Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 18: CENA

POV CORIOLANUS

Al volver nos encontramos con Madame y Tigris en el living. Y un fuerte olor a comida viene desde la cocina. Llegamos más tarde de lo esperado, pero no quisimos dejar el parque hasta que empezó a oscurecer.

−Menos mal que llegaron, nos estábamos empezando a preocupar.

−Lo siento, Madame. Perdimos la noción el tiempo.

−Son jóvenes, déjalos. ¿Y pasaron buenos momentos? ¿Se divirtieron?

Le dirijo la mirada a Lucy esperando que responda, quien sonríe en respuesta y aprieta mi mano.

−Todo fue fantástico. Coryo me llevó a recorrer la ciudad, compramos algunas cosas y luego fuimos al parque, estuvimos en…

−En la zona de la laguna artificial.

−Sí, en ese lugar estuvimos la mayor parte de la tarde. Solo nos reconocieron un par de personas, estuvimos tranquilos.

−Con personas se refiere al niño que le dio su almuerzo en el zoológico. Sigue fascinado con ella.

−Poncio… fue una agradable casualidad volverlo a encontrar. Ese niño es adorable.

−Igual que tú.

Puedo notar como se ruboriza y me río un poco. Luego recuerdo lo que hablamos más temprano mientras veíamos el atardecer.

Ya somos novios.

Una de las dos hace ruidos con la garganta para llamar nuestra atención.

−Genial –Tigris habla cuando ambos volvemos nuestra atención a ella–. Me pone muy feliz que se hayan divertido, pero nosotras ya cenamos y les toca hacerlo a ustedes solos –dice sonriendo de lado, sé que posiblemente cenaron más temprano a propósito–. Mañana empezará a llegar gente y quiero dormir bien hoy. Por cierto, tengo novedades.

−¿De qué se trata? –pregunto.

−Se los diré mañana, ya que estoy cansada. Ustedes cenen y hagan lo que quieran, sigan despiertos o duerman. No los molestaremos.

−Espero que no estés demasiado cansada para algo más –agrego–. ¿Lucy?

Ella que tiene la bolsa opaca en su mano libre, la deja en la mesa baja del living.

Sonrío, sabiendo lo feliz que mi prima estará. Cuando empieza a ver el contenido, su expresión cambia.

−¡Oh, Dios!

−Lucy quería probar, y decidí traer para todos –explico.

Madame nunca fue muy fan de los snacks dulces, como tampoco que nosotros comiéramos demasiado por las caries en nuestra primera niñez, pero ahora está sonriendo viendo la reacción de su nieta mayor.

−Hay algunas cosas saladas por ahí, se las dejo.

Solo me limito a sacar lo que quedó del algodón de azúcar de Lucy, todavía quedando otro sin abrir en la bolsa.

−Oh, gracias por pensar en nosotras, primito –se pone de pie y me da un beso en la mejilla, luego disimuladamente murmura en mi oído–. Vayan arriba, ya está todo listo.

Se aleja, para luego acercarse a Lucy y sacarle el sombrero y las gafas que cuelgan del bolsillo de su abrigo. Empezamos a sacarnos todo el abrigo extra y los bolsos.

−¿Por qué no van a la terraza? –propone Madame–. Nosotras decidimos cenar allí. Es una noche particularmente agradable. Aparentemente, el pronóstico del tiempo estuvo errado hoy.

Mi abuela sigue el juego para que parezca normal.

−Tal vez la comida se haya enfriado, estábamos esperándolos más temprano –agrega.

−Me disculpo por la tardanza nuevamente, nos ocuparemos del resto, Madame –contesto.

Mientras subimos las escaleras que nos llevan al piso superior, Lucy se detiene a medio camino.

−¿No crees que actuaban un poco raro, Coryo?

−Así es mi familia –respondo tratando de que deje el asunto y no haga más preguntas.

─Como digas… –parece que mi respuesta no la convence.

─¿Vas a subir o tengo que volver por ti?

─Tú también actúas raro.

−Solo ven aquí.

Ella avanza y se detiene a mi lado frente a la puerta sin decir nada, pero mirándome como si quisiera decir "sé que planeas algo". Me ubico detrás de ella y le cubro los ojos con mi mano, luego de abrir un poco la puerta.

−Cierra los ojos.

−¿Qué haces?

−¿Por qué mejor no lo descubres por ti misma?

−¿Los tienes cerrados ahora?

−Solo veo oscuridad.

−Camina hacia delante, cuidado con la puerta, ahora la abriré.

Una vez dentro me aseguro que siga sin mirar y la hago dar una vuelta para enfrentarme.

−¿Puedo abrirlos?

−Ten paciencia y serás recompensada –con mi mano ahora en su mentón, acaricio sus labios, sus labios se entreabren ante la sorpresa.

Todo sigue tal cual lo dejé en la mañana. Los instrumentos ubicados en una esquina, los sillones y los sillones limpios con unas cubiertas diferentes, pero no encuentro algo, hasta que dirijo mi mirada a la mesa.

Decoraron la mesa de forma muy elegante, con la mejor vajilla que mi abuela aún conserva como oro y rara vez usamos, porque siempre nos dijo que era para ocasiones especiales.

Dos copas y dos vasos descansan en la mesa, al igual que una botella de vino en una hielera. Dudo por unos segundos, porque no creo que ella sea de las personas que bebe. Unas velas encendidas ocupan el centro. Junto a un florero con las flores que había dejado antes de irme; y finalmente, lo que yo no encontraba, está ahí ocupando una silla como si fuera un invitado más, sosteniendo un sobre y una rosa.

−Puedes abrir tus ojos, Lucy.

Ella se limita a mirarme por algunos segundos.

−Y puedes mirar a tu alrededor.

Mientras lo hace, me quedo en el lugar esperando su reacción.

−¿Todo esto es por mí?

−Querías que fuera especial y es lo que se me ocurrió.

−A decir verdad, no había apuntado tan alto cuando te lo dije. Estaba conforme con tan solo lo que hicimos en la tarde. No sé cómo… ¿Todo esto lo hiciste en la mañana?

−Solo en parte. Lo planeé, mi prima te distrajo parte de la mañana con la excusa de arreglarte para darme tiempo de ordenar algunas cosas aquí y le dejé algunas tareas para finalizar mientras no estuviéramos y que no sospecharas.

−¿Y lo que dijeron abajo?

−Fue una mentira.

−Tu familia me acepta como algo más.

−Como mi novia… como mi chica… como una nueva integrante de la familia. ¿Tienen alguna razón para no hacerlo? Todos te aman y adoran, aunque no tanto como yo, claro.

Yo la abrazo desde detrás y apoyo mi cabeza en su hombro. Beso su mejilla. Permito que ella se aleje para ver la mesa, o más bien aquello que dejaron en la silla. Ella toma la flor con el sobre.

−No la leas aún, hazlo cuando yo no esté a tu alrededor.

−¿Por qué ahora no?

−No hay necesidad, ya te dije lo mismo esta tarde.

Ella acepta mis palabras y deja el sobre en la mesa, luego agarra el peluche y sonríe.

−El oso de peluche también es tuyo –le explico.

−Es enorme, nunca vi uno de este tamaño. Ni siquiera sabía que los hacían así.

Ahora que está en posesión de Lucy, lo veo aún más grande que cuando lo compré. Ella tiene un cuerpo tan pequeño y delgado, normal para una chica que aún no se desarrolla completamente. Teóricamente, los adolescentes tenemos tiempo para crecer hasta poco más de los veinte. El peluche es de casi un metro y medio, aunque no recuerdo el tamaño exacto.

−¿Quieres que lo cambiemos?

−No, no, no. Es perfecto.

Lucy lo abraza y casi siento celos. Luego, se acerca a mí y pone el peluche justo a mí lado, comparando el tamaño o algo más.

−Es el color de tu cabello, un rubio claro –bromea.

−No sé cómo sentirme al respecto.

−Deberías sentirte bien, porque cuando yo esté en el distrito sin ti, podría aferrarme a esto y pretender que tú estás a mi lado.

Ella lee el mensaje de la almohada que sostienen las manos del peluche.

−Sí, definitivamente será como tenerte a ti. Tal vez, si pienso de esa forma, mis pesadillas logren aplacarse y no me sienta tan sola.

−No hables así. A partir de ahora, nunca más estarás sola. Hablaremos y nos veremos con esos dispositivos y nos mandaremos cartas regularmente. Pero está bien si este regalo te da algo de paz al venir de mi parte. Solo prométeme una cosa.

−¿Qué?

−Que no me reemplazará mientras tú estés en el Capitolio.

−Eso nunca –levanta su cabeza para clavar su mirada en la mía–; una réplica jamás reemplazará a la original versión limitada. Del mismo modo que ningún otro chico podrá reemplazarte, porque… tú eres el único para mí.

Y se pone de puntillas para darme un beso en corto beso en los labios.

−Te amo –murmura contra mis labios–. Gracias por todo.

−¿Crees que esto te sirva para alejar tus temores respecto a este lugar?

−Creo que sí.

−En ese caso lo seguiremos haciendo.

−Aunque supongo que se debe a que siempre fui más abierta y menos extremista, que tal vez la gente que siempre vivió en un distrito solo. Excepto por Jessup, no me imagino a ningún otro tributo aceptando el trato que tú me das.

−Siempre saltó a la vista que ustedes dos eran diferentes al resto, sobre todo tú, con tu vestuario y tu atrevimiento.

−¿Fue ahí cuando te empecé a gustar?

−Definitivamente, aunque reconozco que me dabas algo de miedo. ¿Quién caminaría por ahí con una serpiente en su bolsillo?

−Pero ahora sabes la historia completa. No parezco tan terrorífica ¿verdad?

−Ya no. Dejaste de serlo el día que nos conocimos y sentí algo más.

−¿Cuándo? Quiero decir, ¿en qué momento?

−En el zoológico, una vez que mis nervios se evaporaron… gracias a ti. Cuando tomé tu mano y… –vuelvo a hacer lo mismo ahora.

Deposito un beso en el dorso de su mano y sonrío, sintiendo ese cosquilleo nuevamente.

−También yo –reconoce–. Incluso, supe que podía confiar en ti y no me equivoqué. Y con el paso de los días y semanas nos fuimos conociendo, me sentí identificada contigo de alguna extraña forma; y aunque intenté evitarlo, mis sentimientos se vieron involucrados. No quise perder la oportunidad de decírtelo o demostrártelo, porque no estaba segura si iba a salir de la arena con vida, y si moría atrapada ahí, me iba a arrepentir si no te lo dejaba claro.

Eso fue lo que pasó por tu mente todo ese tiempo.

−Me tomaste por sorpresa ese día.

−Lo sé, a ti y a todos, supongo.

−Sin embargo, creo que es lo que ambos necesitábamos.

−Fue una silenciosa promesa de amor.

−Una promesa de aquello que podíamos tener si sobrevivías.

−Y lo tenemos ahora.

−Mantengamos lo nuestro así, como ahora.

−¿Incluso aunque nos separen tres mil kilómetros? –pregunta.

−Siempre encontraremos el camino correcto para volver al otro de una forma u otra.

Nos mantenemos abrazados por bastante tiempo hasta que recuerdo la cena.

−¿Cambiaste de opinión?

−Ya que tú lo quisiste así, no puedo rechazar la cena. ¿Puedo ayudarte?

Para una persona que toda la vida fue autosuficiente y activa debe ser complicado quedarse quieta.

−Hoy no, Lucy. Te sentarás en la mesa y me esperarás. Tigris estará muy ocupada mañana, podemos cocinar juntos ¿te parece? –propongo.

−Mañana –acepta.

Pasa su mano por mi cabello y se aparta, volviendo a abrazar el peluche, llevándolo con ella a la silla y colocándolo en su regazo. Ahora mismo no se parece en nada a la chica que mostró ser durante la cosecha, luciendo tan tierna e inocente.

Sonrío.

−Nuestro nuevo amigo y yo te esperamos aquí.

−Volveré en breve –prometo mientras me dirijo a la cocina.