Capítulo 5: Hiperosmia

Entró a la habitación de puntillas, pasos pequeños para no despertar a Laure ni a los guardaespaldas que custodiaban su puerta.

Laure dormía de costado, con la nuca al descubierto. Una imagen que habría resultado preciosa para hombres acostumbrados a admirar la belleza con los ojos.

El mazazo fue certero, una acción que detestaba por lo ruidosa de la operación. Los guardaespaldas no se percataron de esto.

Pasada la tensión inicial, procedió a sacar el paño engrasado y a quitar las sábanas. No desgarró la tela del camisón de dormir, Laure merecía un trato más delicado que las otras muchachas.

Se esmeró en pasar grasa de más en la boca, las axilas, el sexo y los pies, los lugares que despedían mayores cantidades de aroma.

Esperó en la oscuridad, sin tener interacción con el cadáver. Un mínimo contacto con el envoltorio y todo el proceso se echaría a perder.

El éxtasis llegó al amanecer, por fin tenía en su poder la fragancia que lo había cautivado años atrás, cuando Laure no era más que una chiquilla núbil.

Muy pronto vendría el carnaval de Mardi Gras, el momento perfecto para usar el perfume y dejar de ser un parásito.

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Barrio Francés, Nueva Orleans.

Will salió del auto y miró la casa que se alzaba frente a él, una joya arquitectónica de estilo español. Hogar del poderoso empresario turístico Antoine Richis y de su hija Laure, la décimo tercera víctima del Hada de Nueva Orleans.

Hannibal también salió del auto.

―Ahora entiendo por qué Jack está tan estresado.

―Sí, no hay nada peor que una víctima adinerada, pone mucha presión sobre el FBI para resolver el caso.

―El dinero mueve el mundo, incluidas las autoridades federales.

Will vio a Freddie Lounds entre la multitud de periodistas y frunció el ceño.

―Esta vez no podrá tomar fotografías del cadáver, Freddie, los Richis no lo permitirán.

―¡Qué sorpresa, agente especial Graham! Pensé que usted estaba camino al Hospital Estatal para Dementes Criminales.

El tono sarcástico detrás de las palabras "agente especial" no le pasó desapercibido, un eufemismo para lo que él era realmente, alguien que no fue capaz de pasar las pruebas psicológicas requeridas para convertirse en un verdadero agente.

―Eso fue grosero, señorita Lounds. ―Hannibal frunció el ceño, no soportaba a esa mujer y su descortesía.

―Es a donde van los locos y los mentalmente inestables, ¿no? Chilton ya debe tener una celda preparada para él, sé que se muere de ganas por diagnosticarlo.

―El único diagnóstico que hará será el del Hada cuando lo capturemos. ―dijo Will.

―¿Qué le hace pensar que acabará en un manicomio? Luisiana tiene pena capital, si lo atrapan será condenado a la inyección letal.

Will caminó hacia la entrada principal de la casa, no valía la pena seguir discutiendo con periodistas sensacionalistas. La voz de Freddie lo obligó detenerse en el umbral del portón.

―No necesito tomar una fotografía de Laure Richis, el tráfico de mi blog se ha duplicado, resulta que las historias de chicas muertas se venden muy bien.

―Yo que usted me cuidaría la espalda, el Hada tiene preferencia por las pelirrojas.

―Estoy fuera de su rango de edad.

Jack se encontró con él y con Hannibal en el vestíbulo, el llanto de Antoine Richis se escuchó desde el pie de las escaleras que llevaban al segundo piso.

―Los guardaespaldas no escucharon nada, tampoco el padre.

―Es silencioso, no le gustan los gritos.

Los tres entraron a la habitación y vieron a Laure sobre la cama, desnuda y sin su cabellera roja como sus antecesoras, la más bella de todas las víctimas.

―Doctor Lecter, usted le dijo a Will que puede ayudarlo a atrapar a este asesino.

―Sí, creo que puedo establecer un perfil psicológico, pero antes debo examinar la escena del crimen.

―Toda suya.

Hannibal se acercó al cadáver y lo observó en completo silencio. Un golpe en la nuca y no en la cabeza, restos de grasa en algunas partes del cuerpo, un camisón de dormir sin desgarrar.

A su nariz llegaron dos olores, la fragancia de la muchacha y también un aroma débil, casi imperceptible. El olor del Hada de Nueva Orleans.

―Se tomó su tiempo con ella, hizo todo el proceso del enfleurage con mucho cuidado.

Will miró a Jack.

―Laure es la chica del boleto dorado.

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Baltimore, Maryland.

―Este perfumista que usted está cazando tiene hiperosmia, la misma condición que yo poseo.

Will escuchó las palabras de Hannibal y recordó sus clases de Neurociencias de la academia. Hiperosmia, un olfato anormalmente desarrollado que podía ser causado por herencia genética, trastornos neurológicos o alteraciones hormonales.

―El sentido del olfato está íntimamente conectado con las emociones humanas, un mismo aroma puede provocar sensaciones agradables en algunas personas y sensaciones desagradables en otras. Cada vez que olemos algo, la información química viaja hasta el cerebro y se aloja en la misma zona en la que están nuestros recuerdos y experiencias.

―Entonces es un tema de asociaciones mentales. No es el olor en sí lo que causa agrado o repulsión, son los recuerdos que están irremediablemente unidos a tal olor.

Hannibal asintió con la cabeza.

―Recuerdo más el aroma de mis padres que sus rostros. De niño solía jugar a seguir el rastro de sus esencias por toda la mansión con los ojos cerrados, adivinar en cuál habitación se encontraban.

―¿A qué olían?

―Él a habanos encendidos y ella a las frutas de las pinturas renacentistas. Son olores que vagan por los pasillos de mi palacio mental y que me sacan una sonrisa cada vez que llegan a mi nariz.

Hannibal se estremeció, la hediondez de Grutas también estaba en los pasillos de su palacio, al lado del aroma de Mischa.

―Pero también hay ciertos olores que son… nauseabundos y me traen malos recuerdos.

Will creyó ver un destello de tristeza en los ojos de Hannibal, una tristeza inconsecuente con la imagen de psiquiatra refinado de estaba acostumbrado a brindar a sus pacientes.

―¿A qué huelo yo? ¿Detrás del sudor y de la loción de afeitar?

Hannibal sonrió y destello de tristeza desapareció de sus ojos.

―¿Por qué quiere saberlo?

―Tengo curiosidad.

La sonrisa de Hannibal se agrandó. Un aroma que nada tenía que ver con la encefalitis que se estaba desarrollando en su cerebro, la fragancia más exquisita de todas las que había olido antes.

―Usted tiene el olor de un cordero que anhela ser devorado por un lobo.

Will no dijo nada, las palabras del psiquiatra lo desconcertaron.

―Si quiere capturar al Hada tiene que pensar como uno de sus perros, solo así podrá ponerle las esposas.

Hannibal abrió la puerta de su oficina y se despidió de Will, una sonrisa siniestra apareció en su rostro apenas vio su libreta de apuntes.

Era hora de un viaje en solitario a Nueva Orleans.


Notas:

1. Los olores de los padres de Hannibal los tomé de mi otro fanfic titulado "Aromas".