Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


25. La Guerra y La Traición


23 de junio, batalla de Bannockburn

Aquel primer día de enfrentamientos, el ejército escocés, inferior en número a sus enemigos, salió vencedor por la Gracia de Dios, ayudados por el arrojo y la valentía de sus corazones. Esa misma mañana, poco después de levantarse el sol, todos los soldados habían oído misa y se habían confesado, dispuestos a morir o bien a liberar a su país de la lacra inglesa. El rey Indra les había regalado palabras de aliento antes de acudir a la lucha y todos escucharon su arenga con el alma enardecida, llena de esperanza:

—El día de hoy es nuestro día. Si alguno de vosotros encuentra que su corazón no va a mantenerse firme para soportar este duro combate y ganarlo o morir con honor, debe abandonar, y solo deben quedarse conmigo aquellos que estén dispuestos a resistir junto a mí hasta el fin y a aceptar el destino que Dios nos tenga reservado.

Sus hombres le contestaron con decisión que ni el miedo ni la muerte conseguirían que ellos evitaran la lucha y el rey se sintió orgulloso. Envió a cada guerrero con sus respectivas mesnadas a los lugares acordados según la estrategia planeada para resistir el ataque de los ingleses, urdida el día de antes junto a sus mejores hombres y consejeros.

Naruto se encontró junto al rey, al igual que los Hyuga y otros clanes amigos que no habían dado la espalda a Indra, como los MacNab, los Akimichi y hasta los hombres del ausente Hagoromo Õtsutsuki. Naruto sabía que Hinata le tenía gran estima y hasta lo llamaba tío como si fuera de la familia. Le había contado que el guerrero había sido liberado por el propio Indra de su obligación de combatir por haber perdido una mano en otra gran batalla. Sin embargo, eso no había impedido que enviara sus tropas para que se unieran a Indra en la lucha contra los ingleses.

—Lo que me extraña es que él no haya decidido presentarse aquí junto con sus hombres, a pesar de todo —le había confesado Neji, que lo conocía tan bien como su esposa—. Aun faltándole una mano, tío Hagoromo sería un combatiente temible.

Naruto se dijo que, si salía de allí con vida, tendría que conocer a ese hombre que tanto admiraban los Hyuga. Si era alguien importante para Hinata, debía estar presente en sus vidas.

Cuando el sol estuvo ya alto en el cielo, pudieron divisar que el ejército inglés se acercaba. Vieron cómo relumbraban sus escudos y cómo brillaban sus yelmos bruñidos; vieron muchas banderas bordadas, pendones y estandartes; vieron muchas lanzas, y miles de hombres a caballo, todos vestidos con flamantes sobrevestas... Era tal el tamaño de aquellas formaciones, que ocupaban una extensión increíble en el horizonte. Naruto se asombró de que sus compatriotas no flaquearan ante la amenaza inglesa y se sintió orgulloso de estar allí aquel día, compartiendo su destino con hombres de tal valía y arrojo.

Comprobó que la mayoría de los escoceses carecían de armadura y protecciones, al contrario que sus enemigos. Él mismo había prescindido de la pesada carga de todo el conjunto y tan solo se había colocado la cota de malla y el peto. Presentía que, de ese modo, tendría mucha más libertad de movimientos para el combate.

Llegado el momento, Naruto, al igual que el resto de los soldados que acompañaban Indra, rugió levantando su espada en alto. Acto seguido, se lanzó al ataque con todo lo que era, dispuesto a vencer o morir en aquella batalla...

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Se despertó al escuchar unos golpes en la puerta. Hinata salió de la cama y se echó el manto de los Namikaze por los hombros antes de abrir.

—¿Qué ocurre? —preguntó al ver a Bors al otro lado, con el rostro tenso.

—Acaba de llegar un mensajero.

El corazón de la joven se detuvo unos segundos por el terror que le produjeron aquellas palabras.

—¿A estas horas? —logró susurrar—. ¿Y qué... qué mensaje trae?

—No ha querido dármelo. Dice que se llama Kabuto, que os conoce y que solo hablará con vos. Dice que viene de Stirling...

Hinata no lo podía creer. ¿Kabuto? ¡Ella pensaba que había caído en el ataque contra Byakugan! La última vez que lo vio se alejaba junto a su hermano Tokuma para defender las murallas de su hogar.

Un momento... ¿había dicho que venía de Stirling? Abrió los ojos al comprender lo que eso podía significar. A esas horas de la noche y con tanta urgencia, solo podía portar malas noticias. El pánico le atenazó tanto la garganta que apenas pudo articular las siguientes palabras.

—¿Dónde está?

—Fuera, en la orilla del lago. Lo he dejado al cargo de Murdoc, lo está vigilando.

—¡Bors! ¿No lo has dejado entrar? —preguntó, indignada con su falta de consideración.

—Naruto me ha dejado al mando, y nadie entra de noche en la fortaleza por mucho que jure conocerte.

—Iré contigo para identificarlo. Conozco a Kabuto desde que era una niña, ha estado a las órdenes de mi padre toda su vida.

Salió de la alcoba tal y como estaba, en camisón y cubierta con el manto. Tal vez debería haberse vestido, pero la impaciencia por conocer las noticias que traía era más fuerte que su sentido del decoro. Bors iba a su lado alumbrando el camino con una tea, mascullando algo acerca de que como no fuera quien decía ser, iba a desollar al inoportuno mensajero con sus propias manos.

Hinata atravesó el patio tiritando de frío y de miedo. Casi corría deseando alcanzar el portón de entrada donde aguardaba aquel hombre que hacía tanto que no veía.

Cuando salieron, distinguieron dos figuras junto a una de las barcas.

—¿Kabuto? —preguntó, acercándose con el corazón en la garganta.

—Mi señora —dijo entonces él, dando un paso al frente para que pudiera verle la cara a la luz de la antorcha que sujetaba el Namikaze.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella—. No puedo creer que seas tú... ¡Creía que habías caído junto con Tokuma!

Kabuto se arrodilló y tomó su mano con delicadeza.

—Fue horrible, nos masacraron —susurró él—. Creo... creo que solo yo conseguí escapar y huir de Byakugan...

Ella estrechó su mano con un amago de sonrisa y sus ojos se empañaron. Estaba feliz de tenerlo allí, pero le urgía conocer el contenido del mensaje que portaba.

—Me alegro de que pudieras volver con mi padre. ¿Qué... qué noticias me traes de Stirling? ¿Les ha pasado algo a él o a mi hermano? ¿A Naruto?

Kabuto bajó la cabeza y ocultó sus ojos. Hinata se imaginó lo peor al ver aquel gesto y un dolor insoportable le atravesó el pecho.

—Kabuto, por favor, dime...

El hombre levantó entonces la mirada y, de pronto, aquel no era ya el guerrero que ella había conocido. En el fondo de sus ojos había una oscuridad que jamás se había manifestado antes.

Todo fue muy rápido. Soltó la mano de Hinata y con un movimiento imposible, lanzó una daga al pecho de Murdoc, el soldado Namikaze que tenía justo detrás. Se incorporó después de un salto al tiempo que sacaba otro puñal más de entre sus ropas.

Bors pensó que iba a apuñalarla a ella. Por eso, en lugar de sacar su espada para atacar al intruso, se colocó en medio de los dos con los brazos abiertos, intentando proteger el cuerpo de su señora.

La daga se le clavó entre las costillas, perforándole un pulmón. Y después, Kabuto sacó su espada y la hundió sin contemplaciones en su vientre.

—¡No, Bors! —gritó Hinata.

¿Qué acababa de suceder?

Todo había ocurrido tan deprisa que no era capaz de asimilarlo. Y los Namikaze no estaban alertados, habían creído que Kabuto era un amigo, se habían confiado... Solo dos hombres acompañaban a la señora de Innis Rasengan en aquel momento, y los dos habían caído a manos de ese traidor.

Hinata sujetó el cuerpo de Bors como pudo para que no se desplomara de golpe. Una vez en el suelo, le sujetó la cabeza y le miró a los ojos. De su boca salía sangre y en su rostro se adivinaba ya la sombra de la muerte.

—Os he fallado... ¿quién es ahora el gusano pusilánime?

—No, no... —los labios de Hinata temblaban. Bors no, así no.

—Perdonadme, mi señora... —levantó una mano y buscó la suya—. Por todo.

—No vas a morir, Bors. Quédate conmigo.

—Si no muero, Naruto me destripará con sus propias manos por inútil. Es lo que merezco.

—Me has salvado la vida y Naruto estará orgulloso de ti.

Hinata comprobó que la expresión de Bors se relajaba tras su comentario y que sus ojos se apagaban. Notó que la mano que sostenía ya no apretaba y supo que la había dejado. Estaba tan horrorizada que no pudo ni llorar.

—¿Te has despedido ya de tu amigo? —preguntó entonces Kabuto, con una voz desconocida. Era fría, era antipática y soberbia.

—Fuiste tú —le dijo con desprecio—. Tú abriste las puertas de Byakugan para que entrara aquel ejército y masacrara a los nuestros. ¿A quién dejaste entrar? ¿A quién te vendiste, miserable traidor? Por tu culpa, mataron a Tokuma.

Kabuto negó con la cabeza al tiempo que se acercaba a ella despacio, espada en mano.

—No lo mataron por mi culpa —le aclaró—. Yo lo maté con mis propias manos...

La joven se levantó con un grito de rabia y se tiró contra él intentando sacarle los ojos. Durante el forcejeo, los dos vieron cómo una figura salía de la fortaleza alertada por el jaleo.

—¡Suiren! —gritó Hinata al reconocer a la sirvienta, que los miraba con ojos muy abiertos—. ¡Da la voz de alarma! ¡Corre, avisa a los demás!

Notó que Kabuto la empujaba en dirección a la barca y peleó con más ahínco para liberarse. Por lo visto, sus intenciones no eran matarla allí mismo.

—Si no te estás quieta, pequeña Hinata, te haré mucho daño —le susurró al oído con voz arrastrada.

—¡Suiren! —aulló de nuevo pidiendo auxilio.

Para su total consternación, vio cómo la sirvienta se acercaba hasta ellos con una sonrisa taimada en su bello rostro. Cuando llegó a su altura, levantó la mano y la abofeteó aprovechando que Kabuto la sujetaba con fuerza.

—Esta te la debía —susurró con maldad.

Hinata la miró con los ojos desorbitados.

—No vuelvas a golpearle en la cara —le reprochó Kabuto a Suiren, dejando patente que se conocían—. Tiene que estar perfecta cuando la entregue.

—¿Por qué? —preguntó Hinata sin apartar la mirada de la sirvienta, aturdida por la doble traición.

—Podría darte muchos motivos, Hin. Porque te reíste de mí haciéndome creer que eras otra persona, porque tú gozas de privilegios que yo no tengo, porque has conseguido conquistar el amor de un guerrero, algo que a mí se me negó... En resumen, porque te odio.

—Y porque te pago muy bien por tu ayuda, zorra interesada —añadió Kabuto, tirando de Hinata hacia la barca.

Ella reaccionó y volvió a forcejear con todas sus ganas. Solo le dio tiempo a gritar una vez más antes de que aquel traidor la golpease en la cabeza. Después, todo se volvió oscuro y ya no vio nada más.

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24 de junio, batalla de Bannockburn

El día anterior habían resistido a los ingleses, haciéndoles retroceder de nuevo hacia su campamento, sin permitir que llegaran hasta el castillo que pretendían rescatar. Y en ese nuevo día, alentados y animados por su rey, se dispusieron a dejarse la vida en la batalla que tendrían que librar contra un ejército mucho mayor que no parecía dispuesto a claudicar.

Las tropas escocesas salieron a campo abierto, con sus largas lanzas preparadas para el ataque de la caballería inglesa. De nuevo, como ocurriera en la batalla de Stirling en la que Wallace derrotó a los ingleses años atrás, se agruparon formando unidades móviles, de manera que a sus enemigos les costase llegar hasta ellos a pesar de la carga de la caballería. Contaban, además, con la ventaja de que el terreno era pantanoso y estrecho, y dificultaba el avance de la formación invasora. Ni siquiera los peligrosos arqueros ingleses pudieron mermar sus fuerzas, pues no podían disparar desde los flancos y, para su desconcierto, el propio hermano del rey Indra, Asura, lanzó su ataque sobre ellos con caballos ligeros para dispersarlos y no permitirles disparar contra sus compatriotas.

—Es como si hubiera retrocedido atrás en el tiempo —exclamó Minato Namikaze en un determinado momento, dirigiéndose a su amigo Hiashi, que lo miraba a su vez con el orgullo brillando en sus ojos.

—Podremos decir a nuestros nietos que nosotros estuvimos en dos de las batallas más memorables que Escocia recordará —dijo, sosteniendo su espada con firmeza—.Venceremos, amigo mío, lo noto en los huesos.

—Que el cielo te oiga, padre —susurró Neji a su lado, preparándose también para el choque inminente.

Naruto, junto a ellos, observó la escena y quiso grabarla en su cabeza. Él también sospechaba que aquel día sería memorable y no quería olvidar nada. Por un momento, cerró los ojos y pensó en su pequeño duende, allá en Innis Rasengan, en su hogar. Visualizó su dulce rostro, enmarcado en su corta melena oscura, sus ojos brillantes, su menuda figura. Nunca imaginó que se podía amar de aquel modo y dejó que todo ese amor que sentía le llenara el corazón en esos instantes. Si moría allí, si caía bajo alguna espada o lanza enemiga, quería que su último aliento fuera para ella. Para Hinata, para su esposa.

Cuando volvió a abrir los ojos, miró en derredor. Se sintió respaldado por las tropas de sus aliados, los Hyuga, los Akimichi, los MacNab y los hombres de Hagoromo. Cada clan llevaba sus colores de algún modo en sus vestimentas, luciendo con orgullo el origen de sus raíces. Notó la energía que le recorría el cuerpo, preparado para la batalla, dispuesto para la lucha, y se lanzó al ataque junto con sus compañeros, sosteniendo el escudo con firmeza y la espada en alto, gritando tan fuerte que el miedo a la muerte desapareció del todo y quedó desterrado de su espíritu...

Fue una cruenta lucha. La hierba se tiñó de rojo con la sangre de los que allí caían. Se escuchaban los alaridos de dolor, el crujir de las lanzas al quebrarse, el entrechocar de los aceros de sus espadas. Los caballeros ingleses eran derribados de sus caballos para no volver a levantarse...

Naruto sudaba, gruñía y ensartaba a sus enemigos atravesando sus cotas de malla. Su tío Minato lo observó un momento con fascinación al verlo pelear de ese modo; pensó que, si moría ese día, lo haría gustoso por haber luchado mano a mano con el hombre del que más orgulloso se sentía.

Y entonces, como le ocurriera años atrás, una escena imposible ocurrió ante sus ojos. La misma que ya había vivido, la misma que había llegado a olvidar...

Uno de los suyos, un escocés alto, de porte bravo y aspecto fiero, se acercó por detrás a su sobrino, hacha en mano. Minato quedó paralizado por la coincidencia y el horror que se repetía, y no acertó a pronunciar palabra para advertir a Naruto de la vil traición que estaba a punto de suceder.

Por fortuna, los demás guerreros Namikaze no peleaban lejos de su laird y uno de sus comandantes, advirtió la extraña maniobra que se perpetraba contra su señor. Detuvo el ataque del hacha traidora con un alarido furioso que no bastó, sin embargo, para salir con vida de aquel envite. Tras un intercambio breve de golpes, El Namikaze cayó bajo el filo de aquella hacha, a tiempo de que Naruto se girara y fuera testigo de lo sucedido. Con una rabia ciega, cargó contra aquel traidor que había asesinado a uno de los suyos, y tal fue su furia, que un fuerte empujón y un solo golpe de su espada le bastaron para partir en dos el cuerpo de aquel hombre.

Minato reaccionó entonces, y se acercó a su sobrino cuando arrancaba su acero del cadáver. Estaba alterado, porque acababa de rescatar de su memoria la imagen olvidada: el rostro del culpable. El guerrero colocó una mano en el hombro de su sobrino para llamar su atención y esperó a que Hiashi Hyuga se acercara lo suficiente como para oírle.

—¡Ya sé quién ha mató a Tokuma, quién atacó Byakugan!

—¿Quién? —preguntó el laird Hyuga, sin resuello.

—El hombre al que considerabas como a un hermano. En la batalla de Stirling no trataba de salvarte la vida, Hiashi, ahora lo sé. Aquel día, trató de asesinarte.

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La cabeza le dolía como si unas manos enormes le estuvieran estrujando el cráneo. Hinata abrió los ojos y miró alrededor, confusa. Tardó unos momentos en poder enfocar la vista.

—Me ha costado mucho trabajo encontrarte. Te escondiste muy bien.

Un escalofrío la recorrió entera al reconocer esa voz. Se incorporó despacio de la cama donde se hallaba y buscó a su interlocutor.

—Tío Hagoromo —susurró. Dijo su nombre en voz alta para comprobar que aquello era verdad, que no era ninguna pesadilla provocada por el golpe que había recibido en la cabeza.

—Lamento que Kabuto se extralimitara en sus funciones. Sé que solo cumplía mis órdenes, pero no tenía por qué golpearte de ese modo.

El hombre se levantó de la butaca donde había estado esperando a que ella recobrara el conocimiento y se acercó a la cama. Hinata se echó hacía atrás, aún estupefacta por aquel descubrimiento. ¿Su tío Hagoromo? ¿Por qué? Era parte de la familia, se suponía que era el mejor amigo de su padre, que a ella y a sus hermanos los amaba como si fueran sus propios hijos... Qué equivocada estaba. Ella y los demás.

¿Todos aquellos años había estado interpretando un papel? ¿Todo aquel cariño era fingido?

—¿Por qué? —preguntó en voz alta.

Notó que le fallaba la voz. Hagoromo le había provocado un dolor demasiado profundo. Ya era horrible que Kabuto los hubiera traicionado de aquel modo; pero además él, precisamente él... era demasiado.

—Porque amaba a tu madre —confesó sin ambages.

La contempló de una manera extraña nada más decirlo y fue cuando Hinata descubrió que las miradas del pasado, las que ella conocía, habían sido mentira. Lo observó con atención, dándose cuenta de que ahora que se había quitado la máscara parecía haberle cambiado hasta la cara. No reconocía el rictus de su boca, la expresión de sus ojos grises e incluso el timbre de su voz parecía distinto. No vio en él rastro de aquello que otrora consideraba atractivo e interesante. Por primera vez, lo vio como alguien peligroso, taimado y retorcido.

Entonces, la oscura verdad que encerraba aquel descubrimiento se reveló ante ella estrujándole el corazón de una manera salvaje.

—Tú ordenaste que mataran a mi hermano.

Hagoromo suspiró con pesadez.

—No me quedó otro remedio. En un principio no entraba dentro de mis planes. A pesar de todo, le llegué a coger cariño con los años. Pero se revolvió, Hinata. Lo tenían sujeto entre dos de mis hombres y, aun así, fue capaz de plantar cara y deshacerse de ellos para agarrarme por el cuello. —Hagoromo le mostró entonces una fea marca en su garganta que daba fe de la rabia que había sentido Tokuma cuando lo apresó—. Kabuto tuvo que matarlo. Le clavó la espada en el pecho y, pese a estar agonizando, mis hombres me lo tuvieron que quitar de encima. Un guerrero formidable tu hermano, sin duda. Luchó hasta su último aliento por mantenerte a salvo.

Hinata cerró los ojos, dejando que las lágrimas que ardían contra sus párpados se deslizasen por sus mejillas. Recrear aquella escena en su mente la destrozó como si en verdad la hubiera presenciado. Que Tokuma hubiera muerto así, sin un solo ser querido a su lado que lo auxiliara, multiplicaba su tristeza y su dolor.

Su mente, frenética por encontrar algún sentido a la pérdida tan injusta, quiso atar cabos.

—Mataste a mi hermano... ¿porque amabas a mi madre? —preguntó en un susurro ahogado, sin entender.

Hagoromo buscó su mano para reconfortarla, pero ella se apartó como si apestara. Lo miró con todo el amor que había sentido por ese hombre trocado en odio visceral.

—La amé como ningún hombre ha querido jamás a una mujer. Siendo joven, le confesé mi amor, entregado y enamorado, poniendo mi mundo a sus pies. Pero ella eligió a otro.

—A mi padre.

—Sí. Mi mejor amigo se ganó su corazón, a pesar de no merecerlo. Él no la amaba como yo.

Hinata entornó los ojos, irritada con aquel comentario.

—¿Cómo puedes saberlo? Tal vez la amaba más...

—¡No! —estalló Hagoromo, sobresaltándola—. Porque si la hubiera amado de verdad, si la hubiera querido tanto, no la habría dejado de nuevo encinta.

Hinata comprendió y asintió despacio, asimilando que ese hombre llevaba odiando a su familia desde hacía mucho tiempo.

—Te refieres a que ella murió por mi culpa.

Hagoromo se pasó las manos por la cara. Parecía que también le costara recordar aquellos días, aquel tormento que había sufrido.

—Al principio sí. Te culpé al igual que culpaba a tu padre y a tus hermanos.

—¿Qué tienen que ver mis hermanos? —siseó ella, conteniendo su furia a base de apretar los dientes.

—Dar a luz a dos bebes seguidos, fue lo que debilitó a Hanna. El médico se lo dijo a tu padre, le advirtió de lo que podía pasar si volvía a engendrar y, aun así, él desoyó su consejo. Quise matarlo aquel día, cuando todos sus amigos escuchábamos los gritos de tu madre mientras esperábamos en el salón de Byakugan a que tú nacieras. Estábamos allí para celebrar el acontecimiento, para acompañar a tu padre... —Hagoromo dejó escapar un suspiro de entre sus labios que pareció más un lamento—. Fue la peor noche de mi vida. Escuchar cómo ella sufría, cómo poco a poco se le iba la vida del cuerpo sin poder acudir a su lado. Me desgarré por dentro, morí con ella aquel día. Y cuando tu padre apareció arrastrando los pies y nos comunicó la triste noticia, quise matarlo allí mismo.

—Pero no lo hiciste.

—No. Pero juré que lo haría... y lo intenté. En Stirling, durante la batalla contra los ingleses. Sin embargo, algo salió mal. Aquel soldado inglés salió de la nada interponiéndose entre mi hacha y la espalda de tu padre. Para colmo, Hiashi creyó que yo le había salvado la vida y, a partir de entonces, contrajo una deuda de honor conmigo... ¡qué ironía!

Hinata se abrazó el cuerpo. Quería y no quería seguir escuchando. Deseaba saberlo todo, sus motivos enfermizos, sus intrigas, sus planes para destruir a toda su familia. Y al mismo tiempo, quería alejarse de su lado y no enterarse de hasta qué punto aquel hombre, al que había amado con todo su corazón, los odiaba tanto.

—Decidí entonces que esperaría —continuó Hagoromo—. Aquel malentendido me daba la oportunidad de estar muy cerca de Hiashi y, al mismo tiempo, de mi otro objetivo principal.

Hinata lo miró y se limpió las lágrimas que corrían por su cara sin control.

—Yo.

—Sí, tú.

Hagoromo levantó la mano con la intención de acariciarle el pelo, pero ella volvió a alejarse, acurrucándose en la cabecera de la cama.

—Tú debías morir —le soltó a bocajarro—. Lo supe desde el mismo momento en que tu padre anunció que habíamos perdido a Hanna, pero que, por gracia de Dios, nos había dejado un ángel para nuestro consuelo. Por tu culpa ella murió. El amor de mi vida, el único sol que me alumbraba. Tú debías morir —repitió, sin mirarla, con los ojos perdidos en el pasado—, y comprendí que con tu muerte la venganza sería completa, porque Hiashi y tus hermanos sufrirían más que si los acuchillase a ellos uno por uno.

La joven notó un escalofrío de horror ante sus crudas palabras. Lo miró de reojo, espantada por haber sentido alguna vez afecto por aquel ser despreciable. Muy a su pesar, Hagoromo no había terminado aún su relato.

—Sin embargo, no eras una presa fácil. De pequeña, te protegían tanto, te tenían tan mimada que jamás estabas sola. No había manera de acercarse a ti sin que uno de tus hermanos no te estuviera rondando, o alguno de los soldados Hyuga. La joya de Byakugan... ¡con cuánto celo te guardaba tu padre!

—¿Y le culpas? —escupió ella con desdén—. Si todos sus amigos eran como tú, no es de extrañar que mi padre extremara las precauciones.

Hagoromo soltó una risa ronca que le puso los pelos de punta.

—¡Oh, no creo que Hiashi desconfiara de sus aliados! Era, simplemente, su forma de ser. Tú fuiste el consuelo de todos ellos ante la pérdida de tu madre y todos, de manera inconsciente, te protegían hasta la exasperación. Pero no, no lo culpo. Es más, agradezco que así fuera.

Hinata lo contempló sin comprender de qué manera insana funcionaba su mente. Sin duda había perdido el juicio por completo.

—No. No estoy loco —le dijo, mirándola como si supiera lo que pensaba—. Me alegro de no haberte matado. El día que cumpliste los trece años, cuando fui a visitaros, te presentaste ante mí con un vestido nuevo de color verde. Jamás lo olvidaré. Tan idéntica a tu madre, tu pelo negro azulado caía por tu espalda enmarcando un rostro de niña, pero que sin duda tenía los rasgos de Hanna. Me impactaste, Hinata, me dejaste sin palabras. Te estabas convirtiendo en mujer... en una mujer idéntica a mi único amor.

»Entendí que la vida me daba otra oportunidad; que allí, delante de mí, tenía el sueño que siempre había perseguido. Solo tenía que esperar... Y, llegado el momento, cuando ella estuviera ya totalmente reencarnada en ti, serías mía. Tú sí me aceptarías, y recibirías todo el amor que tenía guardado en mi corazón y que Hanna había rechazado. No importaba que tu padre o tus hermanos se negaran. Es más, ya lo tenía asumido. No permitirían que su preciada joya se desposara con un hombre que le triplicaba la edad, estaba convencido, así que solo tenía una opción: raptarte. Supe esperar, pequeña Hinata. Byakugan jamás sería tan vulnerable como en estos tiempos, así que no pude demorarlo más. Ataqué cuando sabía que no podía perder, porque casi todos los Hyuga estaban en la guerra y ya no podían protegerte. Ataqué cuando pude convencer a Kabuto de que cambiara de bando.

—Kabuto... —murmuró, conmocionada—. ¿Cómo, por qué?

—Resultó muy fácil. Es un hombre avaricioso, bastó con prometerle que él sería mi mano derecha al mando de Landon Tower, y mi sucesor cuando yo muriese. Le dije que, al no tener hijos, no había nadie mejor que él para ocupar el puesto de laird de los Õtsutsuki.

A medida que hablaba, Hinata había ido abriendo más y más los ojos, horrorizada.

—Le mentiste —adivinó, consciente de la oscuridad de su alma.

Hagoromo esbozó una siniestra sonrisa.

—Por supuesto. No cederé el liderazgo de mi clan a un sucio como él, tenlo por seguro. Aún puedo tener descendencia, no soy tan viejo. Tú me darás un hijo varón para que pueda gobernar cuando yo falte.

Hinata se estremeció de asco al oír aquellas palabras. Se había vuelto completamente loco.

—¿Y por qué inculpaste a los Namikaze? ¿Qué tenías contra ellos?

Hagoromo se encogió de hombros con indiferencia.

—¡Oh, absolutamente nada! Fueron ellos, como podía haber sido cualquier otro clan. Cualquiera me valía para apartar las sospechas de mí. No fue algo personal, solo práctico. Los Namikaze son un clan poderoso y, si tu familia se enfrentaba a ellos, la lucha sin duda les iba a debilitar bastante. Algo que a mí me venía muy bien para llevar a cabo mis planes. Para que tú fueras mía, debía mermar las fuerzas de los Hyuga como fuera.

»Sin embargo, no contaba con que ese clan que se suponía que era el culpable de vuestra caída, te acogiera y te escondiera tan bien de mí. Por fortuna, tu ingenuo padre aún me tiene la suficiente estima y confianza como para escribirme desde el frente. Pretendía tranquilizarme y anunciarme con gran regocijo que la joya de Byakugan estaba sana y salva... y que ahora estaba con los Namikaze. ¡Qué ironía! El hombre que más deseaba protegerte fue el que me facilitó la información que necesitaba para dar contigo. —La miró con los ojos cargados de un amor enfermizo que asqueó a Hinata—. Y al fin, después de tanta espera... aquí estás.

—Has perdido el juicio —susurró entre temblores.

—¿Por qué? No te asustes tanto, querida. En estas tierras es habitual que un hombre enamorado rapte a su futura esposa. Y no tienes de qué preocuparte, te trataré bien. Y mi cariño te abrumará de tal modo que hará nacer en ti el amor.

Aquello fue demasiado. Hinata ya había escuchado suficiente. Ese asesino, que los había engañado durante tantos años, que había intentado acabar con su padre, que le había arrebatado un pedazo de alma llevándose a su hermano por su infinita locura, la miraba como si todo lo pasado no fueran más que nimiedades que ella terminaría olvidando con el tiempo.

Se levantó de la cama y lo enfrentó con el mentón alzado. Ya no había lágrimas en sus ojos, pero sí una furia ardiente, sedienta de venganza.

—Aunque parece que tienes tus planes muy bien trazados, te olvidas de que mi padre, cuando se entere, te desollará vivo. Eso si no te encuentra antes Neji, que te destripará con sus propias manos. —Luego, levantó el dedo donde lucía su alianza de boda—. Pero, sobre todo, reza para que antes no caigas en manos de mi esposo, porque entonces te aseguro que, primero te arrancará la única mano que te queda por haberte atrevido a tocarme —miró fijamente su muñón, sin rastro de compasión—, y después sufrirás la peor de las muertes...

Y, al contrario de lo que Hinata esperaba, en lugar de sorprenderse por ver el anillo en su dedo o de desesperarse por ver truncados sus planes, Hagoromo esbozó una espeluznante sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—¿Te refieres al laird Naruto Namikaze? —Chasqueó la lengua antes de anunciar con maldad:— Lo siento, querida, pero es más que probable que a estas horas tu flamante esposo esté tirado en el campo de batalla, con un hacha clavada en la espalda, y tú seas una hermosa viuda necesitada de consuelo y, lo que es más importante, de un nuevo marido que vele por tu bienestar.

Hinata no era de las que se desvanecían. Hinata jamás se había desmayado, excepto si estaba muy enferma. Pero allí de pie, escuchando de labios de aquel hombre despreciable que Naruto podía estar muerto, notó que todo le daba vueltas y que el suelo se acercaba con rapidez a su cara. Después,simplemente, su mundo desapareció

Continuará


contexto histórico:

La Batalla que narran aquí si ocurrió... La batalla de Bannockburn (en gaélico escocés: Blàr Allt a' Bhonnaich), llevada a cabo entre el 23 y el 24 de junio de 1314, fue una trascendental victoria escocesa contra los ingleses en las Guerras de independencia de Escocia.