Capítulo 1: Las casualidades no existen.

Septiembre, 1981

En apenas un día, se puede cambiar el mundo. En apenas un día, alguien cambió todo su mundo.

Los Edenfall nunca llegaron a cuestionarse porqué eligieron ese día para mudarse a Mallorca, y, aunque lo hubieran hecho, difícilmente habrían podido saber la verdad. Algo que parecía tan simple como una mudanza apresurada no podía estar envuelto en nada demasiado grave.

Quizás fue el hecho de que su hija ya era lo suficientemente mayor como para viajar hasta allí, o quizás fue por la insistencia de Thomas Edenfall, que no dejaba de recalcar que Irlanda no era un país seguro para una futura bruja mestiza. La primera guerra mágica estaba en su peor época, y no sabían cuándo se extendería hasta cubrir por completo los límites irlandeses.

Los Edenfall eran plenamente conscientes de que España era de los países más seguros de Europa para los magos, y por lo tanto, una de las mejores opciones para huir. Probablemente, eso se debiera a que su ley del Secreto Mágico era bastante estricta. Los magos españoles escondían tan bien su condición, que ni siquiera sus hijos podían saber nada, al menos hasta el momento en el que llegara su momento de asistir a Beauxbatons, academia de magia que les correspondía por localización, o hasta que los niños sufrieran arrebatos mágicos demasiado difíciles de ocultar.

Por eso, una tormentosa noche de finales de verano, los Edenfall cargaron con su hija y huyeron rumbo a Mallorca, donde habían pasado su luna de miel y donde, al parecer, pasarían el resto de su vida. Quizás no supieron porqué habían decidido marcharse aquel día, pero aquel arrebato había puesto en riesgo la vida de mucha más gente de la que podían haber imaginado.

Lo que para los Edenfall sería siempre un misterio sin resolver, era para los Marsh un privilegio que bien habrían querido tener. Desde luego, era mucho más apetecible mudarse sin motivo aparente a una isla del mediterráneo que verte obligado a huir a un pequeño pueblo del interior de la península, por muy semi mágico que fuese. Pero la situación no estaba para exquisiteces, por lo que el plan de escape de los Marsh llevaba ya ideado desde el momento en el que El Señor Oscuro comenzó a adquirir poder.

Pese a ser una familia con un limpio linaje de sangre pura, o quizás precisamente por eso, los mortífagos tenían un gran interés puesto en los cinco hijos de Marie Marsh, y tenían grandes planes para el futuro de sus dos pequeñas nietas. Aunque los Marsh ya habían preparado una gran casa donde alojarse, trataban de alargar lo máximo posible su huída, debido a sus trabajos en el Ministerio de Magia inglés.

Podríamos llamarlo destino, o quizás fuese sólo una casualidad, pero los Marsh, presionados por los mortífagos, huyeron de Inglaterra la misma noche que los Edenfall se mudaron a Mallorca. Y, puestos a seguir relatando casualidades, ni los Edenfall ni mucho menos los Marsh fueron las únicas familias que se establecieron en España aquella noche.

Los Diggory nunca pensaron que su último viaje de vacaciones de verano lo pasarían en el lugar en el que acabarían viviendo. No es muy habitual, al menos no en el mundo muggle, que la casa perfecta para ti se ponga en venta la noche que pensabas irte del pueblo en el que pasas las vacaciones. Pero Amie y Kenneth Diggory no se replantearon mucho el porqué del precio tan barato de la casa. Aquella no era la noche más ideal para volver a Londres, y menos volando como lo hacían los muggles, por lo que los Diggory volvieron a deshacer las maletas y aquella noche se fueron a dormir escuchando el repiqueteo de la lluvia en las ventanas y el llanto de su pequeña hija al oír los truenos.

Ni siquiera imaginaron que, un par de calles empedradas más abajo, otra familia de magos se instalaba en su nueva casa, aún con la adrenalina recorriéndoles el cuerpo y las caras de los mortífagos vagando por sus mentes.

Si las casualidades no existen, ¿qué otra explicación hay para que tres de las niñas se volvieran a encontrar trece años después de aquella tormentosa noche?

Junio, 1994

La playa estaba casi desierta. Apenas quedaban ya las toallas de unas pocas familias sobre la arena, y el sol se escondía ya tras el mar.

Andrea Diggory, ajena al alboroto que armaban sus dos hermanos pequeños, disfrutaba de los últimos minutos de luz mientras dejaba que la brisa meciera su media melena rubia.

— Suficiente playa por hoy —concluyó la voz de su padre a sus espaldas, haciendo estallar los lamentos de Axel y Anne—. Id recogiendo, volvemos al hotel.

Andrea despertó de su ensueño, se levantó de un salto, y comenzó a devolver todas sus cosas a la bolsa de playa rápidamente. No le hacía ninguna ilusión volver al pequeño hotel donde se alojaban, pero sabía que cuanto antes se acabaran sus vacaciones allí, antes partirían hacia Londres. Y si para eso tenía que reducir su tiempo en la playa, lo haría. Por mucho que le gustara.

Normalmente, las primeras vacaciones del año siempre eran a Londres, pero, por desgracia para Andrea, Axel había pasado el curso anterior en una academia francesa, y los Diggory habían decidido comenzar el verano con unas vacaciones más íntimas. Y eso significaba aplazar las vacaciones de Londres.

A Andrea nunca le había hecho gracia no ser admitida en la academia francesa, y que su hermano hubiera pasado el curso allí se le había hecho bastante cuesta arriba. Como consecuencia, había pasado todo el curso deseando que llegara el momento de viajar a Londres. Estaba segura de, en el momento en el que abrazara a su primo, todo el mal humor que había ido acumulando se desharía en el aire y nada volvería a molestarla mientras estuviera con él.

Tras la cena, cuando subieron a los dormitorios, Andrea planeaba mentalmente todo lo que le contaría a su primo cuando le viera, descartando una y otra vez las cosas que ya le había contado por carta. Llevaba todo el día notando un extraño cosquilleo en las manos, y sintiendo como si toda ella fuera a explotar en cualquier momento.

Con una sonrisa en la cara, abrió torpemente la puerta de la habitación que compartía con sus hermanos y se dejó caer sobre su cama.

Su primo, Cedric, podría ser algo mayor que ella, pero Andrea nunca dejaría de opinar que se llevaban de maravilla. Andrea le había admirado desde que eran pequeños, y parecía que, cuanto más crecía más le admiraba. Con sus casi diecisiete años, Cedric estudiaba en una escuela en Escocia, atendía todas sus responsabilidades, sacaba notas excelentes y aún tenía tiempo para dedicárselo a sus hermanos y a ella.

Más a menudo de lo que le gustaría, Andrea sentía miedo a olvidarse de él, y encontrarse un año abrazando a un desconocido que afirmaba ser su primo.

Aquella noche, mientras sus hermanos dormían, se evocó en su mente la esbelta imagen de su primo antes de caer rendida.

Poco después de media noche, un estruendo consiguió que tanto ella como sus hermanos se despertaran sobresaltados. Mientras se incorporaba, Andrea no sospechó en ningún momento que la imagen que vería a continuación no la olvidaría nunca.

La silueta de Cedric Diggory se alzaba triunfante frente a ella, en medio de una nube de polvo que él mismo parecía haber originado.


Nora se estaba comenzando a irritar. No podía dejar de pensar en el recital que tenía al día siguiente, y su poca paciencia no jugaba a su favor.

Todos sus nervios se vertían sobre el salón, al ritmo que sus dedos se paseaban ágilmente por las teclas blancas y negras, desprendiendo las notas de la melodía que llevaba meses ensayando. Se sentía eléctrica, llena de energía.

Su padre y su madre paseaban de allá para acá, poniendo la mesa aun cuando faltaban un par de horas para la hora de cenar. Se movían de forma de forma agitada, y de vez en cuando se paraban a mirar a Nora mientras tocaba, con una expresión de preocupación merecía ser retratada.

Una nota fuera de tiempo, un suspiro molesto, y la música volvía a empezar.

No era su primer recital, ni siquiera era el primer concierto en el que su piano sería el protagonista. Pero en esa ocasión, Nora se jugaba mucho. Su profesor de la academia de música llevaba todo el verano insistiendo en la importancia que tenía causar buena impresión al ojeador del conservatorio que vendría a fichar a los mejores alumnos de toda la academia para que dieran el salto al mejor conservatorio de toda la isla. Y ella quería dar el salto. Necesitaba saber que su esfuerzo había servido para algo.

Quizás, si no hubiera estado tan nerviosa, se habría dado cuenta de que aquella mañana se había despertado con el pelo mucho más claro de lo habitual. Prácticamente rubio.

Nora tenía el pelo castaño, pero no había sido así siempre. Sus padres solían contarle que, cuando era muy pequeña, su pelo solía cambiar a menudo de color, y que crecía muy rápido. Nora siempre había imaginado que se referían a los efectos de la luz, probablemente porque sus padres nunca pudieron hablar con ella acerca de la metamorfomagia que parecía haber desaparecido sin dejar rastro el día que se mudaron a Mallorca. Tampoco Nora se lo había preguntado nunca.

De forma completamente inesperada, y sonando muy por debajo del ruido de las cuerdas del piano, alguien llamó a la puerta. Automáticamente, Nora calló el sonido. La señora Edenfall le dedicó una mirada de preocupación a su marido, que servía el agua en la mesa, y seguidamente a la cena que aún estaba cocinando. Llamaron a la puerta de nuevo, y, al ver que ni su padre ni su madre reaccionaban, se levantó ella. Quizás fuera algún vecino pidiendo sal, o quizás el cartero con algún paquete. En cuanto su padre notó que Nora hacía un ademán por abrir la puerta, dejó la jarra de agua sobre el mantel y se apresuró a abrir.

La sonriente cara de un chico de unos quince o dieciséis años aguardaba tras la puerta. Extendió la mano hacia el señor Edenfall, y esperó a que este se la estrechara, mientras se presentaba en inglés.

Nora, desde el salón, frunció levemente el ceño al escucharle, y su madre notó cómo el tono rubio de su pelo comenzaba a tornarse rojizo. De forma instintiva, gritó el nombre de su hija, y le pidió que la ayudara con la cena. Nora tuvo que seguir a su madre, y dejar que el extraño inglés de la puerta continuara hablando con su padre sin que ella pudiera escuchar lo que decían. Para cuando llegó a la cocina, su corazón latía con tanta fuerza que parecía que se le saldría del pecho.


La casa de los Marsh era conocida por ser, indudablemente, la casa más grande de todo el pueblo. Sin embargo, todo el mundo entendía que tuviese semejante tamaño. ¿Qué se puede esperar de una casa que llega en ocasiones a albergar a veinte personas?

Últimamente, la casa estaba más solitaria que nunca. Los hijos de Marie Marsh, la dueña, trabajaban fuera la mayor parte del día, por lo que nunca había sido demasiado habitual que la casa estuviera llena, pero cuando volvían a la hora de la cena, una pequeña manada de ocho primos les recibía entre abrazos, y en la gran mesa del comedor rebosaban historias del día.

Por aquel entonces, Marie Marsh no podía quejarse de nada. Sus ocho nietos crecían sanos bajo su cuidado, conviviendo como hermanos, y todos sus hijos contaban con prestigiosos trabajos. Pero, con el paso de los años, y como era de esperar, los niños fueron creciendo y les fue llegando su turno de marcharse a Beauxbatons. Un año después de que la más mayor, Ellie, cumpliera diez años, todos esperaban que Sophia fuera la siguiente en hacer las maletas. Todos menos Marie.

Marie llevaba tiempo notando que Sophia no era como sus demás nietos. Aunque, como la mayoría de ellos, tuviera el pelo rizado y su piel fuera pálida, ella nunca había tenido ningún arrebato de mágica, ni siquiera algo minúsculo. Pero eso no era todo. Sophia, al contrario que todos los demás Marsh, no tenía los ojos verdes. Al menos, no del todo. Eso, y no otra cosa, era lo que hacía dudar a su abuela. A lo largo de las generaciones habían nacido varios niños que no tenían los ojos verdes, pero todos aquellos habían resultado ser squibs. Pero, en los ojos de Sophia, el marrón y el verde parecían envueltos en una lucha constante. Quizás fue por eso que Sophia continuó estudiando en el colegio muggle ese año. Y el siguiente.

Sophia Marsh pasó a ser la segunda hija de familia de magos en el pueblo en no asistir a una escuela de magia. Sophia ya parecía haberse acostumbrado, y pasaba los días aparentemente tranquila viviendo como cualquier otro muggle del pueblo, esperando la llegada del verano para volver a reunirse con sus primas.

Aquella noche, tras la cena, todos los primos se habían quedado charlando en el salón, intercambiando anécdotas sobre su año escolar, cuidando sus palabras para simular que Beauxbatons no era más que una escuela cualquiera. Con el paso de las horas, los más pequeños fueron cayendo rendidos, y Ellie declaró que era hora de irse a dormir. Al cabo de unos minutos, incluso Ellie y Sophia se habían hundido en un pesado sueño.

Sueño que fue interrumpida tiempo después por un molesto repiqueteo en la ventana de la habitación de las dos primas. Sophia se dio la vuelta, y trató de ignorar lo que imaginó que sería el sonido de la lluvia cubriéndose inútilmente la cabeza con la almohada. A pesar de sus esfuerzos por seguir el ejemplo de su prima y dormir, no fue capaz.

Al cabo de un rato, y tras darse cuenta de que lo que sonaba no era la lluvia, decidió asomarse por la ventana para gritarle unas cuantas cosas al desalmado que había interrumpido su sueño. Abrió la ventana rápidamente, y una piedrecita minúscula le golpeó en la frente. Sophia no estaba preparada para toparse con alguien que estuviera a su altura, ya que su habitación estaba en el primer piso de la casa. Frunció el ceño, y, cuando desvió su vista hacia los pies del extraño pelirrojo, soltó inconscientemente una exclamación de sorpresa.

Aquel chico estaba volando nada más y nada menos que sobre una escoba.