Uraraka blandía la pieza de lencería como si fuera un arma delante de las narices de Bakugou. Cada movimiento hacía rebotar sus senos debajo de la sudadera, de un modo particularmente cómico. Este hecho contrastaba con la situación. Sus mejillas estaban empañadas de rubor a causa de la furia, la misma que le quebraba la voz. Y de sus ojos se desprendía, como hojas otoñales, alguna que otra lágrima. Eran gotas serenas, distantes a ella. Como de otra.

Llevaban treinta y cinco minutos con esta mierda.

—¡¿De verdad pretendes que deje pasarlo por alto?! ¡¿Pero tú estás bien de la cabeza, Katsuki?!

Si Uraraka parecía poseída por las Erinias griegas, Bakugou no se quedaba lejos. Respiraba precipitadamente, sintiendo el fuego sorbiéndole las venas y el estómago retorciéndosele como a pedradas. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos, escarlatas y airados, exhalaban rabia.

—No dije nada cuando descubrimos que habían invitado al soplapollas de Deku la misma semana que nos quedábamos, ¿verdad? ¡¿Me viste quejándome en algún momento?! ¡No! Cerré la puta boca, ¡joder!—casi rugió. Luego, habló con susurro venenoso: —Créeme, Mofletes, que no tenía por qué haberlo hecho. Porque ese maldito Deku no es gilipollas del todo, y sabe qué está pasando. Y, aun así, se ha quedado en la maldita casa.

—¿Tienes, de verdad, que meter a Deku ahora?

El rubio ignoraba el sujetador negro que tan agresivamente su novia zarandeaba delante de él. La culpa de todo la tenía esa cosa. Talla S, como para hacer más ridícula la evidencia. Bakugou intentó arrebatárselo un par de veces, dispuesto a reducir la lencería a pedazos y cenizas. Sin embargo, los reflejos de Uraraka estaban a la par que los suyos. Así que solo podía resignarse a la humillación que era que tu novia te pase por las narices un sujetador que no le pertenece. De vez en cuando, le azotaba con él. «La desgraciada me está dando con las hebillas».

—No sé, Ochako. ¿Tienes que meterte en su dormitorio a escondidas? ¿Se te ha perdido algo ahí? Por lo que yo sé, subí tus maletas a esta habitación, no a la suya.

Uraraka pegó la mano con el sujetador al fornido pecho del rubio, como dispuesta a clavarlo ahí. A pesar del fragor de su mirada, sus palabras se descubrieron frías. En el fondo, estaba sorprendida. ¿Quién se lo había dicho? Sólo Izuku la había visto allí... ¿verdad? ¿Por qué se lo contaría? No. Si se lo hubiera contado, no estaría gritándole así. No había forma de tal cosa.

—No vas a decirme qué y qué no puedo hacer, Katsuki. Ni ahora, ni cuando nos casemos.

—¡Oh, genial!—gritó, sarcástico. —Así que no me lo piensas decir.

—¿Decirte el qué?

Cada vez estaban más cerca. Puede que fuera la euforia, los nervios o la ansiedad; pero, como por instinto, sus cuerpos se fueron aproximando. Bakugou sintió el cálido aliento de su prometida sobre su boca. Se había inclinado para sostenerle la mirada.

—No sé. Por ejemplo: ¡¿por qué coño me lo ocultas?! ¿Qué es lo que no puedo saber, ah?

Era evidente que no todo giraba en torno la visita en sí a Izuku, sino al hecho de no habérselo dicho.

—¡No me grites!

—¡No te estoy gritando! ¡Tú estás gritando!

—¡No, estás gritando!

Aconteció un silencio sepulcral, a través del cual, se contuvieron la mirada. Como con un desafío amargo, rencoroso.

Cabía preguntarse cómo habían llegado a esto.


—Estoy conociendo a alguien.

Uraraka lo pronunció con meditada —practicada, incluso— espontaneidad. Una lástima que sus esfuerzos resultaran en vano: a su padre se le resbaló el plato que estaba secando. Un tenso silencio, apenas ocupado por el fluir del grifo y el recoger la vajilla rota, colmó la cocina. Su madre fue la primera en aclararse la garganta para hablar.

—¿Y eso?

La amabilidad de su tono era tan artificial que a Uraraka le dio náuseas seguir con esto. Quiso huir, aun sabiendo que no podría escapar de su familia. Trató de inhalar valor y comenzó a sincerarse de la siguiente manera:

—Bueno, mi agencia está haciendo colaboraciones con la suya. Temas de publicidad, y eso. Como nuestros dones se combinan muy bien y ya nos conocíamos de la Academia…

—Espera—la interrumpió su padre—, ¿iba contigo a clase? ¿Quién es?

—No será—carraspeó, de nuevo, Hanako Uraraka— el del Festival Deportivo, ¿verdad, Ochako?

Ella no ocultó su sorpresa. No pensaba que recordarían aquello. ¿Y por qué su madre deduciría tal cosa? Había tenido más compañeros. Y, en la graduación, sus padres pudieron comprobar cuán numerosos eran, en total, los alumnos de U. A.

¿Por qué deducir que era Bakugou?

Ante la expresión de su hija, la mujer, como si acabase de cazar a un ratón, arrugó la nariz. Refulgió entonces la desaprobación en sus ojos.

Recuerdo la primera vez que mi madre se topó con él.

(…)

dijo

yo no me fiaría de nadie que se llamara a sí mismo X, y

algo se reveló en su voz,

una Babel

se interpuso entre nosotras en aquel instante que nunca

aprenderíamos a traducir:

gusto a hierro.

Uraraka entendió por qué a la gente le gustaba la poesía entonces. En el mismo instante en el que el gusto a hierro del que hablaba Anne Carson se asentó a su boca. Gusto a hierro por la mirada de su madre, titánica, contra la suya. La suya pequeña, la suya acorralada, la suya ratonera. La suya, la de un Caín fratricida. La de su madre, la de Dios verdugo.

—¿Esto es una broma, Ochako?—rompió Takeshi el maleficio silencioso. —¿Me estás diciendo que dejas plantado al sucesor de All Might por ese… ese…? No sé ni cómo llamarle. Un héroe, desde luego, no es.

—¿Papá?

—Lo hemos visto en las noticias, cariño—. De nuevo, su madre hablaba con la falsa ternura de quien pretende imponerse con suavidad. —Parece un hombre violento.

—Es expresivo, no violento.

—Deku sigue preguntándonos por ti, ¿sabes?

—No tenéis por qué seguir llamándole… Me incomoda un poco…

Sus palabras parecieron abrir una vieja herida, puesto que Takeshi Uraraka arrojó el trapo al fregadero y rugió:

—¡Más incómodos nos sentimos nosotros cuando echaste a correr dejándolo en el altar!

—Sí, aquello fue vergonzoso. Toda la familia allí… ¡Y la pobre Inko, venga a llorar! Queríamos que nos tragara la tierra.

Su hija los observó, incrédula.

—Es que—continuó Hanako— si me dices que vas a encontrar a alguien mejor… Pues no te diríamos nada, tesoro. Pero… ¿alguien mejor que Deku? Abre los ojos, por favor.

—La novedad siempre gusta—comentó su padre, más calmado. —Yo entiendo que ahora ese chico pues… despierte en ti algún interés. No obstante, si quieres algo serio con alguien, algo sano y a largo plazo, tiene que ser… Cómo decirlo…

—Con alguien que sea más como Deku.

—Sí.

Tardó unos segundos en contestar.

—Nunca voy a volver con él—susurró Uraraka, rotunda.

—Hombre, nunca nunca… No se sabe, hija. Esta vida da muchas vueltas—comentó su padre.

—No nos mires así, cariño. Somos tus padres. Te queremos y sabemos lo que es mejor para… Ochako, ¿a dónde vas? ¿Te ha molestado lo que hemos dicho?

Contestó a su madre dando un portazo al salir. El eco de este seguía escociendo en los oídos de Uraraka pasado el tiempo. Se asemejaba al sonido de los perdigones de la escopeta de su padre. Desde la cocina de la residencia familiar, por la ventana, observaba cómo él, Izuku e Isamu disparaban a botellas de cerveza sobre una valla.

Bakugou la halló así, asida por una melancolía de eco.

—¡Katsuki!

La cercó en un abrazo contra el poyete de la cocina y besó el encuentro entre su cuello y su barbilla, seductor. La atención de la joven se deslizó al tacto obsceno, al movimiento sugerente de sus caderas, a la decisión de sus ojos escarlatas, a su boca con promesas de lava y nieve simultáneas.

—Estate quieto—susurró, entre risas secretas y entrecortadas. —Aquí no… Por Dios, estamos en la cocina de mi yaya…

El siguiente disparo los sobresaltó a los dos. Por fin Isamu acertaba con una botella. Dirigieron su vista al exterior. Takeshi e Izuku felicitaban efusivamente al muchacho, dándole palmadas en el hombro y exclamando halagos.

—Ese mocoso necesita confianza en sí mismo—opinó el rubio, depositando más besos sobre su hombro.

—¿Sabes? Antes no era así. No sé qué le ha pasado.

Bakugou, quien no estaba dispuesto a aflojar el agarre que tenía en las deliciosas nalgas de su prometida, murmuró:

—En lugar de preguntarle eso todo el rato, deberíais buscar soluciones.

—Si no sé qué le pasa, no sé cómo ayudarle.

Por esto, precisamente, no quería ser el primero en conocer la orientación sexual del muchacho. Gruñó y, después, juró:

—Me encargaré de que cambie de instituto. Sea lo que sea, el problema está ahí—. Pronto, añadió: —Y quiero comprarle una moto por su cumpleaños.

Uraraka meditó todo ello mientras florecían mariposas por su vientre, devorándola a cosquillas. Buscó con los dedos su cabello húmedo por el baño, sus hombros de acero, su espalda de relieves… ¿Por qué ese cuerpo de escultura helénica había acabado como ideal de belleza? Podría haber sido otro —cualquier otro— y, aun así, Uraraka se hallaría buscando este. Justo este.

—Está bien. Hablaremos con mi tía. Seguro que lo entiende.

Ahora, Bakugou podría haberle pedido lo que quisiera. La joven sabía que se lo concedería.

—Quiero que nos casemos pronto—confesó él, continuando su recorrido por el escote de su camiseta. Le salió un tono ronco y bajito, el cual despertó una gran conmoción en el pecho de ella.

—Yo también—respondió Uraraka, suave como un sauce.

—Quiero que nos casemos ya—susurró; un niño cansado encerrado en el héroe.

—Yo también—rio la heroína, creyendo que así no era niña ni estaba cansada.

Entonces, revisó su expresión.

—Quiero…—empezó.

—¿Qué más quieres?

El lenguaje le frustraba. Bakugou quería tanto de ella. Tanto. Y las palabras eran perras negras que se le escapaban y le mordían y le ladraban. Se sintió patético por intentar ser romántico y acabar sin saber qué decir.

—Da igual.

—No, no da igual—. Juguetona, estiró un poco de uno de sus mechones. —Dímelo.

Le apartó la mano que le tiraba del pelo y entrelazó sus dedos con lo suyos. Después, se incorporó y, despacio —no fueran a perderse—, besó sus labios. Largamente.

—Baja ahora mismo del poyete a mi hija—exigió Hanako Uraraka entrando a la cocina sin dubitación. La repugnancia era palpable en su voz. Había en sus ojos, por otro lado, cierto brillo victorioso.

«Abolir la seducción es la meta de una madre» dijo Carson.

Suegra, me tiene usted hasta los huevos—dijo Bakugou.

—¿Y por qué no te marchas, yerno querido?

Un disparo coincidió con la explosión de otra botella. A su vez, Uraraka sintió el cuerpo del rubio, ya separado de ella, tensándose.

—¿Ah? ¿Me estás echando? ¿Es eso, vieja foca? ¡Vamos! Échale un par de cojones y dímelo a la cara.

—Ya está bien—. Uraraka levantó la voz, interponiéndose entre los dos. Luego, con menos autoridad, se dirigió a la mujer. —Perdona, mamá. No era ni el lugar ni el momento.

Ella se cruzó de brazos. Expectante.

—¿Él, qué? ¿No se disculpa? ¿Te disculpas tú siempre por los dos?

Bakugou soltó media carcajada sarcástica. De incrédula rabia. Mas, su prometida le dio un codazo en el estómago que lo dejó seco. Al cabo, Hanako escuchó que, en efecto, Ground Zero pidió perdón a regañadientes.

Una enfermiza satisfacción emergió en la faz de la mujer. Luego, repuso:

—La yaya quiere que la ayudes a enhebrar una aguja, Ochako. Te está esperando junto a la piscina, que sabes que le gusta coser al sol. La ayudaría yo, pero ya no veo como antes.

La heroína, arrojada de nuevo al melancólico estado en el que Bakugou la halló, se despidió con un silencio lastimero de él. Y desapareció por el pasillo, hacia el jardín trasero.


Había que ser ulteriormente gilipollas para no darse cuenta de las intenciones de su suegra.

Quedaba bien: la palabra 'ulteriormente' en esa oración. Como si mezclar lo vulgar de 'gilipollas' y lo clásico de 'ulteriormente' funcionaran como signos matemáticos. Positivo y negativo anulándose como una hazaña mágica. Decir 'gilipollas' lo volvía un hombre soez; mas, utilizar 'ulteriormente' era obscena pedantería. ¿Y cuál de los dos era él? ¿El gilipollas o el ulteriormente?

Bakugou se entretenía pensando eso, pues no quería fijarse en la forma tan fea en la que su suegra lo estaba analizando.

—Yo de ti, me iba olvidando de la boda.

Lo dijo con la tranquilidad de una hoja en el aire. Misma tranquilidad con la que el rubio se cruzó de brazos y formó una expresión cínica.

—Más quisiera—masculló.

—Te veo demasiado seguro. No tanto como a mi hija.

Él chasqueó la lengua. Con disimulo, se limpió las palmas, que empezaban a sudarle, en los brazos.

—Por muy increíble que le parezca, Ochako quiere casarse conmigo. Así que vaya cerrando la boca, que nadie ha pedido su puta opinión.

Hanako sonrió.

—Si tanto te quiere, Ground Zero, ¿por qué va a escondidas a la habitación de Deku?