Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 10: NUEVO DÍA

POV CORIOLANUS

La voz asustada de alguien, me despierta en la mañana, haciéndome abrir los ojos de repente y buscar la fuente de esa voz. Pero una calidez extraña y el tacto suave alguien me rodea. Y lo recuerdo todo, haciéndome bajar a la figura de la chica que está entre mis brazos con su cabeza en mi pecho.

−Lucy –murmuro.

Y a pesar de que ahora está en silencio, sé que fue ella quien gritó por su expresión tensa.

Está teniendo pesadillas, igual que las noches anteriores cuando estaba en el hospital y la puedo entender, porque en las últimas semanas he tenido más pesadillas de las habituales. En un intento de calmarla sin despertarla, froto su espalda unos segundos haciéndole notar que no está sola y llevo mi mano a su cabello atrayéndola más hacia mí y acariciándoselo. Unos minutos después su expresión se relaja y sonríe, sujetándose inconsciente a la tela de mi camiseta.

La total confianza y entrega que muestra hacia mí, resulta reconfortante. Me quedo inmóvil, temeroso de despertarla ahora que por fin puede tener unas noches de sueño tranquilo.

Pudimos hablar de muchas cosas anoche, incluso sobre los planes a futuro y las actividades relacionadas con los juegos que aún faltan en el Capitolio y su distrito. Ella tomó con bastante tranquilidad el hecho de tenga asistir a algunos eventos aquí, como la entrevista, la coronación y la fiesta; ya que ahora no debe temer por su vida.

Al final de la conversación, solo nos quedamos hablando asuntos más livianos hasta que nos quedamos dormidos. Estuve años evitando sentir este tipo de emociones por alguien, pero llegó ella y cambió todo. Ahora esta intimidad y cercanía que estamos empezando a experimentar últimamente y la seguridad que nos brinda estar juntos en esto, hará más difícil el momento de la separación.

Probablemente, ella tenga razón. En vez de pensar en nuestro futuro distanciamiento, por más corto que sea, deberíamos aprovechar el tiempo seguro que nos queda de una forma sana, para acercarnos y conocernos mejor. Y luego poder encontrar una forma de que el lazo no se rompa, sin importar que pase; hasta que nos volvamos a reunir.

Cierro los ojos, para aprovechar el poco tiempo que nos queda antes de que Tigris o Madame noten nuestra ausencia o vengan aquí, por los rayos de luz que entran y el canto de las aves que escucha en el exterior, debe ser muy temprano. No pasará nada si aprovecho a dormir un rato más antes de empezar el día, ahora que no tengo ningún compromiso más allá de cuidarla y encargarme de ella.

Más tarde, cuando vuelvo a despertar la descubro mirándome a pocos centímetros de mi rostro y en silencio. La luz me da directo en el rostro y vuelvo a cerrar los ojos. Ella estira su mano, para acariciar mi cabello, envolviendo sus propios dedos con mis rizos.

−Buenos días.

−Lucy.

La observo unos minutos hablarle, tratando de pensar que decirle.

−¿Estás hace mucho despierta?

−No mucho, pero te veías muy sereno durmiendo. Creo que es la primera vez que te veo tan tranquilo, o tal vez antes no pude tomarme el tiempo de observarte de esta forma. Simplemente estaba disfrutando de la vista.

−¿Y te gustó lo que veías? –no puedo evitar preguntarle.

Ella muerde su labio inferior y su rostro se colorea un poco, aparentemente Lucy no es la única que puede poner incomoda a alguien. Sonrío.

−Tus pestañas son largas y curvas, y tu cabello… adquiere un tono más brillante y claro con los rayos de sol. Es perfecto.

−Lucy Gray me está haciendo un cumplido. Me siento halagado.

−Sí, porque eres hermoso –reconoce.

−Es la primera vez que lo dices.

−Lo siento. ¿Debería decírtelo más seguido?

−No estaría mal escucharlo algunas veces.

−Bien, lo diré de nuevo. Tú eres hermoso.

Rompe la distancia entre nosotros para besarme, le correspondo y nos quedamos uno tiempo así, antes de apartarnos. Y aunque me gustaría quedarme horas con ella aquí debe ser tarde, mi familia podría entrar en cualquier momento y malinterpretar las cosas.

−¿Empezamos el día? –propongo aún con mis brazos rodeándola.

−No quiero, pero no tenemos otra opción.

Ambos nos sentamos sobre las mantas y la ayudo a ponerse de pie.

−Antes que nada, quiero agradecerte –dice–. Por salvarme, cuidarme y por la charla que tuvimos anoche. Entiendo que no pudieras hablar sobre todo eso antes y debió ser difícil para ti enfrentarlo solo. Sin embargo, ahora estamos juntos y somos un equipo.

−No quería preocuparte con mis propios problemas, tenías suficientes con los tuyos. Además, créeme cuando digo que el hecho de verte cuando algo pasaba, o la responsabilidad que sentía por cuidar de ti, eran una motivación suficiente fuerte para mantenerme de pie. Y por algún motivo, eras la primera persona en la que pensaba cuando enfrentaba todo eso. ¿Recuerdas ese día que te dije que me importabas? Ese día ocurrió el ataque a Clemensia. Estaba muy afectado, pero de alguna forma, me encontré dirigiéndome al zoológico… a ti. Quería verte y hablar contigo.

−Por eso actuabas tan raro.

Asiento.

−Pero cambiaste de opinión al verme y no dijiste nada.

−Tú estabas pasándola peor, casi te desmayaste por la falta de comida.

−Lamento no haberte escuchado, Coryo.

−Aunque hubieras estado bien, no hubiera podido decirte nada, porque los Agentes de Paz estaban vigilando.

−Es comprensible, después de lo que había pasado el día que mataron a tu compañera.

−Pero nadie desconfiaba de ti, ni siquiera los Agentes de Paz.

−De los otros, sí. ¿Todo estará bien a partir de ahora?

−Lo estará –prometo–. Mientras no tengamos problemas en el Distrito Doce.

−No puedo prometerte eso. Al menos, no fuera de cámara.

Entiendo lo que quiere decir, luego de la confesión de anoche.

−Ayer me confesaste que podrías enfrentar a todo el mundo conmigo. Hagamos eso. Enfrentemos a Panem y el mundo entero de ser necesario.

Mirándola a los ojos puedo estar seguro que se siente igual que yo.

−¿Sabes? Dudo que pueda encontrar alguien mejor que tú.

−Entonces, no busques más.

−No lo haré. Enfrentemos a Panem juntos, aquí en el Capitolio, o en el Distrito Doce. Da igual. Solo mantengámonos unidos.

−Eso es más que suficiente para mí.

Le tiendo mi mano y ella la toma, como un modo de cerrar nuestro trato.

Decidimos desayunar aquí mismo, ya que mientras dormíamos, Tigris entró y nos dejó la mesa cercana servida con comida, frutas y jugo natural. Con una nota avisando que tanto ella como Madame no estarían en la casa la mayor parte del día; ella por trabajo, y Madame porque había decidido días antes, visitar a una vieja amiga.

Luego de curar a Lucy, vendar su mano y hacerle tomar su medicina, preparo té para ambos y se lo sirvo.

Selecciono algunas frutas, las pelo y las corto para dividiéndolas entre ambos posteriormente.

−Recuerda lo que dijo el doctor, debes alimentarte bien. Las frutas están en tu nueva dieta debido al aporte natural de vitaminas.

−¿Te dio una lista?

−Sí, en realidad me la entregaron en mesa de entrada mientras firmaba los papeles para tu alta, junto con todos los cuidados que debes considerar.

−Debería leerlo –comenta.

−Está en mi habitación. Cuando bajemos te mostraré todo. También están esos sobres que nos entregaron ayer.

−¿No los has abierto?

−No he tenido tiempo y al comienzo me olvidé. Pero seguramente son sobre ti, los abriremos juntos.

Lucy, quien ahora está comiendo la porción de frutas mixtas que le serví, solo asiente.

−Ahora has tomado la postura de mentor, en lugar de la postura de novio.

−Soy versátil –respondo.

−Debes serlo –reconoce riendo–. Entonces… ¿Cuál es el siguiente paso?

−Debemos pensar una estrategia y debo orientarte sobre la entrevista. Sobre que hablar y que temas es conveniente evadir. También cómo comportarte ante todos cuando seas coronada.

−¿Y qué hay sobre la cena o banquete que mencionaste?

−Se llevará a cabo en el Salón Heavensbee. Irán alumnos, mentores, profesores, personas relacionadas con los Juegos del Hambre y el Gobierno.

−Entiendo. ¿Clases de etiqueta?

−No creo que las necesites tanto como otros. Sabes perfectamente cómo comportarte frente a las personas según quien sea y tienes buenos modales; pero, deberás medir más tus palabras y actitudes frente a las personas relacionadas directamente con el gobierno. Te ayudaré con eso. Posiblemente debas bailar con algunas personas. Sin embargo, como no soy el más indicado para eso, le pediremos ayuda a Madame, que tiene más experiencia en ese tipo de eventos de sociedad y bailes formales.

−Me resulta curioso que la llamen así, considerando que es abuela de ustedes.

−Nunca le gustó que la llamáramos "abuela" y las pocas veces que lo hicimos, las cosas no salieron bien para nosotros. Debido a eso, ya se volvió natural pensar en ella como "Madame".

−¿Cuál es su nombre real?

−Araminta, ella era madre de mi padre –aclaro.

−Lindo nombre.

−Pero casi nadie la llama así. Y es muy extraño que haya decidido salir, supongo que debe estar de buen humor, sumado a que han reparado los ascensores y puede salir más seguido.

−¿Cómo no lo estaría luego de lo sucedido? Seguro debe estar hablando sobre lo grandioso que es su nieto, como una abuela orgullosa. Es natural. De hecho, yo también debería felicitarte.

−¿Por qué?

−Por tu beca. La conseguiste, aunque no de la forma que creías en un comienzo, estoy muy feliz por ti. Créeme, creo que todo mejorará para ustedes ahora.

−Para nosotros –corrijo.

−Para nosotros. Confío en ti.

Luego de desayunar con la luz del día recorremos la terraza caminando uno al lado del otro, tomados de las manos.

−Es increíble, no sabía que se podían tener tantas plantas en una terraza.

−Si se prepara el terreno disponible de la forma adecuada, es posible.

−Se siente familiar para mí –reconoce–. El Distrito Doce está rodeado bosques, praderas y vegetación. Tu familia hizo un buen trabajo creando un pequeño paraíso en las alturas. ¿En ese invernadero están las rosas?

−¿Quieres entrar a ver?

Asiente.

−¿No le molestará?

−No, tranquila.

Madame decidió darle un lugar especial a las rosas debido a los cuidados que necesitan. Aunque también tiene otras flores y plantas, estas ocupan un lugar pequeño en comparación.

Le doy espacio para que recorra el lugar siguiéndola a cierta distancia mientras recorremos los pasillos, observando el entorno con atención.

−Debes sentirte bien aquí, dijiste que tu madre siempre olía a rosas. Aunque también debe resultar doloroso, en cierto punto.

Tomo una rosa roja que encuentro solitaria en un florero y cortándole un poco el tallo, debió quedar de ayer. La coloco a un costado en su oreja de la misma forma que hizo con la blanca de nuestro primer encuentro.

−Tú me entiendes más que nadie. Con el tiempo, aprendes a lidiar con el dolor. Por lo general, no me gusta hablar de mis padres.

−¿Por qué lo haces conmigo?

−No sé, me nace. Probablemente porque eres diferente y no debo pretender nada frente a ti, puedo ser yo mismo.

Ella me dedica una pequeña sonrisa.

−Debo ser muy afortunada, siendo el caso. Lo aprecio, Coriolanus.

−Tú también me puedes contar cualquier cosa.

−Lo sé. Creo que te debes haber dado cuenta, mis padres fallecieron de forma violenta. Sigue siendo un tema complicado para mí, pero prometo contarte algún día en detalle.

Llevo mi mano a su rostro y con mi dedo quito unas lágrimas que brotan de sus ojos silenciosamente. No quiero hacerla sentir mal y definitivamente no quiero que llore.

−Está bien, no digas nada. Tenemos todo el tiempo del mundo por delante para conocernos.

Nos sentamos sobre unas piedras en el borde de una fuente de agua que hay en el centro algunas hojas de plantas acuáticas parecen flotar sobre la superficie. La rosa que adorna su cabello cae al agua y ambos casi simultáneamente intentamos recogerla. Ella se detiene y levanta la mirada encontrándose con la mía. Tomo su mano junto a la rosa y la saco del agua.

−Estos últimos días, estuve pensando… No sé cuánto tiempo debas quedarte en el Capitolio, puede ser una semana, o más tiempo antes de que estés bien y planifiquen los siguientes eventos. Pero mientras estés aquí, ¿te gustaría salir? Realmente hay varios lugares a los que me gustaría llevarte.

−¿Me estás invitando a salir? ¿Sería una cita? –parece sorprendida por mi propuesta.

¿Lo estoy haciendo?

Solo pretendo que tenga buenas memorias y se sienta cómoda en el Capitolio. También quiero pasar tiempo con ella en otros ambientes… los dos solos.

−Cuando dos personas que se gustan mutuamente, deciden salir juntas a lugares poco habituales al menos para uno de los dos, y sin compañía…

−Es una cita –completo su pensamiento, sonriendo al comprenderlo–. Tengamos una cita, Lucy Gray. No, mejor… muchas de ellas, mientras podamos.

Coloco el tallo de la rosa en su palma y lo rodeo con sus propios dedos. Y una electricidad me recorre todo el cuerpo desde el punto en que nuestras manos se rozan. Estos sentimientos y sensaciones son tan nuevas para mí, que aún no logro acostumbrarme.

−Acepto salir contigo, Coriolanus Snow. Adonde sea y cuando quieras, pero con una condición.

−¿Cuál?

−Cuando estemos en el Distrito Doce, será mi turno.

−Trato hecho.

Lucy sonríe de la forma encantadora que la caracteriza ante mi respuesta y aunque siento curiosidad sobre los lugares a los que pretende llevarme, no digo nada. Si yo quiero sorprenderla, dejaré que ella también haga lo mismo conmigo.