Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 25: CAFETERÍA

POV LUCY

Decidimos aprovechar nuestros últimos días libres antes de que la noticia de nuestro romance se haga viral y nos veamos más limitados.

Hoy salimos a dar un paseo por la ciudad, luego fuimos a una cafetería y solicitamos que nos llevaran a un sector privado, en el que estaremos a solas tranquilos por las siguientes horas.

Fuimos a un negocio y pedimos que sacaran copias de las guías que nos dio la Doctora Gual en nuestra última reunión. Me limito a escucharlo mientras, bebo café y como las delicias que ofrece el lugar, la mayoría como cortesía, porque reconocieron quienes éramos y nos trajeron muchas más cosas de las que en realidad pedimos.

La gente ha resultado ser extremadamente amable con nosotros, felicitándonos, dándonos regalos y haciéndonos cumplidos. A pesar de que nunca tuve prejuicios contra el Capitolio, ya que mi madre siempre me dijo que no debía juzgar a las personas por el lugar del que venían y que no todos eran iguales entre sí; me sorprendí bastante de descubrir cómo era la gente aquí, probablemente porque en los distritos no paraban de hablar mal de ellos, pero es injusto generalizar. Fue como si se rompiera una barrera, que yo misma no sabía que existía y ahora ya no existe más para mí. Me siento cómoda estando en el Capitolio, a pesar de que estar frente a ciertas personas me provoque escalofríos.

−Coryo, ¿podremos recordar todo eso? –le pregunto luego de unos minutos cuando termina de leer lo relativo a Los Juegos del Hambre.

−Estoy seguro que sí, tenemos varios días −le da un sorbo a su café y deja las hojas a un costado−. La pregunta es: ¿Qué estamos dispuestos a decir sobre nosotros?

−¿Por qué lo dices? Esa mujer pidió que dijéramos la verdad.

−Creo que podríamos reservarnos algunos detalles, aunque dejemos claro que nos queremos.

Estoy de acuerdo con él, por supuesto. No quiero que se entrometan demasiado en nuestra privacidad.

−Como nos enamoramos, cuando nos dimos cuenta de ello, que pensamos durante los juegos y nuestra distancia, que hicimos en nuestro reencuentro.

−¿Crees que sea conveniente que no digamos que nos besamos durante nuestra despedida?

−¡Oh, no! Sería mentir, casi todos lo deben saber dentro y fuera de La Academia. Si no lo contamos nosotros, lo hará algún otro mentor que estuvo presente ese día.

−Bien, digamos que no fuimos totalmente conscientes de lo que sentíamos, hasta ese momento, cuando se hizo real y definitivo.

−Y que la semana siguiente fue dura para ambos, por no saber si nos volveríamos a encontrar o te perdería para siempre –noto que su voz se apaga al decir lo último.

El debió pasarla tan mal como yo, solo que el imaginarlo muerto a manos de los profesionales esa noche, me rompió por completo, el dolor en mi pecho fue tan grande, que me hizo saber que lo sentía por él, era más fuerte que todo lo demás.

−Esa noche… –comento− me desmayé al imaginarte muerto. Así que, cuando desperté horas más tarde y Jessup me dijo que no había sido mi imaginación, ni un mal sueño, tomé la polvera entre mis manos, seguí llorando en silencio, me sentí destrozada y con miedo. Fue en ese momento que tomé real consciencia de que te amaba, justo cuando creí haberte perdido para siempre.

−Lamento que hayas tenido que verlo –estira su mano en la mesa para posar la suya en la mía−. En tu lugar me hubiera sentido igual –agrega.

−Lo sé –se me forma un nudo en la garganta y él cambia de silla, sentándose a mi lado. Toma mi rostro entre sus manos y me besa tiernamente por unos segundos. En el momento en que sus labios entran en contacto con los míos, mi respiración vuelve a su ritmo normal; cada beso y caricia que me da llena mi cuerpo de paz.

−Estamos bien ahora –dice cuando se aparta.

Abro los ojos como si hubiera salido de un trance y una sonrisa se forma en mi rostro sin pretenderlo al fijar mi vista en sus ojos azules como el cielo. Rodeo su espalda con mis brazos y escondo mi cabeza en mi pecho, deseando que ese contacto me transmita aún más tranquilidad que sus besos, él se muestra inseguro al comienzo por no saber que pretendo, pero luego coloca sus manos en mi espalda, la acaricia de arriba hacia abajo y cierro los ojos nuevamente.

−Lucy Gray, yo también te amo –no sé cuánto tiempo pasa hasta que vuelve a hablar−. Dejemos esta conversación sobre la entrevista para cuando volvamos a casa –propone.

−Eso será lo mejor.

Me aparto de él para dejarlo comer y terminar con lo mío también.

−¿Hay algo de lo quieras hablar? –pregunta−. Algún tema que no provoque que nos pongamos tristes.

Lo observo de reojo y lo considero unos instantes. Él traslada la taza a donde está ahora.

−¿Cuál es tu color favorito? –pregunto, se sorprende ante la pregunta que escogí–. ¿No te parece extraño que sepa que puedes arriesgar tu vida por mí; pero no sepa algo tan básico?

−La verdad que no, porque no nos conocimos en circunstancias normales. Sin embargo, deberíamos hacer algo al respecto.

−Tu color favorito.

−El marrón –contesta sin dudar.

−¿Cómo los troncos de los árboles o la tierra?

−No, como tu cabello y el de mi madre.

−¿Tu madre tenía cabello castaño?

−Sí, solo que, a diferencia del tuyo, el suyo era lacio.

Puedo entender porque le gusta, sonrío con tristeza.

−Entonces es así ¿no? Físicamente te pareces a tu padre.

−No del todo, los ojos y la piel los saqué de mi madre. Mi padre tenía la piel unos tonos más oscura que yo, mi madre en cambio era muy blanca y delicada, como una muñeca. Siempre me pareció la mujer más hermosa, no es extraño que mi padre se haya fijado en ella –sonríe y yo también lo hago. Su rostro siempre cambia cuando habla de su madre, debió ser excelente persona.

−Me hubiera gustado conocerla.

−Seguro se hubieran llevado bien, era una mujer muy amorosa y amable. Tal vez hasta hubieran cantando juntas algunas canciones. ¿Qué hay de ti? ¿Cuál es tu color favorito?

−El azul, como el cielo.

−¿Durante el día o la noche?

−No tengo preferencia, depende de mi estado de ánimo. El cielo durante día es un nuevo comienzo, y el cielo estrellado de la noche, a veces me hace reflexionar. Pero si tuviera que elegir un tono ahora, elegiría el azul claro de tus ojos.

−¿Por qué?

−Porque siempre me traen paz.

Coryo ríe, cada día se vuelve más normal en él, es lindo.

−Gracias, eso significa que tiendo a lograr mi objetivo de tranquilizarte.

−Con éxito –afirmo.

−¿Cuándo cumples años?

−Veinticuatro de octubre –lo miro esperando que también me dé una respuesta

−Diecisiete de julio.

−Prometo recordarlo –le digo.

−Tu cumpleaños lo pasaremos juntos –comenta animado.

Me detengo unos minutos a pensar en ello y calcular fechas; casualmente la fecha coincide con nuestra estadía allí.

−Cierto, en el distrito.

Mi novio queda absorto en sus pensamientos unos instantes, olvidándose completamente del emparedado que tiene en sus manos. Hasta que cambia de tema y me hace preguntas en apariencia banales pero que nos sirven para conocer cada pequeña cosa que amamos u odiamos, o aquellas que nos representan. Y así pasamos el resto de la tarde, entre confesiones y anécdotas alegres.