Capítulo 11: El lobo y el cordero

Will caminó de un lado a otro en su celda, un cubículo minúsculo con apenas una camilla para dormir. Todavía no le habían dado su uniforme anaranjado, un atraso que le hacía pensar que quizá no iba a quedarse mucho tiempo en ese lugar.

―¿Me van a llevar al Hospital Estatal para Dementes Criminales?

Jack lo miró desde el otro lado de los barrotes.

―No, logré frenar el traslado. Estarás aquí hasta el juicio.

―¡Chilton debe estar muy contento con esa decisión!

―Yo no lo estoy, Will.

El tono serio de Jack lo frenó de hacer otro comentario sarcástico.

―¿Crees que me alegra verte preso? ¿Crees que para mí fue fácil arrestarte e ingresar tu rostro en el sistema de detenciones? ¡Tenía fe en ti y en el trabajo que estabas haciendo!

―Yo no maté al Hada ni me lo comí, estoy seguro de eso.

―La evidencia está en tu contra.

―Yo sé quién soy yo.

―¿Lo sabes? El doctor Lecter no está tan seguro de eso y yo tampoco, tu mente se está cayendo a pedazos.

Will no dijo nada, incluso él mismo era capaz de reconocer el deterioro de su salud mental. Estaba al borde de un abismo de locura y oscuridad infinita.

―Esto no es obra de un aficionado. La meticulosidad y el canibalismo, parece como si lo hubiera hecho el…

Se detuvo y dejó escapar un jadeo de sorpresa.

―"El Destripador de Chesapeake se comió al Hada."

Abrió bien los ojos, asustado de la velocidad de sus "saltos inexplicables".

―"El Destripador de Chesapeake es mi admirador."

Jack caminó hacia la salida del pabellón.

―Nunca debí haberte sacado de tu salón de clases, ponerte en el campo ha sido una de las peores decisiones que he tomado en mi carrera. Lo lamentaré por el resto de mi vida.

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Will se acostó en la camilla y fijó la vista en el techo blanco de la celda. Siempre usaba la misma técnica de inmersión mental, fijar los ojos en algún punto neutro de su periferia visual y esperar a que apareciera su adorado arroyo.

Abigail no lo acompañó a la pesca, esta vez le tocó echar el anzuelo solo.

Ahora que por fin había descifrado quién era su admirador, las preguntas no dejaban de aparecer en el agua del arroyo. ¿En qué momento el Destripador se puso en contacto con el Hada? ¿Cómo logró que él le hiciera un perfume? ¿Por qué lo mató y se lo comió?

Y más que esto, ¿por qué incriminar al objeto de su interés? No tenía sentido.

Un pez mordió el anzuelo, un ejemplar de los ríos de Lituania.

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Hannibal entró al pabellón carcelario y ondeó sus fosas nasales, Will estaba en la última celda, esperando su llegada. Su olor era intenso, casi idéntico el de una presa a punto de atacar al cazador que lo persigue.

―Hola, Will. Vine en cuanto recibí su llamada.

Will clavó sus ojos furiosos en él cuando se dio la vuelta.

―¿Sabe cuál es la ventaja de estar encarcelado? El tiempo libre, uno tiene todo el tiempo del mundo para pensar y pensar.

Hannibal sintió sobre su propia piel la firmeza de ese contacto visual, el primero de muchos que vendrían después, de eso estaba seguro.

―¿Ha estado pensando en su situación actual?

―Oh, sí. En los últimos días he tenido una sucesión de pensamientos entrelazados como los eslabones de una cadena.

Will dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. El brillo incendiario en sus ojos azules se intensificó y, con ello, el ceño fruncido de su frente.

―Ya sé quién es mi admirador, la misma persona que mató y se comió al Hada, la misma persona que puso su nariz en mi estómago y me incriminó.

A Hannibal le encantó ver ese brillo en los ojos de Will, su cordero estaba furioso, muy furioso.

―Y como el Hada hizo un perfume con mi olor deduje que esta persona, al igual que él, tiene un sentido del olfato muy desarrollado.

Will dio otro paso hacia los barrotes que los separaban.

―Lo cual me llevó a recordar que usted una vez me dijo que también tenía hiperosmia, la misma condición que posee el Hada y esta persona.

Hannibal lo supo en ese momento. Aquello era una confrontación, la confrontación que había estado esperando desde que puso en marcha su plan.

―Un recuerdo que, por supuesto, me trajo a la mente todas las veces que le hablé del Hada y las conversaciones que tuve con usted para comprender mejor su diseño.

Will puso sus manos alrededor de los barrotes y apretó con fuerza.

―Y como yo soy la única conexión entre el Hada y usted he llegado a la conclusión de que usted, doctor, Lecter, es esa persona de la que hablo… Usted es el Destripador de Chesapeake.

Una sonrisa orgullosa apareció en el rostro del psiquiatra, su cordero por fin había armado el rompecabezas y más rápido de lo que se imaginó.

―Siempre me fascinará el modo que el su mente trabaja, Will. ¡Es hermoso!

―¡Maldito miserable, confié en usted! ¡Todo este tiempo confié en usted!

La sonrisa de Hannibal se agrandó, palabras que en labios de Will no sonaban tan groseras como en otras personas. Con suma delicadeza, se desabotonó el saco de su traje y le mostró la botellita del perfume, guardada en el bolsillo interior.

―No pude resistir la tentación de hacer un trato con monsieur Grenouille, un último perfume a cambio de su muerte. Estoy enamorado de su olor tanto como de su mente, Will, es una esencia que enloquece al lobo que reside en mí y quería poseerla, sin importar cuál fuera el costo.

Will volvió a apretar los barrotes de su celda, lleno de ira.

―¡Usted está totalmente desquiciado!

―Tan desquiciado como usted, es por eso que ambos somos tal para cual.

―¡Yo nunca seré como usted, ni en un millón de años seré como usted!

―Ahora no lo ve de esa manera, pero con el tiempo cambiará de opinión.

Hannibal se abotonó el saco y miró hacia los lados para asegurarse de que no había ningún policía cerca, escuchando la conversación.

―Sé que se está preguntando por qué lo incriminé si soy su admirador. No se confunda, amo su mente y su olor, pero también amo mi libertad. Sabía que con el tiempo usted iba a hacer la correlación y a descubrir mi verdadera identidad, no quería correr el riesgo de acabar al otro lado de estos barrotes.

Hannibal avanzó hacia la reja eléctrica que marcaba el inicio del pabellón carcelario. A medio camino escuchó la voz de Will, rabiosa y decidida.

―¡Probaré que usted es el Destripador de Chesapeake, doctor Lecter, y cuando lo haga habrá un ajuste de cuentas!

Se dio la vuelta y lo miró.

―No me cabe la duda de que así será, pero mientras tanto usted está a mi merced.

Fuera de la cárcel, abrió la botellita y se la llevó a la nariz. Ahora que tenía en su poder a Will y también su fragancia, su rango de acción era ilimitado. En Nueva Orleans usó solo una gota para crear la ilusión de que se había comido a Grenouille, ¿qué podría crear con dos gotas o tres?

Podría matar a Abigail, añejar su cuerpo y hacerle creer al mundo que fue una víctima más de la psicosis de su salvador.

O bien desenterrar los restos de sus víctimas anteriores y formar una lista de asesinatos previos.

Quizás comerse a un par de groseros y añadir unos cuantos cargos más a la sentencia.

Sonrió emocionado, ¡tantas maneras de doblegar la voluntad de Will!

Un lobo no espera a que su cordero lo ame de vuelta, tiene que obligarlo a aceptar su amor, incluso si eso implica usar sus fauces para asustarlo un poco.


Notas:

1. Y bueno, esta historia ha llegado a su fin. Agradezco mucho la paciencia que han tenido durante este tiempo.

2. A los que quieran conocer un poco más sobre Jean-Baptiste Grenouille y su historia, les recomiendo el libro de Süskind y la película, aunque esta última no logra capturar la esencia de la novela en su totalidad.