Se que ha pasado casi un año desde que no he publicado, ¡MIL DISCULPAS! No pretendo abandonar la historia, por favor, mantengan la fe en esta historia.

El mes pasado estuve de cumpleaños, y mi queridísima beta y amiga Ilianka me hizo este presente. Es tan fino, tan elegante, tan hermoso, que no podía no compartirlo con ustedes. Además, ella se encuentra escribiendoun AU Eremika, ¡que está de lujo!, puedes encontrarla en AO3 y en FF como "Claroscuro", así que... después que leas esto, búscalo ;)


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Capítulo X

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El palacio estaba de fiesta.

Las trompetas cantaban con regocijo, y los sirvientes bailaban, llenando el ambiente con el zapateo de sus vaivenes. La victoria en batalla de Sus Altezas Reales contra Sina ha llenado el reino de gozo, de bebida y comida, de plebeyos felices y niños sonrientes. El sol ha dejado en el cielo destellos púrpuras al morir en su ocaso, y la tarde se tiñe de oscuro hasta que el firmamento se mancha con estrellitas parpadeantes, brillantes, plateadas, tan plateadas como el destello en los ojos de Mikasa cuando sonríe con dulzura a quienes le sirven. Está cansada, al igual que Eren.

Pero él no se cansa de admirar los luceros en sus ojos.

—Creo que me iré a la cama —pronuncia ella, tras recibir el último abrazo de uno de sus súbditos, quienes han acudido al palacio a darles las gracias. Eren asiente.

—Me quedaré unos minutos con Armin para finalizar algunos detalles. Luego estaré contigo —le promete el joven rey, con un beso en el dorso de su mano. Acto seguido, se dirige a la criada de su exhausta esposa—. Sasha, prepárale un baño caliente, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Su Majestad —responde la chica, inclinándose levemente. Y a la joven reina la toma del brazo para marcharse con ella, camino a sus aposentos. Sentado en el trono, su marido conversa con el consejero real, apartando la vista de su esposa únicamente cuando ella desaparece tras la puerta.

—¿Eren? —le llama su consejero, sacándolo del trance provocado por el movimiento cada vez más lejano de la mujer de cabellos oscuros.

—¿Sí?

—Deberías ir con ella.

Hay una sonrisa ligeramente traviesa en la boca de Armin que Eren no comprende bien. El joven rey ladea la cabeza, a punto de alegar.

—Pero debemos hablar de…

—Eren.

—¿Qué?

—Hazme caso. Ve con ella.

—¿Acaso no hablaríamos de la estrategia de…?

—Fue un día lleno de emociones. Necesitas descansar, al igual que ella. Pero también necesitas estar con ella.

Oh.

Oh.

Eren comprende poco a poco. Entonces se detiene, pensativo por unos segundos. Mikasa ya ha desaparecido hace unos instantes. Armin se cruza de brazos.

—Pero… ¿crees que sea el momento adecuado?

—Sólo lo sabrás si vas con ella.

Por alguna razón, Su Majestad se llena de nervios. Sus manos sudan y él las seca sobre la capa real, ignorando el protocolo que un rey debe guardar. Uno de sus sirvientes camina cerca de ellos cargando con una bandeja de copas de vino y Eren le llama: sólo dos copas de alcohol pueden desinhibirlo un poco. Armin lo ve tomar y ríe, mientras el joven rey sacude de sí el calor que le invade al ingerir todo aquel licor en menos de dos segundos.

—Tienes razón.

—¿Y? —le apura Armin, en medio de su risa discreta.

—Pues… No lo sé. ¿Cómo debo acercarme a ella?

Armin ríe de nuevo, esta vez más sonoramente.

—Es tu esposa. Lo sabrás cuando la veas.

Eren rueda los ojos.

—Siempre sabes qué decir, ¿no es así?

—Anda. Ve con ella.

—Sí, sí.

Pero Eren no se mueve de inmediato. Su amigo debe empujarlo antes.

—¡Anda!

—¡Ya voy!

Y unos segundos más tarde, es Eren quien se pierde tras la sombra de la puerta lateral del salón del trono. Armin ladea la cabeza. ¿Acaso su amigo dejará de ser un cabeza dura un día, al menos?

Pensándolo bien, el consejero real sabe que eso es poco probable, y eso lo hace reír para sí mismo.


Cuando Eren gira al final del corredor, no hay rastro de Mikasa.

El joven rey dirige sus pasos hacia la habitación real, en donde escucha el sonido del agua, más allá del gran lecho matrimonial, atravesando el umbral que da al lavabo al interior de la enorme estancia. Aparta las cortinas de seda que conducen a la tina y, antes de que Sasha pueda comentar acerca de su presencia, él se lleva el dedo índice a la boca, indicándole que permanezca en silencio antes de que Mikasa pueda advertir su presencia. La joven reina yace sumergida en el agua, de espaldas a la puerta y a ojos cerrados, con su criada a punto de enjabonarla.

—¿Sasha? —pregunta Su Alteza, percibiendo la quietud a su alrededor. Antes de poder hablar de nuevo, la esponja viaja por su espalda, causando burbujas sobre su piel ya húmeda. Sin embargo, hay silencio; pero la reina no se queja, pues aunque la compañía de su criada es agradable, prefiere la inusual calma que la rodea en este instante. Ha sido un día intenso.

—¿Podrías masajear mis hombros? —la voz de la reina se escucha de nuevo, aunque sin obtener una respuesta audible. Las manos que la enjabonan se deslizan hacia sus hombros para masajear suavemente y ella jadea, en una mezcla entre alivio e incertidumbre, percatándose de que el tacto sobre su piel no pertenece a su criada.

Entonces abre los ojos y gira la cabeza.

Lo primero que ve son un par de orbes brillantes del color de la naturaleza que le sonríen. Su esposo ha tomado el lugar de su criada en silencio, sorprendiéndola. Y aunque Mikasa se sobresalta, esta nueva presencia es mucho más que bienvenida.

Pudorosa, también.

Sobrecogedora, un tanto emocionante.

Es la primera vez que el joven rey la ve desnuda.

De hecho, es la primera vez que un hombre la ve desnuda, y el solo pensamiento dibuja en sus mejillas un intenso tinte escarlata que Eren no advierte, debido a la oscuridad de la estancia que es únicamente contrarrestada por la tenue luz de las velas.

Sin embargo, ella no se cohíbe. Algo en su interior burbujea, formándose en sus entrañas e invadiendo cada una de sus células. Los dedos de Eren sobre su piel envían impulsos eléctricos a su cerebro y su piel reacciona bajo su toque, arrancando de su garganta un par de gemidos que atraviesan los oídos del rey.

Y lo estremecen.

Sus terminaciones nerviosas responden a la voz de la reina como olas estrellándose contra la orilla: entre excitación y violencia.

Eren continúa con su ritual, dejando besos fugaces aquí y allá, recibiendo suspiros largos en respuesta. Cuando la hora del baño termina, él le da la espalda y espacio hasta que ella se ha envuelto en una toalla. La mano de la joven reina busca la de él y sabe que es momento de volver a los aposentos reales. Él la deja, ya frente al lecho, a punto de llamar a la criada para que regrese a vestirla.

Pero la mano de la reina no lo abandona.

—Quédate.

Él se gira hacia ella. Y los ojos verdes caen al suelo, siguiendo el movimiento de la toalla que ha sido desdeñada. La piel de porcelana se descubre ante él y lo encandila, como el brillo de un tesoro que acaba de ser descubierto. Eren traga saliva mientras las manos de su esposa se deslizan alrededor de su cuello y sobre sus hombros. Ella está nerviosa, también, pero es lo suficientemente valiente como para darle un beso en los labios y abrazarle, muy dulcemente.

—Mikasa…

—¿Hmm? —murmura ella, guardada en el calor de su pecho, atenta a cada uno de los latidos de su corazón. La voz de él también vibra en sus oídos, y se estremece cuando los dedos del rey dibujan una línea sobre su columna vertebral.

Ninguno de los dos pronuncia palabra de nuevo. Él sólo la besa, acunando su rostro entre las manos mientras sus labios se unen a los de ella con dulzura. Mikasa tiembla ligeramente y él la cubre con su propio cuerpo, al tiempo que el beso adquiere un tinte más intenso, y dos pares de pies titubean hasta toparse con el lecho real.

—Quítate la ropa —es la voz de la reina la que se alza por encima del silencio, de forma demandante, urgente, seductora. Ella no lo sabe, pero la melodía de sus cuerdas vocales es como un hechizo que rinde al rey completamente a sus pies.

Él obedece.

Ella lo observa, aún con sus mejillas manchadas de carmesí, y sus labios ansiosos de volver a besarlo. Eren procura no apartarse demasiado de ella mientras se desviste, pues su deseo de ella hace la lejanía insoportable y, una vez despojado de sus ropas, la besa de nuevo, tan torpemente que Mikasa ríe por lo bajo, sujetando el rostro de su marido entre sus dedos. Él la mira, nervioso, desesperado por ella, y la sonrisa de la joven reina se desvanece en cuanto su entrepierna experimenta la dureza cálida del hombre sobre ella.

Mikasa suspira y cierra los ojos. Eren, maravillado, besa cada uno de los rincones de su piel, desde la coronilla hasta los pies, lentamente.

Una hoguera invisible se enciende en el vientre de la muchacha, invadiendo sus venas, su cuerpo. El rastro de los besos del rey va dejando cosquillas a lo largo de su abdomen viajando hacia el sur, hasta llegar al punto glorioso donde ella se retuerce, arrugando las sábanas entre sus dedos, dejando escapar gemidos placenteros que culminan en un último suspiro triunfal, y es entonces cuando Eren vuelve a ella, fundiéndose ambos en un solo beso y un solo ser.

La luz argéntea de la luna que los baña es testigo del éxtasis de sus cuerpos sudorosos, de bocas que colisionan y lenguas que se entrelazan en aquella danza erótica que ambos bailan. Del momento en que las manos del rey se entrelazan con las de su mujer y ella jadea, estremeciéndose bajo su cuerpo, sintiendo los dientes del muchacho marcar su cuello con sutileza, ansioso. Cada estocada en ella es un gemido que cala en sus huesos, cada suspiro agrega un beso a sus bocas sedientas. Eren la ciñe contra sí, mirándola a los ojos, con la carne sumida en la profundidad de su núcleo, extrayendo de su garganta los quejidos más dulces y plácidos que sus oídos hayan escuchado jamás. Y la noche sigue, pero el tiempo se detiene alargando el idilio, extendiendo el frenesí hasta apagar la llama que los consumió por completo aquella velada.

Entonces Eren se desmadeja sobre ella, agotado, recuperándose entre sus brazos y sobre su pecho que se ensancha con violencia hasta volver a la normalidad. Los besos de Mikasa adornan el cabello del joven rey y él sonríe hasta que sus párpados se cierran; y soñará con ella, con lo que los une, con lo mucho que la ama. Y ella soñará con él, con sus caricias y con la felicidad que los embarga.

Porque nada podría ser más perfecto que esto.