Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


26. Venganza


Naruto no supo de dónde sacaron las fuerzas para seguir combatiendo después de la revelación de su tío Minato. Tanto él como Hiashi y Neji Hyuga temían por Hinata. Cuando el ejército escocés resultó vencedor en aquella épica batalla, no pudieron regocijarse como el resto de sus compatriotas. Aquel día sería recordado en los anales de la historia como el día en que el rey Indra consolidaba su poder y recuperaba la independencia de Escocia.

Sin embargo, para Naruto Namikaze, aquel siempre sería el día que más miedo había tenido en toda su vida.

Poco después de que la contienda finalizara, de regreso al campamento, curándose las múltiples heridas de guerra, llegó un mensajero de Innis Rasengan. Se trataba del joven Karashi, que tan buena amistad había trabado con la nueva señora de los Namikaze. Había cabalgado sin descanso día y noche para llegar hasta su laird y poder comunicarle la mala nueva. Naruto lo recibió con alarma y sus instintos no lo engañaron, pues aquel leal muchacho portaba la peor de las noticias.

—Se la han llevado, mi señor. Alguien llegó hasta Innis Rasengan haciéndose pasar por amigo, pero mató a Bors y a Murdoc, y la secuestró sin que nos percatáramos. Encontramos a los vigías inconscientes en sus puestos, nadie dio la voz de alarma. Cuando nos dimos cuenta ya era tarde y le habíamos perdido el rastro. Creemos... creemos que Suiren tuvo algo que ver, mi señor. Ha desaparecido de Innis Rasengan.

Las entrañas de Naruto se retorcieron por la angustia. Tenía que haber echado a esa arpía en el mismo momento en que se enteró de que era una vil embustera y de que, por su culpa, había desterrado a su mejor amigo. Si resultaba ser cierto que ella había ayudado al traidor, la mataría en cuanto le pusiera las manos encima.

El hombre que había intentado atacarlo por la espalda, el mismo que había acabado con su soldado, llevaba los colores de Hagoromo. Sin duda había sido él quién se había llevado a Hinata. ¿Le habría hecho daño? ¿Estaría viva a esas alturas? El miedo emponzoñó su espíritu y le temblaron las rodillas al pensar en esa posibilidad. Aquel desgraciado no había tenido reparos en acabar con la vida de Tokuma Hyuga, ¿cómo podía, entonces, tener la esperanza de que ella estuviera bien?

La terrible noticia pronto se extendió por todo el campamento, y el mismísimo Indra se indignó al conocer la traición de uno de los hombres a los que él tenía en tan alta estima. Le había honrado con generosidad y recompensado por su valor en la batalla cuando perdió la mano luchando por su patria.

Así pues, no puso ningún inconveniente cuando, tanto los Namikaze como los Hyuga, pidieron licencia a su rey para ir al rescate de la joven Hinata. Les dejó partir solo con una condición: que impartieran justicia en su nombre, dado que él aún tenía asuntos que lo retenían en el frente y, aunque le hubiese gustado estar presente en el momento en que aquel traidor rindiera cuentas, un rey no podía abandonar sus obligaciones en aquellas horas tan trascendentales para su país.

—Pagará por todo el mal que ha hecho, majestad —prometió Hiashi Hyuga.

Y así partieron, rezando y anhelando en sus corazones que cuando llegaran a Landon Tower no fuera demasiado tarde...

Llevaba tres días en aquella habitación, encerrada bajo llave. Se había negado a comer y rechazaba todo cuanto viniera del que hasta ese momento había llamado tío. Lo detestaba, lo odiaba tan profundamente que prefería morir antes que dejar que la tocara. Por suerte, ni siquiera lo había intentado.

En su locura, consideraba el amor que había sentido por Hanna algo tan sagrado, que no concebía deshonrar a su hija yaciendo con ella sin haber contraído primero matrimonio. Y, para eso, debía cerciorarse de que la joven, tal y como sospechaba porque así lo había planeado y ordenado, era viuda.

La espera la estaba volviendo loca. No saber si Naruto estaba vivo o muerto la llenaba de desesperación y tampoco podía preguntar a nadie, porque únicamente había visto a Hagoromo desde que la encerraran allí. Él le llevaba las bandejas de comida en persona, él se llevaba el orinal que utilizaba y luego lo volvía a traer, vacío. No enviaba a nadie del servicio para atenderla y, poco a poco, estaba consiguiendo lo que pretendía: que Hinata hablara con él, que lo necesitara, que esperara sus visitas para poder averiguar algo más acerca de ese futuro incierto que ahora se le presentaba ante sus ojos.

Aquel día llegó a la misma hora de siempre con el desayuno. Se quedó un momento en la puerta, mirándola con adoración, sin ocultar ya la pasión que había mantenido reprimida durante tantos años. Hinata sintió una repulsión infinita que no se molestó tampoco en disimular.

—Hoy comerás, Hanna.

Otra de las cosas que la sacaba de quicio. Había empezado a llamarla como a su madre. Ya ni siquiera lo corregía... ¿para qué? Había quedado patente que su mente estaba seriamente perturbada.

—No comeré. Puedes llevarte tus gachas repugnantes. No las quiero.

—¿Es que acaso quieres enfermar? —Hagoromo frunció el ceño.

Hinata se cruzó de brazos, decidida, indicándole con toda su postura que ya podía esperar sentado a que ella decidiera probar bocado. A pesar de que se moría de hambre. A pesar de que hasta las gachas en ese momento le parecían un plato suculento sobre el que se lanzaría si no estuviera en juego mucho más que su propia vida.

—Bien. Tú ganas —concedió al fin el hombre.

La joven no supo a qué se refería hasta que él dejó la bandeja sobre la mesa que había junto a la pared, salió de la habitación, y volvió a entrar acompañado por otra persona.

A Hinata le costó reconocerla, porque estaba tan maltratada, tan envejecida, que apenas había en ella rastro de la mujer que fue.

—¡Natsu! —exclamó en un jadeo, llevándose una mano a la boca.

—Mi niña...

Y en cuanto escuchó su voz, su calidez tan familiar, corrió hacia ella para encerrarse entre sus brazos y que la acunara como lo había hecho desde que nació. Sus nudosas manos la acariciaron con ternura y notó sus labios besándola en la sien con un amor que solo podía venir de una verdadera madre. Lo que Natsu había sido para ella, lo que aún era, lo que siempre sería.

—Shhh, ya está, mi niña. Ya estoy aquí contigo, nada malo va a pasar.

Las palabras de consuelo consiguieron que el llanto prendiera fuerte en su pecho y Hinata sollozó con la cara enterrada en el hombro de la mujer, que también estaba llorando. Así las dejó Hagoromo, advirtiéndoles muy seriamente antes de marcharse.

—Haz que coma, mujer. De lo contrario, volverás a la mazmorra donde estabas, y de donde no saldrás jamás.

Cuando se quedaron solas, Hinata aún lloró un rato largo, desahogando todos sus miedos y el alivio del reencuentro contra el pecho de su nodriza. Poco a poco, recuperó el ritmo normal de su respiración y al fin se apartó para estudiar el aspecto de la mujer.

Su cara arrugada lo estaba aún más, en parte porque se la veía mucho más delgada de lo que recordaba. Sus ojillos habían perdido el brillo de la determinación y la fuerza que siempre la habían caracterizado. El pelo, que siempre había llevado impecablemente peinado bajo una pulcra cofia, lucía ahora suelto, largo y sucio a su espalda. Su olor corporal, intenso y desagradable, decía mucho del trato que había recibido de su captor. Era indudable que Hagoromo la había mantenido encerrada durante todo aquel tiempo, sin darle opción al aseo personal, incluso torturándola, porque las líneas de expresión de su rostro daban fe de un sufrimiento extremo que costaría borrar de su piel.

—¿Qué te ha hecho? —le preguntó con cariño, pasándole una mano por el pelo sin sentir ninguna repulsión, a pesar de su aspecto.

—Menos de lo que te hará a ti si consigue salirse con la suya —le dijo—. Menos de lo que le hizo a mi niño, a mi Tokuma...

Hinata tragó saliva porque el dolor de Natsu le escocía sobre el suyo propio, que ya tenía en carne viva. Apretó los dientes para no volver a llorar.

—Lo mató el bastardo de Kabuto.

—Lo sé. Hagoromo me lo explicó con detalle para hacerme sufrir.

—No se saldrá con la suya —prometió Hinata, apretando las manos de Natsu con fuerza.

—Claro que no —la secundó, convencida—. Pero, para poder luchar contra él, debes estar fuerte. Así que, venga, siéntate en esa mesa y cómete todo lo que te ha traído. ¿Quieres que tu esposo se encuentre con una mujer famélica cuando venga a buscarte?

La pregunta disparó el corazón de Hinata, como siempre que pensaba en Naruto. Fue sin duda su tono, carente de cualquier duda al respecto. Natsu creía que él la rescataría y, por primera vez, la esperanza prendió en su pecho ante esa posibilidad. Si su nodriza, con lo sabia que era, lo tenía tan claro, a la fuerza habría de ser cierto.

—¿Quién te ha hablado de Naruto? —le preguntó, arqueando una ceja.

—El anillo de tu dedo —espetó Natsu, mirándola con cariño—. ¿Se llama Naruto?

Hinata se acarició la alianza con ojos soñadores.

—Sí. Es el laird de los Namikaze.

—Un buen casamiento, sin duda. Tu padre estará muy orgulloso. ¿Y cómo ocurrió? Cuéntaselo todo a esta vieja... Hagoromo me ha robado uno de los momentos que más ansiaba compartir contigo, mi niña, el día de tu boda. Así que nárrame con todo detalle cómo llegaste a conocerlo, cómo se enamoró de ti, cómo se te declaró, cómo fue esa ceremonia a la que no pude asistir...

Hinata esbozó una sonrisa cargada de tristeza, porque ella también la había echado mucho de menos aquel día. Se prometió a sí misma que, si todo salía bien, si conseguían salir de ese embrollo, volvería a casarse con Naruto. Esta vez, delante de toda su gente, rodeada de las personas que más amaba en el mundo.

—En realidad —le confesó—, yo lo rechacé cuando se me declaró. Pero Neji me obligó a casarme con él...

El rostro de la mujer reveló su sorpresa.

—¿Acaso fue una boda impuesta? Me cuesta creer que tu hermano hiciera algo así. ¿No lo amas?

La joven se llevó una mano al corazón y se ruborizó al recordar los momentos compartidos con Naruto.

—Lo amo con todo lo que soy —se sinceró.

A continuación, se sentó a la mesa para devorar aquel desayuno mientras le contaba a Natsu, entre cucharada y cucharada, todo lo que había pasado desde el día en que la disfrazó de chico para que huyera de Byakugan. Lo explicó todo, sin guardarse nada, porque para ella no tenía secretos y sabía que, después de lo que había sufrido para mantenerla a salvo, tampoco los merecía.

Y, del mismo modo que ella relató sus aventuras desde el fatídico día del ataque a Byakugan, Natsu le contó lo que había sido de ella todo ese tiempo. Fue capturada durante el asalto y llevada directamente a las mazmorras de Landon Tower. Hagoromo la visitó a diario, en los días sucesivos, para golpearla y torturarla con el fin de que la mujer le revelara el paradero de Hinata, del que al parecer no tenía ninguna pista fiable.

—Estaba desesperado —le contó Natsu—, loco por encontrarte. Gracias al cielo que se nos ocurrió disfrazarte, y gracias al cielo también por poner en tu camino a los St. Haruno, que te cobijaron en el seno de su humilde familia, apartándote de todos los lugares por los que Hagoromo te buscaba.

Hinata pensó en Kizashi, en Mebuki y Sakura, y su simple recuerdo la reconfortó como pocas cosas podían hacerlo en aquellos momentos. Los echó de menos y lamentó el desasosiego que su desaparición les habría causado. ¿Le habrían sonsacado a Suiren lo sucedido? ¿Se lo habrían imaginado al encontrar los cuerpos de Bors y de Murdoc asesinados en la orilla del río? Deseaba que todo acabara pronto para poder volver junto a ellos.

—Por supuesto —le había confesado Natsu—, yo jamás le dije nada que pudiera llevarlo hasta ti. Antes hubiera dejado que me matara.

Hinata la había abrazado entonces, jurándose a sí misma que nadie la volvería a apartar de su lado.

Cuando Hagoromo regresó a la alcoba, la joven le exigió que le procurara a su nodriza un buen baño y ropas limpias. Le echó en cara haber tratado de ese modo a la mujer e intentó que se avergonzara de su comportamiento, cosa que, lógicamente, no consiguió. Aunque, al menos, sí logró que tomase en cuenta su petición.

—Las dos podréis asearos y poneros ropas limpias —le concedió, mirándola de arriba abajo—. Mi futura esposa ha de estar presentable. Pronto volverá a crecerte el pelo, tal y como lo tenías antes, Hanna, y todos me envidiarán por tener una mujer tan bella y tan llena de virtudes.

Hinata no pudo guardar silencio ante aquella presuntuosa afirmación.

—¿De verdad crees que me comportaré como una amante esposa contigo? ¿Después de haber matado a mi hermano, de torturar a mi nodriza, de secuestrarme y robarme de mi propio hogar?

—¡Este es ahora tu hogar! —estalló Hagoromo, poniéndose rojo por la indignación.

—Te equivocas. —Hinata dio un paso al frente—. Innis Rasengan es ahora mi hogar, el hogar de mi esposo.

—Nunca serás una Namikaze.

—Ya lo soy —insistió ella, con la cabeza bien alta—. Del mismo modo que soy también Hyuga. Lo que nunca seré, lo que jamás verán tus retorcidos ojos de loco, es verme convertida en una Õtsutsuki.

De dos zancadas, Hagoromo se abalanzó sobre ella y con su única mano la aferró por el cuello.

Natsu jadeó por el miedo, pero Hinata le sostuvo la enfurecida mirada sin inmutarse. Haber sobrevivido a las arremetidas de Naruto Namikaze cuando solo era Hin la había preparado para soportar ahora los ataques de aquel hombre.

Y, si no hubiera temido por la vida de su querida nodriza, se hubiera defendido con uñas y dientes como todo su ser le pedía a gritos que hiciera.

—Serás una Õtsutsuki. Serás mi esposa. Y me amarás.

—Mi corazón pertenece a otro hombre. Igual que el corazón de mi madre fue, y será por siempre en su recuerdo, de Hiashi Hyuga —siseó, apenas sin voz por lo mucho que apretaba su garganta.

Quería hacerle daño y le dio donde sabía que más le dolería. Hagoromo la soltó, con los ojos desorbitados por la ira, pero solo para poder golpearla con fuerza en la mejilla. El bofetón hizo que Hinata cayera al suelo y Natsu acudió presta en su ayuda. El hombre la miró desde arriba, furioso, luchando por contenerse para no volver a tocarla. La apuntó con el dedo antes de hablar.

—Ahora veo que no eres como tu madre. Ella era dulce, amable, un verdadero ángel.

—Ya te lo he dicho —contestó desde el suelo, limpiándose el labio que le sangraba por el golpe—. Ahora soy medio Namikaze. Si vuelves a ponerme la mano encima, te juro que cuando me beses, te arrancaré la lengua de un mordisco.

Hagoromo miró a Natsu con una clara amenaza en su gesto.

—Si te importan algo los tuyos, no harás nada semejante. Te comportarás como corresponde... Y me entregarás a mí tu corazón.

Dicho lo cual, se marchó de la alcoba dando un sonoro portazo antes de volver a cerrar con llave.

Era de noche y Hinata dormía abrazada a Natsu, en la cama de aquella alcoba que se había convertido en su hogar durante los últimos días. La puerta se abrió de golpe, sobresaltándolas a ambas. Se despertaron y vieron a Hagoromo entrar, con ojos de loco, y abalanzarse sobre la nodriza.

—¡Déjala en paz, no te la lleves! —le pidió Hinata, desesperada.

El hombre colocó un cuchillo en la garganta de Natsu y la miró con intensidad.

—Vendrás conmigo, harás lo que yo te diga o ella morirá. ¿Lo has entendido?

Hinata asintió con la cabeza, muerta de miedo. No soportaría perder a Natsu también, así que obedeció a Hagoromo y lo siguió fuera de la habitación.

Enseguida notó que algo no marchaba bien. Al menos para los Õtsutsuki, porque había sirvientes corriendo de un lado a otro y, al llegar al gran salón, descubrió que los habitantes de Landon Tower se habían reunido allí, nerviosos, muchos de ellos en ropa de cama, a la espera de las instrucciones del señor del castillo.

—Vamos, no te detengas —le ordenó a Hinata, al tiempo que empujaba a Natsu para que caminara delante de él, rumbo a la torre del vigía.

Subieron por la escalera de caracol hasta lo alto del torreón y, una vez allí, Hinata tuvo una vista completa del campo que se extendía ante Landon Tower. Abajo, ante las puertas del castillo, un ejército que enarbolaba los pendones con los colores Namikaze y Hyuga amenazaba la paz de aquella fortaleza. En la oscuridad de la noche, decenas de antorchas iluminaban los rostros enfurecidos de todos los hombres que habían acudido a rescatarla.

El corazón de Hinata latió muy deprisa, mientras buscaba en el grupo las caras conocidas que se moría por ver. Sin embargo, la distancia y la poca luz dificultaban que ella pudiera distinguirlos.

—¡Namikaze! —gritó Hagoromo—. ¡Si en algo estimas la vida de tu esposa, entrarás tú solo, y desarmado!

El puente levadizo del castillo se bajó entonces y en el torreón, el traidor Kabuto y otro soldado Õtsutsuki apresaron a Hinata para asomarla y que los hombres que aguardaban abajo pudieran verla bien. Ella sintió el vértigo de aquella altura al verse con medio cuerpo fuera de las almenas y el grito le salió sin querer, consiguiendo lo que Hagoromo pretendía. Ella sabía que aquel demente no la dejaría caer al vacío, pero Naruto no.

El efecto fue inmediato.

Uno de los guerreros se adelantó al resto, a pie y con los brazos en cruz para mostrar sus manos desnudas. Se colocó en mitad del puente y miró hacia arriba. Hinata se encontró con los ojos de su esposo y todo su cuerpo se convulsionó de alivio al verlo vivo... Aunque la sensación le duró poco.

—¡Aquí me tienes, Õtsutsuki!

—¡Entra! ¡Tú solo! —repitió.

Naruto no lo dudó. Siguió caminando, decidido y sin mostrar ningún temor. Una vez hubo cruzado, el puente se volvió a levantar para cerrar el paso a los demás.

—¿Qué piensas hacer con él? —preguntó Hinata, con la voz estrangulada por el miedo.

Hagoromo la miró y esbozó esa sonrisa que ya no le parecía atractiva en absoluto. Era demoníaca... y bastante retorcida.

—Vamos al salón, querida, y te lo mostraré. No hagamos esperar al que, por ahora, aún puede llamarse tu esposo...

Sus palabras llenaron de pánico el corazón de Hinata. Por supuesto. Si lo que pretendía era casarse con ella, Naruto estorbaba. Tendría que matarlo, algo que al parecer ya había intentado, sin éxito.

Escoltadas por Hagoromo y Kabuto, Natsu y ella fueron conducidas al salón principal, donde algunos soldados Õtsutsuki ya habían apresado a Naruto y lo mantenían sujeto, con las manos en la espalda.

—¡Hinata! —exclamó, nada más tenerla ante sus ojos—. ¿Estás bien?

—Sí... —ella intentó correr a su lado, pero Hagoromo la detuvo.

—Está muy bien, Namikaze. ¿Acaso no la ves? Yo no le haría ningún daño, y ese ha sido tu error.

Naruto frunció el ceño y lo miró de un modo que hubiera atemorizado a cualquiera.

Hinata reconoció aquella mirada. Era la misma que tenía el día en que Reed MacNab les salió al paso con intención de atacarlos, en el bosque. Era la misma que tenía cuando enfrentó a sus consejeros, delante de todo su clan, para defenderse de las injurias vertidas sobre su persona. Era una mezcla de furia, impaciencia... y convencimiento de que saldría victorioso de aquel lance.

—¿No le has hecho daño, dices? —siseó, con la ira latiendo en cada una de sus palabras—. ¿Cómo llamas entonces a atacar su hogar, a matar a su gente, a asesinar a su hermano? ¿Cómo llamas al hecho de raptarla y traerla aquí, a la fuerza, alejándola de todo lo que ama?

—Ella aún no sabe lo que es el verdadero amor, Namikaze. Yo se lo mostraré, yo haré que se dé cuenta de lo que es capaz de hacer un hombre por el amor de su vida. Todo lo que he hecho ha sido por ella, por nosotros, por nuestra felicidad —Hagoromo se volvió hacia Hinata y su sonrisa taimada le puso los pelos de punta—. Díselo tú, querida.

A un gesto suyo, Kabuto apresó el brazo de Natsu y amenazó su vida con una enorme daga. Hinata contempló con pánico creciente el rostro de su nodriza, que a pesar de todo no parecía tener miedo. Muy al contrario, negaba con la cabeza para evitar que Hinata aceptara la coacción de Hagoromo.

Luego miró a Naruto.

Se llenó de su imagen... El pelo rubio desordenado, salvaje. Le había crecido la barba, dándole a su semblante un aire muy peligroso. A pesar de eso, a pesar de que cada fibra de su ser rezumaba una poderosa fuerza contenida, Hinata pudo observar que estaba ojeroso y su mirada trasmitía el tormento de no poder sacarla de allí enseguida, como estaba deseando.

Jamás lo había amado tanto como en ese momento.

Él siempre le decía que era transparente, que sus deseos se traslucían a través de sus ojos. Hinata esperaba que en aquella ocasión también fuera así, porque las palabras que debía pronunciar eran las más difíciles que había tenido que decir nunca y eran mentira.

—Sé que seré feliz con Hagoromo —susurró—. No tenías que haber venido a por mí.

Naruto no demostró que aquella declaración lo afectara en lo más mínimo.

—Recorrería el infierno por ti. Te llevaré a casa, cueste lo que lo cueste.

Ella no pudo evitar sonreír ante la apasionada declaración. Se dijeron con la mirada todo lo que necesitaban saber, porque con los ojos siempre se habían comunicado mucho mejor que con las palabras.

Hagoromo fue testigo de cómo el amor entre los dos jóvenes era mucho mayor que el miedo a la muerte, a lo que pudiera ocurrirles a cada uno de ellos, y no lo soportó. De nuevo sintió el rechazo, el saberse relegado porque la mujer de sus sueños elegía a otro, le entregaba a otro todo lo que él merecía...

Su rugido frustrado y furioso resonó contra las paredes del salón. Hagoromo se abalanzó de nuevo hacia la nodriza de la joven y apartó a Kabuto de un empujón para ocupar su lugar. Con brutalidad, obligó a la mujer a ponerse de rodillas, frente a Hinata. Con su única mano, apretó la daga contra la garganta de la mujer.

—Muy bien. Esto se acaba aquí y ahora. Haré que todo ese amor que no quieres darme se te pudra dentro como se pudrió el mío por Hanna. Serás tú la que acabe con su vida, pequeña Hinata. ¡Kabuto, entrégale tu cuchillo! —gritó, con rabia—. Y ahora, querida, clávaselo a tu esposo en el corazón o ella morirá.

—¡No! —chilló Natsu desde el suelo—. Yo solo soy una vieja, mi niña. No hagas tal cosa, no lo hagas por mí.

Hinata miró el cuchillo que aquel traidor había puesto en sus manos, horrorizada. Kabuto la miró y esbozó una sonrisa de satisfacción que la descompuso. Luego miró a Natsu, cuya garganta ya sangraba por la fuerza con la que Hagoromo apretaba la daga. Y, por último, miró a Naruto. Su semblante era una máscara de furia contenida.

Caminó hacia él despacio, apretando con fuerza la empuñadura del cuchillo entre sus dedos.

—¡No, Hinata, no! —gritó de nuevo Natsu.

Pero ella solo podía mirar a Naruto, empaparse de su persona, del poder que emanaba de su cuerpo, a pesar de estar amarrado y sujeto por dos soldados. Llegó hasta él y ambos inspiraron con fuerza, reconociendo el olor inconfundible del otro.

—Mi pequeño duende... —murmuró Naruto, con la voz ronca.

—¿Neji y mi padre? —le preguntó ella, con el corazón tan apretado de miedo que el pecho le dolía.

—Están vivos, están aquí.

Hinata cerró los ojos de puro alivio. La guerra no se los había arrebatado.

—¡Basta de hablar! —la impelió Hagoromo, desesperado—. ¡Vamos, acaba con él!

Hinata se acercó y colocó la punta de la daga sobre el pecho de Naruto, a la altura del corazón. Él se irguió, sin dejar de mirarla a los ojos, sin demostrar miedo.

—No puedo dejarla morir —susurró Hinata, a modo de disculpa.

Se aupó de puntillas y depositó un beso breve en los labios de su esposo como despedida. Él cerró los ojos para sentirla mejor, para dejarse envolver por la dulce magia de su duende una vez más...

—¡La mataré, Hanna! —aulló otra vez Hagoromo al ver aquel gesto de amor. Había vuelto a usar el nombre de su madre, estaba fuera de sí—. ¿Quieres ver la sangre de tu querida Natsu derramándose por el suelo de mi salón?

Hinata apretó con fuerza el cuchillo, tal y como le habían enseñado a hacer Sasuke y Bors... El pobre Bors, asesinado vilmente por un traidor. El huraño, maleducado y arisco Bors.

Pensó en lo que le diría en ese momento si la estuviera viendo. Le gritaría que actuase de una vez, que no se comportara como un alfeñique, que no era digna de considerarse una de los suyos...

—¡Vamos, demuéstrame que ya eres una Õtsutsuki, o acabaré con tu dulce nodriza de un solo tajo! —rugió Hagoromo otra vez.

—Ya te lo dije —siseó ella, mirándolo por encima del hombro—. Jamás seré una Õtsutsuki... Ahora soy una Namikaze.

Se movió tan rápido que aquel demente no lo vio venir. Hinata se giró y, con ese mismo impulso, dio la vuelta al cuchillo y lo sujetó por el filo, lanzándolo después como Bors le había enseñado, con la rabia que sentía ante el recuerdo de su cuerpo muriéndose en la orilla del lago Tay.

No falló. La daga voló atravesando el salón con una fuerza asombrosa, directa al hombro de Hagoromo. Soltó el arma con la que amenazaba a Natsu en cuanto el dolor y la sorpresa lo atravesaron a partes iguales.

Hagoromo la contempló sin dar crédito a lo que había pasado. Aquella no era su dulce Hanna. En sus ojos grises solo encontró desprecio y un odio tan profundo que, por primera vez, le hizo ver la verdad más clara y dolorosa: nunca, jamás, tendría su amor.

—¡Matadlos! —gritó, enloquecido.

Naruto no esperó a que los soldados cumplieran la orden. De un cabezazo se libró de uno de sus aprehensores y Hinata saltó sobre la espalda del otro para darle cierta ventaja. Su esposo no tardó en dejarlo fuera de combate con un fuerte rodillazo en la entrepierna. Natsu, que ninguno de los dos supo cómo pudo moverse tan deprisa, había recogido la daga que Hagoromo había soltado y corrió hacia ellos, presta a cortar las cuerdas que ataban las manos de Naruto en su espalda.

El resto de los soldados que había en la sala se abalanzaron sobre ellos, mientras los habitantes del castillo se apretujaban al fondo del salón, temerosos por lo que allí estaba ocurriendo.

—Poneos detrás de mí —ordenó Naruto a Hinata y a Natsu, haciéndose con la daga que la mujer tenía en la mano como única arma para hacer frente a todos aquellos hombres.

Hinata deseó una vez más tener la fuerza de sus hermanos para poder ayudar a su esposo, ya que su desventaja era demasiada en aquella ocasión contra Kabuto y los hombres de Hagoromo. La pequeña guarnición que guardaba el castillo era insuficiente para proteger la fortaleza de un ataque, pero bastante para reducir a un solo hombre armado con un cuchillo.

Por suerte, la ayuda tan necesitada llegó justo en el momento en que Natsu comenzó a rezar en voz baja por sus vidas. Las puertas del salón se abrieron con gran estruendo y las tropas Hyuga, junto con las de los Namikaze, invadieron el lugar.

La lucha no duró demasiado; siendo los invasores superiores en número y en fiereza, se impusieron a los pocos soldados Õtsutsuki sin causar apenas bajas.

Hagoromo contempló la escena petrificado, sin asimilar lo que sucedía. Atónito, fue testigo de cómo todo su mundo se desmoronaba ante sus ojos sin poder hacer nada para evitarlo.

Una mujer avanzó abriéndose paso entre los hombres que se habían hecho con el control de Landon Tower, con la cabeza bien alta, sin avergonzarse de haberles ayudado a entrar en la fortaleza para derrotar al que hasta ese momento había sido su laird... y el único hombre al que había amado. Hagoromo, sosteniéndose el hombro herido con el feo muñón, miró a su ama de llaves de hito en hito.

—Rhona...

—Lo siento, mi señor —exclamó la mujer, aunque su tono no demostraba arrepentimiento—. Siento haberos traicionado, pero no podía permitir que continuarais con esta locura.

—¿Por qué? Soy tu laird, siempre te he tratado bien, me debes lealtad a mí... ¡A mí! ―gritó, fuera de sí.

Rhona le miró fijamente y en ese momento, al verle derrotado, acabado gracias a ella, las lágrimas acudieron a sus ojos.

—Os fui leal durante muchos años, mi señor. Cuando amabais a otra, cuando la llamabais en sueños después de haber compartido el lecho conmigo... Siempre pensé que, al final, os daríais cuenta de que yo era más real que esa ilusión que manteníais intacta por una mujer que ya no existía. Pero no fue así. Os esperé en vano. Os di un hijo que ni siquiera quisisteis reconocer... y lo enviasteis a la guerra, lo dejasteis morir sin que hubiera recibido de su padre ni una sola palabra de orgullo o cariño.

Hagoromo cerró un momento los ojos al comprender que la traición de Rhona la había ocasionado él mismo, por ignorarla, por no haber visto todo lo que ella le ofrecía y lo que le había dado a cambio de nada.

Un guerrero se adelantó entonces con paso solemne y se colocó al lado de la mujer. Le puso una mano en el hombro tanto para tranquilizarla como para agradecerle todo lo que había hecho por ellos. Hiashi Hyuga taladró con los ojos al que hasta hacía muy poco había considerado uno de sus mejores amigos.

—Rhona, no te sientas culpable —le dijo—. Este hombre es el mayor traidor de todos los tiempos y no tiene derecho a echarte nada en cara. —Luego, se dirigió a él—. Te traté como a un hermano, Hagoromo. Y me has traicionado de la peor de las maneras. Podría pasar por alto que amaras a mi esposa en secreto y que intentaras matarme en el pasado. Podría... —Hiashi exhaló el aire de sus pulmones con un gesto de desprecio—. Pero has atacado mi hogar, has asesinado a mi hijo y, no contento con eso, también has raptado a mi hija. Eso no puedo perdonártelo.

Hagoromo levantó la cabeza, muy digno. El odio que sentía por el Hyuga permanecía intacto, más vivo que nunca, y no pensaba doblegarse ante sus amenazas. Se fijó en que, a su lado, se posicionaba su otro hijo, Neji, que lo contemplaba con tanta ira contenida que parecía un ángel vengador.

—Yo tampoco puedo perdonarte —le dijo, desenvainando su espada—. Y tú, Kabuto, ¿cómo has sido capaz? Tantos años creyéndote nuestro amigo, tienes sangre Hyuga, eres nuestra familia...

Hinata habló entonces, mirando con aversión a aquel hombre con quien habían compartido a lo largo de su vida.

—Fue su espada la que acabó con Tokuma —dijo, con voz de hielo—. Él mismo me lo confesó antes de raptarme.

El gruñido de indignación de todos los Hyuga allí presentes se elevó en el aire y Kabuto dio un paso atrás.

Hiashi Hyuga lo perforó con su mirada antes de tomar su decisión.

—No voy a alargar el sufrimiento con el que cargo por más tiempo. No habrá juicio para ti, no volverás a Byakugan para recibir tu castigo. Neji juró vengar a su hermano, y estoy seguro de que Naruto no pasará por alto que le hayas puesto tus sucias manos encima a su esposa para raptarla. —Miró por encima del hombro a los dos guerreros que estaban ya preparados espada en mano—. Es vuestro.

Los dos hombres se adelantaron. Los ojos de Kabuto se dilataron de terror al entender que no tenía ninguna oportunidad, que no habría piedad para él. Era un guerrero excepcional, pero no tenía nada que hacer frente a esas dos torres humanas que se le acercaban prometiendo la muerte con sus ojos.

Fue muy breve. Apenas un intercambio de golpes de espada desesperados y frenéticos. Hinata no podía apartar la mirada de ellos, al que igual que el resto de los presentes, porque, aunque sabía que la imagen que estaba a punto de presenciar iba a resultar desagradable, no quería perderse el momento en el que aquel sucio traidor pagara por haberle quitado a su amado hermano.

Un grito animal se elevó en el aire cuando Naruto le cortó a Kabuto el brazo con el que sostenía el arma, a la altura del codo. El hombre cayó de rodillas, con el gesto distorsionado por el dolor.

—Esto, por haberte atrevido a tocar a mi esposa —le dijo, con desprecio.

Neji se puso frente a él entonces. Lo miró con todo el fuego de la venganza ardiendo en sus ojos.

—Y esto por habernos engañado. Por fingir ser nuestro amigo. Por matar a mi hermano.

Levantó su espada y de un solo tajo le separó la cabeza del cuerpo, que rodó hasta pararse a pocos pasos de donde Hinata se encontraba. Una náusea le subió por la garganta al contemplar aquella mirada espantada en sus ojos muertos. Pero no sintió lástima...

Naruto se giró entonces hacia Hagoromo, que reculaba al ver el final que había tenido Kabuto.

—A ti también te mataría con mis propias manos por lo que le has hecho a mi esposa —exclamó—, pero creo que los Hyuga se merecen poder vengar a su gente, a Tokuma... y a tu adorada Hanna.

Hagoromo se mostró indignado con la última afirmación. Apretó los labios hasta que estos formaron una línea recta que partió su enfurecido rostro en dos.

—¡Yo no le hice ningún mal a Hanna! ¡Fueron ellos... ellos, los que causaron su muerte!

—¿Si? —insistió Naruto, queriendo hacerle daño. No pensaba dejarlo morir en paz. Solo por todo el sufrimiento que había causado, lo merecía—. ¿Qué pensaría ella de ti si se enterara de que mataste a uno de sus hijos?

—De hecho —Hinata tomó la palabra—, estoy segura de que mi madre, esté donde esté, sabe lo que has hecho. Si pensabas encontrarte con ella en el otro mundo, Hagoromo, ten bien presente que incluso allí te despreciará por el mal que has infligido a mi familia. Jamás será tuya, ni en esta ni en otra vida. Jamás tendrás su corazón...

El rostro de Hagoromo se demudó ante tales palabras. Lo que implicaban lo dejó seco y vacío por dentro. Y sintió pánico cuando Hiashi Hyuga avanzó hacia él, espada en mano, porque iba a morir con el corazón roto. Sabía que aquel sufrimiento lo acompañaría al más allá, y no habría en ese otro mundo ninguna esperanza, ningún alivio para él. Pasaría una eternidad en continuo sufrimiento, iría al infierno y se abrasaría por siempre en las llamas del desamor...

Ninguno de los que presenciaron su merecido final sintió pena por él.

Continuará...