Capítulo 9: Fuerzas de un futuro indeterminado.
El despertar aquel domingo había resultado inesperadamente tranquilo. Nora sentía que había dormido más que en todos sus días en Hogwarts juntos. Cuando atinó a mirar la hora, entendió por qué le parecía que había descansado tanto. Casi era hora de comer. Andrea y Sophia debían haber bajado a la biblioteca horas atrás, a terminar algún trabajo o quizás a seguir buscando información sobre Leighton, lo cual parecía ser su más reciente entretenimiento. En realidad, ella no entendía en absoluto por qué les resultaba tan intrigante la breve conversación que habían mantenido con él. No veía en aquel mago nada extraordinario más allá de la curiosidad que despertaba en sus compañeras.
A Nora ni se le había pasado por la cabeza que aquel día pudiera suceder nada fuera de lo normal hasta entonces. Se acercó al retrato de Leighton, y esperó en silencio a que el pasadizo se abriera lentamente, como era habitual. Pero el cuadro no se movió de la pared.
— Leighton, ¿puedo pasar? —le preguntó Nora, arqueando una ceja.
— Buenos días, señorita Edenfall. O quizás deba decir buenas tardes, ¿cree que estas son horas para despertarse? Las demás bajaron ya, hace un buen rato —apuntó Leighton, como si no la hubiera estado ignorando—. ¿Lleva prisa? Me vendría como anillo al dedo que me hiciera un pequeño favor. Le prometo que no le llevará ni cinco minutos.
Nora suspiró agotada y volvió a mirar el reloj. Tenían una tutoría con Flitwick antes de comer para hablar sobre su adaptación en Hogwarts y por nada del mundo quería llegar tarde. De todas maneras, tardaría menos en hacerle el dichoso favor a Leighton que en bajar todas las escaleras. Porque, aunque no le conocía demasiado, estaba convencida de que no le dejaría utilizar el pasadizo si no le ayudaba. Podía notar cómo sus brillantes ojos negros la retaban desde el lienzo.
— ¿En qué consiste el favor?
— Me alegro de que esté dispuesta a ayudarme. Verá, entre los libros que los elfos habían guardado en vuestra habitación se encontraba uno que me gustaría consultar…
— Si había libros en nuestra habitación, se los debió de llevar Dylan. No puedo ayudarle con eso —respondió Nora, sin dejar de plantearse de qué manera podría un retrato consultar un libro.
— No creo que lo hiciera, señorita Edenfall. Si ese chico sabe lo que le conviene, sabrá también que no debe mover ningún libro de la Torre de Ravenclaw. Cada uno está en un lugar por algo, él lo debe saber bien, si es que en verdad es prefecto. Haga el favor, y vaya a comprobarlo. Estoy seguro de que lo encontrará allí donde lo busque. Es un libro de cuero oscuro, le aseguro que cuando lo vea, sabrá que es el libro del que le hablo.
Nora sacudió la cabeza, tratando de quitarse de encima todo lo que estaba pensando en ese momento. Era por culpa de Sophia y de Andrea, ellas le habían metido ese tipo de paranoias sobre Leighton en la cabeza. Tenía que ser eso.
Se acercó a la puerta de la habitación, recelosa, y giró el pomo sin dejar de repetirse que solo buscaba un libro cualquiera. Pensó que tendría que buscar, por lo menos un poco. Nora pensó que estaría quizás en las estanterías camuflado entre sus libros de texto o que simplemente, no estaría en ningún lugar. Desde luego, no se esperaba encontrarlo justo en el centro de su escritorio, sobre las plumas desperdigadas y los resúmenes de Historia de la magia que había dejado a medias la noche anterior. Cogió el libro con cuidado, algo atemorizada. ¿Cómo había llegado ahí?
Fue en ese momento cuando Nora dejó inconscientemente de convencerse de que todo era normal, y comenzó a ver, al igual que Sophia y Andrea, algo amenazador y terriblemente inquietante en aquel anciano. Nora se giró hacia Leighton y señaló el libro de cuero.
— ¿Es este el libro que quería ver? Pues ahí lo tiene. Ahora déjeme bajar.
— Como quiera, pero antes… ¿Puede leer la primera página? —preguntó insistente. Por lo visto no estaba para nada dispuesto a dejar que Nora bajara sin antes conseguir lo que fuera que quisiese.
Nora resopló irritada, y abrió el tomo por la primera página con brusquedad y leyó de mala gana el título escrito a mano.
— "Fuerzas de un futuro indeterminado" —recitó, tratando de disimular su curiosidad—. ¿Me deja irme de una vez?
Sin decir una palabra más, el cuadro se retiró lentamente de la pared. Solo cuando estuvo realmente segura de que Leighton no podía verla, deslizó rápidamente el libro debajo de su colchón, y cerró concienzudamente la puerta de la habitación. Tras eso, caminó apresuradamente hacia el pasadizo, temiendo que se volviera a cerrar. Se le había quitado completamente el apetito, y lo único que le apetecía era contarles a Sophia y Andrea todas las novedades con pelos y señales. Quería describirles las tapas oscuras del libro, y volver a decir en alto su título.
Cuando el retrato intuyó que Nora había terminado de cruzar, volvió a cerrarse con la misma lentitud con la que se había abierto. En ese momento, Itingo Leighton-Fletcher se permitió el lujo de dejar escapar una ligera sonrisa de satisfacción para celebrar su victoria. Todo estaba saliendo según lo planeado.
La biblioteca estaba repleta de gente. Desde que Viktor Krum se dejaba caer por ahí, nunca estaba tranquila. Irma Pince llevaba ya casi tres semanas luchando diariamente por mantener el silencio por todos los medios, pero resultaba complicado, teniendo en cuenta la cantidad de risitas que provenían de más allá de los primeros estantes.
Aun así, había reducido el ruido a un silencioso murmullo, no por nada era la bibliotecaria de Hogwarts.
Sentada en una mesa cerca del rincón de la gran biblioteca, una chica rubia estaba sumida en la trama de uno de los muchos libros de la quema de brujas del siglo XV. Leía con ansia, tratando de asimilar la información lo más rápido que podía. Tenía que recuperar el tiempo perdido y leer a cerca de la historia mágica le pareció la manera más eficaz. Además, aquello conseguía distraerla. Mientras leía, los problemas no eran suyos. Últimamente tenía la cabeza demasiado llena de cosas. Cuando no pensaba en Leighton y el extraño libro que Nora había encontrado, recordaba que la mañana siguiente se celebraría la primera prueba.
Sin embargo, a Andrea no la querían quemar. Por lo menos, no aún. Eso era un avance.
Otra persona más entró en la sala, pero ella ni levantó la vista del libro. Solo cuando el chico se sentó estrepitosamente a su lado, despertó de su ensoñación.
— Dragones, Drea.
— ¿Dragones? ¿Qué pasa con los...?
— La primera prueba son dragones —susurró, nervioso—. Me lo ha dicho Harry, él se había enterado hacia poco.
— ¿Harry Potter? Pero... ¿Eso no es hacer trampas, Cedric?
Cedric no respondió de inmediato.
— Realmente no, Fleur y Viktor ya lo saben.
— ¿Cómo habrán...?
Irma Pince hizo uso de sus extraordinarias dotes como bibliotecaria, y les mandó callar utilizando uno de los mejores "¡Shh!" que Andrea había oído jamás.
— Ni idea. Pero no importa —susurró Cedric. Apoyó los codos sobre la mesa y encorvó un poco la espalda antes de bufar—. Tengo que pensar en algo, Drea. Mañana es la primera prueba.
Andrea se tomó un instante para observar a su primo, y otro más para pensar cómo estaría ella si se acabara de enterar de que tiene que batirse con un dragón.
— ¿Me ayudarás? —preguntó Cedric.
— ¿Lo has dudado? ¿De verdad crees que después de leer esto permitiría otra quema de brujas? —respondió sonriente—. En serio, Cedric, a veces me ofendes.
Sophia se acercó ligeramente al trípode del telescopio y movió la lente hasta que apuntó justo hacia la luna. Ya estaba ajustando las ruedecillas para que se viera nítida, cuando oyó un ruido seco justo detrás de ella: el cerrar de una puerta que ni había oído abrirse.
— ¿Es que vienes todos los días, Malfoy? —preguntó sin tan siquiera darse la vuelta.
— Me debería quejar yo, ¿sabes? Antes tenía todo esto solo para mí, y ahora siempre que vengo estás tú. Por Merlín, es como si vivieras aquí.
— Deberíamos hacer un horario o algo parecido —comentó Sophia, dándose la vuelta por fin. Ese día, Malfoy venía acompañado por un libro y un mapa de estrellas. Se dejó caer en uno de los cojines y dejó sus cosas una mesa baja cercana.
— Por primera vez en mucho tiempo, te doy la razón.
— Ya, suelo tenerla. Lo raro es que tú lo admitas.
Sophia se giró de nuevo hacia el telescopio y siguió con su tarea. Draco abrió su libro aparentemente dispuesto a mantener el silencio que se había adueñado de la sala. Sin embargo, no tardó mucho en volver a cerrar el libro, y en incorporarse ligeramente. A Draco Malfoy no le apetecía estar callado aquella noche.
— ¿Qué ha sido esta vez? —preguntó, como de costumbre.
— Nora no deja de hablar de ese estúpido libro y no había nada interesante que hacer en la sala común —mintió. No es que no hubiera nada interesante que hacer. Es que desde las pruebas de Quidditch, evitaba la sala común tanto cuanto podía.
— ¿Aún sigue con eso? Lleva ya tres semanas que no se separa de él… Tiene que haberle dado tiempo a leerlo del derecho y del revés. ¿Y cómo dijiste que era el título?
— "Fuerzas de un futuro indeterminado".
— ¿Y el autor? —preguntó Draco—. Quizás haya algún ejemplar en la biblioteca…
— No tiene autor, pero eso es lo de menos. A mí lo del libro, por muy intrigante que sea para Nora, no me preocupa nada comparado con ese tal Leighton. A saber cómo ha hecho que ese libro aparezca así de la nada.
— Quizás le está comiendo la cabeza a esa chica. Si es que tiene algo ahí dentro. ¿Has oído que se junta con los Weasley? Se supone que los de Ravenclaw son inteligentes…
— Supéralo ya, Malfoy, no hay nada de malo en los Weasleys. Estudiamos con ellos porque son nuestros tutores, y son simpáticos —replicó Sophia, moviendo ligeramente el telescopio—. Además, yo soy de Ravenclaw.
Sophia tenía la sensación de que a Draco se le olvidaba. Y a veces, cuando se juntaba demasiado con los amigos de Draco, también se le olvidaba a ella. No importaba que la primera opción del sombrero no hubiera sido esa, al igual que tampoco importaba lo que ella y Draco pensaran al respecto. O lo que pensaran en Ravenclaw.
— No es igual —refunfuñó. Desvió la vista hacia una de las ventanas antes de responder—. ¿Y la prima de Diggory?
— Dijo que llegaría tarde, creo que estaban practicando para mañana o algo por el estilo. Y tú, ¿qué excusa tienes? Si no te conociera lo suficiente diría que has venido a charlar conmigo. ¿Tan aburrido está el panorama?
— Odio darte la razón —resopló Draco.
— Lo noto —respondió Sophia, divertida—. ¿De qué quieres hablar?
— Astronomía.
— Ya hemos hablado mucho de estrellas, ¿no puede ser otra cosa?
— Si no lo llamaras "hablar de estrellas", no parecería algo tonto —se quejó Draco—. Pero si lo prefieres, podemos hablar de cómo te superé en Pociones el otro día.
— Que sea de estrellas.
Cedric hundió la cabeza entre las manos y suspiró por enésima vez. Estaban demasiado justos de tiempo, y aún no tenían nada.
— Tiene que haber una manera...
— Repasemos lo que tenemos hasta ahora —sugirió Andrea mientras acercaba para sí un pedazo de pergamino lleno de garabatos y de dibujos feos de dragones—. Lo más seguro es que tengas que burlar al dragón, porque pedirte que lo mataras sería inhumano, ¿no? Hemos dicho que vencerle es imposible, entonces tenemos que encontrar una manera de bloquearlo… ¿petrificarlo, quizás?
— El hechizo tendría que ser muy fuerte para paralizar a un dragón, y no sé si seré capaz de hacer algo así mientras me persigue, a decir verdad. Además, duraría muy poco. Hay que mantenerlo al margen durante el tiempo suficiente, para que me dé tiempo a correr, antes de que me mate. O lo que sea que tenga que hacer. ¿Cómo nargles vamos a conseguir que no se fije en mí? ¡Si ni siquiera sabemos exactamente lo que tengo que hacer!
— Podemos intentar que se fije en… En alguna otra cosa...
— ¿Entretenerlo, dices?
— ¡Por las barbas de Merlín, Cedric! ¡Eso es! ¿Cómo no se me había ocurrido? —gritó entusiasmada.
— ¿Qué he dicho?
— Me vas a tener que invitar a una cerveza de mantequilla después de esto, querido primo —dijo sonriente— ¿Qué tal vas en Transformaciones?
Decir que estuvieron toda la noche practicando habría sido una locura. Cedric se compadeció de sí mismo, y tras tres largas horas practicando a escondidas en un aula en desuso, hizo caso a su prima y fue a descansar un poco. Y aunque ninguno de los dos durmió del todo bien aquella noche, cuando las clases se interrumpieron a mediodía, los dos volvieron a encontrarse en el aula, deseando practicar aunque fueran cinco míseros minutos más. Cedric se dedicó a transformar todo lo veía en perros nerviosos que correteaban por todas partes, mientras que el trabajo de Andrea consistía en devolverlos a su forma original. El hechizo resultaba tan complicado, que muchas veces solo atinaba petrificar a los perros, y una vez quietos les devolvía a su forma.
Aquel día, Andrea no comió en la mesa de Ravenclaw, pero nadie se lo echó en cara. Mientras su sitio junto a Cody permanecía vacío, ella practicaba en alto una y otra vez el movimiento de varita y las palabras que tenía que decir, tratando de evitar que Cedric se quedara en blanco en el momento de la verdad. En el momento de la terrible y cruda verdad.
Cuando la profesora Sprout se acercó a la mesa de Hufflepuff, los dos palidecieron casi a la vez. Cedric se levantó de la mesa y trató de parecer tranquilo cuando la gente le deseaba buena suerte, pero su cara estaba empezando a adquirir un tono verdoso.
Aunque Drea insistió mucho al respecto, no les estaba permitido a los estudiantes bajar aún, por lo que tuvo que conformarse con abrazar a su primo e intentar convencerle de que estaba preparado para aquello. Aunque ni siquiera ella estaba convencida del todo.
