Se ha escrito mucho sobre la corruptibilidad de los niños. Sobre cómo su pureza es poco a poco —o traumáticamente— despojada de ellos conforme conocen el mundo. Antes de darse cuenta, ese mundo que tan curiosamente investigaban con juegos se impone en sus vidas, exigente e implacable. Como un titán pidiéndoles el alma.

De todo esto se ha escrito y se seguirá escribiendo mientras los niños sean niños y los adultos…, pues eso, adultos. Y ni siquiera el conjunto de todos esos ensayos, teorías o libros logrará igualar la ilusión que florece en sus ojos, la verdadera flor de Gnido. Ni toda la oscuridad de Los hermanos Karamázov podría compensar esa alegría virgen; una alegría experta por ser también ingenua.

—¡Chako! ¡Chako! ¡Levántate ya, Chako!

Tenía el rostro enterrado en la nuca de Uraraka, desde donde podía dejarse rodear por el aroma a lavanda y quién sabe qué otras puñeteras flores de su champú. Notó la desnuda espalda de ella pegarse más a su torso, refugiándose del frío —o quizá de otra cosa, más complicada y aterradora—. Él le correspondió el gesto afianzando su abrazo. Sus palmas buscaron más cómodo nido en su pecho y recorrieron, por puro vicio, su abdomen descansado.

Y puede que la gloria existiera. No en la contemplación de Cristo redentor. No en los innumerables cielos de las innumerables religiones. No en el cauto silencio de la paz mortal. No en el engañoso instante de la victoria pasajera. Pero sí ahí. Ahí escondida: en esa tripa deleitable; en el concierto de su respiración serena; en el latido de su piel con la suya.

—¡Chako!

A tomar por culo la gloria bendita.

Arramblando con la puerta, Ayumi entró a la habitación de su prima con la decisión de un sargento. Sus pasos, como de pequeña gigante, llegaron al borde de la cama matrimonial. Desde ahí, escaló hasta los pies de la pareja. Unos gruñidos emergieron desde lo más profundo de Bakugou, los cuales deberían de ser suficiente respuesta para ese demonio con trenzas. Qué ingenuo.

—¡Vamos, arriba! ¡Es la hora de irnos! ¡Vamos, vamos! ¡Prima Chako! Despierta ya. Venga, venga.

Uraraka estaba en el quinto sueño, con la saliva saliéndosele por el borde de la boca y una erección pegada al culo. Podrían haber llovido meteoritos y seguiría sin enterarse. Era de esas personas con lo que se llama un sueño profundo. De hecho, sólo el intento de la niña por arrebatarle la sábana la despertó. Más ágil que un gato, trató de cubrir su desnudez agarrando la otra punta de la manta.

—¿Ayumi? ¿Qué hora es?

—¡Las ocho y media!

Otro gruñido escapó de detrás de Uraraka pero, esta vez, sus palabras eran reconocibles:

—¿Y se puede saber qué se te ha perdido aquí a las ocho y media, mocosa?

La cálida luz del cuarto, que se colaba por la ventana abierta, les permitió ver la gran sonrisa de la niña. Le faltaba un diente de leche. Y, mientras que Bakugou se preguntaba qué había hecho para ser torturado de esta forma, Uraraka lo vio. Vio ese brillo infantil, fresco y santo salpicando los ojos de Ayumi. Llegó a su mente, como una avalancha helada, el recuerdo de Michiko anunciando su divorcio. Meses después, la voz de su madre informándole de que su tío había intentado suicidarse.

—Mamá dice que me lleves al parque. Que así pasas por el pueblo y haces unos recados para la yaya.

—Dile a tu madre que me puede comer los…

—Claro, cielo—le respondió Uraraka, interrumpiendo a su prometido. Sacó una mano de debajo de la manta para acariciar las trenzas de Ayumi. —Dile que en media hora, estoy.

La niña no había perdido esa mirada hecha de sol.

—¡Tú también tienes que venir, primo Kacchan!—añadió ella, dándole una palmada con fuerza en el estómago. Bakugou soltó un respingo.

—No me llames así, mocosa—masculló.

Ayumi, todavía con los ojos empapados de ilusión, soltó una carcajada estruendosa. Después, se bajó de la cama y, antes de echar a correr a otra parte, gritó:

—¡Vale, primo Kacchan!

Empujado por las órdenes de una hambrienta Uraraka, Bakugou bajó a la cocina a medio vestir y gruñendo incongruencias. Ni siquiera se había peinado o lavado la cara. Y es que había sido atacado por su prometida al son de «Cariño, dame de comer, dame de comer, dame de comer; por favor, sé un buen marido; súbeme el desayuno a la cama, ¿vale?; no me pongas esa cara de capullo; te juro que no me casaré contigo si no me alimentas ahora, Katsuki Bakugou».

Y Dios sabe que, cuando ella le mordisqueaba la mandíbula con apenas ropa encima, Ground Zero estaba más desarmado que un corderito en Jurassic Park.

Cuando entró a la cocina con los ojos legañosos y media erección en el pantalón, admitió para sí que le daba igual. Se la sudaba a estas alturas de su pésima relación con los suegros. Después de lo de anoche, estaba seguro de que no lo podían odiar más. De ahí que aun encontrándose a la yaya desayunando con Takeshi y Hanako, ni se molestara en tapar esa media erección o quitarse las legañas con disimulo. Fue directamente al frigorífico, en busca de un cartón de leche. De perdidos al río.

—Buenos días, grandullón—saludó la yaya de Uraraka, con un brillo en los ojos. No hace falta matizar dónde los tenía dirigidos.

—Buenas.

Tan pronto como habló Bakugou, sus suegros se levantaron. Tomaron lo que estaban desayunando y, sin decir nada, salieron al porche a terminar su comida. La yaya frunció el ceño, observándoles con el rabillo del ojo. Por su parte, el rubio farfulló:

—Luego, soy yo el maleducado. Qué huevos tienen.

Procedió a preparar el desayuno de Uraraka. Estaba decidiéndose entre hacerle tortitas o huevos revueltos cuando la anciana se dirigió a él con una elocuencia digna de un cortesano del siglo XVI.

—No soy nadie para darte consejos, Ground Zero. Y mucho menos creo que un muchacho así de célebre y experimentado en las mañas de la vida escuche a esta desgastada mujer sin escepticismo o distancia. Mas, permíteme sugerir que son estos detalles los que deteriorarán tu matrimonio. Y no lo harán de un modo instantáneo, como vuestra generación está acostumbrada a entender el mundo y sus procesos. No, hijo. Será una violencia pasiva que irá consumiéndolo, como el calor que derrite una vela durante la noche. Lo peor es que, antes de darte cuenta, antes siquiera de poder plantearte qué hacer, será tarde. Tus suegros serán demasiado viejos para que les importe esto de verdad. Odiarte será una costumbre. Y a un viejo no le debes quitar su costumbre.

Bakugou tardó un poco en reaccionar. Se dio la vuelta y entrecerró los ojos a la anciana. Como intentando entender un problema matemático. Después, contestó:

—¿Y qué carajo sugiere usted que haga?

A pesar de que pudiera pasar por exigente, lo cierto es que se presentó una chispa de ansiedad en su mirar. La yaya tomó algo más de su taza de té antes de mojar galletas en este. Al verla hacer aquello, el rubio contuvo el escándalo. ¿Galletas con agua?

—Así las puedo comer—susurró ella, como derrotada por su edad. Todo el mundo le preguntaba por las puñeteras galletas. Luego, confesó: —Yo no sé qué puedes hacer. Sé que, hasta el gruñón de mi marido, en paz descanse, se ganó a mis padres. Y créeme que tenía más genio que tú. Cuanto más viejo, más cascarrabias. Y tocapelotas.

Bakugou carraspeó.

—¿Me quiere usted decir algo con eso?

—Oh, que eres igual. Pero más atractivo, lo cual hace soportable tu insufrible humor.

Realmente, no sabía cómo gestionar a esta señora. Pronunció aquello con la tranquilidad de una mariposa. Y Bakugou sólo pudo quedársela mirando fijamente, todavía con una sartén en la mano.

—A mi marido le gustaba apostar, como a mi padre. También le gustaba la jardinería, como a mi madre. Tenían opiniones muy distintas del mundo y eran incapaces de mantener una conversación. Pero compartían gustos y costumbres. Aquello los unió.

—¡Primo Kacchan!

La lucidez de la yaya se evaporó en cuanto la niña apareció por el pasillo. Ayumi trotaba alegremente hacia él, con esa sonrisa estúpida que a Bakugou le recordaba a la de su prometida.

—¿Qué quieres, mocosa?

Le salió tan natural tomarla en brazos, que él mismo se sorprendió cuando la tuvo cara a cara.

—La prima dice que vas a prepararle «depres». ¿Puedo tomar también de esos?

—Querrás decir «crepes»—. Por supuesto que Uraraka usaría a la niña para decirle qué quería desayunar. ¿Bajar las escaleras ella misma? Por favor, no vaya a ser que pierda calorías.

—¡Eso! ¿Puedo tomar yo también?

Él chistó y la sentó en la silla más cercana.

—Pregúntale a tu madre primero. Si te deja, me lo pienso.

Baa-san me deja. ¿A que sí, Baa-san?

—¿Yo? ¿Es que tengo pinta de ser tu madre? ¿Me estás llamando vieja?

—¡Pero, Baa-san! ¡Tú eres vieja!

Fuyumi Uraraka se levantó de su asiento y fue avanzando, armada de manos capaces de hacer cosquillas, hacia la niña.

—¡Atiende lo que me dice la niñata esta! ¡Ahora verás!

Y como otra niña más, persiguió a Ayumi hasta echarla de la cocina. Las estruendosas risas de la pequeña resonaron hasta después de su ida. La yaya, antes de marchar tras ella —no podía ir muy deprisa—, se despidió diciendo:

—Mi marido también era buen padre.

Bakugou, ruborizado, fingió no oírla.


En cuanto su prometido salió por la puerta para prepararle el desayuno, Uraraka se vistió. Veloz y sigilosa, salió de su cuarto y fue al de invitados, al otro extremo del pasillo. Tras asegurarse repetidas veces de que nadie la veía, tocó la puerta.

—¿Deku? Soy Uraraka. ¿Puedes hablar?

El peliverde tardó apenas tres segundos en abrir. Estaba vestido con el pijama y algo despeinado.

—O-Ochako… ¿Buenos días?

Repasó con la vista que no había nadie con ella. Por su parte, la mujer entró al dormitorio sin darle tiempo de mucho más.

—Cierra la puerta.

Midoriya obedeció sin dudarlo, mas, se quedó ahí de pie. Nervioso, sin saber exactamente por qué. Estaba en su casa de invitado. Era lógico que la dueña pudiera venir a... Bueno, no sabía a qué.

—¿Ocurre algo?

Era evidente que ambos tenían en mente lo sucedido la noche anterior en la cena. No obstante, sus implicaciones se le escapaban al héroe. Por tanto, se limitó a mantenerse en su sitio, algo inquieto. El estómago parecía habérsele encogido, incluso.

—¿Era cierto?

Uraraka le daba la espalda. Toda la determinación con la que se había dirigido hasta ahí se desinflaba en pos de un hilo de voz. Su mirada estaba dirigida a la ventana; en concreto, a una golondrina posada en el balcón. Era chiquita, negra y cantarina.

—¿El qué?—preguntó Midoriya, visiblemente perdido.

—Que quieres volver conmigo.

La muchacha lo había reflexionado esta noche, incapaz de coger el sueño. ¿Por qué ahora? O sea, suponiendo que Bakugou no estuviera en su vida, ¿por qué ahora sí? ¿Qué había cambiado además del carácter de su vida laboral? La castaña lo había sugerido durante sus acusaciones histéricas. Y puede que él no se hubiera defendido porque entendía que necesitaba soltar todo aquello.

O puede que Uraraka tuviera razón. Puede que Midoriya, al comprobar que estaba soltera y su éxito en los medios, nacional, quisiera volver a intentarlo...

—No creo que debamos hablar de esto…

—¿Por qué no?—se apresuró a contestarle.

Midoriya dudó.

—Bueno, te vas a casar en tres meses y… tu prometido está a unos metros…

—¿Y eso qué tendrá que ver?—suspiró ella. Se dio la vuelta, enfrentándose a sus pecas sonrojadas y sus profundas ojeras. Uraraka no tenía mejor aspecto. —Tú sólo… dilo.

—¿Qué? ¿Cómo que lo diga…?

—Dime si es eso o no. Dime si me sigues queriendo o no.

Algo cambió en los ojos inseguros de Midoriya. Se clavaron con severidad en los ojos de ella y se mantuvo en silencio.

No hizo falta más.


Por supuesto.

Por supuesto que tenía que ocurrir cuando Uraraka estaba en la heladería de al lado. El destino gustaba de agarrarle por los huevos para darles un tirón. Y, siendo francos, a veces se le hacía difícil no enfadarse por el mero hecho de existir. No es que Bakugou padeciera en estos momentos una crisis existencial —siempre tuvo claro qué quería hacer con su vida y cómo conseguirlo—. Pero casi hubiera preferido una crisis existencial a esto. Porque, sin ella a su lado, podría comportarse como él era en verdad —id est, como un capullo—, lo cual, en estos casos, solía salir mal. En plan, muy mal.

El rubio se levantó del banco, inusualmente callado. Sí, estaba avanzando hacia los niños.

Lo peor es que Bakugou tenía la suficiente madurez —ya le jodería que con diecinueve años no la tuviera— como para saber que lo que se disponía a realizar era una auténtica, ulterior y puede que ilegal burrada.

Entró en las blandas baldosas del parque infantil y esquivó a los niños que se le cruzaron entre juegos. Nadie lo detendría. Era un hombre con un propósito.

Pero, al final, la culpa no era suya —o eso se esforzaba en repetirse—. La tía de Uraraka había tenido los santos ovarios de encargarle la niña a ellos. Sí, tal cual. Como si no tuvieran vida propia o asuntos más importantes de los que encargarse—quizá encontrar cosas en común con sus diabólicos suegros—. Encima, su prometida, sin consultarle —porque para qué, ángel mío, para qué te va a interesar mi opinión—, le respondió que sí. Por supuesto que la llevamos al parque, Katsuki.

Kirishima le solía decir que él, Katsuki Bakugou, tenía muchos huevos; pero no más grandes que su novia. Y joder si tenía razón.

Alcanzó a la pareja de niños. Ayumi Uraraka tenía la misma cara que su prima; excepto por el color caoba de su pelo y el lunar en su mejilla. Mas, esos mofletes inflados como palpitantes rosas o melocotones recién cogidos del árbol; esa boquita como confeccionada por pasteleros; esos ojos grandes cuales astros que han llovido del cielo para caer en un rostro-luna… eran como los de Ochako Uraraka. Definitivamente. Y puede que ese parecido influyera ligeramente en Bakugou a la hora de intervenir. Sí. Puede.

Sin un ápice de dubitación, empujó al niño y lo hizo caer de culo. Después, tomando a Ayumi, Bakugou le espetó:

—Si le vuelves a tirar una sola vez más de la trenza, te juro que atranco el tobogán contigo.

—¿Kacchan?—. La niña estaba tan sorprendida como aterrado aquel crío.

—Nos vamos, mocosa.

Escucharon de fondo el incipiente llanto del niño. Ello no detuvo a Bakugou, quien continuó su camino hasta el puesto de helados. Pareció que intentaba llamarle la atención una madre, bastante indignada por el tono de su voz, pero fingió no verla. Igual que ella había fingido no ver cómo su hijo molestaba a Ayumi.

Todo esto era culpa de Uraraka.


La tercera persona —si contamos a la mocosa— que demostró simpatía hacia Bakugou en esa residencia fue Michiko, la tía de Uraraka. Era una mujer rechoncha y de grandes mofletes, con el cabello castaño cobrizo y ropa de colores chillones. Cabía recalcar su estúpida sonrisa, la cual inducía a Bakugou a sospechar que, o bien estaba fumada, o bien tenía gases. Fuera como fuese, parecía una persona normal. Hasta que se ponía a beber.

—A Uraraka también le daba por correr desnuda por toda la casa. Como Dios la trajo al mundo—comentó Michiko. Agarró a Bakugo de la manga, atrayéndolo y susurrándole al oído: —Y no dejó de hacerlo hasta los quince años, la muy pilla.

Tras volver del parque, su hija Ayumi expresó sus deseos de bañarse inmediatamente en la piscina. Por desgracia, a su madre se le había olvidado su bikini, así que la niña insistió en bañarse desnuda. Michiko le sugirió que, al menos, se pusiera braguitas normales.

Todo ello había derivado, junto a la copa de vino, en una conversación cuyo único propósito era avergonzar a Uraraka. O así lo creía ella.

—¿Ah, sí?—respondía Bakugou a esa información. Una leve, pícara sonrisa asomaba por sus labios, y sus cejas se alzaban con interés. Estaba disfrutando de ver a su prometida ruborizada en el otro lado de la cocina, con los labios medio temblando y sin saber dónde poner las manos.

—Uy, sí. Creo que tenemos vídeos de eso en la cámara vieja. Okaa-san, ¿tú recuerdas dónde está?

—Pues no sé, querida…—La yaya respondió, pensativa.

—¿A lo mejor en el desván? ¿O en el sótano? No creo que la tengan sus padres. Creo que esos vídeos corresponden a otro propietario...

—¡Tita! ¡Ya basta!—intervino Uraraka, tapándose la cara.

—Oh, pero si te vas a casar con él, querida. Estoy segura de que no va a ver nada nuevo. Además, a ti no te incomoda esta conversación, ¿verdad, Bakugou?

Aun sintiendo cómo su prometida lo asesinaba con la mirada, contestó, sin apartarle la vista:

—Para nada.

En tanto que Fuyumi se dirigía a una de las habitaciones, en busca de dicha cámara, entró a la cocina el primer hijo de Michiko. Isamu se dejó caer en una silla y estampó el móvil sobre la mesa.

—¿Cariño?—su madre dejó la copa de vino y se acercó a él. Tratando de consolarlo por lo que fuera que le ocurriera, le acarició el hombro. —¿Qué pasa?

El adolescente suspiró y, algo sonrojado, dijo:

—Deku no sabe montar en moto, ¿verdad?

Para sorpresa de todos, le estaba hablando a Bakugou. Este se bufó:

—Más quisiera ese payaso.

Katsuki—Uraraka le advirtió. Aunque su prometido no se mostró en absoluto arrepentido de su tono. Ya iba siendo hora de que en esa familia se dieran cuenta de quién era el mejor.

—Me da vergüenza pedírtelo, porque estás de vacaciones y lo último que quieres es estar con un crío tan patético como yo—Isamu habló rápidamente, encadenando las palabras y con el mismo lúgubre tono—; pero, por favor, si tú sabes montar en moto, ¿me enseñarías?

El rubio frunció el ceño y, en lugar de contestar, cuestionó con la mirada a Uraraka. ¿Qué mosca le ha picado a este mocoso? Ella también estaba extrañada.

—Isamu, ¿a qué viene este interés por montar en moto?—cuestionó su madre. La ebriedad hasta entonces mostrada había desaparecido.

Dando un golpe en la mesa, el adolescente se levantó y gritó:

—¡¿Y qué más da, mamá?! ¿Tienes que saber por qué lo hago todo? ¡Ajjj! ¡Dejadlo! ¡Da igual!

Con las mismas, salió al porche dando un portazo. Después del pesado silencio que dejó tras de sí, Michiko confesó:

—No sé qué hacer con él. Últimamente no me cuenta nada. Y, desde lo de su padre, estuvimos muy unidos. Así que no entiendo qué pasa…

—¿Quieres que intente hablar con él?

—Oh, querida, te agradezco que te ofrezcas a ello. Pero el psicólogo me ha dicho que el problema está en que somos mujeres…

—¿Cómo?

—Es que sólo tiene amigas en el instituto y sólo somos mujeres en la familia, excepto por tu padre. Me parece que le asusta no ser considerado «lo suficientemente hombre».

—Pero eso no tiene sentido. ¿Qué más da que haya más mujeres en su vida?

—Si ya he hablado con él de esto. Pero ya lo has visto. Escapa cuando algo no le cuadra.

Entonces, Uraraka miró a Bakugou de esa manera. Como con los labios enjutos y los ojos de un gato malherido. Como si él estuviera observándola detrás de un altar y ella, postrada en sus rodillas, le suplicara en silencio piedad y más caricias y...

Vale, a lo mejor eso último no. Pero era una fantasía interesante.

—No querrás que vaya yo a hablar con él.

Por fa, Katsuki…

Mofletes

Para sorpresa de Michiko, el prometido de su sobrina no sonaba enfadado. Sí, puede que un poco irritado. Pero era evidente la inseguridad de su mirada. Y la refugiaba en Uraraka, cual moribundo a un dios.

No había visto nunca a ese muchacho resignado.

—¿Me estás diciendo que el gran Ground Zero no puede enseñarle a montar en moto a un chaval de quince años?—. No le estaba pidiendo solo eso, y los tres lo sabían. —Te he visto sobrevolar rascacielos, salvar a cincuenta personas de un atraco, reventar un tanque del ejército robado y vencer a un hombre-rinoceronte en el mismo día. Y—recalcó Uraraka— llegar a casa a tiempo para celebrar nuestro aniversario. ¿Me estás diciendo que no puedes con esto? ¿En serio, Katsuki?

Maldita mujer.


—Oi.

Bakugou se apoyó en la balaustrada, desde donde Isamu contemplaba el paisaje. Tenía el rostro sonrojado de llorar.

—Hola.

Bakugou agradeció haberse sacado la copa de vino. Quizá el alcohol lo ayudara con esto.

—Tu madre ha llamado para reservar el circuito para esta tarde.

—Pues vale. Pasadlo bien.

Guau, esto empieza de puta madre, pensó con sarcasmo el héroe.

—Ya me jodería que no montaras tu culo en una de esas motos, mocoso.

—¿Y quién me va a enseñar? ¿Mi prima?

—¿Tu prima? No me hagas reír. Conduce mejor un burro puesto de cocaína.

Por muy increíble que pareciera, Isamu se rio. Bakugou bebió triunfalmente más vino, con disimulo.

—Sí, la verdad es que eso no se le da muy bien. Pero en los videojuegos de carreras, nos revienta a los dos, eh.

—Y que lo digas—admitió con una leve sonrisa.

El siguiente silencio fue más breve y cómodo.

—Entonces… ¿tú me puedes enseñar?

—Mientras no seas un puto negado…

—No, ¡no! Te prometo que estaré atento a todo.

Bakugou lo estudió de reojo. El chico tenía las pupilas colmadas de la misma ilusión con la que Ayumi los miró esa misma mañana. Entendió por qué Uraraka le había dicho que sí a lo del parque.

Posó su mano en su cabeza y le revolvió el pelo.

—De acuerdo, mocoso.

Isamu se sonrojó, mas, no hizo nada para apartarse.