La poesía no le interesaba mucho. Era inútil y, la mayoría de las veces, un sinsentido depurado. La encontraba snob. Entendía su función en el arte, mas, ello no implicaba que disfrutara —en el sentido más egoísta de la palabra— leyéndola.
Sin embargo, aquel fragmento de La belleza del marido de Anne Carson se quedó grabado en su corazón a fuego:
«Como muchas esposas, elevé al marido a la altura de un Dios y
[allí lo mantuve».
Recordaba que sus ojos pasaron por ese verso una y otra, y otra, y otra vez. Bebiendo cada palabra, embriagándose y torturándose al mismo tiempo.
—¡Si vuelves a dejarte los pelos en el sumidero, Mofletes, te los meto en el desayuno! Me tienes hasta la polla. Todas las putas mañanas igual. ¡Oi! ¡¿Me estás oyendo?!
Como para no oírte, si estás gritando desde el cuarto de baño, pensó ella. Uraraka solía preguntarse con regularidad por qué sus vecinos no se mudaban de casa. Quizá no podían permitírselo, pero lo deseaban secretamente cada vez que su novio sufría una rabieta propia de un niño de cinco años.
—¡Sí, cariño! ¡Lo siento! No volverá a pasar.
Bakugou se presentó en la cocina con apenas una toalla abrazándole el bajo abdomen. Sus cabellos se le pegaban a la frente y, aun mojados, parecían querer resistirse a la gravedad. El calor de la ducha había vuelto sus mejillas deliciosamente sonrojadas. Los ojos de Uraraka repasaron con interés cada detalle, fingiendo desdén, antes de devolver su atención al móvil. En efecto, el atractivo que expiraba su piel no podía detener el evidente enfado en su rostro.
—¿«No volverá a pasar»?—se bufó, hostil. —Eso llevas diciendo desde que vivo aquí, maldita sea.
—Me gusta cuando te paseas sin camiseta, de verdad, pero te vas a resfriar.
A Bakugou le gustaba fingir que ese tipo de comentarios no le hacían efecto, pero se lo ponía difícil.
—No cambies de puto tema.
—No he cambiado de tema porque esa conversación ha terminado.
—No ha terminado hasta que recojas tus asquerosos pelos del sumidero.
—Pues empieza tú a hacer la cama. Nunca, y repito, nunca haces la cama.
—¿Disculpa? ¿Vamos a hablar de esto, Mofletes? ¿Tú que no puedes hacer un huevo frito sin poner en peligro a todo el edificio?
Oh, ese golpe ha sido bajo. Uraraka se levantó de su asiento súbitamente, clavándole un agresivo dedo índice en el pecho. Detuvo la sonrisa —producida por las cosquillas que esa expresión arrogante le provocaba— y contestó con indignación real.
—¡Eso sólo ha pasado una vez! ¡Una!
—¡Porque el resto de las veces me he encargado yo de la cocina!
—¡A veces cocino yo!
—No. A veces quieres intentar cocinar algo, te sale mal y llamas al Domino´s.
Ella arrugó la nariz de ese modo tan particular y, joder, lucía tan adorable que no pudo resistirse. Bakugou le mordió la punta de la susodicha nariz, despertando un respingo y una serie de carcajadas por parte de Uraraka.
—¿Qué haces?
El rubio no contestó. Solo se limitó a besarle la frente con dulzura.
—No me importa ocuparme de la cocina. Pero la próxima vez— le tiró juguetonamente de un mechón—, quita tus pelos del sumidero, ángel.
Uraraka sonrió y, tras un cálido silencio, dijo:
—Tú podrías cerrar la puerta cuando vas a cagar.
—Es mi puta casa.
Nunca elevó a Bakugou a la altura de un dios, de modo que no hacía falta mantenerlo allí. Tal acción exhausta tanto a quien lo intenta, como a quien lo sufre: el otro vive bajo la presión de igualar una proyección ideal que no es él mismo. Y siente que no se le quiere por quien es, sino por esa misma proyección. Uraraka ahora lo sabía. Lo vivió en sus propias carnes con ese sujeto que conversaba tan alegremente con sus padres.
En cuanto la vio salir al porche, Izuku Midoriya interrumpió lo que estaba contando.
—¡Ochako!
Ochako. Desde que se prometieron, había empezado a llamarla así. No sabía muy bien por qué, mas, la incomodaba. Creyó que algún día se acostumbraría, pero lo cierto era que seguía esperando ese día.
—Deku—respondió, con una sonrisa estática. Más educada que verdadera. Les dirigió una larga mirada a sus padres. Estos les observaban como un niño al ver su regalo de Navidad. Luego, regresó a la cara de su ex. —Te veo bien. ¿Qué tal todo?
—Genial, genial. Ah, me alegro tantísimo de verte. Estás… estás muy guapa.
—Gracias. Tú también.
—Tus padres me han contado que estás en la misma agencia que Mount Girl. ¡Estoy muy orgulloso de ti, Ochako! ¡Es increíble!
La mesa del porche era lo suficientemente larga para todos. Los padres de Uraraka, Takeshi y Hanako, acababan de sentarse a la derecha de Izuku, quien presidía. Junto a ellos, estaba el primo adolescente de la joven, Isamu, y su hermana pequeña Ayumi. A continuación, la yaya presidía el otro extremo de la mesa, mientras que a su lado se disponía Michiko, hermana de Takeshi y madre de los chicos. Esta última servía los platos.
De alguna manera, todo había sido dispuesto para que se sentara junto a Midoriya. Y, del mismo modo, todo el mundo estaba especialmente callado. Se sentía la protagonista de un reality show.
—Gracias, Deku. Yo también he visto por las redes que en Estados Unidos te comparan ya con All Might.
—No es para tanto—respondió él humildemente.
—¡No seas modesto, claro que lo es!—exclamó la madre de Uraraka, Hanako.
—Es cierto, Deku. Nos enorgullece que cenes con nosotros—confirmó Takeshi.
—Me vais a sonrojar—rio el aludido.
—Oye, Deku. Ahora que estás aquí, ¿nos llevas a las pistas de motocross a dar una vuelta?—preguntó Isamu.
—¡Ay, lleva preguntando por eso ya una semana!—intervino su madre. —Quiere que lo enseñes a montar en moto.
—¡Es una gran idea!—opinó Hanako. —Podría llamar mañana. Tendríais el circuito para vosotros todo el día.
—¡Sí! ¡Por favor!— A Isamu le brillaban los ojos.
—Todo eso estaría de puta madre si el idiota de Deku supiera montar en moto.
La voz de Bakugou se sobrepuso a la emoción general. Estaba apoyado en el marco de la puerta del porche, con los brazos cruzados y los ojos clavados en Midoriya. A pesar de su tono burlón, su expresión se descubría indescifrable.
—¡¿Kacchan?!
La reacción del peliverde fue instantánea. Habiendo perdido el color de su pecoso rostro, se levantó de la silla y cogió su abrigo. Frente a la confundida y estupefacta mirada de la familia de Uraraka, murmuró:
—M-me alegro de verte también, Kacchan. No te esp-peraba aquí pero… Acabo de recorda-dar que tengo un compromiso. ¡Siento mucho las molestias, familia! Yo-o…
Los tartamudeos de Midoriya, acentuados conforme Bakugou se acercaba, fueron interrumpidos por este.
—Relaja la raja, Deku, y siéntate otra vez—tras su hosca orden, se dejó caer en el asiento junto a Uraraka. Posó su brazo en el respaldo de su silla y, con distinguido, venenoso sarcasmo, continuó: —No irás a rechazar la invitación de mis queridos suegros, ¿verdad? Está claro que eres su invitado especial.
El pánico emborronó del todo la vista de Izuku.
—¿Tus suegros?—repitió, sin aliento.
Con el ceño fruncido, Uraraka buscó la mirada de sus padres. La yaya, que había bebido un poco antes de sentarse en la mesa, ahogó una risa. Su hija Michiko le dio una palmada, para silenciarla.
—Calla, que se pone interesante—susurró.
—¿No le habéis dicho a Deku que estoy prometida con Katsuki?
Takeshi apartó la vista. Por otro lado, Hanako se encogió de hombros, riendo:
—¡Se me olvidó, cariño! Estábamos tan ocupados poniéndonos al día que… Bueno, ¡ya sabes a lo que me refiero!
Uraraka se llevó el dedo índice y el pulgar al puente de la nariz. El cálido tacto de Bakugou, consolador, llegó a su nuca a través de sus yemas.
—No, no sabemos a qué coño se refiere—le espetó el rubio.
—No le hables así a mi mujer, Bakugou. Es la última vez que te lo advierto.
—Creo que sería mejor que me fuera a…
—Cierra la boca, Deku.
—Katsuki, no la pagues con él—le reprimió con un hilo de voz Uraraka.
—Con alguien la tendré que pagar.
—Creo que deberíamos calmarnos—intervino Isamu, cuya personalidad era tranquila y conciliadora.
—No, no—le dijo su madre. —Tienen que hablar, soltarlo todo.
—Mamá, sé que te gustan las telenovelas; pero esto no es lo mismo…
—Es que no entiendo —dijo, de repente, la madre de Uraraka— por qué no puede cenar con nosotros Deku sin que te pongas así, hija.
—Si el problema no es que venga Deku—trató de explicar, pero la interrumpió su padre:
—Exacto. Yo sí veo claramente cuál es el problema—masculló, con los ojos puestos en Bakugou. El mismo arrugó el gesto, se inclinó sobre la mesa para acercarse y gruñó:
—¿Sí? ¿Lo sabes? ¿Por qué no nos lo dices de una puta vez?
—Kacchan, creo que no deberías hablarle así a Takesh-…
—¿Tú quieres que te parta los dientes?
—¡Sí! ¡Ground Zero contra Deku!—exclamó la yaya, echándose más vino.
—Baa-san—le murmuró Isamu—, deberías dejar…
—¡Calla, maricón!—dijo, jovial y sacando el móvil. —Que me he hecho Instagram y necesito seguidores. No me dan follow más que pollas viejas.
—¡Mamá! ¡La niña!—chilló Michiko, también riendo.
Ayumi continuaba jugando con los dinosaurios en el plato de la comida.
—No se entera, hija. Yo creo que te ha salido lela, eh.
—No sé qué ve mi hija en ti—opinó Takeshi.
—La verdad es que yo también me lo pregunto…—pensó, en voz alta, Midoriya. Al encontrarse con todas las miradas de los presentes, comenzó a gesticular frenético. —¡No, no, no quería decir eso!
Ignorando los ojos asesinos de Bakugou, Takeshi gritó:
—¡No! ¡Dilo, hijo! Te prefiero mil veces a este héroe de pacotilla. Es evidente que mi hija no ha podido encontrar nada mejor.
—¿Qué acabas de llamarme, capullo?—Bakugou estaba agarrado al borde de la mesa con una fuerza descomunal, sabiendo que si lo soltaba, mataría a su suegro y a Deku. La nitroglicerina comenzaba a caerle en gotas por los dedos, a causa de los nervios. Además, apretaba la mandíbula con auténtica furia.
—Ochako, ¿no te das cuenta? Este muchacho es mal trigo. Haznos caso, de una vez. Queríamos traer a Deku para que vieras, bueno, qué te estás perdiendo…—Decía, a la vez, su madre. —No sabes el daño que nos haces con todo esto. Sufrimos de verte tan perdida.
—¿Qué dices? ¿Perdida? ¡Estoy en el mejor momento de mi carrera!
—¡Nosotros te conocemos y sabemos lo que vemos!
Uraraka cerró los ojos. A su alrededor, el huracán de gritos se volvía inexorable. Sentía las entrañas más intangibles quebrársele con cada palabra. Sentía que se dividía por dentro. Sentía que se ahogaba.
Pronto, su pecho empezó a ascender y a descender con velocidad. Casi por instinto, su mano se agarró al muslo de Bakugou, quien cesó su discusión y amenazas de repente. Quedó bloqueado unos instantes. Entonces, dado que era un experto en bombas, supo que tenía que sacarla de allí o iba a explotar.
—¡Ya está bien! —gritó, dando un golpe sublime en la mesa. Toda la madera retumbó, y los platos saltaron un poco. Tras su voz, un silencio mortal acaeció en el porche de los Uraraka. La joven señaló a su padre. —Esto no es una competición y estoy harta de que me trates como a una niña. Tengo veintisiete años, un trabajo estable, me voy a casar con una persona que me hace feliz y con la que tengo relaciones sexuales de forma regular. Acéptalo de una maldita vez—. Su vista derivó a Midoriya. —Y tú: deja de tratarme como si no fuera capaz de hacer mi trabajo. He llegado a donde estoy porque soy buena en lo que hago. Y espero de corazón que no hayas venido a intentar volver, como creo que te han prometido mis padres. Porque créeme que esta vez no tengo dudas con mi prometido.
»En cuanto a ti—su tono se entrecortaba por el volumen cuando señaló a su madre—, deja de hacerte la víctima. Deja de asumir que sabes lo que quiero o lo que necesito. Vas a obligarme a que te eche de mi vida si continuáis.
»¡Sólo os pido que lo aceptéis! Ni siquiera que os llevéis bien. ¡Me da lo mismo! ¡Pero quiero poder venir a veros con mi esposo, sin tener que sentirme en medio de una guerra civil! Sé que puede ser una persona difícil. Es testarudo, como yo; es obsesivo, es contestón, le sudan las manos cuando está nervioso y nunca hace la cama. Pero... —pronunció lo siguiente con verdadero pudor—, pero le amo. Le amo aun siendo así..., No; porque es así. Por eso sé que le quiero como nunca he querido antes a nadie.
Dicho esto, Uraraka se levantó y entró a la casa dando un portazo.
—Esto es culpa tuya, Deku—gruñó Bakugou, antes de seguirla.
