Naruto Y Hinata en:
LA JOYA DE BYAKUGAN
27. Familia
Los soldados Õtsutsuki se rindieron tras la caída de su laird. Hiashi Hyuga les anunció que la suerte de todos ellos la decidiría el mismísimo rey Indra, el cual ya estaba al tanto de la traición de Hagoromo. Recibirían clemencia porque estaban cumpliendo órdenes de su laird, pero sin duda no saldrían impunes de aquella situación. Con esa incertidumbre pendiendo sobre sus cabezas, los Õtsutsuki aceptaron ponerse al servicio de Hiashi hasta que el rey regresara del frente.
Tanto los Namikaze como los Hyuga tomaron el castillo para pasar allí la noche y descansar del viaje que habían realizado sin apenas paradas, sin descanso, preocupados por llegar cuanto antes a Landon Tower para liberar a Hinata. Al día siguiente partirían de regreso al hogar, algo que todos los hombres estaban deseando después de tanta guerra y tanta muerte.
Naruto ocupó uno de los aposentos que Rhona había preparado como buena ama de llaves del lugar. Esperó allí a su esposa, a la que dio tiempo para reencontrarse con su padre. Llevaban meses sin verse y Naruto sabía que Hinata necesitaba aquellos momentos a solas, tenían mucho de lo que hablar... Aunque eso no significaba que no estuviera impaciente por tenerla de nuevo entre sus brazos.
Nunca había pasado tanto miedo en su vida. Desde que supo que Õtsutsuki se la había llevado no había hecho otra cosa más que pensar en recuperarla, abrazarla, ponerla a salvo y garantizarle que nadie, nunca, volvería a hacerle daño. Aunque, definitivamente, su pequeño duende había demostrado que sabía cuidarse sola.
Sonrió para sí mismo al recordar cómo había lanzado ese cuchillo, con una puntería asombrosa y una valentía encomiable dado que Hagoromo aún sujetaba a Natsu con su única mano. Se había arriesgado mucho, pero había confiado y no había dudado, tal y como haría cualquier Namikaze. Estaba muy orgulloso de ella y no veía el momento de demostrárselo.
Cuando Hinata se reunió con él, por fin, cerró la puerta y se apoyó contra ella de espaldas, muy cansada. Lo miró con esos ojos grandes, enrojecidos por el llanto y las emociones que ya no le cabían en su pequeño cuerpo. Naruto se juró que, a partir de aquel momento, la cuidaría con mimo para que no volviera a sufrir nada parecido.
Se acercó y se pegó a ella, frente con frente. Dejó escapar un suspiro de alivio al tenerla allí, solo para él.
—Te amo —susurró, acariciándole las mejillas con los pulgares—. Me volví loco cuando me enteré de tu secuestro. Si te hubiera pasado algo jamás me lo hubiera perdonado.
—Tú no tienes la culpa de que Hagoromo estuviera loco —respondió, echándole los brazos al cuello para pegarse más a él—. Ni de que Kabuto fuera un traidor despreciable y Suiren una arpía avariciosa. Por cierto, ¿qué ha sido de ella?
—Nadie lo sabe. Karashi dijo que había abandonado Innis Rasengan y aquí tampoco la ha visto nadie.
—Es muy lista. Habrá huido con lo que Kabuto le pagó por su ayuda.
—Más le vale, porque si alguna vez le pongo las manos encima... —Naruto no terminó la frase, pero a Hinata le quedó muy claro lo que ocurriría si llegara a suceder —. Tenía que haber dejado más protección en Innis Rasengan —se lamentó una vez más.
—No. Ellos hubieran encontrado la manera de llegar hasta mí y tal vez hubiera muerto más gente. El pobre Bors...
—No digas pobre Bors —la reprendió Naruto con suavidad—. Conociéndole, se estará retorciendo en su tumba al oír cómo le compadeces. Él era un soldado, murió por protegerte y hay que honrar su memoria como él hubiera querido. Y eso no incluye la compasión, te lo aseguro.
—No —reconoció Hinata, con una sonrisa triste—. Pero cuando regresemos, tendrás que ir a su tumba y, como su laird, decirle que no le guardas rencor por dejar que lo mataran de esa manera. Era lo que más le preocupaba, haberte fallado.
Naruto se perdió en sus ojos, feliz de que aquella mujer fuera suya. Había sabido captar el verdadero espíritu de Bors, al igual que el del resto de los Namikaze.
—Será lo primero que haga en cuanto volvamos.
Se miraron con avidez, cada uno recorriendo el rostro del otro, sintiéndose afortunados de haberse reencontrado.
Con un suspiro, Hinata buscó su boca y lo besó despacio, saboreando el momento. Naruto respondió, sin prisas, recreándose en el delicioso sabor de aquella lengua dulce que calmaba todos sus miedos.
—Cuando Hagoromo me dijo que posiblemente ya era viuda, me desmayé —le confesó cuando se separaron—. No pude soportar que tuviera razón. Perdóname.
—¿Quieres que te perdone por desmayarte cuando pensaste que tu esposo estaba muerto? —preguntó Naruto, enternecido—. Eso demuestra lo mucho que me amas.
—No. —Hinata negó al mismo tiempo con la cabeza—. Quiero que me perdones por haber pensado que podía ser verdad. Quiero que me perdones por no ser capaz de sentir aquí dentro —se tocó el pecho—, que aún estabas vivo. Quiero que me perdones por no confiar en ti, en que harías todo lo posible por volver a mi lado.
Naruto la abrazó con fuerza, conmovido por sus palabras.
—Eres tan valiente, pequeño duende. Sé que no lo creíste. En el fondo, sabías que vendría a buscarte... Igual que yo supe cuánto me amabas cuando él te obligó a decir lo contrario.
Hinata se miró en los ojos de su guerrero, tan enamorada, tan aliviada de tenerlo allí, entre sus brazos, que de nuevo las lágrimas acudieron a sus ojos y cayeron, silenciosas, por sus mejillas. Naruto las limpió con los pulgares y depositó un beso suave en cada uno de sus párpados.
—No soy tan valiente como mi esposo. Entraste tú solo, desarmado... Te pusiste a su merced. ¿Y si Hagoromo te hubiera matado sin más? —Hinata se estremeció al pensar en esa posibilidad. Había estado muy cerca de perderlo por su temeridad—. ¿Por qué lo hiciste? Si Rhona los estaba ayudando no tenías por qué arriesgarte de ese modo.
—¿Qué hombre no daría su vida a cambio de la de la mujer que ama? Me retó, te amenazó delante de todos nuestros soldados, delante de tu padre y de tu hermano.
—Aun así. Erais más, no debiste exponerte de ese modo.
—Contábamos con la ayuda de Rhona —le explicó—. Cuando nos vio llegar, se las compuso para salirnos al paso e informarnos de que nos ayudaría a entrar. Nos confesó que ella había sido la autora de la nota que recibió Tokuma, donde le advertía del peligro que corrías. Una nota de la que, por cierto, yo no sabía nada...
Naruto frunció el ceño al recordar ese detalle. Hinata no le había hecho partícipe de ese secreto; si lo hubiera sabido, tal vez ese demente de Hagoromo Õtsutsuki no se hubiera salido con la suya.
—No te lo dije porque ya tenías muchas otras cosas en las que pensar —susurró Hinata, dándose cuenta de que él estaba molesto—. ¿Qué hubieras hecho? No podías quedarte conmigo, y no iba a permitir que dejaras más hombres de los necesarios... Mi vida no vale más que la de todos los hombres que han tenido que luchar en esta guerra.
Naruto la apretó contra sí, hundiendo el rostro en su cuello.
—Tu vida es para mí lo más valioso. Quiero que sepas que, aunque Rhona no nos hubiera ayudado, yo habría entrado a por ti de todos modos. Y hubiera muerto por ti, Hin. Moriría mil veces por ti...
Hinata hundió las manos en su pelo y tiró de él para buscar su boca después de aquella confesión. Naruto devoró sus labios con avidez, dando gracias al cielo una vez más por tenerla allí con él, sana y salva. Sin embargo, no le bastaban los besos para demostrarle todo lo que sentía por ella, así que la cogió en brazos y la llevó hasta el lecho.
Allí, tumbados muy juntos, las palabras se volvieron susurros de amor. Se desnudaron mutuamente, se reencontraron, se acariciaron hasta aprenderse de memoria, hasta grabarse el uno en la piel del otro, hasta que solo paladearon el sabor del otro, hasta que solo respiraron a través del aliento del otro...
Al día siguiente, los Namikaze y los Hyuga abandonaron Landon Tower para dirigirse a Byakugan. Se levantaron temprano, deseosos de ponerse en camino, y salieron de la fortaleza con las primeras luces del alba. Hiashi no deseaba demorar más su regreso y Naruto se ofreció a acompañarlo, para ayudar en lo que pudiera y, sobre todo, porque sabía que para Hinata era importante estar con su padre en el momento del reencuentro del laird con su gente.
Sin embargo, la vuelta a casa supuso un cúmulo de emociones encontradas para la joven, que jamás imaginó lo que sentiría al volver a ver los altos muros de Byakugan.
Todo su ser se estremeció.
Parecía que habían pasado años desde que se marchó y, aunque siempre sería su hogar, lo que la unía a su familia, supo que su sitio ya no era aquel. En primer lugar, Tokuma ya no estaba, y Byakugan jamás sería lo mismo sin él. Hinata no podía soportar el hecho de imaginar siquiera el vivir en un espacio donde cada rincón le recordaría a él, al hoyuelo que le salía en la cara cuando sonreía, a los incontables momentos en los que había sido feliz con su hermano. Sabía que aquella sensación terrible de pérdida se suavizaría con el tiempo, pero en esos momentos le desgarraba el alma.
Y, en segundo lugar, estaba Naruto. Su hogar era ahora Naruto Namikaze, y allí donde él estuviera estaría ella también, porque no podía ser de otro modo. Jamás imaginó que pudiera llegar a sentir algo así por otra persona; necesitaba mirarlo, tocarlo, respirar cada noche durmiendo a su lado. Mientras avanzaban hacia el interior de la fortaleza, lo observó.
Conversaba con su padre, comentaban las obras que había que acometer para reconstruir lo que el fuego había destruido durante el ataque. Se sintió feliz al ver que se llevaban tan bien. Su padre lo escuchaba con atención, mostrando su total aprobación a las acertadas ideas que Naruto le proponía. Hiashi había aceptado a su esposo y se le veía orgulloso de tener un yerno como él. Hasta Neji parecía haber olvidado las circunstancias que lo llevaron a propinarle aquella tremenda paliza y lo aceptaba con camaradería. Sí, sin duda, hubiera sido un regreso a casa muy entrañable si la tristeza por la ausencia de Tokuma no lo hubiera empañado.
El reencuentro con la gente que aguardaba impaciente en el patio fue también muy emotivo. Hinata abrazó a sus amigos, a las personas que la habían visto crecer, que habían compartido con ella cada momento de felicidad y que habían sufrido por su marcha al no saber qué había sido de ella durante todo aquel tiempo. Entre unos y otros explicaron la suerte corrida por la joven señora desde que huyera de Byakugan, y la sorpresa al enterarse de que ahora era la esposa del laird Namikaze fue mayúscula. Aquel guerrero tenía un aspecto severo e imponente. No conciliaban la dulzura de Hinata con la fiereza de la mirada de su esposo. Sin embargo, al ver su felicidad, al ver el modo en que Naruto la rondaba, siempre atento, siempre pendiente de que ella estuviera bien, nadie pudo decir nada en contra de aquel matrimonio.
Aquel primer día, nada más llegar, visitaron la tumba de Tokuma. El laird de los Hyuga se arrodilló frente a su lápida con un desgarrado gemido. El dolor le estranguló la garganta y se tapó la cara con las manos porque en ese momento, justo en ese momento, la muerte de su hijo se volvía real en su mundo. Él estaba allí, bajo aquella tierra, y jamás volvería a verlo con vida.
Hinata también lo sintió. El dolor etéreo que la había acompañado desde que supo lo sucedido con Tokuma se tornó tangible, ardiente, cortante. Naruto tuvo que sujetarla para que no cayera al suelo junto a su padre. El guerrero hubiera dado cualquier cosa por aliviar el sufrimiento de su esposa, así que no dudó en estrecharla entre sus brazos para hacerle comprender que no estaba sola. Que él la sostendría cada vez que lo necesitara.
Que no había nada en el mundo que no pudieran afrontar si estaban juntos.
—No me sueltes, Naruto —le pidió, con un sollozo ahogado, apoyándose contra su pecho.
—Jamás.
Tras varios días en Byakugan, cuando parecía que todo volvía ya a la normalidad, Naruto anunció que era hora de regresar a casa. Se lo dijo a Hinata por la mañana, cuando aún no se habían levantado de la cama, y la joven notó que la voz de su esposo sonaba insegura.
—Tengo previsto partir hoy hacia Innis Rasengan —susurró, mientras la apretaba contra su cuerpo—. Sasuke y algunos de mis hombres se quedarán para ayudar a tu padre con la reconstrucción de Byakugan, pero yo no puedo demorar más mi vuelta. Me da pavor que Danzo y Mitokado hayan hecho de las suyas en mi ausencia.
—De acuerdo.
—Si te parece muy precipitado, puedes quedarte aquí y regresar cuando lo haga Sasuke.
Hinata se incorporó sobre un codo para poder mirar a su esposo a los ojos. Le conmovió que él le diera esa opción, porque estaba claro por su tono y su gesto de angustia que no era lo que quería.
—¿No te importa que me quede unos días más con mi familia?
—Si es lo que tú quieres, lo aceptaré.
Ella le dedicó entonces una sonrisa colmada de amor. Se inclinó para besarle en los labios, deleitándose con el sabor de aquel hombre dispuesto a complacerla a pesar de sus reticencias.
—Lo que yo quiero es volver a casa contigo. Quiero ir donde tú vayas, estar donde tú estés.
Naruto fundió sus ojos en el gris de su mirada. Dejó resbalar los dedos por los cortos mechones de pelo que enmarcaban su bello rostro.
—Me haces tan feliz... ¿Qué he hecho yo para merecerte?
Hinata lo acarició a su vez, recorriendo con sus manos el amplio pecho de su esposo, donde nuevas cicatrices de batalla lucían recientes. Tenía que aprenderse esas también...
—¿Y qué he hecho yo para merecerte a ti?
Volvieron a besarse, entregados el uno al otro, dejándose arrasar por la pasión que crecía entre ellos y de la que no tenían nunca suficiente. Hinata, atrevida, se encaramó encima de su cuerpo y apretó las caderas contra las de Naruto, buscándolo.
—Eres un duende muy descarado —susurró el guerrero, encantado con la iniciativa que demostraba.
Ella buscó su boca y le lamió los labios, mimosa.
—No soy ningún duende, esposo —murmuró, entre beso y beso—. Solo soy una mujer pidiéndole al hombre al que ama un poco de cariño.
—¿Un poco de cariño? —Naruto la sorprendió al cogerla y voltearla sobre la cama, colocándose encima de ella—. Amor mío, al hombre que amas no le basta un poco. Así que pienso darte mucho, pero mucho cariño, antes de que tú y yo abandonemos este lecho.
Hinata sonrió feliz contra su boca, porque sabía que Naruto cumpliría de sobra esa promesa.
Una hora después, mientras desayunaban en el salón junto a su padre, su hermano y los hombres de confianza de ambos clanes, Hinata cogió la mano de su esposo antes de anunciar que ese mismo día partirían hacia Innis Rasengan.
El rostro de Hiashi Hyuga se mostró serio tras sus palabras.
—No lo permitiré... —comenzó a decir.
El corazón de la joven se paralizó unos segundos al escucharlo.
—Pero, padre...
Hiashi levantó una mano para silenciar a su hija.
—No lo permitiré a no ser que me prometas que vendrás a visitarme a menudo ―aclaró, relajando su expresión con una sonrisa.
Hinata suspiró, aliviada. Naruto, a su lado, también pareció relajarse. La joven se levantó de su sitio en la mesa y acudió junto a su padre para abrazarlo.
—Vendré a menudo, lo prometo. No podría pasar mucho tiempo sin verte... Y a ti te digo lo mismo, Neji.
—Claro, ¿y qué pasa conmigo? —rezongó Angus.
—Sabes que no podría vivir sin ti, Angus —respondió Hinata, acercándose a él para darle un suave beso en la mejilla barbuda.
—Por supuesto —intervino entonces Naruto—, todos seréis bienvenidos en Innis Rasengan cuando queráis ver a vuestra joya.
—Ahora es tuya —le dijo Neji—, y más te vale que cuides muy bien de ella...
Naruto levantó los brazos en señal de rendición.
—No tienes que advertirme más. Sé lo que me sucederá si no lo hago y, créeme, no deseo pasar por eso otra vez.
Sus palabras, junto con el gesto cómico de sufrimiento de Naruto, arrancaron una carcajada a todos los allí presentes. Hinata se rió como todos los demás, feliz, casi, casi completa. Su mirada se desvió hacia el sitio de la mesa que su hermano Tokuma siempre había ocupado y que ahora, por respeto a él, permanecía vacío. Nadie ocuparía nunca su lugar y nadie olvidaría el hueco que había dejado en sus corazones.
Sí, Hinata era feliz. Regresaría a casa con su esposo, pero nunca,jamás, podría dejar atrás el recuerdo de quién había sido ella entre aquellos muros: una hija, una hermana, una amiga querida para todos... la joya de Byakugan.
Mebuki fue la primera en abrazarla cuando llegaron a Innis Rasengan. Lloró sobre su hombro de puro alivio al verla de regreso, sana y salva. Maldijo una y mil veces al bastardo que la había secuestrado, sumiendo a todos los habitantes de la fortaleza en una angustiosa incertidumbre por no saber qué había sido de ella.
—Estábamos tan preocupados... —confesó Sakura, abrazándola cuando Mebuki la liberó.
Hinata se conmovió al descubrir lo afectados que parecían.
—Grité cuando vi aparecer a Suiren, pero supongo que nadie me escuchó.
—Cuando nos dimos cuenta de lo ocurrido, ya era tarde para seguirte la pista —dijo Kizashi.
—No supimos lo que había pasado hasta el día siguiente —explicó Jane—. Los vigías estaban inconscientes... Todos aparecieron con un tazón de caldo vacío junto a su cuerpo.
—Supusimos que alguien se lo había llevado y que habían echado dentro alguna sustancia para dormirlos —continuó Kizashi—. Era evidente que los hombres conocían a la persona que les dio el caldo, porque no desconfiaron. Sin duda fue Suiren, no pudimos encontrarla después de aquello.
—¿Cómo diablos daría con Kabuto? ¿Y cómo se las apañó él para que ella le ayudara? ―preguntó Hinata, aún sin asimilar todo lo que había ocurrido.
—No debió de costarle mucho esfuerzo —apuntó Mebuki—. Suiren ha demostrado una y otra vez ser una mala persona, y no sentía ninguna simpatía por ti, Hin. Es fácil suponer que, si ese hombre rondaba la zona buscando una oportunidad, conociera a Suiren mientras realizaba algunos de los recados que le encomendaba Jane.
—Lo cierto es que en los últimos días visitaba la aldea más de lo normal —susurró el ama de llaves, sintiéndose responsable—. Me dijo... me dijo que había conocido a alguien y me pedía horas libres para ir a verlo. Pensé que se había enamorado, pensé que por fin estaba sentando la cabeza.
—No podías saber lo que tramaba, Jane. Yo la abofeteé delante de todos el día del juicio contra el laird y la dejé en ridículo... supongo que eso bastó para empujarla a la venganza —murmuró Hinata.
—Suiren no necesitaba excusas para ser malvada, Hinata. Yo soy el culpable de no prever algo así —masculló Naruto, apretando los dientes—. Yo le di una y mil oportunidades de enmendarse, y no lo hizo. La perdoné cuando me enteré de que la acusación contra Sasuke era falsa, la perdoné cuando me delató delante del consejo Namikaze por haber pasado la noche contigo. Si la hubiera expulsado de Innis Rasengan cuando debí, esto no hubiera ocurrido.
—Yo también tengo la culpa —insistió Jane—. Como ama de llaves, era responsable de Suiren. Estaba bajo mi protección y yo intercedí por ella tras cada fechoría, porque me daba pena que una muchacha tan joven fuera repudiada por su propia gente. Me equivoqué al defenderla.
—Ninguno tenéis la culpa de que ella sea una persona tan retorcida —espetó Hinata, molesta al ver que la gente que amaba se echaba sobre sus espaldas los pecados de aquella sirvienta egoísta y avariciosa.
—Bien, pues no habrá más perdón para ella —anunció Naruto—. Vamos al gran salón. Jane, por favor, reúne a todos los sirvientes. Averigüemos si alguien sabe algo de ella.
Esta vez, incluso Danzo y Mitokado se mostraron conformes con la determinación de su laird. Lo que esa muchacha había hecho era muy grave. No solo había permitido que secuestraran a la señora del castillo sin mostrar una pizca de remordimiento. Además, había dejado Innis Rasengan desprotegida en mitad de la noche al dejar inconscientes a todos sus vigías. Podía considerarse un acto de traición en toda regla, y aquel que era capaz de traicionar de ese modo a su clan, a su gente, no merecía ningún tipo de compasión.
Fueron todos al salón y ocuparon sus respectivos sitios. Hinata se sentó al lado de su esposo y esperó la llegada de los habitantes de Innis Rasengan. Cuando estuvieron todos reunidos, Naruto les habló.
—Todos sabéis ya a estas alturas el crimen que Suiren ha cometido. Si alguno conoce su paradero, que lo diga ahora. No podemos, ni debemos, encubrir a una persona que ha traicionado a todos los Namikaze.
—No sabemos dónde está, mi señor —dijo uno de los aldeanos que cuidaba del rebaño del laird al otro lado del Awe—. Nadie la ha visto desde que se llevaron a la señora. Pero, si queréis, podemos hacer correr la voz de que se la busca. La encontraremos y la traeremos a vuestra presencia para que pague por sus fechorías.
—Esa víbora estará ya muy lejos —exclamó Mebuki, sin poder contener su lengua.
—Es muy probable —dijo Naruto—. Pero por mucho que corra, no puede desaparecer sin más.
—Daremos orden de que la busquen por las aldeas y las granjas Namikaze. Y también por las tierras de nuestros aliados —propuso Danzo.
—No.
Todos miraron a la señora de Innis Rasengan, que había sido contundente con su negativa.
—¿No? —inquirió su esposo, con el ceño fruncido—. Esa muchacha merece un castigo.
—Ya es bastante castigo que haya tenido que abandonar su hogar, el único lugar que conocía, donde nunca le faltó un techo bajo el que cobijarse y comida en la mesa. Sé por propia experiencia lo desolador que es encontrarte sin nada, malviviendo por los caminos solitarios, dependiendo de la generosidad de otras personas. Las monedas que Kabuto le dio no le durarán para siempre. Ella sola ha decidido su destino.
Naruto la miró y sus ojos se suavizaron. Cogió su mano y se la llevó a los labios para besarla.
—La señora de Innis Rasengan tiene razón. —Se volvió luego a los presentes—. No obstante, haced correr la voz de que, si alguna vez regresara, no será bienvenida. No habrá más perdones para ella, ningún otro Namikaze volverá a sufrir a causa de sus maquinaciones.
Hinata estaba sorprendida de que el laird hubiera tenido en cuenta su opinión delante de todo el clan y su corazón se llenó de una cálida dicha. También se alegró de que los dos antiguos consejeros respetaran la decisión sin cuestionarla, porque eso quería decir que estaban empezando a aceptar a Naruto y ya no tendría que seguir luchando por mantener el liderazgo de su gente.
—Gracias por escucharme, esposo —le susurró, inclinándose hacia él para que nadie más la oyera.
Naruto la sujetó por la barbilla con suavidad, perdiéndose en su mirada.
—Estoy convencido de que, si mi padre hubiera escuchado más a mi madre, habría sido un laird mucho mejor. Yo no soy como él... me ha costado darme cuenta, pero así es. Siempre te escucharé, pequeño duende, aunque eso signifique pelear contigo cuando no estemos de acuerdo en algo. ¿Te parece bien?
—Me parece bien. Además, no siempre tendrás que preguntarme lo que pienso, dado que te jactas de que puedes leer en mis ojos lo que quiero sin dificultad. Como ahora...
—¿Quieres que te bese?
Ella parpadeó, coqueta, con un asomo de sonrisa en los labios.
—¿Aquí, delante de todos? —volvió a preguntar él.
—No, mejor retirémonos a nuestra alcoba.
Naruto no pudo contenerse ante esa proposición y se apoderó de sus labios sin importarle que los presentes en aquel salón no les quitasen la vista de encima.
—Y ahora sí, Hinata —le dijo casi sin aliento cuando puso fin al beso—, vamos a ocultarnos del mundo un buen rato.
Se levantaron cogidos de la mano y se excusaron delante de todos. Los habitantes de Innis Rasengan los observaron marchar con una sonrisa en sus rostros. Sabían que, a partir de aquel día, tendrían que acostumbrarse a presenciar más gestos de cariño entre los dos esposos, porque estaba claro que eran incapaces de disimular en público el amor que se profesaban.
Fin
