Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 6: CAPITOLIO

POV CORIOLANUS

−Entonces ¿eso significa que ya nos podemos ir?

−Así es. Te dije que estaba seguro que sería hoy. Pero deberás volver para controles en los siguientes días. La Academia enviará a alguien para buscarnos en cualquier momento. Acabo de firmar los documentos para tu alta médica.

Lucy se alegra por las nuevas noticias, estaba tan cansada de estar en el hospital como yo.

−Ahora estoy completamente a tu cargo.

−Siempre lo estuviste. Solo que por unos días solo seremos tú, yo y mi familia. Ninguna cámara, ni nadie relacionado a los Juegos del Hambre. Aprovecha estos días para descansar y relajarte.

−Eso suena bastante normal y alentador.

Ayer con Tigris le dijimos que ella debía pasar algunos días en nuestra casa hasta el día de la entrevista y se alegró mucho. Busco la ropa que Tigris le prestó el día anterior y se la paso.

−Ve a cambiarte. Por cierto, le di el vestido a mi prima para que lo lave y de ser posible, lo arregle.

Se ha estropeado bastante durante su estadía en los juegos, pero Tigris es capaz de hacer milagros cuando se trata de ropa y sé que, para Lucy, el vestido de su madre tiene un gran valor sentimental.

−Eso imaginé, gracias –ella acepta las prendas que le ofrezco y se dirige al baño.

Mientras la espero, me ocupo de guardar todo y acomodarlo en las bolsas. Al salir, ella me ayuda y me va pasando todo es resto de los regalos o la comida que han enviado para nosotros y que no pudo llevarse Tigris.

−No pensé que tuviéramos este impacto –reconoce.

−Todo se debe a ti, te los ganaste.

Un golpe en la puerta nos interrumpe y al abrir veo a un hombre vestido elegante con su traje negro, nos avisa que nos están esperando fuera para irnos en cuanto estemos listos. Debe ser el chofer que enviaron. Observo a Lucy guardando los últimos paquetes en una bolsa grande y vuelvo la vista al recién llegado.

−En unos segundos saldremos –confirmo.

−Permítanme ayudarlos a cargar sus cosas –dándole espacio para que entre, se acerca dónde está Lucy, la saluda con amabilidad y recoge todo.

Lucy solo se queda con mi mochila y se acerca para entregármela. El hospital está atestado de gente en la planta baja y tomo su mano para no perderla entre la multitud. El hombre que nos guía está unos metros delante de nosotros, creando un camino más o menos despejado para nosotros, por lo que nos vemos en la obligación de apresurarnos para seguirle el ritmo, algo que resulta complicado con tantas personas cruzándose en nuestro camino.

−¿Siempre hay tanta gente?

−Por lo general, es más tranquilo.

Todo el revuelo cerca de la entrada y fuera se debe a ella. Alguien debe haber filtrado la información de que pronto saldría del hospital. A nuestro alrededor todos nos están mirando.

−¿Qué hacemos?

−Solo escapemos de aquí.

Al acercarnos más, vemos periodistas y camarógrafos esperándonos en la entrada del hospital. El personal de seguridad, está tratando de controlar la situación, para que se mantengan fuera. Incluso podemos ver que un costado la poca gente que ingresa al hospital, debe mostrar sus documentos y entregar los papeles que indican que tienen turnos acordados con antelación, o asegurar que viene por urgencias.

Cubro la cabeza de Lucy con la capucha del abrigo de Tigris y rodeo sus hombros con mi brazo. Hace años que mi prima dejó de usarlo porque ya no le quedaba, pero es justo del talle de mi tributo.

−Se supone que no deben verte o ni debes hablar hasta la entrevista y la fiesta −explico−. No te separes de mi lado.

−Tomaremos otra salida, aunque no les puedo asegurar que no haya nadie esperando por ustedes –nuestro acompañante se gira a vernos por primera vez desde que bajamos y se dirige hacia un largo pasillo, llevándonos en la dirección contraria.

En esa salida alternativa, también hay personas de los medios esperándonos, son muchos menos y no hay ciudadanos comunes. Unos Agentes de Paz están haciendo guardia en la puerta para protegernos y al vernos dicen que nos rodearan, para alejar los periodistas de nosotros. Aún así, Lucy saluda con la mano a algunos de ellos, lo que provoca que empiecen a acercarse y hacernos preguntas. Ella me mira esperando una indicación y simplemente la atraigo hacia mí protectoramente y la guío al auto que nos está esperando a pocos metros, en el corto trayecto chocamos con varias personas que se interponen en nuestro camino.

−Entren rápido –nos dice un Agente de Paz abriéndonos la puerta de los asientos traseros antes de que lleguemos.

El chofer que fue a vernos dentro del hospital, está esperando en el asiento del conductor con el motor encendido. Una vez dentro, estamos seguros de que ni siquiera nos podrán ver gracias a los vidrios polarizados.

−¿Los dos se encuentran bien? –pregunta el chofer.

Lucy sigue con la cabeza en mi hombro mirando a las personas fuera.

−Lucy Gray –murmuro y ella dirige sus ojos a mí–. ¿No te han hecho nada?

−Estoy bien –ella parece reaccionar al escuchar mi voz y se endereza bien contra el asiento bajando la capucha del abrigo nuevamente.

Cuando mi brazo abandona su espalda, me apresuro a tomar su mano, tratando de transmitirle tranquilidad. Eso parece relajarla, porque lo siguiente que hace es sonreír.

−Estamos bien, podemos irnos.

Él asiente y arranca, no sin antes pedirnos que nos acomodemos en nuestros asientos y nos pongamos el cinturón de seguridad. La ayudo cuando noto que se le dificulta estirar y sacar la cinta fuera de la abertura. Durante el resto del camino, ella se toma su tiempo para observar la ciudad desde su posición, le enseño como debe bajar la ventanilla para que pueda ver mejor y ella me imita, le indico algunos lugares puntuales cuando pasamos cerca y cuando ella me pregunta por otros le respondo.

−¿No has estado en el Capitolio antes? –le pregunto en un momento, ya que, ella afirmó que el Covey solía vivir en todos lados, por lo que no he descartado la posibilidad.

−No que yo recuerde, pero los míos han mencionado algunas veces que han estado por aquí antes de la guerra, claro. Decían que era una hermosa ciudad.

−Lo era, ahora muchos de esos lugares que seguramente ellos conocieron no existen, o quedaron en ruinas. Tuvieron que empezar a reconstruir todo.

−Y luego resurgir desde las cenizas. Solo que algunas cosas inevitablemente no pueden volver y únicamente viven en nuestras memorias.

Puedo entender lo que implican sus palabras. Las pérdidas humanas, la pérdida de tu familia y tus seres queridos a causa de la guerra. Eso aún peor que las pérdidas materiales que pudo tener Panem.

−Lo siento, no debí decir eso –dice arrepentida, clavando su mirada en la mía y tomando mi mano.

−Está bien, sé que tú también sufriste.

Para cambiar de tema de conversación, le hago volver la atención a la ciudad, nombrándole algunos lugares que no han sufrido ningún daño años atrás y siguen igual desde hace décadas, lo que consigue distraernos de esos recuerdos dolorosos. En ocasiones, relaciona ciertos sitios con los relatos de los mayores del Covey durante sus estadías en el Capitolio y eso la hace sonreír nuevamente al sentirse más cerca de esos recuerdos felices.

Internamente deseo que esas auténticas sonrisas se vuelvan más habituales en ella en un futuro. Ya conocí bastante de su sufrimiento en este tiempo y quiero que eso cambie.

Ella me observa por unos segundos.

−¿Qué tan lejos estamos de llegar a la mansión Snow?

−Falta poco. Pero deberías empezar a mirar hacia el cielo –bromeo.

−¿Qué quieres decir?

−Ya verás.

Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que llegamos a destino.

El chofer quita el seguro de las puertas y nos permite salir, mientras él se apresura a buscar nuestras pertenencias del baúl y nosotros las recibimos. Nos entrega unos sobres con el sello de La Academia y dice que tenemos permitido salir, pero que prefieren que pasemos lo más desapercibidos posible mientras estemos fuera; también que lo podemos llamar cuando necesitemos que nos acerque a algún lado. Pienso en la entrevista y que en los próximos días debemos conseguirle todo lo que necesitemos para la misma, y prometo que lo llamaré pronto.

Aparentemente, los organizadores de los Juegos del Hambre han decidido darle un trato especial a los vencedores a partir de este año.

−¿Aquí vives? –pregunta impresionada por la altura del edificio.

−¿No hablaba tu canción sobre construir una mansión muy alta?

Asiente.

−Cada piso corresponde a un penthouse diferente, excepto una parte de la planta baja, que es común a todos.

−¿Y ustedes dónde están?

−El piso superior y la terraza nos pertenecen.

−Impresionante.

Para alguien que ha vivido gran parte de su vida en un distrito y recorriendo terrenos solitarios, probablemente lo es. Los únicos distritos que pueden llegar a tener un edificio tan alto, son probablemente el Distrito Uno y Dos.

La llevo hacia el ascensor, sintiéndome agradecido de que lo hayan reparado. Aunque la mayoría de las familias aquí nos hemos acostumbrado a subir las escaleras, resultaría muy agotador para Lucy Gray. Ella observa con curiosidad cuando las puertas del ascensor se cierran y me ve presionando algunos botones de la pantalla, pero tan pronto como el ascensor empieza a hacer un fuerte ruido y moverse hacia los pisos superiores, ella se sobresalta y se hace hacia atrás. Suelto todas las cosas y la tomo entre mis brazos antes de que se caiga. Me he acostumbrado tanto a los ascensores, que había olvidado lo mucho que podía asustar a las personas las primeras veces y ella nunca en su vida ha estado en uno aparente.

−Tranquila, te tengo. No pasará nada, es normal –sus ojos se abren y nuestras miradas se encuentran–. Solo estamos ascendiendo.

Su corazón late con fuerza contra mi pecho, a la par del mío. No estoy seguro si es debido al susto, o nuestra cercanía. Sus manos se aferran fuertemente a mi espalda y hombros y mis manos a su cintura.

−Coryo…

No si es la forma dulce en la que me llama, mis propios instintos tomando control de mi cuerpo, o el hecho de que no hemos tenido un momento de completa soledad desde los días anteriores a los juegos, cuando la ayudaba para la entrevista, pero mis labios buscan con desesperación los suyos y ella parece tener los mismos pensamientos respecto a mí, porque la barrera se rompe muy rápidamente y responde a mis besos con la misma intensidad y pasión por los siguientes minutos.

Ahora que tengo la posibilidad de conservarla a mi lado, no perderé el tiempo atormentándome con esos miedos pasados. Ella está viva… conmigo y eso es lo único que importa en este momento.

El sonido de las puertas abriéndose hace que nos detengamos en busca de aire, pero volvemos a besarnos una última vez, esta vez de forma calmada, porque una vez que salgamos de aquí, volveremos a tener compañía.

Cuando nos apartamos acomodo su cabello con mis manos y le sonrío. Sus mejillas sonrojadas, le dan un aspecto adorable.

−¿Estás lista para enfrentar a mi familia?

−¿Contigo? A todo el mundo –dice mientras peina mi cabello como hice yo con el suyo y deposita un último corto beso en mis labios antes de alejarse.

−¡Vamos! –la aliento y tomando todas las bolsas, le indico que salga, antes que yo.