Shot basado en RTTE cuando se crea el Equipo A.
PD: Este capítulo va a cambiar bastante porque #ALenaLeEncantaElDrama
POV NARRADOR
-Hijo me alegra que estés aquí- decía un apurado Jefe que veía a su aldea devastada a causa del ataque sorpresa de un viejo enemigo
-¿Quien hizo esto? ¿Dagur?- cuestionó Hipo mientras sobrevolaba el horror con el resto de los jinetes, el jefe asintió.
-Fue un ataque sorpresa, catapultas y lluvia de flechas de fuego sobre todo, le dieron a varias construcciones en la aldea... Astrid...- tragó saliva –tu casa fue una de las afecta...- no pudo terminar cuando la ojiazul saliendo volando a su hogar. –Hijo, creo que te va a necesitar- sugirió el jefe
Cuando Astrid aterrizó en donde se suponía debía estar su hogar, ya no eran más que restos de maderas incendiadas y cenizas que adornaban el aire, si se ponía atención en el silencio que la triste aldea regalaba, incluso se podía escuchar el crepitar de las maderas que aun conservaban el calor, solo respirar aquel aire era sofocante, comenzó a mirar alrededor buscándolos, pero solo se encontró con rostros de pesar y lastima hacia la muchacha.
El viejo herrero del pueblo se acercaba a ella con un casco entre su mano y su prótesis, mientras Astrid lo veía acercarse y leía su mirar, es un hecho, aquella mañana en la que los abrazo para regresar a su hogar en la orilla, fue la última vez.
Astrid tomó aire, con supremacía estoica comenzó a caminar hacia el bosque, toda la gente a su alrededor la miraba pero se apartaba de su camino, su mirada no reflejaba nada, su rostro no decía nada, caminó sin más sobre los escombros de su antigua casa, nadie se atrevió siquiera a respirar, el mismo Bocón no supo qué hacer cuando la chica pasó a su lado, ni siquiera su dragona que entendía perfectamente lo que estaba pasando sabía si seguirla, así que caminaba lento esperando su orden, pero la rubia no estaba dispuesta a decir una palabra.
Cuando el resto de los jinetes de dragones aterrizaron vieron a su amiga desaparecer entre los arboles
-Quédense aquí- ordenó el líder quien desmotaba a Chimuelo –también tu Tormenta- le dijo a la afligida dragona mientras le regalaba una caricia. Se acercó a Bocón –yo me encargo- le decía solicitando el casco y hermoso brazalete antiguo que este escondía.
Ante una expectante escena de todo Berk que conocía el carácter de la chica pero que nada entendían sobre ella y el dolor, vieron desaparecer la silueta del heredero de Berk, el jefe de los jinetes y no ignorado por nadie ahí, el único que sabría cómo lidiar con eso.
En silencio, sin ninguna muestra de pesar tomó su hacha y descargó su furia con cada árbol cercano, cada hachazo al eterno roble era más fuerte que el anterior, sus manos se aferraban a la empuñadura de aquella arma como su alma se aferraba a creer que al dormir esa noche en Berk estarían ellos en su casa, la fuerza era tanta que ni siquiera el más poderoso roble podría resistir mucho más, Hipo la observaba en silencio y le daba tiempo para que descargara toda su furia, cuando pudo ver que los nudillos se hacían blancos y la sangre escurría entre las muñecas de la chica por la fuerza aplicada al mango supo que era momento de intervenir.
Sin decir una palabra dejó las cosas en el suelo y se acercó a ella, en silencio detuvo el hacha al aire y comenzó a forcejear con ella para tomarla, Astrid no dejaba de mirarlo con furia pero Hipo no se dejó intimidar, contrario a eso, su penetrante mirada le dejo saber que él no sedería. Astrid comenzó a temblar y tratar con más fuerza de arrebatarle el arma mientras Hipo con su mano libre comenzaba a atraerla hacia él, sin que su brazo se rindiera los ojos de la rubia comenzó a pedir paz cuando se cristalizaron, Hipo la envolvió completamente cuando al fin le arrebato el hacha y la lanzó al suelo.
El dolor entonces tuvo a bien expresarse, rodeada por los únicos brazos que le podían dar consuelo, se permitió llorar, llorar como nunca lo había hecho, escondió su rostro en el pecho del chico que estaba ocupado acariciando su cabello con una mano mientras la otra se aseguraba que no se separara de él, de su boca salían sonidos tranquilizadores, no le diría que no llorara, no le pediría que fuera fuerte, no trataría de consolarla con frases baratas, en Astrid no funcionaba así, y el como nadie, lo sabía.
-se fueron- dijo después de un rato mientras separaba un poco su cabeza para verlo
-lo sé- le decía el tranquilo chico mientras limpiaba algunas de sus lágrimas y después se daba el permiso de acariciar suavemente su cuello
-me dejaron sola-
-espera... ¿entonces yo también morí?, vaya infortunio, no fui avisado- le decía sonriendo mientras ella le regalaba una nostálgica pero sincera sonrisa –me ofende en verdad que te tenga que aclarar que mientras yo esté vivo, tu nunca, escúchame bien, nunca, vas a estar sola-
-lo sé- le respondió ella mientras volvía a acomodar su cabeza en el lugar más seguro que conocía, en el pecho de Hipo.
Durante bastante tiempo se quedaron en la misma posición en un cómodo pero triste silencio, fue en el momento en que Hipo notó que las muñequeras de Astrid se teñían de rojo más de lo que deberían cuando decidió que tenía que curar sus manos, las heridas causadas por la fricción con la madera tenían la facilidad de infectarse rápidamente
-Vamos, necesito curarte esto- le ordenó mientras la abrazaba por un hombro, recogió el hacha y comenzó a caminar, se agachó, tomó los objetos y se los entregó a la ojiazul.
El pueblo que ya había comenzado a trabajar incluyendo a los jinetes, vieron pasar a la pareja mientras los dragones de ambos que los esperaban en la entrada del bosque se les unieron en el caminar.
-El valor de esta muchacha es impresionante- le decía Spitelout a Bocón mientras eran parte de la audiencia
-Digna hija de Bjorg- le respondía nostálgico el herrero, fue un gran amigo de su padre, un valiente y admirado guerrero.
En la cabaña de Hipo, el chico se encargaba de curar las manos de Astrid, no fue algo más que superficial causado por el roce con la madera, pero por la presión que pasaba la chica y la fuerza que había puesto sobre las heridas hicieron que sangrara de más.
El silencio estuvo presente, Astrid no podía ni hablar, e Hipo no tenía intenciones de hacerlo, conocía a esa chica lo suficiente para saber lo sanador que el silencio podía ser en ella. De repente inconscientemente comenzaba a acariciar su rostro y manos, pero en ese momento no le importaba, quería hacerle saber que él estaba ahí, y que fueran lo que fueran, cuidaría de ella.
-¿Puedo pasar?- preguntó Estoico mientras golpeaba la puerta cerrada de la habitación del chico, Hipo miró a Astrid esperando su aprobación y ella enseguida acepto
-Pasa papá- le dijo calmado mientras continuaba vendando su mano izquierda
-No pregunte jefe- le dijo Astrid al saber que Estoico preguntaría el porqué de sus heridas
-Te lo dije hijo, envolver el mango con cuero en lugar de tallar la madera hubiera sido mejor- le dijo evidenciando lo obvio, Astrid sonrió ante tal comentario recordando que su más preciada posesión había sido de hecho obra del ojiverde.
-Le quitaba la belleza del tallado- justificaba el, y no era broma, el hacha de Astrid resaltaba sobre las otras en primera porque fue la primera y única hecha con el hierro de Gronckle, y el mango estaba finamente tallado por el propio Hipo, cualquier guerrero o coleccionista daría todas sus posiciones por aquella arma, incluso el mercader Johann en más de una ocasión le ofreció grandes cantidades por ella, pero nunca lo acepto, incluso hubieron muchos guerreros que le pidieron a Hipo un hacha como esa, pero él se rehusó, esa arma era y es tan única como la vikinga que la portaba, y él se encargaría de que siempre fuera así.
-El homenaje a tus padres será en unos momentos en la orilla sur, si te sientes con fuerzas, creo que lo indicado es que tus lances la flecha al barco- le invitó el jefe
-¿Cuántos más murieron?- preguntó ella
-Solo ellos- le informó el jefe –tu padre estaba luchando afuera cuan...-
-Detente, no es el momento- lo detuvo Hipo –los alcanzamos en un momento- Estoico asintió y salió de la habitación
-Puedo lanzar la flecha por ti- se ofreció Hipo, lanzar una flecha en llamas es un asunto sencillo si eres vikingo, pero se complica demasiado cuando se lanza hacia el barco que contiene los cuerpos de un ser amado, muchos grandes y poderosos vikingos se han visto derrotados ante tal prueba, algunos fallan notablemente el tiro y otros ni siquiera pueden lanzar
-No Hipo, lo tengo que hacer yo- Hipo asintió y ambos comenzaron a caminar hacia los dragones que montaron enseguida y llegaron al sitio en donde todos ya estaban. Hipo y Astrid volaron hacia el barco.
Cuando Astrid aterrizo vio dos montañas de madera recubriendo la piedra que guardaban los cuerpos de sus padres, tomó un suspiro fuerte y en una pila dejó el casco de su padre y en el otro el brazalete de su madre, una vieja tradición vikinga era quemarlos junto a algún objeto preciado para que su camino al Valhalla no fuera tan atemorizante.
-Hasta que nos volvamos a ver- dijo Astrid, regalándoles una media sonrisa de lado y una última lágrima, unos segundos después subió a Tormenta
-Vaya tranquilo señor, conservo mi promesa- dijo Hipo a la pila que sostenía el casco del guerrero y enseguida Chimuelo emprendió el vuelo.
El día en que se fueron "al más allá" el padre de Astrid detuvo a Hipo y le pidió que la cuidara, una solicitud muy sencilla para el castaño considerando que sin dudarlo daría la vida por la ojiazul. A partir de este día, la protegería no solo en nombre de lo mucho que la amaba, sino en nombre de Bjorg, el cual nunca ocultó que esa niña era su mayor tesoro.
En llamas purificamos el dolor de su partida, tras las murallas sagradas de Asgard Odín reclama su presencia.
En la tierra esperamos pacientes nuestro reencuentro, porque han caído un padre, una madre, dos guerreros, dos amigos y dos corazones de hierro.
Que las valkirias les den la bienvenida, que canten su nombre con amor y furia para que los escuchemos alzarse desde las profundidades de la Valhala, donde los valientes vivirán por siempre.
Clamaba Hipo por solicitud del jefe, el cual en primer lugar debía decirlo, pero le pareció indicado fuera el amigo de la afectada quien lo hiciera.
Astrid tomó el arco y encendió la flecha, apuntó, respiro profundo, pero sus manos no la obedecieron, bajó el arco y volvió a respirar, movió los hombros un poco y volvió a intentarlo, negaba con la cabeza una y otra vez obligándose a concentrarse, Hipo se le acercó sin que ella bajara el arco
–puedes hacerlo pequeña- le susurró, Astrid asintió, volvió a tomar aire, lo retuvo y lanzó la flecha, justo al centro de la pila de su madre una flecha comenzó el fuego que después fue acompañada de las flechas lanzadas por el resto de los jinetes, el jefe y Bocón.
-Hasta que nos volvamos a ver-
