Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.
CAPÍTULO 9: CONFESIONES
POV CORIOLANUS
Lucy me sigue por los pasillos en silencio para no despertar a nadie y ambos cargando unas mantas y abrigo con nosotros. Me detengo cerca de las escalera y volteo a verla, mientras tomo las cosas que ella carga para que suba tranquila y le ofrezco una llave.
−Son dos vueltas –explico.
Ella asiente y sube, subiendo cada escalón con cuidado mientras que sus ojos se acostumbran a la oscuridad de este sector.
Cuando llego a su lado, ella sonríe y abre la puerta ya sin llave.
Ya debe saber porque la quería traer a la terraza a altas horas de la noche, ya que no hizo ningún comentario al respecto. Nos quedan muchas cosas por hablar y aclarar a solas.
Parece sorprenderse cuando sube a una pequeña extensión de la casa en la planta superior con paredes de cristal amoblada con sofás, mesas y sillas y varias masetas con plantas decorando el lugar
−¿Vamos a estar aquí?
−Sí. ¿Te gusta?
−Es hermoso.
−Mi madre y yo solíamos pasar mucho tiempo aquí, se podía aprovechar mucho mejor la luz durante el día, y el cielo durante las noches. Ahora Madame es quien pasa más tiempo aquí arriba.
−Puedo entenderlo –dice acariciando suavemente la larga hoja de una planta cerca de ella.
Dejo las mantas en el sillón más cercano y me dirijo a su lado.
−¿Quieres que salgamos un rato?
Ella asiente y busca el abrigo para ponérselo, y me sigue. Tomo una de las mantas por si acaso. Tomados de la mano, atravesamos un camino y nos detenemos en cerca de las barandillas.
−Desde aquí puedes observar mejor la ciudad –digo. Puedo notar la expresión de sorpresa en ella.
−Incluso de noche la ciudad parece llena de vida –comenta encandilada con las luces de todos los edificios y hogares.
−Muy diferente del Distrito Doce.
−Definitivamente, pero la vista del Capitolio desde aquí tiene su propio encanto. ¿Las montañas dividen al Capitolio del Distrito Uno y Dos ¿cierto?
−En gran parte, sí. Y del Distrito Tres, también.
−En el hospital, dijiste que conociste el Distrito Dos y Cuatro.
−Me sorprende que lo recuerdes, parecías demasiado cansada.
−Al parecer tengo una buena memoria cuando se trata de ti.
−Y para la música –agrego.
−Les pongo atención a las cosas que me interesan –se justifica.
−Antes de la cena dijiste que querías componer otra canción. ¿Ya has pensado en algo?
−Oh, tengo algunas cosas en mente para ello. Solo que no estoy segura que sea muy adecuado para cantarlo en la entrevista.
−¿Por qué?
−No creo que sea conveniente para ti… o yo misma –murmura.
Fugazmente, pasa por mi mente la canción que cantó en su entrevista siendo tributo, llevándome a pensar en ese chico que dejó atrás en el Distrito Doce y que aparentemente la lastimó. Recuerdo la oleada de celos que sentí cuando ella escogió esa canción que le dedicó a él. ¿Le piensa dedicar otra? ¿Teme que me haga sentir molesto, o humillado nuevamente y herirme? ¿Teme por mi reacción?
Está bien, no podía pretender que ella lo olvidara tan fácilmente, cuando solo lleva unas semanas conmigo. Pero esas mismas emociones vuelven a resurgir dentro de mí y trato de mantener la calma, a pesar de que me duele mucho pensar que puede llegar a seguir sintiendo algo por ese chico.
Vuelvo la mirada al frente en vez de su rostro y me centro en mantenerla vista lejos de ella. Nunca debo perder la compostura, sin importar que pase. Tigris y yo solemos repetir eso, cuando las cosas van muy mal. ¿Por qué es tan difícil contenerme cuando se trata de ella?
¿Qué sucederá si vuelve al distrito y se reconcilia con él? ¿y si luego me deja atrás? Tal vez sea tonto pensar que puedo llegar un futuro con ella, de todas formas.
Mientras antes mis preocupaciones se basaban en mantenerla viva. Ahora con ella como vencedora y sintiéndome obligado a verla marcharse de mi lado en algún momento del futuro inmediato, mis miedos se basan en que ella cambie de opinión sobre todo lo que me dijo estos días y vuelva a su antigua vida.
−¿Coryo? –pregunta preocupada–. De nuevo esa mirada –dice tras ponerse frente a mí y tomar mi rostro entre sus manos.
−¿Qué mirada? –pregunto tratando de sonar calmado, pero sueno entre molesto y dolido por mis propios pensamientos.
−Tonto –ella sonríe, diciendo la palabra en un tono dulce.
Se pone de puntitas de pie, para rozar sus labios con los míos, haciendo que mi corazón vuelva a reaccionar ante ella del mismo modo que siempre, que casi me hace olvidar el motivo de mi molestia.
−¿Qué te dije? El único chico por el que mi corazón tiene un punto dulce eres tú. Eres mi presente y mi futuro. No dejes que mi pasado te afecte, porque nada de eso importa ahora. Lamento que lo hayas malinterpretado. Es solo que no pienso que esa canción sea adecuada, simplemente, porque habla sobre ti y nosotros. No quiero traerte problemas, probablemente se darían cuenta que me refiero a ti.
−¿Quieres escribir una canción sobre mí?
−¿Sobre quién más?
−No sé, otra canción de desamor como la que cantaste en la entrevista.
−Por supuesto que no. Esa nunca más la escucharás de mis labios –promete–. Aparte ahora solo albergo en mi corazón dulces sentimientos gracias a ti. Serás el único chico al que le dedique canciones de amor de ahora en adelante.
−¿Es una promesa?
−Lo es –responde.
−Aunque pensándolo seriamente, nunca lo he hecho.
−¿Te refieres a componer canciones alegres sobre alguien puntual?
−Exacto. Como dije, esa canción hablaba varios aspectos de mi vida, y me tomó meses terminarla, nunca había llegado tan lejos. Ahora creo me he soltado más para escribir sobre mi misma. Contigo es diferente, me inspiras en un buen sentido. Eres la persona correcta que llegó a mi vida en el momento adecuado. Pero sé que no me trajiste aquí solamente para hablar de sentimientos y admirar esta grandiosa vista.
−Ciertamente no, pero no me molesta que me recuerdes lo especial que soy para ti. Tenemos que hablar sinceramente por primera vez, ya lo sabes.
Ella asiente.
−Y aquí estamos solos, nadie nos molestará.
La intensidad del viento ha aumentado en los últimos minutos y el cielo está levemente cubierto por nubes.
Cubro a Lucy con la manta desde su cabeza y se aferra a ella de inmediato. El fino abrigo no es suficiente para este clima.
−Creo que deberíamos entrar, o terminaremos congelándonos.
Una vez de vuelta en esa pequeña sala, busco leña y la coloco en la antigua y clásica estufa de piedra; Lucy me va pasando sin que le pida algunas ramas más finas y diarios viejos para encender el fuego y se sienta a mi lado sobre la alfombra en el suelo a esperar.
−No tienes que ayudarme –le digo mientras observo como las llamas del fuego empiezan a consumir los troncos más gruesos y el ambiente se empieza a sentir más cálido–. Eres una invitada.
−No quiero sentirme inútil. En casa lo hago todo el tiempo a esto.
−Pero las quemaduras de tus manos son bastante recientes… debes tener más cuidado. No sería bueno que te lastimes con papel o astillas de madera. Por cierto, tengo algo para darte.
Saco del bolsillo de mi abrigo la pomada antibiótica, alcohol, dos rollos de vendas y cinta.
−Mañana llevaré más a tu habitación, los doctores me dieron todo lo necesario para hacerte curaciones y tratarte por casi dos meses.
−¿Eso no es mucho?
−Tal vez, pero ellos prefieren que te sobre y no que te falte. Fue bastante grave la quemadura y la tienes por mi culpa. Lo lamento.
−¿Cómo pensabas que iba a dejarte morir? Haberme quemado las manos ese día fue un precio bastante justo que pagar por salvarte la vida. No te sientas culpable.
−¿Al menos me permitirás cuidar de ti mientras pueda?
Ella sonríe y asiente.
−Hay una pequeña cocina detrás esa puerta blanca. Ve a lavarte bien con jabón y regresa.
Ella obedece y luego de unos minutos vuelve a mí, dejando sus brazos y manos al descubierto frente a mí.
−Adelante, doctor. Haga su trabajo.
−Creo que no llego ni a enfermero, Lucy Gray. Pero haré lo mejor que pueda por ti.
Siguiendo las indicaciones de los doctores, desinfecto mis manos con alcohol antes de empezar a aplicarle una o dos capas de pomada en su piel según qué tan dañada esté. Observando a detalle, puedo notar algunas quemaduras en sus brazos y también le aplico, solo que no tienen tan mal aspecto como las de su palma y desaparecerán muy pronto. Aunque ella parece sentir algo de dolor cuando la toco, lo soporta.
−Debes cambiar el vendaje dos o tres veces al día –explico –, cada vez que apliques la pomada. No es necesario que tengas el vendaje puesto todo el día, pero si por unas horas, después de cada aplicación, para que haga efecto y no se te salga.
−De acuerdo.
Cuando termino de vendar ambas manos, me dedico a aplicar el gel para cicatrices en su rostro.
−Esto tiene una función más estética, pero aplícatelo donde tengas heridas algunas veces al día, ayudara a que sean menos visibles con el tiempo.
A diferencia de la primera pomada para quemaduras, este tiene una textura incolora y la piel lo absorbe con rapidez.
−¿Eso es todo?
−Ya terminé.
−Gracias.
Se acomoda a mi lado y nos cubre a ambos con la manta, aprovechando el calor de nuestros propios cuerpos y de la estufa a leña.
−¿Sigues sintiendo frío?
−Un poco –reconoce–. ¿Tú?
−Contigo a mi lado, pasara muy pronto.
Ella apoya su mano vendada en mi brazo y puedo sentir sus dedos fríos.
−Darse calor unos a otros es una de las formas más rápidas de sobrevivir a una noche fría.
Giro mi rostro hacia un costado y le descubro mirándome como esperando una reacción de mi parte. Sus hermosos ojos con tonalidades doradas rojizas y cobrizo, tienen un brillo diferente ante las llamas, son como el fuego.
−Imagino que así era cuando Covey era libre. Sobreviviendo a la intemperie, y cualquier tipo de clima. ¿Cómo sobrevivían llevando ese tipo de vida?
−Alejados de la civilización y en medio de la naturaleza, teníamos que aprender a sobrevivir. Montábamos carpas en los lugares que nos asentábamos, y esos eran nuestros hogares por un tiempo. Los mayores cazaban animales, cultivaban y recolectaban frutas, verduras, también hierbas y flores que luego usábamos para hacer medicina o bebidas para curar enfermedades y aliviar malestares. En ocasiones, las necesidades que teníamos por conseguir algo, o tratar la enfermedad de alguien, nos llevaba a ir a los distritos. Incluso luego de la guerra, pudimos entrar y salir de algunos sin ser detenidos, pero por lo general, nos manteníamos lejos del territorio de Panem.
−¿Cuántos años llevas viviendo en el Doce?
−Creo que desde los nueve años… o los diez, no recuerdo. Tenía la edad que mis primas tienen ahora. Sobrevivimos mucho tiempo viviendo por nuestra cuenta luego de la guerra. Hasta que llegamos al Distrito Doce y las cosas cambiaron.
Me abstengo de sacarle información al respecto, pero deseo que alguna vez me hable de ese pasado por propia voluntad. Siendo un tema tan doloroso para ella, no la voy a presionar.
−Y ahora estás aquí.
−En el Capitolio, como vencedora de los Juegos del Hambre y contigo. Sinceramente no creí que pudiéramos llegar tan lejos. Las probabilidades no parecían estar a nuestro favor. Casi no puedo creerlo. Hay momentos en los que me pregunto cuanto de todo esto es real, y cuanto no. Nada desde la cosecha ha parecido realista para mí.
−Yo soy real, tú eres real ¿no es suficiente con eso?
−Tú eres real –coincide–. Eres lo único real en medio de tanta locura.
−Es normal que te sientas así, pasamos por muchas cosas en poco tiempo. Necesitas tu tiempo para procesar todo.
−Los Juegos fueron una pesadilla.
−También para mí. Por fin acabaron, Lucy. Contra todo pronóstico, sobrevivimos a ellos, y ahora nos tenemos el uno al otro.
−Sí, al fin podemos estar juntos. Parecía casi una fantasía sin sentido antes de mi entrada en la arena. Incluso ese escenario paralelo sin guerra, ni juegos que imaginamos una vez.
−Ese mundo paralelo donde nos conocíamos de otra forma y nos enamorábamos. Aunque ya no necesitamos imaginar eso, porque podemos tenerlo en esta realidad.
Sus ojos se llenan de lágrimas, pero está sonriendo.
−No hay nada que quiera más –responde.
−Espero que no cambies de opinión, porque no creo ser capaz de dejarte ir tan fácilmente.
−Entonces, Coriolanus Snow, el mentor estrella del Capitolio, está determinado a luchar por mí, una chica de distrito.
−Por supuesto. Aunque me tome años y mucho esfuerzo, encontraré una forma de que podamos estar juntos. Solo debes tener paciencia y confiar en mí.
−Te esperaré, nunca lo dudes.
Escuchar eso es alentador, una muestra de incondicionalidad y un bálsamo de paz para aplacar mis temores.
Pero ahora mismo, quiero tener otro tipo de respuestas.
−Quiero escuchar lo que te pasó fuera de cámara desde la cosecha. Quiero que hablemos sobre todo lo que no nos pudimos decir antes. Hazme todas las preguntas que quieras, ahora que puedes. Prometo responder todo.
Lucy Gray comienza con un relato de los días de apertura de los Juegos, cuando fue cosechada haciendo entender que su nombre no estaba en la urna, o que la hija del alcalde para deshacerse de ella conspiró junto con el padre para ser enviarla a los juegos.
−¿Por qué alguien haría eso?
−Ella siempre me desprecio –responde. –Incluso en la escuela. El Covey nunca encajó del todo con el estilo de vida del Distrito Doce, y peor si consideras que todos tenemos una buena relación con los Agentes de Paz. Es una larga historia, que la dejaré para otro día. La principal razón fue que ella empezó a salir con Billy, luego de que rompiéramos, luego de que yo rompiera con él, mejor dicho. Supongo que lo vio como una oportunidad de sacarme del camino definitivamente. No estoy muy segura, y tampoco tengo pruebas. Pero todo resultó extrañamente sospechoso.
−En La Academia todos pensaron que se hizo trampa y que tu nombre no estaba en la papeleta. Con la actitud que tuvo el Alcalde hacia ti, creo todos se compadecieron de tu mala suerte, en ese momento. Yo solo deseaba que no llorarás frente a ellos. Por algún motivo, me sentí demasiado apenado y frustrado. Pero cuando esa persona te animó, te recompusiste y saliste flote de una forma muy inteligente.
−Entonces ¿me crees?
−Ahora le encuentro sentido a lo sucedido ese día. ¿Es la chica a la que le metiste la serpiente entre su ropa?
−Bingo. Lamento haber perdido a mi pequeña amiga por eso, pero seguramente sobrevivirá por su cuenta, las serpientes son seres muy inteligentes.
−¿Cómo llegaste a tener esa serpiente verde como mascota?
−Porque encontré el huevo abandonado en el bosque, no estaba segura de que era, solo lo sospechaba y la rescaté para que no muriera. Cuando salió de su huevo, era muy pequeña e indefensa, le construimos su propia casita aclimatada, luego la cuidé y alimenté varios meses. De todas formas, ya estaba pensando en liberarla en su hábitat natural, porque consideraba que ya podía sobrevivir por su cuenta. Mientras las serpientes no se sientan amenazadas, estén familiarizadas contigo, no te hacen nada. Esa en particular no suponía ningún peligro para las personas, no es venenosa y tiende a ser pacifica, no va a ser demasiado grande, se alimenta de animales pequeños y roedores. Mientras estuvo con nosotros nos liberó de unas cuantas ratas pequeñas, es increíble la cantidad que puedes encontrar en el distrito. Es molesto.
Me río, ahora entiendo porque se refería a la serpiente de esa forma.
−Pero la hija de alcalde por su ignorancia, pensó lo peor –agrega.
−Sabía que tenías un motivo para hacerlo, luego de conocerte. ¿Y si estaba su nombre en la papeleta, pero su padre dijo en su lugar el tuyo?
−He pensado mucho en esa alternativa y me parece que tiene más lógica. Tal vez fue lo primero que pensó considerando lo mucho que me detesta ella.
−Eso es injusto. No es muy ético de por sí que quien se encargue de la urna sea alguien involucrado sentimentalmente, o por lazos consanguíneos con un niño o joven en edad de ser cosechado. Aunque debes tener muy mala suerte para que salga el nombre de tu hijo, tampoco es imposible.
−Mira el lado el lado positivo, ahora que sabes lo que puede pasar, puedes hacer algo al respecto. Tal vez te dé algunos puntos extras a los ojos de los organizadores de los juegos.
Ella no sabe que debo participar un año más en los juegos, pero definitivamente, es un asunto importante a tratar, la objetividad e imparcialidad durante el momento de la cosecha. ¿Cuántas veces habrá pasado algo similar sin que nadie se diera cuenta y habrán muerto chicos que ni siquiera habían sido escogidos realmente salvo por el capricho del Alcalde de turno?
Si el Capitolio se involucrara en las cosechas de cada distrito, probablemente se lograría un equilibrio y una elección más justa. Si no fuera por la confesión de Lucy, ni siquiera se me hubiera pasado por la mente esa alternativa.
−Definitivamente, el Capitolio debería hacer algo al respecto.
−¿Para ser más objetivos? Definitivamente, sí. Sería algo bueno –coincide.
−Prometo que discutiré este asunto con quien corresponda.
−No lo dudo –sonríe. –Volviendo al asunto…
−¿Hubieras deseado no salir cosechada? –pregunto seguro que quiere apuntar a eso.
−No –la observo sorprendido y ella aclara la cuestión–. Quiero decir, los juegos fueron un infierno para mí, eso salta a la vista. Tú mismo dijiste nunca pasó nada similar en las ediciones anteriores. Pero sin esto no te hubiera conocido, no me hubiera enamorado de ti. De cierta forma, me hicieron un favor y ni siquiera se dieron cuenta.
Oh, se refería a mí.
−También me hicieron un favor a mí, porque pude conocerte y ahora te convertiste en alguien importante para mi vida.
−Sin contar que estarías muerto –murmura–. Esa chica solo se preocupa por sí misma, no hubiera arriesgado su vida por ti, ni por nadie.
Sus palabras hacen que me sienta furioso con personas que ni siquiera conozco en persona, pero que le hicieron tanto daño a la chica que amo.
−Hazles pagar por lo que te hicieron, demostrándoles que no pudieron corromperte, que venciste y que en el camino encontraste la felicidad. Te puedo ayudar con la última parte.
−¿Ahora estás molesto?
−Por supuesto. Si pasó lo que crees, significa que ellos trataron de dañar y matar a mi chica. El Alcalde golpeó tu lindo rostro, cuando ya estabas condenada a morir, como si eso no fuera suficiente castigo.
La atraigo hacia mi pecho y la siento en mi regazo. Su brazo izquierdo rodea mi cuello y su otro brazo cae sobre su propia pierna cuando alzo mi mano para acariciar su mejilla delicadamente con mis dedos, señalando toda la zona que abarcaba su moretón.
−Tú no podías verte en un espejo, pero lucía muy mal cuando te conocí en persona en el andén del ferrocarril. Debió dolerte mucho, para que estuvieras a punto de llorar.
−Sí, me golpeó muy fuerte y la caída solo lo empeoró. Jessup fue muy bueno conmigo durante el viaje en tren, él me cuidó y al igual que en el zoológico, compartimos la poca comida que llevábamos encima, de cuando nuestros familiares se despidieron de nosotros.
Tal como sospeché.
−Déjamelo a mí, esto no quedara así ahora que eres vencedora y mi… ¿novia? Es mi deber protegerte.
−¿Somos novios? –pregunta algo emocionada.
−No sé, depende de ti. Es el siguiente paso ¿no? Lo siento, no tengo experiencia en estos asuntos. Nunca he salido con nadie, ni siquiera –reconozco, siento mis mejillas calentarse. Y ella las besa al notar el posible sonrojo.
−Eso explica muchas cosas –pero luego me da un beso, como si no le importara en absoluto mi nula experiencia en cuanto a relaciones–. El siguiente paso es que me lo preguntes y me lo pidas. Pero debe ser muy especial.
−Pensaré en algo especial, si así lo quieres.
−Sorpréndeme, Coriolanus Snow. Aún nos quedan unas semanas juntos.
−No me agregues esa presión. No estoy preparado para despedirme de ti.
−Yo tampoco. Por eso disfrutemos el tiempo que nos quede.
−Estoy de acuerdo.
Me inclino y rozo mi frente con la suya, simplemente quedándonos mirándonos unos segundos antes que nuestros labios se encuentren, sintiéndonos incapaces de apartarnos por los siguientes minutos.
−Es tu turno –le digo luego de alejar mi rostro del suyo, pero manteniéndola cerca de mí.
−¿De qué? –pregunta bastante aturdida por el beso.
−De hacer preguntas y obtener respuestas.
−Esa primera noche, Jessup y yo dormimos cerca de la entrada. Estábamos agotados tras pasar el día entero moviéndonos de un lugar a otro en esos túneles. El lugar era como un laberinto allá abajo. Dejé que él descansara primero y monté guardia, cuando unos gritos y ruidos nos sobresaltaron y Jessup despertó. Vimos algo, ése eras tú ¿no? ¿El que vino a mover a Marcus?
−Eramos Sejanus y yo. Él se coló entrando por… bueno, ni siquiera estoy seguro por donde ingresó, no hemos vuelto a hablar de eso, ambos queremos olvidarlo. Sejanus pretendía hacer algún tipo de declaración y enfrentar de esa forma a nuestra profesora, los organizadores de los juegos y el Capitolio. A mí simplemente me enviaron a buscarlo y sacarlo de allí, sin importar como.
−Eso prácticamente fue una misión suicida. Podrías haber muerto, Coryo.
−No podía negarme y la Doctora Gaul pensó que yo sería la única persona a la que él escucharía. Tenía razón.
También tenía otras intenciones para ambos. Pero me desagrada pensar en eso.
−¿Mataste a Bobbin? –ella pregunta en voz baja.
Cierro los ojos, incapaz de mirarla a los ojos y asiento. Solo he admitido mi crimen ante mi prima. Pero Lucy besa mi frente y permite que apoye mi cabeza en su hombro, la fragancia a rosas que ella desprende, me tranquiliza.
−Está bien. Lo entiendo. Ese chico estaba demente. Hiciste lo correcto, luchaste por tu vida. Fue defensa propia… nadie te puede culpar por ello.
Repite lo mismo que yo dije en el hospital, como una forma de consolarme.
−No tenía otra opción. No estoy seguro como sucedió todo. Incluso si lo pienso ahora, el recuerdo se siente tan confuso, borroso y ajeno a mí. Creo que agarré lo primero que vi a mi alcance para defenderme, en caso contrario, sabía que él me mataría. Y luego tres de los otros trataron de matarnos, casi lo lograron. Sejanus tiene la pierna muy herida, apenas se ha aparecido en La Academia desde entonces, porque está haciendo reposo.
Su rostro entre serio, apenado y molesto.
−¿Y tú? ¿Qué te hicieron?
−Tengo un corte en el brazo, necesité puntos, pero ya me los quitaron en el hospital.
−¿Cuándo te ausentaste de la habitación ayer?
Asiento.
−Sé que todos ellos los habían atacado. Podía oírlos jactarse cuando volvieron de los molinetes. Pensé que podrías estar muerto, porque hablaban de un cadáver entre los escombros. Me asustó el pensamiento de perderte. No respiré hasta que enviaste el agua.
−Entonces sabes cómo fue cada momento para mí. Eras todo lo que podía pensar. Habiendo experimentado lo que era estar en la arena, sentí más miedo por ti, estando alrededor de ellos y ver lo que eran capaces de hacer.
−Igualmente. Me agarré tan fuerte a nuestro pacto que podías ver la huella de la rosa en mi palma.
Tomo su mano, solo pudiendo acariciar sus dedos desnudos que sobresalen de su vendaje.
−Tenía tantas ganas de ayudar y me sentí tan inútil.
Ella trata de reconfortarme acariciando mis mejillas con las puntas de sus dedos, ahora mucho más cálidos.
−Podía sentir que me estabas cuidando. Con el agua y la comida, y créeme, sacar a Bobbin del camino, fue importante, aunque sé que debe haber sido horrible para ti, como lo fue para mí.
Lucy Gray anteriormente admitió tres de sus propios asesinatos en el hospital. Pero me explica que Wovey, no había sido su objetivo, ella quería llegar a Coral. Simplemente había colocado una botella de agua con algunas golondrinas y un poco de polvo como si se hubiera caído accidentalmente en los túneles, y Wovey había sido quien la había encontrado.
−Todavía no estoy segura de por qué esas serpientes me amaban tanto. No estoy convencida de que fuera mi canto. Las serpientes ni siquiera escuchan bien.
−Lucy Gray, esas eran mutaciones inspiradas en ti, todo es posible, incluso que tengan buena audición. Pero tienes razón en algo, no fue por tu canto únicamente. Tú te fuiste como su refugio en un lugar desconocido. En un momento desesperación, me encargué que fuera así. Yo quería que reconocieran tu olor y no te vieran como una amenaza.
Le cuento sobre el laboratorio, Clemensia, y el plan de liberar las serpientes en la arena, y cómo había dejado caer secretamente su pañuelo, el pañuelo de mi padre en el tanque para que pudieran acostumbrarse a al olor de ella. También que aparentemente todo había sido un plan para que al menos se asegurara que hubiera un vencedor y que yo había caído nuevamente en los propios juegos de esa mujer.
−Me cubriste maravillosamente con eso.
−Hice lo mejor que pude.
Ella considera las cosas por un minuto.
−Bueno, eso es todo, entonces. Te salvé del fuego y tú me salvaste de las serpientes. Somos responsables de la vida del otro ahora.
−¿Lo somos? –pregunto. No lo había visto de ese modo, pero toma una relevancia aún mayor.
−Claro. Es un hecho ya no podemos cambiar, ni ignorar –responde con una dulce sonrisa en su rostro mientras la enfrento nuevamente –. Tú eres mío y yo soy tuya, está escrito en las estrellas.
−No se puede escapar de eso.
Me inclino y la beso, sonrojado de felicidad, porque, aunque yo no creo en los escritos celestiales, ella sí, y eso es suficiente para garantizar su lealtad. Porque la mía no está en duda. Irremediablemente ambos nos pertenecemos el uno al otro.
Nos dejamos caer en la alfombra para seguir besándonos, después de un rato volvemos a hablar.
−Eres mía –murmuro y ella parece complacida de escucharme decir eso.
−Eres mío –replica.
−Por siempre –aseguro.
−Y para siempre –finaliza.
−Creo que te amo, Lucy Gray.
−También yo, Coriolanus Snow.
El resto de la noche la pasamos acurrucados en la cama improvisada que creamos sobre la alfombra con las mantas y almohadas, observando las estrellas en el cielo ahora despejado, conversando, dándonos besos y caricias cada tanto. Ninguno parece sentirse incomodo con este tipo de cercanía, que posiblemente anhelamos todo este tiempo. Los dos solos, en un mismo lugar y a salvo.
