Disclaimers: Todos los personajes le pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 15: CITA


POV LUCY

Llegó el día de nuestra primera cita. Tigris trajo mi desayuno a la habitación y no ha permitido que viera a viera a Coriolanus desde que desperté. Incluso cuando él toca la puerta para saludarme, ella abre la puerta en mi lugar y lo echa.

−Coryo, la ves todos los días, aguanta hasta que sea el momento de la cita. Necesito prepararla.

−No sabía que era el día de nuestra boda, como para no para no poderla ver o saludarla –la ironía e incredulidad en su voz es evidente.

−Es casi como si lo fuera. ¡Vete! Los chicos no suelen ver a sus novias hasta que es la hora acordada para el encuentro.

−Para nosotros es diferente, vivimos bajo el mismo techo.

−Bueno, haz de cuenta que no es así y desayuda con nuestra abuela. Tengo mucho trabajo que hacer con ella.

Me acerco a la puerta para que al menos, él vea mi rostro, pero la mirada de advertencia que me dirige Tigris, me detiene y me quedo detrás de la puerta.

−Lo siento, Coryo. Se lo prometí, le dije que no te vería hasta que saliéramos.

No sé qué expresiones hace, ni cómo reacciona, pero escucho un suspiro.

−Te veo luego, Lucy –acepta en un tono más calmado–. ¿Qué pretendes, Tigris?

−Crear expectativa, nervios, que empiecen a fantasear sobre cómo se verán y todo eso que se supone, se espera y siente antes de una primera cita.

−¿Por eso también me echaste temprano de tu habitación ayer?

−¡Oh, no! Ayer fue por otro asunto, algo de chicas.

−Está bien, no quiero detalles –responde repentinamente incómodo.

Contengo una risa.

−Pero no demoren, quiero que podamos aprovechar todo el tiempo posible fuera.

−Coryo, realmente quiero verte, pero creo que ella tiene razón.

Trato de convencerlo. Por lo general, siempre me escucha y toma en consideración todo lo que le digo.

−Lo sé –contesta–. Me iré, pero no pienses que dejaré que te alejes de mí, luego de vernos.

−No pretendo hacerlo –contesto con sinceridad.

−Hasta pronto, Coriolanus –lo despide rápidamente su prima, cerrando la puerta de mi habitación y poniéndole seguro.

Si él decidió responder mi comentario, no lo escuchamos. Tigris me mira y pasa su brazo por mis hombros llevándome de vuelta al centro de la habitación.

−Los hombres suelen ser tan ansiosos, pero ya nos hemos desecho de él.

−¿No fue demasiado cruel, Tigris? Solo quería saludarme como hace cada mañana.

−Por supuesto que no. Cuando vea lo esplendida que te dejaré me lo terminará agradeciendo. Por cierto, ¿tu piel no está irritada, ni te duele después de ayer?

Ayer decidió probar la cera y crema de depilar en mí, y esa fue la razón, por la que no dejó que su primo estuviera presente, luego me sentía tan adolorida, que apenas hablé cuando Coryo entró a verme en la habitación para saber cómo estaba y darme un beso de buenas noches en mi coronilla. Fue una tortura, como las pocas veces que puedo hacerlo en casa con métodos caseros, para lucir mínimamente bien durante las presentaciones.

−No te preocupes, no es como si no lo hubiera hecho antes. Casi no duele ahora.

Me siento en el borde de la cama y ella busca en un pequeño bolso, un envase y me lo pasa.

−Toma, es una crema que contiene aloe vera, entre otros ingredientes naturales y te aliviará.

Agradecida me la empiezo aplicar de inmediato, me refresca las pocas zonas que aún arden y efectivamente alivia la molestia, me la aplico en las piernas, brazos y hombros. Tigris dijo que era importante que ahora cuidara mi piel, sobre todo mi rostro, por lo que también compró algunas cremas para que me aplicara todos los días.

−Tal vez sea mejor que lleves pantalón o un vestido largo. Parece que va a estar algo frío por la noche ¿Te dijo dónde van a ir?

−No ¿debería?

−Sinceramente, tampoco le pregunté. Supongo que te llevará a algunos de esos lugares sobre los que discutimos ambos el día que llegaste a la mansión.

−Él dijo que iremos en tren ahora. No quiere a La Academia metida en medio, al menos hoy.

−Perfecto. Probablemente lo disfrutes más y nadie los controlará. Hagamos algo, veamos que puedes usar. Seleccionaré algunos conjuntos y te los pruebas –dice entusiasmada–. ¿Sabes? Me pone feliz que haya otra chica en casa, hay asuntos que no puedo charlar con mi primo, porque no los entendería; y con Madame, otros sobre lo que tampoco le puedo hablar por la diferencia de edad.

−Es comprensible –murmuro–. Aunque en mi caso tengo a mis primas, las mujeres del Covey, ellas son niñas. La mayor es muy inteligente para su edad, solemos hablar bastante. Aún así, hay cosas que no le digo, para protegerla.

−¿Las extrañas? Ayer mencionaste que querías escribirles una carta.

−Un poco. Pero tenemos televisor, espero que todos estén más tranquilos ahora que saben que sobreviví.

−Seguro lo están, porque incluso en las noticias hablan todo el tiempo de ti, diciendo que estás a salvo y recuperándote. En algunas ocasiones, hablaron los médicos que te atendieron, solo para informar de tu estado de salud y tranquilizar a la población.

Eso significa que incluso si no lograron hacer funcionar la televisión cuando llegué a la final, probablemente si vieron que estoy bien, más allá de los posibles rumores.

Cuando ella empieza a buscar en el armario entre la ropa colgada y ordenada en los estantes o cajones pulcramente, va seleccionando algunas prendas para combinar o vestidos.

Todo lo deja en la cama y yo miro sorprendida la hermosa ropa que Tigris eligió para mí. No me detuve a mirarla en detalle antes, aunque me parecía demasiado elegante como para usar aquí dentro.

−Tigris, sin duda tienes un excelente gusto –comento impresionada.

−Gracias, Lucy. No quise que fuera algo exagerado, pero sí que te diera algo de elegancia y clase, en caso de que necesitaras salir o ir a algún evento en La Academia. Pensaba que todo esto te quedaría bien, ahora pruébatelo, estoy ansiosa por ver si estaba en lo correcto.

Me pasa un vestido rosa pálido con mangas largas de encaje y con detalles en negro en el cuello y cintura. Pensándolo detenidamente, esto no sería algo que usaría en el Distrito Doce, pero para el Capitolio parece normal, y reconozco que a las mujeres del Covey hace diez o más años atrás, les hubiera encantado usar vestidos como estos al menos una vez.

Coryo trató de convencer a los televidentes que el Covey en sus mejores momentos, tenía bastantes similitudes con el Capitolio. Considerando que ellos estuvieron aquí algunas veces antes de la guerra, no es tan descabellado ese razonamiento, varios de los nuestros provenían del Capitolio y algún otro distrito. Por un motivo u otro se reunieron, conocieron y abandonaron sus vidas estables para viajar de un lado a otro.

Tal vez por esa misma diversidad que experimenté cuando era pequeña, aprendí a no juzgar a una persona por provenir de un lugar determinado. Es probable que, si no fuera así, me hubiera convertido en una más del grupo que intentó matar a Coriolanus y Sejanus cuando tuvieron la oportunidad.

Cuando salgo del baño con el vestido puesto, ella me está esperando frente a un espejo de la pared donde tengo una vista completa de mi atuendo y acomoda las mangas y el cuello. Luego, gira a mi alrededor observando cada detalle de mi cuerpo o la ropa, analizando si luce bien o necesita algún arreglo.

−¿Cómo te sientes?

−Es cómodo, pero ¿no debería ser más ajustado este tipo de vestido?

−En efecto, te queda un poco grande, porque eres delgada y eso que este es el talle más pequeño que encontré –explica un poco contrariada–. Me gusta y te sienta bien ese color… Con unas pequeñas modificaciones, te quedará perfecto.

Ella roza la tela e intenta medir con sus propios dedos lo que cree que debe modificar respecto al tamaño.

−Lo haré en estos días. Quítatelo, pruébate este y luego otros conjuntos más. Hasta que encontremos algo que puedas usar hoy.

Finalmente, termino con un vestido holgado sin mangas con un entretejido de figuras blancas y negras, que me queda por encima de mis rodillas, con medias opacas negras debajo y un pequeño short para que me sienta más segura, marca mi cintura con un cinturón blanco grueso y me entrega las botas negras que compramos en los días anteriores.

Cuando estoy vestida por completo admira su trabajo y sonríe.

−Usarás el tapado rojo.

Asiento.

−No he terminado. Es hora de peinarte y maquillarte.

Tigris decide que para evitar que la gente me reconozca debe cambiar mi look completamente, por lo que con una planchita alisa mi cabello rizado y me maquilla de forma distinta a las anteriores, en vez de utilizar colores vivos, sombras de ojos oscuras y de tonos tierra. E incluso la tinta de labios elegida es un poco más oscura que el rojo que empleé para la cosecha, más como un bordo. El maquillaje fue otra inversión hecha para que, en caso de estar sola aquí o en el Distrito Doce, pueda arreglarme para las cámaras.

Me ofrece un sombrero negro que podría ocultar bastante de mi rostro, si encuentro la ubicación correcta y unas gafas de sol oscuras que no permitirán que puedan ver mis ojos. También me coloca los guantes negros y abotona los bordes que rodean mis muñecas, para cubrir mis manos quemadas y protegerlas de posibles lastimaduras. El tapado semi largo rojo tiene botones dorados, que le dan un toque elegante.

Cuando me paro frente al espejo, observo mi aspecto, sin poder creer el resultado. No parezco ni del Distrito Doce, ni del Covey. Ahora luzco como una elegante chica del Capitolio y cualquiera que me viera no lo pondría en duda. Incluso si reconocieran a Coriolanus, si tomo precauciones para pasar desaperciba, probablemente pensarían que él está con otra persona, y no con la nueva vencedora. Siempre y cuando no estemos demasiado tiempo frente a alguien, claro.

−¿Realmente soy yo?

−Increíble ¿no? Creo que nadie te reconocerá hoy, te ves diferente.

Los días anteriores ni siquiera nos preocupamos porque nos reconocieran. No nos alejamos mucho del barrio, o estábamos haciendo compras con Tigris y el resultado fue que muchos se detuvieron a saludarnos, felicitarnos, regalarnos cosas a ambos y causamos tanto impacto, que no nos dejaron tranquilos en algunos lugares. Esta vez, no queremos que eso pase.

−Creo que tienes talento, incluso esos diseños tuyos son muy buenos. Deberías ser diseñadora o estilista, creo que les llaman así aquí. Había algunas mujeres en las filmaciones de los juegos para preparar a los conductores.

−Sí, aunque otras son solo maquilladoras. Y gracias –ella sonríe de forma amable como de costumbre, es una chica muy simpática y alegre–. Espero que podamos llevar varios a la realidad en las próximas semanas, después de todo son inspirados en ti.

−No puedo esperar a ver cómo quedan –me uno a su entusiasmo y le devuelvo la sonrisa agradecida. No es que me interesen los vestidos y la ropa en sí, pero siento bastante curiosidad por ver lo que ella es capaz de hacer.

−Te ves realmente preciosa, Lucy. Te va a adorar. ¿Estás nerviosa?

Intenté pretender que no me afectaba, pero apenas logré dormir a causa de la cita de hoy y cuanto más demoraba Tigris en prepararme, más nerviosa me sentía.

Esta también sería mi primera cita, incluso el poco tiempo que duró la relación con Billy, a él no le interesaban esas cosas. De todas formas, él siempre decía no había mucho para hacer en el Distrito Doce, que estaba ocupado, y que la mayoría de las personas solo se preocupa por vivir el día a día, dejando de lado lo demás. Pero en su caso, eran solo excusas, porque le gusta jugar con los sentimientos de todas las mujeres y salir con cualquier chica que se le cruce, sin pensar en las consecuencias. Él no estaba interesado en mí realmente, solo acostumbrado a mi presencia.

Podría decir lo mismo de mí respecto a él, pero eso no lo comprendí hasta que conocí a Coriolanus y empecé a sentir algo más fuerte que nunca había experimentado. Probablemente, debido a esos sentimientos mucho más intensos, deseé que Coriolanus fuera diferente conmigo más que nunca.

Ahora mismo me alegra haber terminado mi antigua relación, antes de que el imbécil de Billy se saliera con la suya, porque él me presionaba a dar pasos a los que no estaba preparada, mucho menos conociendo su historial de romances pasajeros; y yo no estaba dispuesta a ser una más. Como nunca me demostró un cambio y volvió a hacer lo mismo de siempre, lo dejé.

En cambio, con Coriolanus siento que encontré a la persona indicada para todo aquello me negué a entregar en la anterior relación. Mi corazón, mi cuerpo y mi alma.

−Muy nerviosa, ¿si algo sale mal?

Tigris se ríe y pone su mano en mi hombro tranquilizadoramente.

−No te preocupes, todo saldrá bien. Pero no conoces la ciudad. No te separes de él, es demasiado fácil perderse en algunos lugares.

−No me atrevería.

Aún me cuesta acostumbrarme a este cambio, a la gente, al lugar y no conozco demasiado a nadie más allá del circulo común de los Snow.

−Ya he terminado contigo.

−¿No deberías ver si Coryo necesita algo? –recuerdo que estoy absorbiendo casi todo el tiempo de Tigris, cuando Coriolanus puede estar en las mismas que yo.

¿Estará igual de ansioso que yo?

−Sí, debo hacerlo. Quédate en la habitación mientras tanto. La cartera que está en la cama, te la presto. Úsala para llevar algunas cosas que necesites, e incluye maquillaje para retocarlo si hace falta.

Cuando ella sale de la habitación me dirijo al escritorio con la pequeña cartera de Tigris, selecciono lo básico, las toallitas húmedas para rostro y los pañuelos que me dejó para mí, el polvo compacto, la tinta para los labios y otro tubito transparente que dijo que es un corrector de ojeras. Del cajón, busco algo de dinero que Coryo me entregó los días anteriores, el dinero restante de los patrocinadores, que La Academia le entregó para mí.

Las cartas que nos entregaron nos informaban a Coriolanus y a mí que se nos abrirían cuentas en el banco del Capitolio donde a partir de la fecha nos depositarían monto de dinero fijo mensualmente. Durante días previos, fuimos con él a resolver el asunto y firmar unos documentos. Al no vivir aquí y ser menor de edad, tuve que autorizarlo formalmente a él para que se haga cargo en mi lugar, en caso de haber un inconveniente y le permitan retirar dinero para enviármelo, si llego a necesitar.

El monto de nuestra mensualidad es tan elevado que en un distrito podría durarle tres meses a una familia sin problema. Es suficiente para que mantenga a mis primas y los miembros del Covey por un tiempo y no debamos preocuparnos, ni pasar necesidades. La familia Snow, en cambio, va a tener que dirigir parte de ese dinero para pagar los nuevos impuestos. Pero sin duda eso resulta ser un alivio para ellos.

El reconocimiento de haberme ganado ese dinero por tratar de sobrevivir y matar personas en los Juegos del Hambre, hace que de cierta forma me sienta sucia, pero el pasado no se puede cambiar y debo lidiar con ello. Cuando tu vida, o tu muerte depende de ello, haces hasta cosas que nunca pensaste que serías capaz. Debo dejar de pensar tanto en eso.

Sin embargo, incluso cuando trato de centrarme en otras cosas durante el día, las noches resultan ser terribles para mí, despertando en medio de la noche a causa de las pesadillas.

Cuando busco un par de cosas más y todo está guardado. Me asomo a la puerta de la habitación y no hay nadie. Sé que Tigris está ayudando a Coryo, cuando me acerco la puerta de la habitación de al lado y escucho las voces de ambos.

Tengo el camino libre y decido ir al living para esperarlos.


POV CORIOLANUS

−¿Estás listo? –pregunta Tigris.

Mi prima está ayudándome a arreglar el nudo de la corbata. Con los nervios apenas lograba concentrarme en algo, como para hacerlo suficientemente bien.

−No lo sé. ¿Lucy?

−Se quedó en su habitación, está algo nerviosa.

Somos dos.

−¿Qué pasa si hago algo estúpido y arruino todo?

−¿Algo como qué?

−¿Cómo podría saberlo? Nunca he salido con nadie.

−Te haré una confesión. Cuando a las chicas nos gusta alguien de verdad, lo único que buscamos es comprensión, amor y demostraciones de afecto. Lo demás pasa a un segundo plano. Llévala a hacer cosas que habitualmente no haga, algo diferente. Y finalmente quédense en un lugar tranquilo, lejos de la gente. Lucy Gray es alguien bastante simple, en un buen sentido. La conoces. Estará bien con lo que sea, porque está contigo.

Probablemente tenga razón, no es como si no hubiera tenido tiempo para conocerla previamente y saber cómo tratarla. Entonces ¿por qué estoy tan nervioso?

−Por cierto, su vestimenta hoy es algo diferente a la habitual y su peinado también. Espero que eso ayude a que no tengan tantas personas acosándolos. Te queda bien la camisa nueva.

−¿La hiciste tú?

−Sí, llevo haciéndola hace varias semanas, pero no quise mostrártela hasta que estuviera terminada. Y el pantalón lo compré mientras veía ropa para Lucy. Estoy experimentando, Coryo. En el fondo, sabía que tú y Lucy ganarían, por eso estuve preparando todo eso para ustedes.

Ella me dejó la ropa ayer en la habitación para que la usara hoy, y cuando ella entró recién, ya estaba casi preparado. No vi ninguna etiqueta en la camisa, razón por la que supuse que era de sus creaciones.

La camisa de color rojo tiene terminaciones tan perfectas que no puedes decir nada en contra del trabajo de Tigris. Solo los puños, las solapas de los bolsillos son negros.

−Ahora con los días liberados pude terminarla y agregarle más detalles –toca los botones dorados con un diseño entramado de ramas y hojas de olivo en los bordes–. Estuvimos eligiendo algunos con Lucy el otro día para tus trajes.

−¿Ella los eligió?

−Sí, mientras tú estabas en otro sector esperando que te entregaran todas las telas, nosotras vimos otras cosas, por eso no te diste cuenta. Como sea, ahora soy más positiva. Es mucho trabajo, pero tenemos tiempo y mañana empezará a llegar ayuda.

−Solo prométeme una cosa –digo mientras abrocho los dos botones de los puños de la camisa.

−¿Qué?

−Como tú dices recibiremos ayuda para terminarlo a tiempo. Por lo tanto, no descuides tu salud y duerme de forma adecuada.

Aún recuerdo la punzada de culpa que sentí al haber visto las ojeras oscuras de Tigris, que al parecer no había dormido en días por trabajar y resolver el problema de la camisa.

−Todo va a cambiar ahora, estoy seguro. Con el dinero que recibí no tendremos que preocuparnos por los impuestos por bastante tiempo, así que relájate. Luego, veremos. Haré lo que sea por ti, Madame y Lucy.

−Sé que lo harás y sé que encontraremos una solución. Somos Snow, después de todo.

Ella sonríe y me abraza.

−Mira lo lejos que has llegado ahora, Coryo. Se vienen cosas mejores.

Luego se aparta y me ofrece una bufanda y el tapado de piel oscura que está detrás de ella en la silla.

−Ahora ve por Lucy. Debe estar esperándote.

Cuando ambos salimos de la habitación, encontramos a Madame sosteniendo un ramo de flores coloridas, envueltas en un delicado papel, esta vez no se limitó a elegir solo las rosas del jardín.

−Sé un caballero, Coriolanus. Como un digno Snow –me indica simplemente sonriendo.

Sorprendido por el amable y aprobatorio gesto de Madame respecto a mi relación con Lucy, acepto en silencio las flores y sonrío agradecido. Me puedo imaginar a una versión más joven de ella misma, diciéndole lo mismo a sus hijos hombres, incluyendo mi padre. Esa mujer siempre tan ligada a las buenas costumbres, e inculcándolas a Tigris y a mí. Me alivia que estos días ella esté saliendo más y no interrumpa nuestras horas de sueño, reproduciendo y cantando el himno del Capitolio como hacía cada mañana. Es un milagro que Lucy Gray lograra que Madame se controlara y volviera a ubicarse en el presente.

−Gracias, Madame. Se las daré.

No es que no hubiera pensado en flores, pero ese detalle pensaba dejarlo para más tarde cuando…

Ya no importaba, si mi abuela se ha tomado el trabajo de seleccionar una gran variedad de flores para entregárselas a Lucy ahora, tenía que hacerlo.

−¿Dónde está? –pregunto.

−En el living –contesta Madame–, y estuvimos conversando un rato. Linda chica, se podría decir que ahora parece del Capitolio.

Tigris parece satisfecha por el cumplido.

−Esa es la idea.

Miro a ambas con cierta duda, porque no sé qué se refieren. Ahora soy el único que no la ha visto. Mis emociones dan giro, a un deseo incontrolable de verla. Apenas he hablado con ella desde la tarde y cuando fui a verla a su habitación estaba casi dormida.

Sin esperarlas avanzo, Madame se detiene frente a mí, levanta mi barbilla con sus dedos y me detengo enderezándome más de lo que ya estoy.

−Mejor –aprueba–. Es una cita, debes ser bueno con ella.

−Lo seré.

−Ve, muchacho.

Madame se hace a un costado y me deja el camino libre, mantengo un paso tranquilo mientras me acerco a destino, recordando mantener la frente en alto y caminar bien. El autocontrol para un Snow siempre debe ser importante, pero cuando se trata de Lucy me olvido del mismo la mayor parte del tiempo.

−¿Me veo bien?

−Claro que sí, guapo –dice Tigris, tratando de imitar la forma en que Lucy en ocasiones se refiere a mí.

−Eres un Snow, el atractivo lo llevamos en la sangre –agrega Madame.

No puedo decir nada en contra de eso, mis padres lo eran y estoy seguro que nuestra abuela también lo fue en su momento.

Antes de ingresar al living, oculto las flores en mi espalda y respiro hondo para serenarme. Ambas se quedan paradas en el umbral de la puerta y no me siguen más allá de ese punto.

Lucy está sentada en uno de los sillones, mirando la televisión. Desde que los juegos acabaron, prácticamente no se habla de otra cosa que no sea ella. Sin embargo, no es eso lo que parece llamar su atención. Ahora mismo está viendo un compilado de segmentos sobre ambos durante los juegos, con ella desde la arena y yo hablando desde el set.

−Me sorprende que estés viendo esto –interrumpo.

Ella ha intentado apartarse de cualquier cosa que transmitieran en la televisión, porque no quería recordar todo lo vivido.

−En realidad, estaba viéndote, escuchándote, sentí curiosidad por saber que habías dicho –contesta–. Te ves bien ante las cámaras y…

No es algo que particularmente me importara, salvo que esa era mi manera de conseguirle patrocinadores al instante a ella. Tampoco es algo que deseé hablar ahora, yo también estuve evitando ver las repeticiones de los juegos.

Lucy se detiene en medio de la frase, en ese momento, reacciona y se sobresalta.

−¿Coryo?

Dicho eso se pone de pie, gira en mi dirección y puedo verla por primera vez en detalle.

Hermosa, incluso con ese diferente cambio hecho por Tigris. Es perfecta. Madame tiene razón, cualquiera pensaría que es del Capitolio.

Solo estamos a pocos metros, pero al comienzo ninguno se mueve. Noto como baja la mirada repentinamente avergonzada, su cabello ahora completamente lacio cae a sus costados, más largo. Resulta extraño verla así, pero también la hace ver más atractiva de lo habitual y provoca que mi cuerpo reaccione ante esta nueva versión de ella, con latidos más desesperados. Mis ojos se encuentran con los suyos tras unos segundos y ambos damos pasos hacia el otro.

¡Di algo!

Me recuerdo a mí mismo. Con mi mano libre acaricio su rostro y su cabello.

−Eres perfecta.

−¿Más que esas lindas chicas de tu clase? –pregunta.

−No sé a quienes te refieres, nadie se puede comparar contigo –respondo siendo completamente sincero. En este momento, mis pensamientos están centrados en ella–. Eres hermosa e increíble, Lucy Gray.

Apoyo mi frente en la suya y cierro los ojos. Nuevamente huele a rosas. Tigris debió preparar la bañera de la misma forma que hicimos el primer día.

Ella apoya sus manos en mi cuello y posa sus labios sobre los míos brevemente, cuando dejo de sentir ese cálido contacto, abro los ojos.

−Coryo, tú también eres hermoso. Mi propio príncipe de cabello rubio y ojos azules.

−¿Por qué príncipe?

−Me rescataste y salvaste –explica.

−Tiene sentido –recordando los cuentos que mi madre me contaba de pequeño–. Lo volvería a hacer, si hiciera falta.

Ella me abraza, pero yo solo consigo rodear su espalda con uno de mis brazos, porque sigo manteniendo oculto el ramo.

−¿Estás lista?

−Sí, ¿tú?

−Vamos. Adelántate.

Ella toma una cartera, se coloca un antiguo sombrero de Tigris, una bufanda negra y las gafas de sol que dejó en el sillón, haciendo más difícil que puedan reconocerla. Desde esta ubicación solo alcanzo a ver la mitad inferior de su cara.

−Fue idea de Tigris –explica.

−Tal vez funcione.

−Eso espero, ya veremos.

Me coloco rápidamente mis propias gafas de sol, y subo la capucha del tapado a mi cabeza, antes de seguirla.

Miro en dirección a la puerta donde estaba Madame y Tigris, pero ya no las veo.

−¡Trataremos de no volver muy tarde! –grito por las dudas que están cerca.

Sospecho que la despedida de ellas conmigo fue en aquel pasillo y luego decidieron darnos algo de intimidad.

En el recibidor sigue la mochila con las cosas que guardé anteriormente. Ya fuera del penthouse pregunta:

−¿Qué tanto llevas ahí, Coryo?

−Es un secreto –contesto.

−¿También es un secreto lo que ocultas de mí en tu otra mano?

−No –le muestro el ramo de flores–. Para ti.

Su rostro se ilumina al ver las flores, haciéndome sentir arrepentido por solo querer reservarlas hasta la noche.

−Son hermosas, gracias –las acerca a su nariz para sentir el aroma y sonríe, yo hago lo mismo y tomo su mano en respuesta, entrelazando nuestros dedos.