—Killua…

—¿Mmh?

—Dame un abrazo.

Pasó de leer tranquilamente su revista de modas a mirar incrédulo al niño a su lado; sentado de piernas cruzadas y con las manos alzadas, pidiendo ser abrazado con una tierna expresión de te ordeno que me abraces.

—¿Para qué quieres que te abrace? —preguntó curioso, haciendo un esfuerzo inhumano por no acatar sus órdenes al pie de la letra.

—Tengo frío —soltó con simpleza. ¿Y cómo no iba a tener frío? Casi entrando al invierno él sólo portaba una delgada camisa blanca de mangas cortas y su short tan chiquito como siempre. Agitó ligeramente sus brazos para hacer énfasis de nuevo en que quería ser abrazado—. Vamos, Killua. Abrázame.

Killua continuó mirándolo por un momento. Fotografía mental. Era una vista demasiado adorable para olvidar.

Dejó su revista en la mesita de cristal que tenía enfrente, para luego acercarse con calma al morenito que comenzaba a sonreír al ser acatada su petición, u orden.

Cerró los ojos cuando sintió los calentitos brazos pasar por sus costados y envolverse en su espalda. Dejó al mentón ajeno reposar en su hombro al igual que el suyo, a la vez que bajaba sus frías extremidades y rodeaba los hombros cubiertos por la polera de manga larga favorita del albino.

—Estás muy calentito, Killua —murmuró, a gusto. Suspiró con satisfacción al verse envuelto en tan agradable calidez.

—Eso es porque yo sí llevo ropa —bromeó, pero sin intenciones de separarse. Era tan cómodo encontrarse así con el niño, y aunque él no tuviera frío ni necesitase alivio, definitivamente este confort era inigualable.

Antes de darse cuenta, ya tenía dormido al moreno en sus brazos. Pudo saberlo al escuchar los suaves ronquidos a su oído. Se rió un poco y lentamente lo recostó en donde estaban, quedando sobre él y tomando seriamente la idea de dormirse también.

Y así, unas horas más tarde, Leorio y Kurapika se encontraron con la adorable escena de dos niños cómodamente dormidos y abrazados sobre su sofá.


Cuidado, ando soft.