Número de palabras: 869.

Tipo: Viñeta.

Personajes secundarios: Ninguno.

Disclaimer: Los personajes de Hetalia y los respectivos Ocs no me pertenecen, solo el contenido de esta pequeña narración.

COREA DEL NORTE X IRÁN

No podía entenderlo. Ella era reservada al igual que sus demás hermanos, muy creyente a sus propios ideales y no obstante ahí estaba con él tomando unas copas de alcohol con toda la libertad del mundo. El norcoreano esbozó una ligera sonrisa a la vez que dejaba su copa sobre la mesa, llamando la atención de aquella nación que lograba cautivarlo. Irán se mantuvo firme como aquella mujer fuerte que solía ser.

— Sabes que cuentas con mi apoyo, Norte —comentó con voz tranquila—. Relájate.

— Es difícil hacerlo cuando sabes que ya todo está perdido —Él susurró mirando el líquido entre su mano, tan quieto como el hielo.

— Eres un buen chico —dijo, colocando su mano sobre la ajena—, tú también mereces vivir.

Su pecho se oprimió ante sus palabras, la nación del Asia Oriental por un momento pensó en quebrarse. Sus ojos la miraron con profundo agradecimiento, sabía que haberla convencido de pasar la velada con él era uno de sus mayores esfuerzos de los cuales no se arrepentiría. Porque no fue nada fácil que incluso sus superiores la dejaran estar ahí en su casa, tampoco garantizaba que Irak no le dijera algo en el momento que se enterase.

— Es... un poco raro que tú me lo digas —confesó—, pareces mi maestro.

— Oh, vamos... no estoy tan vieja —reprochó removiendo su velo a un lado.

Norte soltó una leve risa.

— Ese no es problema, tú misma lo admites. Sin embargo, no será la primera vez que una nación desaparezca.

— Persia, Kiev Rus, Britannia, Imperio Romano, Gales... lo sé muy bien. Es un milagro que China e India sigan con nosotros —La mujer quitó su mano cerrando los ojos—. Eres tan joven que es difícil asumirlo. Una vez se te conoce bien, uno se da cuenta de qué tan bueno eres; vales más que otros.

— Quizás esa solo es tú visión. Dudo que los demás piensen igual —sonrió de medio lado—. Y me alegra saber que hay alguien que piense así de mí.

— Puede ser —correspondió con una sonrisa—, pero la vida es impredecible. Es por eso que odio encariñarme con las personas, pues se terminan yendo.

— Irán... —Se atrevió a decir el norcoreano. Ella le observó—. Si nada ocurre, me gustaría intentar algo contigo.

Silencio. A pesar de no haber respuesta, él no flaqueó en ningún momento. La iraní soltó unas cuantas risitas que extrañaron a su compañero, y en seguida un ligero sonrojo apareció en sus mejillas mientras se echaba algo de aire con su mano.

— Vaya que ustedes son unos sin vergüenza —contestó luego del suspenso—. Pero estoy contenta de que te hayas dado cuenta, después de todo nadie es tan insistente sin esperar algo a cambio ¿Sabes que esto será más doloroso para mí que para ti?

— Es egoísta de mi parte, lo sé —Él cerró los ojos, dándole un sorbo a la copa.

— No, es como debe ser —Alzó la suya, invitándole a hacer un brindis—. Es tan humano como nuestras existencias.

Sus miradas se conectaron la una con la otra, perdiendo la noción del tiempo. Corea del Norte también alzó su copa, de esa manera ambos brindaron y bebieron de ella al mismo tiempo. Compartir un momento íntimo con una persona especial, es más, beber junto a alguien era una sensación que el norcoreano no había experimentado luego de perderse así mismo. Ella lograba regresarlo al sitio de donde nunca debió haberse ido; ese en donde la cordura no era una virtud.

— Enséñame lo que sabes, puede que logres salvarme —añadió hundiendo sus finos dedos entre su cabello, sin dejar de observarla.

— ¿Ya bebiste el suficiente alcohol, no es así? —Irán apartó su bebida con sutileza—. Es hora de probar una dosis de amor.

— Un amor prohibido... —Ambos rieron muy leve ante esa realidad.

— Y explosivo, ¿por qué no? —sonrió.

La iraní se levantó ante la mirada penetrante del norcoreano que podía detallar cada facción de ella, deseando poder conocer cada rincón de su ser. No era sorpresa tanta confianza ni tampoco existía duda de lo que hacían, tiempo tenía que el sentimiento era mutuo; los dos lo sabían. La mujer de pesadas ropas llegó hasta el joven de porte militar, sin dejar de sonreír posó ambas manos sobre el rostro de él quien ya estaba a su completa disposición y le besó en la frente con delicadeza.

— No solo Israel y el Vaticano tienen sus secretos —dijo sin apartarse demasiado.

— Eso ya no importa —El norcoreano posó sus manos sobre su cintura, acercándola más a su cuerpo—, ahora nada importa...

La unión de ambas naciones se dio. Entre besos apasionados, sensibles y deseosos, el norcoreano logró explorar la suave piel de la iraní, esa que siempre se encontraba oculta bajo mantos preciosos. Por su parte, ella conoció ese lado escondido con temor a salir que ese chico tenía dentro de sí por la rudeza con la que la vida le trató, sintiéndose dichosa por tener esa oportunidad única de sufrir con gran gusto. Probaron ese pedacito de humanidad que tanta falta les hacía, ahí dentro de esas cuatro paredes donde el aire no era uno de amenaza, sino uno de los más puros sentimientos.

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Mientras terminaba de relatar las últimas palabras, me levanté y saqué un cuaderno de uno de los tantos muebles cercanos a mi lugar. Me observaste sin entender mi tan repentino accionar pues no es algo que haga cada vez que vienes a verme. Busqué la página correcta, al encontrarla sonreí y me acerqué de nuevo con sumo cuidado hasta donde tú estás. Antes de mostrarte el contenido, te miré fijamente para aclarar lo que debía aclarar.

— Esta que te mostraré es una de las tantas imágenes que me gusta guardar por motivos personales y que a su vez puede ayudarte como apoyo visual a lo que acabas de escuchar.

Abrí el cuaderno y te lo extendí, dejándose ver una imagen con dos personas en un fondo azul.

— Quizás él no sea la persona exacta, pero no hace falta decir las razones, son obvias para que esta sea una imagen significativa. Espero no tengas problemas con eso.