Capítulo 5: Bienvenidos a Hogwarts.

Septiembre, 1994

Una manada de pelirrojos se apresuró al andén, atrayendo las miradas de los muggles que andaban por allí. Una metamorfomaga les setguía de cerca, arrastrando como podía un carrito con sus pertenencias. Trataba de ignorar el temblor de sus piernas, y evitaba hablar, porque estaba convencida de que si lo hacía, se le quebraría la voz.

El señor Edenfall no recordaba demasiado bien como llegar a la estación, y los Weasley se habían ofrecido a acompañarlos hasta allí, y Nora no podía estar más feliz. No estaba nerviosa, ir con George le transmitía seguridad, le hacía sentirse integrada en todo aquello.

Sin embargo, su aparente tranquilidad se desvaneció de golpe al llegar a la pared entre la novena y la décima estación. Había oído mil veces lo que debía hacer para llegar al andén. Y lo tenía claro, sabía


que sólo tenía que correr. Pero en ese momento, ante una pared que tenía que atravesar, todo parecía tan por encima de la realidad. Tan imposible. Se había vuelto loca.

— Nora, tu turno —anunció Molly Weasley, cuando Ron hubo terminado de cruzar. Nora se despidió de sus padres, y sonrió, fingiendo que no pasaba nada.

Cerró los ojos y respiró profundamente. Sí, debía estar loca. Tan loca, que iba a cruzar una pared. Y si todo era mentira, qué más daba. Se enteraría al chocar contra los ladrillos.

Se armó de valor y echó a correr, aún con los ojos cerrados. Y al abrirlos, un tren escarlata le dio la bienvenida, posándose ante sus ojos como si estuviera presumiendo.

Ver tantos magos juntos le recordó al callejón Diagón, y se sintió de nuevo tan entusiasmada como entonces. Buscó con la mirada a los Weasley y corrió a juntarse con ellos, conteniéndose para no manifestar su emoción abrazándoles. Los gemelos sonrieron, y Nora nunca supo si lo hicieron al ver el vibrante color dorado de su pelo o tan solo porque había cruzado la pared.

Arthur y Molly apenas tuvieron tiempo para despedirse de sus hijos y de Nora, ya que el tren partió antes de lo esperado. Sin embargo, nadie se quejó. Todos allí estaban impacientes por volver a Hogwarts.


Andrea Diggory caminaba seguida de su primo entre el alborotado vagón. Parecía seguir una meta concreta, caminando de prisa y parándose cada cierto tiempo, fingiendo que estaba allí por casualidad.

— ¿Has visto eso, Cedric? ¡Era un chico rubio! —su primo la miró con una mueca en la cara. Andrea se giró hacia él—. No me mires así, me refiero… Era un chico rubio a lo grande, ¡es en serio! Merlín… era tan rubio que parecía que tenía el pelo blanco.

— Tú también eres rubia, Drea.

— Comparada con él, soy morena —exageró entre risas, moviendo su media melena. Por un momento, pareció perder de vista al chico, y se puso de puntillas, intentado ver más allá de las cabezas de los alumnos que aún quedaban en el vagón—. Creo que ha salido. ¡Nos vemos luego, Cedric!

Andrea comenzó a correr hacia una de las puertas del tren. Se puso el gorro de la túnica y, tras mirar fugazmente el exterior, saltó del tren. Pese a sus esfuerzos, el chico rubio se había vuelto a perder entre la gente.

No mucho antes, Nora había bajado del tren entre los empujones de los demás alumnos. Aunque los Weasley ya le habían hablado sobre Hagrid, el tamaño del guardabosques hizo que se le escapara una exclamación de sorpresa.

— ¡Los de primero conmigo! ¡Primer año! —gritaba, mientras los niños se agrupaban a su alrededor—. ¡Los de primer año, por aquí!

Nora bajó la mirada hacia su pelo, que casi le rozaba la cintura. Por suerte, y gracias en parta a la lluvia, su pelo era ahora bastante más oscuro. Aunque se quedó más tranquila, no pudo evitar pensar que, de todas formas, destacaría demasiado entre los niños de once años.

Nora suspiró, se colocó mejor el gorro de la túnica y se acercó al grupo de niños. Inmediatamente después, y seguidos por Andrea, Draco y Sophia bajaron del tren escarlata, casi a la par, y nada más pisar tierra, cada uno fue por su lado, obviando al otro.

Sophia localizó rápidamente a Nora entre el grupo de niños y se acercó a paso ligero.

— Vaya, si que te has dado prisa en bajar, con el frío que hace aquí fuera —tiritó Sophia. Nora notó que su pelo estaba aún más alborotado que de costumbre por culpa de la lluvia.

— ¡Los de primer curso que vengan conmigo! ¡Primer año! ¡Los de primero aquí! —seguía exclamando Hagrid. Andrea sabía perfectamente que tenía que ir con los niños, pero no se dio por vencida en la búsqueda de aquel extraño tan rubio.

— Hola —dijo, saludando a un grupo de niñas que apenas serían de segundo—. Por casualidad no habréis visto a un chico rubio, ¿verdad? Es bastante alto, pero no mucho… ¿Me explico? Camina condenadamente rápido y… bueno, ¿he dicho ya que es muy rubio?

Las niñas negaron con la cabeza, y se apresuraron a subir a uno de los carruajes sin caballo que les llevarían rumbo a Hogwarts. Andrea decidió preguntar entre los niños de primero.

Estos le llevaron hasta un niño pequeño, también rubio, que escondía a un gato negro bajo su túnica. En su defensa, Andrea tenía que admitir que era un niño bastante alto para su edad. Entonces, decidió preguntar a un par de chicas más mayores, que le daban la espalda. Quizás ellas habían estado más pendientes.

Cuando Andrea golpeó suavemente el hombro de una de ellas, tratando de llamar su atención, no imaginó hasta qué punto llegaba a parecerse a ellas. Cuando se dieron la vuelta, Andrea no fue capaz de decir nada.

— ¿Drea? —preguntó Sophia, frunciendo el ceño.

— ¡Sophia! —exclamó Andrea. Dejó escapar una ligera risa—. No me puedo creer que no me imaginara que estabas metida en esto…

Andrea volcó toca su emoción hacia ella, y la abrazó con fuerza. Sin saber muy bien qué hacer, Sophia sonrió. Conocía a Andrea de la escuela muggle a la que asistían las dos en el pueblo. Siempre las habían relacionado, porque eran las dos únicas chicas británicas de todo el pueblo que no habían ido a estudiar fuera.

— ¿Os conocéis? —dijo Nora, que miraba con curiosidad a las dos chicas.

— Algo así —sonrió Sophia. Estaba bien conocer a alguien más dentro del castillo.

— ¿Ya estamos todos? ¿No falta nadie? —preguntó el guardabosques—. Venid, seguidme... ¡Por aquí, todos! Mirad bien dónde pisáis. ¡Los de primer año, seguidme!

El trayecto hasta las puertas de Hogwarts había resultado tan extraño como impresionante. Las tres chicas habían subido en un bote sobre el lago negro, junto con el niño del gato gris. Si la situación fuera distinta, Andrea no habría perdido su oportunidad para pellizcarle las mejillas, pero estaba demasiado ocupada intentando protegerse de la lluvia gélida y admirando la increíble visión del castillo.

De todas las cosas que podían haber pasado, tenían la sensación de que les habían ocurrido las más insólitas: un niño se había caído al agua, y un enorme calamar le había devuelto a su barca; al asomarse al lago, las chicas descubrieron un pez que emitía una luz dorada por todas sus escamas mientras nadaba tranquilamente y un extraño pájaro azul se acercó a ellas entonando una melodía que provocó que la lluvia cesara un instante sobre su bote.

Ahora, frente a la amenazadora puerta de roble, el estar chorreando debía ser la menor preocupación de los alumnos y todas distracciones que habían tenido durante el viaje en barca se habían marchado de su mente para dar paso a los nervios de nuevo. Y con ellos, el cabello de Nora decidió volver a manifestar su impaciencia tiñéndose de naranja.

Hagrid llamó a la puerta y esta se abrió, dejando ver a la profesora McGonagall, tan empapada como todos allí. Pasaron rápidamente hacia dentro, y la profesora comenzó a entonar su discurso de bienvenida.

— Bienvenidos a Hogwarts —comenzó McGonagall—. El banquete de comienzo de año se celebrará dentro de poco, pero antes de que ocupéis vuestros lugares en el Gran Comedor deberéis ser seleccionados para vuestras casas. Este año, tenemos entre nosotros a tres señoritas que comenzarán cuarto año. Ellas serán las primeras en ser llamadas, luego continuaréis los demás. La Selección es una ceremonia muy importante ya que, mientras permanezcáis aquí, vuestras casas serán vuestras familias...

Una vez dio por entendido lo que realmente necesitaba conocer, Andrea dejó de prestar atención. A su lista de incomodidades tales como el frío y sus nervios, se añadió una nueva: ahora se moría de hambre.

Tanto Nora como ella estaban deseando ver abrirse las puertas del Gran Comedor. Por eso, cuando McGonagall les ordenó que hicieran una fila, Andrea y ella fueron las primeras en colocarse.

Se abrieron las puertas y todos empezaron a desfilar entre dos de las cuatro mesas del Gran Comedor. Una por cada casa. Las miradas curiosas se clavaron al instante en las tres chicas considerablemente más altas que encabezaban la fila. Casi al instante, el llameante cabello de Nora cambió drásticamente a un tono azabache, tratando de pasar inadvertida. Grave error: ese cambio no se les escapó a los indiscretos alumnos, que dejaron soltaron una exclamación a coro. La chica sintió como se iba ruborizando progresivamente, pero no dejo de avanzar.

Tenía ganas de que empezara la selección, su opinión no había cambiado, pero eso no quitaba que no se sintiera cómoda con todos ojos puestos en su nuca. Hasta el momento, ni siquiera se había planteado que pudiera llegar a pasar vergüenza.

Sophia, al contrario, sólo podía oír esa idea entre sus pensamientos. Caminaba tratando de parecer tranquila, simulando que no le temblaban las piernas y convenciéndose de que no haría el ridículo.

Se pararon frente a la tarima sobre la que se encontraba la mesa de los profesores. Entre ellos, Sophia localizó a Snape, a quién conocía de antemano, ya que habían coincidido en una reunión en casa de los Malfoy.

La profesora McGonagall colocó un taburete y un sombrero viejo delante de la mesa. Nora sonrió. Por fin, el sombrero seleccionador comentó a recitar la canción que daba por comenzada la Ceremonia de Selección. Todo el comedor estalló en aplausos cuando terminó, y McGonagall desenrolló el pergamino en el que estaban escritos los nombres de todos los nuevos alumnos.

— Este año tenemos entre los novicios a tres brujas que iniciarán en cuarto curso. Empezaremos la Ceremonia de Selección por ellas y continuaremos con los de primer curso —les dijo a los alumnos—. Cuando pronuncie vuestro nombre, os pondréis el sombrero y os sentaréis en el taburete —dijo después—. Cuando el sombrero anuncie la casa a la que pertenecéis, iréis a sentaros en la mesa correspondiente. ¿Entendido?

Tanto Nora, Andrea y Sophia como los niños de primero asintieron con la cabeza.

— Bien, empecemos: ¡Diggory; Andrea!

Andrea subió sin prisa, y antes de sentarse sobre el taburete miró de soslayo a Cedric. Su primo, sentado en la mesa de Hufflepuff como cualquier otro estudiante, sonrió y levantó los pulgares. Andrea le imitó, entre risas nerviosas. El sombrero le tapó los ojos y escuchó una voz en su oído.

— Diggory —dijo el sombrero—. Familia de Hufflepuff, ¿me equivoco?

— Por parte de mi madre son de Slytherin —dijo Andrea, tan alto que todos los niños debían haberla escuchado—. Amie Barber, ¿la recuerda?

— Oh, claro, Amie, cómo olvidarla. Menudo carácter… Y parece que lo has heredado, en cierto modo. Por suerte, no te enfadas a menudo. Sin embargo, tu forma de ser entusiasma habla por sí sola. Buena memoria, gran sentido de la justicia… Escucha, niña, no podrás hacer un esfuerzo porque no te suenen las tripas, ¿no? No me dejas concentrarme… Lo único en lo que puedo pensar es en que dejarás a tus compañeros sin nada para comer si te pongo en una casa tan cercana a las despensas —Andrea trató inútilmente de callar su carcajada llevándose las manos a la boca—. A pesar de todo, y aunque la carencia de suministros que sufriríamos no es excusa suficiente, hay algo que me dice que Hufflepuff no es para ti… Pero estarás bien… ¡RAVENCLAW!

La chica sintió como McGonagall retiraba el sombrero de los ojos, y volvía a invadirle la luz dorada del comedor. Bajó alegremente y se dirigió hacia la segunda mesa a la izquierda, envuelta por los aplausos y los vítores.

Si no hubiera pasado todo aquel verano con su primo, probablemente habría tratado de ocultar un poco su felicidad. Pero habían hablado tanto de la posibilidad de que Andrea no quedara en Hufflepuff, que no habría necesitado mirar a Cedric para saber que estaba aplaudiendo como el que más.

Andrea alzó la vista hacia la larga mesa de Ravenclaw, buscando algún lugar libre. Quizás decidió sentarse con un chico moreno porque no había podido entablar conversación con el rubio, o quizás fue pura casualidad. El chico de piel cetrina, que lucía con orgullo la insignia azul que indicaba que era prefecto, le extendió la mano y sonrió tratando de ser lo más simpático posible.

— Dylan Fleming, prefecto de Ravenclaw —se presentó. Andrea le estrechó la mano sonriente. Dylan parecía ser la persona indicada para charlar durante el banquete—. Un placer.

— Igualmente —respondió, sonriendo tanto que sus ojos, ya de por sí pequeños, se encogieron aún más.

— ¡Edenfall; Nora! —continuó McGonagall cuando se extinguieron los vítores.

Al oír su nombre el cabello de Nora, negro como el carbón y terriblemente liso, se empezó a rizar, atrayendo las miradas de nuevo. Respiró con fuerza, subió con seguridad a la tarima y se sentó en el taburete, mientras su pelo continuaba rizándose sin que ella lo notara apenas. Lo siguiente que vio fue el interior del viejo sombrero.

— ¡Vaya! —exclamó el sombrero—. Creo que en toda la noche no me toparé con una cabeza con tantas ganas de que llegara este momento… Y si me permite, tampoco con una cuyo cabello cambie de color.

Nora se alertó. ¿Cambiando de color? Hizo un ademán por bajar la cabeza para comprobar si era cierto, pero el sombrero se lo impidió.

— Puedo ver coraje, sí. Coraje y valor… El miedo juega a tu favor, hay algo en ti que no deja que te paralice y te impulsa a actuar, pero… Puede que sea la mente. Sí, puede ser…tienes una inteligencia emocional envidiable, quizás sea eso. Sin embargo no es algo que pueda eclipsar toda la fuerza que tienen tus otras habilidades…

El sombrero continuó debatiendo en la cabeza de Nora durante unos cinco minutos más. Los alumnos comenzaban a impacientarse y los murmullos comenzaron a expandirse por la sala como una plaga.

— ¿Gryffindor o Ravenclaw? —se preguntó, por enésima vez—. Eres difícil, Edenfall. No tendrás alguna preferencia, ¿verdad? Sería más simple si tuviera más datos a tener en cuenta…

Nora lo pensó durante un momento. Dejó de oír a la gente, dejó de sentir el tacto de la silla y se concentró en la pregunta del sombrero. ¿Tenía alguna preferencia? Por una parte, Gryffindor había sido su casa predilecta desde que había escuchado las cualidades de sus miembros, pero ¿cómo negar a Ravenclaw? Ravenclaw, la casa de los inteligentes, de los sabios y del conocimiento. ¿Podía alguien decirle que no a eso?

Sabía que Ravenclaw sería un gran reto, pero cualquier cosa en aquel nuevo mundo le parecía un reto increíble. El sólo hecho de estar sentada allí, frente a todos esos magos y brujas, le hacía sentirse capaz de todo.

Nora no tenía preferencias, pero sabía lo que quería. Buscaba esa motivación, quería encontrar esas ganas en el futuro. Quería que el sombrero la mandara a la casa que le fuera a suponer más esfuerzo, pero una recompensa mayor. Nora quería un reto.

— Esa sería sin duda la respuesta de una Gryffindor, pero haré lo que pides… ¡RAVENCLAW!

Antes de que pudiera darse cuenta, Nora pasó de caminar lentamente buscando sitio en la mesa de Ravenclaw a charlar con Andrea y Dylan sobre el hambre que tenían. Aunque Nora no tenía ni la mitad del hambre que ellos, pero se unió a la animada conversación, escuchando a Dylan hablar de las deliciosas tartas de melaza que servirían esa misma noche.

— ¡Marsh; Sophia!

Sophia trató inútilmente de recolocar sus rizos, alborotados por la lluvia y subió a la tarima como minutos antes había hecho Nora. Aunque intentó parecer segura al moverse, no hubo forma de ocultar la forma en la que le temblaban las piernas cuando se sentó en el taburete. Echó una última mirada rápida al comedor. Su mirada voló sobre las cabezas de los gemelos Weasley en la mesa de Gryffindor y sobre la conversación de Nora y Andrea en la de Ravenclaw, deteniéndose al ver la sonrisa fugaz de Draco Malfoy, desde la mesa de Slytherin. Después no vio nada más.

Nada más rozar la melena rizada de Sophia, el sombrero seleccionador comenzó a gritar el nombre de la casa. Sin embargo, no había terminado de decir Slytherin cuando se interrumpió.

— No puede ser —dijo en alto—. No de nuevo…

Sophia quiso pensar que nadie la miraba, pero le resultó imposible.

— Estoy perdiendo facultades… ¿Cómo puedo dudar tres veces seguidas? —hablo el sombrero. Sophia se dio cuenta de que en aquella ocasión solo ella podía oírle, y se quedó algo más tranquila—. Recapitulemos… Hufflepuff y Gryffindor los descartamos… ¡Es que parece tan obvio! Esperas grandes resultados de tus obras, eres ambiciosa, inconformista. Veo inteligencia, astucia, ingenio… Si es tan evidente, ¿por qué hay algo que me sigue diciendo que tu lugar no está en Slytherin? —el sombrero hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, lo hizo en voz alta de nuevo—. Contigo haré una pequeña excepción… ¡RAVENCLAW!

Sophia ya temía lo que se encontraría cuando le quitaran el sombrero. La mesa de Slytherin se había quedado muda, mientras la de Ravenclaw comenzaba a aplaudir por tercera vez consecutiva, un tanto confusa por las palabras del sombrero.

Mientras bajaba de la tarima y se reunía con sus compañeras, Sophia se repitió las palabras del sombrero. Una excepción. ¿Por qué?

¿Realmente su lugar estaba allí, entre los inteligentes? Giró la vista y observó como los alumnos de Ravenclaw se animaban a comentar el suceso, tratando de ser objetivos y concisos. Sophia negó con la cabeza, el sombrero había hecho mal en hacer una excepción con ella.

— Ahora continuaremos con los niños de primero —continuó diciendo McGonagall—. Para empezar… ¡Ackerley; Stewart!