contra sus labios provocadores.

—Apelaré a tu increíble fortaleza física. Has tenido una semana para recuperarte, ¿en serio me vas a hacer esperar más?

Antes de darse cuenta de lo que ocurría, Hinata se encontró envuelta en los poderosos brazos del hombre, arrastrada hasta quedar tumbada boca arriba en el lecho, con él acomodado entre sus piernas.

—No tendrás que esperar ni un instante más, esposa —le dijo, un segundo antes de apoderarse de su boca.

Ella lo aceptó ansiosa, enardecida al descubrir que él estaba más que preparado para cumplir con sus deberes maritales. Necesitaba su respiración, el aliento que se escapaba de sus labios, el salvaje impulso de cada una de sus caricias, el beso de su piel en todo su cuerpo.

Se desnudaron el uno al otro sin demorarse ni recrearse en los detalles. La pasión contenida durante esos días exigía ser liberada toda de golpe, feroz, descontrolada, tirana. Ya habría un momento para el amor calmado más tarde, cuando ambos se hubieran saciado mutuamente, cuando los dos se encontraran repletos del olor, del sabor, del calor del otro.

—Ábrete para mí, pequeño duende. Déjame entrar —murmuró Naruto, perdido en la suavidad de su cuello, en el tacto de aquellos voluptuosos pechos bajo sus manos.

Hinata separó aún más sus piernas dispuesta para recibirlo, temblando de anhelo, suspirando de placer anticipado. El guerrero se colocó entre sus muslos y la penetró con fuerza, haciéndola gritar. Esta vez no se detuvo a comprobar si ella estaba bien, pues su rostro, transido de emoción, ruborizado por la intensidad del gozo, lo impelió a entregarse por completo.

Mientras se movía sobre ella, en ella, la besó una vez más, hundiendo su lengua en la dulce boca, tragándose los gemidos que brotaban de entre sus labios. Deseó que aquel momento durara toda la mañana y se lamentó cuando se dio cuenta de que no podía alargar el placer a su antojo pues tenía vida propia, crecía y crecía al mismo ritmo de sus embestidas, se inflamaba con cada caricia, con cada palabra de amor que derramaban el uno sobre el otro.

—Me vuelves salvaje... no puedo contenerme.

—Naruto, llévame contigo. Lléname de ti.

Sus jadeos, sus palabras suspiradas encendieron la chispa que desencadenó el orgasmo más increíble que Naruto había experimentado en su vida. Siguió meciéndose sobre ella después, preso de un temblor delicioso, tratando de exprimir al máximo la sensación.

—Te amo, Hinata —susurró contra su oído—. Y espero poder hacerte esto muchas, muchas veces más antes de que me vaya.

Hinata contuvo un sollozo de placer absoluto y lo abrazó con fuerza, sabiendo que todo lo que le diera sería insuficiente para aplacar la desesperada necesidad que tenía de ese hombre. Nunca tendría bastante de él, nunca se saciaría.

—Más te vale —le advirtió, buscando de nuevo su boca.

Quería averiguar si era capaz de encender de nuevo la pasión de su esposo usando sus manos, su lengua y sus labios como armas. Él había lamido sus pechos provocando espasmos caprichosos en su cuerpo. ¿Podría ella a su vez degustar las zonas más atrayentes de la anatomía de aquel guerrero para proporcionarle el mismo tipo de placer? Aún era bastante inexperta en aquellos menesteres. Pero recordaba las manos de Thonia acariciando el miembro de Naruto, y el modo en que él había reaccionado apretando los dientes, siseando de gusto. Si ella se atrevía a hacerlo también, no solo con sus manos, sino también con su lengua, con sus labios, ¿le gustaría?

Desconocía la respuesta, pero pensaba averiguarlo esa misma mañana...

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21 de junio de 1314, bosque de Torwood

Naruto divisó a lo lejos el bosque de Torwood, donde el rey Indra de Susanoo había decidido reunir a todos sus hombres antes del día señalado para la gran batalla que se avecinaba. En su interior se encendieron emociones encontradas. Había esperado mucho para acudir al llamado de su rey. Amaba a su patria y deseaba formar parte de aquella lucha, la misma por la que su propio padre había dado la vida. Por fin había llegado el momento, por fin pondría su espada y todo lo que era al servicio de una causa en la que creía con fe ciega. Y estaba satisfecho por ello.

Por otro lado, su mente no dejaba de evocar el rostro de Hinata durante la despedida que habían tenido unos días antes. Tampoco podía olvidar sus palabras sentidas, cargadas de angustia ante su inminente partida.

—Ahora es cuando quisiera ser de verdad el muchacho que fingía ser antes —le había confesado—. Así podría acompañarte allá donde quiera que el rey te envíe.

—Yo siento justo lo opuesto. Me alegra que seas una mujer, mi mujer, y que te quedes en nuestro hogar, lejos de las maldades de la guerra. No importa lo que ocurra conmigo, aquí estarás a salvo.

Ella se había fundido contra su cuerpo, con lágrimas en los ojos.

—No estaré a salvo hasta que no regreses de nuevo a mí.

Naruto la había besado entonces, despacio, llenándose de su sabor para grabarlo a fuego en la memoria. Hinata le supo dulce por su tibieza, salada por sus lágrimas. Era, sin duda, el mejor recuerdo del mundo para llevarse a la guerra. Ese, junto con los días y noches que había pasado a su lado, amándola por toda una vida. Ninguno de los dos sabía si volverían a verse y, aunque no salió de sus bocas, el miedo estaba ahí, agazapado detrás de cada caricia, de cada mirada que se dedicaban como si fuera la última.

Suspiró al recordar los instantes compartidos, echándola tanto de menos que le escoció en la piel. Su esposa se había descubierto como una criatura sensual y atrevida, insaciable. Su natural curiosidad y su falta de pudor cuando estaban juntos lo sorprendieron. Tanto, que su pequeño duende habría hecho enrojecer a la mismísima Thonia con sus ocurrencias. Solo con recordar algunos de esos momentos su cuerpo reaccionaba, pidiéndole a gritos que volviera grupas para regresar junto a ella.

Pero no la añoraba solo porque era la mejor amante. Hinata había resultado ser también una esposa increíble. Se había hecho enseguida con las riendas de la fortaleza, adaptándose a su nueva vida sin esfuerzo. Como mujer del laird, le había dado todo su apoyo y ayuda mientras terminaban de preparar a las tropas. Junto a Jane, su ama de llaves, había organizado los recursos de Innis Rasengan para garantizar que nadie padeciera carencias mientras él estaba lejos. Se había mostrado cariñosa y atenta con los miembros de su nuevo clan, ganándose la lealtad de todos y cada uno de ellos. Sin duda, se la veía feliz y satisfecha, y nadie podía resistirse a su encantadora forma de ser.

Ahora Hinata había dejado de ser la joya de Byakugan para convertirse en la de Innis Rasengan. Y un tesoro así merecía ser custodiado. Naruto había dejado en la fortaleza una pequeña guarnición de hombres liderada por Bors que, aunque molesto por no poder acudir a la guerra junto con su laird, acató la orden sin protestar demasiado. Rezó para que sus escasos recursos fueran suficientes, dado que el rey necesitaba el grueso de sus tropas para defender el sitio de Stirling...

—Ella estará bien. Esa joven ha demostrado que puede valerse por sí misma.

Naruto miró a su tío Minato, que se había situado a su lado alcanzándole con el caballo. Era asombrosa la manera en que parecía leerle la mente cuando se mostraba preocupado.

—Lo sé. Pero a veces eso no es suficiente. Ojalá que todo esto acabe pronto y encontremos al responsable de la muerte de Tokuma Hyuga. Tengo el presentimiento de que Hinata no estará a salvo hasta que lo hallemos.

Minato estuvo de acuerdo y rezó para poder rescatar de sus recuerdos el rostro del traidor que buscaban.

—Iremos a ver a los Hyuga en cuanto lleguemos al campamento y nos presentaremos juntos ante Indra —le dijo a su sobrino—. Así el rey verá que no hay ninguna disputa entre nosotros y que, cuando la guerra termine, habrá que dar con el verdadero culpable de este horrible suceso para impartir justicia.

Naruto asintió, con la mirada fija en las primeras tiendas de campaña que ya se levantaban frente a él entre los árboles de Torwood.

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El cuchillo voló por el aire y se estrelló contra el cuerpo de paja del muñeco sin llegar a clavarse. Bors chascó la lengua con fastidio y miró a su señora sin disimular su decepción.

—No, no y mil veces no.

—Así es como Sasuke me enseñó a lanzar —se defendió Hinata, recogiendo el arma para volver a intentarlo.

—Me cuesta creerlo. ¿No será que no prestaste atención?

Bors era implacable. La trataba casi como cuando la creía un muchacho endeble, incluso había empezado a tutearla durante sus sesiones. En el tiempo que duraban sus prácticas, solo eran Bors y Hin, aunque en cuanto terminaban, el hombre volvía a tratarla como merecía la señora de Innis Rasengan.

A la joven no le molestaba, todo lo contrario. Cuando le había pedido a Bors que continuara el entrenamiento que había comenzado con Minato y Sasuke, sabía que el guerrero no la trataría como a una damisela. Si quería mejorar, si quería aprender, necesitaba un profesor como él. Era duro, despiadado y no se andaba con contemplaciones. Algunas veces sorprendía en su gesto alguna palabra malsonante que no llegaba a pronunciar, y entonces tenía que contener la risa para no enfadarlo más. Pero lo cierto era que junto a él, en los pocos días que llevaba practicando, había mejorado bastante.

—Presté atención, Bors. Me dijo que lo cogiera de la hoja y que moviera el brazo de este modo...

—¡Ja! Escucha, Hin. Jamás, jamás, muevas el brazo de ese modo. Tienes que lanzar con todo el cuerpo, fíjate en mí. ¿Ves? Mira mis caderas, como las coloco frente a mi objetivo. Mira cómo cojo impulso... y lanzo con todo el cuerpo, no solo con el brazo, ¿lo entiendes?

Hinata estudió su postura y la memorizó. Ahora le tocaría el turno a ella y tenía que demostrarle que había estado atenta a sus explicaciones. Bors se enfadaba con mucha facilidad, era un gruñón increíble. Y, tal vez por eso, ella estaba empezando a apreciarlo de verdad.

Agarró de nuevo el cuchillo como el guerrero le había indicado y se colocó en posición. Se pasó la lengua por los labios, concentrada. Tenía que salir bien. Debía aprender a defenderse, puesto que el peligro seguía ahí fuera, al acecho.

No le había llegado a decir a Naruto nada acerca de la carta que la señalaba como objetivo principal del traidor a su padre, porque no quería cargar sobre sus hombros esa preocupación cuando él debía marchar a una guerra. No deseaba que nada lo distrajese de la lucha contra los ingleses; su mente y su corazón debían estar concentrados en esa batalla para mantenerse con vida. Y tampoco quería que dejara más hombres de los estrictamente necesarios en la fortaleza. Necesitaban a los guerreros en el frente, no allí, en Innis Rasengan, protegiendo a una sola persona.

—¿Vas a lanzar antes de que me salgan canas? —preguntó Bors, sacándola de sus cavilaciones.

Hinata respiró hondo, tomó impulso y lanzó imitando los movimientos del hombre. El cuchillo voló rápido y con fuerza, y se clavó en la cabeza del muñeco, entre los ojos.

—¡Bien! —exclamó la joven, feliz por el logro.

Bors la contempló con una ceja enarcada y los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Bien? No te alegres tanto y corre de nuevo a por el arma. Di bien cuando seas capaz de clavarlo todas las veces, sin fallar. Esto puede haber sido un buen lanzamiento... o pura suerte.

Hinata se indignó.

—¿Pura suerte? ¡Me duele el brazo de las veces que me has hecho repetir!

—¡Pues seguirás lanzando hasta que te quemen los músculos! ¿Crees que frente a un enemigo vas a tener la opción de repetir el tiro si fallas? Como que me llamo Bors, la señora de los Namikaze aprenderá a no fallar. Ningún Namikaze falla con un arma.

La miró con intensidad, retándola a decir lo contrario.

Ella irguió la cabeza y cuadró los hombros. Fue hasta el muñeco y recuperó el cuchillo para volver a intentarlo. Se colocó, lanzó... y acertó de nuevo. Miró a Bors con orgullo, pero el guerrero no cambió el gesto serio de su rostro. Lo único que hizo fue señalar de nuevo el blanco antes de decir:

—No he dicho que puedas descansar. Otra vez.

Hinata soltó un suspiro resignado. Si quería algún tipo de alabanza de ese hombre, podía esperar sentada...

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Tal y como lo había hablado con su tío, nada más llegar, Naruto y sus hombres de confianza se dirigieron a la zona donde se reunían los Hyuga.

Minato, Sasuke y Shikamaru no quisieron dejar solo a su laird, pues todos eran conscientes de que iba a enfrentarse por primera vez a su suegro, un guerrero respetado de temible reputación en el campo de batalla. Si Neji le había contado a su padre cómo el Namikaze había logrado desposarse con su hija, suerte tendría de no volver a recibir una paliza igual o peor a la que le propinó el hermano de su dama.

Antes de alcanzar la tienda de los Hyuga, el propio Neji les salió al paso. Se plantó delante de Naruto y, obviando todas las fórmulas de cortesía, fue directo al grano.

—Mi padre no sabe nada, y no necesita saberlo. Bastante ha sufrido ya con la muerte de Tokuma. En lo que a mí respecta, Hinata se enamoró de ti y, dadas las circunstancias y tu inminente marcha para comparecer ante el rey, consentí ese matrimonio por el bien de mi hermana. Pase lo que pase en la batalla, ella queda protegida por tu nombre y el de su familia. Si ninguno de sus seres queridos regresara, no se encontrará desamparada.

—Innis Rasengan es su hogar y allí la quieren. Tu hermana no podría estar en un lugar mejor si, llegado el caso, ninguno sobreviviera. Te prometo que no revelaré a tu padre las circunstancias verdaderas de nuestro casamiento.

Neji asintió tras recibir su palabra y solo entonces se dio la vuelta para guiarlos hasta el interior de la tienda de los Hyuga. Allí, Naruto conoció a su suegro, un highlander casi tan alto como su hijo, de feroz apariencia a pesar de su edad, cuyo rostro, delataba el sufrimiento del que Neji había hablado. Los ojos del guerrero iguales a los de sus hijos, sin duda habían perdido brillo, y estaban sombreados con la pena y la tristeza de un hombre al que le habían arrancado parte de su alma.

—Padre, los Namikaze acaban de llegar —anunció Neji—. Este es su laird, el hombre del que te he hablado.

Hiashi se levantó del asiento que ocupaba y se colocó frente a ellos. Naruto notó cómo el escrutinio de aquellos ojos lo perforaba atravesándole la piel.

—Así que tú eres el guerrero que le ha robado el corazón a mi hija.

—Mi señor —Naruto hizo un gesto de respeto con la cabeza, sosteniendo la mirada de su suegro—, quiero que sepáis que ha sido al contrario. Ella ha robado mi corazón, mi alma y mi cordura. Ha sido todo un honor que Hinata me aceptara como su esposo y lo único que lamento es que la crueldad de esta guerra no haya permitido que yo pudiera pedírsela a su padre en matrimonio como debería haber sucedido. La providencia quiso que, en su lugar, su hermano llegara a Innis Rasengan a tiempo para que la boda pudiera celebrarse antes de mi partida. Os aseguro que no podría amarla más, señor.

Neji se removió inquieto al lado de su padre, pero no dijo nada. Hiashi miraba a Naruto de manera tan penetrante que el silencio se espesó hasta resultar incómodo. Por fortuna, no duró mucho. El laird de los Hyuga desvió la vista y buscó a su viejo amigo Minato Namikaze para dirigirse a él.

—¿Es tan hábil con la espada como con las palabras? —le preguntó, directamente, sin saludo previo.

—Mucho más, Hiashi. Ignoro de dónde le nace esa vena de poeta, pero ten por seguro que en el campo de batalla serás testigo de que su acaramelada confesión de amor no resta ni valentía ni destreza a su acero. Es uno de los mejores guerreros que he tenido el privilegio de entrenar.

Hiashi miró de nuevo a Naruto, con algo parecido a la aprobación en su gesto.

—Neji me ha dicho que eres digno de mi pequeña, y debo fiarme de su palabra. Si, además, un hombre como Minato, por el que siento el más grande de los respetos, te avala, no tengo más que añadir. Bienvenido a mi familia —le dijo, tendiéndole la mano.

Naruto le estrechó el antebrazo con decisión y sintió alivio cuando el laird de los Hyuga le palmeó el hombro con confianza. Después, por fin, llegaron los saludos y el abrazo de los dos amigos que llevaban tanto tiempo sin verse. Minato se alegró de volver a encontrar al que había sido su compañero en antiguas lides y se regocijó de poder volver a compartir aquellos épicos momentos con él.

Después de hablar y de ponerse al día brevemente, decidieron que era hora de presentarse ante el rey para que este pasara revista a los soldados que Naruto había traído consigo. Indra se mostró feliz de su llegada y se complació al ver con sus propios ojos el buen trabajo que el laird de los Namikaze había hecho adiestrando a los nuevos soldados, tal y como él mismo le encomendara.

Ahora que ambos clanes habían comparecido ante él, el rey abordó el tema del ataque a Byakugan y se alegró al descubrir que la disputa entre Hyuga y Namikaze había quedado en nada, pues el verdadero culpable de aquel horrible ataque aún no había sido descubierto. Indra no quiso ahondar en ese tema dadas las circunstancias, y zanjó el asunto pidiendo a sus lairds que se centraran en la batalla que estaba por venir. Prometió que, si Dios les concedía la victoria y salían airosos de su enfrentamiento con los ingleses, él mismo retomaría las pesquisas de aquel grave delito para encontrar al responsable e impartir justicia. El recuerdo de Tokuma Hyuga no caería en el olvido.

Les dio su palabra y tanto los Namikaze como los Hyuga le creyeron, pues el rey Indra jamás les había decepcionado.

Una vez finalizado su entrenamiento con Bors, Hinata se dirigió a las cocinas de Innis Rasengan, como cada tarde. Había cogido por costumbre no descansar durante el día, porque era el único modo de poder conciliar el sueño durante la noche. Echaba tanto de menos a Naruto que cuando se quedaba a solas en su alcoba, apenas podía respirar. La cama era enorme y notaba su falta, su ausencia se le clavaba en el alma y los ojos le escocían de aguantar el llanto. Por eso no podía retirarse a descansar, como le pedían cada uno de sus doloridos músculos tras su sesión con Bors. Iría a la cocina y ayudaría a preparar la cena, o a realizar cualquier otra tarea que le encomendaran. En cuanto Mebuki la vio llegar, la regañó.

—No deberías estar aquí.

Hinata la ignoró, como hacía cada vez que la mujer le señalaba que ahora era la señora de Innis Rasengan y por lo tanto no le correspondía estar allí, ayudando con los trabajos que eran más propios de sirvientes.

—¿Hay que amasar pan? —le preguntó a Edith, la cocinera, mientras se lavaba las manos.

—Sí, señora.

La joven asintió, se remangó el vestido y se dirigió a la mesa donde normalmente preparaban la masa.

—No puedo quedarme todo el día de brazos cruzados, Mebuki —le explicó—.Además, trabajar me ayuda a no pensar en que mi esposo, mi padre, mi hermano y muchos hombres buenos se encuentran en el frente, expuestos a la ira de los ingleses.

—Yo creo que es al revés —intervino Jane—. Que se cuiden mucho los ingleses de nuestros soldados, porque pelean por algo mucho más noble que la avaricia que mueve a nuestros enemigos. El rey ingles y sus perros falderos solo quieren más tierras y riquezas, y no les importa que para conseguirlas nos tengan que echar a nosotros de nuestros hogares. El rey Indra nos defenderá, nuestros hombres pelearán dejándose el alma para conservar lo que es nuestro.

Los que se encontraban en ese momento en la cocina miraron al ama de llaves y asintieron a sus acertadas palabras. Hinata también pensaba así, pero sabía por Naruto que el ejército inglés les superaba en número y que las fuerzas no estarían equiparadas en la batalla. ¿Podrían los escoceses salir victoriosos teniéndolo todo en contra? Su corazón se encogía solo con pensarlo y por eso le costaba tanto conciliar el sueño por las noches. Odiaba desvelarse, porque entonces era cuando se ahogaba con los recuerdos y añoraba más a su esposo, su mirada, sus caricias, sus besos... Así que trabajaba, ocupaba su mente y agotaba su cuerpo para poder dormir aunque solo fuera un poco al terminar el día.

Naruto tenía que regresar. Debía regresar a ella, a sus brazos, a su vida. Notó que estaba amasando el pan con demasiado ímpetu cuando la mano de Mebuki se posó en su hombro y le habló con voz susurrada.

—El laird no solo luchará por Escocia. También peleará por volver a su hogar, porque sabe que tú lo estás esperando. Jamás he visto a un hombre más enamorado, y el amor lo puede todo.

Hinata no se había dado cuenta de que estaba llorando. Mebuki le limpió las lágrimas con cariño y dejó que la joven se abrazara a ella. Era el único consuelo que podía ofrecerle: la esperanza de que todo saldría bien.

—Reza a tus santos, Mebuki. Pídeles que me lo traigan de vuelta, no puedo vivir sin él...

Mebuki cerró los ojos, elevando una plegaria al cielo para que allí arriba escucharan la súplica de la joven señora de Innis Rasengan.

Continuará...