Capítulo 4: Amor

Escaló el muro y saltó al otro lado con gracia, el Barrio Francés poseía tapias rectas, sin lanzas ni alambres de púas en los bordes.

Se escondió detrás de los árboles del patio y la espió. No con la vista, por supuesto, sino con sus fosas nasales.

Laure paseaba por el caminillo, sola y con el cabello rojo al viento. Ella no se dio cuenta de su presencia, no tenía modo de saber que él la vigilaba, un parásito sin olor propio es invisible incluso a plena luz del día.

Cerró los ojos y aspiró su aroma, totalmente embelesado. ¿Cómo podía una criatura tan joven desprender una fragancia tan exquisita? Nada sobre la tierra se comparaba a ese olor, ni los de Grasse ni los del maestro Baldini.

Se dio la vuelta y regresó al muro en silencio. La fragancia de Laure tenía la potencia de mil bombas nucleares, un poco más de la cuenta y acabaría muerto de placer.

El ingrediente final de su perfume había madurado espléndidamente, era hora de poner manos a la obra.

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Academia del FBI, Quantico.

Will sonrió con ternura.

―En cuanto me ponga este perfume todos me amarán. Incluso tú… tú también me amarás.

Abigail también sonrió.

―¿Tal y como amé a mi padre?

―Sí, me amarás como a un padre.

La sonrisa de Abigail se torció hacia abajo.

―¿Papá…?

―¿Sí?

―Hay alguien aquí.

Will escuchó un eco lejano, una voz muy familiar en el firmamento despejado. Abigail desapareció del campo de flores y la figura del doctor Lecter abarcó todo el umbral de su salón de clases.

―¿Will? ¿Will? ¿Will?

Parpadeó varias veces y miró alrededor con ojos desorientados.

―¿Estaba sonámbulo?

―Tenía los ojos abiertos, pero estaba ausente.

Will se sintió avergonzado, olvidar su cita con el doctor Lecter y encima de eso disociar en su propio salón de clases como un lunático salido del Hospital Estatal para Dementes Criminales.

―¡Se sintió tan real! Abigail estaba aquí y yo… yo le estaba hablando de mi perfume.

Hannibal miró las fotografías del escritorio con intriga, jóvenes de la misma edad de Abigail. Todas ellas desnudas y sin sus cabelleras, imágenes que evocaban la belleza grotesca de los cuentos de hadas.

―¿Estas son las víctimas del Hada de Nueva Orleans?

―Sí, no puedo sacármelas de la cabeza.

―¿Ya estableció un motivo?

―El Hada les arrebata sus aromas, está obsesionado con la idea de hacer perfumes. Sé que suena loco, pero esa es la razón de sus asesinatos.

Hannibal levantó la cabeza, un motivo particular.

―¿Cómo llegó a esa conclusión?

―Gracias a usted, Jimmy estaba hablando de la grasa de cerdo que Beverly encontró en la axila de una de las víctimas y recordé lo que usted dijo sobre mi loción de afeitar… Fue como si él mismo me hubiera mostrado su diseño.

Los ojos del psiquiatra brillaron, un destello fugaz que pasó desapercibido para el detective.

Un asesino en serie con una nariz tan afilada como la suya, un perfumista interesado en el arte de capturar aromas.

―Will, creo que puedo ayudarle a atraparlo.