Disclaimers: Todos los personajes le pertenecen a Suzanne Collins.
CAPÍTULO 16: CIUDAD
POV CORIOLANUS
El ascensor llega sin mucha tardanza. Esta vez, entramos juntos. Lucy ya le perdió el miedo al mismo y no vacila al ingresar, salvo por los momentos en que se pone en movimiento y por unos segundos se mantiene más cerca de mí.
Caminamos con paso tranquilo, hasta la estación de tren, cuando pasamos justo por donde siguen esparcidos los escombros, ella pregunta de que son.
−Los dejan como un recordatorio.
−¿Recordatorio de qué?
−De los Días Oscuros.
−¿Quieres decir que llevan una década ahí?
−Sí, nunca se han molestado en quitarlos y limpiar la manzana llena de escombros, a pesar que el barrio ha mejorado bastante sus condiciones.
Ella no parece no encontrarle sentido, y la verdad yo tampoco.
−No lo entiendo, ¿qué ganan con eso?
−Posiblemente que no olvidemos que implica una guerra y la destrucción que acarrea.
−No tiene sentido. Los que fuimos afectados por la guerra de una manera, u otra no olvidaremos todo lo que pasamos.
−Tienes un punto, pero creo que va más dirigido a las nuevas o futuras generaciones, igual que los Juegos del Hambre. Esto y los edificios y casas en ruinas, es solo una pequeña muestra de lo sucedió durante la guerra.
Lucy levante la mirada hacia mí, mostrándose comprensiva.
−Lo puedo imaginar, debió ser mucho peor.
No dice nada más, ya que no es un tema que deberíamos estar hablando hoy en nuestra cita.
−¿Falta mucho? –pregunta para cambiar de tema.
−No, la estación queda a dos cuadras.
−Vuélvete a colocar las gafas –le indico–. Ahora si estaremos en medio de mucha gente.
Ella obedece y también baja un poco el sombrero de modo que se crea una sombra que oculta gran parte de su rostro.
−¿No te resulta incómodo? ¿Puedes ver bien?
−Más o menos, pero confío en ti como guía.
Entre la multitud aglomerada de la estación, ambos tratamos de mantenernos lejos de las personas. Algunos hombres se detienen a mirarla y yo me tenso, no porque crea que la reconocen, de hecho, no parecen hacerlo; me incómoda la forma en que la miran. Tigris no solo consiguió que se viera como una ciudadana del Capitolio, también resaltó su atractivo a los ojos de cualquiera. Por otro lado, si le prestan demasiada atención, la reconocerán. De un movimiento la atraigo a mi pecho y la abrazo esperando que eso reduzca un poco de la atención que hay sobre ella, no se resiste. Una de sus manos cae a su costado y con la otra sujeta mi cintura.
Muchas de las personas que nos estaban mirando, incluso de manera casual, apartan la mirada y me relajo. Hoy no pienso compartirla con nadie más, como en las anteriores salidas.
−¿Estamos a salvo?
−Eso creo –contesto–. He notado que la gente que suele apartar la mirada cuando ve estas situaciones.
−Sí, porque es embarazoso. Pero en nuestro caso, nos dejaron de prestar atención, solo porque no nos reconocieron –murmura.
A lo lejos veo que se acerca el tren.
−Ya llegó.
La libero un poco para pueda caminar con libertad, pero no tanto como para que se aparte de mí y ascendemos por una de las puertas del último vagón y sin demorarme introduzco las dos fichas en las ranuras y recibo los tickets.
−Ahí hay lugar –murmura y miro en la misma dirección que ella.
Los asientos del fondo tienen respaldos altos, y sentados nos ocultarían bastante del resto. La gente parece estar demasiado ocupada en sus propios asuntos, y no reparan en nuestra presencia. Nos ubicamos silenciosamente en dos asientos conjuntos, separados de las personas más cercanas por el pasillo, dejando que ella se siente del lado de la ventanilla, mientras me quito la mochila, ella se queda mirando hacia el exterior a todas las personas que tratan de ingresar pronto para encontrar asientos vacíos.
−Así que, se trasladan dentro de la ciudad de esta forma –murmura entre dientes.
−También hay autobuses y desde hace un par de años, taxis –murmuro en el mismo tono bajo que ella–. Algo similar a lo que hace el hombre que nos llevó en días anteriores, salvo que sus autos son fáciles de identificar.
A pesar de que ambos nos miramos el uno al otro, no podemos ver nuestros ojos debido a las gafas negras y eso me perturba un poco, ya que la mirada de Lucy es demasiado expresiva, tanto o más que su sonrisa. Ella toma mi mano. Pienso que tal vez quiere preguntarme sobre donde la voy a llevar, pero no lo hace.
−¿Será largo?
−Un poco, disfruta de la vista mientras tanto.
No solo los trenes andan a baja o mediana velocidad por seguridad, también tienen varias paradas alrededor del Capitolio. Siempre sube y baja una gran cantidad de gente en casi todas las estaciones. Sumado a que el lugar al que iremos queda bastante apartado de casa, demoraremos.
−De acuerdo –acepta–. Esto es mejor que… ya sabes.
El tren de carga, aquel donde trasladan animales. Siempre creí que traían a los tributos en trenes como este, normales, sin ningún lujo especial, pero decentes; descubrí la verdad el día que fui al andén para recibirla a ella.
−Cualquier cosa es mejor que eso –coincido.
−Me dan escalofríos tan solo de recordarlo.
−No volverás ahí –le prometo.
Ella ahora es una vencedora, su regreso al Distrito Doce será junto a mí y un equipo del Capitolio, lo que asegura que iremos en un tren real para personas y que ahora será tratada como lo que realmente es.
Lucy se quita el sombrero y lo reemplaza por la capucha del tapado con rapidez. Apoya su cabeza en mi hombro y se sujeta a mi brazo.
−Te ves linda –le digo.
Ella sonríe y cuando ella se quita las gafas, cierra los ojos.
−Me siento extraña, pero gracias. ¿Te gusta mi cabello?
−Me gustan tus ondas naturales, pero te ves hermosa con pelo lacio, también.
−Siempre me pregunté cómo se me vería así, me gustó lo que hizo tu prima con mi cabello.
−Así es ella.
−También hizo esa camisa que llevas puesta, ayer me la mostró. El talento está ahí, solo debe seguir explotándolo.
−Espero poder ayudar a Tigris en el futuro en eso –respondo.
Paso mi brazo por sus hombros y beso su frente.
−Este vagón siempre es más tranquilo y más pequeño que los demás.
−¿Entonces tuvimos suerte de encontrarlo vacío?
−Se puede decir que sí, igual suele llenarse más adelante.
Tiempo después, mientras descanso mi cabeza en la levemente en la suya, dormitando, Lucy pica mi brazo con su dedo índice y abro los ojos. Y me recrimino a mí mismo por no haber logrado dormir correctamente la noche anterior, tenía mucho para pensar y preparar, y los nervios no colaboraban.
−Creo que tenemos una sombra –susurra en mi oído.
Miro en la misma dirección, en los asientos frente a ella está el niño del zoológico, Poncio, quien le entregó a Lucy una pata de pollo de su propio almuerzo. Lucy le está sonriendo y él también. Cuando lo miro, él dirige sus ojos hacia mí y pongo mis dedos entre mis labios, pidiéndole que mantenga el silencio. Lucy hace lo mismo a mi lado. El niño asiente y hace otra seña de estar sellando sus labios para que sepamos que mantendrá el secreto.
Lucy levanta su mano y acaricia el cabello rubio del niño cariñosamente, murmurando un "gracias" suave. Su madre está demasiado ocupada entreteniendo a su hermana menor con un ataque de llanto como para prestar atención a la escena.
−Poncio, no puedes pararte así sobre los asientos. Es peligroso.
−Lo siento, mamá.
El niño mueve sus manos a modo de despedida, no sin antes tomar la mano de Lucy brevemente, luego la mía. Ella le entrega una de las flores del ramo, probablemente como una forma de agradecimiento por lo que él hizo en el zoológico, lo que provoca una gran emoción en él, para luego volver a sentarse en su asiento correctamente, desapareciendo de nuestra vista.
−Lo lamento –se disculpa la mujer sin molestarse demasiado en mirarnos–. Mi niño es muy sociable y curioso. Le gusta la gente.
−Descuide –respondo intentando cambiar un poco mi voz habitual–. Nos agradan los niños.
Lucy rápidamente se coloca las gafas, y vuelve su atención a la ventanilla. El pequeño niño estuvo tan cerca de nosotros, también tan fascinado por Lucy todo este tiempo que resulta imposible que no nos reconozca teniéndonos tan cerca. Seguramente, reconoció nuestras voces y decidió comprobar si éramos nosotros.
El resto del trayecto nos mantenemos en silencio, con ella mirando cada lugar nuevo que descubre del Capitolio con distintos grados de interés y abrazados.
Cuando Poncio, su hermanita y su madre bajan, veo que nos saluda con sus pequeñas manos en el pasillo en dirección a nosotros; pero a los ojos de los demás, no sería la primera vez que un niño reacciona así ante alguien que le agradó en un trasporte público. Él no le dijo nada a su madre sobre Lucy, ni siquiera cuando le preguntó de dónde había sacado la flor.
El tren se detiene en el centro de la ciudad, para ese momento, muchos de los estaban en el vagón se han ido y está casi vacío.
−Vamos a bajar –aviso.
Tomo su mano y la ayudo a ponerse de pie, nadie nos presta demasiada atención cuando caminamos por el pasillo y salimos del vagón. Lucy se detiene frente a mí, esperando que haga y diga algo.
−¿Cuál es el paso siguiente?
−Solo caminaremos y daremos un paseo.
−¿Serás como un guía turístico?
−Seré tu guía turístico –bromeo.
−¿Recibiré una guía personalizada? Debe ser un servicio costoso –sigue la broma.
Hicimos un buen equipo desde el primer momento, dándonos ideas y siguiéndonos el juego mutuamente, mientras improvisábamos.
−Solo un poco.
−Pero estoy dispuesta a pagar lo que sea, ¿Quién podría decirle que no a un joven tan atractivo y carismático?
−En ese caso…
Tomo su rostro entre mis manos y la beso, sin siquiera preocuparme de alguien nos vea, hoy nada importa. No me molestaría tener que decir que Lucy Gray Baird me pertenece y que yo le pertenezco en la misma medida.
Si no fuera porque probablemente confesarlo ahora sería considerado poco profesional de mi parte y nos traería más problemas que ventajas, lo haría sin pensarlo dos veces. Aparte ella podría ser vista como una traidora a los ojos de los Distritos… de su Distrito, porque más allá de que los dos jóvenes de este año demostraron no hacer ninguna diferencia entre las personas por su origen, eso no significa que los demás sean iguales. Incluso si la estancia de ella en el Doce resulta ser corta, no quiero complicársela.
Luego de unos segundos ella reaccionó y me devolvió el beso. Cuando me aparto, ella se queda inmóvil. Está demasiado sorprendida por mi pequeño arrebato, debido a que no nos hemos besado en público desde esa primera vez.
−No te importa nada, ¿verdad? –pregunta.
−Lo gritaría a los cuatro vientos, si me lo pidieras.
−Esto se acerca bastante. Estamos cruzando la línea.
─Técnicamente, no sería la primera vez.
─Y no será la última.
Ella rodea mi cuello, acerca su rostro al mío y vuelve a besarme brevemente.
─¿Eso cubre el costo total de sus servicios, señor Snow?
¿Algún día tendré suficiente de ella? Por la forma en que me hace sentir nada, seguramente la respuesta es no. Niego con la cabeza.
─No, pero es aceptable por ahora.
─En ese caso, si llego a estar satisfecha con su servicio, tendrá su recompensa.
─¿Más besos?
─Tal vez, pero estaba pensando en algo mejor… mi voz.
No importa cuántas veces la escuche a Lucy cantando, nunca me canso. Incluso, en los momentos que quiero estar tranquilo, solo basta que la deje sola en la terraza durante sus ensayos, porque no se escucha nada desde la planta inferior.
Ojalá pudiera decir lo mismo de Madame cada vez que reproduce y canta cada mañana el himno del Capitolio y en pocas ocasiones el de Panem. Al recordarlo, me dan dolores de cabeza.
─Mucho mejor –y a pesar de no poder ver sus ojos, la sonrisa que me dedica es suficiente para mí.
─Dices eso, pero debes ganártelo.
─Lo tomaré como un reto –prometo–. Quiero un fragmento de la canción que estás componiendo para mí –advierto.
─¿Cómo sabes que estoy componiendo para ti?
En los últimos días, cada vez que yo aparezco ante su vista, ella deja de cantar, tocar instrumentos o escribir, claramente ocultando algo de mí. Cuando le pregunto qué está haciendo, se pone nerviosa e intenta desviar la conversación a otros asuntos.
─¿Me lo vas a negar? No has sido nada discreta.
─No lo negaré. Perdón por eso.
─Solo te perdonaré si esta noche, me cantas algo.
─Pero no la he terminado y necesita ajustes –explica.
─Solo pido un adelanto –justifico.
─De acuerdo, lo tendrás. Si te lo mereces…
─Verás que sí.
─Te tienes mucha confianza. Me gusta.
─¿Te gusto?
─¡Hey, no quise decir eso! Solo dije que me gusta tu confianza.
─Pero… me acabas de besar ¿no?
─Y tú también. No pienso admitir nada, si tú no lo haces.
─No es el momento.
─En ese caso, no diré nada –finaliza riendo suavemente.
Ella se aferra a mi brazo, de la misma forma que en el zoológico, simulando estar paseando alrededor de la jaula de los monos. Aunque, las más importantes diferencias son que ahora somos libres y no estamos fingiendo alegría para las cámaras. La felicidad es auténtica.
Manteniéndonos cerca el uno del otro, nos alejamos de allí dejando atrás a las pocas personas que nos observaban, quienes afortunadamente no sospecharon quienes éramos; y si lo hicieron, decidieron no molestar.
