A Amane Yugi le encantaban (amaba) las donas. Era lo más rico que pudo haber probado en toda su vida.

No entendía cómo era que existía gente que no le gustaban o miraban las donas con aberración.

Eran esos pequeños detalles los que hacían menos miserable su existencia. Y de lo que él podía disfrutar como suyo.

Y estaba por encaminarse a su hogar con su recién adquirida caja de donas cuando escuchó un hipido, haciendo que se detuviera en seco. Curioso, volteó a ver a todos lados, encontrándose a una curiosa chica (con tobillos gordos que les recordaban a los rábanos y al parecer, menor por un año, igual y no sabía), quien estaba sentada en la acera, a un lado de él.

No supo por qué (o tal vez sí), pero, sintió que no podía dejarla ahí, así.

Un poco indeciso, se acercó a ella, agachándose para estar a su altura y la llamó con un suave "Hey".

La chica dejó de llorar, mirándolo con duda, para luego sorprenderse al ver como Amane le tendía una dona de glaseado de fresa, con una sonrisa.

- Anímate.

- … G-Gracias. – con gesto torpe y tímido, tomó el postre en sus manos, procediendo a darle un mordisco; realmente estaba delicioso.

Él sonrió al ver como sus ojos magenta adquirían un pequeño brillo. Algo bueno había salido ese día, después de todo.

- Las donas suelen animarme después de un mal día.

Yashiro lo miró con sorpresa, con la mitad de la dona devorada.

- ¿Tú también tuviste un mal día?

Él solamente se limitó a sonreír, al mismo tiempo que asentía con la cabeza.

- Usualmente no comparto mis donas, pero, esta vez será una excepción… ¿Querrías…?

Y ella finalmente sonrió.

- Sí, me encantaría.

Quien diría que luego de eso, el compartir donas se convirtiera en un ritual para ambos.