Disclaimer: El Potterverse le pertenece a Jotaká... Estos chicos, a sus orgullosos papás Soly, Dani H Danvers, Gato Rojo y a Paulys. Y a mí. :D


Aren se vio la mano manchada de tinta.

—¿Sackville? —oyó. De inmediato comenzó a frotarla sobre el arrugado pergamino.

Miranda Smith apareció en la Sala Común. Arqueó una ceja y puso las manos sobre las caderas.

—¿Qué haces levantado tan tarde? Mañana tenemos el partido...

—No es de tu incumbencia, Smith —refunfuñó.

—Mañana nos vamos a enfrentar a los Slytherin —continuó ella, haciendo caso omiso de su gruñido—. Y Fowler quiere que estés bien reposado.

—Madame Fowler —corrigió él.

Miranda se sentó. El fuego del hogar calentaba la sala y hacía que sus ojos parecieran dos bolas brillantes.

—Como sea. Sabes que no se fijaría en un mocoso de dieciséis años, ¿verdad?

Aren clavó los ojos sobre ella. Miranda no se dejó amilanar.

—Sackville. —Se cruzó de brazos—. No me mires así, ni tampoco te molestes en negármelo.

—¿Celosa? —Aren arrugó el pergamino—. ¿Te fastidia que la mire?

—En absoluto —fue la respuesta de su compañera, cuyas mejillas adoptaron un leve tinte escarlata—. Pero...

—Basta, Smith. No me digas qué hacer. Mañana atraparé la maldita snitch y acabaré con lo que mi hermano no hizo jamás.

—Otra vez. ¡No haces nada por ti mismo nunca! —Miranda bajó la voz, pero seguía con las mejillas prendidas y apretaba los puños—. Juegas para complacer a Fowler —la profesora Fowler, Madame Fowler, ¡perdón!— y para devolvérsela a tu hermano... ¿Crees que no me doy cuenta de tu juego?

—¿Juego? —Aren Sackville se levantó y en su semblante se mostraba por qué lo llamaban el «león» en el colegio, lo cual coincidía de maravilla con su casa y el carácter bruto que los que no lo conocían muy bien le atribuían a la ligera. Miranda no se movió—. Deja de meterte en mis asuntos, Smith. Mi vida no te incumbe—

—¡Ahí te equivocas! —Lo señaló—. Tu vida sí me incumbe ¿y sabes por qué? —Con su dedo tocó el pecho del que fuera una vez uno de los alumnos más debiluchos del colegio, ahora macizo como una roca—. Porque soy la maldita capitana del equipo; y así tú seas la estrella, quien manda soy yo, ¿entendido? Y te ordeno que subas a tu habitación, te metas a dormir, y te reportes mañana por la mañana conmigo antes de siquiera atreverte a correr tras las faldas de nuestra querida Madame Fowler.

Se quedaron mirando por unos segundos, hasta que Aren finalmente se dio media vuelta y subió por las escaleras, todo su enorme cuerpo en tensión. Miranda, con el corazón latiendo a mil, volvió a sentarse y se cubrió la cara con las manos. Odiaba sentirse así, tan rara, tan... No quería pensar en Lucas. Tenía que cumplir, tenía que...

A la mañana siguiente el colegio amaneció con la atmósfera de anticipación al partido. Sackville había obedecido, casi manso, o tan manso como podía ser cuando nadie se metía con él, y se había reportado con su capitana a primera hora. Mientras, la clase de Herbología estaba siendo de lo más aburrida. Las cosas se avivaron cuando los tallos del Snargaluff se enredaron en el brazo de una alumna de Slytherin, con quienes compartían clase. La profesora había cogido unas enormes tijeras y con la ayuda de Clark lograron librar a su compañera. Miranda volvió a suspirar y consultó su reloj: quedaban veinte minutos, como los veinte puntos con los que Slytherin había sido recompensado por la «rápida actuación» de su alumno. Tsk, ya borrarían esas sonrisas después...

En el comedor algunos cuchicheaban y miraban a los jugadores. Miranda sentía la mirada de Lucas, y la de sus compañeros sobre ella y bufó, dejándolos atrás. Fácil era ser espectador. Solo cuando estuvieron en el campo para sus prácticas antes del partido, se sintió a gusto.

—¡Cuidado! —gritó—. ¡Netherfield! ¿Acaso juegas para Slytherin?

—N-no, capitana... —La niña bajó la mirada. Era la menor, bajita, nerviosa y considerada de mala suerte, pero Miranda debía admitir que cuando se trataba de batear, lo hacía bastante bien.

Miranda suspiró.

—Sigue practicando. —Una hora. En una hora el partido comenzaría. Estaba paseándose por el campo sobre su escoba, gritando órdenes, cuando advirtió la llegada del equipo de Slytherin. Puso los ojos en blanco. Se acercó a Aren.

—¿Qué haces?

El león la miró, mejillas ruborizadas. Miranda apretó los labios.

—Te necesito concentrado. ¿Has logrado atrapar la snitch siquiera?

—Una vez —admitió.

—¡Que sean dos! —De pronto se sintió irritada—. Fowler te dará toda la atención del mundo si ganamos el maldito partido...

Aren entrecerró los ojos.

—Deja de—

—Oh, deja de—

Escucharon a todos los jugadores boquear y exclamar de súbito. Clover se llevó las manos a la boca, y el equipo de Slytherin ya aterrizaba, con la menuda muchacha siguiéndolos, un rayo escarlata pasando a su costado. Ella hizo una señal y los Gryffindor la siguieron.

—¿Pero qué... ? —quiso saber Miranda, confundida, mientras se tomaba su tiempo para aterrizar. Se palpaba cierta tensión entre los miembros de los equipos. Erian Chandler instaba a mantener la calma, como siempre. Cuando ella se acercó unos pasos, descubrió que a Henry Clark le sangraba copiosamente la nariz, que se cubría con la mano. Sus ojos verdes lanzaban chispas y parecía a punto de empezar la discusión que no iniciara su correcto capitán o un Gryffindor, mas su mirada se suavizó cuando la pequeña Clover Netherfield se le acercó y puso una mano sobre su brazo.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —se lamentaba. Temblaba, pero sacó de su bolsillo un pañuelo extrañamente bordado y se lo ofreció. Él lo aceptó, y comenzó a empaparse en cuanto Clover, poniéndose de puntillas, se lo puso sobre la nariz con toda la delicadeza que podían sus manos temblorosas y torpes.

—Vamos... Por favor, sígueme... —pidió la niña, mordiéndose el labio para contenerse, quien sabía si para llorar o reír de los nervios. Miranda no podía enojarse con ella, no, no cuando era así... Suspiró, se acarició la sien y dijo:

—Deja que él vaya; tú quédate conmigo, Netherfield. Su capitán tendrá que—

—No —dijo Clark, con tono nasal, cerrando los ojos y abriéndolos otra vez—. Si ella quiere acompañarme... —E hizo silencio, mirándola.

—¡Maldición, Clark, date prisa! —pidió Stephen Hill, cuya voz comandaba siempre atención, contrastando con su estatura—. Debo buscar una reserva... —refunfuñó, sombrío, para sí.

Clover la miró con ojos grandes. Miranda asintió y permitió que la niña se fuera. Por Godric...

—Lo siento —pidió otra vez cuando abandonaron a sus compañeros, hablando atropelladamente—. Siempre causo problemas. Mi hermano suele decir que...

—No lo sientas. —Apresuraba el paso, la tela de su uniforme verde revoloteando tras él y lo único que desafiaba los colores de su casa era el rojo de su sangre en sus dedos—. Si hubiera sido Sackville... —Su voz cambió y apretó un puño, y se mordió el labio para no dejar escapar una queja de dolor. Clover se mordió el labio tembloroso. No quería estallar en risas nerviosas, no sería apropiado.

La enfermera los recibió con una exclamación de pura indignación. Sentó a Henry Clark mientras desaprobaba las "violentas" prácticas del quidditch y rebuscaba entre frasquitos.

—¡Mira cómo sangras, hijo! ¡Mira ese uniforme! ¡Tú hoy no juegas! ¡Te lo prohíbo! ¡Ustedes parecen animales y no muchachos, por Merlín!

Hill tenía razón en gruñir; perder a un jugador a menos de una hora del partido era para frustrarse. Clover bajó la mirada, sintiéndose más culpable que nunca, y solo la levantó cuando Madame señaló el pañuelo enrojecido.

Ella levantó la mano.

—Madame, el pañuelo me pertenece...

—Querida muchacha, no querrás conservar este pañuelo ensangrentado...

Henry Clark se aclaró la garganta.

—Madame... me gustaría devolverle el pañuelo a mi compañera. Verá, ella me lo prestó y se ofreció a acompañarme sin tener la obligación de hacerlo. Lo menos que puedo hacer es regresárselo. Un simple hechizo bastará para dejarlo tan limpio como antes. ¿No somos magos después de todo?

La buena señora suspiró.

—Si tú lo dices, querido... —Se dio media vuelta y rebuscó en otro estante.

—Sí era mi obligación... —dijo Clover en voz bajita, con las manos temblorosas, como ratoncito, los ojos picándole—. Yo te causé el sangrado...

—¿Tu capitana me habría acompañado? —preguntó él, mirándola de reojo—. ¿La estrella, Sackville, se habría ofrecido?

—No... No lo sé... —Ella había sido la causa, pero... pero... no sabía si...

—Tú viniste, haciendo más que ellos —razonó, su voz suave—. Más tarde te regresaré el pañuelo.

—Oh, no. No pretendía reclamárselo a Madame, solo señalar que era mío.

Haciendo gala de su infinita paciencia (al menos con ella), Henry Clark no suspiró con pesadez ni puso los ojos en blanco.

—¿Me lo puedo quedar, entonces?

Clover abrió la boca. Recordó aquella tarde en que se había pasado intentando bordarlo, sin éxito alguno, en lograr en que se viera tan bonito como los que hacía la mamá de Dona Dior y que ella no podía permitirse. Las puntadas eran un caso perdido y había terminado con los dedos asaltados.

—Ah. Oh... No veo por qué no... —Ella se encogió de hombros, e hizo un intento por sonreír. Quizá él le diera mejor uso...

En ese momento llegó a la enfermería su hermano James, sumamente preocupado. Quizá se enterara de camino al estadio. Tal vez. Madame se dio la vuelta con una gasa en mano, que le puso a Clark sobre su regazo. Cogió una cuchara y el frasquito y chasqueando la lengua y moviendo la cabeza le dijo:

—Cariño, sabes que el sabor no es el más agradable, pero tienes que aguantar...

—Stephen —dijo Erian, la imagen de un líder—, necesitamos a Crain. —Se miró la muñeca. Una diminuta gota le bajaba por la frente y fruncía el ceño y apretaba el palo de su cara escoba, pero jamás se mostraría abiertamente desesperado frente a nadie—. Kiara Crain. Pociones. Quinto. —Miró el camino por el que se habían ido Clark y Netherfield y dejó escapar un suspiro leve—. Tráemela, por Salazar, tráemela, es todo lo que te pido.

Stephen se retiró. Erian Chandler se pasó los dedos por su cabello y puso una mano en alto, mirando a su equipo, como si los observara desde las alturas cual águila.

—Tenemos reserva, calma. Yo mismo me he encargado de los entrenamientos; la muchacha está tan lista como Clark para jugar. —Se había encargado de todo, todo, todo. Se encargaba de la impecable imagen de los Chandler en el colegio, estudiaba, mantenía la compostura y sus modales impolutos, era el mejor de su maldito curso, ¡incluso tocaba el violín, por Morgana, creaba magia a la manera muggle! ¿Qué significaba esta pequeñez ahora, que no podría solucionarlo él? Tomó aire. Ah, eso sí. Tendría que pedir que tomaran en cuenta este accidente. ¡Lanzarle una bludger a un jugador faltando menos de una hora, por un nargle! Todos habían visto a Henry Clark chorrear sangre, incluso los pocos que llegaban recién para verlos entrenar. Al menos nadie lo negaría. Al menos. Volvió a mirar su reloj, regalo de su flamante padre. Más le valía a su oso darse prisa; tendrían que entrenar pronto.

Luxana regresaba de la lechucería, habiéndole enviado una carta a su hermano Gary. No acudió a su Sala Común, ni a la biblioteca (los Ravenclaw eran más que empollones asociales, y como todos los de su curso, tenía tiempo libre aquella mañana y dispondría de él como se le viniera en gana; eso era), ya que deseaba ver las prácticas de los equipos antes del gran juego. Nunca le había llamado demasiado la atención el quidditch, pero seguía cada partido como hacía cuando aún era una niña con Gary, tanto por costumbre como por cariño hacia él. Gary, capitán y estrella, había logrado hacerse con la Copa en su último año y el anterior, y todavía quedaba en el recuerdo el apellido Leitner cuando se hablaba de los mejores en ese deporte. Lux había probado la escoba un par de veces fuera de las clases; y aunque no se le daba mal, no sentía deseos de seguir sus pasos.

Encontró a algunos muchachos cuchicheando en las gradas mientras observaban a los jugadores amontonados en el campo, sin practicar.

—¿Qué sucede? —deseó saber.

—Están hablando por un accidente —dijo Jemima Bennet, compañera suya. Entrecerrados sus bonitos ojos azules sobre el campo, dejó escapar un suspiro de sus labios rosados—. Parece que una bludger le cayó a un cazador, Clark... y creo que el capitán, Chandler, demanda que se tome en cuenta el incidente... si ellos perdieran... —musitó lo último para sí, viendo de lejos a Erian Chandler y volviendo a suspirar.

Ella se sentó a su costado.

—Madame no va a querer que quien quiera que se rasguñe aunque sea el dedo regrese a las prácticas... —Lux recordaba que en su quinto año, Gary había estado ausente de un partido importante por haber recibido el día anterior durante el entrenamiento un golpe en la cabeza. Había sido fuerte, y a pesar de no haberlo puesto en peligro grave, la enfermera prohibió que siquiera se asomara al campo esa misma tarde—. No digamos ya dejar que juegue.

Dona Dior, con la espalda recta y las manos sobre el regazo dijo:

—Un día de estos convence a la directora para que prohíba el quidditch. —Con la elegancia de un gato se dispuso a abrir su mochila—. Mamá envió estas galletas —dijo, un poco insegura, y las miró—. ¿Quisieran... ?

Bajó la mirada. Aunque no pertenecía a su casa, Jemima solía frecuentarla, Lux sabía. Ella aceptó, y Luxana percibió un enorme alivio en el bonito rostro de Dona Dior. No le había costado adivinar que a la muchacha le incomodaba mostrar que llevaba una vida mejor que muchos de los alumnos, aunque no perteneciera a esas nobles y antiguas familias de sangrepuras.

—Sí —dijo Lux y alargó la mano, amable—, me gustaría probar...

Stephen había corrido directo a las mazmorras después de que Chandler le ordenara traerle a su reserva. Y en verdad él mismo se habría ofrecido de no habérsele pedido que fuera. Podía tolerar a Sackville, que nunca estallaba sin ser provocado, pero Smith... Algo en ella lo descolocaba. Quizás era su forma de ver a casi todos los hombres, como si todos fueran inútiles o...

Se mojó la cara en los baños. Necesitaba un beso largo de Emily para olvidarse por un rato de su día de mierda, pero no podría ser. No cuando tenía el partido en la nuca. ¡Había que ser pacientes! Si podía soportar al inútil del novio de su hermana, podía soportar lidiar con la estricta maestra de pociones... De modo que tomó aire. Pobre Netherfield, de cierta manera compadecía a aquella niña tan menuda y con tan mala suerte. Tendría que hablar con ella después, calmarla. Sabía que lo pasaría mal y suficiente era con la presión que los Gryffindor pondrían sobre ella.

Encontró a Kiara Crain en medio de una preparación en su caldero.

—¿Qué demonios? —preguntó después. Habían logrado abandonar la clase, muy a regañadientes de la profesora, y caminaba apresuradamente tras él, pues a pesar de que Stephen no fuera muy alto, aún le sacaba ventaja a la pequeña Kiara Crain con sus pasos. Le causaba gracia tanto malhumor en una persona tan bajita, pero nunca lo diría, claro.

—Estábamos practicando... Una bludger mandó a Henry Clark a la enfermería... Sangre por todos lados... —contaba durante el camino.

—Y no va a regresar —dijo Kiara, seca, aunque por dentro la idea de la sangre por todos lados la hiciera sentir incómoda.

—Ajá. Ya sabes por qué. —Puso los ojos en blanco.

—Ya. Y me sacas de clase de Pociones para reemplazarlo. —Se adelantó a él y se cruzó de brazos, arqueando una ceja.

Él levantó las manos.

—Oye, tú eres reserva...

Ella bufó. Se dirigió a ponerse el uniforme, y Stephen decidió regresar al estadio. Y cuando en efecto, regresó, se encontró a más estudiantes en las gradas. Gruñó... hasta que sus ojos se encontraron con su Emily, y una sonrisa discreta se formó en sus labios. Tuvo ganas de ir corriendo hacia ella y... Pero tendría que acabar con el partido primero. Y lo estaría viendo, carajo, tendría que hacerlo bien.

Kiara había cogido su escoba. ¿Sus amigas no habían terminado las clases todavía...? No, no. Ojalá hubiera metido el ingrediente equivocado en el caldero antes de salir, así explotaba todo y habrían tenido que dejarlas, aunque quizá terminará en el despacho de la directora... Buscó en las tribunas... y no, ni por milagro estaban, mas Dona Dior sí. Kiara puso los ojos en blanco. Dona Dior solía tratarla de manera extraña, invitándole galletas y ayudando o queriendo ayudarla en los deberes cuando la veía en la biblioteca... ¡A veces le preguntaba si estaba libre un sábado para ir juntas al Callejón Diagon...! Y siempre lo hacía con esa sonrisa tímida y las manos juntas, aleteando sus pestañas. Bufó, no sabía qué buscaba. Una parte de ella, una parte muy chiquita, decía que sus intenciones de ofrecerle su amistad eran genuinas. Otra decía que quería aprovecharse, pero no sabía de qué. En fin, ya tendría tiempo para descubrirlo después; y si se era sincera, comenzaba a sentir que debía reciprocarle los intentos de entablar una relación de amistad...

Cassandra Fowler se había personado entre los jugadores, Aren solo tenía ojos para ella, Miranda apretaba los labios, sus compañeros suspiraban, pero finalmente dejaron de decirse tonterías (o así llamaba Miranda a los discursos grandilocuentes que daba Chandler). Con menos de media hora, se reanudaron las prácticas. Consciente de la mirada de Emily sobre él, Stephen se lució lo mejor que pudo. Incluso podría no mirar mal al bueno para nada hoy... (porque se rehusaba a llamarlo cuñado siquiera. Por favor...).

—Aren, cariño... —le estaba diciendo Cassandra a su muchacho, faltando poco para que salieran otra vez a la cancha—. Escúchame...

—Cassandra... —Él levantó la cabeza.

—Madame Fowler —dijo ella, y se llevó una mano al pecho—. Buena suerte... —fue lo que optó por decir al final, mirando sus profundos ojos. ¿Cuando había comenzado a tener que levantar la cabeza para encontrarse con su mirada? Aren había sido tan corto de estatura... Bajó la mano que había querido posar sobre su amplio hombro, como si el apenas roce le hubiera pasado corriente.

El muchacho tragó saliva.

—Ganaré por usted, Cassandra —prometió, antes de coger su escoba. Había hecho un intento por acercarse, pero Cassandra había dado un paso atrás, que le había dolido tanto...

Miranda, que ya había comenzado a impacientarse, suspiró de alivio en cuanto Clover regresó, agitada y roja, corriendo hacia ella. Aren salía de los vestidores, barbilla en alto. Dona se mordía el labio y su corazón había comenzado a latir de nervios cuando las chicas señalaron la presencia de Kiara... Con los muchachos y profesores llenando las tribunas, Cassandra Fowler daría comienzo al partido.


¡Feliz cumpleaños, Soly! :) Admito que no sé qué demonios es esto. Pero quería escribir sobre estos chicos en un AU, y como yo amo los AU de Harry Potter... En fin.

No me atreví a incluir a los otros chicos sin el permiso de sus padres, solo a los hijos de ustedes; y si hice algo mal respecto a la elección de casas u otra cosa (como las edades, ejem), siéntanse libres de lanzarme crucios, saludos de Lannister o tomates.

Te juro que casi pongo a Aren en Sly. Luego dije... ¿por qué no con los leones? *ojos* y ¡tadá! Un Aren Gryffindor apareció... Traté de incluir su relación con Cassandra, y quise darle un puesto en el equipo.

A Clovercita la hice Gry y jugadora también jajaja, siento que sería buena golpeadora, y que podría causar algún accidente por ahí. Esta vez le tocó a mi hijo. Ups. Como tengo esta idea de que ellos se llevarían bien, quise darles una escena. :D

Eso. Espero que te haya gustado, y la pequeña lechuza. :)