No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
Pensé que me daría sueño inmediatamente. Había empezado el día en mi casa en Michigan, viviendo como de costumbre. En cuestión de horas, mi vida cambió totalmente. Ahora estaba en Manhattan, encerrada en una torre como la maldita Rapunzel. Sólo que podía irme cuando quisiera. Lo único que me mantenía aquí era mi terquedad, mi curiosidad y la necesidad de asegurarme que la única familia que me quedaba estaba siendo cuidada. Sonreí para mis adentros.
Podría pasar como pelirroja, pero mi pelo no era tan largo. Así que no era como Rapunzel en absoluto, excepto por estar en una torre. Y había muchas torres en los viejos cuentos de hadas.
¿Era este un cuento de hadas? Si lo fuera, segura como la mierda que no era ninguna princesa. ¿Mi... captor? ¿Mi proveedor? ¿Qué era? ¿Un príncipe? Podría ser. Tal vez era una especie de realeza europea; todavía hay realeza en algunos países europeos. Definitivamente parecía tener modales de un aristócrata. Habla adecuado, toque formal incluso en las situaciones más privadas e íntimas, modales elegantes. Incluso maldijo con elegancia. Claramente fue muy bien educado, y obviamente es rico.
Tuve la sensación que venía de dinero y privilegio. Él no era algún multimillonario principiante de informática, o algún rico inmobiliario arribista. Él nació en la riqueza, pero algo me hizo pensar que había hecho su propia fortuna también. Después de todo, las pistas estaban ahí, sobre todo por la historia de cómo había contratado a Sue. No pensé que tuviera la intención de revelarme mucho tan pronto, pero esa historia me dijo mucho de él.
Luché para irme a dormir, y fallé. No había relojes en mi habitación, así que no sabía la hora. Tenía mi teléfono en algún lugar de mi bolso, pero la batería estaba muerta, y honestamente, no me importaba la hora que era. Era tarde, eso lo sabía. Felix se había presentado a las cuatro de la tarde. Acababa de llegar a casa después del turno del almuerzo en el Outback, y me había duchado, quitándome el hedor del restaurante. Unas buenas cuatro a casi cinco horas habían transcurrido desde que Felix y yo salimos de mi apartamento para llegar a este lujoso rascacielos. Otra hora de nuestro primer encuentro hasta la cena... así que fácilmente tenía que ser más de medianoche.
La cena había sido lenta y larga, una reunión extensa. Nos deteníamos en cada bocado con un largo silencio entre nosotros, momentos extensos desprovistos de conversaciones. Esos silencios, que debieron ser incómodos, pero no lo fueron. No estaba hecha para pequeñas charlas, ni para charlas banales. Había estado en docenas de primeras citas en mi vida que no fueron a ninguna parte, simplemente porque no estaba interesada en balbuceos. No les tenía paciencia a los hombres que hablaban y hablaban. Dejen de hablar del estúpido partido de fútbol americano. No podría importarme menos el puto fútbol.
The lions apestaban, siempre apestaron y siempre apestaran. Dejen de hablar de acciones. No me importa si las acciones subieron diez puntos o bajaron cinco. ¿Qué significa eso, y en qué universo se supone que me debe importar? Si la conversación no me interesa, me voy.
Como, por ejemplo: Acabe, en este momento, no lo soporto, no recogeré los doscientos dólares, ni terminare la cita. Una vez me pare en medio de una comida y le dije:
— Gracias por el esfuerzo, pero esto no está funcionando. Prefiero comer sola y en silencio que tener una conversación banal.
Y mi hombre misterioso, el señor alto y rubio, parecía ser de la misma manera. No hablaba a menos que tuviera algo importante que decir, y eso me gustó de él.
No me extrañaba que no pudiera dormir. Mi cerebro estaba dentro de círculos interminables, revoloteando de un pensamiento a otro como una mariposa en un campo de flores silvestres. Pensé en el vistazo que obtuve de él. Tenía que tener un metro ochenta de altura, tal vez era más alto. Cada vez que estaba a su alrededor, se movía casi en silencio, con pasos ligeros y rápidos. Cuando lo vi girando por la esquina, se movió con facilidad, a pesar de su altura. Lucia delgado y musculoso, pero no corpulento.
Quiero decir, esto era sólo una suposición basada en la fracción de segundo en que lo vi, pero esa fue mi impresión. Y eso funcionaba para mí. No me impresionaban los tipos que tenían músculos en los músculos, bíceps de veinte centímetros y pectorales más grandes que mis senos, los cuales no eran pequeños. Si un chico era así de musculoso, obviamente pasaba horas y horas en el gimnasio. Mantener esa forma física tomaba dedicación. Bien por ellos, claro, adelante, vayan por eso. Pero quería que el chico con el que saliera tuviera tiempo para mí. Si dejaba a un lado tres o cuatro horas cada día sólo para ir al gimnasio, entonces eso era tres o cuatro horas que no eran para mí. Llámame egoísta, pero esperaba que mis novios se dedicaran más a mí que a sus pesas.
Además, ¿por qué tienen que ser tan grandes? ¿Iban a levantar cosas pesadas todo el día? ¿Necesitaban diariamente levantar cosas de cuatrocientas libras? Um, probablemente no. ¿De todos modos, en tu vida cotidiana que cosa podrías encontrar que pese cuatrocientas libras? No pude pensar ni en una sola cosa.
No, denme a un chico que esté en buena forma, que pueda mantener una conversación interesante cualquier día de la semana. Denme a un chico que me pueda dar un buen rato sin tener que flexionar sus músculos seis veces por minuto, sólo para asegurarse de que todavía estén ahí. Me gustaría decirles: Sí, amigo, todavía tienes músculos. Ellos no desaparecieron en los últimos cinco minutos. Y, no, todavía no estoy impresionada por lo mucho que los puedes flexionar. ¿Puedes llevarme a la cama? ¿Puedes durar el tiempo suficiente para hacerme venir? Esas son las cosas importantes. Llevarme a la cama, hacerme correr. Si puedes manejar esas cosas, voy a estar impresionada.
Esa era la razón, por la cual, a los veintiséis años, todavía estaba soltera. La mayoría de chicos no pasaban la prueba de la primera cita, y mucho menos la prueba a largo plazo de mantenerme con interés durante más de un mes.
Películas
Deportes
Ejercicio
Mírame
Soy
Tan
Fuerte
Cállate, NO ME INTERESA. Utiliza los músculos de tu cerebro, y luego el de tus pantalones. Impresióname con tu vocabulario, y luego con tu atención sexual. Ves, eso era la otra cosa. Realmente no necesito un hombre que sea capaz de hacerlo durante horas y horas. Eso aburre demasiado rápido. Je, no es bueno. No, de verdad. Prefiero venirme rápido y duro que ser follada por horas.
Quiero decir, no me malinterpreten, me encantaba el sexo. Era genial. Pero, ¿lo mismo por horas? Probablemente no. Averigua lo que me haga gemir y hazlo hasta que me corra. Te garantizo, que, si lo haces, también te correrás. Eso era lo que funcionaba. Para mí, y apostaría que probablemente para la mayoría de mujeres. Excepto, que la mayoría de los chicos no lo veían así. Ellos pensaban que más duro y más rápido significaba mejor cuando, en realidad, ese no era el caso.
¿Él hombre misterioso? Mierda. Podía encenderme solo con palabras. Un susurro en mi oído. Un toque a mi mejilla. Un beso a mi mandíbula. Me tuvo retorciéndome, húmeda y adolorida en la cena, y sólo me dio un beso, un beso bastante casto. Ni lengua, ni caricias. Mi ropa se quedó en su lugar. Mierda, me excitaba más con un par de besos en mi mano y en mi brazo que cualquier otro chico con una noche llena de sexo. No era difícil ponerme caliente y cachonda, ni era difícil hacer que me corra. Yo era... normal, eso creía. No me corría demasiado rápido, y rara vez me venía más de una vez. Pero si prestabas atención a mis señales, podrías hacerme correr con bastante facilidad.
¿Qué pasó en la cena? Algo irreal. Solo... totalmente irreal. Me levanté de la cama, usando una camiseta y ropa interior, y caminé hacia la sala de estar, con mis pensamientos dando vueltas. Me dolía. En el fondo, entre las piernas. Me había dejado toda caliente y luego me dejo sin nada. No me gustaba eso. No tenía una especie de frenesí sexual, sólo... me sentía ligeramente frustrada. Con algo de curiosidad, cuestionándome y necesitando más.
Finalmente, no pude soportarlo más. Salí de la habitación y deambulé hacia la cocina. No me molesté en vestirme, ya que sólo Sue estaría alrededor para verme, suponiendo que todavía estuviera despierta. El misterioso Hombre —Dios, realmente necesitaba averiguar su nombre—me dijo que estaría en sus aposentos privados. ¿En serio? ¿Aposento privado? ¿Quién decía eso?
La adolescente de mente sucia en mí quería hacer una broma al respecto. Cuando me enfrentaba a situaciones con las que eran difíciles de tratar, reaccionaba con humor, generalmente grosero e inapropiado. Después de unas cuantas vueltas encontré la enorme y oscura cocina industrial. Con una cocina Wolf a gas de ocho quemadores, con un caro y reluciente extractor de olores, dos hornos Wolf, un horno de pizza de piedra apagada, con una pala de mango largo apoyada en la pared, una gran isla con una tabla de cortar blanca delante de un panel de un contenedor refrigerante cerrado.
Esta era una cocina de restaurante, hecha lujosamente. Había una nevera enorme, un congelador grande, y un enfriador de vino de dos metros altura, provisto de una botella tras otra de lo que supuse eran miles de dólares en vino frío. Había otro refrigerador independiente dedicado a nada más que cerveza: Stella Artois, Newcastle, Smithwicks, Guinness, Harp, Yuengling, Duvel, Chimay... cada tipo de cerveza que puedas imaginar, excepto la barata. Nada de Bud Light o Coors.
Probablemente no debería decirle que rara vez bebía otra cosa que no fuera Bud Light. Eso era debido más a mis restricciones financiaras que a su sabor, pero aun así. Elegí una Harp, y busqué en la mitad de una docena de cajones hasta que encontré un destapador de botellas. Estuve dando vueltas, con la cerveza en mi mano, hasta que encontré el desayunador. Puse mi nariz, cerca del vidrio, con la mirada fija en la ciudad todavía bulliciosa.
Lo olí antes de oírlo. Honestamente, no creo que alguna vez realmente lo haya oído. Olí su colonia, lo sentía detrás de mí.
—No te des la vuelta. —murmuró.
—No lo haré. —El cuarto estaba oscuro, así que no había reflejo de él en la ventana. El reconocimiento estaba ahí. Tenía que saber lo que iba a hacer. Esta era mi prueba para él. — Te vi, antes. Ibas a dar la vuelta en la esquina. Eres realmente alto, y tienes el cabello rubio.
Hubo una larga y significativa vacilación antes de responder.
—¿Por qué me lo dices? Nunca lo hubiera adivinado. —Me encogí de hombros y bebí un trago de cerveza.
—No lo sé. —Era una mentira, pero no podía decirle a él mi verdadero motivo por decirle la verdad.
—Hmmm. —Escuché el líquido en la botella, y deduje que estaba bebiendo cerveza—. No deberías haber mirado a escondidas, Isabella.
—Lo sé. Lo siento. —Extrañamente, fue una disculpa sincera.
¿Por qué importaba? No podía responder a esa pregunta, excepto para decir que si importaba. No tenía ningún sentido negar su efecto en mí, no tenía sentido negar que quería su aprobación, su confianza. ¿Por qué se había creado esa reacción en mí?
Estaba de pie lo suficiente lejos por lo que no nos estábamos tocando, pero lo suficientemente cerca para sentir el calor que venía de él. Debería haberme sentido acomplejada por mi ropa, o falta de ella, pero no lo estaba. No con él.
Y de nuevo, ¿por qué no? No era una mojigata, ni tímida. Podía usar un bikini sin sentirme cohibida, pero no era una exhibicionista, tampoco. No mostraba más piel que con la que me sentía cómoda. La camiseta que llevaba apenas tapaba mi culo, dejando casi toda mi mitad inferior expuesta para él. Y eso no me molestaba en lo más mínimo. Me sentí a gusto... a pesar de estar medio desnuda en torno a un hombre al que había conocido durante menos tiempo del que me había llevado a volar hasta aquí desde Detroit.
—Te dije que no a fallaras la prueba.
—Sí, lo hiciste.
—Y, sin embargo, todavía miraste a escondidas.
—Soy una chica curiosa, ¿qué puedo decir?
—Eres una chica mala. —Su voz era baja, profunda, llena de promesas.
—¿Sí? —Oí la burla en mi tono de voz, y me pregunté quién era. Yo no, sin duda—. ¿Qué vas a hacer al respecto? —Tragué saliva, esperando su respuesta.
Sentí sus dedos pellizcando el algodón de mi camiseta, levantándola. Los dejo reposar en la curva de mi culo. La ropa interior que llevaba estaba entre lencería y algo normal. Era el tipo de ropa interior de encaje que se moldeaba a mi culo, Acabando entre mis nalgas. De color rosa, cómoda y atractiva. Ahora me sentía revelada, expuesta.
No podía respirar; No me atrevía. Había sido mala. Desobediente. Incluso pensar en esos términos me hizo retorcer con molestias. No era una chica que se preocupaba por desobedecer. Pero, sin embargo, la sensación persistía, el miedo mezclado con la emoción. Algo caliente y áspero ahuecó mi trasero. Me tambaleé, casi dejando caer mi cerveza. Traté de respirar. Estaba mareada por haber contenido la respiración durante tanto tiempo. Su mano acarició primero un lado y luego el otro. Él contuvo un corto suspiro agudo.
—Maldita sea, Isabella. Tan condenadamente perfecta. —Sus palabras no eran realmente hechas para mí, al parecer, escapando de su boca en un murmullo apenas audible. Estaba a punto de replicar y recordarle que no era perfecta, cuando volvió a hablar. Más alto, para mí, esta vez. —No más miradas a escondidas, ¿sí?
Una vez más, abrí mi boca para hablar cuando me detuve. Esta vez, por una rápida bofetada justo en el lado derecho de mi trasero. No fue fuerte; no me dolió. Solo que... me sorprendió. Di un grito ahogado ante el contacto inesperado, y luego el grito de asombro se transformó en algo más cuando su mano alisó y suavizó la picadura en mi trasero.
—No más miradas a escondidas, ¿cierto? —Su tono era incitador, exigiendo una respuesta.
Estaba muy sorprendida y confusa para formar palabras. Asentí con la cabeza, con la esperanza de que funcionará. Al parecer no. Una fuerte bofetada llegó a la parte izquierda de mi trasero en esta ocasión, una vez más, seguido inmediatamente por un suave movimiento circular de una mano caliente.
—No... Más... miradas a escondidas. ¿Sí?
—Sí... sí... —La respuesta salió de mis labios, sin aliento, y luego solté una larga respiración, siendo finalmente capaz de respirar.
—No ha sido tan malo, ahora, ¿cierto? —Su mano descansaba en la curva de mi cadera, casual, posesivo. Familiar. Como si perteneciera ahí.
—Pensé... ¿Pensé que dijiste que no estabas en eso?
—¿Te he hecho daño?
—No —admití.
—Fue un recordatorio. Espero respuestas cuando hago preguntas. Nunca, nunca te causare dolor. Un poco de escozor, eso es todo. —Su respiración se posó en mi cuello, y su voz retumbó en mis oídos. Dios, me moría de ganas de voltearme. —Y te ha gustado, ¿cierto?
Sabía que tenía que responder.
—Sí. —Mi respuesta fue apenas un suspiro, no contaba como palabra. Fue más un susurro por la mortificación.
—Si realmente no te agrada algo, si te causa incomodidad prolongada o dolor, dímelo. Yo debería, bajo todas las circunstancias, ser capaz de leer tus respuestas a lo que hago, pero si por alguna razón me pierdo de algo, simplemente dímelo. Pero por favor, por el bien de ambos, examínate antes de pedirme que me detenga. Nota si realmente quieres que verdaderamente me detenga. O si simplemente tienes miedo de que te guste algo nuevo.
Tomé un largo trago de mi cerveza y luego, en un gesto instintivo que me sorprendió tanto como a él, creo, eché mi cabeza hacia atrás hasta que encontró su pecho. Mantuve mis ojos cerrados, por nuestro acuerdo.
—Todo esto es... demasiado —me escuché admitir—. Tan diferente. Tan extraño. Tan aterrador. No sé lo que me está pasando. Tú... tú me haces algo. Simplemente… ni siquiera sé cómo… sin tratar. Como si conocieras todos mis interruptores y botones. Pero no podrías. No podrías posiblemente saber lo que me hace sentir de esta forma. Ninguna cantidad de acoso, observarme desde la distancia, podría decirte qué me enciende.
—Sí, tienes razón —Su voz, viniendo de tan cerca, de su pecho, desde debajo de mi cabeza... fue tan baja, energía y vibración pura—. Te lo digo, Isabella. Puedo leerte como un libro. Tienes miedo, pero deseas esto. Odias el hecho de que te afecto tanto, pero te gusta en igual medida. El miedo hace que sea mucho más emocionante.
Vidrio tocó madera, y entonces él tomó mi botella y la bajó también en la mesa detrás de nosotros. Sus manos se deslizaron por mis brazos. Su cuerpo se elevó tras de mí. Su respiración sopló en mi cuello.
—Ojos cerrados, Isabella.
—Lo están —le dije.
—Bien —una breve pausa—. ¿Confías en mí?
—Lo intento. Estoy llegando allí.
—Por todo lo que tengo de control aquí, esto todavía se mueve a tu velocidad. Empujaré tus límites, te empujaré más allá de lo que piensas con lo que te sientes cómoda, pero no tan rápido para que tus miedos tomen el control —dedos, enredándose en los míos, grandes y duros y calientes, entrelazándose con los míos propios, pequeños y temblorosos y fríos—. Hazme saber lo que deseas. Ahora mismo. Una cosa que quieras sentir.
No hubo duda.
—Otro beso.
—Buena chica.
Odié esa frase, la manera en que fue dicha, elogiando mi respuesta.
—No soy un jodido perro, así que no me llames buena chica.
Rió entre dientes.
—Delicada, delicada.
—No soy delicada. Simplemente me ofende que me hables como si fuera un perro que finalmente se las arregló para sentarse.
Había pensado, con este pequeño intercambio, que el estado de ánimo para los besos se habría ido. Pero no. Oh, no. Mis ojos todavía cerrados, todavía sentía su respiración deslizarse por mi mejilla, piel de lija deslizándose suavemente contra mi mandíbula, cálidos labios rozando los míos. Y, sólo así de rápido, mi queja fue olvidada.
Me torcí en mi lugar, mis pies permanecieron plantados, mi torso girándose e inclinándose hacia atrás. Fue una ofrenda, otra manera de mostrarle que estaba cediendo a esto.
¿Sabes cómo dije que no dormía con alguien en la primera cita? Bueno, raramente incluso besaba en la primera cita, tampoco. No era una mojigata; lo había dicho antes. Simplemente no creía en tirarme de cabeza a una relación física si no había algún tipo de conexión emocional o personal en el lugar. No esperaba amor para siempre de un tipo con el que salía. No esperaba un romance que me hiciera estar en las nubes –aunque era siempre agradable–pero esperaba que él pusiera algo de esfuerzo en conocerme antes de que intentara meterse en mis pantalones.
¿Entonces por qué demonios estaba dejando que este hombre me besara? ¿Por qué le estaba pidiendo que me besara? Él había admitido haberme observado por un largo tiempo. Sabía cosas sobre mí que nadie debería saber. Eso todavía estaba en la parte posterior de mi cabeza, esa pregunta, ¿por qué me vigilaba? ¿Podría realmente ser llamado "acosar" si nunca hizo contacto?
Para mí, un acosador era alguien que vigilaba cada movimiento tuyo, te enviaba cartas escalofriantes y hacía llamadas telefónicas con la respiración pesada, quien se quedaba fuera de la ventana de tu habitación y te observaba cambiarte mientras se masturbaba. Un acosador era alguien con una obsesión, un amor ciego, enfermizo e inseguro. Podía ser ingenua, pero no creía eso del Hombre Misterioso. Definitivamente ingenua. Quiero decir, mira dónde estaba. Había sido recogida. Recogida. Eso todavía me irritaba.
—Nunca puedes callar tu mente, ¿no? —sentí sus palabras en mis labios, devolviéndome de una sacudida de mis pensamientos.
—No, en realidad no —dije.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó—. Debe haber sido bastante fascinante, si fue capaz de distraerte de besarme.
—Lo siento. Yo sólo... toda esta situación me está alterando como la mierda. No beso en la primera cita. No obedezco. No puedo olvidar que me observabas, que sabes cada pequeña cosa acerca de mí —me salí de su abrazo, extendí mi mano, y meneé mis dedos hasta que puso mi cerveza en mi mano—. Puedes leerme. Lo has dicho, y es verdad. Eso me asusta, también. Sólo estoy... estoy asustada. Puede que no me sienta aterrorizada, o en peligro, pero no puedo parar de intentar descifrar esta situación. Y si, no puedo realmente entrar en una sesión de besos cuando mi cerebro está corriendo un millón de millas por minuto, intentando descifrar en qué mierda me he metido —Tomé un sorbo y suspiré después de tragar—. Y... ¿por qué yo?
Sentí su presencia alejarse un poco, lo escuché tomar un trago de su cerveza. Moví el rostro lejos y miré por la ventana. Era un esfuerzo constante no girarme, sin embargo, por alguna razón, era un esfuerzo que seguía haciendo.
—Todo eso es entendible —hizo una pausa para beber—. ¿Por qué tú? Simplemente digamos por ahora que... tengo mis razones. Te elegí porque te deseo. Sé que eso en realidad no ayuda mucho, pero es todo lo que estoy dispuesto a decir por el momento. Así que además de eso, ¿qué podría hacer para aliviar algunos de tus miedos?
Di golpecitos a la botella con mi uña.
—No sé. ¿Un nombre? ¿Un apodo? ¿Algo para llamarte? No tiene que ser tu nombre real, simplemente...algo.
—Hmmm. Ese es un pedido razonable, supongo —una respiración profunda—. Puedes llamarme... Tony.
—¿Tony?
—Sí. Sí. Anthony. Es... uno de mis nombres.
—¿Tienes más de uno?
Se rió.
—Por supuesto. ¿Tú no? Isabella Marie Swan. Uno podría, posiblemente, llamarte Mary, o Izza. En la misma manera, parte de mi nombre es Tony. Es una verdad que te estoy dando, y para un hombre tan... recluido y privado como lo soy yo, eso no es un regalo pequeño.
Puesto de esa manera...
—Gracias —dije.
—De nada —estaba detrás de mí, cerca, cálido y grande, una vez más—. Ojos cerrados.
Hice lo que se me ordenó. Cerré los ojos, forcé a mi respiración a que permaneciera incluso cuando mi instinto fue contenerla, expectante y ansiosa, hasta que supe lo que iba a hacer.
Inhalar, exhalar. Era una bola de nervios, hombros juntos, puños apretados, una mano alrededor de mi botella de cerveza, la otra hundiendo las uñas en mi palma.
En un esfuerzo de probar algo –si a mí misma o a él no estaba segura, ni siquiera qué estaba tratando de probar–incliné mi cabeza hacia atrás y terminé mi cerveza en tres largos tragos.
Por supuesto, luego tuve que cubrir mi boca y dejar salir un largo y tranquilo eructo.
—Grosera —dijo, un tono divertido en su voz.
Me reí.
—Oye, lo amortigüé.
—Es verdad. Ahora, ¿terminaste?
—Sí.
—Bien —tomó mi botella y la bajó. Sus manos ahuecaron mis codos, y se deslizaron hacia mis hombros. Me estremecí, y sentí que mi tensión se incrementó—. Estás tensa otra vez. Relájate, Isabella. No te lastimaré. Seguramente lo sabes mucho por ahora.
Intenté forzarme a relajarme, pero eso, por supuesto, era una contradicción en los términos. No podías forzarte a relajarte.
Sus pulgares hicieron círculos en los músculos de mi espalda, sus dedos amasando mis hombros. Eso ayudó. Y entonces lo sentí mover mi cabello de mi cuello, sobre un hombro. Mi lengua chasqueó y deslizó por mis labios, anticipando su toque, su beso. Lo que obtuve fue un frío aliento soplando hasta que me estremecí, y luego sus labios se encontraron con mi carne caliente y el calor de su boca se apoderó de mí.
Cada parte de mí se aflojó y contrajo todo al mismo tiempo, mi tensión retrocediendo incluso mientras el ansia me tenía expandiéndose y aumentando. Otro beso, en la pendiente de mi cuello. Su dedo puso a un lado el cuello de mi camiseta, y sus labios tocaron mi cuello. Se movió más cerca, ahora cerca de mi garganta. Una mano sostuvo mi grueso cabello a un lado, y la otra movió mi brazo hacia abajo, los nudillos rozando el exterior de mis pechos sin sujetador.
Los estremecimientos eran constantes ahora, cada toque causando que mi piel se apretara y mis músculos temblaran. Incliné la cabeza a un lado, y sus labios se movieron por mi cuello para besar mi garganta. Sentí su cabello rozando mi barbilla, su corpulencia inclinándose sobre mi hombro. Extendí una mano hacia arriba, tomando una respiración profunda, nervios tintineando mientras me atrevía a devolverle el toque.
Mis dedos se deslizaron por la parte posterior de su cuello, a través de la línea de su pelo, y su pelo. Lo escuché gruñir profundo en su pecho, desaprobación o placer, no lo podía decir, pero no me detuvo. Dejé que mis dedos se curvaran en la mata de pelo cortado tan meticulosamente, cuestionándome a mí misma, a esta situación, a este hombre, sin encontrar respuestas y sin que siquiera me importara.
Besó detrás de mi oreja, y sus manos fueron a la deriva hacia abajo por mi delantera, rozando el algodón de mi camiseta sin tocar del todo. Agarró el dobladillo inferior, puños juntos en cada uno de mis muslos. Estaba congelada, no respiraba... estaba bastante segura de que incluso mi sangre había parado de bombear por un momento.
—Un algodón tan delgado... —murmuró, su voz áspera con sugerencia—que podría destrozarlo tan fácilmente. Descubrirte a mí, sólo así de fácil. Podría besarte... en todos lados.
Puse mis manos sobre las suyas, entre sus puños, manteniendo mi camiseta abajo.
—Anthony... no...
—¿No? —sentí a sus manos extenderse, el algodón estirándose—. ¿Aún tienes miedo, Isabella? ¿No quieres sentir mis labios en tu piel? Sé que sí. Quieres. Tienes miedo de quererlo. Tienes miedo de entregarte a mí. Pero quieres, de igual manera. ¿Te has entregado realmente a un hombre antes? No creo que sea así. Y ciertamente nunca a un hombre como yo.
—Un hombre... —tragué duro, luchando por palabras. Él tenía a mi mente girando, mi cuerpo estremeciéndose, mi sangre retumbando, mi sentido común erosionando, y mis sentidos zumbando—. ¿Un hombre como tú?
—Sí, Isabella. Un hombre como yo —Otro tirón de sus puños, y escuché un inconfundible rip—. Un hombre que sabe exactamente lo que quiere, y exactamente cómo conseguirlo.
—¿Y... y qué quieres? —estaba tratando tan duro de mantener la calma, y fallando miserablemente.
Rrrrrrip. Sentí aire frío en mi ombligo.
—Hacer que te corras —rrrripppp—más duro de lo que lo has hecho alguna vez en tu vida.
—Mierda...
—Escucharte gritar. Sentirte temblar bajo mis manos —Rrrrrrrrrrrriiiip. La camiseta fue desgarrada hasta el espacio entre mis tetas. Un tirón más, y sería liberada—. Voy a hacer que te corras tan fuerte que llorarás.
—Tony... —No estaba segura de por qué dije su nombre. ¿Cómo una súplica? ¿Ten piedad? ¿Por favor, sí, quiero eso? Ni idea. Sólo que su nombre fue todo lo que salió.
—Sí, Isabella. Estarás diciendo eso, muy fuerte. Puedes gritar tan fuerte como quieras, cosa dulce. Nadie puede escucharte —Sus palabras me deberían haber aterrorizado, pero sólo hicieron que mis muslos se sacudieran y mi corazón golpeara con anticipación—. ¿Estás lista?
—No...
—Bueno, al menos eres honesta sobre ello —Rrrrriiippp. Todo lo que sostenía la camiseta en mi cuerpo eran las mangas, y su presencia detrás de mí—. Puedes decirme que me detenga en cualquier momento, Isabella. Lo haré. Inmediatamente. Detente.
La palabra no salió. Había parado de respirar otra vez, y tuve que inhalar una bocanada de oxígeno antes de que me desmayara. Mis manos temblaban en mis costados, mis ojos cerrados apretadamente. Todavía estaba cubierta, sin embargo, la camiseta desgarrada descansando en los bordes muy externos de mis areolas.
—Un movimiento de mis manos, Isabella. Eso es todo lo que tomará. Estarás desnuda para mí —Deslizó la punta del dedo a lo largo de mi clavícula, jugando con el cuello rasgado de la camiseta—. O... una palabra de tu boca. Pero tienes que elegir. Ahora mismo. Dime que me detenga, ahora mismo. ¿Y sabes lo que pasará si no lo haces?
—¿Qu-qué?
—Usaré la camiseta como una venda, y te acostaré justo aquí, en el suelo. Te haré venir una y otra vez. Hasta que no puedas respirar ni moverte. Hasta que estés loca de éxtasis.
Mierda. Quería eso. Jesús, sí que lo quería.
—¿Y-y tú?
—¿Qué hay de mí? —Sonó desconcertado.
—¿Qué querrás... de mí? ¿A cambio?
—¿Qué querré de ti? Sólo tus gemidos, Isabella. Sólo el rubor de tu perfecta piel. Nada aparte de eso —Era demasiado bueno para ser verdad. Era una lección que aprendí pronto en la vida: Si suena demasiado bueno para ser verdad, es probable que lo sea. Trazó el hueco de la base de mi garganta con un dedo—. O, dime que me detenga. Te dejaré sola, y puedes ir a la cama. Reanudaremos esto otra noche, pero por esta noche, estarás... segura.
Segura. ¿Quería esa seguridad? Sí, y no. No ponía en duda su habilidad para hacer exactamente lo que estaba prometiendo, y ni siquiera quería pensar en cuánto había pasado desde que había tenido un orgasmo. Pero también necesitaba saber si realmente se detendría cuando le pidiera que lo hiciera. El problema era que ponerlo a prueba me dejaría palpitante y frustrada.
Tenía que ser hecho, sin embargo. Nunca sería capaz de confiar en él totalmente a menos que supiera que era tan bueno como sus palabras. Sus manos estaban listas para quitarme la camiseta, y, si eso pasaba, estaría perdida en su toque.
—Detente —Estaba orgullosa de mí misma por hacer salir esa palabra, por hacerla sonar fuerte, segura, todas las cosas que no estaba sintiendo en ese momento.
Sus manos se congelaron en el mismo momento en que la palabra dejó mi boca.
—Como desees —Lo sentí retroceder, y todo mi cuerpo dolió, gritándome porque le rogara que volviera, que me tocara, que lo terminara, que hiciera lo que había prometido que haría.
—Es demasiado... demasiado pronto —expliqué.
—Isabella... cariño, no necesitas explicarte. Entiendo completamente.
—¿No estás... enojado? —¿Por qué mierda me importaba? ¿Por qué salió eso sonando tan complaciente, tan débil, tan pequeño? Ugh.
—No, por supuesto que no. Quizás un poco... decepcionado. No de ti, en sí, sino... simplemente por quedarme con las ganas. No creo que comprendas la profundidad de mi atracción y deseo por ti. Pero lo harás —Lo olí, lo sentí cerca, su voz de repente zumbando en mi oído—. Lo harás. Deseas esto. Me estás probando, Isabella. No creas que me he perdido de eso. Así que este soy yo ganándome tu confianza. ¿He pasado tu prueba?
Cuadré los hombros, y respiré profundamente. Asentí.
—Sí, Anthony. Lo has hecho. Gracias.
—Cuenta hasta seis, y luego puedes irte.
—Está bien.
—Buenas noches, Isabella... otra vez.
—Buenas noches, Tony.
Escuché sus pasos alejarse, y conté hasta seis. Perdí la cuenta, pensando en cómo me había llamado "cariño". Eventualmente asumí que había pasado más de un minuto, así que volví a mi habitación, juntando los bordes de mi camiseta.
Me senté en la cama, los restos despedazados de mi segunda camiseta favorita para dormir en mi regazo. Cuán fácil la había rasgado. Agarré los bordes de la parte posterior de la camiseta y di un tirón. Apenas conseguí la tela para estirar. Tuve que ejercer toda mi fuerza para conseguir que el dobladillo se rompiera; él lo había hecho tan fácil como romper una hoja de papel. Sin embargo, a pesar de su evidente fuerza, su toque nunca había sido nada menos que exquisitamente suave.
Me había dado un nombre. Había parado cuando obviamente no había querido. Parte de mí quería decir que eso era suficiente, podía confiar en él, podía dejar que lo que sea que fuera a suceder, sucediera. Pero otra parte de mí se contuvo. Me dijo francamente que estaba escondiendo un secreto que cambiaría todo. Para mí, para él, y para nosotros. Cuán extraño era que ya había un "nosotros".
Me puse una nueva camiseta y me acosté en la cama. En vez de tratar de dormir, dejé que mi mente vagara, la dejé imaginar cómo sería simplemente... dejarse ir. Entregarme totalmente a lo que él quería. Algo me dijo que condenadamente increíble. Sólo ve un día a la vez. Eso fue lo que me dije. Un día, una experiencia a la vez.
Me dolía todo. Necesitaba que terminara lo que había empezado, me negaba a hacerlo yo. Eventualmente, mientras la franja de oscuridad entre las cortinas corridas comenzó a volverse gris, me dormí.
Soñé con manos grandes tocándome suavemente. Soñé con esas manos tirando de las mantas hacia arriba más cerca de mi barbilla, con una silueta alta en la esquina de mi habitación.
Cuando me desperté con un brillo de sol del final de la mañana, juré que tomé una bocanada de su colonia en mi habitación.
.
.
.
¡YA TENEMOS UN NOMBRE! No es mucho, pero al menos ya sabemos cómo llamar a nuestro misterioso hombre, ¿qué opinan? ¿Quién creen que sea? O sea, ya sabemos que es Anthony jajaja pero… bueno ya mejor no digo nada jajaja
No olviden dejarme un comentario, me encanta saber que están disfrutando tanto de la historia como yo.
PD. No se confíen jaja
¡Nos leemos pronto!
