Capítulo 8: Un admirador
―¿Will? ¿Will? ¿Puedes escucharme?
Will abrió los ojos y miró hacia un lado, la voz de Jack era inconfundible. Sobre su cuerpo sintió la textura de una bata delgada.
―¿Dónde estoy? ―preguntó con voz ronca.
―Estás en el Hospital Universitario de Nueva Orleans, el panteonero que te halló llamó al servicio de emergencias.
Will se tocó su frente vendada y se sentó en la camilla.
―El Hada estuvo en el cementerio, hablé con él.
―Lo sé. Beverly, Zeller y Price están en el mausoleo, buscando pruebas.
―No encontrarán nada, se llevó el paño engrasado y sus instrumentos, ni siquiera pude verle la cara.
―No es necesario, quedó registrado en un video del carnaval de Mardi Gras.
―¿Qué video?
―Ya lo verás cuando salgas de aquí.
Jack frunció el ceño y se levantó de la silla sobre la cual había estado sentado. Will tuvo la impresión de que se avecinaba un estallido de furia.
―¿Y bien?
―¿Y bien qué?
―¿Vas a explicarme porque viniste a Nueva Orleans sin decírmelo?
―Tuve uno de mis "saltos inexplicables" como tú los llamas, tenía que visitar la escena del primer crimen.
―¿Y eso te llevó a ese cementerio?
―Sí… no… creo que sí. Tuve un episodio disociativo y acabé en el cementerio.
―El mismo cementerio donde está enterrada Laure Richis, la última víctima del Hada, ¡qué conveniente!
―No recuerdo nada de lo que sucedió entre la casa de Marie Dumont y el cementerio, lo juro.
Jack cerró de golpe la puerta de la habitación y se acercó a él.
―Will, ¿te das cuenta de lo que hiciste? ¡Me tomó 48 horas encontrarte! ¡Ni siquiera Alana sabía dónde estabas y eso que la dejaste a cargo de tus perros! ¡Pudiste haber arruinado toda la operación de caza!
―Lo siento, Jack. Tenía que venir yo solo… verlo todo como lo vieron las víctimas.
―¡No eres un detective privado, trabajas para el FBI y en el FBI hacemos todo en equipo! ¡Jamás vuelvas a hacer algo a mis espaldas!
Will asintió con la cabeza, cuando Jack se enfurecía lo mejor era no discutir.
―Quiero ducharme, me siento pegajoso.
―Tendrás que hacerlo después de que te revisen.
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Baltimore, Maryland.
Hannibal se sentó en su sillón y cruzó las piernas.
―Así que el tío Jack está enojado con su frágil tacita de té.
Will, sentado enfrente de él, sonrió.
―Dijo que pude haber arruinado la cacería.
―Jack lo ve a usted como el miembro más valioso de su equipo.
―La porcelana más fina, utilizada solo para invitados especiales.
―Y es por eso que está enojado, si la porcelana se rompe ya no habrá más invitados especiales.
La sonrisa de Will se curvó hacia abajo.
―Creo que ya estoy roto, o al menos con varias fisuras.
Will se levantó de su asiento y miró hacia arriba, hacia la biblioteca del psiquiatra.
―El Hada dijo que mi enfleurage fue un encargo de alguien que está muy interesado en mí.
Hannibal se levantó también y avanzó hacia él.
―Los perfumes embellecen nuestro olfato, nos hacen sentir bien.
―¿Quién diablos querría embotellar mi olor? Usted mismo me ha dicho que no huelo a rosas precisamente, que tengo el aroma de un cordero que desea ser comido por un lobo.
Hannibal puso una de sus manos sobre el hombro de Will y bajó el tono de su voz.
―Un admirador.
Will se dio la vuelta, sorprendido de lo que acababa de escuchar.
―¿Un admirador?
―Sí, alguien a quien su olor lo enloquece tanto que pagaría lo que fuera por tener un perfume hecho de él.
Will dio unos pasos hacia atrás y se quedó boquiabierto. De todos los motivos que había establecido alrededor de ese "alguien", jamás le pasó por la cabeza la posibilidad de un interés amoroso.
