No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.

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Sue era una mujer hispana, bajita y esbelta con espeso cabello negro recogido atrás en una trenza que era gris en las sienes. Usaba un uniforme simple con pantalones negros, camisa de botones negra con las mangas dobladas hacia arriba hasta la altura de sus codos y cómodos suecos negros. Tenía ojos inteligentes café que me miraban haciendo una evaluación exhaustiva.

—Soy Sue —dijo con un ligero acento—. Si está lista, la acompañaré hasta el comedor.

—Suena bien. —Extendí mi mano—. Soy Isabella.

—Es un gusto conocerla señorita. —Asintió hacia mí, inclinando la parte superior de su cuerpo, con un gesto un poco formal—. Por aquí, por favor. ¿Le gustaría hacer un recorrido?

Asentí.

—Claro.

Salió de mi habitación hacia un pasillo. Los pisos eran de madera oscura, pulidos hasta brillar. Seguí a Sue hasta el final del pasillo y luego entramos a lo que me di cuenta era el lugar donde había estado sentada con él. Estaba realmente irritada por no tener algún nombre para poder usar, incluso en mis pensamientos. Era una sala de estar pequeña, con dos sillones de cuero y una pequeña mesa. En una pared estaba una mesilla con una charola de plata, con una jarra de líquido color ámbar oscuro y tres vasos de cristal.

Yo rompí uno de esos vasos, me di cuenta con consternación.

—Lo siento, por lo del vaso —dije.

Sue se encogió de hombros.

—No importa. Es solo vidrio.

—¿Es solo vidrio?, parecen de cristal.

Asintió.

—Sí.

—No son una reliquia dela familia o algo así, ¿verdad?

Sue negó con su cabeza.

—No, nada parecido. Por favor, no se preocupe. Esas cosas no importan para él. Las posesiones pueden remplazarse y él no pone un valor muy alto a los objetos materiales. —Señaló hacia el cuarto de estar, el recibidor y el pasillo que nos regresaba de dónde venimos—. Entonces, ha visto esta área. Sígame por favor.

Por lo que había visto, Sue era una mujer callada y eficiente. No habló mucho sobre el arte colgado en las paredes, los floreros en los pedestales, las armaduras que estaban a cada costado de la puerta principal, ocasionalmente señalaba algunos objetos de interés. Como el Vermeer original en la sala, con el marco cerrado con un grueso vidrio con control de temperatura. La armadura en posición firme, del siglo doce a un costado de un majestuoso reloj de pie. O ejemplares de la primera edición de libros famosos en la biblioteca.

Dios, la biblioteca. Era un sueño, esa biblioteca.

Se parecía a la extremadamente extravagante biblioteca de La Bella y La Bestia. Con una altura de quince metros, estantes repletos de libros que se extendían en toda su altura, escaleras rodantes para acceder a los estantes más altos. Había tres niveles en la biblioteca, que se accedía por una escalera de caracol, cada nivel tenía rincones con lujosas sillas, pequeñas mesas redondas y lámparas de lectura.

Cuando Sue vio mi reacción en la biblioteca, levantó una ceja hacia mí.

—Le gustan los libros. —Fue su declaración inexpresiva.

Solté una pequeña carcajada.

—No bromee, este lugar es espectacular.

—Sí, lo es —estuvo de acuerdo—. Esta construcción fue especialmente diseñada y construida de acuerdo a las especificaciones de mi empleador. Lo que se suele hacer referencia como el pent-house, es decir la planta más alta del edificio, en realidad abarca algo más de los tres o cuatro últimos pisos, lo cual obviamente justifica lo anormalmente alto del techo de esta habitación en particular.

En seguida, me mostró una cocina industrial, así como también una más pequeña y hogareña cocina secundaria, diciendo que era usada para cubrir las necesidades diarias. Había una barra para el desayuno afuera de la cocina secundaria, rodeada de más ventanas del suelo al techo con una vista de la ciudad. Había una sola puerta al final del pequeño pasillo justo afuera de la cocina secundaria.

—¿Qué hay ahí? —pregunté.

—Su alcoba. La puerta está siempre cerrada y esa es la única área que esta fuera de sus límites —dijo, haciéndome señas para que la siguiera.

Me llevo hacia un ascensor interno que nos condujo a un área abierta con una alberca techada. El techo era de vidrio, revelando el cielo de noche. Pasando una puerta que estaba en el área había un sauna, un baño completo, una sala de masaje, una sala de pesas y un dojo completo, con maniquíes de sparring y una colección de armas para práctica de madera de todos los tipos.

Finalmente me llevó de vuelta al piso principal y nos detuvimos a fuera de un par de puertas francesas, no muy lejos de la cocina.

—Atrás de esas puertas está el comedor, donde la espera. ¿Está lista?

Sue levanto la venda. Asentí y ella se movió para pararse atrás de mí, tratando de rodear mi cabeza. Una vez más, el mundo se volvió negro y dependía de mis otros cuatro sentidos.

—Creo que debería decir... tengo veinte años trabajando con él, señorita Isabella. Es un buen hombre. Tiene sus propias costumbres extrañas y le gustan cosas, así como estas, él demanda excelencia en todas las cosas, pero...es un buen hombre. Sé que debe estar asustada, pero por favor, no lo esté. Si hay algo que pueda hacer por usted, solo pídamelo. También soy la chef, así que, si desea algún tipo de comida o le gustaría algún platillo en específico, solo pídamelo. Solo tiene que llamar por el intercomunicador y responderé. —Me palmeó el hombro y luego escuché que las puertas se abrían y sus manos me tocaban—. Por aquí, por favor.

Me dirigió por cerca de cincuenta pasos, mis tacones hacían eco en las baldosas o piso de mármol y en las paredes lejanas.

—La señorita Isabella, señor.

—Gracias, Sue. —Su voz venia de mi lado izquierdo, acercándose con suaves pisadas—. Empezaremos con el primer plato cuando estés lista.

—Muy bien, señor.

Los pasos de Sue retrocedieron, en dirección contraria de donde habíamos venido y luego la puerta se abrió y se cerró. Sentí sus manos sobre mí, envolviéndome, jalándome para dar muchos más pasos y luego sacando la silla, guiándome en frente de esta y sentándome con sus manos pesadas pero gentiles sobre mis hombros.

Cuando estuve sentada, sus manos permanecieron ahí, sus pulgares masajeaban entre mis omoplatos. Estaba tensa, me di cuenta de ello y su fuerte, pero gentil presión se sentía de maravilla. Demasiado maravilloso. Casi gimo en voz alta, pero me las arreglé para retenerlo.

—Tan tensa, Isabella.

—Diría que tengo razón para estar un poco tensa, ¿no crees?

—Mmm. Supongo que sí. —Sus palmas recorrieron mis brazos y sus pulgares trabajaron en los nudos de mi espina con suavidad, fuertes, con movimientos circulares. Jesús, ayúdame, eso se sentía bien—. ¿Tienes hambre, Isabella?

Mi estómago gruñó, contestando por mí. Se rió y escucho una silla deslizarse en el piso junto a mí.

—¿Cómo haremos esto? —pregunto—. No puedes esperar que coma con una venda en los ojos.

—Ya lo veras. —Fue su respuesta criptica.

Unos segundos después, escucho la puerta abrirse y platos poniéndose frente a nosotros. Olí la sopa, caldo de res, posiblemente y pan recién horneado. Sue se fue y yo testeo frente a mí, buscando una cuchara, la encontré y luego busqué los bordes del plato. Lo encontré, solo para empujarlo y derramar líquido hirviendo sobre mi mano, haciéndome alejarlo y maldecir.

—Isabella, Isabella. Tan impaciente. Dame tu mano. —Su voz era en parte divertida y con desaprobación.

Vacilé y luego tendí mi mano que palpitaba. Mi palma descansaba sobre la de él. Escucho el tintineo contra el vidrio de algún utensilio y luego algo intensamente frio se desliza por la carne quemada entre mis dedos pulgar e índice. Siseo por la sorpresa y luego gimo de alivio mientras el hielo calmaba la quemadura.

Después de unos segundos, puso hielo sobre una charola, plato o algo por el estilo y luego un paño limpió y seco mi piel. Después mi mano fue liberada y sus labios tocaron el lugar de la quemadura, besándola. Sentí ruborizarme, haciendo temblar mi espina dorsal.

—¿Qué...que estás haciendo? —pregunto, mi voz chillando.

—Esto... —contestó, entre besos—. ¿Te sientes mejor ahora?

—Yo...yo...si... —inhalé.

El toque de sus labios fue tierno, sensual. El hielo había calmado la herida, dejando un cosquilleo leve y luego sus labios se deslizaban por mi piel, cálidos y húmedos, no pude evitar un escalofrió, no pude evitar un jadeo.

Sus labios se movían de entre mis dedos hacia la palma de mi mano, ya no calmando, sino besando por el placer de besar. Oh, Dios. ¿Estaba besando mi mano? Nadie había besado mi mano desde que era una niña pequeña. Mi madre nunca fue del tipo besadora, incluso durante sus mejores días. Y mi padre, bueno, él había sido lo suficientemente amoroso, pero siempre ausente, trabajando todo el tiempo.

Ahora los besos se movían hacia mis nudillos, alrededor del borde de mi mano. Trague fuerte, pasando el nudo angustioso en mi garganta, pero todavía no podía recuperar mi respiración. Otro beso, en el borde de mi mano.

Él volteó mi palma hacia arriba y sus labios tocaron el centro de mi mano. Mis dedos se cerraron involuntariamente y toque un poco de barba, en su labio superior, luego rozó su nariz. Su piel estaba cálida, suave pero áspera, una perfecta contradicción de masculinidad.

Sus labios rozaron el talón de mi palma hacia mi muñeca. Oh, Dios, oh Señor, oh mierda. El toque de sus labios era... abrumador, gentil, dulce, insistente y casi erótico. Estaba jadeando con respiraciones superficiales, mientras sus labios besaban mi antebrazo, finalmente sucedió. Gemí. No pude detenerlo, no podía creer lo que había sucedido. El sonido era excitación evidente, entrecortada y sensual.

Sentí más que oír su estruendo en respuesta, y él presiono un beso en la parte interior de mi codo, un lugar que labios nunca habían estado, nunca tocado. Sentí una sacudía en mi núcleo por el calor eléctrico por la sensación de su boca sólo allí. Él sintió mi reacción y me besó de nuevo.

Exhalé, incliné la cabeza hacia atrás, sobre mi cuello, luchando por mantener la compostura. Pero ya no tenía nada de ella. Ni siquiera una pizca. Sus dedos se entrelazaron con los míos, su palma descansando sobre mis nudillos y su otra mano ahuecando mi codo, sosteniendo mi brazo.

Otro vergonzoso gemido salió de mi garganta cuando sus labios tocaron mi pecho, moviéndose hacia el interior, hacia donde está la carne más suave y tierna. Labios húmedos, suaves, calientes, besándome tan íntimamente, tan tiernamente, no pude evitar el sonido que se me escapo. Nunca había sido tocada de esta forma, nunca había sido besada de esta forma.

Sus labios no habían tocado los míos, no habían tocado nada excepto mi mano y mi brazo y aun así estaba más excitada de lo que había estado en toda mi vida. Estaba temblando de pies a cabeza, caliente por todas partes, mi boca estaba abierta, casi sin respirar.

—Isabella... Isabella... tan suave, tan receptiva. ¿Sientes eso?, sé que sí, mi cosa dulce. Sé que lo sientes. —Su voz era baja, un murmullo, su aliento tocando mi hombro como viento cálido—. Es eléctrico, ¿cierto?, pura electricidad corriendo entre nosotros. Cada vez que mis labios tocan tu perfecta piel, te sonrojas y tiemblas. Apenas si te toco, apenas si he empezado a besarte, solo para conocer el secreto de tu cuerpo, pero inmediatamente reaccionas tan hermosamente. Isabella... Isabella... eres tan hermosa. Tan preciosa y simplemente no puedo esperar para hacerte gritar, para hacer que tu cuerpo zumbe y se estremezca por mí.

No tenía aliento, no escuchaba ningún sonido excepto su voz y la poesía de sus palabras. Si hubiera escuchado a alguien hablar de esa manera, me hubiera burlado. Sonaba tan artificial, pero de alguna manera con él, con su voz melódica y profunda, eso sonaba perfecto, natural. Y sus palabras, Dios. No pude evitar reaccionar ante esa declaración. Sentí mi columna arquearse, sentí mi cabeza moverse y mi cuello doblarse, ofreciendo mi garganta hacia él. Nadie me había dicho ese tipo de cosas.

Me habían llamado sexy, caliente, bonita. Un chico incluso me había llamado "deliciosamente follable" había tenido emociones encontradas respecto a esa última. Me habían dicho que tenía un cuerpo atractivo, me habían dicho que tenía unas tetas fantásticas. Una vez, me habían dicho que mis ojos eran adorables. Esa había sido una buena. Pero... esto era diferente.

Su voz, un murmullo profundo en mi oído, muy sincero, lleno de algo como temor... llevaba la poesía a un nuevo nivel. Hizo que lo que debió haber sido un cumplido común y bastante trivial "tan hermosa", se volviera algo diferente, casi llegando a un nuevo ámbito. Y... ¿no podía esperar para hacerme gritar?, ¿para hacer que mi cuerpo zumbe y se estremezca por el?, ¿Qué diablos, significaba eso? Pero tenía una idea. Sentía la electricidad. No podía negar eso. Simples besos a lo largo de mi brazo y ya estaba gimiendo. Si puede provocar esa reacción con solo un simple toque, ¿Qué podría obtener de mi con atenciones más íntimas?, me encogí de hombros ante el pensamiento corriendo por mi mente.

Sus labios, ahora rozaban mi hombro y la curva de la base de mi garganta, sonriendo sobre mi piel.

—Si... la sientes. Sientes lo que podría hacerte. Que es lo que haré contigo. —Deslizó besos subiendo por mi cuello, uno... dos... tres... y luego sus labios estaban en mi barbilla. ¿Va a besarme? Aun labios subían, subían, se detuvieron justo en la esquina de mis labios—. ¿Quieres que te bese, Isabella? ¿Cierto?, tienes miedo, pero lo quieres. Puedo sentirlo, puedo percibirlo en ti. Pídemelo, Isabella. Pídeme que te bese.

Sus labios rozando, apenas rozando mi carne, en la esquina de mis labios. Temblé. Las palabras subían por mi garganta, golpeando las paredes de mis dientes.

Bésame, por favor, bésame.

Apreté mi quijada y mis dientes para detener las palabras y evitar que salieran.

—¿No?, ¿mmm aún no? —Su aliento rozaba mi mejilla y luego sus labios descendieron, muy brevemente, hacia mi labio inferior. Me besó tan suavemente, tan rápido, que pude haberlo imaginado. Y luego sentí un pellizco y luego dientes capturaron mi labio y me quedé sin aliento—. Muy bien. Puedo esperar.

Solté el aire, mientras se alejaba y luego escuché una cuchara golpear contra la vajilla de porcelana.

—La sopa se está enfriando. Empieza. —Su voz era neutral otra vez.

—¿Me vas a dar de comer? —odiaba como de débil sonaba mi voz, como de afectada sonaba.

—Si, por supuesto. Ahora. Empieza. Es caldo de res y cebada, esta riquísimo.

Vacilé, pero el gruñido de mi estómago me hizo abrir los labios. Una cuchara se deslizó por mi boca, sobre mis dientes y luego cerré los labios, probando, tragando.

—Mmm, No estabas bromeando. Está asombroso.

—Sue es así. No hay nadie que cocine como ella. —Lo escuché tomar una cuchara llena de sopa para él y luego una cuchara empujo en mis labios otra vez—. ¿Te gustaría algo de pan?

Asentí mientras tragaba y luego sentí algo rozando mis labios. Olí pan recién horneado, abrí mi boca y probé el rico sabor ligeramente a baguette. ÉL lo empapó en sopa, ablandeciéndolo y tomé el pan de su mano, mordiendo, masticando, disfrutando los sabores.

Así sucedió la cena, él dándome de comer, comiendo algo él también. Debería ser raro, pero de alguna manera no lo era. Sus dedos, mientras me alimentaba, rozaban mis labios, mi mejilla y no me inmuté ante su toque. Una vez casi acarició con mi nariz su mano y luego me regañé por ser ridícula. Pero esto era tan irreal, tan absurdamente romántico y extraño, que no podía evitar mis propias reacciones, no podía evitar ser arrastrada, solo un poco.

Escuché la puerta abrirse, seguido del sonido de tacones sobre el piso.

—¿Estuvo bien la sopa, señor, señorita Isabella? —preguntó Sue mientras se llevaba los platos y ponía algo más frente a mí.

—Estuvo asombroso, gracias.

—En efecto, verdaderamente maravilloso, como siempre.

—El plato principal es salmón —dijo—, recientemente traído y horneado con hierbas. A un costado encontraran puré de papa hecho a mano con ajo y ejotes.

—Oh, Sue, esto se ve excelente —dijo, su voz suave con aprecio—. ¿Y el vino?

Escuché el pop del corcho y el líquido comenzó a verterse.

—Este es un Pinot gris del 96 —dijo Sue—. Es de los viñedos en Francia. —Dijo esta última parte como si describiera algo que debería ser familiar para él.

—Oh, perfecto. —Sus siguientes palabras, estaban dirigidas a mí—. Soy dueño de varios viñedos a lo largo del mundo, uno de los cuales está en Alsace-Lorraine. Aunque me aseguro que la familia original continúe operándolo, ya que ellos han estado haciendo vino, por más generaciones de las que pueda contar.

Tomó mi mano entre las suyas y puso una copa de vino en mi palma. Doble mis dedos alrededor, llevándolo a mi nariz y oliendo.

—No sé mucho sobre vinos —admití—. Sé que se supone que debes oler los buenos vinos, pero no sé qué se supone que debo oler.

Rió.

—Quizás en otra ocasión, haremos todo lo posible para enseñarte los puntos más finos para la apreciación del vino. Pero no esta noche. Por ahora, simplemente disfrútalo.

Lleve la copa a mis labios y tome un sorbo pequeño. ¡Santa mierda! Este vino era como decir que un Ferrari se parecía a un Ford Escort del 89. Hice un pequeño ruido de apreciación y tomé otro sorbo. Esta vez, contuve el vino dentro de mi boca, mientras se arremolinaba alrededor de mis papilas gustativas. Había visto algunas cosas en la televisión o en películas donde algún snob del vino, que normalmente usaba una boina y una bufanda, tomaba sorbos delicados y luego usaba lenguaje absurdo para describir el vino, cosas como notas de verdor y matices de roble. ¡Que mentiras!, en ese entonces lo había pensado. Solo, con este vino, realmente podía saborear incontables sabores, matices, indicios y notas. No podía identificarlos o describirlos, pero podía saborearlos.

—Wow —termine diciendo—. Esto es... increíble. —Soso, totalmente soso.

—Nunca has bebido vino real antes, ¿cierto?

Me encogí de hombros.

—Supongo que no. Es decir, he bebido vino antes, obviamente. Pero nunca he bebido una botella que cuesta más de, como, veinte dólares.

—Ah. —Su voz era abiertamente burlona—. Ese no es vino.

—Bueno, es lo que yo he bebido. Definitivamente puedo saborear la diferencia, sin embargo.

—Eso es bueno. Si decías algo como ''vino es solo vino'', yo podría haber tenido que hacerte recapacitar las cosas un poco. —Rió, haciendo una broma, pero me preguntaba si había sido crítico.

—¿Me enviaras a casa, entonces? —Sentí la superficie de la mesa con mi mano vacía, y bajé cuidadosamente mi copa de vino—. Tal vez debí haber fingido no saborear la diferencia, entonces.

—Fue una broma, Isabella.

—¿Lo fue? —Volví mi cabeza pareciendo observarlo.

Un hábito, un gesto vacío. Sus cálidos dedos rozaron un obstinado mechón de pelo de la esquina de mi boca.

—Sí. Lo fue. Me gustan las cosas finas. Soy extremadamente rico, así que lleno mi casa con lo mejor de todo. Pero todo esto es sólo... cosas. En sí mismos, no significan nada. Disfruto de vinos caros ya que saben mejor que los vinos baratos. Pero aun es solo vino. —Su pulgar se desliza por mi labio superior, y tuve que detenerme de girarme a su toque, a morder su pulgar con mis dientes—. Y dime la verdad, Isabella. ¿Quieres realmente ir a casa? ¿Así como así?

No tenía respuesta. He intentado sutilmente mover mi cara lejos de su toque, desconcertada por mis propias intensas reacciones a él.

—¿Lo harías? —Su voz se afiló—. Respóndeme, Isabella. Si te dijera que podrías volver a casa, en este momento, sin violar nuestro acuerdo, ¿lo harías?

Dejé salir un suspiro tembloroso, aplasté mis manos sobre la mesa.

—Yo...

—No creo que lo harías. —Su voz estaba cerca, su aliento caliente en mi oído, hablando por sobre un susurro—. Lo sientes, Isabella. Si yo te besara en este momento, pienso que es posible que te desmayes. Estás escasamente respirando, así como estas.

—Estoy respirando bien —miento—. ¿Lo harías? ¿Dejarme ir a casa en este momento?

—No, no creo que lo haría.

—¿Porque no? —Estas dos palabras se deslizaron, sin aliento, de mis labios.

Su aliento se trasladó, calentando mi oído, luego mi mejilla, y entonces, oh dios, sentí sus labios sobre mi piel, a meros centímetros de mi boca.

—Este es el motivo. —Tan cerca como nuestros rostros estaban, aun escasamente lo escuche.

Mi corazón estaba latiendo, martillando, golpeando en mi pecho, enviando sangre latiendo en mis oídos. Mi piel hormigueaba, mis manos temblaban. Nervios, anticipación... ¿miedo? Analizar lo que sentía era imposible. Sólo sabía que temía y necesitaba en igual medida la sensación de sus labios sobre los míos. Tan cerca. Sí. Ahí, por favor. Un beso, un solo beso.

Sólo había conocido a este hombre por una cuestión de quizás unas dos horas, sin embargo, sus labios estaban rosando los míos, y él no estaba respirando, tampoco. ¿Cómo era esto posible? No sabía su nombre. No sabía qué aspecto tenía. Lo único que sabía era el sonido de su voz, el tacto de sus manos. Él podría ser de sesenta años de edad, podría ser feo, podría ser tantas cosas. Pero de alguna manera, en ese momento, apenas un átomo de amplitud entre nuestros labios, no importaba.

—Todo lo que necesitas decir es ''si'', Isabella. —Sentí sus palabras. Las oí, pero apenas. —Di que sí.

No. No. No.

—Sí.

Una enorme, cálida mano ahuecó la parte de atrás de mi cabeza, una palma descansaba sobre mi mejilla, dedos enroscados en mi pelo, situado frente a mi oído y a lo largo de mi mandíbula, acunando mi rostro, atrayéndome hacia él. Basto solo un mero movimiento de mi cabeza, consintiendo al inclinar mi frente en alto muy ligeramente. ¿Por qué estoy permitiendo este beso? No debería. Pero... lo estaba. Tenía que hacerlo. Y era sólo un beso. Soy una mentirosa. No era sólo un beso. Era poder. Control. Reconocimiento de sus demandas. Cediendo a su juego. Oh... lo que es un juego.

Desde el momento en que sus labios se encontraron con los míos, sabía que era un maestro de esto, el arte de la seducción a través de un beso. Lento, caliente, húmedo, insistente. Sus labios se movieron sobre los míos, sus manos me mantuvieron en su lugar, no permitiéndome alejarlo hasta que él estuvo listo para dejarme ir.

Él me besó como si tuviera algo que demostrar, y de hecho lo hizo. Me demostró que este beso era sólo el comienzo. He sido besada antes. Muchas veces. Hubo besos torpes y descuidados, esos momentos de tensión cargada de intensidad torpe como un adolescente. Hubo besos más hábiles, apasionados y deliberados. Hubo besos que robaron mi aliento, besos que se fusionaron a la perfección con pérdida de ropa y la unión de cuerpos. Pero nunca, antes de este momento, había habido alguna vez un beso que me robara la voluntad de apartarme, que devorara mi capacidad para pensar, que alejara mi capacidad de resistir, para sentir otra cosa excepto el beso.

Él sabía a vino blanco, ligero y dulce y ligeramente amargo y frío. Olvidé de respirar; él me dio su aliento, y luego lo tomo de vuelta. No tenía control sobre mis manos. Sentía que se movían, sentía que se levantan y estiraban, y luego sentían el calor del áspero-rastrojo de su cara bajo mis palmas. Él no se apartó; permitió que lo tocara.

No fue un beso profundo, o largo. No hubo enredo de lenguas, ninguna intrusión o demanda. Fue lento, suave, y exploratorio. Introductorio. Una promesa. Una invitación.

Cuando se apartó, me quedé esperando, deseando, preguntando. El beso debería haber continuado. No quería que se detuviera. Nunca nadie me había besado con tanta posesividad, suave insistencia, y era adictivo. Dejé escapar un suspiro, un débil, tembloroso suspiro.

—Ese es el motivo.

—Oh.

—Sí. Oh. —Le dio a mi pómulo un último roce con su pulgar, y entonces oí a un cubierto rasguñar contra un plato—. Abre.

Bajo sus órdenes mi boca se abrió por sí misma. Un tenedor tocó mis labios y lengua, y probé metal, y a continuación salmón, ligero y escamoso y perfectamente aromatizado con hierbas. Él dio un mordisco, y luego me dijo que abriera de nuevo, dándome de comer patatas, consistentes y fuertes con ajo, y luego judías verdes, crujientes y mantecosas. Era la comida perfecta, sustanciosa y equilibrada y rebosante de sabor, e incluso la rareza de estar venda y alimentada como una inválida destiño.

Sue trajo el postre el momento en que habíamos terminado el plato principal. Era un crème brûlée, cremoso, dulce y espeso.

—No estabas bromeando —dije—. Sue es una chef increíble.

—Yo la escogí de entre mil candidatos. Pasé casi un año investigando a cada solicitante individual. Sólo entrevisté a cuatro de ellos, y Sue, obviamente, es la que escogí. Ella es una realizadora de milagros, sinceramente.

—¿Mil candidatos?

Él hizo un ruido de mmhmm mientras tomaba un bocado de postre.

—¿Para ser mi ama de llaves personal? Esos fueron sólo los que formaron el corte inicial. Hubo un total de cerca de dos mil, más de la mitad de los cuales carecían del conjunto de habilidades requeridas. Sue hace casi todo por mí. Cocina, lava mi ropa sucia, limpia mi aposento privado, y ve cualquier otra necesidad del hogar. Ir de compras, sastrería, cosas por el estilo. Ella trabaja más horas que la mayoría de los ejecutivos de las corporaciones, y en compensación le pago un salario que esos mismos ejecutivos generales estarían terriblemente celosos. —Él me dio de comer otro bocado de postre, hablando mientras lo hacía—. Exijo excelencia, y, si estoy satisfecho, Compenso muy generosamente.

—¿Ella limpia todo este lugar por sí misma?

—Oh, no. Tengo una empresa privada que viene dos veces por semana. Ellos están bajo contrato, por supuesto. Pero no tienen permitido mi aposento privado. Nadie lo está. Sue es la única persona que ha estado alguna vez allí. Ni siquiera Felix ha cruzado ese umbral.

—Así que confías en Sue, entonces.

—Absolutamente. —Su voz se hizo más tensa por la emoción—. Ella ha estado a mi servicio durante veinte años. Fue mi primer empleado a tiempo completo, y ha visto a mi negocio crecer a partir de una semilla de lo que es hoy.

—Estoy confundida. Tú dijiste que la escogiste de mil solicitantes. Pero también dijiste que ella era tu primer empleado. ¿Cómo funciona eso?

Suspiro.

—Eres inteligente, Isabella. Mil personas es mucho, pero yo la elegí desde el listado de empleados de mi padre. Era... una especie de prueba, supongo que podrías decirlo. Él me dio la libertad de elegir cualquier empleado de sus filas, y sólo uno. Él quería ver a quien escogía. —Una pausa, el roce de la cuchara buscando lo último de crème brûlée—. La broma era sobre él, sin embargo, porque Sue era de su propio personal doméstico privado. Ella estaba siendo preparada para ser su ama de llaves.

—Apuesto a que no estuvo contento con ese giro de acontecimientos.

—No, no lo estuvo. Trató de cambiar el acuerdo, pero lo había hecho firmar un contrato por escrito. —Rió—. Aprendí del mejor.

—¿Quién es tu padre?

Su voz fue afilada.

—Buen intento, Isabella. Sabrás mi identidad a su debido tiempo. —Bostecé—. Se está haciendo tarde, y has tenido un día difícil. Permíteme llevarte a tu cuarto.

—Bueno, no tengo otra opción. Voy a tener que permitir que hagas eso ya que eres el único que puede ver.

—La venda te fastidia, ¿no es así?

—Obviamente. Odio depender de alguien para cualquier cosa. Esa es la definición de impotencia.

Se puso de pie, la silla chillando en el suelo, y entonces me tomo del codo, deslizando mi silla mientras me levantaba.

—Ese es el punto, Isabella. Confianza. Dependencia, impotencia. Has tenido a nadie más que a ti misma para depender por tanto tiempo. Tanto tiempo. Y ahora es tu turno para que me ocupe de todas tus necesidades.

—Pensé que estabas más o menos controlándolas. Y privándolas.

Caminamos en silencio durante unos momentos antes de que respondiera.

—Sí, eso es cierto. La venda sirve para muchos propósitos.

—¿Y cuando la quitaras?

—Cuando sienta que tú y yo estamos listos.

—¿Y cuándo será eso?

Me detuvo, dio vuelta, y presiono mi espalda contra la pared. Sentí su presencia ante mí, atrapándome, enorme por sobre mí. Su voz, tan cerca, vino desde muy por encima de mi cabeza.

—¿Confías en mí?

—No.

—¿No?

—No... No completamente.

—¿Porque no?

Tragué saliva.

—No sé lo que quieres de mí. No sé lo que está pasando. Para mí. Entre nosotros. Por qué hay un "nosotros" aquí absolutamente. Una parte de mí se siente, no lo sé, forzada. Chantajeada. Pero tienes razón, siento una... una conexión. Una posible conexión, más bien. Una química. Ese beso fue... intenso. Pero todavía no sé lo que quiero. Lo que tú quieres. —Dudé—. Miré el archivo.

—No debiste hacerlo —dice.

—Casi desearía no haberlo hecho —dije—. Pero lo hice, y... gracias. Por protegerme de él.

—Por supuesto. No podía sentarme y permitir que te haga daño.

—Así que... va a tomar un largo tiempo para que me ayudes a confiar en ti. Pero... no es tan fácil. No para mí. Yo no... No puedo simplemente decidir confiar en alguien. Lleva su tiempo. Esfuerzo.

—Y es por eso que la venda debe quedarse. —Un dedo tocó mi barbilla, inclinando mi cara hacia arriba—. Bésame. —Era una orden. —Pídemelo.

—No.

—Entonces, no.

—No estas cumpliendo el acuerdo, al parecer.

—No lo hago muy bien con las órdenes.

—Y yo no repito. —Su voz se hizo más afilada—. Pero, sólo por esta vez, por ti, lo haré. ¿Quieres saber lo que quiero? ¿Lo que se trata esto? Es sobre confianza. Obediencia. Cumplimiento. Tú obedeces, yo aprendo a confiar en ti. Si yo confío en ti, te voy a proporcionar mi nombre y permitir que me veas. Entonces voy a permitir que las cosas vayan más lejos. Si yo no confío en ti, esto llevará mucho más tiempo, y será mucho más difícil.

—Dijiste que no me obligarías a hacer nada que no quisiera.

Oí una sonrisa en su voz.

—¿Y ese beso, en la cena? ¿Te forcé a hacer eso?

—No.

—Y no te estoy obligando a hacer nada ahora.

—Estas obligándome a besarte. —Dios, odiaba la forma petulante que sonaba.

—¿Y no quieres?

Olí su colonia, sentí su calor. No podía dejar de recordar el beso, y sabía que él tenía razón. Quería volver a besarlo. No quería desear besarlo, pero lo hacía. Quería sentir su mano en mi mejilla, sus labios sobre los míos.

—Maldito seas. —Suspiré.

—Te puedo leer como un libro, Isabella. Estas enrojecida. Sin aliento. Sientes mi presencia. Quieres esto. Me quieres. Tienes miedo de tu propio deseo, y tienes aún más miedo de mí. Pero no necesitas tener miedo. —Puso sus dos manos sobre mis mejillas. Inclinando mí rostro arriba—. Ahora... Bésame.

Obedecí sus órdenes. Lo bese. Apoyé mi espalda contra la pared y levanté lo dedos de los pies, tocado mis labios contra los suyos. Nuestras bocas se encontraron mientras suspiraba. Fue un suspiro de necesidad, de entusiasmo, alivio, frustración.

Él atrapo mi suspiro en su boca y tiró de mi cara a la suya, suave pero irresistiblemente. Nuestras bocas, y sus manos en mi rostro, éstos eran los únicos puntos de contacto entre nosotros, sin embargo... lo sentí envolviéndome. Sentí como si hubiera bloqueado de alguna manera todo el mundo, incluyendo a mis propios miedos. Como si un sabor de sus labios borrara mis nervios y mis miedos y mis dudas, así que todo lo que quedaba era su boca sobre la mía. Eso en sí mismo me aterrorizaba.

Mis manos una vez más me traicionaron. Se levantaron y se estiraron, tocado una dura, amplia muralla humana. Seda, fresca y suave, encontrándose con mi tacto; una corbata. Mis dedos extendiéndose, y mis palmas aplanadas contra su pecho. Sentí músculos gruesos debajo de su ropa. Mis manos se inclinaron hacia arriba y descubrieron hombros anchos. Lejos, muy arriba.

Este hombre era muy alto. Encontré la columna de su cuello y dejé que mis manos viajaran hasta tocarle la mandíbula, áspera y rasposa con rastrojo del día anterior. Empecé a buscar hacia arriba, tratando de aprender los rasgos de su rostro como si estuviera ciega, pero una de sus manos inmovilizó mis muñecas juntándolas, las atrajo hacia abajo, manteniéndolas entre nosotros.

Mis dedos revoloteaban en su agarre como un gorrión agitado por el viento, y el beso continuó. Intensificado. Los fuegos de mi pasión, una vez adormecidos, se desataron. Me alcé más alto en las puntas de mis pies, inclinándome hacia él, y ahora no era más que un encuentro de bocas, este beso, sino un dar y tomar. Ya no era sólo un beso. Un acuerdo de sí, quiero esto.

Me estremecí cuando su boca se movió sobre la mía, su rostro se torció hacia un lado, nuestras narices rosándose, chocando, y el temblor también fue una aceptación de que dijo sí, tengo miedo de esto. Aun así, el beso continuó, fuerte, exigente. Cada vez más y más, hasta que este beso destruyo a todos los demás, ahogando la memoria de cualquier otro beso.

La punta de su lengua se deslizó a través de la comisura de mis labios, pero antes de que pudiera abrir mi boca, él estaba alejándose, liberando mis muñecas. A uno o dos pies de distancia podía oír su respiración dura y trabajosa. Es bueno saber que al menos no había sido inmune.

¿En cuánto a mí? Me temblaba todo el cuerpo, las manos presionadas planas en la pared al lado de mis caderas, mi espalda arqueada, mis hombros contra la pared, cabeza aun inclinada hacia arriba como si recordara o burlara del beso, El beso. Oí un giro de perilla, el susurro de una puerta que se abre a través de la alfombra. Sus manos agarraron mis hombros, y me guio hasta la puerta.

Sentí su frente contra mi espalda, y sus manos se deslizaron por mis brazos, cruzando por sobre mi estómago. Me abrazó a él, sólo brevemente. Pero la sensación de su pecho subiendo y bajando con su respiración, era consciente de su altura. Tan alto. Apenas le llegaba al pecho.

—Cierra tus ojos —murmuró.

—Tengo la venda puesta —le recordé, incluso mientras cerraba los ojos detrás de la tela.

—Cierra...

—Lo están, lo están —lo interrumpí.

Él hizo un sonido de desaprobación por mi insolencia, pero no dijo nada. Sus dedos atraparon los extremos de la venda, separándolos, desatándola.

—No falles esta prueba —fue todo lo que dijo, mientras la venda caía.

Mantuve los ojos cerrados, mirando hacia adelante, escuchando detenidamente, tan en sintonía con cada sonido. Le oí dar un solo paso atrás. Dos. Tres. Quería tanto abrir los ojos y girarme, pero no lo hice. ¿Por qué no? Porque estaba disfrutando de este juego.

—Buenas noches, Isabella.

—Buenas noches... tú.

Rió, el sonido cada vez más distante. Silencio.

Abrí los ojos y me encontré en la sala de estar de mi habitación. En un impulso, me di la vuelta, ande de puntillas para mirar alrededor del borde de la puerta. Estaba justo a tiempo para captar un vistazo de alguien extremadamente alto, un destello de cabello algo rubio, cortado cerca de su cráneo. Pantalones negros, chaqueta. El dobló en la esquina y desapareció. Cerré la puerta, inclinándome hacia adelante para dejar que mi frente descansara contra la madera.

¿Qué estaba haciendo? Lo besé. Dos veces. A un hombre del que sabía literalmente nada. Sin embargo, no podía negar que eran como mucho los mejores besos de mi vida.

Y... quería más.

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Hoy tenía ganas de subir esta historia… recién salgo de terapia jajaja así que estoy algo sensible… como sea, espero que les haya gustado este cap, ya supimos un poco más… qué opinan?

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!