No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.

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Fui dejada por mis propios medios la mayor parte del día siguiente.

Encontré un increíble surtido de mi yogur favorito abastecido en el refrigerador de la cocina secundaria. Llevé eso a la barra de desayuno, lo que fue una especie de error, ya que en todo lo que podía pensar era en lo que había sucedido tres horas antes.

Pasé la mayor parte del día en la biblioteca, andando sin rumbo de un estante al otro, corriendo por las escaleras con mi mano extendida, pretendiendo ser la Bella, leyendo un poco de esto, un poco de aquello, acurrucándome en las profundas sillas como un gato. Quiero decir, si tienes una biblioteca gigantesca para ti sola, y esa biblioteca tiene escaleras rodantes, ¿no harías lo mismo?

Era una irresistible tentación. No había tenido algo que hacer algo y nada desde que era una adolescente, y era magnífico. Pude o no pude haberme solo sentado en el sofá de mi habitación por cerca de dos horas, disfrutando del sol, observando la ciudad desplazarse y moverse a través de las ventanas. Tuve un lento almuerzo en la barra de desayuno de nuevo, y entonces tuve la intención de explorar por mi cuenta. Tenía una muy buena idea del plano del lugar por el tour de Sue, pero era un enorme apartamento, y aún tenía la tendencia a perderme un poco al ir de la biblioteca a la cocina, y del vestíbulo a mi cuarto. Luego de un par de vueltas por los pasillos, encontré mi camino.

Dejé el pequeño pasillo hacia los cuartos de Tony para el final, y en la tarde me encontré de pie fuera de esa entrada, observándola, preguntándome qué había detrás. ¿Qué estaba haciendo él? ¿Siquiera estaba aquí? Tal vez se había escapado en un helicóptero a alguna reunión de negocios al otro lado de la ciudad. O tal vez estaba sentado en un acorazado de caoba de un escritorio, garabateando con una pluma fuente en un papel fino y blanco para cartas. No lo veía haciendo algo tan mundano como revisar el correo o hacer llamadas telefónicas, aunque sabía que debía hacer esas cosas.

Estaba perdida en esas cavilaciones cuando el pomo se giró, y la puerta empezó a abrirse. De inmediato, me giré en el lugar, mirando en otra dirección. La velocidad y celeridad con que me di la vuelta me aturdió. Sabía por qué lo había hecho, sin embargo. Me había comprometido al juego, y quería que él se mostrara cuando quisiera hacerlo. Echar una ojeada furtiva se sentía como trampa. Nunca había sido el tipo de niña que iba a buscar mis regalos de cumpleaños o para Navidad. La mayor parte de la diversión, para mí, era la sorpresa, el no saber qué podía encontrar cuando rasgaba el papel de regalo en la mañana de Navidad.

—Isabella. —Escuché la sorpresa en su voz—. ¿Qué estabas haciendo?

—Honestamente, solo me preguntaba qué estabas haciendo allí. Me preguntaba cómo se vería tu cuarto. —Escuché un suave paso detrás de mí, el clic de la puerta cerrándose, y luego su mano en mi cintura—. No estaba intentando entrar. Solo deambulaba por ahí, y terminé aquí.

—No podrías entrar si lo intentaras, en realidad. La puerta tiene un código de bloqueo con la huella de mi pulgar.

—Oh. Realmente tomas tu privacidad muy en serio, ¿cierto?

Se rió entre dientes.

—No tienes ni idea. El edificio entero está reforzado para resistir un misil de ataque directo. No hay entrada al garaje para aparcar sin un escáner de huella y retina. El elevador que te subió aquí también requiere de una huella dactilar, y es uno de los únicos dos puntos de acceso a este piso. Tengo mi propio elevador privado y garaje, por supuesto. El acceso a y desde el cuarto está también asegurado por puertas con clave. Las únicas personas que tienen acceso al garaje y a este apartamento, como dije cuando nos conocimos, son Sue y Felix, a quienes has conocido, y Jasper, a quien no has conocido, y probablemente no lo harás pronto. No viene aquí muy seguido.

—Eso es... un poco loco, honestamente.

Casi pude escuchar el encogimiento de sus hombros.

—Supongo que sí. Tengo mis razones para tomar tantas precauciones. No es simplemente paranoia.

—¿Entonces tienes enemigos?

—Nada de eso debe preocuparte. —Su tono claramente descartaba el asunto—. ¿Alguna vez has estado en la ópera?

—Yo... ¿la ópera? No. ¿Por qué?

—¿Te importaría acompañarme?

—¿Con los ojos vendados?

—Sí, por supuesto.

—Parece extraño, pero seguro. ¿Por qué no?

—Muy bien. Debes alistarte, entonces. Tengo un vestido para que uses. Sue lo traerá para ti y te ayudará a alistarte. ¿Podríamos decir en una hora?

—Puedo estar lista en una hora.

—Excelente. Adiós por ahora, Isabella. —Escuché un bipelectrónico, y la puerta se abrió, se cerró, y se había ido.

Volví a mi habitación, me desvestí, y me metí a la ducha. Y, déjenme decir, mierda. No era solo una ducha. Era un lavado de autos para humanos. Aparte de la lluvia cayendo de la ducha directamente de arriba, allí había ocho boquillas ajustables puestas en la pared, además de una vara para esos lugares difíciles de alcanzar. Fue el único baño más grandioso de mi vida. No quería salir. Cada pizca de tensión se fue mientras estaba de pie bajo el hirviente baño de rocío, dejando que el calor penetrara mis músculos.

Eventualmente, sin embargo, tuve que lavarme y salir, lo que hice con reticencia. Podía ver un montón de duchas en mi futuro. Estaba desenvolviéndome de la toalla cuando Sue apareció, un sacó para vestidos bajo su brazo.

—Perdóneme, señorita. Solo estaba trayendo su vestido. —Acomodó la bolsa en la cama y le bajó el cierre.

—Mi nombre es Isabella —le dije, incómoda por tener a alguien tratándome con algún tipo de condescendencia. Era raro, y no me gustaba.

—Por supuesto —dijo. —¿Le gustaría mi asistencia?

—¿Seguro? —Envolví la toalla alrededor de mi torso y observé como Sue retiraba el vestido delicadamente.

Quería ver como lucía así podía escoger ropa interior apropiada. Casi resoplé al darme cuenta de cómo sonaban mis pensamientos. Ropa interior apropiada. La manera formal de hablar de Anthony —y Sue—se me estaba contagiando. Generalmente, solo habría pensado "la ropa interior correcta".

El vestido era... como nada que hubiera visto. No en la vida real, al menos. Quiero decir, vi los Globos de Oro y los Oscar y lo que fuera suficiente para saber que ese era un vestido caro. Era... deslumbrante. Increíble. Era el tipo de cosa que Jennifer Lawrence u Olivia Wilde podrían vestir. No yo.

Tragué con fuerza mientras Sue sostenía el vestido alzado por el gancho. Asintió mientras evaluaba la manera en que podría lucir en mí.

—El vestido —dijo Sue, viéndome con curiosidad—. Es un Dior.

Me atraganté.

—Yo. ¿Qué?

—El Señor... mi empleador, no escatima en gastos.

—Me dijo que su nombre era Anthony —dije, notando que Sue estaba bajo órdenes de no revelar algo acerca de él.

—Ah. Él Señor Anthony. Sí. Pensó que debía informarla sobre esto.

—¿Este es un vestido Dior? —¿Cuánto podía costar algo como eso? No tenía forma de saberlo. Mucho. Mucho, mucho. —¿Cómo es posible? Creí que estos tenían que ser, como, ¿hechos a la medida?

—La logística de cómo lo consiguió está más allá de mí. Pero me aseguró que le quedaría perfectamente. —Sue acomodó el vestido en la cama y fue al armario, rebuscando en la lencería, alcanzándome un juego de satén negro.

Sostén sin tirantes, una apenas tanga. Eché un vistazo a la etiqueta del sostén: Frederick's of Hollywood. Mi talla, por supuesto.

—Este será, creo.

Se giró en otra dirección mientras yo dejaba caer la toalla y me ponía la ropa interior, y luego el sostén, que subió mis tetas por lo que asumieron proporciones casi improbables. Quiero decir, estaba bastante bien dotada, pero este sostén literalmente hizo magia en mi escote.

Ella rebuscó por otra sección del armario, y luego me alcanzó una elegante, bata de seda azul medianoche. Me deslicé en esta, la até, y de verdad suspiré ruidosamente ante el frío de la lujosa tela contra mi piel.

—Por qué no arreglamos su cabello y maquillaje, y luego podemos ver el efecto completo. Venga, siéntese. —Me llevó al tocador, sacó el asiento para mí, y luego enredó sus dedos en mi cabello.

—Tú, ¿tú vas a arreglar mi cabello?

Sue asintió.

—Sí. Por supuesto.

—Entonces eres su ama de llaves, ¿además arreglas el cabello y maquillaje?

Me sonrió, la primera cálida, genuina sonrisa que había visto en ella.

―Ama de llaves, no es en realidad una palabra precisa para mis labores, creo. Hago lo que sea que el Señor Anthony necesite. Felix ve por su seguridad personal, además de actuar como chofer. Jasper asume los asuntos de negocios, y yo atiendo sus necesidades personales.

—¿Hay algo que no puedas hacer?

Sonrió de nuevo mientras comenzaba a cepillar mi cabello.

—Cerrar un trato de negocios. Disparar un arma. —Hizo un gesto hacia el vestido, que yacía en la cama—. Y usar ese vestido.

Treinta minutos después, tenía mi cabello cayendo alrededor de mis hombros en espirales sueltos, extendidos desde la altura de mis ojos y lacados para durar hasta la noche. Mierda, ella era buena. Mi cabello lucía asombroso. Y después, con la misma eficiente habilidad, me puso maquillaje. Base clara, un poco de rubor, ojos ahumados, brillo labial rojo manzana.

Dio un paso atrás cuando terminó, asintiendo.

—Bien. Creo que eso estará bien. Es muy bonita, Señorita Isabella.

Le sonreí.

—Gracias, Sue. Quiero decir, por arreglar mi cabello y maquillaje. Luce asombroso. Mejor de lo que pudiera haber hecho por mi cuenta, eso es seguro.

—No es problema. Fue un placer. En realidad. —Dudó, como si deliberara entre decir más o no. Relamió sus labios, mirándome a los ojos y luego en otra dirección. —El Señor Anthony, como habrá notado es extremadamente privado. Vive solo, pasa casi todo su tiempo aquí. Soy, la mayoría del tiempo, la única persona aquí. Así que, tener a alguien más en la casa es un placer. ¿Tener otra mujer? Ese es un verdadero placer.

—Debe sentirse solitaria, entonces, ¿no?

Se encogió de hombros.

—Algunas veces.

Lo sentía por ella, y me pregunté si estaba casada, si tenía hijos, o si vivía aquí, vivía para servir a Tony. No creí que preguntarle abiertamente sería educado, así que no lo hice. En su lugar, solo me incliné para darle un abrazo tentativo.

—Bueno, estoy aquí. Por cuánto, no lo sé. Pero mientras esté aquí, podemos ser amigas.

—Eso sería... —Suspiró, mientras buscaba la palabra correcta. —Agradable. Sería agradable. —Un vistazo a su reloj y sus ojos se ampliaron—. Necesitamos terminar de alistarla. Felix estará listo para recogerla exactamente a las seis. Ni Felix o el Señor Anthony aprecian las tardanzas.

—Sí, de alguna forma eso no me sorprende. —Tomé una respiración profunda—. Vamos a ponerme en este vestido, entonces.

Sue sostuvo el vestido por mí mientras yo daba un paso cuidadosamente dentro de él, ajusté el borde y luego acomodé el corpiño a mis pechos. Mierda. Este vestido era ajustado. Quiero decir, me quedaba, pero se amoldaba a mis curvas como una segunda piel. Algo me decía que caminar podría ser complicado. Muy raramente usaba vestidos así de ajustados.

Era verde esmeralda, sin mangas, el dobladillo rozaba el piso alrededor de mis pies con espacio extra para un par de tacones. Se veía un poco como el vestido que Jennifer Lawrence usó para los premios SAG, en realidad, solo con un color y material diferente. Había un par de tacones que iban con el vestido, verde esmeralda para hacer juego. Mierda. Este atuendo probablemente costaba más de lo que yo habría hecho en mi vida entera.

Y luego Sue buscó en un bolsillo de su delantal y sacó una caja ancha y negra. Cuando la abrió, tuve que sostenerme con una mano en la pared. Yaciendo en el satén negro dentro de la caja estaba un elaborado collar de esmeraldas, un dije con una esmeralda del tamaño de mi pulgar, con forma de lágrima, suspendido en una cadena entretejida con hebras de platino. Además, había un par de pendientes a juego de esmeralda con forma de lágrima, también seguidos por platino trenzado.

—Mier... mierda, Sue. —Mordí mi labio, solo para estar segura de que no estaba soñando—. No puedo usar eso. Es... ni siquiera puedo imaginar cuanto debe costar ese juego. ¿Es un préstamo?

Sue enarcó una ceja.

—¿Préstamo? Ciertamente no. El Señor Anthony no tiene necesidad de... prestar... joyería. —Su tono era entretenido, casi despectivo. No hacia mí, sino al concepto de préstamo. —Él compró este juego para usted, para esta ocasión.

—Yo, yo. Um. Ni siquiera sé qué decir. —Me aguanté un respiro, extendiendo un dedo para tocar el dije del collar. —Me sentiré cohibida al vestir todo esto. No sé si puedo hacerlo.

—Es una mujer muy bonita, señorita Isabella. No tiene absolutamente la necesidad de sentirse cohibida. Y, por otro lado, estará cenando en privado con el Señor Anthony, así como estará en un palco privado para la ópera. No estará caminando por la alfombra roja, como dicen. —Puso una mano en mi hombro desnudo, su palma fría, seca y reconfortante. —Puede hacer esto.

—Puedo hacer esto. Puedo hacer esto. —Respiré profundamente una vez más. Forcé la fuerza en mi voz—. Puedo hacer esto.

—Ahora dé la vuelta, así puedo ponerle el collar. —Me giré, y sentí que dejaba descansar el collar en mi esternón. Era pesado, y frío. —Ahora los pendientes. —Ensartó el prendedor a través del lóbulo de mi oreja, abrochándolo, y luego repitió el proceso en el otro lado. —Perfecto. Ahora... puede mirarse en el espejo.

Fuimos juntas al armario —un término que ni siquiera comenzaba a describir el espacio que era más grande que mi apartamento en Detroit—y me ubicó en frente de un espejo de tres divisiones. Cuando capté una vista de mi reflejo, tuve que parpadear con fuerza para detener las lágrimas.

No lucía como yo. Lucía como alguna elegante, sofisticada criatura que se parecía a mí. La forma en que Sue había arreglado mi cabello y maquillaje acentuaba mis ojos azul cielo y el bronceado natural de mi piel, y el vestido...Jesús, el vestido. Abrazaba cada curva, hacía mis tetas lucir enormes y redondeadas —si me lo decía a mí misma, jodidamente perfecto—y hacía a mis generosas caderas parecer una figura de reloj de arena. Mis hombros parecían delgados y afilados, mi esternón y garganta una curva elegante. El collar y pendientes brillaban y resplandecían en luz incandescente, su color siendo un juego perfecto para el vestido y compensaba mi tono de piel como si hubiera sido hecho para mí.

—Va a dejarlo sin aliento, Isabella. —Sue sostuvo mis hombros, y me sentí extrañamente cercana y conectada a esta mujer que escasamente conocía.

—Gracias.

Asintió con una pequeña sonrisa, y luego se movió esforzadamente dentro del armario, abrió un cajón y sacó un pequeño bolso de mano negro. Valentino.

—Necesitará esto.

¿Había cajones llenos de bolsos? ¿Cómo no había descubierto esto? Necesitaba explorar más este armario; era la fantasía de una mujer, en diseño y contenido. Mi mente dio un giro. Encontré mi viejo bolso en el guardarropa, recuperé mi identificación, algo de efectivo, y mi tarjeta débito. Dudé si la necesitaría para algo, pero no parecía correcto salir sin ella. Desconecté mi teléfono, y me di cuenta en ese momento que nunca había llamado a Leah.

Debía estar molesta. Y celosa. Y preocupada. Mierda. Debía llamarla en el auto. Cerré el bolso de mano y asentí a Sue.

—Estoy lista.

—La llevaré al techo, entonces.

—¿El techo?

Sue asintió, guiándome desde mi suit a un ritmo rápido.

—Sí. Felix estará volando directamente a la cena. El Señor Anthony la verá en la cena, y ustedes irán juntos desde allí al Met.

—¿Volar?

—Sí. En un helicóptero.

—Un helicóptero. Estaré volando en un helicóptero para la cena. —Me sentí mareada—. Mientras visto un atuendo que cuesta más que muchas casas.

—Bienvenida al mundo del señor Anthony, señorita Isabella. Él no hace algo a medias.

—En serio, mierda.

Sue me frunció el ceño mientras señalaba hacia una puerta que llevaba a un pequeño elevador.

—Sabe, el señor Anthony desaprueba las malas palabras bajo la mayoría de las circunstancias. No por alguna postura moral o religiosa, sino porque lo considera... innecesario, y torpe. Así que, un consejo entre amigas... considere tratar de maldecir menos frecuentemente.

Fuimos hacia arriba, saliendo luego de un corto viaje hacia un enorme helipuerto de asfalto donde Felix estaba esperando, de pie con sus manos sujetas detrás de su espalda. Estaba parado en frente de un elegante helicóptero negro, lo suficientemente grande para llevar a cuatro personas, posiblemente más.

—Lo intentaré. Gracias por decirme, Sue. —Me giré y la abracé de nuevo. Se quedó rígida mientras lo hice, como si no estuviera acostumbrada a ser abrazada. —Por todo.

—Es un placer, señorita Isabella. Ahora vaya. Tenga una tarde divertida.

Le dije adiós con la mano, y luego crucé el helipuerto hacia Felix.

—Hola de nuevo, Felix.

Inclinó su cabeza hacia mí.

—Señorita Swan. —Extendió su mano hacia el helicóptero. —Si está lista.

Asentí y abrió la puerta, tendiendo su mano para ayudarme. Miré el ascenso en la nave, y luego me di cuenta que no podía hacerlo.

—Sí, no seré capaz de subir allí en este vestido —dije.

Felix no dijo nada, simplemente puso sus manos en mi cintura y me levantó. Lo hizo tan fácilmente, como si no pesara nada. Su toque era formal, platónico, no prolongado. Tan pronto como estuve dentro y acomodada, cerró la puerta, y busqué mi teléfono dentro de mi bolso. Tenía un número telefónico en la pantalla de favoritos de mi iPhone: Leah. Era, en realidad, una de tal vez una docena de números telefónicos que tenía, punto.

Le marqué, y sostuve el teléfono contra mi oreja mientras Felix se deslizaba en el asiento del piloto y comenzaba a calentar el motor, moviendo interruptores y consultando una pizarra y haciendo toda clase de cosas para prepararse para el despegue.

—¡ISABELLA! —La voz de Leah era un grito agudo, tan fuerte que tuve que mantener el teléfono lejos de mi oído. Felix se movió del asiento con una mirada divertida—. ¿Dónde coño has estado, puta?

Puse el teléfono de vuelta en mi oído y suspire en el altavoz.

—Leah, mantén la calma maldición, estás haciendo sangrar mis oídos.

—Dijiste que me volverías a llamar, Bella. Han pasado como, dos días. Estaba a punto de llamar a la policía.

—No hagas eso, Leah. Por favor. De verdad. No. Estoy bien, totalmente bien.

—No has sido, como, desmembrada o torturada aun, ¿cierto?

—Ya que te estoy llamando, voy a ir con un no probablemente. —Escuche el sonido del motor cada vez más fuerte—. Escucha, no tengo mucho tiempo, solo quería llamarte y decirte que estoy bien.

—¿Que es ese ruido?

—Es el motor del helicóptero.

—¿Helicóptero?

Sonreí al escuchar el tono aun incrédulo de su voz.

—Sí, helicóptero. Estoy en un helicóptero privado, a punto de ser trasladada para cenar... con mi benefactor. —Por alguna razón, no creí que debería decirle a Leah su nombre, a pesar de que ella era la única persona en todo el mundo que yo confiaba completamente—. Y después vamos a la ópera.

—¿La ópera? ¿Helicóptero privado? ¿Qué demonios está pasando, Bella?

Suspire.

—Ni siquiera sé por dónde empezar. —El motor estaba rugiendo lo que hacía difícil la conversación. —¿Estas sentada?

—¿Porque?

—Porque deberías estarlo. Estoy usando un traje Christian Dior, Leah. Zapatos combinados. Un collar de esmeraldas y unos zarcillos que podrían pagar una mansión, un bolso Valentino.

—Santa Tostadas de Jesús. Isabella.

—¿Tostadas de Jesús?

Gruño.

—No te burles de mi original toma de posesión, ¿demonios tu un vestido de Dior a la medida? Tienes una idea de cuánto...

—Leah, eso es sólo la punta del iceberg. —Felix me miro por encima de su hombro y rodeo su dedo índice, lo que significaba que estaba a punto de encender los rotores. —Escucha, tengo que irme. Pero... estoy bien. Esto es... voy a salir con él, Leah. Podría ser... bueno. Realmente bueno. Él es interesante.

—¿Que aspecto tiene? ¿Cuál es su nombre?

—No sé qué aspecto tiene aún. Y probablemente no debería decirte más. Él es... muy privado.

—¿Pero te encontraste con él?

—Sí.

—¿Sin embargo no sabes cómo luce?

Suspire.

—Leah, es... complicado. Te diré lo que pueda, cuando pueda. Por ahora, solo... no te preocupes por mí. Estoy bien.

—Bien, nena solo se cuidadosa. Los tipos ricos son raros. —Hizo el sonido de un beso. —Ve, entonces. No quiero apartarte de tu viaje fantástico en helicóptero privado a tu fantástica cena y fantástica ópera, señorita fantástica.

—Cállate, Leah. No seas idiota.

—No puedo evitarlo, lo aprendí de ti.

—Claro que lo hiciste —sonreí—. Adiós.

—Adiós.

Terminé la llamada, puse mi teléfono en vibrador y lo metí de nuevo en mi bolso.

—Lo siento, Felix. Estoy lista ahora.

—Todo está bien, señorita Swan. Fue muy prudente con su amiga. Eso es bueno. Él lo apreciara. —Encendió un interruptor, y los rotores de arriba comenzaron a zumbar. Hizo un gesto hacia un par de auriculares con micrófono colgados cerca. —Póngaselos. —Me puse cuidadosamente los auriculares, consiente de mi pelo, y el ruido de los motores y los rotores se desvaneció. Podía oír claramente a Felix cuando dijo—: El cinturón de seguridad también, por favor.

Me lo puse, y luego tuve que tomar el reposabrazos del asiento mientras el helicóptero se levantaba del suelo, arriba, arriba y arriba, y luego doblamos, inclinándonos a la izquierda, dándome una Increíble vista panorámica de Manhattan en la ventana a mi lado.

—Santa mierda. La ciudad luce tan diferente desde esta perspectiva.

—De hecho, lo hace. —Respondió Felix claramente a través del auricular.

—No sabía que eras tan buen piloto, Felix.

Dejo escapar una sonrisa.

—Hay muchas, muchas cosas que no sabe sobre mi señorita Swan.

—¿Cómo cuáles?

No respondió de inmediato, en lugar de ello movió un botón y recito algún tipo de información oficial de plan de vuelo en un canal de radio diferente. Cuando termino volvió a mi canal y hablo.

—Como que estoy acreditado para volar helicópteros, así como también aviones, todo desde aviones hélices de un solo motor hasta aviones militares de peso como los C-130. He volado decenas de miles de horas ya tanto como un civil o como en un militar.

—Pensé que lucias como si hubieras estado en el ejército. —Comente.

Asintió.

—Sí, señorita. Rangers del ejercito de los , retirado.

—¿Y cuánto tiempo llevas trabajando para el señor Tony?

Se voltio para mirar hacia mí.

—¿Él le dio su nombre? —Parecía sorprendido.

—Solo eso.

—Eso es impresionante. He trabajado directamente con el señor Anthony por cinco años, y para esta compañía por ocho, Es decir, he trabajado para él durante un máximo de ocho años, cinco de los cuales he pasado como su chofer y piloto.

—Y guardaespaldas e investigador privado.

—Sí y esas cosas. —Ladeó de nuevo, y luego continuó hablando—. Trabaje directamente con el señor Anthony por un año antes de que siquiera me diera su nombre. Y aquí está usted que pasó menos de 48 horas con él, y consiguió su nombre. Bastante impresionante.

—Todo lo que hice fue preguntar —dije.

Felix sonrió.

—Yo también le pregunte, un mes y medio. ¿Sabe que dijo? dijo, "hazme mas preguntas personales, Felix, y terminaras moviendo con una pala estiércol de elefante en un circo".

—¿De verdad usa la palabra estiércol?

Felix asintió.

—Sí, señora. No le gusta maldecir bajo la mayoría de las circunstancias. Si lo hace, sabe que de verdad le dará un ataque al corazón. —Me dio otra mirada, ésta inquisitiva, curiosa—. Cuando le mostré lo que había averiguado sobre su... novio... Dimitri... él estaba más molesto de lo que nunca lo había visto antes o ahora. Dijo, y cito, "Asegúrese de que ese pedazo de mierda vil no le ponga un dedo encima, Felix. Asegúrese de que sepa a quién pertenece. Si se resiste... sepúltelo maldita sea".

Me estremecí.

—Obviamente Dimitri escucho —dije.

La voz de Felix era fría y aterradora.

—No le di mucha opción.

—No quiero saber lo que eso significa, ¿o sí?

—No, probablemente no.

El silencio se extendió entre nosotros. Trate de no pensar en Dimitri, o lo que había visto en ese documento. Quería disfrutar esta noche, esta experiencia. Me concentre en la vista fuera de mi ventana, Manhattan debajo de mí, bañada por la luz dorada de la tarde. Felix zigzagueo el helicóptero por tercera vez, y en ese momento nos senti ir hacia abajo, mientras nos acercábamos a un helipuerto de gran altura en la azotea. Pronto el edificio estuvo fuera de mi vista, y descendimos hacia abajo. Un golpe suave, y aterrizamos de forma segura.

—Espere un momento para que las hélices se detengan —dijo Felix—. No queremos estropear su cabello. —Movió un interruptor, y el rugido del motor fue retrocediendo, los rotores frenaron hasta detenerse. Salió y abrió mi puerta, puso las manos en mi cintura y me trajo hacia abajo, e hizo un gesto hacia la puerta más cercana. —Por aquí, por favor.

Lo seguí por la puerta, la que nos llevó a una pequeña sala y un elevador individual. Pulso el botón para llamarlo y se puso a mi lado, con las manos cruzadas en la espalda, un marcado distintivo militar una postura relajada que parecía su segunda naturaleza. Las puertas del elevador se abrieron, e hizo un gesto hacia mí para que fuera primero.

Luego dio un paso dentro y apretó un botón unos pisos más abajo. Mi corazón estaba empezando a latir un poco más fuerte, sabiendo que estaba a punto de encontrarme con Tony una vez más. Las puertas del elevador se abrieron, y me detuve dentro de un pequeño, y oscuro cuarto.

Estaba iluminado por tenues luces rojas ocultas en soportes de bambú plantados directamente al suelo de ambos lados de la habitación. Frente al elevador había un conjunto de puertas dobles, negras y lacadas, gruesas y de aspecto pesado, unidas con hierro de color negro, y unas gruesas bisagras en forma de anillo.

Felix se movió a mi lado, y miro a la puerta y luego a mí. Metió su mano dentro del bolsillo de su chaqueta y sacó una larga tira de tela verde, del mismo color y material que mi vestido.

—¿Lista?

Aspiré, conteniendo la respiración por un momento, y luego la solté.

—Sí. Supongo que lo estoy.

Felix ato la venda alrededor de mi cabeza, y luego puso su mano en mi hombro. Escuche el chillido de uno de los anillos en la puerta mientras levantaba uno de ellos. Sentí un cambio en su equilibrio, sus dedos apretaban ligeramente en mi hombro mientras abría la puerta, obviamente pesada. Olía comida, asiática posiblemente. Arroz, carne caliente, vegetales. Escuché flamas saltando. Voces bajas. Felix me siguió a través de la puerta.

—La veré más tarde, señorita Swan. —dijo él.

—Espera... ¿me estas dejando aquí? No sé a dónde ir, estoy con los ojos vendados ¿recuerdas? —sentí pánico, miedo.

Felix ahora era familiar para mí. No quería estar sola de nuevo en otro lugar extraño, no estaba en la casa de Tony, o en un carro. Estaba en un restaurante. Donde habría personas mirándome, fijamente, preguntándose ¿quién es esa señorita de los ojos vendados? Estaba avergonzada, odiando la venda, odiando que gente a la que no conocía me pudiera ver mientras yo no podía hacerlo.

Sentí un vacilante, y frio toque en mi hombro, escuché una suave voz masculina con un débil acento asiático.

—Señorita Swan. Por favor. Mi nombre es Toshiro. La guiare hasta el señor Anthony. Él dio las instrucciones.

—Estará bien, señorita Swan —dijo Felix—. Que tenga una buena noche. —Escuche las pesadas puertas cerrarse.

—Por aquí, por favor. —Sentí la mano de Toshiro tomar la mía, poniendo mis dedos en su brazo—. Sígame.

Me moví con cuidado, precisando los pasos, y mi anfitrión parecía saber las limitaciones de mi vestido, mientras él se movía lo suficientemente lento para que yo no sintiera estar presionada o desequilibrada. Escuche voces de nuevo, pero todas ellas estaban a mi derecha, y todas parecían estar hablando en el mismo idioma. Chino. ¿Tal vez? No estaba segura, teniendo muy poca familiaridad con el idioma asiático.

—¿Hay otras personas aquí. Toshiro? —Pregunte.

—No, no —respondió—. Solo el señor Anthony, usted, los chefs, y yo.

—Oh. Bien. Gracias.

—Sí, sí. —Toshiro se detuvo, y escuche una puerta, el leve chirrido de bisagras engrasadas, y un cerrojo abriéndose. —Por aquí, por favor.

Unos pocos pasos más, y después otra pausa, otra puerta abriéndose.

—La señorita Swan, señor —dijo Toshiro, una mano en mi hombro me insta a ir hacia adelante.

Escuche una silla deslizarse, y luego las manos de Tony estuvieron en mis brazos, en mis muñecas, tomando mis manos entre las suyas.

—Isabella, bienvenida.

—Gracias. —Dije—. ¿En dónde estamos?

Dimos unos pasos, y saco una silla, me guío hacia ella, y luego volvió a su propio asiento.

—Este es Longjing. Es un restaurante chino el cual me pertenece. —Sus fuertes dedos se enredaron con los míos—. Luces... simplemente encantadora, Isabella. Sabía que el vestido te asentaría cuando lo mande a hacer para ti, pero no tenía idea de cómo categóricamente impresionante te verías llevándolo.

Sentí como me sonrojaba.

—Es increíble, Tony. Gracias. —Agache mi cabeza—. Por el vestido, por toda la experiencia hasta ahora.

—¿Te gustaron las joyas?

Dejé escapar un bufido de incredulidad y sonreí.

—¿Gustarme? Tony, son... increíbles. Esa no es la palabra correcta... no tengo palabras. Nunca he usado nada así.

—Ese es el punto, mi amor. Nadie las tiene. Ese juego fue diseñado para ti, para ese vestido.

—¿Yo... que?

El pulgar de Anthony acarició mis nudillos.

—Te mereces lo mejor, Isabella. Y eso es lo que estoy intentando darte.

—Solo... no sé qué decir, Anthony. Todo es tan... Tanto. Ni siquiera puedo imaginar cuanto gastaste en lo que estoy usando.

—¿Quieres saber? —Sonaba divertido—. Si quieres saberlo, entonces te lo diré. En total, todo lo que estas usando ha costado cien mil dólares.

Mi mente estaba aturdida.

—¿Por qué?

Rió.

—No es nada, Isabella. Ni siquiera vamos a ser vistos esta noche. Ya sea. No en el sentido público. Cuando lo que vestimos sería juzgado.

—¿Haces apariciones públicas como estas? —Pregunte.

—Muy, muy raramente. Y solo si es absolutamente necesario.

—Entonces todo esto —hice un gento hacia mí con ambas manos—, es solo ¿por... que? ¿Por diversión?

—¿Por diversión? —Oí la expresión de desconcierto en su voz—. ¿Quieres decir solo por qué? No de ninguna madera. Eres la mujer más hermosa que conozco, Isabella. Deberías de ser adornada para que mostraras tu belleza. Mande a hacer este vestido para ti así te sentirías hermosa, y así podría disfrutar mirándote aún más esta noche —Su voz bajo, se convirtió intima, cercana y retumbante. —¿Te sientes hermosa, Isabella?

Me di a mí misma tiempo para pensar antes de responder.

—Sí. Lo hago. Muchísimo. —No podía permitirme obsesionarme con su comentario de la mujer más hermosa que conozco. Me volvería loca si lo hiciera.

—Entonces fue dinero bien gastado. —Una pausa—. Deja de pensar en el costo de las cosas. Ese es mi problema, por el cual debo preocuparme. Gasto lo que quiero, cuando quiero. Todo lo que tú necesitas hacer es ser tu misma y tratar de confiar en mí.

—Estoy trabajando en ello.

—Lo sé. Ahora, si no me equivoco, Toshiro está aquí con el primer plato.

En ese mismo momento, la puerta se abrió, y olí la comida. En este momento, haber comido con Tony antes, simplemente me senté y esperé. Sentí a Tony levantar mi mano y colocar una copa en la misma. Lo levante hacia mis labios, olfatee, olía a vino blanco.

Escuche utensilios chasquear. Los cuentos puestos abajo, y luego la puerta cerrándose.

—Esto es Sichuan Beef—dijo Anthony—. Y un poco de picante, Abre.

Abrí mi boca, sentí palillos tocar mis labios, sentí su mano en mi barbilla. Los mordí, y él retiró los palillos. Un poco de picante, dijo él. Estaba ardiendo, y tuve que parpadear contra la quemadura.

—¡Dios, Tony! Eso no está solo un poco picante, esta maldi... ¡locamente ardiente! —apenas recordé su aversión a maldecir y me sorprendí a mí misma.

Tomé un sorbo de vino para quitar el calor en mi boca. Anthony rió.

—No está picante para mí. Pero entonces, supongo que disfruto un poco más las cosas picantes que la mayoría. Pase varios años en china y los países a su alrededor, y desarrolle el gusto por la comida picante.

—Déjame tratar con otra mordida, ahora que estoy preparada. —Separé mis labios, mordí cuando él me dio de comer un bocado de carne y arroz, con algún tipo de vegetal. Esta vez, lista para el calor, tuve la oportunidad de disfrutarlo que antes, y realmente lo disfruté. —¿Entonces, que estabas haciendo en china?

Contesto mientras masticaba.

—Estaba... en busca de contactos para negocios, se podría decir.

—Eso es vago.

—En fin, Tal vez con el tiempo te diré más sobre lo que hago, cómo hice mi fortuna. Pero no ahora. No es pertinente en este momento.

Mantuve mi mano en la copa todo el tiempo, así no lo tendría que buscarla de nuevo, o que él me la diera cada vez que lo necesitara, tome un trago, olfateando más allá de la picadura del picante. Hablamos más de lo que comíamos, y luego la conversación se detuvo, es el tipo de cosa que usualmente odio, pero era lo que exactamente necesitaba, la apariencia de normalidad para compensar la rareza de estar con los ojos vendados. Hubo varias rondas de comida, una mejor que la otra, y casi todos más picantes de lo que usualmente me gustaba. Para el momento en que la comida termino, mi lengua estaba hormigueando.

—Nada de comida picante la próxima vez, ¿huh? ―dije.

Tomando un sorbo de mi segunda copa de vino. Anthony rió.

—Claro. Por ti, cualquier cosa. Pero aquí, esa es la manera en que Toshiro cocina. Él es un maestro con La jiao.

—¿La qué?

—La jiao—repito—. Los chiles que hizo la comida picante. Es la firma de Toshiro.

—¿Quieres decir que Toshiro es el chef?

—Este es su restaurante. Le Proporcioné la capital y parte de la dirección, pero él lo dirige y cocina. Es bastante exclusivo, bastante caro. Normalmente. No serias capaz de conseguir una mesa aquí a menos que hayas hecho una reservación seis meses atrás.

—Pero para ti... —Insinué.

—Tengo mis maneras.

—Claramente.

Escuché su silla arrastrarse, sentí sus dedos seguir sobre mis hombros y de vuelta.

—¿Te importaría comer el postre? ¿O preferirías proceder al espectáculo?

—Estoy llena —dije—. Podemos ir si estás listo.

—Buena respuesta. —Tomó mi mano y me guio de vuelta por el camino en que vine.

Escuché las pesadas puertas abrirse, y luego los sonidos de la cocina y el bajo parloteo de voces desvaneciéndose. Escuché el elevador zumbar. Un corto viaje después, nos estábamos moviendo a través de lo que sonaba como un enorme vestíbulo con piso de mármol, mis tacones haciendo eco con agudos clics. Otra puerta se abrió, y la mano de Tony en mi espalda baja me instó a través y afuera.

Los sonidos de Nueva York asaltándome, bocinas pitando, zapatos, autos con prisa, sirenas. Era una noche caliente, en contraste al frío del restaurante y al lobby que habíamos dejado atrás. Escuché voces cerca.

—Mira... está vendada. Me pregunto por qué.

—¡Mira ese vestido!

—¿Has visto su collar?

—Es un Maybach, creo...

—Joder, él es guapo...

Y luego escuché una puerta de auto abrirse y Tony me ayudó a entrar, delicadamente empujando mi cabeza para hacerme inclinar. Me deslicé dentro y al otro lado, sintiendo cuero bajo mis manos. La puerta se cerró y sentí a Tony junto a mí, y luego el motor ronroneó y nos estábamos moviendo.

La tensión llenó a Tony.

—¿Estás bien? —Pregunté.

—Hubiera preferido una entrada privada, pero no fue posible, desafortunadamente. —Tomó mi mano, me encontré entrelazando mis dedos naturalmente con los suyos—. Tenemos una entrada privada al Met, por suerte.

—¿Qué vamos a ver? —Pregunté, ignorando mi propia vergüenza sobre las cosas que había escuchado, y el hecho de que en realidad no podría estar viendo algo.

—La Bohème. Una presentación muy placentera. Los bel canto que representan esta son maravillosos, y realmente, no vas a perderte de mucho estando vendada. La música es lo importante.

Había escuchado sobre eso, pero no sabía nada al respecto. El resto del viaje fue silencioso, pero la tensión de Anthony era aún palpable.

—Realmente no te gusta estar rodeado de gente, ¿o sí? —No pude evitar preguntar.

—¿Qué te hace preguntar eso? —Su voz era débil y clara.

Me encogí de hombros.

—Solo puedo sentir qué tan tenso estás. Esa escena realmente te molestó.

—¿Puedes sentir todo eso?

Asentí con otro pequeño movimiento de un hombro.

—Sí. Está saliendo de ti en olas.

Lo escuché tomar un aliento profundo, y dejarlo salir lentamente.

—Eres muy perceptiva, Isabella. Especialmente considerando que no tienes el uso de pistas visuales. —Sus dedos apretaron los míos.

No sabía qué decir a eso, así que no dije nada. Escuché bocinas de auto, y la sensación de movimiento cesó, indicando que nos habíamos detenido en un semáforo o estábamos atorados en el tráfico.

—Estás en lo cierto, por supuesto —dijo Tony, después de unos minutos de silencio—. Me desagradan las multitudes. No es que no me guste la gente, en sí mismo. Simplemente prefiero que mis interacciones sean... uno a uno, en mis términos. Hay demasiado que no se puede controlar en un público, lleno de gente. Y mi experiencia de vida me ha enseñado a... evitar... esas situaciones cuando sea posible.

El vehículo se movió de nuevo, y viajamos en un silencioso agradable. Después de veinte minutos en el auto, que estuvieron interrumpidos con conversaciones esporádicas, Felix detuvo el auto, y lo oí salir y venir para abrir nuestra puerta. Anthony se deslizó fuera, y extendí mi mano. Me haló, ayudándome a salir del auto. Un oleaje de voces sobreponiéndose me golpeó desde la izquierda, cámaras haciendo clic, preguntas siendo gritadas.

Escuché otra puerta abrirse, está justo frente a nosotros, y la mano de Anthony en mi espalda baja me empujó a través. Me moví tan rápido como pude en mis tacones de tres pulgadas y vestido ajustado, sabiendo que Anthony querría llegar dentro antes que los fotógrafos lograran vernos. Después de una docena de pasos, la puerta se cerró detrás de nosotros, cortando el barbullo de ruido de la calle.

—Por aquí por favor, señor Anthony —escuché decir a una suave, asombrada voz femenina.

Siguiendo la escolta, asumí, Tony me guio dentro de un elevador, bajando a lo que supuse era un pasillo y dentro de —asumí—un palco privado. Pude escuchar la orquesta calentando, la discordante cacofonía de instrumentos. Ahora más que nunca odié la venda. Quise ver. Mi primera vez en el Met de Nueva York, y estaba vendada. No pude ver el escenario, la arquitectura del teatro, las sillas; no pude ver a las personas llenando y tomando sus asientos, ajustando sus chales y abrigos de traje. No pude buscar rostros famosos.

Anthony me ayudó a encontrar mi asiento, y lo sentí acomodarse junto a mí.

—El espectáculo debe comenzar en breve. ¿Te gustaría un trago?

Me encogí de hombros.

—Seguro. Lo que sea que quieras está bien.

—¿Qué ocurre?

—Nunca he estado en la ópera, nunca en el Met, y yo... solo quiero verlo todo. Esta venda es frustrante.

Su pulgar se deslizó sobre mi hombro, y lo sentí inclinarse hacia mí.

—Lo sé, Isabella. Lo sé. Tengo una llamada telefónica que hacer. Puedes ver alrededor mientras no estoy. —Sus labios tocaron mi hombro, mi cuello. Temblé, sentí mi piel erizarse, mi sangre correr—. Estaré de vuelta pronto. Enviaré a alguien con un vaso de vino.

—Bien. Gracias, Anthony.

—Por supuesto. —Lo escuché salir, y estaba sola.

Estiré la mano detrás de mi cabeza y desaté la venda, parpadeando mientras mis ojos se ajustaban a la repentina entrada de luz. Oh... oh, por dios. Había visto imágenes del Met, por supuesto, así que en cierto modo sabía qué esperar, pero nada podría haberme preparado para la realidad.

Era enorme. El palco donde me sentaba estaba directamente opuesto al escenario, en lo más alto, así que el teatro entero estaba exhibido para mí. Por supuesto Anthony tendría el mejor asiento en la casa.

Las sillas se estaban llenando rápidamente, la cortina del escenario estaba abajo, y parejas se alineaban en los pasillos, guiadas por acomodadores, para encontrar sus asientos. Un par de lentes para ópera estaban puestos en el asiento junto a mí, recientemente dejada por Anthony. Los usé para tener una mejor vista de las personas en la audiencia, buscando por rostros familiares.

La puerta del palco se abrió y un camarero entró, llevando una bandeja con una sola copa de vino blanco.

—¿Algo más que pueda hacer por usted, señorita? —Preguntó.

—No, estoy bien. Gracias. —Esperé que saliera, pero no lo hizo. Se encogió de hombros y me dio una sonrisa de disculpa—. Me han dado instrucciones de esperar aquí con usted hasta que el señor Anthony regrese.

Fruncí el ceño.

—Bueno, lo que sea que te haga feliz. —Volví a buscar entre la multitud y le di un sorbo a mi vino, haciendo lo más que podía en mi tiempo sin la venda.

Unos minutos después, las luces comenzaron a atenuarse, y la orquesta tocó una sola nota. Un golpe en la puerta detrás del camarero me hizo saltar en el asiento, pero el parecía estar esperándolo.

—Se supone que... errr, le ate una venda en los ojos... ahora. Señora. Lo siento, pero esas son ms instrucciones. —El camarero era muy joven, apenas estando en la adolescencia, con marcas de acné y torpe.

Dio un paso hacia mí, y le alcancé la venda.

—Ah, eso explica por qué tuviste que esperar aquí. —Cerré ms ojos mientras ubicaba la tela alrededor de mi cabeza y la ataba. Estaba de manera demasiado apretada, pero pude sentir sus manos temblando, sentir los nervios hinchándolo, así que me compadecí de él—. Así está bien, gracias.

—Lo siento, señora.

Sacudí mi cabeza.

—No es tu culpa.

—¿Puedo... puedo preguntar por qué... ¿Por qué la venda?

No estaba segura de qué decir.

—Yo, um. Es una larga historia, de hecho. Es... un juego que mi novio y yo estamos haciendo.

La puerta se abrió, y escuché las pisadas de Anthony detrás de mí.

—Y no es de tu incumbencia, Tyler. Más vino para la señorita, y su mejor whisky escocés de malta para mí, por favor. Gracias.

—Enseguida, señor. —Tyler sonaba aliviado de tener algo que hacer que podría alejarlo de mí, de la venda, y de Anthony.

Escuché una risa ahogada a mi lado.

—El pobre chico estaba a punto de mojar los pantalones, creo.

—Parecía un poco nervioso. En especial cuando tuvo que atarme la venda. —Toqué el nudo—. Hablando de eso, creo que se me está deteniendo la circulación, la ató demasiado fuerte. ¿Puedes aflojarla para mí?

Fuertes dedos trabajaron en el nudo, aflojando la venda, y luego reatándola.

—No podía apartar los ojos de ti —dijo Anthony mientras consentía mi cabello, llevando sus dedos hasta las puntas—. No lo culpo, pero estaba... comiéndote con los ojos bastante abiertamente.

—¿Comiéndome con los ojos? No creo que lo estuviera.

—Te estaba comiendo con los ojos. Sosteniendo la mirada a tu delantera, en realidad. —Trazó la línea de mi clavícula, y luego abajo, abajo, más y más cerca a la abertura de mi escote—. No es su culpa, sin embargo. No enteramente. Eres... imposible de mirar en otra dirección. Aun así, no eres suya para mirar.

—¿No?

—No.

—¿Entonces de quién soy? —Sabía la respuesta, pero quería escuchar su reacción.

—Mía, Isabella. Eres mía. Me perteneces. A mí solamente. No te compartiré, ni siquiera con niños inofensivos como nuestro amigo el camarero Tyler. —En ese momento Tyler regresó, y Anthony reemplazó mi copa vacía con una llena—. Gracias, Tyler. Ahora, eso será todo hasta el intermedio. Aquí tienes.

—Gr-gracias, señor. Eso es... muy generoso de su parte, señor. —La voz de Tyler era sorprendida, estupefacta, e imaginé que Anthony le había dado una cuantiosa propina. Un billete de cien dólares, tal vez.

La puerta se cerró y la orquesta comenzó a tocar.

Dentro de los primeros cinco minutos, estaba enganchada. No pude entender nada, pero no importaba. No pude ver nada, pero no me importó. La música, el canto, era eufórico, hipnótico, no necesitaba más para ser mágico. Por un rato, Anthony y yo nos sentamos lado a lado, simplemente escuchando, y luego sentí su mano en mi rodilla. Me tensé, pero le permití dejarla. Y luego... su mano se deslizó hacia arriba. Solo una pulgada, pero lo suficiente para hacer el ritmo de mi corazón acelerarse. Otra pulgada, y ahora sabía que estaba jugando. ¿Qué tan lejos podría dejarlo ir?

Cada terminación nerviosa en mi cuerpo estaba en llamas, y sus dedos estaban solo en mi muslo. Tragué e intenté desconectarme de la sensación de su palma en mis cuádriceps. Intenté escuchar el canto, la orquesta, pero fue en vano.

Sentí su aliento en mi cuello. Me forcé a mantener mi cabeza erguida, aunque cada instinto me estaba diciendo que inclinara mi cabeza a un lado, para ofrecerle mi garganta. Su boca era caliente y húmeda en mi cuello, besando justo debajo de mi oreja. Podía apenas escuchar el tronar de mis latidos en mis orejas.

Su mano estaba deslizándose más alto ahora, y se estaba volviendo íntimo, llegando a ser peligroso. Estaba temblando ahora. Incapaz de moverme, firmemente congelada. La música se disipaba al fondo. Una palma caliente acunó mi mejilla, girando mi cabeza a un lado.

—Un beso, Isabella.

Dejé salir un suspiro que no noté que estaba reteniendo, y me incliné. Lo sabía bien para negarle un beso; lo sabía mejor para negarme un beso. Sabía a escocés, ahumado y ardiente, y su aliento era ligeramente frío por el hielo, sus labios suaves y húmedos en los míos, moviéndose con fuerza y confianza.

Su mano estaba en mi cadera ahora. Su lengua corriendo a lo largo de la unión de mis labios, una vez, dos veces. Saboreando, invitando. La tercera vez, ahora demandando. Abrí mis labios y sentí su lengua rozar mis dientes, y luego mi propia lengua se movió rápidamente para tocar la suya, y ahí fue cuando supe que estaba perdida.

Los besos que habíamos compartido antes fueron delicados, exploratorios. Habían sido presentaciones. Lento, y suave, y fácil. Este no lo era. Era caliente, hambriento. Demandaba mi atención, demandaba que me rindiera, devolviera. Lo besé de vuelta, y lo hice porque quería. Quería su beso. Pero... su mano. Estaba descansando en mi cadera, dedos presionando en mi piel a través de la tela de mi vestido. Amontonando, agarrando. Nuestro beso continuó sin romperse, y tuve que girarme hacia él, para girar mi cuerpo para encararlo.

Estiré el brazo y me aferré a él, enredando mis dedos en el material de su abrigo y camisa halándolo más cerca. Gimió, una vibración en su pecho, una aprobación. La base de su mano se deslizó lento, sobre mi cadera, sobre mi vientre. Apreté mis muslos juntos, rompiendo el beso.

Quise preguntarle qué estaba haciendo, pero estaba asustada de la respuesta. Sus dedos treparon sobre mis muslos, las puntas de sus dedos rozando el material de mi vestido, un toque ligero como una pluma. Estaba temblando, mi frente contra la suya, respirando de forma irregular, mis manos empuñadas en su camisa de vestir.

—¿Tony? —Fue la pregunta que pude gestionar.

—Isabella. No hagas ruido. ¿Bien? Quédate en silencio para mí.

—¿Quedar... quedarme en silencio?

—Sí. Voy a hacerte venir.

—¿Tú... tú lo harás?

No respondió. Al menos, no con palabras. Su boca encontró la mía, y fui llevada lejos de nuevo, transportada por el habilidoso poder de su beso. Su mano descansó en el espacio entre mis muslos, sobre mi vestido, a una pulgada de mi centro. Sentí sus dedos enroscarse contra mis muslos, deslizándose hacia arriba. Mis piernas estaban presionadas juntas, y mi vestido era apretado. Pero, aun así, cuando las puntas de sus dedos rozaron sobre mi centro, a través del vestido lo sentí, y me estremecí. Otro roce sobre la cima de mis muslos, y sentí mis piernas apartarse, solo ligeramente.

Sus labios en los míos eran demandantes, imparables, robando mi aliento, su lengua golpeando sobre mis dientes y enredándose con mi lengua, saboreando mis labios. Sus dedos hicieron presión, y jadeé en su boca.

—Oh, Isabella. Tan hermosa. Y ni siquiera te he tocado realmente. —Su voz era un suave murmullo, su aliento caliente sobre mis labios—. ¿Quieres que te toque?

No pude responder. No sabía cómo. Lo sabía, aún estaba asustada de dejarlo. Sabía que, si lo hacía, si lo dejaba tocarme, dejarle hacerme correr, estaría aún más perdida en él, en su juego. Pero ya lo estaba, ¿o no? Me había dado a él. Lo había dejado vendarme. Dejarlo besarme. Me había visto sin sostén, en una camiseta y ropa interior. Ya estaba doliente por su toque.

—Te hice una pregunta, Isabella. —Sus dedos se deslizaron por mi muslo, hacia mi rodilla.

Lo sentí inclinarse, agarrar mi tobillo y levantar mi pie. Sujetó el dobladillo de mi vestido. Empujó, delicada e implacablemente deslizando la tela arriba, arriba, desnudando mis pantorrillas, mis rodillas, y ahora mis muslos.

—¿Tú... quieres... que te toque? Es una pregunta simple. Sí, o no servirá. ¿Quieres un orgasmo? ¿Justo aquí, justo ahora? ¿En este teatro? ¿Rodeada por cientos de personas? Estás probablemente ya húmeda por mí, ¿o no? Unas pocas caricias con mi dedo, y te vendrás, lo apuesto. Solo tengo que deslizar mi dedo dentro de ti, y estarías gimoteando. Apuesto a que tu clítoris podría ser tan sensitivo, tan delicado. Debes estar apretada, también. Tan apretada. Cuando te corras, te tensarás alrededor de mis dedos, y tendrías que morderte la lengua para evitar gritar. Quieres eso, ¿o no, Isabella?

Dejé salir un suspiro irregular, dejé mi cabeza golpear contra el asiento.

—S-sí. Sí. Quiero. Quiero eso.

Mi vestido estaba amontonado bajo mis muslos ahora, y su mano estaba encorvada sobre mi muslo, acariciando el músculo y deslizándose arriba, arriba.

—Dilo. Dime qué quieres que haga. Necesito escucharte decirlo, Isabella. Dime qué quieres que te haga.

—Unh... —No podía formar palabras en mi cabeza, o en mis labios. Todo lo que hice fue jadear y suspirar mientras sus dedos se dejaban llevar entre mis muslos, aún apretados juntos, y rozó el trozo de seda sobre mis pliegues. —Yo-Tony... Quiero que-que me toques.

—Te estoy tocando. Tendrás que ser más específica. —Sus labios mordisquearon el lóbulo de mi oreja, sobre el lóbulo de mi oído, besó detrás de este, bajo y alrededor de este, beso, beso, beso, hacia mi garganta. Contoneé mi trasero en el asiento, queriendo abrir mis muslos, pero aún asustada de entregarme por completo.

—Oh, dios... quiero... no puedo decirlo...

—Entonces no lo tendrás. —Su toque se alejó, volviendo a la cima de mi muslo.

Trazó la longitud de mi pierna desde la rodilla hasta la cadera con un dedo, y de vuelta. Se movió delicadamente, trazó el mismo camino desde la rodilla hasta la cima a lo largo del interior de mi muslo. Gemí en frustración, atrapada entre el deseo y miedo.

—Dios, Anthony.

—En tu vida, en este momento, esas dos palabras podrían ser consideradas sinónimos. —Mordió mi garganta, besó debajo de mi mentón, y luego su lengua se movió rápidamente y saboreó la esquina de mi boca—. Sabes lo que quieres. No estés asustada, Isabella. No voy a herirte. Voy a hacerte sentir bien. Voy a hacerte sentir mejor de lo que te has sentido en tu vida. Todo lo que tienes que hacer es decirme qué quieres que haga. Susúrralo, tan bajo como te plazca. Te escucharé.

Sentí su dedo deslizarse y descansar en la costura de mi tanga, justo en el borde de mi centro. Su toque bajó, más bajo, y luego trazó de vuelta arriba. Temblé de la cabeza a los pies, sacudiéndome, aún sin respirar realmente.

—Tócame. Tócame allí.

—¿Dónde?

Dudé.

—Mi coño. —Las palabras fueron escasamente audibles, pero sabía que las había escuchado—. Pon tus dedos dentro de mí. Hazme venir. Por favor, Anthony.

—Ah, ahora, no fue tan difícil, ¿o sí?

—Sí, creo que lo fue —dije.

Rió, una suave risa ahogada.

—¿Nunca has hablado sucio, Isabella?

—No. No en realidad.

—Bueno, aprenderás. —Trazó la línea de mi abertura con su dedo. —¿Estás lista?

—Estoy lista.

—No creo que lo estés. No realmente. No para lo que voy a hacerte. —Besó su camino hasta mi esternón, y luego sus labios descansaron en la cuesta de un pecho—. Recuerda, ni un sonido.

Asentí, y luego su dedo se deslizó por debajo del elástico al interior de mi muslo. No podía tragar, no podía respirar, no me podía mover. Cada sentido estaba en armonía con su dedo mientras se acercaba a mi abertura. Dejé a mis muslos separarse un poco, los sentí temblar. Tragué mi aliento, lo sostuve, esperé. Sentí su toque en mis pliegues, acariciando sobre mi muy corto vello púbico.

—Tan suave, Isabella. No puedo esperar para sentirte. —Sus palabras fueron más sentidas que escuchadas, el tono solo lo suficientemente fuerte para ser audible.

Su dedo se extendió bajo mi abertura y luego la delineó hacia arriba, se deslizó una vez más abajo y de vuelta arriba. Tres veces hizo esto, cada vez la punta de su dedo yendo ligeramente más profundo. Estaba contoneándome en mi asiento para el momento en que tuvo su dedo dentro de mí hasta el primer nudillo. No fue demasiado, pero lo suficiente para tenerme temblando por completo, anticipando, necesitando. Tuve que respirar ahora, y mis pulmones estaban expandiéndose y contrayéndose frenéticamente, mi pecho agitado.

Me mantuvo entonces, con un dedo apenas dentro de mí. Fruncí el ceño, gemí, solo escasamente capaz de impedirme retorcer mis caderas para obtener más de su toque.

—Ni un sonido, Isabella. Ninguno como un gemido.

—Está bien, lo siento.

Estaba adolorida, caliente y palpitante, húmeda. Necesitada de su toque, necesitada de él para cumplir su promesa. Necesitaba esto. Él estaba allí, justo allí, pero sin moverse, sin tocar. Y luego, solo cuando estaba a punto de pedirle que me tocara de nuevo, lo hizo. Su dedo se deslizó dentro, un poco más profundo. Lo rozó hacia arriba entre mis labios, y tuve que morder mi labio para mantenerme en silencio mientras la áspera yema de su gran dedo índice acariciaba contra mi clítoris.

Jadeé, pero fue una silenciosa aspiración de aire. Me tensé, mis manos aún empuñadas en su camisa. Dejé mis manos caer, soltando su ropa. Una de mis manos descansó en el reposabrazos de mi silla, la otra en su antebrazo, agarrando el músculo lleno de nervios y piel firme.

Sentí sus músculos moverse mientras su dedo rodeando mi clítoris. Mis caderas se levantaron, cayeron, se levantaron y cayeron, moviéndose con el ritmo lento de su dedo. Y luego, de repente, su dedo se hundió en m canal, dentro de mi humedad y el calor.

—Dios, Isabella —murmuró—. Estás húmeda. Tan húmeda. Amo cuán húmeda estás. Estás apretada, también.

Sus palabras me tuvieron sonrojándome aun mientras su dedo se retiraba para moverse rápidamente contra mi clítoris una vez más, haciéndome encoger y retorcer, morder mi labio. Rodeó mi hinchada protuberancia con su grueso dedo, y quise gemir, quejarme, maldecir, decir su nombre. Lo que fuera. Pero no podía.

En algún lugar, más allá de la burbuja de este palco, alguien estaba cantando. Su voz era poderosa, levantándose y cayendo, exuberante y rica, la canción creciendo más fuerte y más rápido, otras voces uniéndose a la suya. La canción estaba alcanzando un punto culminante, voces sobreponiéndose y compitiendo.

Su dedo se deslizó dentro de mí de nuevo, yendo más profundo, retorciéndose, untándose de forma abundante con mis propios jugos sobre mi clítoris, hundiéndose, moviéndose sobre mí, rodeando una, dos, tres veces, hundiéndose, sin dejarme encontrar un ritmo, sin dejarme llegar demasiado cerca al borde del clímax.

Agregó un segundo dedo, y deseé poder decirle cuanto me gustaba eso, pero no me atreví, porque si hacía un sonido, se detendría, y luego yo moriría.

Estaba retorciéndome ahora, levantando mis caderas del lujoso asiento, buscando la liberación, mordiendo mi labio tan fuerte que creí saborear sangre. Mi aliento estaba saliendo en cortos, agudos jadeos, chirriantes al pasar mis dientes, roncos desde mi garganta. Mantenerme en silencio estaba rozando lo imposible, y el hecho de que había gente a solo unos pocos pies en los palcos adyacentes hizo todo más aterrador y arriesgado y excitante, haciendo mi necesidad de permanecer en silencio un tanto más imperativa. Aún no podía. Solo no podía. Escuché un leve, casi inaudible gemido escurrirse de mi garganta, y el dedo de Anthony se detuvo de inmediato. Sentí el creciente oleaje del inminente orgasmo retroceder, haciéndome sentir pánico, frenética. Me retorcí, agarrando su mano en la mía e intenté hacerlo moverse.

—No pude... no pude evitarlo... no pude evitarlo...

—Lo sé, chica bonita. Lo sé —La voz de Anthony estaba en mi oído, áspera y baja—. Estás tan cerca, ¿no? Quieres venirte. Necesitas venirte. Pero no puedes. No a menos que yo te deje.

Quería que rogara. Lo sabía. No lo haría. No. No llegaría tan lejos. Quería venirme, pero no estaba preparada para rogarle por eso. Tiré mi cabeza de un lado al otro, contraje mis muslos juntos alrededor de su mano, sujetando su mano en el lugar.

—Oh, Isabella. No rogarás, ¿o sí? Demasiado orgullosa para eso. —Su dedo, aún dentro de mí, se dobló, retorció, y me sacudí, mi cuerpo teniendo un espasmo mientras acariciaba mi clítoris—. Estás casi allí, Isabella. Un poco más de esto—acarició mi protuberancia de nuevo, y sentí el calor y la presión acumularse en mi vientre—, y te correrás en mi mano. Todo lo que tienes que hacer, es decir "por favor, Anthony". Tres pequeñas palabras. Ni siquiera es realmente rogar. Solo es... pedírmelo amablemente.

Esto reconocería su control, su poder sobre mí, y ambos lo sabíamos. Pero entonces, ese era el punto de este juego, ¿o no? Tenía su venda puesta. Estaba jugando su juego. ¿Así que por qué no también esto? Lo quería, y estaba justo allí, tan cerca. Estaba a punto de morder limpiamente mi labio en ese punto, mis caderas agitándose en una desesperación que no podía controlar. Tres palabras. Dejarle tener su control.

—Por favor... Anthony. —¿Quién necesita dignidad cuando puedes tener orgasmos en público?

En ese momento, mientras las palabras caían de mis labios, la canción viniendo del escenario alcanzó su cumbre, llegando al nivel más alto aún mientras los dedos de Anthony se movían en mi hinchado clítoris y enviaban mísiles de éxtasis disparando a través de mí. Apreté mis dientes juntos y dejé a mis caderas rodar violentamente con el ritmo de las dos puntas de sus dedos rodeándome. Solo mientras la presión en mi centro alcanzaba tamaño crítico, los dedos de Anthony se sumergieron dentro de mi canal, se retiraron, se sumergieron, y luego continuaron rodeándome.

Solo lo suficiente de una alteración en el ritmo para ponerme de vuelta del borde. Me estaba enloqueciendo, haciéndome salvaje. Gruñidos hervían en mi garganta, apenas reteniéndolos, sonidos primitivos de frustración por sus juegos. Podía hacerme correr cuando quisiera, y lo sabía. Estaba jugando conmigo. Una vez más, deslizó sus dedos más profundos dentro de mí solo mientras yo estaba a punto de explotar. Enterré las uñas en su antebrazo con toda mi fuerza, una súplica y un aviso.

Empuñé mi otra mano en su camisa, lo tiré hacia mí, sentí su boca chocar contrala mía.

—Jugué tu juego, maldita sea —gruñí—. Ahora solo jodidamente dámelo.

Su risa fue un largo, bajo sonido, y luego, justo cuando estaba a punto de hacer algo loco, como morderlo, cubrió mi boca con la suya, encajando su lengua entre mis labios y me llevó sobre el borde.

—Vente, Isabella. —Era una orden—. Vente ahora. Justo ahora, bebé. Justo ahora.

Nunca antes había obedecido voluntariamente. Devoró mi inevitable gemido de libertad con su hambrienta boca, besándome y moviendo su lengua contra la mía y moviendo mi punzante clítoris y pellizcándolo y rodeándolo, empujando mi clímax más y más alto hasta que estuve sin aliento y mis latidos se detuvieron y mi cuerpo estaba arqueado, solo mis tacones tocando el suelo, mis hombros contra el asiento. Fue demasiado, demasiado, muy fuerte, muy explosivo, llevándome lejos, y aún no cedió, continuó devastando mi boca con la suya, rodeando m clítoris y deslizando su dedo dentro de mí y llevándome a alturas que no sabía que fueran posibles.

Con el tiempo, mi cuerpo no pudo resistirlo más, y caí de vuelta a la silla, jadeando, sin fuerzas. Alejé un rizo de cabello de mi boca, y luego dejé mi mano caer a un lado. Solo que, en lugar del asiento, mis dedos se encontraron con Anthony. Más específicamente, encontraron su muslo, y luego su cremallera. Y la enorme erección dura como hierro presionando tras esta.

Incluso antes de poder hacer algo más que notar lo que accidentalmente había tocado, él estaba inmovilizando mi muñeca y poniendo mi mano lejos.

—Aún no, Isabella.

—¿No te duele?

—Sí.

—¿Vas a... encargarte de eso? ¿O... dejarme hacerlo? —Pregunté.

Esperé esto, sabía qué vendría, sabía que era parte del juego.

—No. Nada de eso.

—¿Solo vas a seguir estando duro así?

Una pausa.

—Sí. Se irá eventualmente.

—¿Pero eso no... causará problemas?

—Ese es mi problema, no tuyo. —Su voz no admitía debate.

Muy mal que no planeaba escuchar.

—No lo entiendo, Anthony. Creí que así es como esto iba a funcionar.

—No creas que sabes cómo va a ir esto, Isabella. No lo sabes. Esto no es sobre correrse. Para mí o para ti. —Su tono era bajo, escasamente audible sobre el sonido de voces charlando durante el intermedio—. Cuando me toques, estarás mirándome a los ojos. ¿No recuerdas lo que te prometí la primera vez que discutimos sobre nuestro acuerdo?

Asentí.

—¿Qué fue? Dímelo, Isabella.

—Me dijiste que no podríamos tener sexo a menos que lo pidiera. A menos que rogara por él.

—Correcto. ¿Y estás comenzando a creerme?

—Sí, eso creo.

—Bien. Ahora, arregla tu vestido antes de que Tyler llegue con nuestros tentempiés. —Estiré el borde de mi vestido bajo mis caderas, luego me levanté y la dejé caer al suelo, ajustándolo hasta que sentí que estaba derecha. Sentí los dedos de Anthony halar la tela, ajustándola ligeramente, y luego su mano se movió hasta descansar en mi cadera, posesiva y familiar. Me senté de nuevo, y sentí su hombro empujar el mío—. Pensé que deberías saber, Isabella... Nunca había visto algo tan hermoso como tu rostro cuando te corres para mí.

—No creo que me haya venido tan fuerte en toda mi vida —admití, sonrojándome ligeramente.

Sus labios tocaron mi oreja.

—Oh... querida Isabella. Ese fue solo el comienzo, cariño. Las cosas que voy a hacer contigo cuando estemos solos... ni siquiera lo imaginas. —La promesa en su voz me tuvo temblando, sujetando mis piernas juntas ante la avalancha de calor que me inundó por completo una vez más.

Pude enfocarme escasamente en el resto de la ópera, preguntándome si me tocaría de nuevo, si me besaría de nuevo preguntándome qué más posiblemente me haría. Aunque no lo hizo. Simplemente sostuvo mi mano, su pulgar acariciando ocasionalmente mis nudillos. Durante la ópera y el viaje de vuelta a casa, medio esperaba sentir su toque encontrando mi centro de nuevo, pero nunca sucedió, y estaba fuera de balance, queriendo más, queriendo que me tocara, rasgar la venda y verlo, para ver si su erección había bajado, preguntándome qué haría después.

Sostuvo mi mano en el viaje del elevador a su pent-house, todo el camino hasta la puerta de mis cuartos, y luego tomo mis dos manos en las suyas, presionando mi espalda en la puerta. Levanté mi cabeza, lista para cualquier cosa.

—Buenas noches, Isabella. —Sus labios rozaron los míos, ligeros y secos.

¿Eso era todo? Hacerme venir en medio de la ópera, ¿luego nada? ¿Solo... buenas noches?

—Buenas noches, Tony. —Estaba frustrada, confundida.

Su mano dejó la mía, abrió mi puerta, y di un paso atrás, dándome la vuelta, lejos de él. Él desató mi venda, aunque en lugar de tomarla como la última vez, la puso en mis manos. Vi sus manos. No eran tan grandes como había esperado. Ubiqué mi palma contra la suya, comparando. Las puntas de mis dedos escasamente alcanzaban la mitad de los suyos, así que podía doblar sus dedos sobre los míos. Sus manos eran ásperas, callosas, gruesas y fuertes. Sus uñas estaban cortadas, limadas con pulcritud, incluso arqueadas. No con manicura o abrillantadas, solo cuidadas.

Estaba quieto, congelado detrás de mí mientras yo sostenía su enorme, bronceada mano. Giré su palma hacia abajo. La piel en la parte trasera de su mano era curtida, con arrugas.

—Tus manos son ásperas.

—Sí.

—Tenía la impresión de que habías crecido... como rico.

—Lo hice.

—Pero tus manos...

No respondió de inmediato, pero tampoco alejó su mano de la mía. No pude evitar deslizar mis dedos entre los suyos.

—Crecí como alguien muy, muy rico. Mi padre es, aún ahora, uno de los hombres de negocios más ricos y exitosos en el mundo. Puede que no hayas escuchado de él, porque mantiene un bajo perfil, se mantiene lejos de las noticias y eso. Pero sí, tienes razón, crecí como rico. Mimado. Nunca hice algo por mí mismo cuando era un niño. Mi comida era cocinada para mí, traída a mí. Mi cama era hecha para mí. Era llevado a donde fuera por un chofer. Tenía guardaespaldas y asistentes personales, tutores privados. Crecí teniendo todo los quise, cuando lo quise. —Su voz estaba tan cerca, el tono siendo escasamente un murmullo, cada palabra vacilante, como si no pudiera creer que estaba diciendo todo esto. No me atrevía a respirar con el miedo de que pudiera callarse la boca—. Esa fue mi vida hasta que llegué a los dieciocho. Pasé un montón de mi tiempo con mi padre. Era mi héroe. Lo idealicé. Quería ser como él. Veía todo lo que hacía, iba al trabajo con él y hacía preguntas y tomaba notas, aprendí todo lo que pude sobre negocios. Había sido preparado para ser su heredero y sucesor. O eso creí. Luego, en mi cumpleaños dieciocho, mi padre me llevó hasta las puertas de nuestro estado en la Inglaterra rural, donde un nuevo BMW M5 estaba esperando. Mi padre me alcanzó un maletín, me dijo que lo abriera. Dentro del maletín estaba mi pasaporte y cien mil libras británicas. También en ese maletín estaba una Beretta M9, tres clips, y una caja de municiones. Mi padre me alcanzó las llaves del auto. Recordaré sus palabras por el resto de mi vida. Dijo, "Estás por tu cuenta ahora, hijo. Esa es tu herencia, y es todo lo que tendrás de mí. Ve. Gana tu propia fortuna. Puedes venir de visita cuando quieras. Pero si te quedas más de un mes, te cargaré renta, y cualquier dinero que te preste voy a esperar que sea pagado con intereses. Gané lo que tengo con mis propias manos, y así lo harás tú. Adiós, y te amo". Y luego se dio la vuelta y se alejó, cerrando la puerta detrás de él.

—Eso es... algo frío. Quiero decir, él solo... te echó, ¿solo así? ¿Se distanció de ti?

—Solo así. Tenía la ropa sobre mi espalda, el auto, y el contenido de la maleta. Eso es todo. Tenía amigos, por supuesto, lugares a los que podría ir, suficiente dinero para comprar mi propio apartamento o quedarme en un hotel. Pero también, conocía lo suficiente para saber que cien grandes podrían desvanecerse bastante rápidamente si no era cuidadoso. —Tony alejó su mano, finalmente—. La historia de cómo terminé donde estoy ahora es larga, y a veces desagradable y oscura, y no te la contaré ahora.

—Vaya, Tony. Eso es... loco.

No respondió.

—Sí, supongo que lo fue, en ese momento. —Suspiró—. Sabes, lo que acabo de decirte es más de lo que le he contado a cualquiera.

—Lo sospeché. Gracias por contármelo.

—Buenas noches, Isabella. —Lo sentí alejarse, y luego se había ido, la puerta haciendo clic al cerrarse detrás de mí.

Y, por segunda noche, me tomó un largo tiempo dormirme.

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Uhhhhh! Holi! Ya supimos un poco acerca de la vida de Tony y de cómo son sus manos jajajaja ¿qué opinan de este cap? A mi me está encantando!

Hoy estrené un OneShot original c: Las invito a que se den una vuelta, se llama Escombros. Y también, si no forman parte de mi grupo de Fabebook ultra exclusivo y ultra secreto (nosierto), se llama Twilight Over The Moon, les dejo los PDFs originales y noticias exclusivas de mis proyectos n.n

No olviden dejar un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!