Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.
Nota de autor: Fanfiction ha estado sin funcionar por casi una semana. Afortunadamente, se resolvió ayer. Hoy empecé a subir todo lo que no pude hasta ahora, en esta historia y en dos más ("Pájaros cantores y rosas" y "Volviendo a ti").
Respecto a esta historia, me gustaría saber que opinan y decirles que estén atentos a los nuevos personajes que aparezcan del Capitolio, ya que varios serán completamente OC.
Saludos,
Lucy.
CAPÍTULO 27: CANTO
POV LUCY
Esa noche me despierto a causa de las pesadillas y la voz de alguien tratando de calmarme.
−Tranquila –siento que sus brazos me atraen hacia su pecho−. No es real.
Coriolanus como siempre me está para mí cuando tengo una mala noche. Mis gritos y sollozos se van apagando poco a poco, cuando me doy cuenta que es real y que no. Apoyo mi pierna entre las suyas y me aferro a sus hombros, dejando descansar mi cabeza en su pecho, sin abrir los ojos.
−Eso es… no sucede nada, estás a salvo.
Nuevamente todas las muertes presenciadas se repitieron en mis pesadillas, incluyendo la de mi madre, mis abuelos y mis primas. Coriolanus y yo estábamos entre medio del desastre, de asesinatos, serpientes mutantes y bombas. Él insistía en que debíamos escapar, buscar un lugar seguro y decirme que no se iría sin mí. No pude obedecerle hasta que mi madre insistió en que lo siguiera, porque merecía vivir más que ella, entonces los rebeldes le dispararon y una bomba cayó sobre todos; sin embargo, para entonces ambos habíamos logrado alejarnos lo suficiente para encontrar un refugio y salvarnos.
Mis manos temblorosas se aferran a la tela de su pijama y siento que besa mi frente.
−Lucy, mírame, por favor.
−Mi familia –murmuro−, los vi morir a todos.
Cuando levanto la cabeza aún con lágrimas en los ojos, me mira apenado.
−Fue solo un sueño –me dice−. El Covey, tus primas deben estar bien en el distrito. No te preocupes.
Coriolanus estira la mano para quitar las lágrimas de mis ojos y yo me siento sobre mis rodillas en la cama, casi encima de él mirando a mi alrededor. Él prende la luz de la mesa de noche, para que se ilumine parte de la habitación y me convenza que no estoy ni en la arena, ni en un campo de batalla de los Días Oscuros. Es solo la habitación de mi novio, en el presente. Bajo la mirada para clavar mi vista en la suya, sus ojos azules se iluminan levemente con la luz de la lámpara.
-¿Ahora me crees? –pregunta y yo asiento−. Ven –toma mi mano y me indica que vuelva a tumbarme a su lado.
Su brazo me ofrece un lugar donde apoyarme y él tomándome por los hombros me acerca más a su cuerpo. Sintiendo la necesidad de sentirme más cerca de él, me coloco de costado, enredando mis piernas entre las suyas y rodeando su pecho con mis propios brazos, tratando de olvidarme de todo.
−¿Nunca te dije que hacía mi madre cuando yo tenía pesadillas durante la noche? –pregunta para distraerme.
−No. ¿Qué hacía?
−Mi padre iba a verme a la habitación, solo para verificar que no me hubiera pasado algo grave, me tomaba en brazos, pero no me calmaba, entonces la llamaba a mi madre. Como te dije él era bastante más frío a la hora de demostrar emociones, a diferencia de su esposa. Siempre me sentí a salvo entre los brazos de mamá.
Lo miro con interés renovado, siempre es bueno escuchar alguna experiencia nueva para ahuyentar los pensamientos negativos. Él sonríe de lado al notar que ahora le tiene mi atención.
−¿Y entonces?
−Entonces, ella le decía que podía sola, que se fuera a dormir tranquilo así al día siguiente no estaría cansado en el trabajo. Cuando nos quedábamos solos, ella se sentaba el sillón de terciopelo que tengo en una esquina de ésta habitación. Me hablaba hasta calmarme lo suficiente para asegurarse que le iba a prestar atención, y luego me cantaba algunas canciones, hasta que paraba de llorar. Aunque no se puede comparar con la tuya, tenía una linda voz. Eso se volvió una costumbre, cuando la guerra empezó, las pesadillas aumentaron, por supuesto. Sin embargo, siempre tenía a mi madre conmigo.
Ahí se detiene, no quiere temas demasiado delicados
−Creo que eso es lo que más extraño, la incondicionalidad y amor que sentía hacia mí, y la forma de demostrármelo.
−Tiene sentido, eras su pequeño.
−Pero entonces, murió y me dejó, junto a mi hermanita a la que nunca le vi ni siquiera el color de los ojos, porque nació casi muerta y no se pudo hacer nada por salvar a ninguna de las dos.
−¿A qué quieres llegar con esto?
−Quiero llegar a que entiendo cómo te sientes, pero que estoy seguro que ambas querrían que estuviéramos bien y fuéramos felices.
−¿Cómo sabes que soñé con mi madre?
−Porque la nombraste en tu sueño.
−Lo siento.
−No te disculpes, yo también te he despertado alguna que otra vez por mis pesadillas. ¿Quieres que haga algo por ti?
−Dijiste que la canción que canté en el zoológico, te recordó a una que te cantaba tu madre.
−Sí, pero es diferente –contesta–; no habla nada sobre cárceles, trenes, ni mansiones.
−¿La recuerdas?
−Completa. Es uno de los pocos recuerdos vividos que tengo sobre mi madre.
−Por favor, cántamela.
Lo escucho reír.
−No canto tan bien.
−Oh, vamos. Te dije que me gusta tu voz.
−Lo haré, si me prometes algo.
−Lo que sea.
−Primero, vas a cerrar los ojos y por nada del mundo me vas mirar.
−Hecho –acepto, ya que tal vez se sienta incómodo si nota que miro.
−Y segundo, si me prometes que mientras canto, vas a intentar dormir nuevamente.
−Está bien –levanto mi cabeza y beso sus suaves labios unos segundos, antes de volver mi cabeza a su pecho y cerrar los ojos–. Estoy lista.
−¿Qué fue eso?
−Un incentivo.
−¿Un beso equivale a una canción?
−Y una canción tuya equivale a más besos –respondo segura−. Ese es el segundo incentivo que te ofrezco.
−Eres una manipuladora –me recrimina divertido con la situación.
−Todas las mujeres lo somos en cierto punto, bienvenido al mundo real –bromeo−. Ahora, canta para tu novia –pido obedeciendo sus reglas, solo por el placer de escuchar su voz por segunda o tercera vez.
Siento el roce de sus labios y la calidez de su aliento en mi mejilla, antes de que él se acerque más a mi oído y empiece a cantar con voz serena y tierna, haciendo que se me erice la piel. Es muy diferente a la voz potente con la que cantaba el himno, pero su voz sigue siendo igual de hermosa.
Abajo en el valle, el valle tan bajo
Cuelga tu cabeza, escucha los vientos soplar
Oye los vientos soplar, querida,
Escucha los vientos soplar
Cuelga tu cabeza, escucha los vientos soplar.
...
Las rosas aman el sol,
Las violetas adoran el rocío.
Los ángeles en el cielo
Saben que te amo.
...
Saben que te amo, querida
Saben que te amo
Los ángeles en el cielo
saben que te amo.
Se detiene por algunos segundos, pensando tal vez en como continuar y acaricia mi cabello con una de sus manos.
Estoy escribiendo esta carta,
Que contiene tres líneas
Responde mi pregunta, ¿Tú serás mía?
¿Tú serás mía, querida? ¿Tú serás mía?
Responde mi pregunta, ¿Tú serás mía?
...
Abajo en el Valle, el Valle tan bajo
Cuelga tu cabeza, escucha los vientos soplar
Escucha los vientos soplar, querida.
Escucha los vientos soplar.
Escucha los vientos soplar.
Su voz se rompe casi al terminar la canción y todo se queda en silencio por los siguientes minutos.
−Es una canción de amor.
−Era una balada muy preciada para mis padres.
Entonces, lo recuerdo. La polvera tenía un fragmento de esa canción, cuando me sentía a punto de derrumbarme me entretenía leyendo el texto.
−Coryo, la polvera –levanto la cabeza y lo miro, luce tranquilo, aunque sé que esto no es fácil para él.
Sin permitir que me aleje, abre el cajón de la mesita para sacar su objeto más preciado y lo pone en mi mano. Ambos nos sentamos en la cama apoyando la espalda en la cabeza de la misma. Acaricio la rosa grabada la suave superficie y luego la doy vuelta encontrándome con un fragmento de la canción grabado allí.
−Fue un regalo de mi padre para mi madre, en el tiempo que se comprometieron. Ahora sabes cuál es el origen de la frase.
−Debieron amarse mucho –comento conmovida por el detalle.
−Eso dicen todos, yo no lo recuerdo, ya que era muy pequeño. La guerra me arrebató la posibilidad de conocer a mi padre incluso cuando él estaba vivo. Pero si puedo decir que mi madre lo amaba con toda su alma. Según Pluribus mi padre también, de hecho, se sintió devastado cuando ella murió.
Le devuelvo la polvera y guarda, luego solo me mira con una leve sonrisa en el rostro, no importa cuánto intente ocultarlo, puedo notar cuando algo lo entristece.
−Creo que ellos deben estar muy orgullosos de ti.
−¿Y tú?
−Yo también lo estoy –le aseguro.
Entonces hago lo único que sé que lo hará sentir bien. Tomo su rostro entre mis manos hasta romper la distancia entre nosotros.
Él no opone resistencia y unos segundos después acabo sentada en su regazo, con las piernas a los costados de su espalda y sus brazos sujetándome con fuerza para acercarme más-
Nunca estuve tan cerca de un chico, no a este nivel, pero se siente tan bien y natural con él, es como si hubiéramos nacido para conocernos y estar juntos.
Mi corazón se acelera en la medida que nuestros besos se vuelven más intensos, más desesperados. Me dejo caer hacia atrás y lo arrastro conmigo, quedando él encima de mí con sus brazos contra los costados de mi cabeza y tras morder con delicadeza mi labio inferior, pide permiso con la punta de su lengua para pasar otra barrera como en algunas pocas ocasiones anteriores, aceptándolo con gusto, me sujeto a su cuello y lo atraigo hacia mí.
Las primeras veces creo que ambos nos asustamos un poco, pero poco a poco hemos ido descubriendo que le gusta al otro y perdimos el miedo a cometer ciertos errores. Tras eso, la lucha por tener el control empieza; mi lengua primero recorre el pequeño espacio entre el interior de sus labios y sus dientes, y luego se atreven a recorrer un poco más el interior de su boca, empezando a chochar con su propia lengua que está intentando lo mismo conmigo. Su boca sabe y huele a menta ahora mismo. El calor dentro de mí empieza a hacerse más fuerte, y me falta el aire, creo que debo lanzar un pequeño gemido, o algún ruido extraño debido a esto, porque Coriolanus se aparta de inmediato. Y agradezco poder respirar nuevamente, porque no hasta el momento no encontraba un buen motivo para detenerme. Él se recuesta de costado a mi lado, igual de agitado que yo.
Sus mejillas están rojas carmesí y sus ojos aún parecen afectados por los besos; yo debo lucir igual. Me sonríe y besa mi cuello un par de veces de forma tranquila. Con su mano en mi cintura, envía descargas eléctricas alrededor de mi cuerpo, allí donde me toca la piel descubierta.
−Si una canción mía equivale a más besos, ¿cuántas canciones quieres que te cante en los próximos días? –su tono de voz es un tanto atrevido.
−¿Me quieres seguir cantando? –le respondo con otra pregunta.
−Si obtengo esta recompensa, sí.
−No abuses –me río−. Casi muero −llevo mi mano a mi corazón que no se ha calmado ni un poco.
−¿Qué dices?
−Somos como el fuego juntos. Cada vez que me besas, un instinto desconocido se apodera de mí. Me quemas, me dominas con tus labios y tus manos.
−Básicamente, lo mismo que me pasa a mí. Eres mi única debilidad y la única cosa que estoy seguro que quiero mantener en mi vida. Por otro lado, deberías recordar apartarte para respirar la próxima vez –se burla de mí y golpeo su hombro sano suavemente.
−Eso es tu culpa.
−Eso es halagador, Lucy Gray –sonríe abiertamente y apoya su cabeza justo en el espacio entre mi hombro y mi cabeza, cerrando los ojos. Cada tanto nos gastamos bromas entre nosotros−. ¿Fuego? Supongo que tienes razón, lo que pasó recién se acerca bastante a ello. No debemos permitir que nos quememos por completo. Ya sabes, no es adecuado en este momento, es nuevo para ambos y sigo siendo tu mentor.
−Lo último no te importó recién –lo miro de reojo.
−Y a ti tampoco.
Sonrío y él besa la punta de su nariz y luego mis labios una vez más.
−Ni me importa ahora –afirmo.
−¿Dónde estuviste toda mi vida?
−En muchos lugares –respondo, aunque sé que no espera respuesta.
−Desearía que no tuviéramos que alejarnos. Te echaré de menos y me estoy acostumbrando mucho a tu presencia últimamente.
−Llámame durante el día y antes de dormir, si me extrañas. Nos veremos, hablaremos y nos cantaremos canciones.
−¿Quieres seguir escuchándome? –pregunta sorprendido.
−Por supuesto, cantas bien –afirmo y se me ocurre una idea−. Tal vez deberíamos hacerlo juntos para la gente del Capitolio, no importa lo que sea, el himno del Capitolio o de Panem, o una canción normal, solo cantar.
−¿Qué ganamos con eso?
−Nos verán como equipo y pareja, además es posible que, si cantamos el himno, me acepten más, no sé. Pero no me importa eso, solo quiero que cantemos juntos, porque sería agradable que compartamos algo. Si te tengo a mi lado, me sentiré menos nerviosa.
Coriolanus lo considera unos minutos ante de contestar.
−Bien, mañana lo planearemos; pero que sea para el banquete y para tu regreso al distrito, nos dará más tiempo para practicar.
Nuestras cabezas están prácticamente a los pies de la cama, por lo que volvemos a ubicarnos en la posición correcta con nuestras cabezas en las almohadas. Hoy es un día particularmente cálido, sin embargo, él me abraza por detrás y nos ubicamos de costado.
−Buenas noches, querida –me dice en tono dulce unos minutos antes de que nos quedemos dormidos nuevamente.
