Capítulo 11: Cualidades de profesor.
El jardín estaba repleto de magos y brujas que se encogían sobre sus bufandas y escondían sus manos en los bolsillos de sus túnicas, tratando de guardar todo el calor posible. A simple vista, no parecía una tarde fuera de lo común, pero aquella mañana por fin había dejado de nevar, y todos los alumnos de Hogwarts parecían haberse puesto de acuerdo para salir a disfrutar del aire fresco y de la nieve que había caído la noche anterior.
Sophia, sentada en uno de los fríos bancos de metal, se recolocó de nuevo su gorro de lana, tapando un poco más sus rizos, mientras escuchaba como Draco les contaba a Theo y a Blaise la nueva iniciativa de Flitwick. Exactamente lo mismo que ella le había contado a él la noche anterior, en la Torre de Astronomía.
— ¿Clases de baile? ¿Y para qué? —preguntó Theo, frunciendo el ceño.
— Bueno, en Slytherin quizás no necesitaréis las clases, pero al parecer en Ravenclaw hay gente que sí —replicó Sophia, encogiéndose de hombros. Se arrepintió de haber hablado tan a la defensiva nada más ver la sonrisa pícara en los labios de Blaise.
— Tú, por ejemplo.
Sophia pensó que, si fuera metamorfomaga como Nora, su pelo le habría delatado volviéndose de algún color extravagante.
— Yo, por ejemplo —repitió, un tanto avergonzada. No tenía ningún sentido negarlo, claro que no sabía bailar. Ni siquiera sabía qué se bailaba en un baile como aquel. ¿Y cómo iba a saberlo, si hacía apenas seis meses ni siquiera sabía qué era un muggle?
— ¿Y cómo piensa enseñaros a bailar si no sabe? —se burló Draco, haciendo que Crabbe y Goyle, que escuchaban la conversación sin intervenir, estallaran en exageradas carcajadas. Sophia rodó los ojos. Menudo par de marionetas.
— Ahora resulta que una de las aficiones de Malfoy es espiar a Flitwick mientras baila —dijo, alzando las cejas. Draco cruzó los brazos, y su sonrisa pasó a ser la mitad de lo que era. Crabbe y Goyle, sin embargo, tardaron lo suyo en darse cuenta de que debían dejar de reír.
— No hace falta ser auror para saber que alguien tan pequeño no puede bailar bien. Si no me creéis, mirad a Pansy —ese comentario bastó para que todos giraran su cabeza hacia su izquierda, como lo hacía Draco. Pansy Parkinson, que practicaba pasos de baile con sus amigas, sonrió coqueta y pestañeó de una manera que Sophia clasificó mentalmente como patética. Quizás la chica pensara que los chicos la estaban mirando por la forma en la que ella y sus amigas hacían girar sus cortísimas faldas del uniforme. Blaise y Theo esperaron a que Pansy se girara de nuevo hacia sus amigas para empezar a reírse, pero Draco ni siquiera se molestó.
— Entonces, ¿todos sabéis bailar? —les preguntó Sophia.
— Claro —respondió Draco, con una sonrisa de superioridad plantada en los labios. En ese momento, Sophia clavó la mirada en un grupo de alumnos sentados en un banco al otro lado del patio nevado, del que provenían sonoras risas indiscretas—. Algún día me rogarás que te enseñe, lo preveo —continuó Draco, con una mueca altiva, aunque burlona en el rostro.
— Espero que ese día no llegue nunca, Malfoy —sonrió Sophia. Dicho esto, se levantó del banco y se volvió a colocar el gorro, al tiempo que se despedía.
Cruzó el patio a paso ligero, directa al banco en el que el escandaloso grupo de seis chicos compartían una caja de grageas de todos los sabores. Sophia echó un vistazo rápido a cada uno de ellos: Drea y Cody reían a carcajada limpia, encogiéndose de la risa mientras Nora y Dylan les observaban desde el banco como si fueran una pareja de locos, y los gemelos Weasley sonreían y comentaban lo que parecía ser la anécdota más graciosa del mundo, sentados en el respaldo del banco.
— ¿Y luego qué hiciste, Dylan? —bromeó George. Su hermano le pasó la caja de grageas antes de escoger una de color blanco amarillento—. ¿Echaste a correr?
Si la piel de Dylan hubiera sido más clara, se habría puesto tan rojo que los demás habrían temido que explotara. Por suerte, tan solo se le colorearon levemente las mejillas.
— ¡No salí corriendo! —se defendió avergonzado. Nora apoyó su mano sobre el hombro del chico, tratando de quitarle importancia al comentario de George. Normalmente, Dylan era un chico calmado y no perdía los papeles de esa forma, pero el tema le estaba empezando a molestar de verdad.
— ¿Qué pasa? —preguntó Sophia, interrumpiendo la conversación. Se sentó en el banco al lado de Nora, y atrapó al vuelo la caja de grageas que George le lanzó. Nora sacudió la cabeza despreocupadamente y consiguió que parte de su largo pelo castaño se desvaneciera para dar lugar a un corte fresco, a la altura de la barbilla. Aquel era el primer truco que Giselle le había enseñado, al parecer era uno de los más fáciles.
Nora estaba muy emocionada con sus progresos en el campo de la metamorfomagia, y aprovechaba cualquier ocasión para recordárselo a sus compañeros. Una tarde de cada dos, se reunía con Giselle en la biblioteca, y volvía con al menos un par de tomos sobre la metamorfomagia y una sonrisa en la cara.
— Dylan la ha fastidiado con una chica. Con Emma Reed para ser exactos. La amiga de Mia, la que estaba leyendo —dijo, mientras jugueteaba con su nuevo peinado visiblemente orgullosa del resultado.
— No ha sido para tanto, sois unos exagerados —dijo Dylan, ofendido. Cody le susurró algo a Andrea, y la chica, que parecía haberse calmado un poco, cometió el error de volver a reír—. ¡He dicho que no fue para tanto, por Merlín!
La chica rubia no pudo hacer otra cosa que disculparse, aún entre risas mientras Cody se encargaba de calmar a su amigo. Apoyó su brazo en el hombro de Andrea, tratando de cesar su carcajada con la mejor de sus sonrisas y con su hoyuelo taladrándole la mejilla izquierda.
— Vamos, Dylan, sabes que no lo hacemos a mal —Dylan frunció el ceño, pero no dijo ni una palabra.
— ¿Pero se puede saber que ha hecho para que os pongáis así con él? —preguntó Sophia.
— Era una fría mañana de invierno —comenzó George, dramáticamente—. Un chico tímido bajaba de su clase de…
— Aritmancia —respondió Dylan, irritado.
— …De su clase de Aritmancia, cuando de repente, y sin que estuviera mentalmente preparado para ello, se encontró con la criatura más bella del universo frente a sus ojos: —George hizo una pausa para mantener el ambiente expectante y pasó la vista por todos los presentes—. ¡Emma Reed!
Andrea, Nora, Cody y Fred fingieron sorprenderse. Sophia sonrió ante la ocurrencia.
— ¡Por todos los nargles, es aún más inesperado que la primera vez! —exclamó Andrea, llevándose una mano al corazón.
— Dylan también pensó eso —asintió George, sonriente—. Y se puso aún más nervioso al ver como su amor platónico se acercaba a él caminando de forma provocadora…
— Mejor lo cuento yo —le interrumpió Dylan, aún más sonrojado que al principio—. Me encontré con ella y me preguntó si tenía pareja para el baile.
— ¡Y entonces, él, abrumado, le dijo que sí! —le interrumpió Fred. De nuevo, Andrea, Cody, Nora y ahora, George, fingieron sorpresa—. Y me preguntaréis: Oh, gran Fred, dios de la belleza y la majestuosidad… ¿Dylan tenía pareja en serio? Pues no. Jamás sabremos porqué nuestro protagonista mintió de una forma tan cruel a la princesa del cuento, pero hay en algo en lo que todos estamos de acuerdo, y es que fue una tremenda tontería. Fin.
Los demás comenzaron a aplaudir y los gemelos hicieron una exagerada reverencia, agradeciendo los aplausos.
— Es una historia tan bonita… Siempre acabo llorando —bromeó Cody, limpiándose una lágrima imaginaria.
— No es una tontería. Si le decía que no tenía pareja ella pensaría que… Bueno, pensaría que no tengo pareja. Pero no quiero que piense que soy… No sé. No quiero que piense que no tengo pareja porque soy un… aburrido.
— O quizás solo quería invitarte al baile —replicó Nora, al tiempo que Sophia le pasaba la caja de grageas. Dylan se quedó en silencio durante un instante.
— Ya. Luego me di cuenta, pero ya era un poco tarde.
— ¿Y por qué no le dices la verdad ahora? —sugirió Cody. Los demás le dieron la razón, pero Dylan le miró como si hubiera dicho una barbaridad.
— ¿Y que piense que soy un mentiroso? —negó con la cabeza—. Lo siento, pero eso sí que no. Lo único que puedo hacer ahora es… Hacer que sea verdad. Tendré que buscarme una pareja.
— Pues date prisa, no queda tanto tiempo como parece —le aconsejó Fred, mientras saltaba del banco. George le imitó y caminaron hacia el castillo, seguidos de Andrea y de Cody. Dylan, sin embargo, no parecía en absoluto dispuesto a moverse del sitio. Tras mirar de nuevo al chico, Nora se levantó del banco y se colocó su bufanda, dispuesta a seguir a los gemelos Weasley. Caminó un poco y apremió a Sophia a ir con ella. La chica se levantó también, al tiempo que lo hacía Dylan. Sophia hizo un ademán de moverse, pero Dylan le sujetó el brazo.
— ¿Puedo hablar contigo? —le preguntó. Sophia asintió y le hizo un gesto a Nora, indicándole que podía ir yéndose, que ya la alcanzaría.
Dylan le soltó el brazo.
— ¿Tú vendrías al baile conmigo? Quiero decir, como amigos —le preguntó. Después, giró la cabeza hacia el banco en el que los Slytherin seguían hablando despreocupadamente—. ¿O tienes pareja?
— No, no tengo. Pero Dylan, aún queda mucho tiempo para el baile…
— Tres semanas —concretó—. Tú… piénsatelo, ¿vale? Sin compromisos.
Entonces, sin esperar una respuesta, Dylan siguió el mismo camino que Nora había tomado, dejando ondear su capa y su bufanda.
Cada vez quedaba menos para el esperado baile y la sala común de Ravenclaw estaba cada día más repleta de parejitas felices y chicas que miraban desde lejos a algunos alumnos, mientras susurraban y reían entre ellas.
Aunque el ambiente en aquel lugar era más cómodo ahora que habían tomado sus primeras lecciones de baile, las tres chicas habían decidido terminar sus deberes de Pociones en su habitación, ayudadas de un par de libros que habían sacado de la biblioteca. Conmemorando la ocasión, Snape les había mandado escribir una redacción de 28 centímetros de pergamino sobre las propiedades de la amortentia.
— ¡Tengo algo! —exclamó Drea. La chica saltó de la cama, y Kiara, que estaba sentada a su lado, bajó de allí grácilmente y caminó hacia su dueña, que escribía sentada en la alfombra, junto al fuego. Andrea se acercó al escritorio de Sophia, y señaló uno de los párrafos del tomo. La chica lo copió rápidamente y Andrea le llevó el libro a Nora y se dispuso a copiar la información. El estado de concentración que se respiraba en la habitación se rompió completamente cuando Nora alzó la cabeza de su pergamino.
— ¿Tenéis ya lo que os vais a poner para el baile? —preguntó acariciando distraídamente a Kiara, que jugaba con su pluma. Andrea saltó de la cama y, sonriente, rebuscó entre los cajones de su cómoda, llena a rebosar de ropa amontonada. En seguida sacó del cajón un vestido azul claro, de un color muy similar al de los uniformes de Beauxbatons, y se lo colocó por encima de su uniforme.
— Quizás haya que plancharlo —comentó, restándole importancia a las arrugas que presentaba la parte superior del vestido de tela ligera—, pero no importa. ¿No es bonito? Mi madre lo echó a mí baúl porque siempre dice que hay que llevar un vestido de este estilo a todas partes, por si acaso. Aunque espero que no haga demasiado frío donde quiera que Dumbledore decida celebrar el baile —dijo, mientras giraba el vestido. Este tenía una apertura que dejaba al descubierto gran parte de la espalda. Dos amplias tiras de tela azulada se cruzaban en la parte baja del dorso. Eso sin contar la manga corta con la que contaba el vestido. La parte de abajo iba bastante suelta, de forma que no le resultaría nada molesta a la hora de bailar.
— Tu madre tiene muy buen gusto —dijo Sophia. Acto seguido, se levantó y buscó también entre sus cajones—. A mí me lo mandó hacer mi abuela. Ella ni loca me compraría un vestido como el tuyo. Seguramente se horrorizara y lo consideraría provocativo.
Finalmente, sacó del cajón un vestido verde esmeralda en unas condiciones bastante similares a las del vestido de Andrea.
— Verde Slytherin, ¿no? —observó Nora.
— Quiero pensar que no va con segundas intenciones —respondió la chica, encogiéndose de hombros. Aunque el color preferido de Marie Marsh fuera el púrpura, aprovechaba cualquier ocasión para comprar ropa del color que había representado a su casa de Hogwarts.
— No está nada mal —dijo, acercándose a la chica. Movió varias veces la tela, tratando de verlo mejor—. Me gusta el largo de la manga.
Mientras que el vestido de Drea apenas tenía manga, el de Sophia lucía una de tres cuartos de largo. A eso se sumaban un cuello de barco y un cinturón ancho de un tono más oscuro, que separaba la parte superior de la larga falda.
Tras mirar el vestido verde, las dos chicas observaron a Nora, esperando que sacara su vestido de algún lugar.
— Aún no tengo nada que enseñaros. Mi madre es muggle, no tenía ni idea de nada de esto, y mi padre… Bueno, ni siquiera sé si mi padre sabía que estaba preparando mi baúl —admitió, mientras su pelo cambiaba de color a un tono azulado—. Me llegará mañana.
— ¿Mañana? —preguntaron las otras dos chicas a coro. Nora asintió.
Al día siguiente, las chicas desayunaron impacientes, esperando a alguna lechuza que cargara el paquete que contendría el vestido de Nora.
Cuando Andrea estaba acabando su última tostada, una lechuza parda irrumpió en la mesa de Ravenclaw y se posó con algo de dificultad frente a Nora.
La chica se levantó ligeramente, dispuesta a abrir el paquete, cuando el ave lo movió con el pico hacia Cody. El chico, que bebía su zumo de calabaza diario, empezó a romper el envoltorio con aparente indiferencia, sin notar la decepción en los ojos de sus tres amigas.
Antes de que pudiera terminar de romperlo, una bruja con una larga cabellera rubia se lo arrebató de las manos.
— Gracias por cuidarme esto, querido Cody —dijo, apoyando su brazo en el hombro del chico. Cody sacudió el hombro, deshaciéndose del brazo de Harper y dejó que la chica terminara de abrir el paquete mientras continuaba con su zumo de calabaza tranquilamente, para la sorpresa de las tres chicas.
— Harper, suelta eso —le pidió Andrea, al ver que Cody no hacía nada al respecto—. No es tuyo.
— ¿Y esta quién se cree? —le preguntó Harper a Cody—. ¿Qué es, tu nueva novia?
Cody iba a decir algo, pero Andrea se le adelantó.
— No soy su novia, pero soy su amiga. Y creo haberte dicho ya que eso no es tuyo.
— Claro que es mío, rubita —Harper dejó de romper el envoltorio y señaló la pegatina en la que ponía el nombre del destinatario. Aunque estaba medio rota, en ella se podía leer el apellido "Weaver" escrito con caligrafía sobria—. ¿Ves?
— Lo que yo decía, es de Cody. De Cody Weaver —repitió, recalcando el apellido del chico.
Harper no dijo nada, y se dedicó a terminar de romper el papel, con una sonrisa maliciosa en la cara. Cuando hubo acabado, sacó del interior un ostentoso vestido rosa.
Harper lo estiró, y lo mantuvo a unos centímetros de ella, con una expresión pensativa en el rostro.
— Sí, tienes razón. Debe ser de Cody —se burló, mirando a Andrea—. Obviamente, esto no es Harper... De Harper Weaver.
Andrea cambió su expresión de desagrado por una de sorpresa en cuestión de segundos.
— Supongo que no habías pensado en eso, ¿no es así? —Harper sonrió triunfante, y tras eso miró a Cody, con una fingida mueca de tristeza—. Vaya decepción, jamás pensé que ocultarías a tu hermana pequeña de tus amigas. Eso está muy feo, ¿sabes?
— No les he ocultado nada —dijo Cody, más para ellas que para Harper—. Supuse que lo sabían.
— Ya, como sea. De todas formas, el vestido te lo puedes quedar tú. O tus amiguitas —dijo Harper—. No me gusta.
— No gracias. Todo tuyo —dijo Cody, apartando malhumorado el vestido que Harper le ofrecía. Su hermana se encogió de hombros y volvió a su habitual sitio en la mesa, muy alejado del suyo, llevándose el vestido con ella.
— No me puedo creer que tengas la misma sangre en las venas que esa víbora, Cody —dijo Andrea, aún impresionada.
— Yo tampoco —dijo él. Justo en ese momento, una lechuza moteada se apoyó en el mismo sitio que había dejado la anterior, y se fue volando dejando frente a Nora el paquete que contendría su vestido para el baile de navidad.
Sophia tuvo más problemas que de costumbre en el trayecto de una torre a otra. La señora Norris, la gata de Filch, estuvo merodeando por el pasillo que llegaba a la Torre de Astronomía y Sophia tuvo que esperar hasta que los ojos rojos de la gata se alejaron escaleras abajo.
La bruja se aferró con fuerza al libro de cuero y corrió hacia la entrada de la torre. Cuando abrió la puerta, Draco ya estaba allí, mirando al cielo. Sospechó que la estaba esperando, pero no lo admitiría.
— Esperaba tener un rato de paz —se quejó Draco. Sophia bajó la mirada hasta el libro que estaba sujetando con fuerza. Tanta fuerza, que sus pálidos nudillos se estaban tornando blancos. Aunque quizás fuera del frío.
Draco todavía no lo había visto, no se había girado. Todavía podía esconderlo… Había dudado mucho si enseñarle el libro o no. Cuando lo había robado del cajón de Nora había parecido una buena idea. Podría echarle un ojo con Draco, el tendría otro punto de vista que ellas. El tendría el punto de vista de un mago expuesto a la magia desde niño. Aunque por otro lado, no sabía cómo de importante sería lo que descubriese. Si fuera la mitad de importante de lo que Itingo les había hecho creer…
Sophia negó con la cabeza. No estaba segura de hasta qué punto confiaba en Draco, pero al final, era la persona más cercana a ella. Puede que apenas le conociera, pero conocía menos a Andrea, y eso que vivían en el mismo pueblo. Y Nora… De ella sí que no sabía absolutamente nada.
— No esperes que me disculpe, Malfoy —dijo, mascullando su apellido, tratando de que le infundiera confianza. Era Malfoy, el niño rubio con el que había jugado tantas veces de niña por los pasillos de su mansión. Malfoy, el hijo de los amigos de sus padres, con quién había pasado gran parte del verano, con quién había asistido a cenas y reuniones absurdas. Podía confiar en él. Era Malfoy—. Te estaba buscando. Sabía que estarías aquí.
Sophia señaló el cielo despejado con la cabeza. Draco estaba sentado alrededor de una pila de cojines, con los brazos sobre las rodillas y mirando las estrellas sin ningún otro entretenimiento. No respondió.
Sophia se hizo un hueco a su lado, y le enseñó el libro.
— Mira —dijo, orgullosa. Cruzó las piernas como un indio, y abrió el libro sobre sus muslos.
— Me cuesta creer que Nora se haya separado de él —admitió Draco, molestándose en apartar la vista de las estrellas y dirigiéndola al libro por un instante.
— Y a mí —Sophia esperó un momento en silencio. En ningún momento había pensado en la posibilidad de que a Draco no le importase. Siempre que habían hablado del misterioso libro, había parecido interesado… Claro que, aquella noche, estaba especialmente distante. Quizás esta vez, Sophia le había molestado de verdad—. ¿No quieres verlo?
— Estoy mirando mi constelación —respondió, señalando un punto en el cielo—. Luego lo leo...
Sophia cerró el libro de golpe. Había esperado más interés de su parte, ¿y ahora él no tenía tiempo porque estaba mirando el cielo como un imbécil?
— Creo que tienes razón. Es demasiado importante como para que lo mires ahora.
Se levantó de un salto y se sacudió la falda del uniforme, dispuesta a desaparecer de allí.
— ¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Draco, levantándose también. Sophia no se dio cuenta de que había estado frunciendo el ceño hasta que alzó las cejas y soltó una risa arrogante.
— Estoy sacudiéndome el polvo de la ropa —dijo, tratando de sonar lo menos enfadada posible—. Pregúntame luego.
Draco tardó más de lo que Sophia esperaba en darse cuenta de que aquello era una cuestión de orgullo. Sin embargo, y aún sabiendo que su comentario solo conseguiría enfadarla más, no hizo nada por retenerlo.
— No me importa, seré breve.
Sophia bufó, e hizo un ademán por salir de la habitación, pero Draco sujetó su muñeca antes de que girara el pomo.
— ¿Sigues necesitando que te enseñe a bailar? —la pregunta tomó por sorpresa a Sophia, que por un momento creyó morir de vergüenza. La verdad es que gracias a las clases de Flitwick había aprendido los pasos, pero aquel baile seguía sin ser su fuerte. Y se tenía demasiado aprecio como para arriesgarse a que alguien la encontrara practicando el baile sola. No le apetecía nada dejar que Malfoy se luciera restregándole por la cara lo bien que bailaba, pero, de cualquier forma, era mejor que hacerlo mal el día del baile.
— Sólo si sabes.
Draco soltó su muñeca y sonrió con un deje de superioridad en sus ojos.
— ¿Qué insinúas? ¡Claro que sé! —se apartó de ella, y comenzó a apartar del centro de la torre los cojines y las mesas bajas que podían molestarles, aparentemente contento. Sophia se limitó a soltar el pomo de la puerta, y sujetó el libro con las dos manos frente a sus ojos.
— Creo que no te haces una idea de lo que me ha costado coger el libro sin que Nora se diera cuenta. No creo que tengas ninguna otra oportunidad para hojearlo.
— Le echaré un ojo antes de irme. Te lo prometo —respondió, encogiéndose de hombros. Sophia, suspiró, pero finalmente deslizó el libro en una de las mesas, y se acercó a donde estaba Draco.
— Bien. Ilumíname con tus brillantes cualidades de profesor.
Para cuando Draco se colocó frente a ella, Sophia ya estaba colocada. Quizás demasiado tensa. Notó su mano en la espalda y se obligó a sí misma a relajarse. Comenzaron a moverse hacia el frente, despacio. Un paso, luego otro. Volvieron a la posición inicial y continuaron hacia la derecha.
— No lo haces mal —observó Draco, mirando a Sophia, quién se movía mecánicamente, como redactando el patrón de los pasos—. Solo trata de mirar menos hacia abajo, y cuando gires sobre ti misma, mejor apóyate en el pie derecho…
Sophia asintió en silencio, y alzó la vista de sus propios pies, y se dio cuenta de que no debía preocuparse por donde pisaba. Draco marcaba el paso tranquilamente, y se movía ágilmente, evitando que chocasen con las mesas apartadas y con los telescopios.
Draco volvió a hacer girar a Sophia y aquella vez, ella dejó caer todo su peso sobre el pie derecho.
— Creo que le estoy cogiendo el truco… —sonrió Sophia, olvidando completamente el libro de Leighton y centrándose en sus pies, en sus manos. En mantener el equilibrio cuando Draco la alzaba.
— Izquierda, izquierda de nuevo y volvemos a la posición inicial. Cambió de brazo, luego derecha y se repite —recitó Draco, mientras Sophia repetía las indicaciones en voz baja.
Estaba tan concentrada en los pasos del baile que apenas escuchó la pregunta de Draco.
— ¿Con quién vas a ir al baile?
— Todas tus preguntas giran con un único centro —señaló Sophia.
— Y tus respuestas siempre son evasivas —contraatacó—. Empiezo a pensar que nunca me responderás a una pregunta a la primera.
Sophia dejó escapar una risa floja, y ambos giraron hasta quedar en la posición del otro.
— Dylan me lo pidió, pero no le he dicho nada aún. Tú irás con Pansy, ¿no?
— Eso había pensado.
Adelante, a la derecha y vuelta a la posición inicial. Adelante, izquierda y atrás. O quizás habían hecho izquierda y delante, Sophia ya ni se daba cuenta. Había dejado de moverse a trozos y estaba empezando a entender eso de dejarse llevar.
Draco soltó su mano y atrapó su cintura, dispuesto a alzarla. Sophia dirigió su mano libre al hombro de Draco, y se impulsó. Imaginó lo espectacular que sería aquel paso cuando, en lugar de las faldas de tablas del uniforme, todas las brujas estuvieran vestidas con túnicas vaporosas y suaves. Todos sus rizos saltaron con ella, y para cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Draco había dejado de bailar.
— Pero creo que he cambiado de opinión respecto a lo de Pansy.
— ¿Y tan de repente? —preguntó, perpleja. Draco no parecía afectado por la repentina decisión. Apenas podía deducir en su rostro una leve sonrisa y una pizca de luz en sus ojos grises.
— Con ella es más aburrido bailar.
Sophia sonrió. Draco dio por finalizada la clase y comenzó a recolocar distraídamente las mesas y los cojines.
— ¿Con quién irás entonces? —dijo Sophia, tratando de reprimir una sonrisa. Recogió los telescopios, y los volvió a colocar frente a las ventanas, tal y como estaban antes.
— Creo que ya lo sabe — respondió Draco, siguiéndola el juego.
— ¿Y no lo piensas consultar con ella? —Draco negó con la cabeza. Terminó de colocar la última mesa y se giró hacia Sophia, apoyando el codo en el marco de una de las ventanas.
— Si no quisiera, ya me lo habría hecho saber. La conozco bien —Sophia sonrió levemente. No estaría nada mal ir al baile con Malfoy. Podría incluso llegar a pasárselo realmente bien. Ya encontraría la forma de decirle a Dylan que no podría acompañarle.
Draco esbozó una sonrisa ladeada y enterró las manos en los enormes bolsillos de su túnica.
— ¿Y bien? ¿Qué hay de ese libro?
Sophia terminó su sonrisa. Aquello era justo lo que esperaba oír.
