Uraraka Ochako cumplió veintisiete años hace tres semanas. Y, mientras reflexionaba acerca de esa cifra —qué sentido podría consagrarle su panorama vital, a dónde estaba dirigiendo su vida, si podía siquiera considerar ese último año como una línea y no como un revoltijo de sucesos frenéticos—, observaba. Y no observaba cualquier cosa, sino nada menos que la dialéctica sostenida por su familia.
—¿No estamos en mi casa, suegra? Pues aquí hacemos el arroz con tomate y cebolla. Cuando estemos en su casa, prepara usted el arroz como le salga del coño, ¿entendido?
Desde el sofá, la joven podía ver perfectamente el escándalo explotando, como un fuego artificial, en el rostro de su querida madre. La mujer no había dejado de perseguir por la cocina a Bakugou, sugiriendo —instigándolo— a usar este o aquel ingrediente. Parecía una mosca zumbando detrás de la oreja de su novio.
—Santo Dios. No tienes vergüenza—le contestó la madre de Uraraka. —¡Deku jamás me hubiera hablado así!
Y ahí van otra vez.
Uraraka vertió, de nuevo, una generosa cantidad de vino en su copa. Ni por un momento abandonó la expresión de absoluta y resignada indiferencia. A su parecer, se habían superado; casi una hora sin sacar a relucir lo diferente que era el carácter de su pareja actual a la de su exprometido. Asombroso, admirable, magnífico suceso.
Bakugou dejó el cuchillo encima del mortero con cierta pasivo-agresividad. Olvidada aquella zanahoria a medio partir, se dirigió a su suegra para espetar:
—Cásese usted con el maldito Deku, si tanto le gusta.
De reojo, la castaña comprobó que su padre, hasta ahora también espectador, tomó partido en la contienda. Se posicionó entre la mujer y el muchacho, cuyo gesto impaciente y furioso apenas se contuvo delante del enorme cuerpo de su suegro. Todos sabían que este no llegaba con aires conciliadores. Desde luego, no haría de Suecia.
—¿Tú quién te crees que eres para hablarle así a mi esposa?
Uraraka comprendía que su padre y su novio empezaron con mal pie. Ciertamente, cuando por fin fue a presentarlo a casa de sus progenitores —tras varios meses de indecisa relación y una determinante sentencia de intenciones matrimoniales—, la mala suerte opacó su destino. Como una nube negra un día de playa; o, como diría su querido, poético prometido, «Una cagada de pájaro en mitad de una patrulla».
Regresando a la historia: Apenas habían llegado a las carreteras de su pueblo, conduciendo en el coche nuevo de Bakugou, cuando otro coche rozó el automóvil negro e impoluto del rubio. Un rasguño, como vieron más tarde. Y su novio— quien tenía muchas virtudes, pero la conciliación no era una de ellas— alcanzó al automóvil en cuestión. Gesticuló para que el otro bajara la ventanilla y, en cuanto pudo escucharle, Bakugou le dijo: «¡Mira por dónde vas! ¡Un tuerto conduce mejor que tú, gilipollas!»
Bueno, pues ese gilipollas era el padre de Uraraka.
—Si tiene algún problema, suegro, ahí tiene usted la puerta.
—Ochako—apeló su madre, incapaz de apartar su mirada de la desafiante de Bakugou. —Nos vamos.
La aludida no se levantó de su cómodo asiento. De hecho, sólo dio otro largo trago. Sus padres rodearon la isleta de la cocina para coger sus abrigos y sus cosas, rojos de rabia y respirando con precipitación.
—Eso—se mofó Bakugou. Tenía el delantal de Hello Kitty puesto, lo cual le quitaba gran parte de la imagen agresiva que desprendía por naturaleza. —Denle las buenas noches a su hijita y vayan a chuparle la polla a Deku.
Uraraka cerró los ojos, tomando aire lentamente. Expulsándolo. Sintió palpitaciones grises debajo de la piel. No le hacía falta mirar para saber que la decepción y la impotencia estaban inscritas en la cara de sus padres. Oyó el portazo que dieron al salir, al cual reaccionó con un respingo.
—No me mires así.
Cuando Bakugou dijo aquello, había una indescifrable derrota en su tono.
—Lo he intentado—siguió, aunque ni siquiera él parecía muy convencido.
Ella se levantó. Se había puesto ese vestido que confeccionó junto a su madre el verano pasado, negro y con lilas salpicando el diseño. No era muy elegante, ni tampoco hermoso. Pero lo había hecho con su madre, y aquello era suficiente.
—¿Quieres que termine de preparar el arroz?—sugirió él. Su voz, ahora aterciopelada, era irreconocible en comparación a la que le había dedicado a su suegra.
Uraraka Ochako dejó la copa sobre el poyete de la cocina y, silenciosa como un ratoncito, se metió al dormitorio. Escuchó a su prometido maldecir y dar algún que otro golpe a algo. Mientras tanto, decidió dejarse mecer por un agrio, pesado sueño.
Mañana sería otro día.
