Pasó bastante tiempo, pero aquí está.
Every you...
Potter...
No sabes lo mucho que deseaba que nuestra relación funcionara. Cada día esperé a que algo sucediera; que algo dentro de ti ocurriera... que eso que había visto cuando te conocí, emergiera de algún sitio, pero no pasó. En vez de eso, te mantuviste tan egoísta como siempre lo has sabido ser, y yo no pude soportarlo más.
Necesito que sepas que no te hago responsable de todo lo que sucedió, no estaría siendo honesto si lo hiciera. Mucho de ello fue culpa mía y tengo que aceptarlo. Después de todo, fui yo el que te dejó ir más allá, fui yo el que permitió cada cosa... Tampoco niego que fui feliz a tu lado, porque sí lo fui y mucho, tanto, que soportar todo lo demás, valía la pena. Pasaste dos largos años castigándome, por no poder estar contigo antes, por no poder estar a tu lado en el momento en que más lo necesitabas, pero cuando decías eso, mentías. Sí estuve. Estuve ahí todo el tiempo que me fue posible. No quería que mis decisiones del pasado te alcanzaran, no quería que te vieras envuelto en toda esa porquería, no podía soportar el vivir así. Y, no me arrepiento de haber actuado de ese modo. Era algo que tenía que hacer solo, era mi carga, eran mis errores y no quise que pagaras por ellos, aunque después de todo, según tú, terminaste haciéndolo. Yo... nunca oculté mis intenciones ni todo lo que arrastraba conmigo. Fui honesto todo el maldito tiempo.
Cuando me enamoré de ti, cuando me di cuenta de que no estar a tu lado no era una alternativa a seguir, tuve que detenerme un momento y mirar atrás. Mis equivocaciones seguían allí, y no debía permitir que nos alcanzaran, porque tarde o temprano lo harían y nos destruirían. No quería ser una vergüenza, no quería que tu nombre se viera mancillado por el mío. No quería que tu nombre probara el fango, no quería causarte dolor. Harry, has sido lo más valioso que he tenido... yo, no quise hacerte daño y no sabes cómo lamento el haberlo hecho.
Hice lo humanamente posible para compensar cada una de las faltas que marcabas. Soporté tu alcoholismo, las fiestas, la promiscuidad, los engaños, la manipulación: soporté cada cosa, cada una mas aberrante que la otra, bajo el estandarte de que yo te había orillado a ellas. No te culpo por hacerlo, yo mismo creía que así era. De verdad, me sentía responsable de cada una de tus desgracias y nunca me dejaste superarlo.
Fue culpa mía: tu distanciamiento con los Weasley, fue culpa mía: tu pelea con Hermione, fue culpa mía: tu dada de baja en el cuerpo de Aurores y, fue culpa mía: cada mentira y cada botella de alcohol.
Muchas veces, me sentí sofocado. Sabía que las cosas no estaban funcionando, pero estaba tan acostumbrado a ti, que no podía irme. Tenía miedo de estar solo, tenía miedo de no ser amado por nadie más, tenía miedo hasta de poner un pie en la calle sin contar con tu protección y presencia... llegué tan lejos, que tuve miedo hasta de respirar sin ti.
No sé en qué momento me convertí en alguien en extremo patético, porque cobarde, siempre he sido. Por lo menos, hasta hoy.
Yo, me voy. Me voy así, haciéndote partícipe de mis intenciones por medio de una carta, porque me veo incapaz de decirte todo esto de frente. En realidad, nunca hemos llegado a los golpes y me temo que si me despido de ti en persona, lo haremos. Estoy demasiado amargado, demasiado triste; tengo el corazón roto. Admití que me quebrantaras, y todo ese enojo con el paso del tiempo, se convirtió en una ira abrasiva fielmente alimentada por el amor que te tenía, que te tengo.
Seguramente, si estuviera diciéndote esto en voz alta, flaquearía. La intensidad de tu cercanía me volvería loco y terminarías doblándome sobre la mesa o el sofá. Me envolverías en tus brazos, me llenarías el cuerpo de besos y yo caería hasta el fondo de mi maldita necesidad por ti. Mi cuerpo decidió convertirse en un traicionero que se derrite con tu sola imagen... Confieso que amaba esa sensación, amaba ver lo mucho que te excitaba el tenerme en absoluta sumisión. Sé lo que tenerme dispuesto y rendido te provoca, te hace sentir en completo control, te hace sentir el puto amo del mundo. Tener a alguien como yo a tus pies, debe ser una jodida alucinación.
Si fuéramos tan buenos en lo demás como lo éramos en el sexo, tal vez la situación sería diferente. Sin embargo, coger es lo único que hacemos bien juntos.
Tenemos ideas diferentes, tenemos pensamientos diferentes, tenemos amistades diferentes, tenemos pasatiempos diferentes... hasta nuestra visión del futuro es diferente. Si te soy sincero, no sé cómo conseguimos soportarnos durante tanto tiempo. No sé que es lo que me sorprende más, el que no me hayas matado o el que yo no lo haya hecho. Tus celos son insoportables, pero no tanto como lo es el no poder corresponderlos. Te pertenecía, pero jamás fuiste mío.
Las entrañas de nuestra relación estaban conformadas por el egoísmo puro, por las restricciones, por los insultos, por la posesión. No me malentiendas, disfruté el ser tuyo, el pertenecerte por completo, pero a la larga te volviste enteramente codicioso y te olvidaste de que yo también soy una persona que respira y siente. Me convertí en uno de tus costosos autos, esos que adoras pero que tienes guardados en el garaje de tu mansión. Son un lujo, eso sí, mas no te sirven de nada si no sabes conducir. Empero, eso a ti no te interesa. A ti solo te apasiona el hecho de tenerlos y de saber que los puedes tener...
Con los años, te darás cuenta de que nada llenará el vacío que sientes. O quizá no, ya no sé exactamente qué es lo que estoy escribiendo o lo que quiero decirte con todo esto. Las ideas fluyen y no se detienen. Estoy herido y el dolor no me deja parar.
Bastante tiempo, estuve asustado de tus reacciones, conteniéndome para no molestarte, para no discutir. Sí, llegué a estar cansado hasta de discutir, hasta de reclamar cualquier cosa.
En el pasado, hubo ocasiones en las que me moría por saber cada cosa de ti, necesitaba información, necesitaba llenarme de lo que eras, necesitaba tu compañía, tu voz, tus palabras obscenas. Recuerdo la fascinación con la que me mirabas, como si yo fuera único y fascinante. Pero todo eso se acabó, se acabó en cuanto la bruma de los primeros días se disipó y pudiste contemplarme realmente. Te diste cuenta de quién soy, me odiaste...
Odiaste cada detalle de mí.
Querer saber sobre tu día, se convirtió en algo detestable para ti. Las contestaciones groseras y vacías aniquilaron mi alma, me consumían hasta las lágrimas. Y mi llanto, también comenzó a fastidiarte, ya nada te conmovía.
Por lo tanto, en un sufrimiento silencioso, me fui alejando de ti. Preguntar por tu trabajo, por tus amigos; preguntar en dónde habías estado, preguntar por qué no llegabas a casa en días… dejó de importarme. Dejó de importarme un sábado por la mañana en el que despertaste a mi lado y dijiste el nombre de otro. Creía que ya no podías humillarme más, pero lo hiciste. Y se convirtió en un verdadero problema, porque cada vez que pensaba que ya estaba al borde, me empujabas un poco más, y lo hiciste tantas veces y con tanta continuidad que no pude percatarme del momento en que caí al abismo, hasta que ya estaba allí.
Solía creer que eras lo más brillante del mundo, divino, impoluto... Llegué a pensar que jamás podría merecerte, estaba convencido de que eras demasiado para mí. Claro que, todo eso, no hizo más que incitar mi ruina.
Tu valor no dejaba de potenciarse y yo, me quedé en la miseria tratando de pagarlo.
No sé por qué estoy haciendo esto ahora. ¿Qué sucedió para que finalmente tuviera las agallas de tomar esta decisión?
Creo que... simplemente no doy más. He padecido varias tragedias y, no te atrevas a llamarme mártir ni una sola vez, ya no te lo permito.
La pasé muy mal tratando de arreglar mi desastre, por eso no pude estar contigo antes, porque estaba pagando, estaba reconstruyendo mi vida para estar contigo, para que nada pudiera perturbarnos, para que nada opacara nuestra felicidad. Yo, de ningún modo me imaginé que te volcarías en mi contra y mucho menos, que yo lo aceptaría tan fácilmente. Yo, de entre todas las personas, acabé siendo nada. Si lo piensas, es casi una mala broma, una que ya no merezco. Mis errores están saldados, no tengo cuentas pendientes. No te debo nada, tu venganza terminó.
Justo ayer, cuando él vino a verte y me miró, noté que se había dado cuenta, noté que en tan solo un instante se había dado cuenta de lo que tú no has sido capaz de ver en meses, en años. Vio mi infelicidad, vio la tuya, vio el desprecio en tu comportamiento y sintió asco, pero no por ti sino por mí. ¿En qué me había convertido que era incapaz de frenarte?
Estaba ahí, temblando como una gelatina mal cuajada, a punto de deshacerme en la maldita hostilidad. Todo lo que la gente me decía acerca de nuestra relación, era cierto. Todas esas personas que aparté, todo lo que dejé atrás: mi empleo, mi carrera, Theo, mis amigos… Todo. Pensaba que valía la pena y lo valía, porque no eres un canalla, es solo que conmigo… no funciona, me odias de sobra como para que funcione.
Te he visto con otros, con ellos no eres cruel, con ellos sonríes, bromeas, no hay sarcasmo en tu voz. No eres una mala persona Harry, mas conmigo no puedes ser de otra forma y yo… creía que podía aguantarlo, pero ya no quiero hacerlo.
Te dejo todo lo que me has comprado y me voy de tu casa nada más con lo que he llegado hace dos años. Te dejo también los recuerdos, las frustraciones y el cariño, todo lo que compartimos, lo dejo aquí. Haz con ello lo que te apetezca. No te pediré que no me busques, no tendría ningún caso. Siempre has hecho lo que has querido y yo no te detendré, ni una sola vez he podido hacerlo...
Te amo, lo hice antes, lo hago ahora y realmente espero comenzar a dejar de hacerlo al terminar de escribir esta carta.
Draco Malfoy.
No conseguía dejar de rememorar las palabras que conformaban su vergonzosa despedida. ¿Cuándo podría estar en paz?
Esperaba, que al abandonar la mansión el dolor se hiciera cargo de él, explotando cada una de sus terminaciones nerviosas de un latigazo, pero no. El dolor se arrastraba por todo su cuerpo con una lentitud aplastante que no sabía sobrellevar. Se sentía destruido, enfermo. No obstante, al mirarse, podía darse cuenta que nada de eso era real. No del todo.
—¿Estás bien?
Levantó la cabeza al escuchar la pregunta.
—No. Lamento haber venido aquí, pero es el único lugar al que no vendrá.
La mirada era apacible. Había cambiado mucho desde el colegio, la madurez se dibujaba en sus facciones bondadosas.
—Puedes quedarte el tiempo que quieras. Parkinson, Zabini, Luna, Daphne, Nott, todos son bienvenidos. No tienes que preocuparte por nada.
Draco, negó. Estaba seguro de que no había ningún trasfondo extraño en las palabras del hombre... Pero el tono gentil resultaba desconcertante. No era algo a lo que estuviese acostumbrado.
—No voy a ser una carga, no quiero darte ningún tipo de problema. En cuanto consiga un empleo, yo…
—Draco, basta. No tienes que pagarme nada, creía que eso ya lo había dejado claro la última vez que hablamos. Lo más importante ahora, es que te recuperes de todo esto. Debes ir a terapia, hacer tus comidas, descansar y ocuparte en salir adelante.
—Lo siento. Sé que voy a ocasionarte muchos problemas, pero si me iba con Pansy o con alguno de ellos...
Una ola de ansiedad lo envolvió. No estaba listo para encontrarse con él.
—No sigas, no tienes que explicarme nada. Trata de pensar en ti, puedes hacer lo que quieras… mañana podemos ir a conseguir algunos materiales, Parkinson me comentó que te gustaba mucho pintar. Podrías tratar de volver a hacerlo.
Pintar. Una actividad, como las muchas que había dejado atrás. A Harry, no le gustaba que se entretuviera en ese tipo de cosas, no cuando había tenido que dejar su empleo por estar involucrado con él. Solía decir, que era egoísta que él hiciera lo que quisiera cuando él no podía por su causa. En ese momento había tenido mucho sentido, ahora sonaba estúpido.
—Pintar, suena bien.
Accedió. Necesitaba hacer algo que lo mantuviera ocupado, algo que pudiera detener sus pensamientos. Extrañaba tener la mente en blanco.
—¿Quieres comer algo? Mi madre dejó pastel de chocolate en la nevera.
Negó con fervor. El olor de la comida le daba ganas de vomitar.
—Tienes que comer, lo sabes…
El tono empleado le indicaba que no iba a obligarle. Era tranquilizador.
—Lo sé, pero cada que trato… no puedo hacerlo.
Respondió, en lo que sus manos jugueteaban con el borde del suéter.
—Come un poco, acompáñame. Comer solo es malo para la digestión, al menos un par de cucharadas.
La sonrisa que siguió a sus palabras lo enterneció. Con frecuencia, Weasley le recordaba a un niño pequeño. Tenía el cabello vuelto una maraña, tan rojo como en el colegio, llevaba un abrigo gris oscuro que hacía que su piel tomara tonos lechosos. Un camino de pecas cruzaba el puente de su nariz, dándole un aire juvenil que lo hacía sentir seguro, aunque no fuera correcto. Tenía que dejar de buscar un hogar en las personas. No era un animal abandonado, era una persona. Una persona funcional que debía ser capaz de salir adelante por sí mismo.
Suspiró. Sonaba muy bien, pero no era tan sencillo. Se sentía atrofiado, roto. Insuficiente.
Sacudió la cabeza, tenía que detener esas ideas. Podían llevarlo a un lugar oscuro y no quería echarse a llorar frente a Weasley.
—Si el pastel es tan bueno como dices, comeré un poco.
Ronald, sonrió abiertamente.
—¡Es de lo mejor, ya verás!
El hombre se puso de pie, pero al instante, un estruendo los dejó helados.
¡NO! ¡NO! ¡NO!
La sangre se le fue a las mejillas, sentía el rostro en llamas. ¿Cómo se atrevía?
—¡Sé que estás aquí! ¡Sal ahora mismo!
Los gritos, la violenta carga de magia, la tensión en el ambiente, todo...
—Creí… Lo lamento.
Dijo en un susurro, apenas logrando que la voz saliera de su boca. ¿Había sido tan ingenuo para creer que no se aparecería ahí? Pues sí, lo había sido. ¿Cuándo aprendería? ¿Cuándo se daría cuenta de que no había escapatoria? ¿Debía salir y entregarse? ¿Dejar que la fatalidad gobernara su existencia?
Estaba por ahogarse en un mar de confusión y anhelo muy difícil de distinguir. El verde comenzaba a deslumbrar su mente en malignas llamaradas, casi podía percibir la suavidad de su piel en la yema de sus dedos, las imágenes se filtraban en su cabeza, miles de recuerdos asaltaban cada una de sus emociones. Comenzó a sentirse mareado a causa del éxtasis y sin temer a lo que pudiera suceder después, avanzó en dirección a la puerta.
—Draco...
El llamado lo hizo girarse de inmediato. Su postura, un tanto inclinada le daba una apariencia de desdicha que no era agradable a la vista y sus ojos, un reflejo de los propios fueron un mazazo directo a la nuca.
—Yo…
—Estás fuera, estás lejos, él está detrás de la puerta. Por favor… no la cruces. No lo mereces.
Lo sabía, pero no funcionaba de ese modo. Necesitaba resistir y aferrarse a lo que fuera para poder hacerlo. Weasley, extendió su mano con delicadeza, ofreciéndola. Era un pedido, una súplica... La elección y el dilema flotando entre los dos.
Sin esperarlo, su brazo se estiró tanto como pudo y rozó sus dedos contra los suyos con suavidad, reconociendo la innovadora calidez. La caricia se transformó en un agarre firme. ¡Sorprendente! No se sentía como si uno de los dos se sostuviera del otro. De hecho, la sencillez del acto le arrebató una sonrisa; eran dos personas tomándose de las manos y nada más. Sin trasfondo, sin metáforas, sin sutilezas adornadas, no había nada más que un suceso, una bonita escena. Tomó aire y sonrió para sí mismo, apreciando la sensación de libertad y todo lo que esta acarreaba. Y a pesar de que, la voz continuaba llamándolo detrás de la puerta, ya no tenía intención de moverse. Estaba bien plantado sobre el suelo, consciente del peso de sus zapatos y de la agitación en su pecho. El momento era irreversible.
