—¡Uy! Sí que estás duro sí…
—Señora…
—¿Señora, yo? ¡Este ojo me llora! Hazme un favor y llámame Baa-san. Es como si fueras ya de la familia.
—Baa-san, yo…
Bakugo se estaba mordiendo la lengua. Las mejillas le ardían de esa forma tan particular, semejante a una olla exprés a punto. No ayudaba que su prometida estuviera presenciando la escena desde una esquina del salón, tapándose la boca para que las carcajadas no se le escaparan.
—Es que está hermoso, está hermoso, ¿eh, Ochako? ¡Cómo se nota que eres nieta de tu yaya! ¿Te crees que yo a tu abuelo, en paz descanse, lo elegí por su sentido del humor?—dicho eso, volvió a dirigirse al muchacho: —A ver, hijo, aprieta, aprieta. Que yo lo note.
Él estaba en una incómoda postura, ni de pie, ni agachado, sintiendo las arrugadas manos de esa anciana apretarle los bíceps con un ansia digna de un tigre. Se sentía ridículo. Si existía Dios, le rogaba que no dejara que nadie lo viera así. Preferiría clavarse una catana en la yugular a que entraran sus suegros por esa puerta justo en ese momento.
Por su parte, Uraraka juraría que se le estaban saltando las lágrimas. Aquello tenía que ser una cámara oculta. Su yaya —cuyos ochenta y tres años la habían convertido no solo en una pasa andante, sino también en una auténtica sinvergüenza— estaba palpando los brazos del gran Ground Zero como si fueran los tomates de la tienda que se disponía a comprar.
—En la tele se te veían grandes, ¡pero esto me gusta aún más!
Habían llegado a la residencia de su familia incluso antes que sus padres. La matriarca, Fuyumi Uraraka, los había recibido con los brazos abiertos y un beso en cada mejilla. Ella había sido la culpable de ese encuentro, de hecho. Gracias a su increíble persistencia, había convencido a toda la familia para pasar una semana en su residencia y conocer al que sería el marido de su nieta mayor. Pues, por alguna razón, su hijo y su nuera se negaban a presentárselo. Así, el razonamiento de la anciana fue el siguiente: «Si el nieto no va a la yaya, la yaya irá al nieto».
La residencia era lo suficientemente grande para todos. Incluso sobraba espacio. Quedaba a las afueras incluso de un lugar tan remoto como su pueblo, a unos minutos de la montaña. Construida con la expectativa de una gran familia, la casa contaba con tres plantas y siete habitaciones. Estaba, además, rodeada por una valla, dos huertos, un jardín con rosales y una piscina, a unos metros de un viejo almacén de herramientas, el cual hacía de garaje.
No hacía falta decir que había sido construida con parte del dinero que, como una de las mejores heroínas del país, Uraraka había conseguido. Su carrera dio un vuelco cuando comenzó a salir con cierta personita, experta en motivarla para sobrepasar sus límites.
El interior de la residencia, a propósito, consistía en un gran salón, unido a la cocina a través de una puerta corredera. La televisión de plasma se hallaba a unos metros de una chimenea magnífica y el inmueble, el cual parecía sacado de una cabaña de película de terror, estaba cubierto por retratos de familiares. Si continuaba por la escalera cercana al pasillo de la cocina, accedía a la primera planta. En ella, entre las cuatro habitaciones, estaba la reservada a Uraraka: una cama de matrimonio, cuadros de paisajes al estilo impresionista, un espejo, un armario, una fotografía de la familia y un par de ositos de peluche. Era de notar que apenas había sido usada.
—Katsuki y yo hemos preparado tarta de queso con mermelada y galletas para después de comer. Voy a meterla al frigorífico, ¿vale, yaya?
«Esa desgraciada pretende abandonarme a merced de la vieja loca» fue el pensamiento que atravesó la consciencia Bakugo. Le dirigió a su prometida una mirada que claramente decía «No te atreverás». Uraraka sólo le sacó la lengua mientras desaparecía por el pasillo hacia la cocina, riéndose como una bruja.
—¡Oh, no teníais por qué! Sois un cielo, de verdad. ¿Quieres una cerveza, Ground Zero?—Fuyumi no permitió que contestara, pues ya le estaba gritando a su nieta: —¡Ochako, querida, tráenos un par de birras, ¿quieres?!
—¡Voy!
Abrió los ojos con sorpresa. ¿La yaya bebía alcohol? Es decir, ¿podría degenerar en un estado de embriaguez? ¿Qué sería lo que haría borracha: lanzarle el sujetador a la cabeza delante de su nieta? ¿Era pánico lo que estaba sintiendo en la boca del estómago o es que había desayunado fuerte?
En cuanto la joven desapareció por la cocina, el agarre de la anciana se afianzó incluso más. Con un tirón, acercó al rubio hacia sí y, sonriendo, murmuró:
—Has hecho que mi Ochako llegue puntual. Y que cocine algo que sea comestible. Además, no ha mirado ni una vez el móvil desde que ha llegado. ¿Cómo lo has hecho? ¿Y qué será lo siguiente?
Su tono había mutado a uno más acorde al de una señora cuerda. Bakugo frunció el ceño, sin decir nada. Sin embargo, algo en los grandes ojos de Fuyumi brilló con picardía y orgullo.
—Me parece que mi pequeña ha encontrado a su complementario.
Aquel místico instante, en el que Bakugo no halló más que lucidez en la yaya, desapareció tan pronto como Uraraka volvió con el alcohol.
Había que estar ciego para no verlo. Para no ver la adoración que sentía Uraraka hacia sus padres.
Bakugo dejó de colocar su ropa en el armario para observar la fotografía. En ella, una niña de ojos castaños reía en el centro de un abrazo paterno. Los tres tenían las mismas infladas mejillas, pegadas las unas a las otras, haciendo así espacio para que el paisaje de atrás entrara en la foto. Lucían felices. Fue cuando se le inundó la boca de un sabor amargo al recordar las últimas palabras que había tenido con sus suegros.
A diferencia de lo que mucha gente piensa, Bakugo sí sabía lo que decía a cada momento. No hablaba sin pensar. De hecho, su carácter meticuloso también se extendía a sus palabras. Por ello, su problema con sus suegros tenía raíces distintas a las que la situación aparentaba.
En primer lugar, era un hecho que su personalidad y su don estaban muy unidos. La única manera que conocía de gestionar sus emociones era a través de la combustión. Bakugo Katsuki era temperamental por naturaleza. Interaccionaba con su entorno asegurándose de que se le escuchaba, de que nadie lo iba a tomar por un Deku. Hay que matizar que tampoco había aprendido otra cosa: en su casa, su madre y él se entendían así. Hablaban fuerte porque sentían fuerte, por decirlo de algún modo. No era algo que pudiera cambiar, por mucho que eso amedrentara a sus suegros.
El segundo punto lo entendía porque él también había sido hijo único. Conocía las trabas de ser el centro de atención constante; una atención a veces excesiva y sofocadora. Y sabía que Uraraka protagonizaba el amor de sus padres de un modo absoluto e irrefutable. De ahí que les era tan esencial que Bakugo no fuera un completo capullo, el cual arruinara la vida de su hijita.
Él era consciente, ¿de acuerdo?
Mas, para qué engañarlos: sí que era ese capullo. No iba a pretender lo contrario por nadie. Bastante por culo le daban en la agencia porque no se cortaba un pelo en las redes sociales y en ciertos meetings con la prensa. Por mucho que su agente y su secretaria le repitieran la cantinela «Bakugo, eres un personaje público, has de ser políticamente correcto porque blah, blah, blah», a Endeavor le hacía gracia. Literalmente, se reía. A lo mejor le gusta el humor negro, le había sugerido Kirishima. Eso se la sudaba a Bakugo. Lo importante era que, si el jefe estaba contento, ¿por qué carajo se iba a preocupar?
Dicho eso: Uraraka lo había elegido a él, incluidas sus rabietas y episodios violentos. Por lo cual, eran sus suegros los que tenían que tragar con él, y no al revés. No obstante, esta lógica solo había contribuido a que su prometida se diera por vencida en reconciliarles y, en última instancia, en mantener el contacto con su familia.
Eso no podía permitirlo. Oh, no. Él podía ser todo lo capullo que quisieran, pero no un mal marido. Pensaba casarse con esa chica y hacerla feliz el resto de sus días. Y si eso implicaba tragarse su orgullo —esa polla asquerosa, vieja y gorda—, pues a ello se pondría. Con un par de huevos.
Sintió la mano de Uraraka errar a su hombro, separándolo de sus cavilaciones. Paseó su tacto hasta su nuca, derramándole gloria por los sentidos al posar los labios bajo su oído y susurrar:
—Gracias por hacer esto.
Bakugo quiso responderle que esto no era nada en comparación con lo que haría por ella. Pero, al encontrar sus ojos de miel brillando con sinceridad y amor, se atragantó con las palabras. Desprovisto de estas, actuó con las mejores armas que poseía. Después de limpiarse las manos en los pantalones —llevaban sudándole nitroglicerina toda la mañana por los nervios—, las llevó a los mofletes de Uraraka. Como un cáliz para sujetar una rosa. A continuación, posó sus labios en los suyos con lenta ternura, saboreándola en el beso. Notó que ella se estremecía y, más por instinto que por consciencia, pegó su tronco al suyo.
Conforme se alargaba esa caricia tan íntima, más ganas sentían de derretirse el uno sobre el otro. Las superficies de sus abdómenes no tardaron en buscarse y las manos de ella se hundieron en aquellos cabellos áureos.
—Katsuki…
El suspiro llegó a su boca como aliento de dioses, y Bakugo buscó acercarla más a sí. Se sentó en la cama y ella se colocó sobre él. Sin dubitación, Uraraka comenzó a recorrer su cuello a besos, casi con veneración e impulsada por un fuego cada vez más famélico. Las manos de él no se contuvieron, llegando a colarse por debajo de su camiseta para sentir su piel caliente palpitar bajo la suya. Recorrió sus curvas de vértigo. Después, tuvo que ahogar un ronco gemido cuando su prometida inició un movimiento pendular con las caderas.
Volvió a pronunciar su nombre, esta vez, con mayor fervor. Y fue aquello lo que le nubló del todo los sentidos, pues, antes de darse cuenta, Bakugo la había puesto debajo de él y se disponía a desnudarla y a enloquecerla y a devorarla como un auténtico anim-…
—¡Dios santo, Ochako!
Tan pronto como escucharon la voz de su padre, los dos se separaron como si les quemara la piel. No en un sentido metafórico, esta vez. Al dirigir la vista hacia el pasillo, mientras se arreglaba la casi ausente ropa, vio a su padre con su prima en brazos. La pequeña Ayumi tenía los ojos tapados por su tío, pero no dejaba de preguntar a qué estaban jugando y que si ella también podía probar.
—¡¿No sabe llamar a la maldita puerta, viejo chocho?!—le rugió Bakugo, intentando que no se notara su entusiasmo restringido en los pantalones. Su rostro estaba completamente ruborizado, como el de su prometida, aunque sus ojos delataban frustración. Más consigo mismo que con su suegro, en realidad. Era mal sitio para tales actividades, y se había dejado llevar. Pero es que Ochako lo inflamaba y lo consumía a partes iguales, y no podía resistirse si lo besaba como si estuviera sedienta de todo él.
—¡Hay niños en esta casa, Bakugo! No es culpa de ellos, ni de mi hija, que seas un animal en celo…
—Papá—lo cortó Uraraka, irritada. Si dejaba que se alargara la contienda entre esos dos, le saldrían canas. —No hacía falta que subieras a buscarnos. Íbamos a bajar enseguida; sólo estábamos guardando la ropa.
—Guardándola—repitió él, sarcástico.
—Sí.
Seguidamente, Bakugo se limitó a observar cómo ambos se miraban como si repitieran una discusión de forma telepática.
—Qué juego más raro—comentó Ayumi rompiendo al fin el incómodo silencio.
Uraraka suspiró.
—¿Está la cena preparada, entonces?
—Sí. Ya guardaréis la ropa en otro momento. Y, si puede ser, en otro…
—No se preocupe por esas cosas—le interrumpió el rubio con brusquedad. —Somos mayorcitos para guardarnos la ropa solos.
Su suegro carraspeó. Tras estudiar a la pareja con una mezcla de impotencia y furia, dio media vuelta para marcharse por fin. En ese momento, Ayumi murmuró desde su hombro:
—¿No les vamos a decir que ha venido a cenar Deku?
