El olor a pino era poderoso e incómodo. Imaginó a la recepcionista echando espray por toda la sala en cuanto los vio llegar en la tartana de Uraraka. Esta, que se enrollaba más que una viuda aburrida, charlaba animadamente con la empleada sobre el mantenimiento del circuito. Sí, sí: el mantenimiento. Superapasionante.
—¿Y tuvisteis una fuga?
—¡Uy, sí! No te puedes imaginar el percal que se montó. ¡Empezó a salir agua de todos los váteres como si fueran una fuente!
—¡Dios mío! ¡No puedo creérmelo!
—¡Pues créetelo! ¿Y sabes dónde estaba mi jefa cuando eso pasó?
La risa con la que hizo la pregunta desvelaba la respuesta. Pero, oh, ella tenía que continuar la conversación al más puro estilo Uraraka: haciéndose la idiota para manipular más fácilmente al interlocutor.
—¿Dónde?
—¡Pues cagando! Tuvimos que llevarla al hospital, luego. Me temo que sus relaciones conyugales se han reducido mucho después de eso.
—¡Qué mal! No me gustaría estar en su lugar—. Uraraka rio de esa manera tan sólo reservada para la prensa. —¿Los aseos funcionan bien ya?
—Sí, ¡sí! Pero no te recomiendo tirar dos veces de la cadena. El cuarto de baño tiembla.
—¿Tiembla?
—Como un cohete. Sólo falta el cinturón y despegas.
—¡Increíble!—volvió a reír la heroína. Y, como su sonrisa era radiante y contagiosa y melodiosa y célica (Bakugou no estaba exagerando, sino que objetivamente era así), la recepcionista sacó un catálogo distinto.
—Ay, me siento tan honrada de tener a dos héroes tan geniales aquí… ¡Mi jefa me mataría si no os hiciera la mejor oferta! No me lo puedo creer: Uravity y Ground Zero… ¡La pareja del año! ¡En mi recepción!
Con que era eso. Su futura esposa era toda una femme fatale, admitió para sí Bakugou. Quería una oferta. «Esta mujer es más tacaña que las ratas». Recordó, a propósito de ello, aquella discusión que mantuvieron acerca de la caducidad de un queso. Todo sea dicho: fue una disputa innecesariamente acalorada. A pesar de que le explicó que el moho aparecía como manifestación del mal estado de todo el alimento, Uraraka estaba convencida de que, quitando esa parte con el cuchillo, era comestible de nuevo. Su prometido, en pos de su salud, buscó pruebas en Internet —fuente sacra y verdadera siempre que conviene al personal—. Spolier: Se comió el puto queso igual.
Bakugou regresó su atención a la fotografía de la Harley que adornaba la sala. Negra, espléndida y enorme. Estaba enmarcada junto a otras muchas más, no obstante, esa en concreto lo tenía babeando. «Se me pone dura con tan sólo verla», pensó.
Entonces, notó la presencia de Isamu a su lado.
—Podemos pasar por la expo. Está detrás del circuito. He leído en la página web que ahí tienen las motos grandes. O sea, las de exposición.
El rubio levantó una ceja con escepticismo. Tras unos instantes de contemplación, interrumpió el parloteo de la recepcionista. Señaló la imagen.
—Oi. ¿La Harley está disponible para el público o no?
Su voz era hosca e impaciente. Uraraka sonrió a la aludida, como para disculpar la particular forma de expresarse del rubio. Pocos imaginarían que las palabras tras esa sonrisa eran: «Mi novio no quiere matarte; solo tiene graves mommy issues».
—Eh… No… Esa es de-de exposi-sición. Detrás del circuito ha-hay una colección pri-privada y abierta al público…— La empleada pareció contrariada. Y nerviosa. Lo último que quería era cabrear al héroe con mayor fama de bomba de relojería. La echarían del curro en menos que canta un gallo. Y tenía un gato que alimentar, además de un alquiler que pagar. Si fuera por ella, le daba todas las motos que le pidiera. No obstante, las reglas eran las reglas.
—¿En serio? ¿Y si te hago una oferta que no puedas rechazar?
La cita de El Padrino hizo que Uraraka quisiera llevarse las manos a las sienes. Lo último que necesitaba era un marido que, como un Santa Claus del infierno, fuera repartiendo cabezas de caballo de casa en casa. Es decir, ¿a cuánta gente consideraría un Bakugou-gánster que le había ofendido a lo largo del día? ¿Cuánta gente tendría una cabeza de caballo ensangrentada al despertar?
Mientras ella pensaba estas cosas, Bakugou estaba dispuesto a demostrar que el dinero no era un problema para él. Y, dado que la familia de Uraraka no estaba muy acostumbrada a este concepto, era de esperar que Isamu le dedicara una expresión sorprendida. Casi con timidez, revisó la cara de su prima. Esta se limitó a gesticular como si tirara billetes con una mano.
—Yo, eh… Bueno, lo tengo que-que consultar con mi jefa…
—Pues consúltalo. ¿A qué demonios esperas?
La recepcionista quedó unos segundos embobada en los ojos impacientes de Bakugou. Comprobando que hablaba totalmente en serio, se encontró tropezándose hasta la parte de atrás de la sala, tartamudeando «S-sí, señor Ground Zero, discúlpenme».
En cuanto desapareció la joven, el perfume de su prometida llegó a sus sentidos como una caricia estival.
—Eres un capullo, ¿te lo he dicho alguna vez?
La blusa amarilla y blanca que portaba realzaba su figura de un modo delicioso. En consecuencia, la rodeó con los brazos para sentirla cerca. Besó su frente con ternura y respondió:
—Dime lo que quieras, Cara Bollo. Pero yo me voy a montar en esa Harley y tú no.
—Que te lo has creído.
En efecto, Bakugou se vio forzado a dejarla montar.
Plasmada entre sus mejillas, tenía esa sonrisa triunfal y traviesa. En el mejor de los casos, esa expresión significaba sexo; y en el peor, implicaba ser inmovilizado en el suelo durante un entrenamiento. Respecto a eso último, a veces se preguntaba si había visto demasiadas películas de Bruce Lee, y por ello quería casarse con una versión femenina de un experto en artes marciales.
Bakugou no dudó en plantar los dedos en esos mofletes regordetes y acercarla a su rostro. No podía describir lo adorable que estaba con los morritos enjutos y la cara espachurrada de bebé. Se pasaría el día entero viéndola resistirse a sus pellizcos, estrujando sus redondeces, tentando sus tiernos…
Fue repentina la bofetada que le dio Uraraka.
—¡Oi! ¿Qué coño?
—¡Katsuki, no me hagas eso!
—Ochako,—advirtió: —no subes a la moto, eh.
—¿Me vas a hacer pagar por subir?
Isamu los observaba desde su cuarenta y cinco, único modelo que le permitían conducir a su edad. Su «nuevo primo» le había enseñado dónde quedaba el embrague, el uso de las marchas, etcétera. Mas, a la hora de arrancarla, un terror le había paralizado las piernas. De modo que insistió en que Bakugou y ella dieran una vuelta primero. Por su cuenta. Bien lejos. Y que lo dejaran fotografiarse a sí mismo montado en moto, sin testigos.
—Mujer, en esta vida no hay nada gratis.
—El amor es gratis. O debería.
—Pues cállate y déjame hacerte esto.
Bakugou volvió a intentar besarla de ese modo tan incómodo. Y ella no dudó en abofetearlo otra vez. Sin embargo, él consiguió esquivarlo.
—¡Oi! ¿Quieres estarte quieta de una puta vez?
La castaña le sacó la lengua y, sin pedirle permiso, comenzó a subirse a la moto. Una vez dispuesta, Uraraka se colocó el casco.
—Es para hoy, Katsuki.
—Deja de portarte como una niñata… Te estás ganando que te ponga en tu sitio, Mofletes.
También se colocó la protección y arrancó. Ambos sintieron el rugido del motor, el delicioso temblor de su fuerza bajo sus cuerpos.
—¿Y qué sitio es ese?—respondió con impaciencia. Lo hizo junto a su oído, como si su voz, así, como de caramelo hecho suspiro, no le embriagara el resto del cuerpo.
Con esto, la boca de Bakugou fue conquistada por una sonrisa entre perturbadora y arrogante. Le ordenó:
—Tranquila, te lo explicaré en detalle cuando te ponga las manos encima. Por ahora, no me sueltes, ¿eh? Pégate bien a mí, ángel.
Automáticamente, Uraraka acabó con el espacio entre ellos. A pesar del equipamiento protector, se preocupó de que sus curvas fueran palpables.
—¿Así?—susurró, tentadora.
—Así—contestó él, tentado.
Y a correr.
Cuando regresaron, Isamu todavía se decidía entre las fotos que se había hecho. No sabía cuál publicar. Poco tiempo le duró el móvil en la mano, pues su prima ya estaba insistiendo en que se echaran un selfie juntos. Bakugou se preguntaba si realmente habían venido a montar en moto o no.
—Bueno, yo voy a dar una vuelta por el circuito Tres. Cuando enseñes a Isamu, podemos echar una carrera, ¿te parece bien, bebé?
—Mientras no llores cuando te dé una paliza, bombón.
—¡Eh! Si vais a echar una carrera, ¿puedo grabaros?
—Ni de coña—contestó Bakugou.
—¿Tan seguro estás de que vas a perder?
Isamu contempló pasmado cómo su prima y su prometido se dedicaron una mirada entre altanera y siniestra. Sin apartar los ojos escarlatas de los castaños, gruñó aquel:
—Mocoso, graba lo que te salga de los huevos. Si ella quiere recordar cómo muerde el polvo, es problema suyo. ¡Intentaba ser un buen marido! Pero tú te lo has buscado, Mofletes.
La heroína sonrió a modo de despedida, subió a la Harley y condujo hasta el circuito Tres. Bakugou se la quedó mirando, abstraído unos segundos. Así pues, Isamu no podía imaginarse en qué estaría pensando el héroe, pero jamás creyó que vería al celebérrimo Ground Zero ruborizado.
—¿Por qué narices quieres aprender a montar en moto?
Tras caerse por cuarta vez en menos de quince minutos, Isamu, mugriento, sudoroso y cansado, acabó dándole patadas a la moto. De ahí que fuera inevitable que incluso Bakugou mostrara interés.
—¡La pregunta es cómo puede ser tan difícil algo que los idiotas de mi curso no dejan de hacer!
El rubio le levantó la moto con facilidad y repitió, paso a paso, cómo controlarla. Luego, volvió a cedérsela.
—¿Lo entiendes ya, mocoso?
—Sí.
Unos minutos después, Isamu estaba de nuevo en el suelo. Bakugou no tardó en alcanzarle. Dejó su moto a un lado y estudió al muchacho perder la paciencia nuevamente. Meditabundo, se acercó a él y lo tomó de una muñeca, enderezándosela.
—Estate quieto—mandó.
A continuación, y sin percatarse del sonrojo de Isamu, probó la articulación en diferentes direcciones rotatorias. Cuando llegó a la zona izquierda, el muchacho soltó un gemido. Ajá.
—Por eso no puedes girar con la moto, idiota. Tienes una fisura ahí. ¿Cómo cojones no te has dado cuenta? —Isamu no respondió. En su lugar, apartó la vista, escondiéndose tras su flequillo. —Oi, te estoy hablando, mocoso.
Respondió con un hilo de voz.
—No se lo digas a mi madre… Mi… No. Ellos, los de mi clase, ellos me empujaron en el aseo y… a veces pasa eso. Me rompen algo.
Algo se le clavó en el pecho a Bakugou. Había enterrado en él una especie de avispero de remordimientos cada vez que echaba la vista atrás; se veía a sí mismo presionando a los demás tanto como a sí mismo. Y bien sabía el diablo que no era poca su autoexigencia.
—¿Y por qué no te defiendes?
Puede que Uraraka fuera un espíritu omnisciente porque, en el fondo de su conciencia, algo le dijo que esa pregunta era una absoluta gilipollez. Por supuesto que se defendería si pudiera.
El muchacho rompió a llorar.
A Bakugou casi le da un ataque de ansiedad. ¿Qué se supone que tenía que hacer ahora? ¿Si lo abrazaba, estaba mal? Sí, ¿no? Hay mucha gente que detesta el contacto físico. Maldita sea. ¿Qué haría su prometida? Joder, seguro que lo abrazaría. Y le diría que tenía que decírselo al director. Pero esas mierdas no hacen nada, lo sabía de antemano. De pequeño, llegaron a expulsarle cuando el puto Deku lo acusó de... Ni siquiera recordaba de qué. Lo que sí recordaba era que, al regresar a la escuela, lo acosó más brutalmente por venganza.
Por supuesto que «abrazar» y «contarlo al director» no era suficiente.
¿Y si se presentaba él en el instituto y les daba una lección a esos mocosos? ¿Era eso legal? No tenía pinta.
—Lo hacen porque… porque soy gay—siguió sollozando.
De acuerdo. Bakugou no admitiría jamás que estaba rezando por no ser el primero en enterarse. Podía imaginarse la responsabilidad la cual implicaba ser el primero en...
—No se lo he dicho a nadie.
Perfecto. No exageraría si admitía que quería pegarse un tiro ahora mismo. Dios santo, ¿estaba sudando? Hostia, vale, sí: estaba sudando. A chorros. Se limpió las palmas en los pantalones y se centró en qué tenía que decir. Jamás imaginó que acabaría preguntándose qué haría el Pelo Mierda —Kirishima— en su lugar. Ese gilipollas poseía un auténtico arte a la hora de relacionarse.
Pero, por lo visto, no tenía que decir nada, dado que Isamu continuó hablando. Y hablando. Y hablando. Como quien destapa una presa, las palabras fluían de él sin control. Se le derramaban aquellos sentimientos que había estado reteniendo; amenazando con ahogar a su interlocutor. No obstante, entendió Bakugou que su papel como héroe japonés y esposo de Uraraka Ochako comprendía este tipo de cosas. Escuchar los problemas de su primo homosexual, cuyo padre se había suicidado y al que le hacían bullying. El mismo que quería aprender a montar en moto para impresionar a un chico.
Así, puesto que él, Ground Zero, tenía que ser el mejor en todo, atendió a cada lamento, queja, deseo e inseguridad de Isamu. Y, una vez acabó el mártir de exponerse, el héroe masculló su más sincera opinión concerniente al asunto:
—Tienes que echarle huevos, mocoso.
Bakugou tenía un plan.
Uraraka observó a su prometido llegar al circuito con su primo. Este último parecía tener los hombros más relajados y, por su cara, era evidente que había llorado. Mugriento, la saludó con una ancha sonrisa antes de resguardarse en los asientos de la entrada. Preparó la cámara.
—¿Lista para morder el polvo, Mofletes?
«(…) La belleza convence. Sabes que la belleza hace posible el sexo».
El verso era también de Anne Carson. Y atravesó su conciencia como una flecha encendida al divisar a Bakugou avanzar hacia ella. Llegó con la decisión de un Aquiles motorista, de haber sido el semidiós homérico tal cosa. El equipamiento del traje realzaba aún más sus hombros, dos torres a las que adoraba escalar Uraraka. Su cintura parecía confeccionada por olímpicos. Y ese culo lucía apetitoso tras el mono —¿se enfadaría mucho si Uraraka estiraba la mano y agarraba un poco de ese panecito recién horneado?—. Además, en su mirar sólo estaba la lujuria por la victoria; lo cual, siendo sincera consigo misma y consciente del chiste malo, la ponía como una moto. Se había quitado esas gafas de sol tan sexys, esas de aviador. Le hubiera gustado jugar a los polis malos con ellas.
—Tengo una idea—le anunció, aprovechando que Isamu no podía oírles. —Ya sabes, para hacer esto más interesante.
—Te escucho.
Volvió a dibujarse en su prometida aquella sonrisa entre traviesa y triunfal que un día lo haría perder la cabeza del todo. Bakugou se preguntaba si la desgraciada era consciente de tal poder.
—Si yo gano, tengo potestad para elegir cuándo me comprarás helado. Da igual el momento: tendrás que traerme helado como sea. Y dejarme comerlo, claro.
—¿Y si gano yo?
—Lo mismo, pero con sexo en lugar de helado.
Montada en moto y con ese traje tan estrecho, Uraraka poseía el encanto de una venus entre mortales. El ardor por ella le nubló la vista a Bakugou. Era delicioso el modo en el que sus muslos se pegaban al vehículo o su trasero se adaptaba al asiento —como derritiéndose—. Tendría que estar loco para decirle que no a algo.
—Trato hecho, Mejillas Dulces. Aunque algo me dice que, pase lo que pase, sales ganando tú—añadió con picardía.
Uraraka no respondió, sino que con otra sonrisa se colocó el casco.
El hecho de que Uraraka condujera como si hubiera consumido algún tipo de estimulante no implicaba que fuera fácil vencerla. Todo lo contrario, de hecho. Aceleraba sin ningún orden ni concierto, era temeraria incluso en las curvas cerradas y se cruzaba delante de Bakugou siempre que podía. Como para obligarle, a él, a «morder el polvo». De forma más literal que figurada.
En fin. Bakugou supo que sólo había una manera de que esa loca no lo obligara a comprarle helado a las cuatro de la mañana. Y, puesto que ninguno de los dos había especificado las condiciones de la victoria, se sintió legitimado a recurrir a su don. Con ayuda de los dientes, se quitó el guante izquierdo y, apuntando con la palma tras de sí, activó su poder.
La velocidad que adquirió la moto fue brutal. Bakugou tuvo que esforzarse en mantener los miembros firmes y el eje de su equilibrio conforme a los movimientos del vehículo. Apretando los músculos, mantuvo esa velocidad. En unos instantes, había sobrepasado a Uraraka.
Sin embargo, apenas se sucedieron cinco segundos antes de que su prometida le arrebatara la gravedad a su vehículo. De este modo, el empuje del motor, sin la influencia de la Tierra, resultó magnánimo.
Parecían dos meteoros echando una carrera.
Isamu notó temblar el pavimento apenas unos diez minutos desde que iniciaron la carrera. Se escuchó un estruendo seguido de otro; y buscó en el cielo algún signo de rayos. Pero estaba soleado. Luego, llevó la vista al horizonte, desde donde comprobó que el circuito estaba llenándose de lo que parecía una tormenta de arena. Dos puntos demasiado rápidos para sus ojos lideraban el vendaval, siguiendo el circuito religiosamente. A esa velocidad, llegarían a la meta en unos segundos.
Los asientos de la grada tiritaron como un esqueleto con frío. Y, sobre ellos, el joven encogió el culo y afianzó su agarre al móvil, que continuaba grabando.
—¡¿Se puede saber qué está pasando?!
El muchacho escuchó a la recepcionista a unos metros de allí, bajo la grada. Había salido de la cabina junto a su jefa, pues los cuadros de las paredes habían comenzado a caerse; como en una película de terror, una vibración constante ocupó la superficie de su café; y el agua de los retretes había comenzado a burbujear sonoramente, amenazando con desbordarse de nuevo.
Isamu trató de gritarles que se pusieran a cubierto. Mas, ya era tarde.
—¡Eres un tramposo! ¡Tramposo! ¡Tramposo!
Uraraka bajó de la Harley —la cual, privada del peso de su conductora, comenzó a elevarse por el cielo como un globo— y se precipitó sobre Bakugou. Esgrimiendo su dedo acusatorio, se plantó delante de él. Lanzó el casco con indignación a algún lado. Sus mejillas, rojas e infladas, arrebataban seriedad a sus acusaciones.
El rubio se quitó el casco, alzando una ceja y portando una sonrisa maliciosa. Apoyó las manos sobre la montura de la moto, descansando sobre ella. Desde ese punto, tenía una perspectiva perfecta de su prometida enfadada. Y que lo partiera un rayo si no le divertía verla así.
—¿Ah? ¿Qué ladras, Cara Bollo? Nadie dijo nada de no poder usar nuestros dones.
—¡Era obvio que no!
—¿Y por qué has acabado usándolo, si estaba prohibido? Hubieras ganado por cumplir las reglas, ¿no?— Uraraka cerró la boca y mordió, frustrada, su labio inferior. Sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre, bien por su irrefutable victoria, bien por las reacciones de su prometida, él continuó: —Pero has querido jugar con mis reglas. Te jodes.
De poder hacerlo, la heroína le arrancaría con las uñas esa mueca felina, la cual le debilitaba las rodillas. «Tiene suerte de estar tan bueno», pensó.
—¡Ha sido increíble!— Ambos se giraron para ver saltar desde la grada a Isamu. Los asientos estaban cubiertos de polvo y el propio muchacho tenía el pelo echado para atrás, al más puro estilo super saiyan. Agitaba de un lado a otro el móvil. Se sumaba a su expresión una jubilosa sonrisa.—¡El mejor empate que he visto en mi vida!
—¡¿Empate?!—exclamaron ellos al mismo tiempo.
Entonces, se miraron, profundamente indignados.
—Y una polla, empate. ¡Mocoso, déjame ver el vídeo! ¡Baja tu culo de la grada!
—No me lo puedo creer.
—Esto es culpa tuya.
—¿Mía? ¡Iba ganando yo hasta que decidiste volverte un canuto en moto!
—Vuélveme a llamar eso y te juro que…
—¿Qué? ¿Qué vas a hacerme? ¡Ah!
Volvió a tomarla desde la mandíbula, apretándole los mofletes con fuerza. Ella, ni corta ni perezosa, no dudó en agarrarle por los pelos y tirar.
—Disculpen…
Uraraka y Bakugou cesaron su forcejeo cuando se dieron cuenta de que la recepcionista estaba a su lado. A la pálida mujer le temblaba la voz y tenía el pelo echado hacia atrás, al igual que Isamu. Su camisa se encontraba llena de machas de café. Se sumaba la condición de su ropa, cubierta de arena de los pies a la cabeza. Francamente, parecía Emmet Brown en Regreso al futuro.
Con un hilo de voz, señaló al cielo y preguntó:
—Esto... ¿Podrían, por favor, bajar la Harley?
