Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 20: ANÁLISIS

POV LUCY

Despierto más temprano que él, he tenido una pesadilla, pero me tranquilizo al instante al verlo dormido a mi lado y sano. Ahora casi todas mis pesadillas tratan sobre perderlo y verlo morir. Los Juegos del Hambre definitivamente definieron nuestro destino y nos unieron. ¿Cambiaría algo? Probablemente, no. O tal vez sí; pero no lo vivido con él.

Mantengo mi rostro muy cerca del suyo y beso su mejilla.

−Buenos días.

Pienso en que él ha dormido menos que yo preparando todo para nuestra cita y lo agotado que debe sentirse. Desde nuestra estancia en el hospital descubrí que me gusta verlo dormir, porque contrario al resto del día su rostro parece sereno, el único otro momento en el veo esa expresión es cuando lo descubro mirándome creyendo que no me daré cuenta. Le cuesta demostrar sus emociones, pero sonríe más seguido cada día que pasa, cuando lo conocí era bastante más serio y formal. Supongo que este es el verdadero Coriolanus, que así es con las personas que tiene confianza y quiere. Solo que tiende a ocultarse bajo una máscara con otras personas.

No puedo juzgarlo, porque es lo que me pasé haciendo toda mi vida, fingir que todo está bien es mi especialidad, una manera de protegerme y no mostrar mis debilidades, pero no es mi yo real. Coriolanus se ha dado cuenta de ello en poco tiempo debido a todo lo que pasamos, curiosamente no me molesta que él lo sepa.

Me quedo un rato más observándolo dormir y luego salgo de la cama recorriendo la habitación para tratar de olvidar mi pesadilla. Sobre su escritorio hay algunos útiles dentro de un lapicero junto a libros, cuadernos y hojas, todo bien ordenado.

Usualmente cuando estoy cantando y escribiendo, él me acompaña mientras estudia; y cuando no, él me prepara para los eventos del Capitolio. Recordando la conversación de anoche, me siento en la silla y veo la pequeña pila de novelas que tiene ahí. Y encima una libreta anillada con anotaciones de los títulos de los libros, leyéndolos comprendo que se refería a eso, algunos títulos los ha tachado con una fina línea, y otros siguen intactos. Hasta su estilo de escritura es hermoso y elegante. Miro a mis espaldas y él sigue dormido y sonrío. Agarro un bolígrafo y escribo en una de las últimas hojas de su libreta un mensaje para él, no sé cuándo lo va a leer y dejaré que lo descubra por sí mismo. Luego, dejo todo en los mismos lugares y vuelvo a la cama al verlo moverse nervioso; su rostro se tensa y sé que debe estar teniendo una pesadilla al igual que yo.

−Estoy contigo, no pasa nada.

Me atrevo a acariciar sus mejillas y frente con delicadeza y él parece calmarse, porque deja de moverse. En la noche, le canté para que se durmiera, pero no estoy segura si me escuchó, o si se quedó dormido antes.

−Lucy –murmura entre sueños, o eso creo hasta que abre los ojos dedicándome una mirada asustada.

−¿Pesadillas?

Asiente.

−No fue real.

−Lo sé, porque estás bien. ¿Qué hora es?

−Es muy temprano, apenas está amaneciendo. Tenemos tiempo.

−Intentemos dormir un rato más, entonces –me envuelve con sus brazos y vuelve a cerrar los ojos, yo hago lo mismo.

−¿Tú también?

−Sí, pero no me alteré tanto esta vez al despertar.

−Hagamos esto todas las noches –propone y por su intensa mirada sé que habla en serio.

−De acuerdo –acepto–. Mientras podamos.

Por dentro temo que, si me acostumbro demasiado a tenerlo conmigo; dentro de unas semanas, lo extrañaré mucho más, incluso durante la noche.

Nos volvemos a acostar yo dándole la espalda y él sosteniéndome entre sus brazos, mientras amoldamos el cuerpo de uno al otro. Apoyo mi mano sobre las suyas, acariciando sus dedos y el suave dorso de las mismas hasta que consigo relajarme y dormirme de vuelta.


Cuando despertamos unas horas más tarde, sentimos algo que nos cae sobre nuestros cuerpos y ambos nos despertamos casi al mismo tiempo, tratando de descubrir que fue lo que ocurrió.

Unas tiras de papel crepe coloridas están sobre nosotros y yo agarro una con mis dedos, cuando levanto la mirada veo a Tigris con una expresión divertida en su rostro.

−¿Tigris? –pregunta él.

−Soy yo. Sé que deben estar cansados, pero deben levantarse ahora. Acaba de llamar el chofer y vendrá por ustedes en un rato. Los espero en la cocina. Lucy no puede desayunar porque le deben realizar estudios, pero tú sí.

Dicho eso, ella se marcha de la habitación dejándonos solos.

−¿Cómo supo que ambos estábamos aquí?

−Tal vez fue a buscarte en tu habitación y no te encontró –responde con naturalidad.

−Eso fue incómodo.

−No pasa nada, no le dirá a nadie. Tampoco creo que piense mal de nosotros.

Junto las tiras de papel y quito otra que cayó sobre la cabeza de Coryo en la almohada.

−Al menos no nos tiró agua –comenta para aligerar el ambiente.

−Afortunadamente –le sigo la corriente y me río.

Coriolanus apoya su mano sobre la mía y me dice:

−Ve a tu habitación y cámbiate, yo me haré cargo de este desastre.

Hago una bola con los papeles que junte hasta el momento y la dejo sobre la almohada.

−Hace unos días te dejé un frasco plástico en tu habitación, ya sabes lo que tienes que hacer –me recuerda y yo asiento.

−También sé que puedo tomar agua, pero no comer.

−Exacto, pero iremos a un lindo lugar después de eso.

Me inclino hacia él y lo beso, él responde y acunando mi rostro en sus manos y lanzándome con cuidado sobre el colchón nuevamente. Mi corazón parece salirse de mi pecho por el contacto de nuestros cuerpos y nuestro beso profundizándose. Inconscientemente llevo mis manos a su cuello, acercándolo más y permitiendo que siga tanto como quiera, aceptándolo.

Somos novios y lo amo, no hay nada incorrecto en esto ahora. A medida que aumenta la intensidad de nuestros besos y caricias, me cuesta más pensar con claridad y logro reconocer que nunca me he sentido así antes. Pero, él se detiene de repente y me mira entre sorprendido y asustado.

−Lo siento, me dejé llevar –se disculpa mientras se aparta de mí.

−Está bien, me gustó.

Solo son besos que compartimos, no debe disculparse. Ambos nos ruborizamos y su rostro es tan claro, que se nota al instante y se tiñe de un rojo escarlata. Es extraño ver a Coriolanus incómodo por algo, al parecer yo soy de las pocas personas que lo logra.

El día que nos besamos por primera experimenté algo tan especial y fuerte que no lo pude ignorar desde entonces. Sus labios y el contacto de su cuerpo contra el mío, se convirtieron en fuego en mi interior, pero también me sentí protegida, como si al fin hubiera encontrado mi lugar, junto a él. No podía, ni quería detenerme, solo la falta de aire, la necesidad por respirar me obligó a separarme de él. Si esos Agentes de Paz no hubieran intervenido en ese momento, nos hubiéramos besado una segunda última vez.

La conexión que siento con él, incluso los sentimientos y este deseo de mantenerlo bien cerca de mí, no se comparan con nada que haya podido experimentar antes.

Él besa mi frente con cariño y se pone de pie. Yo lo imito y busco la bata para colocármela encima del camisón.

−Espera, verificaré si Madame no está en el pasillo –me advierte.

Se acerca a la puerta, controla y me hace señas, indicándome que puedo salir. Antes de dejarme salir, me besa por última vez y me dice que me quiere. Acaricio su mejilla antes de marcharme, sin perderlo de vista, y cuando llego a mi puerta, me volteo a verlo y él sigue ahí, apoyado en el marco de la puerta.

−¡Snow, ve adentro! Todavía debes desayunar.

−Y tú… tomate tu tiempo –dice y luego desaparece dentro de su habitación.


Tigris y Coriolanus están en la cocina desayunando y charlando, pero no hay rastro de Madame.

−¿Solo ustedes dos?

−Madame está durmiendo –explica él.

−Y eso es casi un milagro.

−También es un milagro que omita su himno matutino durante estos días –sigue Coryo.

−Solo lo hace por ella –replica Tigris.

−Tenemos algunas semanas de paz.

−Deberías quedarte siempre, Lucy –Tigris me observa esperanzada–. Eres una bendición para nosotros. Haz logrado algo que creíamos imposible.

Me siento al lado de Coryo.

−Por desgracia, eso no depende de mí –contesto–. ¿Siempre son así respecto a Madame?

−Es preferible reír, que llorar –dice Tigris.

−En este caso, bromear. No es una exageración, en días normales, Madame nos vuelve locos con su canto en la mañana, incluso nos despierta. Esa mujer es la única razón por la que Tigris y yo nos sabemos los himnos, desearíamos que no fuera así. Que ella tenga consideración por ti, y no quiera molestarte durante tu estadía, también hace que nosotros salgamos beneficiados indirectamente.

Mi pobre novio.

−¿Por qué no te molesta que yo cante?

−Porque me gustas, tienes linda voz y no eres repetitiva. Aparte el lugar que elegiste para practicar es perfecto, ya que te podemos dejar sola, cerrar la puerta y bajar. No se escucha nada aquí o en las habitaciones. Esa pequeña habitación de la casa está insonorizada, por eso le gustaba tanto a mi madre estar allí.

Tiene sentido. Lo puedo imaginar durmiendo plácidamente y de repente ser despertado por la fuerte voz de Madame, debo reconocer que esa mujer tiene una voz potente cuando habla y cantando debe ser más intensa.

Él está comiendo un emparedado y Tigris el budín de pan con pasas que hizo Coryo para mí. Hago una mueca, porque lo único que quiero hacer ahora es comer, pero no lo tengo permitido. Acaricio su cabello y trato de mostrarle una sonrisa, pero mi estómago me traiciona. Los dos me miran con algo de culpa en sus ojos y él deja el emparedado de lado.

−No lo dejes.

−Me siento mal por ti.

−Ignórame y come, ¿quién me va socorrer si me desmayo por salir sin alimentarme y la posterior extracción de sangre? Me sentí muy debilitada la primera vez que lo hicieron durante mi internación.

Tomo de vaso de agua que me sirvieron ellos como una forma de engañar a mi estómago.

−Tú tienes que ser el fuerte.

Eso lo termina convenciendo de terminar su desayuno.

−Son adorables –comenta Tigris. Ambos la miramos sorprendidos, pero ella cambia el tema rápidamente–. Como sea, ¿recuerdan que ayer dije que tenía novedades?

−Y dijiste que esperarías a Lucy para contarlo.

−El conserje del edificio nos ofreció una de los salones desocupados de la planta baja para trabajar en el vestuario. Como entenderán sería complicado subir y bajar todo un equipamiento doce pisos en ascensor, esto facilitará las cosas y ustedes dos no tendrán que movilizarse para las pruebas. Mientras estén en el hospital traerán todas las máquinas y las instalarán ahí.

−¿Necesitas ayuda? –pregunta Coriolanus.

−En realidad, no. Hay gente que se ocupara de todo. Yo solo me quedaré a controlar. Y mañana empezaremos a trabajar. Aprovechen y tómense un tiempo libre.

−¿Podríamos ir con Pluribus Bell? Le prometí que terminaría de afinar el piano.

−Por supuesto –contesta él–. De todas formas, pensaba hacer algunas compras cerca.

Un teléfono suena y me doy cuenta que es de Coriolanus, que está a pocos centímetros de mí y veo que figura el nombre del chofer junto a un mensaje avisando que está esperando fuera.

−¿Qué haremos? –pregunto.

−Dile nos espere unos diez minutos más –se pone rápidamente de pie y se dirige al comedor o su habitación.

Tomo el teléfono móvil y le escribo un mensaje al chofer. Su respuesta llega casi de inmediato.

Cuando Coryo regresa, viene con un sobre de cuero y algunas de sus pertenencias en sus manos, también se acerca a la alacena y saca de la bolsa unos chocolates que compró ayer y guarda todo en la cartera que Tigris me prestó, excepto la cámara, dejé todo lo demás dentro.

−¿Dónde quedaron nuestros tapados, Tigris? No están en las habitaciones.

−En el recibidor, anoche los dejé colgados.

−Perfecto.

Tras despedirnos de ella, agarro la cartera y luego me aferro a la mano de él. Coriolanus busca nuestros tapados y salimos sin siquiera ponernos ninguno para no hacer esperar más al chofer.


La espera en el hospital parece eterna. Hay una larga fila de personas esperando en el área de análisis clínicos. Una enfermera aceptó la muestra del frasco plástico y posteriormente, nos enviaron aquí para la extracción de sangre.

Muchos de los presentes nos observan con demasiado interés, porque nos reconocen, sin embargo, no nos molestan. Intento mantener una distancia prudencial de mi ahora novio, hasta que él me acerca y toma mi mano entre la suya.

−No me importa lo que piensen –murmura en mi oído haciendo que mi corazón se acelere. Sonrío y apoyo mi cabeza en su hombro–. Si te vuelves a sentir débil luego de la extracción, puedes comer lo que puse en tu bolso, el azúcar ayuda –comenta.

−Creo que la primera vez, fue el susto que me llevé, más que otra cosa. No estaba en mi mejor estado tampoco.

−Por supuesto.

−¿Debemos quedarnos a esperar los resultados?

−No. ¿Estás apurada por irte?

−Sí.

Se ríe ante mi sinceridad.

−Te llevaré a una cafetería para compensarte, podrás pedir todo lo que quieras.

−¿En serio?

−En serio. Tienes que reponerte, o de verdad acabarás desmayándote.

Él acaricia mi cabello juguetonamente. Si no hubiera tanta gente a nuestro alrededor, le diría algo y lo besaría, pero me quedo callada, simplemente mirándolo. No sé cuánto tiempo pasa hasta que me llaman, pero un hombre con bata blanca y una planilla en mano sale y dice mi nombre.

−Lucy Gray Baird, es su turno.

El hombre me busca con la mirada y me dedica una sonrisa amable al encontrarme. Todos en el Capitolio se comportan igual conmigo. Las pocas personas que no me habían prestado atención, ahora lo hacen y empiezan a murmurar entre sí, pero nos adelantamos y nos dirigimos rápidamente dentro de la habitación.

−Soy su mentor, me gustaría acompañarla –explica.

−Es bienvenido, señor Snow.

Coriolanus recibe y sostiene mis cosas mientras me preparo mentalmente para lo que está por venir.

−Si te pones tensa será peor, Lucy –me advierte–. Relájate.

−Así es. Te dolerá más, o puede que me cueste encontrar tus venas –agrega el hombre–. Tranquilízate y respira hondo. Si te impresiona las agujas, puedes cerrar los ojos. ¿No acostumbran a hacer esto en los distritos?

−Solo para el examen que piden al ingresar en las escuelas y me temo que no recuerdo mucho de esa ocasión.

−Lo imagino. Cálmate, no pasará nada.

Coriolanus está frente a mí mirándome preocupado y el bioquímico a un costado toqueteándome el brazo y pidiéndome que abra y cierre puño varias veces mientras él trata de localizar alguna vena, luego con un tubo flexible rodea mi antebrazo y hace un nudo fuerte que me casi me corta la circulación.

Es amable y comprensivo, me hace bromas para aligerar el ambiente, distraerme y antes de darme cuenta tengo la aguja clavada bajo mi piel y la jeringa llenándose con mi propia sangre. Estoy cansada ver sangre, ya he visto suficiente durante este mes. Vienen a mi mente recuerdos de los juegos.

−Lucy, no mires eso, solo mírame a mí –mi novio se da cuenta que me estoy alterando e interrumpe; y obedezco, sus ojos azules me traen la confianza que necesito.

Me quedo mi mirada clavada en la suya y viéndolo sonreírme tranquilizadoramente, mientras la tortura continua. Hasta que dejo de sentir la aguja y esta es reemplazada inmediatamente por un algodón húmedo por algún desinfectante y vuelvo a prestar atención a la situación.

Él aplica mucha presión en esa zona.

−Hacer esto evitará que se forme un hematoma, ten paciencia.

Mantiene el algodón varios minutos hasta que lo reemplaza por un apósito adhesivo. El brazo me duele un poco, por lo que incluso cuando se aleja, no hago ningún movimiento. Coryo se acerca a mí, pero sigue atento a lo que hace el profesional, que saca de una caja un pequeño paquete de galletas y algunas paletas dulces que supongo debe reservar para los niños.

−Ya acabó, señorita Gray. Eres muy valiente. Come algo antes de irte si quieres.

−Gracias –respondo aceptando lo que me ofrece.

Abro el paquete de galletas y reconozco que es lo mismo que Coriolanus me llevó al zoológico ese día, dijo que se lo habían entregado en el hospital.

Saco una galleta del paquete y la examino mirando de reojo a Coriolanus.

−Galletas nutritivas –bromeo arrancándole un par de risas.

−Algo así.

Besa mi coronilla, yo me termino todo el paquete rápidamente y llevo una paleta a mi boca recordando que él me dijo que la azúcar es buena, la paleta roja y sabe a fresas. Mi cuerpo lo agradece. Le paso a Coriolanus una, pero a diferencia, de mí dice que la dejará para dentro de un rato.

El bioquímico está ocupado, dividiendo mi sangre en varios tubitos, pegando unos adhesivos alrededor con mi nombre y tapándolos. Cuando termina, se gira a mirarnos.

−Los resultados estarán para mañana después del mediodía, tendrán que venir a retirarlos y se lo llevarán inmediatamente al médico a cargo de la señorita Gray, si no tiene pacientes, estoy seguro que los atenderá sin turno.

−Se lo agradecemos. ¿Podemos retirarnos? –pregunta Coriolanus.

−Claro, que tengan un buen día.

Se aleja nuevamente con la planilla y sale por la puerta para llamar a otras personas y Coriolanus me ayuda a ponerme el abrigo.

−¿Te sientes bien? Estás pálida.

−Es normal –lo tranquilizo–. Solo llévame a comer –contesto.

−A sus órdenes, señorita Gray –contesta y rodea mi cintura protectoramente sin dejar de caminar, lo que me complace porque me siento algo débil nuevamente. Saboreo la paleta dulce, admirándome de la cantidad de cosas que nunca he podido probar antes. Sin embargo, cuanto más tiempo paso en el Capitolio, una extraña sensación se apodera de mí.

−Debo confesar algo –comento mientras caminamos por el pasillo del hospital hacia la salida.

−¿Algo bueno o malo?

−Ninguno de los dos, solo lo encuentro curioso.

−Adelante.

−Me preguntaste si había estado en el Capitolio ¿recuerdas? Durante nuestras salidas, a veces tengo la sensación de haber estado en ciertos lugares en el pasado.

Coriolanus ni siquiera se altera por mi confesión.

−Ya te lo dije, Lucy. Tú conoces y has vivido en muchos lugares, no me extrañaría que el Capitolio sea uno de ellos; aunque, tal vez eras muy pequeña en ese tiempo, como para tener recuerdos vividos en la actualidad. Los niños no suelen recordar casi nada de su primera infancia, tú no eres la excepción.

−Creo que tengo recuerdos fugaces y poco nítidos. Da igual, no significa nada –continuo–. Después de todo, el Covey llevó esa vida nómada por décadas, no es tan rebuscado pensar que hayan estado aquí luego de mi nacimiento. Solo quería contártelo, porque me lo preguntaste y lo vengo pensando desde hace días.

−Gracias por decírmelo, incluso aunque hayan pasado días desde entonces.

−¿Y a dónde iremos ahora? ¿A alguno de los lugares por los que hemos pasado?

−¡Oh, no! Te llevaré a otro sitio, por una zona diferente del Capitolio. Luego al bar de Pluribus Bell y volveremos a casa para ayudar a Tigris. Y si Madame está de buen humor nos ayudará con lo que nos prometió.

−Las lecciones de baile.

−Es más que eso –responde serio–. No sé trata solo de bailar en pareja y ya; también de socializar de forma adecuada con cada persona según su rango, con algunos puedes tomarte más libertades y con otros no. Sea lo que sea que te indique, solo obedécele. Tiende a ser estricta cuando decide tomar esa posición, pero no te asustes porque no dejaré que se exceda contigo.

−¿Lo dices como novio o mentor?

−¿Ahora? Como novio –responde besando por unos instantes mis labios.

Estando en un pasillo del hospital sin nadie a la vista, permito que continúe y lo sigo besando, hasta que él se aparta, haciéndome sentir algo decepcionada por la repentina interrupción. Abro los ojos, él me atrae hacia su cuerpo y rodea protectoramente. Sé que algo anda mal cuando en vez de verme a mí, examina a su alrededor alerta y serio.

−¿Coryo?

−¿No escuchaste ese ruido? –pregunta y me mira esperando una confirmación.

−¿Cuál ruido?

Por supuesto que escuché algo, solo que, por estar demasiado concentrada en él, no le di importancia.

−Los pasos de alguien y el sonido del flash de una cámara.

−¿Alguien nos vio venir aquí y decidió espiarnos?

−No sé, solo escuché eso y vi la silueta de alguien. Debió haberse escondido, hay muchas salas aquí.

−Mientras no salgamos en primera plana de un diario.

−O peor, en televisión nacional –no parece afectarle que lo nuestro se haga público y que todos sepan que me ama.

−Sería un escándalo.

−Somos un escándalo, de por sí.

−Aún así, sería como añadirle más leña al fuego. Tranquilo, seguramente sea alguien que trabaja en el hospital.

No parece del todo convencido, sigue examinando silenciosamente el pasillo. Presiono su brazo con una de mis manos para llamar su atención y él suspira.

−Salgamos ya –acepta y se dirige a la puerta junto conmigo.