Disclaimers: Todos los personajes pertenecen a Suzanne Collins.


CAPÍTULO 28: ATARDECER

POV LUCY

Al día siguiente, pasamos todo el día en el tejado alrededor masetas y plantas admirando la vista de la cuidad, comiendo y practicando. Fuimos a ver a Pluribus, porque quería terminar de afinar el piano antes de que salga a la luz la noticia de nuestro romance en menos de una semana. También le pedimos partituras y libros de canciones que eran populares en el Capitolio y Panem antes de la guerra, pensando que probablemente sería agradable para todos recordar los viejos tiempos.

Coriolanus acaba terminar un libro de literatura y agarra el siguiente. Él lee sorprendentemente rápido y tiene una memoria envidiable. Cuando tenemos algo de tiempo libre, los dos solemos leer el mismo libro, algunas páginas uno, el otro seguía las siguientes. Pero rápidamente se cansa con el segundo y lo deja a un costado, echándose para atrás y acostándose sobre mi regazo, he vuelto a usar el vestido de mi madre y él parece complacido de poder apoyarse entre los mullidos volantes del mismo. Yo sonrío al notar que él mantiene los ojos cerrados.

−¿Cansado?

−Un poco –abre los ojos y me mira desde abajo–. Pero estoy dispuesto a escucharte. ¿Encontraste algo interesante?

−Sí, hay algunas canciones que parecen lindas y no son tan complicadas aparentemente. Y también están las partituras de todos los himnos a través de la historia de Panem. ¿Cuál versión es la más actual de "Horn of Plenty"?

−Déjame ver –le entrego el libro y él se sienta apoyándose levemente en mi pecho.

Coriolanus empieza a ojearlo, hasta que luego de examinar el contenido de cada una, se detiene en la tercera versión, lo que me sorprende porque hay varias versiones más adelante y apostaba que era una de las últimas.

−Es esta.

−Gracias –digo y empiezo a leerla con atención por mí misma y él vuelve a acostarse igual que antes, en mi regazo.

−De nada.

−La interpretaré en piano –comento.

−Seguro lo harás perfecto.

−Lo haremos –corrijo−. Yo con el piano y tú con tu voz.

−¿Y respecto a lo otro?

−Podríamos escoger alguna canción que nos represente y practicarla. Si el resultado es bueno, la cantaremos en público.

−Como desees, sabes que te apoyo en todo. Pienso que es un buena idea. Si ellos quieren un show, se los daremos –dice mirando hacia el horizonte, el cielo empieza teñirse azules oscuros y rosas, a medida que el sol se va ocultando detrás de nubes y las Montañas Rocosas−. El atardecer se ve mejor desde aquí ¿no lo crees?

Sonrío y hago todo a un lado, porque ya me cuesta leer con la poca luz que hay ahora.

−Es hermoso, deberíamos venir todos los días para admirarlo –le digo, mirando en la misma dirección que él.

−Cuando haya buen tiempo, sí.

Acaricio su cabello y su rostro, mientras su expresión se relaja aún más.

Mi "entrenamiento" casi está finalizando. Madame se ha dedicado los últimos días, simplemente a enseñarnos a bailar, lo cual no lo vi tan complicado; y tal como aseguró Tigris, él es un buen compañero de baile, solo que le faltaba experimentar un poco más. Por mi parte, cuando Madame nos deja a solas, yo le enseño un baile más informal para parejas, quiero que sepa que hacer en caso de que quiera incluirlo en mi presentación repentinamente.

Básicamente, lo único que nos falta es practicar baile, canto y en mi caso nuevas canciones que sacare del material que obtuve de Pluribus; sin olvidar las respuestas que debemos dar en las entrevistas.

Definitivamente, ingresamos en la cuenta regresiva, el día que parecía tan lejano, ahora se encuentra a la vuelta de la esquina. Ya llevo más de un mes en el Capitolio, pero se siente como si mi primer encuentro con Coriolanus Snow hubiera sucedido ayer. Apoyo mis manos en sus hombros y brazos, pero no parece importarle. De reojo veo que la alargada cicatriz de su brazo tiene mejor aspecto, todas esas cremas deben estar haciendo efecto en él, igual que en mí.

Incluso las quemaduras en mis manos ya no lucen tan mal, los doctores dicen que cuanto más constante sea con las aplicaciones diarias, más rápido mi piel sanará y volverá a su tono natural; también que, en unos meses, debo volver al Capitolio, para que me hagan una cirugía estética o me sometan a algún tipo de tratamiento específico para borrar las marcas que queden, dependiendo de lo que consideren más conveniente. En otras palabras, La Academia intervino en ese asunto, y quieren que esté perfecta, sin ninguna señal de mi paso por los Juegos del Hambre.

Nos quedamos un rato más al aire libre hasta que oscurece completamente, recogemos todo y decidimos pasar a nuestro pequeño refugio en el tejado, donde podemos prender las luces y seguir trabajando.

Como no bajamos a cenar con su familia, Coriolanus y yo cocinamos unas milanesas de carne y otras vegetarianas que hicimos en días anteriores con Tigris y dividimos entre las dos heladeras de la casa y mientras busco en la alacena algo para acompañar, veo unos frascos con lo que aparentan ser fideos

−¿Quieres probar? –pregunta.

−¿Qué son?

−Le llaman ramen, porque son más finos que los fideos normales –explica−. Viene con unos sobrecitos de condimento. Debió comprarlos Tigris para nosotros, ya que sabe que hay días que ni nos aparecemos abajo hasta la hora de dormir.

−¿Hay que cocinarlos?

−No, solo le pones agua hirviendo hasta la mitad, lo vuelves a cerrar y lo dejas reposar unos minutos.

Parecen ser porciones individuales, por lo que saco dos y aún queda una media docena dentro.

−En tiempos de guerra, casi todo lo que compraba y comía la gente, eran alimentos enlatados que pudieran conservarse por mucho tiempo y no requirieran cocción, los fideos instantáneos eran algunos de ellos –sigue explicando.

−Casi todo lo que comíamos nosotros era fresco en esa época, pero aún así era difícil sobrevivir.

−Lo puedo imaginar, estaban alejados de todo. En otras circunstancias te diría que seguramente fue más pacífico que estar aquí, pero con lo que me contaste anteriormente, lo descarto.

−La guerra nos golpeó a todos –digo simplemente, sin querer ahondar en temas que ambos odiamos tratar. Estoy por agarrar la pava con agua hirviendo, hasta que él me detiene.

−Déjame a mí, podrías quemarte. Solo abre la tapa hasta la mitad y saca los sobres.

Hago lo que me indica y veo dos, uno con una salsa y otro con aparentemente hierbas y verduras deshidratadas. Solamente le coloco el segundo, porque dice que la salsa es muy picante y es mejor ir agregando a medida que lo pruebe, y él le coloca agua tan pronto como me alejo para ocuparme de lo otro. Doy vuelta las milanesas, esperando que quede bien cocida y mínimamente dorada la superficie. Tras unos minutos, saco todo y lo pongo en un plato, con la mirada atenta de mi novio sobre mí.

Cuando termino, él me abraza, obligándome a darme vuelta para enfrentarlo. Entonces, toma mi rostro con sus manos y me besa; es el primer beso que me da desde el almuerzo. Mis ojos se cierran, continuamos besándonos y luego de unos minutos, los vuelvo a abrir al notar que ya se alejó, sintiéndome algo decepcionada por unos instantes. Siento que nunca tendré suficiente de él, que siempre querré más. Más besos, más abrazos, más caricias, más demostraciones de amor. Me siento demasiado avergonzada ahora mismo como para reconocerlo en voz alta.

−Te amo.

−También yo −contesta.

Cenamos solos, luego lavamos la vajilla y nos sentamos en el sillón. Empiezo a cantar canciones nuevas, prestando atención a la reacción de él a cada una de ellas, sonriendo cuando noto que algunas letras le gustan demasiado y hago una lista mental que tendré en cuenta más tarde.

Me apoyo en el respaldo y guardo la guitarra en su estuche tan pronto como el sueño me empieza a vencer.

−Es hora de dormir, cariño −anuncia−; y mañana tienes cita con tu doctor.

Vamos una vez a la semana, la condición para que me dieran de alta en tan pocos días fue precisamente esa, llevar un control semanal de mi estado, atenderme y hacerme curaciones o estudios de ser necesario.

Aunque noto que Coriolanus sigue muy despierto, me toma de la mano y me lleva a su habitación. Esta noche ninguno de los dos tiene pesadillas.