No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Tragué, probablemente lo suficientemente alto para que oyera.

—Si no me dices tu nombre, ¿cómo te llamare?

Se rió entre dientes, el sonido de su risa acariciándome, burlándose de mí.

—Tu y yo estamos completamente solos, Isabella. Si hablas, solo puede ser a mí. No necesitas llamarme nada.

—¿Así que no tengo que llamarte ''señor'', o ''maestro''?

Su voz fue fuerte y fría.

—No soy un dominante, Isabella. Tú no eres mi esclava, ni mi sumisa. —Se movió, ahora situado detrás de mí. Estaba cerca de mi oído, y lo sentí en mi columna vertebral—. Soy tu dueño, pero te entregaras a mí por voluntad propia.

—¿Lo hare?

—Lo harás.

—¿Por qué? —quería girarme, tocarlo, quitarme la venda. Algo me lo impidió, y no me atrevía a examinar lo que era.

—Durante el periodo de un año, te envié cheques por diez mil dólares, uno cada mes. Tú los cobraste y los usaste. Gastaste mi dinero, Isabella. Viviste de mi generosidad. Mis razones para esto seguirán siendo un misterio para ti... por ahora. Pero estas en deuda conmigo. Hubieras estado sin hogar y hambrienta sin mí. Tu madre no hubiera recibido la atención que necesitaba sin mí. Tu hermano no tendría una casa o una educación sin mí. Así que... no sólo eres mía, Isabella. Soy dueño de tu madre y hermano. Ambos son totalmente dependientes de ti, y, por lo tanto, de mí.

Tragué de nuevo, parpadeando para contener las lágrimas.

—¿Qué quieres de mí? —las palabras fueron apenas un susurro, casi inaudible.

—Isabella... Isabella... —Su voz se calmó, acariciándome, profunda y suave con ternura. Este hombre, su voz... era mágica, tan expresiva, tan cambiante. La fuerza de su voz me aterrorizaba. Él podía manipularme con el simple tono de su voz, asustar o tranquilizarme con meras palabras. —No necesitas tener tanto miedo. Permíteme asegurarte que en cierta medida. Como ya he dicho, no soy un dominante. No obtengo placer de infligir o recibir dolor. Obtengo placer del control, de la obediencia. Harás lo que yo diga, cumplirás mis deseos, pero te lo prometo, siempre encontraras mis deseos siendo para tu propio placer, y para tu propio beneficio. Nunca voy a hacerte daño. Nunca. No voy a atacarte. No voy a atarte, o si lo hago, será tu propia docilidad la que te mantenga atada.

—¿Por qué? —parpadeé detrás de la venda, apreté mis ojos cerrándolos, y sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla. —¿Por qué yo? ¿Por qué debo obedecerte?

Obedecer. Odiaba esa palabra. Nunca había sido obediente. No siempre hacia lo que me decían, o al menos no fácilmente. Incluso cuando era niña, mis padres aprendieron que era mejor pedírmelo amablemente en vez dedarme órdenes. Obligándome a algo con órdenes brutas sería sacar el lado afilado de mi muy corto y muy explosivo temperamento. Este hombre, sin verlo, sin nombre, esperaba que yo le obedeciera. Sentir que me posee.

Ahora mis lágrimas eran de rabia impotente, porque... tenía una sensación de hundimiento de que tenía razón.

—Porque te importa. Porque tienes honor. —Esa misma áspera, tierna, yema de su dedo se deslizó por mi mejilla, cerca de la esquina de mi boca, quitando mis lágrimas—. Me vas a obedecer porque debes hacerlo. Yo no, y nunca, esperaría que me lo pagues monetariamente...

—No —no pude evitar espetar—, simplemente esperas que te folle para saldar mi deuda.

—Incorrecto, Isabella —respondió. Su voz tranquila, pero afilada como navajas y fría como el vacío del espacio—. Aquí hay otra promesa que te haré; Tú y yo no tendremos relaciones sexuales con penetración a menos que lo pidas. Y lo harás, Isabella. Esa es mi promesa, aquí. Lo pedirás. Me rogarás por ello. Pero no pasará hasta, y sólo a menos, que me lo pidas.

—Estás bastante seguro de ti mismo —dije, intentando sonar más fuerte de lo que me sentía.

La verdad, la sinceridad cruda y la absoluta seguridad en su voz me sacudieron hasta la médula. Él creía que lo que decía no era más que la verdad incuestionable.

—Sí, así es. —Ahora su voz era sólo un soplo de calor en mi oreja—. Me aseguraré de que me ruegues por ello.

Mierda. ¿Qué se suponía que dijera a eso? Apenas podía mantenerme de pie. La mezcla potente de emociones que este hombre causaba en mí me tenía temblando, con las rodillas golpeando. Estaba encendida, tenía que admitirlo. Y eso me asustaba. Tan mal. No quería desearlo. No quería ser de su propiedad. Pero de alguna forma, sin nada más que unas pocas palabras y toques, me tenía adolorida en formas que nunca habría creído posible.

—¿Ves? —Las yemas de sus dedos trazaron mi pómulo, yendo por debajo de la curva de mi labio inferior—. Ya comenzaste a entender. Estás encendida, Isabella. Puedo olerlo en ti. Tus fosas nasales están dilatadas. Estás temblorosa y sonrojada. Lo odias, sin embargo, ¿no? — No respondí. — ¿No? Si te pregunto algo, espero una respuesta, Isabella.

—Sí.

—Eso está bien. Ódialo cuanto quieras. Lucha contra ello. Intenta mientras puedas, no puedes evitarlo. Soy tu dueño, Isabella Swan. Y pronto llegarás a aceptarlo.

—Nunca.

—Ah. Rebeldía. Ahí está tu espíritu. Ese temperamento tuyo, Isabella. Te ha metido en muchos problemas, ¿no? —sonaba divertido—. El señor Varner todavía se está recuperando, sabes. Rompiste su nariz en pedazos.

Me tambaleé.

—¿Tú... tú sabes sobre eso?

—Por supuesto que sé sobre eso. Sé todo sobre ti —se alejó, su voz ligeramente distante. Oí el sonido de un vaso, de líquido vertiéndose. Tomó mi mano en la suya, presionó un vaso en mi palma, y lo levantó hacia mis labios. —Bebe.

Toqué el líquido con mis labios, probé la quemadura de whisky caro.

—Eeew. No.

—Bebe —su voz fue un látigo—. No me gusta repetirme.

Bebí. Mi esófago fue cubierto de lava, y luego golpeó mi estómago como un quintal de ladrillos. Mi sangre se convirtió en fuego, y mi cabeza giró.

—Dios, eso es asqueroso —pero, mientras lo decía, sentí a mi cuerpo volverse ligero, calentado por el whisky y levantado como si fuera un globo de aire caliente. Bebí otra vez, y no fue tan malo.

—Sin embargo, bebes más, por tu propia voluntad —escuché una sonrisa en su voz—. El que bebas whisky es una metáfora bastante oportuna para la forma en que reaccionas ante mí. No te gusta al principio, pero quema tu resistencia, y pronto te encuentras volviendo por más.

Bebí otra vez, un pequeño sorbo, y la lava en mi garganta, en mi estómago, el fuego en mi sangre, no fue tan malo. Me envalentonó.

—Dijiste que no esperas que te lo pague monetariamente. Sin embargo, dijiste que no tendrás sexo conmigo a menos que lo pida. ¿Entonces qué quieres de mí?

—Simplemente a ti. Tu absoluta e inmediata obediencia en todas las cosas. Tu vida —lo oí tragar—. Y aquí está el por qué te encontrarás obedeciendo. Más allá del calor en la región lumbar que sientes, y la manera en que reaccionas ante el simple sonido de mi voz... obedecerás porque sabes el peso que tienes sobre ti. Continuaré manteniendo a tu madre y hermano mientras me obedezcas. Ellos estarán bien cuidados, en todas las cosas. Al igual que tú. El tipo de trato que recibiste en el jet es un simple vislumbre de la vida que te daré.

—Y si no cumplo con todos tus caprichos.

—Te enviaré a casa. Firmarás un acuerdo de no divulgación, y serás libre de irte.

—¿Sólo así? —puse todo el sarcasmo y la amargura que poseía en esas dos palabras.

—Sólo así.

—¿Y no tendré que devolverte el dinero?

—No —hizo una pausa para dar efecto—. Excepto que no recibirás otro centavo. Y todavía tienes un camino bastante largo para terminar tu licenciatura. Los trabajos para los que estas capacitada ahora mismo nunca te ofrecerán los fondos necesarios para que cuides de tu madre y hermano. E incluso si pudieras mantenerte a flote lo suficiente para terminar tu licenciatura, y conseguir un trabajo en tu campo, ¿realmente piensas que un trabajador social podría siquiera hacer el suficiente dinero para pagar los tipos de facturas que tienes colgando sobre tu cabeza?

—Lo haría funcionar.

—Sí, Isabella. Creo que te matarías intentándolo —hizo una pausa para tomar de su bebida otra vez, y yo tomé otro trago también—. Podrías tomar esa ruta. Y podrías ser capaz de hacerlo funcionar. Pero... tus opciones son limitadas. Muy limitadas. ¿Cuánto crees que pasará hasta que termines en un club de striptease? ¿Antes de que vendas tu cuerpo? ¿Antes de que comiences a hacer lo que ese cerdo vil de Varner pidió de ti, simplemente para mantener un trabajo que necesitas tan desesperadamente?

No pude responder. Tenía demasiada razón. Dejé caer mi cabeza derrotada, extendí el vaso, incapaz de agarrarlo más tiempo. Él lo tomó.

—Exactamente —su voz se alejó, y escuché un vaso contra madera mientras él lo bajaba—. O puedes quedarte aquí conmigo. Jugar mi pequeño juego, y tener todas tus facturas pagadas.

—¿Cómo es esto diferente de la prostitución? —demandé, mi voz temblorosa—. Te estoy vendiendo mi vida, mi cuerpo, mi jodida alma, para pagar las facturas.

—Si deseas considerarlo prostitución, entonces supongo que ese caso se podría hacer. Pero no lo es. Considéralo en vez de eso... un negocio.

—¿Negocio? ¿Un acuerdo?

—Exactamente. Un acuerdo. Pero este no es un acuerdo sexual, Isabella. Yo podría esforzarme para estimular tus sentidos, para encenderte. No niego que esté atraído hacia ti, ni que lo haya estado por un largo tiempo. Pero no voy a intentar obligarte a tener sexo conmigo. Voy a persuadirte, un paso a la vez. Y eso, Isabella, no es diferente de lo que pasa en bares y clubes cada noche. No es diferente de lo que tú has hecho.

Estaba cerca de mí otra vez, rodeándome, tomando y hablando.

—Vas a un bar, encuentras a un hombre probablemente joven, atractivo, bien vestido, un cierto brillo en sus ojos, arrogancia en su porte. Lo dejas entablar conversación. Te compra una bebida, o dos, o tres. Tal vez le das tu número de teléfono, o tal vez simplemente vuelves con él a su casa esa misma noche. O tal vez vas a unas pocas citas con él primero. Flirteas, le haces algunas preguntas, determinando si su personalidad combina con la tuya en una manera satisfactoria o no, si la atracción inicial se mantiene. Eventualmente, si todas las condiciones se cumplen, terminas en la cama con él. Y, quizás, esto durará por unas pocas semanas, o incluso unos pocos meses.

Hizo una pausa, y aquí su voz pareció casi amarga, sonando cada vez más como una conferencia despectiva.

—Todo esto se basa en un conjunto de acuerdos tácitos socialmente acordados. Estás participando en el comercio social. Te compra bebidas, la cena. Flores, quizás. Si es particularmente educado, abrirá tu puerta y sacará tu silla. Pero estás representando un juego. Si él fuera más allá de los parámetros de este código preestablecido, lo rechazarías abiertamente, lo más probable. Si simplemente se acercara a ti y dijera que quiere llevarte a casa y follarte, ¿cómo responderías?

Tragué, fuerte.

—Y... yo probablemente me enfadaría —admití—. Eso es... grosero.

—Precisamente —su voz se suavizó, su aliento una vez más en mi oído—. No es que te opondrías a que él te llevara a casa y te follara. Oh, no. Eso, después de todo, es precisamente la meta del juego que nuestra justa sociedad ha establecido: follar. Pero la manera del acercamiento de alguien hace toda la diferencia, ¿no?

—Sí —dije—. Bastante.

—Dime, Isabella. ¿Cuál es la diferencia entre el sexo, hacer el amor, y follar?

—Es... subjetivo, creo. La diferencia en la definición varía de persona a persona.

—Sí, lo sé. Es por eso que te estoy preguntando qué piensas.

Parpadeé detrás de la venda, una reacción instintiva a pensar.

—¿Podría... sentarme? ¿Por favor?

—Por supuesto. Que grosero de mí dejarnos aquí parados en el vestíbulo —tomó mi mano—. Ven.

—Espera... la venda... ¿no vas a quitarla? —tiré hacia atrás contra su mano, alcancé la tela cubriendo mis ojos.

Fuertes dedos aprisionaron mi muñeca, deteniéndome suave pero firmemente.

—No. Todavía no. No por un tiempo, creo.

—¿Qué? ¿A qué te refieres con que no por un tiempo? —liberé mi mano, me giré hacia donde pensaba que él estaba.

—Me refiero a que te quitaré la venda cuando esté listo para hacerlo. Todavía no estoy listo para que me veas. Tienes otros cuatro sentidos. Enfócate en esos.

—¿Eres como feo o desfigurado o algo?

Se rió, y el sonido fue fuerte con pura diversión.

—¡Qué descortés de ti, Isabella! —tomó mi mano una vez más, y no pude evitar que un estremecimiento me recorriera. Su mano era grande, tragándose la mía completamente. Áspera con callos, pero suave—. No, no creo ser feo para los que me han visto. Y no estoy desfigurado en ninguna manera. No soy particularmente viejo, o joven.

—¿Entonces por qué no puedo verte?

—Porque esto es parte del juego. Me complace. Me gusta como luce la venda en ti. Me gusta el control que me da, cuán dependiente de mí te hace. Puedes, en cualquier momento, quitártela. No estás encadenada, después de todo. Pero no te la has sacado, ¿no? Ni lo harás. La dejarás. Quieres entregarme el control, Isabella. Tienes miedo de hacerlo, pero quieres.

—Tengo miedo. —Admitirlo en voz alta, a él, hizo que mi miedo fuera más real, pero, extrañamente, menos atemorizante.

—Lo sé. Y eso está bien. El miedo nos hace prudentes. No espero obediencia total inmediata. No espero que confíes ya en mí. Tengo que ganarme eso. Y lo haré. Aprenderás a confiar en mí. Y cuando sienta que has aprendido a confiar en mí, y cuando sienta que yo también confío en ti, es ahí cuando la venda se irá.

Sentí su mano agarrar ligeramente mis hombros desde atrás, y lo dejé guiarme. Me dirigió por lo que sentí que fueron cien pasos, y entonces me giró a la izquierda, y caminamos otros cien pasos. Me giró alrededor y me llevó hacia atrás hasta que sentí un sofá o una silla tocar las partes de atrás de mis rodillas. Me senté en un profundo sillón de cuero, y suspiré con alivio mientras mi miedo y mis debilitadas piernas se relajaban. Sus dedos levantaron uno de mis tobillos, y sentí un otomano deslizarse bajo mis pies. Me hundí más profundamente en el sillón, descubriendo que era inmensamente cómodo.

—Un momento, por favor —dijo, y escuché sus pasos alejarse, de vuelta en la dirección por la que habíamos venido. Volvió en unos momentos—. Ten, Isabella. Tu whisky.

Extendí la mano, y presionó el vaso de vidrio frío en mi palma. Llevé el borde a mis labios, y bebí el espeso calor ardiente, y esta vez saboreé el gusto.

—Ahora, ¿dónde estábamos? —escuché su voz viniendo de mi izquierda.

Me giré en la silla ligeramente para enfrentarlo. Me di cuenta mientras lo hacía, cuán arbitrario era el acuerdo. Enfrentar a una persona cuando hablas era un hábito nacido del contacto de los ojos. Mis ojos estaban vendados, y por lo tanto enfrentarlo no tenía sentido. Me quedé como estaba, sin embargo.

—Me estabas preguntando la diferencia entre sexo, hacer el amor, y follar.

—Sí, precisamente.

Pensé por varios momentos, componiendo mi respuesta. Mi "anfitrión" era un inteligente, bien expresado hombre, hablando como si hubiera sido educado muy bien. Tenía un dejo de acento, de algún lugar en Reino Unido, pensé, aunque era lo suficientemente débil que no pude examinarlo más precisamente.

Tenía la sensación de que él apreciaría una respuesta considerada a su pregunta. Por qué me importaba si apreciaba mi respuesta era, otra vez, algo que no me importó examinar. Lo hacía, sin embargo, y no podía negarlo.

—Es acerca de la emoción, creo —dije—. Sexo es el término clínico, la palabra sin contexto para el acto. No significa nada más, no sostiene ningún significado o importancia más allá del simple acto físico de entablar relaciones sexuales. Hacer el amor es... bueno, obviamente se trata del amor. Se trata de la expresión de cómo te sientes acerca de una persona. Follar es... supongo que pienso en ello como algo crudo. Tosco y vacío de emoción. Duro y rápido. Aunque supongo que no tiene que ser tosco o duro, simplemente... desprovisto de intercambio emocional. Follas a alguien que acabas de conocer en un bar. No harías, y creo que no podrías, hacer el amor con alguien que acabas de conocer. Tienes que conocerlos, entenderlos, preocuparte por ellos, realmente amarlos para hacer el amor, mientras que puedes follar a cualquiera, en cualquier momento, sin emociones o conexiones requeridas.

—¿Y has experimentado personalmente ambos?

Vacilé para responder.

—No... No lo sé. ¿Creo? Pensé que estaba enamorada una vez. Pensaba que lo que teníamos significaba algo. He tenido sexo, obviamente. Me ligado con chicos que no conocía muy bien, pero nunca me he acostado con alguno de ellos de inmediato. Tuvo que ser después de unas pocas citas. Supongo que tengo un mínimo de tres citas, podría decirse. No es algo que haya establecido en muchas palabras, pero, ahora que pienso en ello, es verdad. Nunca he tenido sexo con alguien con quien no tuviera al menos tres citas, mínimo. Y no siempre duermo con los chicos con los que salgo.

—No has respondido mi pregunta, Isabella.

Suspire.

—No lo sé, ¿está bien? Supongo que sí he experimentado con ambos. Con Mike fue dulce y significativo, aunque nunca dijimos "te amo". Pero con otros chicos con los que me he acostado, solo han sido por él acto, en realidad, de acuerdo a mi propia definición, que habría sido follar. — Me quede sorprendida al oírme contestar, tan abiertamente, tales preguntas profundamente personales. Por lo general no era tan abierta. —¿Qué hay de ti? ¿Has experimentado ambas cosas?

Mi pregunta fue recibida con un largo momento de silencio. No estaba tan segura de si él respondería. Pero entonces lo hizo. Su voz era lenta, como si estuviera pensando sus palabras mientras las pronunciaba.

—No, tengo que confesar que no los he tenido. Nunca he hecho el amor antes. Sólo he follado, si usamos tus definiciones.

—¿Cuál es tu definición entonces?

Otro largo silencio, y la respuesta dicha lentamente.

—Solo nunca hubo acto, para mí. Siempre ha sido carente de significado, carente de emoción. Es por su diseño, sin embargo. Nunca nadie ha significado algo para mí. Nunca se los he permitido o las he querido. Mis compañeras sexuales siempre han sido cuidadosamente seleccionadas por su voluntad de participar en relaciones sexuales conmigo, en mis términos. Por contrato, en realidad. No es un contrato financiero, ya que nunca he pagado por sexo, sino un contrato de silencio. Es decir, nunca pueden hablar de su tiempo conmigo.

—Eres muy privado, entonces.

Se echó a reír.

—Oh, Isabella. No tienes idea de lo privado que soy.

—¿Por qué? —la pregunta salió de mi boca antes de poder detenerla. De nuevo el largo y reflexivo silencio.

—La única razón por la que voy a responder tus preguntas es para que tengas tranquilidad. Normalmente, no respondo a este tipo de tácticas de conversación-interrogatorio. —Suspiró—. No confió, Isabella. No en cualquiera. Nunca. No confió en nadie. No permito a nadie más allá de mis paredes. Y por paredes, me refiero a los muros literales de mi casa, y a las paredes metafóricas alrededor de mi corazón y de mi vida.

—Has sido lastimado. —Otra vez las palabras salieron de mis labios antes de poder detenerlas.

—¿No todos los hemos sido?

—Sí, supongo que sí. —Me tomó un largo sorbo de mi bebida—. Aun no entiendo que es lo que quieres de mí. ¿Por qué estamos jugando a este juego?

—Todo lo que quiero de ti, Isabella, es a ti.

—¿Entonces por qué... esto? —Hice un gesto para la venda, y luego alejándome, con la intención de pararme. —¿Por qué los cheques? ¿Por qué el matón contratado diciendo que estaba "recogiéndome"? ¿Por qué la venda y el... el misterio? ¿Por qué? Si me querías, ¿Por qué no simplemente hacer los arreglos para conocerme?

—¿Habrías venido? —Oí crujir el cuero y su voz sonaba nominalmente más cerca, como si se hubiera inclinado hacia delante. —Si lo hubiera arreglado de manera que "accidentalmente" —Oí las comillas alrededor de la palabra—. ¿Me hubieras creído? ¿Qué hubiera dicho? Oh, hola, Isabella, soy el tipo que te ha estado enviando los cheques. Yo creo que no. Y si hubiera arreglado un encuentro y llegado a saber bajo lo que se consideraría circunstancias normales, y luego, eventualmente reveló que yo era el que había enviado los cheques, ¿No te habría alterado que había guardado la verdad de ti? Ese conocimiento hubiera alterado cualquier relación que habíamos establecido hasta ese momento. ¿Me equivoco?

Suspire.

—Supongo que tienes razón. No lo había pensado de esa manera.

—Soy un hombre muy honesto, Isabella. Tal vez te has dado cuenta. Voy a decir la verdad exacta. Deseo que todas mis conversaciones sean verdaderas. De esta manera la verdad se ha establecido desde el principio.

—Está bien, lo entiendo. ¿Pero por qué el secreto entonces?

—Como he dicho, soy un hombre privado, Isabella. Pocas personas me conocen en persona. Tú, en realidad, eres una de las cuatro personas que alguna vez han estado por delante de aquellas puertas. Felix, a quien conociste; mi ama de llaves, Sue; y Jasper, el segundo al mando de mis negocios. Y ahora tú. No estoy listo para revelarme a ti, por mi propio sentido de seguridad y privacidad. Y también... —Se calló como si estuviera considerando cuidadosamente sus siguientes palabras. —Además... estoy manteniendo un secreto de ti, Isabella. Un secreto muy oscuro y profundo. Uno que nos afecta a los dos, y uno que va cambiar la trama de nuestra relación. Y no estoy listo para revelarte eso, tampoco. Cuando te diga este secreto, es muy probable que te alejes y tendré que dejarte. En vista de que te he traído aquí, no estoy listo para que eso ocurra. Te estoy diciendo esto ahora para que seas consiente de que te estoy escondiendo algo.

—¿Pero no me dirás que es?

—No.

—¿Por qué?

—Porque me da miedo, Isabella. Porque he esperado mucho tiempo para traerte a mi vida, y ahora que te tengo, estoy celoso del tiempo que puedo pasar contigo.

Algo en esa declaración me ponía nerviosa. ¿Pero, sin embargo, qué? Oh, sí.

—Claramente no te conozco. Pero sin embargo dices que has estado planeando esto durante un largo tiempo. ¿Lo que significa que me has estado acosando?

Suspiro.

—Esencialmente, sí. Viendo. Esperando. Protegiendo.

—¿Protegiendo?

—Sí, Isabella. Protegiendo. Mantuve un ojo en ti. ¿Cómo crees que yo sabía cuándo enviar el cheque?

Lo escuche moverse, una pausa y luego el sonido de un objeto puesto sobre la mesa. Unos momentos más tarde, se abrió una puerta en alguna parte y pasos se acercaron a nosotros.

—Felix.

—Hola, Felix —dije.

—Buenas noches, señorita Swan.

—Aquí Felix ha sido el ojo que he mantenido en ti. Su instrucción primaria era ver, sin ser visto, y nunca, jamás hacer ningún contacto o que te sintieras observada. ¿Tenía éxito en eso?

Pensé largo y tendido.

—Sí, supongo que sí. Ha habido un par de veces en los que tenía la vaga sensación de ser observada, pero en su mayoría, no.

—Tengo un archivo sobre ti. Varios discos llenos de fotografías. Y permíteme asegurarte que nunca has sido fotografiada en cualquier manera que viole su privacidad. No hay fotografías de desnudos o reveladoras, no hay fotos tuyas en privado con algunos de tus novios o... aventuras... en los últimos años. Solo las suficientes para informarme, para saber.

—¿Saber qué? ¿Y por qué?

—Para conocerte. Para estar seguro de que estas bien, a salvo, segura.

—Pero no estaba fuera de peligro. No estaba a salvo.

—Sí, lo estabas. Nunca estuviste hambrienta. Nunca estuviste en peligro directo. Solo me entrometía cuando sentí que no había opciones. Y hubo un par de veces que Felix actuó para mantenerte a salvo, aunque no seas consiente de que algo hubiera pasado. Él es, después de todo, muy bueno en su trabajo. —Hizo una pausa y luego continúo—. ¿Felix?

Entonces Felix habló.

—Señorita Swan ¿Recuerda el día se San Patricio hace dos años? Usted y su amiga Leah salieron a beber. Ambas bebieron desde el mediodía hasta bien pasadas las dos de la mañana. Las dos extremadamente intoxicadas.

Parpadeo detrás de la venda, recordando.

—Sí. Recuerdo.

—Usted llevaba una camiseta de color lima y un par de vaqueros. Leah llevaba un... bueno, supongo que se podría llamar un vestido. Era... bastante corto.

No pude evitar reírme de su descripción. El vestido de Leah apenas había cubierto su trasero, y si se movía mal, su trasero se mostraba por debajo de la línea del dobladillo. Entonces el hecho de que él supiera exactamente lo que estábamos vistiendo esa noche se acentuó, y empecé a temblar.

—¿Tú estabas... allí?

—Yo siempre estaba allí, señorita Swan. Fuera de la vista, pero allí. Usted y Leah estaban tan ebrias que ni siquiera caminaban en línea recta esa noche, pero ahí no había taxis y el autobús no iba donde usted necesitaba ir. Así que terminaron caminando, y uso el término "caminar" muy informal, todo el camino a casa. Diecisiete manzanas. A las dos de la mañana, en el centro de Detroit.

Me estremecí al recordar esa noche. Habíamos estado viviendo juntas, en un céntrico apartamento de porquería. Rara vez nos aventurábamos fuera pasada la noche y nunca, nunca, solas. Esa noche sin embargo lo hicimos. Y pensamos, al día siguiente, que era un milagro que hubiéramos llegado a casa vivas. Ahora estaba empezando a pensar que más que un milagro fue la protección invisible de Felix.

—Esa fue una muy mala decisión de nuestra parte —Dije—. Despertamos al día siguiente asombradas de que haber llegado a casa intactas.

—No debería—dijo—. Casi no lo hizo.

—¿Qué? —Tome un sorbo de whisky, por valentía. —¿Qué quieres decir?

Felix respondió.

—Leah estaba tan borracha que usted básicamente la cargó todo el camino. Ella no podía mantenerse de pie, no podía caminar, ni siquiera podía hablar. Usted no estaba mucho mejor, pero se las arregló de alguna manera. Nunca sabré cómo lo hizo. En realidad, vomitó un par de veces, mientras arrastraba a su amiga a oscuras. —La voz de Felix fue desconcertada—. ¿Recuerda algo de ese camino a casa? ¿Cualquier sensación de peligro? ¿Alguien que podría haber demostrado ser una amenaza?

Pensé seriamente. Ese camino a casa era un borrón en mi mente. Recordé muy poco, solo unos pensamientos al azar: lo pesada que Leah era, lo cansada que estaba, lo ebria, lo mucho que quería estar en casa. Recordé tratar de no pensar en cuanto más lejos teníamos que ir, centrándome en los cuadrados de la acera al mismo tiempo, no haciendo caso al dolor en mis piernas y enmi espalda. Era como Felix había dicho: yo había básicamente cargado a Leah a casa.

—Tengo un recuerdo vago de... tres hombres. En la esquina de la calle. Nos gritaban a nosotras, creo. En algún otro idioma. ¿Español, tal vez? Creo... creo que nos siguieron por un tiempo. Recuerdo... recuerdo tratando de caminar más rápido, pero Leah era tan pesada, prácticamente inconsciente.

—Sí. Esos tres. La siguieron de hecho. Durante tres cuadras. Y efectivamente estaban gritándoles en español. Las cosas que dijeron... es bueno que no hablara español. Estaban diciéndoles cosas viles. No las repetiré, pero era repugnante.

—¿Nos habrían hecho daño? —Tuve que preguntar.

—Oh, sí. Ellos completamente pretendían violarlas y matarlas a ambas. —La voz de Felix fue fría y dura. —Eso es lo que decían. Le decían exactamente lo que pretendían hacer. Su plan era seguirlas a casa, esperar a que dejaran la puerta abierta y luego empujarla dentro. Violarlas, matarlas y dejarlas en su propio departamento. Nadie habría sabido nunca lo que pasó, y ellos nunca habrían sido capturados. No había cámaras en su edificio. Nadie sabía que habían dejado el bar, nadie las estaba esperando. Habrían pasado días antes de que alguien encontrara sus cuerpos.

Entonces me sentí enferma.

—Ellos... ¿Cómo? ¿Qué los detuvo?

Felix no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era fría y oscura.

—Una vez que me di cuenta de sus intenciones, me enfrente a ellos... —Dudó de nuevo.

—Por "enfrentarse" supongo que ¿Te refieres a que tú... luchaste contra ellos? —No estaba segura de si lo quería saber, pero no podía dejar de preguntar.

Él respondió.

—Felix, no "lucha".

—¿Entonces qué? —Le pregunte.

Felix se aclaró la garganta.

—Ellos eran escoria. Yo no tomo las vidas a la ligera, pero disfrute acabar con esos tres. Le hice un favor a la raza humana cuando les corté sus asquerosas jodidas gargantas. Una ola de mareos se apoderó de mí.

—¿Tú... Tú los mataste?

—Rápido y fácilmente. No sienta ninguna culpa por sus vidas, señorita Swan. Ellos tenían la intención de tomar turnos para así violarlas por horas. Eran malvados, criaturas sádicas que ni siquiera tenían una pizca de humanidad. Les mostré misericordia con una muerte rápida.

—Pero tú... tú los mataste. ¿Por mí?

—Sí. Lo hice. Y lo volvería hacer.

—Luego estaba también el asunto de un potencial atracador, justamente el mes pasado. —Dijo él—. Felix se aseguró de que el asaltante nunca alcanzará su punto de emboscada. Ese individuo en particular fue simplemente... persuadido, por así decirlo, a renunciar a una vida de crimen.

—De hecho —dijo Felix—. Puedo ser bastante persuasivo.

Repentinamente tuve un tiempo difícil para respirar.

—¿Qué... qué más has hecho en mi nombre?

Él respondió.

—Solo hay otro asunto que requería intervención. Él último hombre con el que saliste. Dimitri Von Turie.

—¿Dimitri? ¿Qué le hiciste a Dimitri?

—El Dimitri que conocías o él Dimitri real... no eran la misma persona —Hizo una pausa y oí el cambio de tono en su voz para hacer frente a Felix—. Puedes irte. Gracias.

—Buenas noches, señor. Señorita Swan. —Oí los pasos de Felix retroceder y la puerta cercana cerrarse.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté—. Salí con Dimitri por seis meses. Él fue realmente genial.

—Dimitri Von Turie es un vil, vulgar, animal abusivo con repugnantes preferencias. —Su voz estaba llena de desprecio.

—¿Q... qué quieres decir?

—Es un depredador y el peor tipo de agresor. Esconde su verdadero ser, lo oculta hasta que esté seguro de que su presa está profundamente atrapada y demasiado débil para escapar.

—Yo... no entiendo. Dimitri nunca puso un dedo encima de mí. No... no de esa manera por lo menos. Nunca fue nada menos que un perfecto caballero.

—Como he dicho, un depredador. Un cazador. Paso seis meses contigo, evaluándote, atrayéndote, haciéndote pensar que era inocente y amable y... vainilla. Era un BDSM dominante, Isabella. Aunque los que practican BDSM tomarían como gran ofensa etiquetar al monstruo de Dimitri como un dominante. Lo que Dimitri disfrutaba no era BDSM, sino simplemente tortura. Tengo pruebas fotográficas, informes de la policía. He puesto el archivo en tu dormitorio para que puedas revisarlo más tarde, sé que mi palabra no es suficiente para convencerte de la veracidad de mis afirmaciones. —Suspiró—. No podía dejar que Dimitri pusiera sus manos sobre ti, Isabella. Él rompe a las mujeres. Las arruina. Las destruye. Sospecho que es responsable de al menos una muerte, e imagino que su gusto por la sangre y dolor sólo crecerá.

—¿Gusto por la sangre? ¿Él... ha matado personas?

—Sí. No tengo pruebas en cuanto a la última afirmación, pero considerando la forma en que sus víctimas quedan cuando termina con ellas, me resulta difícil creer que nunca ha ido tan lejos como para matar a alguien, aunque sea por accidente.

Tragó fuerte.

—Yo no... no lo entiendo. ¿Qué es lo que le gusta?

—Comienza inocentemente. Sexo duro. Unos golpes aquí y allá, bajo la apariencia de nalgadas. Pero empeora conforme el tiempo. Es muy parecido al modo en que una langosta es hervida, realmente. El agua se pone más y más caliente, y la pobre criatura ni siquiera se da cuenta de lo que está pasando hasta que es demasiado tarde. Las chicas que elige como presa se van encariñando con Dimitri, con su acto de chico bueno. Disfrutan las relaciones sexuales con él, en un principio. No les importa su inclinación a lo rudo por unos momentos. Toleran la creciente violencia de sus acciones. Y luego las mueve hacía el bondage. Las ata. Las ata a la cama. Hace su movimiento con ellas. Una vez más, parece bastante inocente, si te gusta ese tipo de cosas. El establece una palabra de seguridad, sigue todos los protocolos correctos para aquellos que se involucran en el mundo del sexo duro. Pero con el tiempo la palabra de seguridad no tiene efecto. No lo detendrá. Sus palmadas se convierten en golpes. Sus suaves azotes pierden su gentileza. Su sexo duro se convierte en violencia. Se convierte en violación. Tortura. Las palizas duran horas, dejando a sus víctimas ensangrentadas y sin ayuda, y después las viola a su satisfacción, que es su propia tortura. Tengo informes de primera mano de sus víctimas para que los leas.

Me sentí temblando por todas partes.

—¿Es cierto?

—Sí, lo hago. Como he dicho, sé que no vas a confiar en mi palabra, así que cuando te lleve a tú habitación, tendrás la oportunidad de revisarlos archivos que Felix puso.

—¿Qué le hiciste a Dimitri?

—Simplemente hice que Felix lo convenciera de que sería de su mejor interés desaparecer de tú vida. Permanentemente.

—¿No tuviste que matarlo?

—No. No te había hecho nada, así que no podía justificarlo. Me hubiera gustado, sin embargo. Es una vil criatura, sucia. Aunque lo he reportado a las autoridades, así que espero que se detenga antes de que le haga daño a alguien más.

Volví a pensar en el tiempo que salí con Dimitri. No era de las que se acostaban con el chico con quien apenas estaba saliendo, así que no dormimos juntos hasta haber estado saliendo durante dos meses. Él nunca había presionado, simplemente espero pacientemente hasta que le dije que estaba lista. Él era infaliblemente respetuoso, siempre un caballero, pagando las comidas y abriendo puertas, comprándome flores, llevándome a algunas de las citas más románticas que jamás había tenido. Cuando finalmente dormimos juntos, fue... agradable. Bastante simple, en realidad. No espectacular, pero no mal. Solo promedio. Parecía que le gustaba del tipo misionero, al principio. Y luego, después de un mes de dormir juntos, empezamos a probar otras posiciones. Y... sí me azotó un par de veces. No fuerte, pero me sorprendió, viniendo de la nada. No me había importado, realmente.

Me sentí extraña no dándole importancia a eso, y pasé una noche de borrachera hablando con Leah y preguntándome si yo era un monstruo y no lo sabía. Ella me había asegurado de que no por un pequeño golpe en el culo era un monstruo. A partir de entonces, las cosas con Dimitri se calentaron un poco. Había parecido en ese momento como si él estuviera simplemente encendiendo fuego, como si estuviéramos descubriendo cosas juntos. Eso es como se había sentido para mí.

Pero ahora, con lo que me decían, no estaba tan segura. Inofensivo, solo sexo vainilla... un pequeño golpe en el culo... y entonces el sexo se vuelve más rudo, más intenso... y yo había ido con todo. Nada inapropiado había sucedido. Él nunca me había golpeado en la cara, nunca trató de estrangularme o atarme, pero podría fácilmente ver cómo eso podría haber sucedido. Si Dimitri hubiera sugerido atar mis manos, solo para probarlo, lo hubiera hecho. Y entonces habría estado totalmente a su merced, debido a que había comenzado a confiar en él.

—No estás mintiendo, ¿cierto? —pregunté, mi voz temblorosa.

—Nunca miento. Nunca. Y, además, no tengo razón para exagerar o inventar tales cosas. Puedo ver que estás comenzando a creer en mí.

Me encogí de hombros.

—Tiene sentido en una manera atemorizante. El lento progreso de las cosas, fue exactamente como lo dijiste —volví a pensar en la manera en que las cosas habían terminado y eso, también, encajaba con lo que se me había dicho—. Solo desapareció. Yo estaba realmente herida, en realidad. Entre una cita y la otra, sólo... desapareció. Ninguna llamada, ni siquiera un mensaje de texto. Quiero decir, pensé que simplemente se había... ido, sin siquiera dejarme.

—Fue lo más seguro, Isabella. Siento que su desaparición te haya causado dolor, pero era eso o dejarte sufrir en sus manos, y eso simplemente no era una opción. No te dejaré sufrir, Isabella. Nunca. Puede que no sea capaz de evitar que sufras dolor emocional, pero créeme cuando digo que lo haría si estuviera en mi poder.

La sinceridad en su voz me sorprendió. Sonó para todo el mundo como si realmente le importara, como si sintiera profundas y poderosas emociones hacia mí. Pero todavía ni siquiera me había dicho su nombre, o dejado verlo. No tenía ningún sentido, y me asustaba. ¿Era él inestable? No había manera de saberlo, y me había puesto justo en sus manos.

—Si estás dispuesta a creerme, preferiría no dejarte ver el expediente —dijo—. Es... muy gráfico, y muy perturbador.

—Todavía quiero verlo —dije.

—¿Estás segura? —sonó cercano, pero no lo había oído o sentido moverse—. No es lindo, lo que les hace a las mujeres. Y la parte más horrible es que sale impune. Si una chica fuera a denunciarlo, él simplemente dice que fue con consentimiento, porque... lo fue. Al principio. Pero para el momento en que ellas se daban cuenta de lo que estaba sucediendo, era demasiado tarde. Pero se vuelve su palabra contra la de él, y las chicas están a menudo demasiado traumatizadas, demasiado asustadas de él para decir cualquier cosa.

—Quiero verlo. También quiero ver la información que tienes de mí.

—No estoy seguro de que eso sea sabio. No te haría ningún bien. No es nada excepto información básica. Fotografías de ti yendo en tu día. Información financiera, información médica, registros universitarios.

—¿Por qué necesitas toda esa información de mí?

—Porque deseo saber quién eres.

—¿Y quién soy?

—Hmm... —Suspiró, el sonido de alguien reuniendo sus pensamientos—. Eres Isabella Marie Swan. Veintisiete años de edad. Hija de Renee Eileen Dweyer Swan y Charles Swan. Tu madre sufre de desorden bipolar y esquizofrenia, y actualmente reside en el Hogar Ravenwood en Auburn Hills, Michigan. Tu padre falleció. Tienes un hermano, Alec Matthew Swan, quien actualmente asiste a la Universidad de Columbia en Chicago. Tu mejor amiga es Leah Irene Clearwater. Tienes abuelos, maternales, viviendo en Fort Lauderdale. Ningún otro familiar inmediato. Tienes un bachillerato en asistencia social de la Universidad del Estado de Wayne, y estás actualmente continuando con tu master. Mides un metro setenta, y tu peso oscila entre los cincuenta y ocho y sesenta kilos. Cabello caoba rojizo, ojos chocolate. Ninguna condición médica. Te quitaron el apéndice cuando tenías dieciséis. Has estado sosteniendo a tu madre y tu hermano por tu cuenta desde la muerte de tu padre hace siete años. Tu color favorito es lavanda. Tienes una ligera adicción al yogurt de cereza negra Chobani, y tiendes a tomar de más cuando estás estresada. Eres cinturón negro en taekwondo, al que empezaste a ir a los once años. Has tenido cinco parejas sexuales. Sin embarazos, abortos, ni abortos involuntarios. Has estado en control de la natalidad desde que tenías dieciocho. Odias el brócoli, y tu platillo favorito es pollo a la parmesana —una pausa, y luego aclaró su garganta—. ¿Qué más? Oh, sí. Fuiste arrestada por hurto cuando tenías catorce, condenada, y ejerciste cien horas de servicio comunitario. Creo que eso es todo.

No podía respirar. Literalmente. Mi pecho se apretó, mis pulmones se congelaron. Mi corazón se detuvo. Tosí e intenté aspirar aire en mis pulmones, y fallé. El vaso de whisky cayó de mi mano y caí al suelo con un crac. Agarré mi garganta, la venda, mi pecho.

Sentí una mano grande y cálida en mi nuca, fuerte e implacable, forzándome a llevar mi cabeza entre mis rodillas.

—Respira, Isabella. Inhala —Su voz, espesa como la miel, profunda voz estaba en mi oído, murmurando, consolándome. Calmándome. Abrí mi garganta y forcé aire a mis pulmones, tragando enormes bocanadas de aire, exhalando, inhalando, exhalando. Su mano permaneció en mi nuca, un toque suave—. Eso es bueno. Sigue respirando. Todo está bien. Todo está bien.

—Tú... tú sabes jodidamente todo sobre mí —me zafé de su agarre, tropecé al ponerme de pie, y me tambaleé alejándome. Sentí su mano atrapar mi cintura y empujarme hacia adelante, justo mientras sentía mis tacones y la parte posterior de mis rodillas golpear la mesa—. Sabes… mierda, sabes todo. Cada maldita cosa que hay que saber. ¿Cuántas parejas sexuales he tenido? Jesús. Jesús. Voy a enfermarme...

Vidrio crujió bajo los pies. Oí una puerta abrirse, y luego el sonido del vaso roto siendo barrido.

—Gracias, Sue —dijo él, su voz suave.

—Por supuesto, señor. ¿Algo más, señor? —La voz de Sue sonó en otro lado, un toque de un acento, Hispánico, posiblemente.

—No, eso será todo por ahora. La cena está lista, ¿cierto?

—No por el momento, señor. Alrededor de media hora.

—Muy bien, Sue. Gracias —Pasos se alejaron, una puerta se cerró, y percibí que estábamos solos una vez más—. ¿Estás bien, Isabella?

Me alejé de su toque, enderecé mi columna vertebral, forzando a mi respiración nivelarse.

—Supongo. Podría tener unos pocos minutos a solas.

—Por supuesto. Por aquí, por favor —Su mano en la parte baja de mi espalda me llevó a caminar, guiándome hacia adelante—. Te mostraré tú alcoba. Tendrás un momento para refrescarte, y luego cenaremos.

—¿Y se supone que haga todo esto con los ojos vendados? —pregunté.

—En tu propia alcoba se te estará permitido quitarte la venda. Y si no estamos juntos, mientras estoy trabajando, por ejemplo, tendrás la libertad de recorrer mi casa a voluntad. Mi alcoba privada es inaccesible para ti, así que no tienes que temer tropezar conmigo por accidente —me hizo doblar una esquina, y escuché pasos haciendo eco en lo que sonaba como un pasillo enorme—. Como ya he dicho, no eres una prisionera. La puerta principal está sin llave. El elevador te llevará al garaje, y de ahí a la calle, donde encontrarás un taxi disponible. Incluso fijaré un vuelo de regreso a Detroit, si lo deseas. Si decides irte, tus pertenencias te serán dadas, junto con el contrato de no divulgación. Eres libre de irte en cualquier momento. Eres libre de quitarte la venda en cualquier momento. Pero si lo haces, nuestro acuerdo está anulado, y mi apoyo financiero parará inmediatamente. Tendrías, como mucho, tres meses antes de que varias deudas te atrapen y tu situación se vuelva insostenible. Te insisto a que lo consideres sabiamente, Isabella. Te doy mi palabra de honor de que no serás de cualquier manera maltratada, lastimada, o forzada a hacer cualquier cosa que comprometa tu moralidad, valores, ni seguridad física.

Me tambaleé en mis tacones de ocho centímetros, nerviosa, todavía temblorosa con miedo y confusión y desorientación.

—Esta es una situación bastante jodida. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, supongo que es una situación bastante inusual —su voz estaba plagada de diversión. Su mano se enroscó alrededor de mi cintura, deteniéndome—. Hemos alcanzado tu alojamiento. Te haré entrar, y luego podrás quitarte la venda. Por favor déjate puesto el vestido. Luces increíble en él. Sue te llevará al comedor en treinta minutos.

El pomo de la puerta se abrió, y fui dirigida hacia adentro. Su mano descansando en la parte baja de mi espalda, su palma contra mi columna vertebral y sus dedos se extendieron posesivamente en mi costado. Tan pronto como me di cuenta de cuán extrañamente cómodo y familiar se sentía su toque, él retiró su mano, y fui dejada en un aún mayor estado de confusión emocional.

—Te veré pronto, Isabella —Cálidos labios rozaron mi mejilla, su aliento a whisky caliente. Me estremecí ante la sensación de sus labios en mi mejilla, ni siquiera a una pulgada de mi boca.

—Sí —dije, poniendo hasta la última pizca de sarcasmo que poseía en mi voz—. Tú me verás.

Sólo se rió, una risa retumbante.

—No será por mucho tiempo, Isabella. Lo prometo. Sólo trata de confiar en mí, y la venda caerá.

—¿Confiar en ti? ¿Cómo infiernos se supone que confíe en ti? ¡Ni siquiera sé tu nombre! ¡Estoy con los ojos vendados!

—Tienes que entregarte a mí. Será aterrador, lo sé. Va en contra de la naturaleza, especialmente para alguien que ha pasado por lo que tú. Conozco esto. Sé la enormidad de lo que pido. Pero no te lo pediría si no pensara que eres capaz de ello. Y no te lo pediría si no fuera necesario, para mí —Su dedo se deslizo a lo largo de mi mejilla—. Escucha esto, Isabella: A medida que aprendas a confiar en mí, a medida en que te entregues a mí, también yo aprenderé a confiar en ti, y entregarme a ti.

Eso me sacudió hasta la médula. Busqué algo que decir, alguna manera de reaccionar, pero no tenía nada. Ni palabras, ni conocimiento de qué decir, qué sentir, de qué siquiera pensaba acerca de su declaración.

—Suficiente de esto por ahora. Refréscate, y acompáñame a cenar. Hay un intercomunicador en la pared justo a tu izquierda. Presiona el botón verde y llama a Sue si te encuentras lista antes de que los treinta minutos hayan pasado.

—¿Puedo llamar a Leah?

Una breve vacilación.

—Sí, no veo por qué no. Sé discreta, por favor.

—Está bien.

—Adiós, por ahora —escuché la puerta cerrarse y asegurarse, y sus pasos se alejaron.

Me quedé en mi lugar por un momento, y luego alcancé y me quité la venda. Giré en mi lugar, examinando mis alrededores. Y, otra vez, mi aliento fue robado. La habitación en sí era colosal, lo suficientemente grande para encajar mi apartamento completo, con espacio de sobra. Y una pared entera, de piso a techo, era de cristal. Fui hacia las ventanas, parpadeando, jadeando con temor. Manhattan se extendía ante mí en una belleza inigualable, muchas torres y luces y calles sombreadas, faros amarillos y luces traseras rojas, semáforos con luces en forma de bicicleta... nunca había visto algo así.

Por varios minutos sólo pude quedarme ahí con mi nariz en el vidrio, mirando fijamente la ciudad. ¿Cuántos pisos arriba estaba? Muchísimos, claramente. No podía recordar el interior del elevador, excepto por un recuerdo de cromo pulido y madera oscura.

Pensé mucho, y me di cuenta de que había habido sólo dos botones, uno para la subida, y otro para el garaje. Pero, a juzgar por la vista debajo de mí, estábamos al menos a cincuenta pisos de altura. Había varios rascacielos cercanos, y podía ver la parte superior de todos ellos.

Finalmente dejé de la vista y examiné el resto de la habitación. Moqueta gruesa de felpa color crema, un techo de tres metros. En un lado de la habitación estaba una pared acentuada, pintada de marrón oscuro y decorada con una reproducción de alta calidad de La joven de la perla, de Vermeer. Había un pedestal a la altura de la cintura debajo de la pintura que sostenía un jarrón, que parecía ser algún tipo de valiosa obra de arte.

Las otras paredes eran un neutral color canela con oscuros paneles de madera en la parte inferior. Había un sofá de cuero marrón oscuro, para dos personas, y una silla en el centro de la habitación, con una mesa de café de cristal. Opuesto a la pared acentuada había un bar y una mesa pequeña con dos sillas altas, y una enorme estantería que contenía todos mis libros personales, dvd, y cd, más una amplia selección de ficción de todos los géneros. Junto a la estantería había un elaborado equipo de música, el tipo de tecnología de gama alta que era hecho a medida para cada cliente.

En la mesa de café había una carpeta de manila. Dimitri. Me senté en el borde del sofá y puse la carpeta en mi regazo. Vacilé, y luego la abrí. En el frente y al centro había una fotografía de primer plano de Dimitri, tomada con zoom desde la distancia. La mirada en sus ojos era... salvaje. Perversa. Atemorizante. Nada como lo suave que lucía siempre cuando me miraba... al principio. La página siguiente era un informe, información personal de Dimitri. Lo leí brevemente, y luego pasé la página. Casi dejé caer la carpeta de lo sorprendida que estaba por la siguiente fotografía. Era de una mujer joven con cabello café, pero eso fue todo lo que pude distinguir de sus rasgos. Había sido golpeada, irreconocible. Tuve que ahogar mi propio horror. La siguiente fotografía también era de ella, de su cuerpo. Estaba desnuda en la foto, y tenía una espantosa serie de verdugones, moretones, contusiones donde había sido en realidad azotada, parecía, el tipo de herida que verías en una película mostrando a alguien siendo azotado. Las heridas la cubrían de pies a cabeza, en sus brazos, piernas, espalda, muslos, estómago, pechos...

Había una serie completa de fotografías de diferentes mujeres con lesiones similares. Todas ellas eran castañas de ojos oscuros, con edades similares a la mía, incluso las formas del cuerpo. Había informes médicos en cada una, e incluso unas pocas copias de reportes policiales. Esos eran los más espantosos.

Decían exactamente cómo yo hubiera descrito el comienzo de mi relación con Dimitri, cómo la había descrito. Excepto que, con ellas, no se había detenido donde la mía lo había hecho. Las mujeres describían cómo él las había convencido poco a poco, eventualmente consiguiendo que estuvieran de acuerdo con estar atadas, esposadas, inmovilizadas en alguna manera, y ahí es cuando comenzó a lastimarlas en serio, comenzando con pequeñas bofetadas y moviéndose a puñetazos, patadas, usar látigos y bastones, todo tipo de cosas horribles.

No pude terminar de leer después de saber sobre una chica que había quedado ciega de un ojo de forma permanente.

Cerré el expediente y lo puse en la mesa de café con las manos temblorosas y el estómago revuelto. Él había estado diciendo la verdad. Si no fuera por él, por su interferencia —o ayuda, más precisamente—, sobre lo que nunca había sabido, yo sería otra de las fotografías en este expediente.

Pasó un largo tiempo antes de que fuera capaz de ponerme de pie y terminarla exploración de mi alcoba.

Me moví hacia la puerta junto al bar y me encontré en un dormitorio, que también contaba con una pared de cristal de suelo a techo. Había una cama con dosel, con un dosel completo, la misma moqueta gruesa color crema, un armario enorme, y una sala de estar cerca de la pared de cristal, dos sillas simples pero que lucían cómodas y una mesa pequeña, el tipo de muebles discretos, pero locamente caros.

No había televisión, lo que estaba bien por mí, ya que no miraba mucha TV. Abrí el armario y encontré que estaba lleno de mi ropa interior, pantalones de yoga, y camisetas para dormir. Una única puerta opuesta a la pared de cristal conducía a un palacio de mármol y azulejos de un baño.

El tema de la pared de cristal continuaba, con una bañera de hidromasaje puesta en un pedestal cerca de la ventana, con un tocador ya surtido con mi maquillaje, mis cepillos, mi secador de cabello. Había una ducha de azulejos con una manguera de baño de aspecto increíble, también abastecida con todos mis suministros de ducha de casa.

Otra puerta conducía a un closet walk-in más grande que mi dormitorio, baño, y sala de estar combinados. El closet era tan grande que tenía su propia sala de estar: una isla con estantes que contenían todos mis zapatos y bolsos, un triple espejo de cuerpo entero, y una caja con fachada de cristal que contenía todas mis joyas.

Mi ropa estaba toda junta, ocupando una diminuta esquina del closet. ¿El resto del espacio? Lleno de vestidos, faldas, blusas, vaqueros... todo flamante, con etiquetas, de mi talla, de todas las tiendas más caras en el mundo. ¿La parte más aterrorizante? Todo era de mi estilo. Con mucho gusto usaría cada artículo en este closet.

Me tuve que sentar mientras consideraba las implicaciones de lo que estaba viendo. Él me había mudado. Todo lo que me pertenecía estaba aquí. Él conocía mi sentido de la moda, qué tipo de vestidos y tops me gustaban, y yo había visto una sección completa del closet dedicada a lencería. No la había examinado, pero asumí que todo era de mi talla. Estaba cerca de hiperventilar otra vez.

Tomó un esfuerzo serio, pero tomé el control de mi respiración, calmé a mi pánico siempre presente lo suficiente para funcionar, y volví al baño. Quería quitar el sabor del whisky de mi boca. Encontré mi cepillo de dientes en una taza pequeña, junto con mi propia medio-usada pasta de dientes marca Crest, el final rodado parcialmente.

Era más allá de extraño ver mi pasta y cepillo de dientes aquí, en este baño. Alejé mis emociones lo mejor que pude y me cepillé los dientes, enjuagué, y usé el enjuague bucal, otra vez mi propia botella mayormente vacía de Listerine.

Recordé ver a Felix empacar mi ropa, pero, ¿cómo trajo mis otras pertenencias aquí y las desempacó? Él había metido mi ropa a toda prisa en una maleta y me apuró a salir, y luego me llevó directamente al aeropuerto. Muy extraño. Era sin lugar a dudas impresionante, pero espeluznante e inquietante.

Con los dientes cepillados, mi maquillaje retocado, y mi cabello arreglado, volví a la sala de estar de mi suite y me quedé de pie frente a la ventana, mirando la vista de la ciudad e intentando tomar el control de mis propias emociones.

Obviamente, la emoción más fuerte era el miedo. Había sido "recogida" sin advertencia, volado a través del país, y traída al suntuoso departamento de un rico y reservado hombre que afirmó ser mi dueño, y que sabía cada detalle de mi vida, que sabía todo sobre mí, hasta mi gusto en ropa. No sabía su nombre, y no sabía cómo lucía.

Pero su voz... dios, su voz.

Cada palabra que decía se sentía intencional, bien pensada, elegida cuidadosamente y perfectamente enunciada. Podía ir de cálido, tierno, personal e íntimo a afilado como una navaja y frío como el hielo. Su voz acariciaba, hipnotizaba, penetraba. Conocía la sensación de sus manos. Tenía manos grandes, fuertes. Toda mi mano había encajado fácilmente en su palma, sus dedos se cerraban fácilmente alrededor de los míos. Su voz venía desde arriba mío, parecía, así que lo imaginaba bastante alto.

Estaba curiosa. Quería saber lo que quería de mí. ¿Por qué yo? Esa era la pregunta más grande que tenía. ¿Por qué yo? Me había observado por un largo tiempo, había dicho, y la profundidad de su conocimiento sobre mí hacía claro que no estaba mintiendo o exagerando. Pero, sin embargo, a pesar de esto, yo nunca, jamás había sentido su presencia en mi vida. Nunca había tenido la sensación de ser seguida u observada, excepto por esas pocas veces que ya había explicado.

Él nunca había interferido en mi vida, nunca envió cartas espeluznantes o hizo llamadas acosadoras. Cuando yo había estado en los apuros más desesperantes de mi vida, él me había... salvado, y afirmó no querer devolución financiera. Y también había prometido que no me forzaría a tener sexo. Simplemente quería que yo... ¿qué? Todavía no lo sabía. ¿Estuviera aquí? ¿Tuviera extrañas conversaciones con los ojos vendados, cenas y horas de cóctel con los ojos vendados? ¿Fuera su amante no sexual con los ojos vendados?

Él tenía una ama de llaves, así que dudaba que fuera a intentar convertirme en una extraña Cenicienta, hacer su colada o lo que fuera. ¿Así que qué quería? Simplemente a mí, parecía. No podía hacer cara o cruz de qué era lo que realmente quería que hiciera, y tenía la sensación de que nunca lo averiguaría. Simplemente descubriría eso a través de la experiencia. Y, sin embargo, por todo mi miedo, me di cuenta — si examinaba mis emociones honestamente — de que no tenía sensación de peligro.

No me sentía amenazada por él. No sentía que él estuviera loco o inestable. Excéntrico, seguramente. Extraño y solitario, definitivamente. Pero... ¿peligrosamente desequilibrado? ¿El tipo de acosador que me dejaría en paquetes desmembrados en un refrigerador? No. Entonces... ¿el acuerdo? ¿Iba a estar de acuerdo con sus deseos? ¿Obedecerlo? ¿O ir a casa, y volver a estar un paso de la indigencia?

No podía hacer eso. Alec dependía de mí. Amaba a mi hermano pequeño. Era todo lo que en realidad tenía, y me necesitaba. Merecía la mejor oportunidad que una vida normal le pudiera dar. Alec era un chico inteligente y bien parecido con una cabeza sólida sobre sus hombros. Él podría ir a lugares. Estaba estudiando cine, y yo había visto algunas de sus piezas; era talentoso, y lo podía ver trabajando en Hollywood. Pero tendría que asegurarme de que terminara la universidad. Él ya estaba trabajando todo lo que podía y seguía yendo a la universidad. Era un chico determinado, y sabía que, si lo malo se volvía peor, encontraría su propio camino... pero yo era su hermana mayor, y había sido su única figura materna desde que tenía once. Mamá era incapaz, y nunca se recuperaría. Ravenwood era el mejor lugar para ella.

Si yo no pudiera pagar las facturas, ella terminaría bajo la tutela del Estado y sería llevada a un hogar de ancianos de mierda en el que probablemente sería maltratada por el personal. No podía dejar que eso pasara. Y, finalmente, mi padre había muerto hace siete años.

Ya había tomado mi decisión. Cuando dejé que Felix me pusiera esa venda en el vestíbulo afuera de las puertas principales, había hecho mi elección. No daría marcha atrás ahora. No podía. Esto era por mi madre y hermano. Y... sí, por mí. Quería saber más de este hombre misterioso que ahora era mi dueño.

Entonces, con una respiración profunda, toqué el botón del intercomunicador.

—¿Sue? Estoy lista.

.

.

.

¡Que fuerte, que fuerte! Vi que comentaron bastante, me gusta que les esté gustando la historia… así que mejor les regalé un cap de esta historia jejejeje para no tenerlas con el pendiente jaja

¿Quién será el desconocido? Hubo un punto del cap en el que me cayó mal jajajaja pero ¿qué opinan?

No olviden dejar un comentario!

¡Nos leemos pronto!