Dionisio Dios de la vendimia y el vino, inspirador de la locura ritual, del éxtasis, el vicio, el desenfreno, la indisciplina, y todo lo que ello conlleva. Dios patrón del teatro y la agricultura, conocido también como el Libertador, porque liberaba a los hombres de sus obligaciones y deberes. Los surgía en la locura del alcohol, el éxtasis y el no tener preocupaciones.
Vivió una vida llena de excesos y locura, pero tuvo suerte y encontró en su camino lo que en verdad necesitaba en su vida, una mujer que le enseño lo que era el amor. Se casó con la mortal Ariadna, la misma que había sido abandonada por Teseo y tuvieron varios hijos juntos. Vivieron feliz y este le fue fiel, lo más fiel que puede ser un Dios Olímpico.
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Los ojos de Ariadna estaban enrojecidos a causa de tanto llorar y es que aun le costaba mucho comprender lo que había sucedido, cuando había ayudado a Teseo a salir victorioso del laberinto del Minotauro lo que había conllevado a traicionar a su propio padre y a su gente, en verdad pensó que él cumpliría con su promesa. Había prometido desposarla, que serían muy felices juntos y que vería la hermosura de Athenas.
Pero jamás llego siquiera a contemplar la costa de su hogar natal, porque Teseo a la primera oportunidad en un descuido suyo, la había abandonado en la isla de Naxos, la cual aunque estaba repleta de comida y agua carecía de toda clase de personas. Pero la soledad no le dolía tanto como la cruda traición del hombre del que se había enamorado profundamente.
Lo había dejado todo por él y de esa forma se lo había pagado, una parte de su corazón se contraía de solo pensar que su padre Minos estuviera sufriendo el mismo dolor que ella en ese momento por sus acciones contra él. Se abrazo a si misma fuertemente, mordiendo su labio inferior en un vano intento de ahogar su llanto pero era inútil, las lágrimas caían sin cuartel por sus mejillas, y su cuerpo temblaba visiblemente.
Su corazón estaba deshecho, había quedado hecho trizas al momento en que vio al barco partir sin que Teseo se atreviera a mirar atrás ¿Porque tenía que pasarle eso a ella que lo único que había hecho era actuar por amor? Entregándose como nunca antes, y por eso había terminado destruida por dentro. La pena del desengaño amoroso le oprimía el pecho con fuerza
Permaneció en la orilla de la playa un día tras otro, contemplando el inmenso azul del mar, observando como las olas chocaban contra la arena y el viento agitaba la vegetación, conservando un vago rastro de esperanza con ella, esperaba que en cualquier momento volvería a ver al hombre que amaba caminando por la playa en su búsqueda. Oraba porque Teseo reconsiderara lo que había hecho y volviera por ella.
Pero mientras más días pasaban esa esperanza se hacía cada vez más y más pequeña. La soledad se volvió un sentimiento tan agobiante como el propio dolor del desamor, sumida en medio de la soledad, la nada y el abandono, solo encontró un único consuelo, el sueño. Estar en el mundo de los sueños era un alivio momentáneo que podía permitirse.
Y ya sin la esperanza de que regresarán por ella, se sumió en su propio mundo, en el que los sueños era el gobernante, en ellos nada malo ocurría, todo era tal cual como ella deseaba que fuera, pero a la vez eran horrendas pesadillas, porque soñaba que estaba junto a Teseo y que él la amaba tanto como ella lo amaba a él, algo que no paso nunca y jamás ocurriría.
Un día Dionisio llegó seguido de su séquito enloquecido a la isla, dispuesto a festejar de forma desenfrenada como estaba acostumbrado a hacerlo. Él era visto como un hombre joven, extremadamente atractivo, de cortos cabellos claros adornados con hojas de parra, portando una jarra de vino en una mano mientras que en la otra traía un racimo de uvas. Bailaba de forma entretenida y despreocupada en compañía de las ménades.
Pero en medio de todo el ajetreo por el rabillo del ojo pudo divisar a una figura recostada sobre la arena. El Dios paro abruptamente su baile y giro el rostro para observar con mayor detalle a la bella jovencita que yacía profundamente dormida. Observándola con suma atención. Abandonando a su séquito, se dirigió a paso lento hasta quedar frente a ella.
Por los resquicios de lágrimas que habían en sus mejillas podía decir que había estado llorando durante un largo período de tiempo. Ladeo la cabeza y se agacho a su lado, contemplando su rostro tranquilo, con cuidado paso delicadamente una mano sobre su rostro apartando un cabello de color oscuro que se había colado en su rostro.
Parpadeo algo sorprendido, mientras no veía ningún cambio visible en la joven, que seguía respirando de forma pausada como si nada la perturbara, Dionisio ladeo el rostro hacia atrás observando a las mujeres que siempre estaban con él, estas vivián en un constante estado salvaje, abandonadas a los placeres del vino, el sexo y el éxtasis, siendo imposible razonar con ellas o hablarles de otras cosas que no fueran las anteriormente mencionadas.
Dionisio esta más que acostumbrado a que la gente perdiera la cabeza cada vez que estaban en su presencia, desde muy joven ya ejercía un poder maléfico sobre los que lo rodeaban, terminando por enloquecerlos, aun si esta no era su intención. Desde que tuvo uso de razón su sola presencia provocaba pasiones desbocadas.
Por esa razón sus adoradores solían estar fuera de sí, él no era un Dios que curara, consuele, proteja o de alguna riqueza, sólo promete dar una vida absolutamente extraordinaria. Fascinante y atractivo para cualquiera que quiera acercarse a él. Tenía seguidores entre los centauros y los faunos, además de muchos mortales, para los cuales era posible adorarlo de forma constante, a menos que quisieran enloquecer permanentemente y perder todo lo que tuvieran.
Su influencia era tal que incluso los sueños de sus seguidores se veían completamente envueltos de él, pero en este momento mientras veía a la jovencita tendida sobre la fría arena, noto que no percibía aquello. La observo atentamente mientras dormía y supo que no era él el objeto de sus sueños, que no lo amaba como hacían los demás, que no sentía esa necesidad de entregarse a él.
Y eso lo confundió de sobre manera, jamás había creído posible que existiera una persona así, inmune a sus encantos y que no estuviera prendada de él. No se parecía a ninguna otra persona que hubiera conocido antes. Aun cuando estaba tan cerca de ella, la única emoción que la joven transmitía era pura serenidad, una palabra que Dionisio no había escuchado en mucho tiempo.
Fijo sus ojos en su rostro dormido. Su piel era blanca y tersa, tenía redondas mejillas y rosados labios, enmarcados por un corto cabello azabache hasta los hombros. La miro embelesado mientras llevaba los dedos hacía su cabello, peinando las lisas hebras oscuras, luego paso la mano hasta su rostro, delineándolo con la yema de los dedos, ella emitió un suave suspiro.
Y él acaricio suavemente sus delgados labios, trazándolos con el pulgar. En ese momento se enamoro como no lo había hecho nunca. Se tumbo a su lado, pasando un brazo por su pequeña espalda atrayéndola hacia él, y con la mano tomo la de ella posándola en su pecho, justo sobre la altura del corazón, el cual latía desembocado. Sus rostros estaban muy cerca y Dionisio sintió su rostro sonrojarse levemente a la par que su ritmo cardíaco martilleaba contra su pecho, tan fuerte que podía oírlo.
Él siempre ha sido conocido por su impulsividad. Y la beso, la beso varias veces con delicadeza, juntando sus labios en una suave caricia, en un beso infantil, muy inocente para un Dios como él, pero sentía que así debía besarla, así quería hacerlo. Jugo con sus labios sintiendo una gran calidez en su pecho, sin atreverse a profundizar mucho en el beso. Después de unos minutos apoyo sus frentes, una contra la otra.
Quería sentir que lo amaba, por primera vez en su larga vida inmortal, anhelaba que el amor de alguien, algo de lo que nunca tuvo la necesidad, todos siempre se sentían atraídos hacía él, pero ella no era así, no lo quería como los demás y eso solo hacía que la amara aun más.
Quería ganarse su amor y permaneció a su lado, esperando pacientemente a que despertará, quería que él fuera lo primero que viera al desperar. Dionisio se acomodo a su lado, en la playa, observándola, sintiendo su calor. Paso la noche y la isla fue inundada por la luz del alba.
Ariadna se había dormido. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero igualmente se sentía cansada. No había abierto los ojos, pero sentía que alguien le acariciaba el cabello suavemente.
-Teseo...-Susurró suavemente, pero al abrir los ojos no encontró a la persona que esperaba ver. La cara de Dionisio estaba a unos pocos centímetros de la suya. Este, al escuchar el nombre susurrado por la chica, frunció el ceño pero no se aparto.
-¿Quién es Teseo?-Cuestiono el Dios con los celos enmarcando su voz. Ariadna parpadeo varias veces perpleja antes de levantarse, sentándose sobre el suelo y tomando distancia.
-¿Quién eres tu?-Pregunto la hija de Minos. Dionisio sonrío aun recostado, alzando una mano para acariciar con la punta de los dedos el brazo descubierto de la joven, haciendo que este saltara levemente a causa de la sorpresa, la sonrisa del Dios creció visiblemente.
-Nunca un mortal me había hablado de tú... -Comento de forma distraída mientras seguía trazando la longitud de su brazo, pero Ariadna se aparto un poco más, lo suficiente para quedar fuera de su alcance pero sin levantarse todavía.
-¿Mortal?-Dijo confundida -Tu acaso...¿Eres un Dios?-Pregunto con una mirada llena de sorpresa. Él sonrío complacido mientras se reincorporaba.
-El Dios del vino y el desenfreno a tu servicio-Dijo haciendo una graciosa reverencia ante ella. Ariadna parpadeo perpleja.
-Dionisio...-Murmuro reconociéndolo, provocando una sonrisa en el Dios.
-Me alegro ver que me reconozcas, por un momento pensé que no sabrías quién era yo-Comento con diversión en su voz -¿Y...podría saber cual es el nombre de tan hermosa joven?-Pregunto Dionisio tomando con delicadeza su mano para plantar un suave beso en su muñeca. Ella lo miro incrédula.
-Mi nombre es Ariadna...soy hija del rey Minos y de Pasifae-Respondió ella.
-Ariadna...-Murmuro Dionisio saboreado el nombre con gusto -Bello nombre para una belleza como tu, aunque a sido una grata sorpresa descubrir que también eres una princesa, de Creta además-Sonrió amablemente.
-Nunca pensé que conocería a un Dios en persona-Comento Ariadna separando su mano de la de él.
-Bueno...espero que no te haya decepcionado-Dijo divertido -Y dime Ariadna ¿Qué hace una princesa como tu en un inhóspito lugar como este?-Pregunto con curiosidad. Entonces la joven bajo la mirada con tristeza.
-Estoy aquí porque fui una tonta, por eso-Respondió ella para sorpresa del Dios.
-Yo no te clasificaría como tal-Dijo Dionisio. Ariadna sonrío de forma sarcástica.
-Si, si lo soy...Solo una tonta hubiera traicionado a su gente por enamorarse de quién no debía, ayudarlo a derrotar al Minotauro y salvar a los Atenienses, solo para terminar abandonada en una isla desierta por quién le prometió amarla...Soy una verdadera tonta...-Dijo mientras su voz se quebraba, entonces comenzó a llorar en silencio, pero una mano en su mejilla la hizo alzar la mirada.
-No es justo que estés triste por alguien a quién le das igual-Dijo Dionisio seriamente mientras limpiaba las lágrimas que salían de sus ojos azules. Ariadna miro con sorpresa al Dios por un momento pero luego bajo nuevamente la mirada.
-Él prometió que me desposaría y que me amaría...-Murmuro tristemente.
-''Él''...¿Es ese tal Teseo?-Pregunto el Dios de los excesos, a lo que ella asintió lentamente -Ese mortal no te merecía, no deberías llorar por él—-Consoló con voz suave.
-Pero...yo lo amo...-Dijo en voz baja. Dionisio acaricio su mejilla con el pulgar -Lo di todo por él...y aun así...al final...me rechazo...-Murmuro mientras sus ojos volvían a cristalizarse.
-Yo no te abría rechazado-Dijo Dionisio sorprendiéndola -Te amo Ariadna, y deseo que seas mi esposa, solo mía-Dijo a lo que ella abrió los ojos a su máximo punto.
-¿Qué?..pero...¿Como puedes decir eso?...No sabes nada sobre mi...No nos conocemos-Dijo Ariadna incrédula. Él sonrío.
-Tengo toda la vida para hacerlo-Respondió Dionisio tranquilamente.
-Pero...Yo...-Murmuro considerándolo pero el recuerdo de Teseo golpeo su mente -No-Dijo firmemente sorprendiendo al Dios -Ya cometí ese error una vez, no volverá a caer...ya sufrí demasiado por haberme enamorado...no quiero que todas las promesas se vuelvan a desvanecer y me aparten como a un juguete al que nadie quiere-Dijo mientras se alejaba de su toque.
-Ese es Teseo-Dijo Dionisio seriamente -Yo por mi parte estaré dispuesto a conocerte de principio a fin, a amarte, convertirte en mi esposa y a jamás dejarte atrás. Podría darte una vida mucho mejor de la que la que él pudo darte-Aseguro.
-¿Porque estas haciendo esto?-Cuestiono Ariadna comenzando a llorar -¿Porque me das falsas esperanzas de que podré ser feliz?-Murmuro mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Él la miro son sorpresa durante un comento para luego sonreír tranquilamente.
-Déjame poner de esta forma...¿Qué opciones te quedan ahora?-Pregunto a lo que ella abrió los ojos -Se que tienes miedo a volver a enamorarte. No es bonito pensar que pueden dejarte otra vez, que te vayan a decepcionar pero...¿No crees que es mejor que quedarte a morir sola en esta isla?-Cuestiono.
Ariadna se mordió el labio sabiendo la verdad de sus palabras, o se iba con él o bien podría quedarse en Naxos a esperar a alguien que nunca vendría, si lo ponía en perspectiva la elección era fácil pero mientras observaba la mano del Dios extendida frente a ella, dudo, miro su sonrisa sincera y esa mirada llena de honestidad. No quería caer otra vez, no quería sufrir otra vez por amor, no quería ser engañada.
-Yo curaré tu corazón...pero solo podré hacerlo si me permites hacerlo-Dijo Dionisio. Ella lo miro con sorpresa y entonces lentamente acerco su mano tomando la de él, este sonrío contento -Te prometo que no te arrepentirás mi amor-Prometió plantando un beso en su mano. Y Ariadna esperaba porque fuera así.
Se fueron juntos de Naxos. Ella dudaba mucho del Dios al principió pero él la cuidaba y la hacía sentir bien. Colmada de atenciones, detalles, regalos y mimos de Dionisio, Ariadna se permitió olvidar sus penas de amor con él Dios. Y esa relación fue madurando hasta que ella finalmente comprendió que lo amaba y él se sintió plenamente colmado. Sabiendo que por fin una persona no perdía la cabeza por el mero flujo de su presencia, sino que le gustaba como era.
Pero había algo que le molestaba, el recuerdo de Teseo seguía presente en la mente de su amada entristeciéndola de vez en cuando y eso no le gustaba, ¿Porque seguía pensando en él cuando tenía a un Dios con ella? Algo mucho mejor que un simple mortal.
Así que planeo hacerla olvidar de una vez por todas a ese hombre que tanto dolor le había causado, la haría suya y jamás volvería a pensar en Teseo. Le había pedido a Ariadna cerrar los ojos mientras la dirigía a un lugar, tomándola de las manos para asegurarse de que no se tropezara.
-¿Ya puedo abrir los ojos?-Pregunto ella, él río un poco.
-No, aun no. Espera-Dijo Dionisio con una sonrisa. Caminaron un poco más -Aquí es, sigue con los ojos cerrados y cuando cuente 3 los abres ¿De acuerdo?-Dijo. Ariadna sintió que aquella manos tan cálidas abandonaban su rostro para alejarse de ella y de pronto sintió la brisa nocturna golpear su rostro -Uno...dos...tres...Ábrelos ya-Exclamó al tiempo que ella comenzaba a abrir con lentitud los ojos sorprendiéndose al ver lo que estaba ante ella.
El hermoso paisaje del Olimpo se mostraba en aquel balcón al que su amado le había llevado y éste se encontraba a un lado de ella, mirándola con expectación, intentando averiguar su reacción a lo cual Ariadna no se hizo esperar dirigiéndose junto a él para besarlo con dulzura en los labios. El Dios le correspondió con la misma dulzura.
-¿Te gusto mi sorpresa?-Preguntó divertido mientras ella alzaba la vista mostrando la alegría tan característica de su persona.
-Me encanto-Respondió con una sonrisa. Entonces Dionisio sin quererlo realmente, se separó de ella y abrió las puertas que daban a un cuarto contiguo del templo.
-Quiero que cierres los ojos de nuevo...-Le susurro al oído mientras rodeaba con sus brazos la estrecha cintura de su amada.
-¿Otra sorpresa?-Preguntó Ariadna cerrando los ojos mientras en su bello rostro aparecía una nueva sonrisa.
-Podría ser…-Sonrío divertido besando su hombro descubierto -Ahora toma mi mano-Le susurró al oído. Los pasos hicieron eco en el lugar -Ábrelos… -Le dijo mientras hundía su rostro en el cuello de la joven, aspirando el dulce aroma a esencia de jazmín que el cabello de ésta desprendía.
Frente a ellos había una gran cama llena de pétalos de rosas rojas con un sendero marcado por numerosas velas en color blanco que adornaban el camino hacia esta. El olor de inciensos llego hasta sus sentidos. Todos estos detalles que Dionisio siempre tenía por ella solo aumentaba más su amor por aquel Dios que ahora repartía besos por todo su cuello.
-Me gusta mucho-Dijo la chica mientras se giraba en medio de aquel posesivo abrazo en el que estaba envuelta.
-Me alegro...pero hace falta algo…-Murmuró el Dios pensativo mientras la joven lo miraba con sorpresa y desconcierto -Hace falta demostrar para qué fue ideada…-Le susurró con una sonrisa abierta.
Uniéndose en un beso, olvidando todo lo que sucedió o sucedería, en ese momento sólo existían ellos dos. Él comenzó a bajarle el vestido lentamente, con calma, quería que ese momento durará. Ariadna apoyo las manos sobre su pecho mientras sentía como era despojada de las prendas que la cubrían, su cuerpo se estremeció ante el frío aire fresco que la golpeo.
Y se aferro a él, sus mejillas estaban fuertemente coloreadas, nunca antes había disfrutado de las delicias carnales, nunca, ni siquiera con Teseo con el cual se le había presentado la oportunidad, ella era una princesa y como tal debía mostrar respeto por su cuerpo, lo cual significaba que ningún hombre debía tocarla o llevarla a su lecho, sin antes estar formalmente comprometidos.
Pero justo en este momento, todas aquellas reglas y moralidad que le habían inculcado desde que era una niña pequeña no importaban, y es que, Dionisio la trataba con tanta ternura, le demostraba tanta devoción junto a un infinito amor, que simplemente se sentía incapaz de negarle nada. Confiaba plenamente en él. Este había pasado de sus labios a su cuello, repartiendo amorosos besos y dulces caricias finas por su cuerpo, había un completo respeto por parte del Dios hacia ella.
Dionisio sentía que no podía contenerse más, trataba de hacerlo lo más suave y gentil que su profundo deseo le hacía posible. Deseaba hacerla olvidar a ese tormentoso amor que tanto dolor le había causado y reemplazarlo con todo el cariño y las cosas que estaba dispuesto a darle. Lentamente fue empujándola con delicadeza hasta que ambos terminaron sobre la cama, él se situó encima de ella.
Ambos compartiendo una profunda mirada repleta de sentimientos y la besó otra vez, tiernamente. Ariadna podía sentir su amor recorrerle todo el cuerpo, podía sentir su piel despertar a las sensaciones que él comenzaba a provocarle. En este momento ella solo quería estar unida a él por el resto de su humana y corta vida. Él dejó de besarla para poder admirarla unos segundos.
-Eres tan hermosa Ariadna mi amor...mucho más de lo que imaginé-Murmuro Dionisio con voz dulce y excitante.
La princesa de Creta sintió su ego crecer ante sus palabras, no era como si no hubiera escuchado esa clase de comentarios antes, ella era una mujer hermosa, siempre había sido consciente de ello y al ser hija de un Rey mucho más, pero escuchar esos halagos provenir de un Dios era algo completamente diferente y que este Dios fuese específicamente Dionisio, él cual tanto amor decía profesarle lo hacía aun más significativo y verdadero.
Sus manos querían recorrerla toda, quería conocerla, adueñarse de cada rincón y marcarla como suya por el resto de la eternidad. Su piel era tan suave que le fascinaba y su aroma a jazmín lo enloquecía, sin embargo debía controlarse y ser muy cuidadoso, era su primera vez juntos y tenía que ser perfecta. Ella comenzó a excitarse con sus besos, con sus caricias gentiles y deliciosas. Llevó sus manos al corto cabello del Dios y comenzó a acariciarlo con todo su amor.
Dionisio ahogo un gemido al percatarse de la iniciativa de su amada, era adorable. Entonces decidió sacarse la ropa de una sola vez, revelando su perfecta anatomía en todo su esplendor, sonrío al ver enrojecer las mejillas de Ariadna, lo cual le resulto increíblemente excitante. Acto seguido, comenzó a besar su cuello.
E inevitablemente los gemidos se comenzaron a escuchar por toda la habitación. Ariadna sentía una tibieza acogedora recorrer todo su cuerpo y sus pequeñas manos comenzaron a pasearse por la ancha espalada del Dios que ahora estaba demasiado concentrado en acariciar uno de sus senos y besar su cuello. Era increíble tenerla de esa manera, besar su pecho.
Escucharla gemir por él era como música para sus oídos. Los gemidos eran cada vez más fuertes, especialmente cuando Dionisio llevo la mano hasta la entrepierna de ella, sintiéndola húmeda y lista. Comenzó a estimularla, hundiendo sus dedos mientras jugaba con su clítoris para terminar de prepararla para lo que vendría después.
Ariadna comenzó a retorcerse mientras se aferraba más a él, Dionisio la acariciaba con fervor sin dejar de besar sus suaves labios, quería que experimentara todo el placer que estaba dispuesto a brindarle cada noche, por lo que le quedaba de existencia, una existencia que quería vivir solo con ella y para ella. Tomó una de sus manos, entrelazando sus dedos con los de ella.
Y con mucho cuidado comenzado a introducirse en su cuerpo, soltó un gruñido de placer, su cavidad estaba completamente húmeda. Los movimientos de Dionisio eran suaves para no atormentar mucho a su amada, ya que al ser la primera vez seguramente sentiría un gran dolor. Después de un par de minutos destruyo la fina tela que le impedía hacerla totalmente suya.
Él Dios tuvo que ahogar un gemido, lo que sintió al estar completamente en su interior fue increíblemente inexplicable. Ariadna tenía los ojos cerrados, aferrándose a su espalda mientras que con la otra mano le daba un fuerte apretón entre sus manos entrelazadas. Tenía la respiración agitada, lo que había sentido fue increíble, jamás en su vida había experimentado tanto placer como en ese momento.
Siempre pensó que cuando se entregara a un hombre por primera vez le dolería y mucho, como siempre le habían dicho, pero extrañamente dolor fue lo ultimo que sintió, no sabía si era porque no estaba predestinada a sentir aquella molestia al perder su virginidad o si era simplemente porque Dionisio era el amante más amable y tierno de todos. De cualquier manera se alegraba de que fuera así.
Y pronto el delicioso vaivén inició, Ariadna gimió con mayor fuerza aferrando los brazos alrededor del cuello de su amado, repitiendo su nombre con amor y devoción. En búsqueda de una mayor comodidad y mayor profundización de las embestidas, Dionisio levantó una de las piernas de ella y la colocó en su cadera como punto de apoyo. La unión se hizo más profunda.
Ambos amantes no cesaban de repetir el nombre del otro, el vaivén de las caderas del Dios era cada vez más lento pero más profundo. El interior de su amada era tan apretado y ajustado que lo desesperaba, tan húmedo y tibio, tan perfecto para él. Unas envestidas más, hasta que finalmente sus cuerpos convulsionaron y dejaron escapar el néctar de su amor sobre el otro. La penumbra fue la única testigo del amor profesado en esa habitación donde ahora la pareja descansaba, uno en brazos del otro.
-Te amo Dionisio-Susurró la joven mientras se acomodaba en el bien formado pecho de su amor.
-Yo también te amo…-Murmuró besando sus mejillas con suavidad, con una sonrisa satisfecha en su rostro -¿Sabes algo? Nunca pensé llegar a querer de esta manera a alguien y… me alegra que hayas sido tú…jamás te dejaré… lo prometo… -Susurró Dionisio para luego caer rendido ante los brazos de Morfeo.
-A mí también me alegra que hayas sido tú…-Murmuro Ariadna antes de darle un amoroso beso en la mejilla, había tomado una buena decisión al ir con Dionisio, pues estaba segura de que ahora era mucho más feliz de lo que hubiera sido al lado de Teseo.
Poco después Dionisio la hizo oficialmente su mujer ante los demás Dioses Olímpicos y ambos se convirtieron en padres de varios hijos. Dionisio le regalo a su esposa una diadema hecha por el mismo Hefesto y después la colocó entre las estrellas, la cual hoy conocemos como la Corona Boreal. Logró que dejará de ser mortal y olvidase al ingrato de Teseo, siendo feliz a su lado.
Dionisio continuo siendo salvaje, imprevisible, pero había una roca firme a la que se aferraba con fuerza, el amor de Ariadna. Porque necesitamos un tipo de entrega que no subordine al ser amado a nuestra belleza o encanto, sino que nos mire a los ojos con honestidad, sinceridad y cariño infinito, pero no que se subyugue a nuestro caprichos o deseos.
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Como no encontré ninguna historia de Dionisio y Ariadna hice la mía XD
Espero haya sido de tu agrado.
