Capítulo 9: Transustanciación


Dentro de la Iglesia católica, el acto de la Transustanciación es la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la eucaristía para el consumo de los feligreses.


Jean-Baptiste se recostó contra la pared del callejón y aspiró el olor de la humedad a su alrededor. Ya nunca más podría ir al mausoleo de Laure, sentarse al lado de su tumba de mármol y oler su fragancia en el perfume que había creado. Su rostro ahora estaba en la lista de los más buscados del FBI, un paso en falso y acabaría arrestado, con su preciada obra maestra arrebatada de sus manos.

Sus fosas nasales detectaron la esencia del hombre que conoció en ese mismo lugar, el que le prometió la muerte que tanto anhelaba.

―Luce distinto, monsieur Grenouille.

El comentario no le extrañó, la barba y el pelo largo le daban un aspecto más de pordiosero que de perfumista.

―El FBI anda detrás de mí.

―Lo sé, es por eso que debemos darnos prisa. ¿Tiene lo que le encargué?

Jean-Baptiste sacó una botellita del bolsillo de su pantalón, otra muy distinta de su obra maestra.

―Su cordero suda mucho.

―Sí, no lo puede evitar. Espero que eso no haya afectado la calidad del perfume.

―Al contrario, el sudor fortaleció el aroma.

El hombre destapó la botellita, olió el contenido y sonrió.

―Usted es todo un maestro, este es el perfume más exquisito que he olido en toda mi vida.

―Quiero lo que me prometió.

―Y eso tendrá. ―dijo el hombre, sacando una jeringa de su saco.

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Hannibal puso dos platos sobre la mesa y se sentó en uno de los extremos.

―Jambalaya, un platillo típico de la gastronomía cajún.

Saboreó el primer bocado con ojos cerrados, un manjar digno de los pantanos de la localidad.

―Solo hasta que uno lo come puede notar la mezcla de sabores africanos, franceses y españoles. Nueva Orleans es un lugar único y su cocina tampoco está exenta de esa singularidad.

Jean Baptiste, sentado en el extremo opuesto de su mesa, cogió su tenedor y se lo llevó a la boca. El muñón de su pierna derecha palpitó varias veces, como si aún tuviera una rodilla y un pie moviéndose al ritmo del jazz que sonaba en el comedor.

―Sé que es un hombre de pocas palabras, monsieur Grenouille, pero no concibo una cena en silencio. Quid pro quo, si usted contesta mis preguntas yo contestaré las suyas.

Jean-Baptiste asintió en silencio.

―Por su acento puedo notar que es francés y no criollo, ¿dónde nació exactamente?

―En el lugar más apestoso de París, una pescadería.

―Muy apropiado, si me permite decirlo.

Jean-Baptiste miró fijamente a su anfitrión.

―¿Por qué me está ayudando?

―El suicidio es el enemigo, no hay nada peor que convertirse uno mismo en un desperdicio.

Hannibal tomó un poco de vino.

―¿Quién le enseñó a hacer perfumes tan magníficos?

―El maestro Baldini, con él aprendí el método de destilación.

―¿Y el enfleurage?

―En Grasse, con madame Arnulfi.

Jean-Baptiste tomó otro bocado, la jambalaya estaba deliciosa. El sabor de su propia pierna era extraordinario, la carne más fina que hubiera probado en toda su vida.

―¿Cómo me encontró? ―dijo, después de tragar.

―Olí su esencia en el cuerpo de mademoiselle Richis. Usted y yo tenemos una nariz muy fina, es nuestro don y también nuestra maldición.

Hannibal sonrió, lo único que se necesitaba para encontrar a otro depredador era tener un olfato tan bueno como el de dicho depredador.

―Usted y yo somos lobos, jamás encontraremos placer en pastar los campos como las ovejas. Necesitamos cazar a nuestras presas, devorarlas hasta los huesos.

Jean-Baptiste escuchó con atención, masticando el último bocado de su plato.

―Y cuando nuestras entrañas se hayan llenado, pasaremos el tiempo soñando con poseer a nuestro cordero, la oveja más bella de todas, aquella cuyo aroma es tan dulce que nos hace entrar en éxtasis con tan solo una gota de su esencia.

Jean-Baptiste abrió la botellita de su perfume.

―No estoy de acuerdo con lo que me dijo en el callejón, creo que el aroma de mi perfume es mejor que el suyo.

―Tenemos gustos diferentes, yo nunca entenderé el valor de su perfume y usted nunca entenderá el valor del mío.

―Laure representaba la perfección para mí, si va a comerse el resto de mí quiero llevar puesta su fragancia.

―¿No le bastó con lo que sucedió en Mardi Gras?

―Usted es inmune a su encanto.

Jean-Baptiste derramó sobre su propia cabeza todo el contenido de la botellita y cerró sus ojos, extasiado. Solo hasta un tiempo después, Hannibal entendió lo que su invitado había querido decir con esa última frase. Cualquier otro aroma que no fuera el de Will, su Will, le parecía ordinario y de baja calidad, un olor más del montón que vagaban por los pasillos de su palacio mental, incapaz de conmoverlo hasta lo más profundo.

Laure Richis era el cordero de Grenouille y como tal, bella solo a la nariz de su lobo.

Sonriendo, abrió la botellita de su perfume y se embriagó con la fragancia del detective.

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Wolf Trap, Virginia

Will se acostó en su cama y meditó en la oscuridad.

"Un admirador, un admirador, un admirador…"

Pronunció la palabra en voz alta, haciendo énfasis en la "a" de la primera sílaba.

―¡Tiene que ser una broma!

Se dio la vuelta entre risas, como si todo aquello no fuese más que un chiste divertido. ¿Quién podría estar enamorado de él, del loco Graham como lo llamaban en Quantico?

Hizo un repaso mental de todas las personas que conocía.

¿Jack? El Gurú solo tenía ojos para Bella. ¿Beverly? Ella no contaba, era su "amiga" o algo parecido a eso. ¿Zeller? ¡Jamás! ¿Price? Lo mismo que Zeller. ¿Alana? Atraída hacia él, pero demasiado temerosa de su inestabilidad.

¿Chilton y Freddie? Ambos lo consideraban un lunático peligroso. ¿El doctor Lecter? La sugerencia había venido de él y ya con eso quedaba descartado.

Pensó y pensó hasta quedarse dormido.

El wendigo volvió a visitarlo en sueños. La horrenda criatura se acercó a él, lo desvistió y lo mordió en el pecho, arrancándole gran parte de la carne. Los colmillos puntiagudos trituraron el pedazo con gran apetito y la boca se curvó en una sonrisa maliciosa.

Will intentó gritar, pero algo dentro de su garganta, una especie de bola de golf atorada en su faringe, le impidió hacerlo. Con horror, vio cómo la criatura devoraba sus brazos, luego sus piernas y por último el resto de su torso mutilado.

Despertó asustado y tembloroso a la mañana siguiente. Jadeando, fue hasta el baño y se limpió el sudor de su frente con el agua del lavabo. Sus pesadillas eran cada vez más vívidas y retorcidas, ya no podía seguir así.

En el reflejo de su espejo vio algo distinto, algo que no recordaba haberse puesto la noche anterior: una casaca y pantalón azul del siglo XVIII.

Una ráfaga de náusea lo dobló en dos y lo obligó a levantar la tapa del inodoro. El vómito apareció a la tercera arcada, una expulsión pequeña de fluidos y algo más.

Will miró aquel extraño objeto y cuando cayó en cuenta de qué era saltó hacia atrás, completamente aterrorizado. Una nariz humana entera.


Notas:

1. En este capítulo combiné lo que le sucede a Grenouille al final de la novela con lo que pasa a Will en la temporada 1 con la oreja de Abigail, esa es la razón del título de este capítulo.

2. Los cajunes son un grupo étnico de Luisiana y algunas partes de Canadá, descienden de los colonos franceses que llegaron a esas tierras en el siglo XVII y de la mezcla de estos con españoles y africanos.

3. Agradezco a todas las personas que han leído esta historia y esperado pacientemente los capítulos, esta es la primera vez que escribo un fanfic tan largo. Los que me han leído antes saben que prefiero los one-shots.