Capítulo 3: Señoras y señores, el Callejón Diagón.

— Siempre me he preguntado por qué vivíais aquí —comentó, mientras seguía a Cedric por el bosque—. Ahora lo entiendo. Supongo que es más fácil ocultar secretos si no tienes vecinos…

Cedric sonrió, sin parar de caminar. No tardaron en localizar una extravagante casa entre los árboles.

Andrea ya había estado allí antes. La casa, de dos pisos y bastante estrecha, era algo pequeña para su gusto, pero muy acogedora. Su tía había llenado los alrededores de la casa de macetas con flores y plantas, y las pequeñas ventanas estaban abiertas para que corriera el aire.

— No está mal. No hay muggles que nos puedan molestar mientras te enseño, y tenemos todo el bosque para nosotros —le explicó mientras abría la puerta—. Además, solo está a media hora de Londres.

Andrea observó con melancolía todos los detalles de la casa. Desde las paredes, pintadas con colores llamativos y cubiertas de pequeños cuadros hasta los muebles pintorescos. De la cocina emanaba un delicioso olor a comida que invitaba a entrar.

Hacía casi un año que no pisaba la pequeña casa, y a simple vista, nada parecía haber cambiado demasiado. Pero, al volver a pasar la vista sobre las paredes, se dio cuenta de que, en uno de los cuadros en los que aparecía Cedric de pequeño, el niño parpadeaba y se movía, sonriente. Andrea se acercó, sin poder creerlo, y se dedicó a examinar los demás.

— Esto no puede estar pasando —dijo, incrédula, tocando el cristal de los cuadros.

— Cuando veníais teníamos que parar todos los retratos —habló Cedric, a su espalda.

Una figura femenina salió de la cocina, moviendo exageradamente las caderas, y consiguiendo que el ruido de sus tacones se escuchara por toda la casa.

— ¡Cedric! ¿Eres tú? —gritó—. ¿Has traído al final a tu prima? Más te vale que sí, porque tiene la habitación lista y he preparado un pastel por si traíais hambre… —la mujer continuó hablando sobre su pastel estrepitosamente mientras caminaba hacia la sala de estar.

— No creo que haga falta, mamá… —Andrea interrumpió a Cedric con un codazo en el brazo.

— No hay ningún problema con eso, ¿verdad que no, Cedric? —su primo frunció el ceño, y se sobó la zona afectada.

— ¡Drea, cariño! —gritó su tía una vez hubo entrado en la pequeña sala, forzando la voz—. ¡Cuánto tiempo! Has crecido un montón… ¡Creo que hasta estás más rubia! Habéis estado ya en la playa, ¿no? Ya me contaron tus padres que estaríais allí unas semanas de vacaciones ¡Qué bien te sienta el verano, cielo, estás preciosa! Por Merlín… ¡Amos, mira qué alta está tu sobrina! ¡Hace tanto que no te veo! ¿Cuánto hace que no nos vemos, Drea?

— Desde Navidad —respondió Andrea, rápidamente. Cuando se trataba de hablar con su tía, más te valía ser rápido o te sería imposible.

A Pauline Diggory le encantaba hablar. Era una mujer espontánea e impulsiva que normalmente no pensaba dos veces las cosas antes de decirlas. En aquello se parecía bastante a Andrea, aunque en realidad no compartieran una gota de sangre.

Todo en ella era extraordinario: desde su extravagante y voluminoso pelo rubio hasta sus brillantes y alegres ojos grises, desbordantes de cariño.

— ¡Desde Navidad! —exclamó—. Tienes que contármelo todo… ¿Qué tal están tus padres? ¿Y la pequeña Anne? ¿Sigue Axel jugando al Quidditch? Bueno, quizás no sabes eso… ¡Por cierto! ¿Le gustaron las galletas que mandé por su cumpleaños? No sé si lo notasteis, pero me salieron mucho más crujientes. El secreto está en dejarlas más tiempo en el horno y hacer la masa un poco más fina…

— ¡Pauline, vas a agobiar a la pobre chica! —se quejó la voz de su tío desde la cocina.

— ¡Qué tonterías dices! ¿Cómo nargles van a agobiarle unas galletas? —respondió haciendo una mueca—. De verdad, Amos, a veces dices cada cosa… Es que tu tío está un poco gruñón últimamente, Drea. Tú no le hagas mucho caso, que yo creo que es por el calor, que le pone de mal humor. Sí sí, está de un humor horrible. ¡Pero bueno, no os quedéis ahí! ¡Pasad, pasad!

Cedric y Andrea la siguieron de vuelta a la cocina, donde les esperaba un pastel de carne recién hecho.


A pesar de que su padre y George le habían repetido una multitud de veces que al aparecerse por primera vez podría marearse, Nora nunca había imaginado que acabaría por caerse al suelo en pleno callejón Diagón. Por suerte, no había desayunado casi, si no aquello podría haber sido incluso aún más vergonzoso.

— Señoras y señores, el callejón Diagón —dijo George sonriente, una vez su madre ayudó a levantarse a Nora—. Tenemos muchas cosas que comprar y poco tiempo, ¿os parece bien que nos dividamos?

— Está bien —accedió el señor Edenfall—. Nosotros vamos comprando los calderos, mientras acompañas a Nora a por las túnicas.

George asintió, y el señor Edenfall le entregó algunos galeones a Nora, antes de perderse junto a su mujer entre la multitud.

Nora observó durante un instante la dirección por la que se habían ido sus padres, sin poder siquiera imaginar lo que habría significado para ellos tener que ocultar algo tan increíble.

Sacó uno de los galeones que su padre le había entregado del bolsillo, y miró el efecto que el sol hacía sobre la moneda de oro. Tenía que olvidarse de eso. Lo único importante es que ahora ella también formaba parte de todo aquello.

George posó su mano sobre el hombro de Nora, tratando de llamar su atención.

— ¿Vamos? —preguntó. Nora asintió, y los dos comenzaron a caminar calle arriba.

No tardaron mucho en toparse con la tienda de Madame Malkin, donde podrían conseguir el uniforme de Nora.

Nada más llegar, Madame Malkin, una señora alegre y regordeta, colocó a Nora sobre uno de los escabeles. Deslizó por su cabeza una larga túnica negra, y, sin decir una palabra sobre su cabello color malva, comenzó a marcar el largo.

— Sigo sin poder creerme nada de esto —comentó Nora, distraídamente.

— A mí me cuesta imaginar la vida sin todo esto —respondió George—. Hogwarts es genial, ya verás. Te va a encantar.

— Eso espero.


— Sophia, haz el favor de decirle luego a tu hermana que vuestros padres vienen esta noche —informó su abuela durante el desayuno, revisando todo el correo que había recibido mientras su cucharita removía el té por si sola. Sophia asintió distraídamente, sin poder dejar de mirar la cuchara con curiosidad—. También vendrán tío Julian y tía Isabelle. Y quizá tía Shannon, pero me ha dicho que no está muy segura, que tendrá que consultarlo con su jefe esta tarde… ¿Sophia, me estás escuchando?

Ellie chasqueó los dedos frente a Sophia, que parpadeó un par de ves y sacudió la cabeza. Había dormido poco la noche anterior. La charla con Ellie se había alargado hasta bien entrada la madrugada, y tras eso, le había costado conciliar el sueño.

Para Sophia era difícil creer que su prima hubiera obviado algún detalle. Le había hablado tanto, y de tantas cosas, que Sophia apenas había podido procesar toda la información.

— Perdona, abuela —se disculpó Sophia—. No he dormido bien esta noche, ya sabes, desde que se fue Fred.

— No me extraña, alborotó toda la casa —habló Ellie, corroborando la mentira.

— ¿A qué hora volverá? —preguntó Sophia.

Antes de que nadie tuviera oportunidad de responder, la cabellera castaña y rizada de Madison, la hermana de Ellie, asomó por la puerta de la cocina.

— Abuela, ¿te han dicho ya mis padres si vendrán esta tarde?

— A tus padres les ha surgido una reunión, Maddie. Los de Jack y Christian tampoco vendrán, ¿puedes decírselo si les ves?

Maddie hizo una mueca y asintió levemente con la cabeza, saliendo rápidamente de la sala. Se escuchó el ruido de sus pasos subiendo por la escalera, hasta que Ellie los interrumpió soltando un bufido y mordiendo con aburrimiento su tostada.

Al contrario que su hermana Madison, Ellie tenía el pelo color miel, y los mechones le caían lisos por los hombros.

Sophia se terminó el té rápidamente y siguió los pasos de Madison hacia el salón del piso de arriba.

Como era un día soleado, sus primos más pequeños habían salido fuera a jugar, y el salón estaba mucho más tranquilo de lo habitual. Sophia decidió pasar la mañana charlando con Maddie sobre los hechizos y encantamientos más sencillos, hasta que llegara de nuevo Fred.

Un rato más tarde, Ellie subió también al salón, y se sentó junto a ellas.

— Por cierto, Sophia —le comentó—. Dice la abuela que esta noche tienes que acompañar a tus padres a una cena. Al parecer, unos amigos suyos tienen un hijo que va a Hogwarts, y creen que estaría bien que le conocieras, ya sabes.

Fred no tardó mucho en llamar al timbre, lo cual resultó ser un alivio, porque a Sophia le estaba costando concentrarse en lo que le decían sus primas.

Una pequeña elfina doméstica avisó a Sophia de su llegada, y la chica preparó la capa que su abuela le había proporcionado y bajó las escaleras, dándole las gracias a Cosfy por avisarla.

La elfina había pasado gran parte de su vida haciendo su trabajo cuando nadie podía verla. Ahora que solo se tenía que esconder de los dos nietos más pequeños, le estaba resultado tan complicado adaptarse como a Sophia acostumbrarse a su presencia.

Para cuando llegó a la sala de estar, Fred y su abuela se encontraban junto a la chimenea apagada. Cosfy, al verles, salió apresurada del salón y volvió poco después, cargando con un saquito de terciopelo azul.

— Weasley, sabe usar polvos flu, ¿no? —le preguntó Marie.

— Claro.

— Bien —Marie le tendió el saquito y él cogió un puñado de polvo verdoso. Entró en la chimenea y carraspeó.

— ¡Callejón Diagón! —exclamó Fred. Al tirar el polvo al suelo de la chimenea, desapareció.

Sophia no tuvo tiempo para reaccionar, ya que nada más desaparecer Fred, su abuela ya la estaba empujando hacia la chimenea.

— Tu turno. Mucho cuidado con perder los galeones, ¿entendido? Llevas el dinero en el bolsillo derecho de la capa, así que no te la dejes por ahí — Sophia agachó la cabeza algo confusa, y se puso de pie en la chimenea, tal y como había hecho Fred. Su abuela le acercó el saquito de terciopelo—. Supongo que ya has visto cómo se hace, ¿no?

Sophia cogió un puñado de polvo verde, y, fingiendo seguridad, imitó a Fred.

Una nube de polvo la envolvió entera, pero pudo escuchar cómo su abuela le deseaba buena suerte. Cerró los ojos, y para cuando los abrió, se encontraba en otra chimenea, en otra casa. Una completamente vacía.

Desde allí ya se escuchaba el ajetreo del callejón. Sophia buscó la puerta, y salió de allí lo más rápido que pudo, completamente desconcertada.

Había una cantidad increíble de gente, pero entre los rostros de los magos no pudo distinguir el de Fred. ¿Dónde demonios había ido?

Sophia comenzó a caminar entre la multitud, mirando a todas partes con curiosidad, fingiendo saber hacia dónde iba, pero sin tener ni la más remota idea.

Al cabo de un tiempo, cuando se empezaba a cansar de andar sin rumbo fijo, le pareció ver a un pelirrojo unos metros más allá, saliendo de una tienda de plumas.

Sophia sonrió, y aceleró el paso para llegar a donde estaba Fred, sin preocuparse por recibir o pegar codazos. La cabeza pelirroja de Fred comenzó a moverse calle arriba de nuevo, y Sophia aceleró aún más el paso, hasta tal ritmo que prácticamente estaba corriendo entre la gente.

Cuando casi había alcanzado a Fred, un chico se cruzó en su camino, y, sin que Sophia pudiera evitarlo, los dos cayeron al suelo.

— ¡Merlín, mira por dónde vas! —gritó el chico desde el suelo.

— La próxima vez, no te pongas en medio —respondió Sophia, enfadada, mientras se levantaba y se sacudía el polvo. Alzó la cabeza y se puso de puntillas, buscando a Fred entre la multitud. Parecía que por fin se había quedado quieto, y la estaba esperando junto al escaparate de una tienda de mascotas.

Después, volvió los ojos hacia el chico rubio, que la miraba con desprecio desde el suelo. Sophia sabía que había sido su culpa, y que si su abuela hubiera estado allí la habría regañado por ser tan brusca y correr de aquella manera en plena calle. Por eso, a regañadientes, le tendió la mano a aquel chico. Y, sorprendentemente, él la aceptó.

Una vez de pie, el chico la miró por un segundo, y tras eso, se marchó con la cabeza bien alta, susurrando maldiciones.

Quizás si no hubiera estado tan pendiente de Fred Weasley, se habría dado cuenta de lo familiar que le resultaba aquel chico rubio.

Continuó su camino hacia el pelirrojo, esta vez sin correr, culpándose por perder las formas y dar ese espectáculo. De seguro, todo el mundo se habría fijado en ella.

— Te voy a matar, Weasley —dijo, cuando le encontró—. No te haces una idea del tiempo que llevo buscándote. ¿Mientras yo estaba perdida por ahí tú admirabas el estúpido escaparate de una tienda de mascotas?

— ¿Qué? —preguntó divertido.

— ¿Cómo que qué? Mejor déjate de bromas, ya nos hemos retrasado bastante.

— ¿Sabes? Yo creo que siempre hay tiempo para una broma —dijo una voz detrás de ella, obligándola a girarse bruscamente, para encontrarse con una figura idéntica a la del chico con el que estaba hablando.

Sophia volvió a girarse un par de veces, para comprobar que efectivamente eran dos.

— Vosotros... —susurró confundida—. ¿Sois dos? ¿Sois gemelos?

— Y tú eres Sophia Marsh, ¿no es así? —preguntó uno de los dos rascándose la nuca.

Cuando Sophia pensaba que no podía estar más confundida, una chica con el pelo de color lila salió de la tienda, cargando una jaula con una pequeña gata gris.

— ¿Te gusta, George? —le preguntó, obviando a Fred y a Sophia.

Él asintió, sonriente. Sophia miró de nuevo el pelo de la chica, y se dio cuenta de que empezaba a cambiar de nuevo, volviéndose algo más intenso.

En silencio, se volvió a repetir lo rara que era la gente por allí. Y se obligó a sí misma a pensar que ahora ella también era parte de eso.

— Nora, estos son Sophia y Fred, mi hermano.

— Sophia, ellos son Nora y George, mi hermano —dijo Fred imitándole.

— Un placer —dijo Nora extendiendo el brazo a Sophia mientras hacía malabares con la jaula de la gata.

— Igualmente —respondió Sophia con su mejor intento de sonrisa.

— Será mejor que sigamos juntos —apuntó Fred.

Los cuatro comenzaron a caminar a paso ligero, Fred y George delante y las dos chicas detrás.

Nora y Sophia parecieron comprender que, lo poco que habían compartido con ellos, habían estado incompletos. Una vez les veías a los dos juntos, a los gemelos Weasley y no a la mitad, se apreciaba la diferencia. Incluso se llegaron a preguntar si los dos chicos habrían planeado todo aquello o había sido algo casual.

— Y yo que pensaba que iba a ser difícil soportar solo a uno —bromeó Sophia.