Capítulo 7: Un partido rápido.

Cody Weaver silbaba alegremente mientras colgaba un trozo de pergamino en el tablón de anuncios de la sala común, bajo la atenta mirada de dos jóvenes brujas, que se engañaban a sí mismas pensando que estaban terminando sus redacciones.

— ¿Qué nargles estará colgando? —se preguntó Nora.

— No lo sé —respondió Andrea. Apoyó la cabeza sobre su mano, y achinó los ojos—. No llego a leerlo desde aquí… Cuando se vaya lo leemos.

— ¿Qué crees que será? —preguntó de nuevo Nora jugueteando con su pluma, sin dejar de mirar la espalda de Cody.

— No lo sé —volvió a responder Andrea. Cody terminó de colocar el pergamino y observó el resultado, cruzándose de brazos—. ¿Por qué no se mueve? ¿No tiene nada que hacer?

— ¿Te refieres a algo como una redacción? — dijo Sophia, sin alzar la vista de su redacción.

Pero Nora y Andrea no la escucharon. Estaban demasiado ocupadas mirando a Cody recolocar el pergamino y retroceder de nuevo unos pasos, para observar el resultado por segunda vez. Sophia rodó los ojos, y enfocó toda su atención al libro que tenía delante

— ¿Y si le preguntamos? —sugirió Nora, mirando de reojo a Andrea. Sophia rió en silencio.

— Me has leído la mente —sonrió. Las dos hicieron un ademán por levantarse, cuando una figura femenina se acercó a paso ligero hacia Cody, leyendo el cartel sobre su hombro.

Nora y Andrea volvieron a sentarse al instante. La chica, de piel oscura y largo cabello ondulado se cruzó de brazos igual que Cody.

— ¿Selección de jugadores? —le preguntó—. Pensé que no habría copa de Quidditch este año.

— ¿Quién es esa? —preguntó Nora en un susurro—. Creo que la he visto en clase…

— Mia Thomas —dijo Andrea, sin apartar la vista de la chica—. Creo que tiene familia en Gryffindor, un primo o algo así...

Cody se giró hacia Mia. Acto seguido, y de forma poco disimulada, Andrea y Nora fingieron centrarse en sus redacciones.

— Ya, pero eso no es motivo para no entrenar, ¿no crees? —respondió Cody. Mia esbozó una sonrisa ladeada.

— Yo diría que lo único que pasa es que te morirías si no pudieras entrenar durante todo un curso —replicó sonriente, colocando las manos en jarra sobre sus caderas.

— Puede que ese sea otro de los motivos.

Mia dejó escapar una amplia sonrisa de complicidad e inclinó la cabeza hacia las mesas entre las que estaban Nora, Sophia y Andrea

— ¿Quieres que se lo diga a la gente?

— ¡Oh! —exclamó Cody—. Sí, sería genial. Nos vemos entonces, ¿no?

— Claro, allí estaré —dijo. Entonces, y sin que Nora y Andrea se lo esperaran, se acercó hacia su mesa. Apartó de forma algo indiferente la silla justo al lado de Andrea, y se sentó como si fuera lo más normal del mundo.

— Drea Diggory, ¿me equivoco? —preguntó resuelta. Andrea asintió—. Soy Mia, Mia Thomas. Encantada. ¿Y ellas son…?

— Nora Edenfall y Sophia Marsh —Sophia y Nora saludaron a Mia y ella sonrió.

Se dio la vuelta un momento hacia Cody, que se había sentado en uno de los sillones y hojeaba con poco interés su libro de Historia de la Magia.

— Os he visto mirarle —les dijo, soltando una risilla floja. El pelo de Nora, de color violeta, comenzó a adquirir un tono más rosa, y su cara comenzó a llenarse de pecas. Mia se rió, inundando la silenciosa sala con su risa suave—. ¡No pasa nada, mujer, no es como si se lo fuera a decir! ¿Queríais saber qué ponía en el pergamino?

— Sí, claro —se apresuró a decir Nora—. Eso era lo que mirábamos.

— Entre otras cosas —añadió Andrea luciendo una sonrisa pícara. Mia dejó escapar el eco de su anterior carcajada, y Andrea continuó hablando—. Pero no te preocupes por eso, ya lo hemos escuchado, y no nos llama la atención.

— ¿No os interesa el Quidditch? —preguntó Mia.

— En absoluto. Estamos muy contentas sin hacer ningún deporte. A demás, el Quidditch no nos gusta nada.

— ¡Eh, a mí sí! —exclamó Nora, que llevaba mucho tiempo pensando en presentarse a las pruebas de selección.

— A mí no me disgusta —respondió Sophia. Mia sonrió victoriosa, y volvió la cabeza hacia Cody.

— Bueno, pues quizás no te interese el Quidditch en sí… Pero si conocieras al capitán del equipo, cambiarías completamente de opinión —le dijo a Andrea. Acto seguido, se despidió de las tres, y salió de la sala común tranquilamente, con la soltura de quién deja atrás un trabajo bien hecho.

Andrea decidió entonces, sin darle muchas vueltas, decidió que de ninguna forma se perdería la selección de jugadores del equipo de Quidditch de Ravenclaw.


Nora había estado esperando durante todo el verano a que llegara ese momento. Por fin, iba a estrenar su escoba nueva.

Su padre se la había comprado como regalo de despedida, y había hecho prometer a Nora que no la probaría hasta que llegara el día de las pruebas de admisión. Ese día había llegado.

Había oído decir que en el equipo de Ravenclaw se usaban el modelo Barredora 7, y aunque su Cometa 280 no era la escoba más rápida del mundo, superaba con creces a casi cualquier tipo de Barredora.

En los vestuarios se podían respirar los nervios. Nora se miró al espejo que tenía en frente. Como era ya costumbre cada vez que estaba contenta, su pelo había tornado amarillo chillón. Cerró los ojos y trató de imaginarse su pelo volviéndose más oscuro, y, ya que estaba, un poco más corto.

— Nora, ¿tienes sueño? —bromeó una voz a sus espaldas. Nora abrió un ojo, y tras comprobar que su color de pelo seguía exactamente igual, observó el reflejo de Sophia, que terminaba de recogerse el pelo en una coleta alta.

— Lo que tengo son ganas de dejar de parecer un limón —respondió—. ¿Ha venido ya Drea?

— No. Acabo de hablar con Cody, dice que tampoco la ha visto. Me ha dicho que le sorprende que se haya echado atrás, porque cuando habló con ella en el desayuno no estaba nerviosa —Sophia se alisó una vez más la túnica que les habían prestado para practicar, que le quedaba notablemente grande—. ¿Cómo demonios pretenden que vuele con esto?

Cuando todos los demás empezaron a salir al campo, las dos chicas recogieron sus escobas y salieron también.

El día estaba especialmente nublado, y parecía que se pondría a llover en cualquier momento, así que Cody apremió al equipo entero a darse prisa. Desde las gradas, algunos alumnos de Ravenclaw observaban inquietos a los futuros jugadores. Entre los espectadores aparentemente intranquilos, se encontraba Andrea, dando saltos y agitando los brazos por encima de la cabeza, intentando llamar la atención de los jugadores.

— ¡Cody! ¡Eh, Cody, que he venido! ¡Cody Weaver, por Merlín, escúchame! —aunque la chica pretendía llamar la atención del capitán, este estaba demasiado inmerso en las explicaciones, y sólo cuando se dio cuenta de que nadie le atendía, se giró a ver qué miraban. Andrea, sentada junto a una chica rubia malhumorada, a la que no parecía hacerle ninguna gracia que Andrea estuviera gritando de esa forma.

Cody sin embargó dejó escapar una carcajada e imitó a Andrea, alzando también los brazos, saludándola. Andrea había dicho que iría, y desde luego estaba ahí, pero no como jugadora.

Cuando Cody se volvió hacia los jugadores, una sonrisa decoraba su rostro. Ese año se había presentado mucha gente, pero ni un solo guardián. Al parecer, nadie en Ravenclaw quería competir contra el capitán.

Nora había oído que Cody empezó a jugar en su segundo año, y que, a pesar de ser mucho más pequeño que sus rivales, Cody fue tan rápido y ágil, que en su primer partido apenas marcaron dos tantos.

— … soy consciente de que este año, como consecuencia del Torneo de los tres magos, no se celebrará el campeonato de Quidditch, pero eso no es motivo para no preparar un buen equipo y continuar entrenando… Así que, creo que lo mejor será que comencemos por los buscadores, que jugarán por separado. Soltaré la snitch, y la buscaréis mientras continuo con los cazadores, y más tarde los golpeadores —dijo, mirando de reojo a Nora y después a Sophia—. Cuando el número de cazadores y golpeadores sea par, jugaréis un partido rápido para ver cómo funcionáis en equipo. ¿Entendido?

Los jugadores asintieron y el capitán se dispuso a dar comienzo a la primera parte de las pruebas. Soltó la snitch, y tras unos segundos, se escuchó en todo el ruido de las patadas en el suelo y los buscadores volaron en busca de pequeña pelota voladora.

Los demás alzaron el vuelo en dirección a los aros, y los cazadores comenzaron con lanzamientos libres, y después tratando de burlar a los demás cazadores.

Desde las gradas y con unos binoculares, Andrea se dedicó a observar a los rivales de Sophia. El número de jugadores, efectivamente impar, se reducía a un chico de quinto con el que Andrea se había chocado un par de veces por la biblioteca, una chica rubia que debía ser de segundo o tercer curso y un par de chicos enormes de sexto a los que sí fue capaz de poner nombre: Brad Gilbert y Jake Dawson. Andrea bufó. Sophia había elegido presentarse como golpeadora, animada por Fred, pero quizás no tenía la forma física adecuada para ese puesto. Era demasiado delgada, y en general, pequeña. Sophia era consciente de que quizás habría sido mejor idea presentarse como cazadora o como buscadora. Al lado de aquellos enormes chicos a los que no podía dejar de comparar con Crabbe y Goyle, los amigos de Draco, se sentía incluso ridícula. Sacudió la cabeza y se irguió todavía más en la escoba.

Era rápida, y tenía buen equilibrio cuando volaba, por lo menos tendría alguna oportunidad para ganar a los otros dos chicos. ¿Y quién sabe si no a los dos que parecían gigantes?

Antes de que se diera cuenta, Cody había eliminado a tres cazadores, y ya eran seis. Las pruebas de los golpeadores, aparentemente más sencillas de realizar, consistían simplemente en golpear las bludgers y observar cuales llegaban más lejos. Sophia tenía un punto a su favor, ya que para que fueran cuatro, Cody solo tenía que rechazar a uno de ellos. Y, aunque todos los jugadores esperaban que la persona rechazada fuese la chica rubia, ella mandó la bludger tan lejos que tardó una infinidad en volver, y quien terminó yéndose fue el chico de quinto año.

Una vez en el suelo, cuando estaban haciendo los equipos para jugar el partido, Cho Chang bajó del aire con la snitch en la mano. Cody apuntó su nombre en la lista de nuevos jugadores, y dejó que se fuera.

Los demás despegaron con fuerza. En el primer equipo jugaban Mia Thomas y Nora de cazadoras, junto a otro chico que había estado a punto de marcar en las pruebas. Como golpeadores, la chica rubia y Jake Dawson, el armario ropero. El otro chico enorme, Brad Gilbert, jugaba de golpeador junto a Sophia en el equipo contrario, con el resto de cazadores.

Jugarían sin buscadores y un par de amigos de Cody harían de guardianes. El partido acabaría en cuanto uno de los dos equipos marcara tres tantos.

En cuanto Cody dio comienzo al partido, Mia tomó la iniciativa. Atrapó la quaffle, volando rápidamente y esquivando con agilidad a los cazadores del equipo contrario. Nora se movía de forma nerviosa entre los palos de escoba, buscando el lugar ideal para que Mia le pudiera pasar la quaffle, si es que existía esa necesidad.

Por su parte, Sophia no lo estaba llevando nada bien. Su enorme compañero había decidido que, si el bate de Sophia no rozaba siquiera la bludger, no tendría competencia. Brad se movía torpemente, todo lo rápido que le permitía su vieja escoba y sin importarse derribar a otros jugadores con tal de lanzar las bludgers lejos de Sophia.

Sophia, al ser más pequeña, se consiguió colar entre dos jugadores y golpeó una de las bludgers contra Mia. No consiguió darla, pero Mia, intentando esquivar el lanzamiento, dejó caer sin querer la quaffle que sujetaba, y el equipo de Sophia recuperó la pelota. Sophia sonrió cuando su equipo marcó, y observó como Cody garabateaba frenéticamente en una libreta, mientras hacía equilibrios sobre su escoba.

En el equipo de Nora los jugadores estaban notablemente contrariados con la remontada del otro equipo. No hacía falta que nadie dijera que no era realmente trascendental el resultado del partido, ya que el capitán juzgaba a cada uno individualmente, pero ni Sophia ni Nora se sorprendieron cuando notaron que los demás se tomaban el partido muy en serio. No era una novedad que Ravenclaw era una de las casas más competitivas, junto con Slytherin. Y eso que nada de aquello tenía que ver con méritos académicos. A saber cómo se tomaban que alguien les superara en un examen.

Diez intensos minutos después, habían alcanzado una altura considerable y los espectadores que quedaban habían subido a las gradas altas y todos se servían de sus prismáticos para seguir el juego. Apenas quedaban un par de minutos. Si uno de los dos equipos marcaba una última vez, finalizaría aquel extraño partido sin buscadores y Cody diría los nombres de los integrantes del nuevo equipo de Quidditch de Ravenclaw. Los jugadores, más tensos que nunca, gastaban todo el tiempo que podían realizando proezas y piruetas bien estudiadas, tratando de impresionar a Cody.

Aislado de todo aquello, y sorprendido de no encontrar a nadie allí, un chico rubio paseaba tranquilamente con las manos hundidas en los bolsillos muchos metros por debajo.

Sophia estaba preparada para golpear una de las bludger que volaba con fuerza hacia ella, cuando la bludger paró en seco, y comenzó a dar pequeños saltos en el sitio. Sophia, extrañada, miró hacia los demás jugadores, pero ninguno prestaba atención al extraño acontecimiento. De repente, la bludger comenzó a bajar hacia el césped a toda velocidad, y sin pensarlo demasiado, Sophia se apresuró a seguirla. Conforme fue bajando, averiguó cual era el camino de la bludger: la cabeza rubia de Draco Malfoy, que acababa de darse cuenta del partido que se estaba jugando metros arriba, y corría desesperadamente hacia los vestuarios.

Pero, de repente, dejó de correr. Se quedó quieto, paralizado con una expresión de horror digna de retratar en el rostro, sin poder moverse.

Sophia se inclinó todo lo que pudo y cayó en picado, consiguiendo adelantar a la bludger hasta quedar frente a ella, esperando su llegada frente a Draco.

Soltó el mango de la escoba, agarró el bate con las dos manos todo lo fuerte que pudo y se concentró en mantener el equilibrio. En el poco tiempo que llevaba jugando al Quidditch, nunca había visto una bludger que volara con esa fuerza, ni ninguna que tuviera preferencia con las personas a metros y metros de distancia.

Sophia sabía que aquello no era normal cuando movió el bate con fuerza. El impacto hizo que retrocediera en el aire, y toda la energía de la bludger se transmitió como dolor a sus brazos. Sin embargo, la bludger salió disparada hacia arriba, y Sophia suspiró orgullosa. Después de eso, seguro que acababa en el equipo.

Tras recuperar el aliento, se volvió hacia Draco. El chico parecía atónito y respiraba entrecortadamente. Sophia le sonrió y volvió a elevarse en el aire sin decir ni una palabra, esperando ser acogida por un millar de felicitaciones.

— ¡Marsh! —gritó Brad—. ¿Qué diablos hacías? ¡Hemos perdido por tu culpa!

— ¿Cómo? ¿Es que no me has visto? ¡He lanzado esa bludger más lejos de lo que tú la has lanzado hasta ahora! —respondió, enfadada. ¿Acaso no se daban cuenta de que había salvado a Malfoy de un largo periodo en San Mungo?—. ¡Esa bludger se había vuelto loca, le iba a matar!

— ¿Matar a quién? ¡Tú sí que te has vuelto loca! ¿Cómo va una bludger a matar a nadie? ¿Es que no sabes nada de Quidditch?

Sophia ignoró los demás gritos de sus compañeros y bajó rápidamente, buscando a Cody.

Se giró hacia donde había parado aquella bludger minutos antes y no se sorprendió al ver que Draco ya no estaba allí. Seguramente habría recuperado la cordura y por eso se había ido.

— Tú lo has visto, ¿verdad? —le preguntó a Cody, nada más verle.

— ¿Ver qué? —preguntó—. Yo sólo he visto que al final del partido me faltaba una golpeadora. Tienes que entender que yo no puedo…

Pero Sophia no escuchó nada más. Tiró el bate al suelo, y sin decir ni una palabra caminó rápidamente hacia los vestuarios con el ceño fruncido, dejando atrás los gritos de Cody.

— ¡Te podrás volver a presentar el año que viene! ¡Sophia, no te pongas así!

Para cuando los demás alcanzaron los vestuarios, sólo quedaba de Sophia el uniforme de Quidditch arrugado en uno de los bancos.

Nora salió de allí, ya vestida con su túnica habitual, dando largas zancadas hacia las gradas, de dónde bajaba Andrea.

— ¡Nora! —gritó—. ¿Tú lo has visto?

— ¡Claro! ¡No sé a qué esperaba para moverse! —respondió Nora, acaloradamente. Por fin había sido capaz de cambiar su color de pelo, aunque lo había sustituido por un rojo intenso que se podía ver desde muy lejos—. Estaba ahí, tan tranquilo, parado como una estatua. ¿Acaso no veía que esa bludger le iba a volar la cabeza?

— Se habrá quedado paralizado del miedo. Imagínate, ¡esa… especie de balón extraño iba con tanta fuerza que no sé cómo Sophia ha podido soportar el golpe! ¿En serio hemos sido las únicas que lo hemos visto? En las gradas ninguno ha podido verlo, pero quizás...

— Los demás tampoco han visto nada. Ni siquiera Cody —Nora suspiró—. Nunca había visto una bludger que actuara así. ¡Se supone que están diseñadas para golpear a los jugadores cercanos!

— ¡Pues Draco no era precisamente un jugador cercano!

Nora y Andrea caminaron hasta el Gran Comedor, esperando encontrar allí a Sophia. Pero su sitio junto a Dylan estaba vacío. Tampoco la encontraron en la sala común cuando subieron más tarde, ni siquiera en su habitación.


Sophia siempre había estado más cómoda en los lugares donde no había nadie. Desde que había llegado a Hogwarts, notaba como necesitaba estar sola de forma más habitual. Había intentado contenerse, integrarse, no ceder a la primera de cambio. Lo había intentado de verdad.

Pero esa noche resultaba demasiado tentador alejarse de todos, y dedicarse a juntar estrellas en constelaciones. Solo así dejaba de sentir la presión de las preguntas de su cabeza. Preguntas, siempre preguntas. ¿Es que nada podía ser normal? ¿No podía simplemente ser una más? No, claro que no. No había acudido a Hogwarts como los demás, no estaba en la escuela en la que debía estar, ni siquiera podía hacer una prueba de Quidditch sin que pasara nada extraño.

Echaba de menos su casa. Sus primos, su abuela, sus tíos. Allí a nadie le importaba que fuera diferente. Ella era una Marsh, y eso estaba por encima de todo. Allí no era nada más que una alumna nueva. Y para colmo, rara. La rara que persigue bludgers asesinas.

En ese momento, interrumpiendo su monólogo mental, escuchó un ruido al otro lado de la puerta que daba a las escaleras. Aunque estaba segura de que ese día nadie tenía clase de astronomía, Sophia se alejó de la ventana y trató de fingir que estaba allí por casualidad. Se giró bruscamente, con tal mala suerte que tropezó con una de las mesitas bajas que adornaban la sala. De la manera más estruendosa y ridícula, cayó al sueño llevándose con ella la mesilla y todo lo que había encima, al tiempo que se abría la puerta del aula.

Alguien dejó escapar un grito silencioso, que sonó como si hubieran intentado aspirar todo el aire de la habitación.

— Por Merlín, Marsh —Sophia reconoció al instante la voz de Draco Malfoy—. Me has asustado.

Draco estiró el brazo hacia su dirección y la ayudó a levantarse, al igual que ella había hecho tiempo atrás en el callejón Diagón. Sophia se recompuso, incómoda.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó Draco—. Supuse que todo el mundo estaría en el Gran Comedor…

— Cometimos el mismo error entonces —suspiró Sophia, tratando de peinarse con las manos. Demasiado tarde, su pelo parecía una nube rizada.

Se volvió hacia la ventana abierta de la torre, tratando de ignorar a Draco. El aire se divertía revolviéndoles el pelo y congelándoles las ideas. Pero Sophia, que tenía la esperanza de que Draco se marchara por donde había venido al ver que ella no estaba de humor, permaneció apoyada en la ventana a pesar del frío, esperado oír el ruido de la puerta cerrándose. Deseando oírlo.

En su lugar, solo pudo escuchar su voz y el ruido del viento entre las ramas de los árboles.

— Yo también vengo aquí a veces. Cuando necesito pensar —se colocó en otra de las ventanas, separada de la de Sophia por un arco de piedra, y miró a través del cielo estrellado.

— ¿En qué piensas ahora?

— En… —hizo una pausa, tal vez para adivinar en qué estaba pensando exactamente—. En todo. O en nada, la verdad es que no estoy seguro.

Sophia mantuvo el silencio durante un momento, y Draco dejó que ese momento se prolongara. Sophia no necesitaba reflexionar mucho para saber qué pensaba ella. En su cabeza de formaban una y otra vez las preguntas que no podía responder. Una de ellas, se escapó casi literalmente de la boca de Sophia.

— ¿Por qué te quedaste quieto?

Draco tardó en contestar, y cuando lo hizo, su voz sonó mucho más ronca de lo que Sophia recordaba.

— No es que me quedara quieto, es que no me podía mover. Y lo intenté, lo juro. ¿Cómo puedes creer que me quedé ahí plantado por gusto? ¡Esa bludger iba a matarme! —hizo una pausa y suspiró—. Fue como si me hubieran hechizado, pero no lo sentí así —Sophia frunció aún más el ceño. Si todo aquello se trataba de una maldición, entonces la persona debía ser muy hábil. Había tenido que hechizar tanto a la bludger como a Draco, y más tarde a los jugadores del equipo para que no recordaran nada. ¿Qué clase de persona malgastaría tanto poder en una tontería como aquella?—. Era como si yo hubiera decidido no moverme y no pudiera discutir conmigo mismo.

Draco se pasó las manos por la cara, tratando de evadir algún pensamiento. Sophia resopló, y volvió a dar paso al silencio. Un silencio curiosamente ruidoso, en el que se escuchaban todos sus pensamientos. A pesar de todo, Sophia se comenzó a sentir inesperadamente tranquila, como si hubiera vuelto a su casa tras una tormenta. Como si ya no fuera todo tan raro.

Quizás Sophia estaba esperando que él añadiera algo más, o quizás Draco esperaba oírla a ella. Pero ninguno de los dos escuchó nada más que el viento.